Hola! Espero que estén bien! Decidí subir este fic nuevamente, esta vez en español ajajaj Esto, porque hoy es el día del padre en mi país. Es un one-shot AU, hace tiempo tuve ganas de subir más capítulos asociados a este universo, pero ya me conocen JAJAJA. Bueno, gracias por leer!
Papá
Por mucho que luces tranquilo, y has convencido a todos con su expresión serena de que estás listo, jamás te sentiste menos preparado. Quieres confiar en ti mismo, y quieres creer en que tendrás poder sobre la situación, repitiendo como mantra que todo será fácil. Pero no lo es.
Acabas de asumir una responsabilidad ajena, una tarea colosal que no tuvo que haber sido entregada a ti. Aun así, aceptaste, porque sabes que nadie más podría hacerlo. Te sobrepones al dolor, con una máscara perfecta de calma, incluso cuando tu mundo vuelve a derrumbarse. Después de que todo estuvo bien, vuelves al punto de inicio, y deseas, muy en tu interior, sumirte en la miseria. Pero no puedes.
No puedes, porque no estás solo. Nunca más estarás solo. Entonces, lo sostienes, justo después de haber firmado los documentos. Le das la espalda a los abogados, y a la asistente social, continuando tu camino con el pequeño en tus brazos. Aún es muy joven para saber lo que ocurre a su alrededor, sin embargo, es lo suficientemente perceptivo para saber que tu neutralidad no es más que una farsa. Cualquiera en tu lugar entraría en pánico, pero no puedes darte ese lujo, así que lo cargas, con la gentileza con la que siempre lo has hecho, y le susurras las palabras que él decía, aunque te queme las entrañas.
"Tranquilo, Hana, todo estará bien"
Las palabras son para ambos; estás haciendo una promesa. Sus ojos miel te observan curiosos, tan similares a los de su madre. Hana siente que estás triste, y, en vez de llorar o incomodarse, sonríe. Te da la más amplia de sus sonrisas, como si supiera que es todo lo que necesitabas. Como si supiera que, en algún lugar, Yoh también te está sonriendo, dándote la fuerza para seguir adelante.
Eso haces. Tu corazón está quebrado, y el pecho te arde con una intensidad que te quita el aliento. No puedes derrumbarte, no cuando Hana te sonríe, y eres todo para él.
Le sonríes de vuelta, y sigues adelante.
Te agradaban los niños, pero no te visualizaste siendo padre. Tú, que sólo deseabas ser tu propio amo y ansiabas disfrutar de tu libertad. No es que estés preso, no, pero tienes prioridades. Ahora, tu más grande prioridad te está mirando con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
Hana ha crecido, y es una experiencia tan maravillosa como insoportable. Son sus genes; él no puede escapar a lo inevitable. Sigue siendo un niño, pero tiene un carácter que has aprendido a dominar lentamente. Se parece demasiado a Anna, demasiado para su propio bien.
Reirías, porque ese enano de cuatro años piensa que es intimidante. En vez de reír, enderezas tu postura, y cruzas los brazos sobre tu pecho, tus ojos castaños fijos en los suyos.
—Lo diré una vez más —le adviertes, con un tono severo y un rostro difícil de descifrar—. A la cama.
Lo ves inhalar por la boca, aguantando el aire dentro de sus mejillas, mientras que su gesto de enfado se profundiza. Quiere reclamar, y lo sabes, pero él ha aprendido que no te puede ganar.
Mantienes tu mirada clavada en la suya. No vas a ceder.
Sus mejillas se desinflan, y sus ojos te dedican una mirada de furia contenida, arrugando la nariz con disgusto. Te da la espalda, y se marcha hacia su habitación. Lo miras yéndose con los brazos cruzados, dando zancadas con sus pantuflas de conejo, manifestando su ira en silencio.
Escuchas la puerta cerrarse, y relajas los hombros, sonriendo victorioso.
Te sientas en el sofá, y cambias el canal de televisión. El programa favorito de Hana iba a comenzar, pero lo dan muy tarde y debe ir a la escuela temprano. Te masajeas la sien, riendo con incredulidad.
