Consumption.

Ashley había considerado la propuesta de Andrew respecto matar a Julia, cada día que la notaba en la preparatoria, cuando cruzaban miradas inconscientemente o pensaba en su última conversación. No existía mujer en ese mundo que le gustara compartir o ser la segunda opción en algo importante, por eso a Ashley jamás le gustó que Julia estuviera en una relación con uno de sus hermanos. Antes sólo le era indiferente, pues siempre la vio como la chica que Andy envió para acompañarla, pero la cansó en el momento que empezó a dar pena.

Un día le dijo que había empezado a cortarse para aliviar el dolor que le había dejado la perdida de Nina, y la menor de los Graves estaba sorprendida de que no acabara infectándose por el óxido de las navajas que usaba en secreto. Por eso ver cómo obtenía la lástima de todos por su actitud pesimista hizo que quisiera terminar su amistad antes de que fuera afectarla a ella pero fue demasiado tarde, ya que pronto todos los que se le acercaban buscaban que intentara convencerla de parar. Ashley no se molestó en prometerlo a esos entrometidos ni fingió que le importaba. ¿Por qué iba frenar los impulsos suicidas de alguien que disfrutaba haciendo eso? No era nadie para impedirle a Julia jugar con su propia piel, pues pensó que eso demostraría que al menos respetaba sus decisiones, por más estúpidas que estas fueran.

Más al parecer eso hizo que de nuevo la vieran mal, otra vez tachándola como una insensible y una mala amiga. Ashley no entendía cómo era ser mala amiga dejar que Julia hiciera con su cuerpo lo que le apetecía, hizo su parte regalándole una navaja nueva, al menos así no se le iba a pudrir la piel pronto. Sin embargo, todo indicaba que seguiría siendo la mala para el mundo, así que decidió que ya no iba a importarle nada. Al carajo Julia y sus ganas de dar lástima; Ashley tenía sus propios problemas. Por eso fue tan devastador cuando se enteró que había conseguido su cometido de llamar la atención de Andy.

Sólo con lo que había sentido esa ocasión pensó que valdría la pena matarla en el presente. Y si no fuera porque Andy le confesó haberla dejado por ella, no habría tardado ceder a la tentación.

Sin embargo, ahora mismo se sentía completa. Andy estaba ahí y Andrew también. La muerte de una desvergonzada que además había sido desechada por su presunto exnovio, no iba a superar (o siquiera rozar) la felicidad que la llenaba esos días. Su mente solía ocuparse más en planear la siguiente noche que pasaría junto a sus hermanos (siempre que no estuvieran saturados de tareas escolares). Nunca creyó que se llegaría el día en que todo estaría bien para ella, pues debido a la constante compañía de los gemelos dejó de sufrir tantos ataques, creyendo que estos por fin desaparecerían. Lo cierto es que continuaba desconfiando y su cabeza muchas veces la torturaba con pensamientos intrusivos pero todo se disipaba cuando cualquiera de ellos se acercaba a mimarla, juguetear con ella o besarla.

—Si estás tarareando significa que has hecho algo muy malo —el comentario de su madre la sacó de su burbuja de felicidad. La mirada que Ashley le dirigió fue fría pero no se molestó en responder, lo que tal parecía le dio la pauta a la mujer de continuar—. Espero que esto no vaya afectarme. Tengo suficiente manteniéndote, aunque eso no sería problema si sirvieras de algo de vez en cuando.

— ¿No se nota que lavé los platos y limpie tu porquería de cocina en general? —espetó como la chica malcriada que era. La Sra. Graves miró el trabajo de Ashley con desdén.

—Si eso para ti es limpiar…

—Mira la estúpida habitación donde tú y tu marido duermen, está reluciente gracias a mí.

—Es lo mínimo que debes hacer para merecer estar bajo mi techo.

— ¿Qué quieres, mamá? —inquirió, pues Ashley ya se había cansado de los rodeos.

—Andy y Andrew vienen directo a casa últimamente. No es muy raro en Andrew pero con Andy es otra historia, sin mencionar que están cada vez más pegajosos contigo. No es normal. Por eso me preguntaba si finalmente has estropeado sus débiles mentes con alguna de tus jugarretas.

— ¿Por qué siempre debo ser yo la que hace algo? ¿Por qué no pueden ellos haberlo elegido?

—No sé, Ashley. Ya eres una mujer mayorcita. Dímelo tú.

— ¿Qué quieres decir con eso? —El veneno se acentuó en su boca y sus ojos se entrecerraron amenazadoramente. No le estaba gustando lo que su madre insinuaba.

—Espero que no se te haya ocurrido hacer nada enfermizo con ellos.

—Bueno, me atrapaste, mamá —gruñó, retadora—. Le he abierto las piernas a Andrew y Andy y ahora ellos me usan como una puta, digna de tu descendencia. Los dejo eyacular en mi cara después de haberlos chupado toda la noche. Y de hecho planeo ser la madre de mis sobrinos. Tal vez no estés lista para ser abuela pero pronto tú y papá estarán rodeados de niños deformes.

La Sra. Graves dibujó una mueca de asco en su rostro con la osadía de su hija. Ashley se mantuvo firme en su declaración. La verdad era que nunca fueron esas sus intenciones, ni siquiera había llegado a considerarlo incluso mientras se besaba con Andrew (ya que después de aquel primer beso, Andy se mostraba tan avergonzado que mantenía cierta distancia). Sin embargo, mientras sostenía la oscura mirada de su madre pensó en que no estaría tan mal darle esa vergüenza; era la venganza perfecta cuando esa perra siempre se preocupó por dar una buena imagen social. ¡El escándalo que provocaría que se supiera que sus hijos cogían entre sí! Aún cuando en la realidad no hacían más que besarse y acariciarse, más Ashley consideró causaría el mismo efecto.

—Sólo te advierto, jovencita, que si me entero de algo…

—Ya no me da miedo que me eches de casa, mamá. Puede que me cueste conseguir empleo pero mientras lo haga sé que mis hermanos me apoyarán, así que será mejor que busques nuevas amenazas porque mientras los tenga a ellos de mi lado, no le tengo miedo a nada.

Decidiendo no continuar el intercambio, la Sra. Graves se encaminó a su habitación donde se encerró para evitar a toda costa respirar el mismo aire que su hija. Más a pesar de su actitud pretenciosa, el corazón de Ashley latía con fuerza. Aquello había sido intenso pero sintió que logró ganar por esta vez, había olvidado lo que era la verdadera confianza y finalmente volvía a percibirla en su cuerpo porque ya no estaba sola, no más. Que maravilloso sentimiento. Como el consumidor que ha sido convertido en zombie por propaganda toda su vida, al menos por fin podía mirar la basura que compraría y no sólo lo haría por inercia.