Recuerdas que tú y tu hermano hacían el mismo tipo de alboroto, uniendo fuerzas contra sus padres, cuando aún eran una familia. Ellos tampoco cedían, por eso fue tan fácil descarriarse una vez que tú e Yoh quedaron solos.
Sigues siendo tú el que da las órdenes, pero Hana es tan testarudo como su padre. Ambos obedecen, pero siempre a regañadientes, maldiciendo y quejándose en silencio.
Pasa el tiempo, y estás metido en tu cama. Se ha puesto a llover muy fuerte, por lo que no te sorprendes cuando tu puerta se abre lentamente. Recuerdas la primera vez que ocurrió, pensando que era una aparición. No te asustaste, pero le ordenaste al supuesto ente que te dejara dormir. Hana no lo tomó muy bien, y te sentiste como un idiota cuando le tuviste que decir a tu sobrino que creíste que se trataba de un fantasma, mientras él lloraba en tus brazos.
Se trata de Hana de nuevo, que se mete a tu cama sin pedir permiso. Ni a ti ni a Yoh le asustaban las tormentas, así que asumes que el rubio heredó ese temor a su madre.
Él sabe que estás despierto, pero no dice nada cuando se acomoda a tu lado. Te da la espalda, porque, será solo un niño, pero es orgulloso, y ya se siente humillado por haber recurrido a ti.
Es algo tonto; siempre ha recurrido a ti. Eres lo único que él tiene y Hana es lo único que tú tienes.
Lo vas a dejar a la escuela, y te despides de la maestra, que jamás te ha mirado con inocencia. No estás interesado y le das la espalda como de costumbre. Es fácil atraer la atención del resto; eres joven y, a la vista de todos, eres un padre responsable.
Lo que no saben, es que no te sientes responsable de Hana únicamente.
Pediste permiso en el trabajo que tanto odias y vas a verlo.
Odias cada segundo. Las paredes y las puertas son blancas, y el lugar apesta a desinfectante.
Anunciaste tu llegada y esperas pacientemente sentado frente a la mesa. No sabes qué esperar, pero mantienes tus expectativas lo más bajas posibles. Ya no esperas nada de él, así que las decepciones son cosas del pasado.
Cuando él llega y ocupa la silla disponible moviéndola torpemente, te fijas en sus manos temblorosas. Observas su rostro, y te reconforta ver que no ha vuelto a bajar de peso. Son sus ojos brillantes, sus profundas ojeras y su sonrisa rota los que jamás fallan en romperte el corazón en silencio.
Nunca se lo demuestras, sólo le sonríes de vuelta.
—Hola, hermanito.
—¿Cómo está?
Ríes con incredulidad. Es la primera pregunta que suele hacerte, pero sigues considerando una falta de educación que no pregunte por ti.
—Bien.
Ves que él parece aliviado, y es ofensivo. ¿Acaso cree que en tu cuidado Hana podría estar mal? El atrevimiento.
—¿Y tú? —preguntas, apoyando el mentón sobre una mano.
—Mejor —asegura él, ampliando su sonrisa—. Estoy progresando.
—Siempre dices lo mismo.
Observas que sus ojos se entristecen, y es que no pudiste evitarlo. Si de verdad se esforzara, la situación sería otra. No estarían repitiendo la misma conversación por años, y Hana sabría quién es su verdadero padre.
Escuchas a Yoh decir que no ha tenido recaídas. Que ha estado obedeciendo a los médicos. Que se ha tomado sus medicamentos sin falta. Que ya no ha intentado escapar. Que la terapia lo está ayudando mucho, y que pronto podrá volver a casa.
Ríes internamente. Escuchaste eso varias veces, conociendo que no puede volver a casa, porque ese sitio es el que se convirtió en su nuevo hogar. No quieres ser cruel, pero ya no le crees y le dejas mentirte hasta que ves en su rostro que espera que le digas algo.
No quieres ser cruel.
No quieres ser cruel.
Pero lo eres.
—Anna estaría muy decepcionada de ti.
Lo ves morir frente a ti, sus ojos se llenan de lágrimas. Se cubre el rostro, avergonzado y herido, y lo permites llorar en silencio. Lo escuchar sollozar, y te recuerda tanto a Hana, que tus ojos también se llenan de lágrimas. Suspiras, y te levantas, abrazando a tu gemelo. Él se aferra a ti, y continúa llorando, susurrando lo mucho que lo siente.
Tú también lo sientes.
Te promete que todos los días lo intenta, y que tú no entiendes lo horrible que ha sido. Todos los días se levanta, pensando en Hana, pensando en Anna. Y lo intenta, de verdad lo intenta. Está cansado de fallar, y está cansado de luchar, pero sigue intentando. Quiere volver a Hana, pero no está listo. No quiere y tampoco puede volver a él mientras no esté sano.
Eso es lo que temes; que sin Anna él jamás vuelva a estar sano. Sabes que, con ella, Yoh nunca se habría vuelto a hundir de esa forma. De hecho, piensas que ella es quien logró mantenerlo a flote. Pero ella ya no está, y él es apenas un fantasma de quien realmente era.
Lo intenta por Hana, en serio lo intenta, pero no es suficiente.
Para ti, él es débil, mientras tú estás dando todo de ti. Y eso no se lo puedes perdonar, aunque quieras.
La lluvia es ligera, y no hace frío pese al clima nublado. Cuando vas a buscar a Hana, él corre felizmente a recibirte, y notas que sus pasos se hacen más lentos cuando se acerca a ti. Podrías apostar que tu rostro disimula bien tus emociones, y sonríes ligeramente cuando saludas al niño. Hana te imita y abraza tu pierna, aunque es obvio que él sabe que no estás bien.
Van caminando de regreso a casa, y sujetas fuertemente su mano porque el chico es listo, sin embargo, se distrae con facilidad. No quieres que salga corriendo detrás de un gato y lo atropellen. No es tiempo de reencontrarse con su mamá aún.
Lo contemplas bajo su paraguas de rana, y entrecierras los ojos.
—¿Tienes algo que decirme? —le preguntas, y él también entrecierra los ojos en respuesta.
—¿Tú tienes algo que decirme?
Sonríes. Para ser sólo un niño, es muy inteligente. A veces olvidas que tiene cuatro años, y conversas con él como si fuera mayor. No sabes si está bien, aunque al parecer lo ha ayudado a madurar. A veces moja la cama, aun así, es el más listo de su clase. Así que le contestas sin tapujos.
—Fui a ver a mi amigo.
Lo ves asentir, comprendiendo rápido la situación.
—¿El que está enfermo?
No le has podido decir mucho al respecto, por petición de Yoh. Él ha insistido en lo importante que es para Hana que sepa sobre su madre, mientras que él se ha mantenido como un enigma en su vida. Tampoco sabes si está bien, pero le haces caso.
—Sí.
Lo ves presionar sus labios. Hace eso antes de comentar algo que teme decir, pero tú lo has animado a confiar en ti y a no ocultar sus pensamientos. Tú nunca vas a juzgarlo, así que le pides honestidad.
Eres un hipócrita.
—No me gusta cuando lo visitas.
—¿Por qué?
—Te pones así —dice, señalándote—. Triste.
Dejas de caminar. Miras a Hana, que ahora te observa con curiosidad, esperando alguna explicación por tu comportamiento extraño.
Honestamente, llevas bastante tiempo sintiéndote triste. La cuestión es que no sueles demostrárselo a Hana. Al contrario, cuando estás con él olvidas que las cosas están mal, y también olvidas tu amargo pasado y el incierto futuro. Olvidas el abandono, y olvidas esa hermosa historia de amor y esperanza que acabó desastrosamente. El cabello rubio y los ojos miel ya no duelen. La sonrisa amplia y la risa despreocupada ya no lastiman. Dejas de ver los fantasmas de sus verdaderos padres, y sólo lo ves a él. A Hana. Darías todo por él.
Porque es tu sobrino, pero para él eres su padre, y no puedes fallarle.
Te agachas hasta que quedas frente a frente al niño. Lanzas sin cuidado tu paraguas, y lo abrazas. Él te envuelve con sus pequeños brazos, y sientes su minúscula mano acariciando tu cabeza.
—No llores, papá. Todo va a estar bien.
¿Será que estás llorando, o es la lluvia sobre tu rostro? No importa. Lo único que importa es él.
