Capítulo 54- Un sueño en Okinawa.


El cansancio no pudo desprenderlos de la emoción.
Primero lo primero: Todomatsu se encargó de avisar a su familia y amigos que llegaron sanos y salvos. Las primeras horas fueron de incertidumbre, pero poco a poco ambas partes de la familia se sintieron en tranquilidad. Y, para extrañeza de Todomatsu, sus hermanos lo dejaron completamente en paz. No es que lo hubieran abandonado u olvidado, pero esa acción por parte de ellos fue como si hubieran asumido de una vez por todas la "vida de casado" de su hermano menor, a pesar de que no había nada de por medio.

La llegada a Okinawa fue tan repentina que a los chicos les costó acostumbrarse a un par de cosas, tales como el clima o las direcciones. Primero estuvieron en un hotel cerca del aeropuerto, y a los dos días se movieron a su nuevo domicilio en donde estaba la casa que habían revisado antes con el vendedor. Lo cierto era que, aunque resultaba fácil de decir para el menor, todos los procesos de compra y venta habían sido llevados a cabo por Atsushi, lo cual seguramente fue un dolor de cabeza en su momento. Fuese como fuese, al cabo de unos días los procesos de mudanza se realizaron bien. No fue fácil volver a acomodar las cosas dentro de la nueva casa, pero ambos intentaban ponerle un toque nuevo y mucho más domestico a su nuevo hogar.

La nueva casa de Todomatsu y Atsushi no era ni la mitad de grande que la anterior, pero tenía lo necesario para que ambos vivieran cómodamente. Se ubicaba en Naha, en la misma ciudad donde Atsushi consiguió un nuevo puesto de trabajo y Todomatsu pidió informes sobre su pronta universidad.

Pese a ser algo reducida, la casita que compraron era justa para ellos dos. Además de la cocina, el pequeño cuarto de lavado, el baño y la sala de estar, tenía dos habitaciones. Una la usarían para que fuera el dormitorio de ambos y la otra podría adecuarse perfectamente al espacio de trabajo de Atsushi. ¡Cielos! La otra casa tenía habitaciones de sobra si lo pensaban bien; no solo rememorando los largos pasillos, sino que estaban las habitaciones de huéspedes y el enorme sótano. La nueva casa de Okinawa sí que contaba con un ático, aunque uno muy pequeñito, quizá solo podrían almacenar unas cuantas cajas con ropa o algo por el estilo. No obstante, a la nueva vivienda no se le podía pedir nada más.

Era una casita pequeña con habitaciones no muy grandes, pero perfectamente ordenadas y equilibradas a sus necesidades. Poseía un pequeño balconcito que no permitía ver demasiado, y tenía un patio trasero amplio y uno delantero no tan amplio. La cochera no tenía nada destacable. De hecho, el auto muy apenas podría caber a un costado de la vivienda cuando por fin hubiese llegado a la prefectura. En frente de la calle había un árbol ginkgo enorme y sus hojas amarillas adornaban la acera de una manera preciosa; se trataba de un escenario digno de un poema.
El jardín no tenía mucho que destacar, pero Todomatsu creyó que poco a poco podría darle color a su nuevo hogar.

Algo que le encantó al menor fue que la casa fuera al estilo oriental justo como la casa de su familia, pues a diferencia del hogar de Atsushi que tenía toda la pinta de ser una casa occidental, la casita de Okinawa tenía shoji. Así que, Todomatsu disfrutaba de abrir y cerrar la shoji cuidadosa y elegantemente cada vez que entraba y salía casi como si fuera un juego.

—¡Está preciosa! Estar aquí y verla en persona es mejor que en las fotografías y videos —dijo Todomatsu con emoción sin poder soltar la shoji.
—Y en la sala principal hay una fusuma, ¿la viste?
—Sí. ¡Me encanta!
—Deberás acostumbrarte a esto…
—¡Sin problemas! La casa de mis padres era quizá más pequeña que esta. El que deberá acostumbrarse eres tú, Atsushi-kun.

Los dos estaban encargándose de arreglar la casa poco a poco para que todo se encontrara en orden y fuese mucho más sencillo el establecerse a cualquier cosa los próximos días.

En unos días Atsushi se encontraba perfectamente establecido en su nueva oficina. Si bien era cierto que su puesto no era tan alto como el que tenía en Tokio tampoco era para nada un mal empleo. A diferencia se du antigua oficina, el edificio de Okinawa era amplio y colorido; el espacio de trabajo no estaba demasiado aislado del espacio de otros y resultaba de cierta forma acogedor. Los nuevos compañeros de trabajo eran accesibles y todos tan jóvenes como él, sin mencionar que su nuevo horario no era martirizante ni tampoco era inconveniente. El edificio contaba hasta con un comedor, gimnasio y un pequeño jardín. ¡Era absolutamente otra cosa! Sea como fuere, no se arrepintió nunca de haber abandonado las alineadas calles de Tokio.
Por otra parte, luego de hacer el contacto necesario Todomatsu acudió a la universidad que había elegido para finalmente realizar su inscripción. Si bien retomar los exámenes luego de mucho de no estudiar fueron difíciles se las pudo arreglar para aprobarlos correctamente. Claro, con mucho esfuerzo y con la ayuda de Atsushi al haberle realizado amablemente una guía de estudio. La universidad de Todomatsu no era la mejor del mundo, tampoco era muy grande ni muy bonita, pero era justo lo que necesitaba para dar un paso más en su vida y cumplir aquel sueño que se había quedado estancado como una parte del pasado y un futuro incierto: el poder estudiar fotografía.

Algo había de cierto: ambos eran artistas, y, sin embargo, no vivían de ello. Desde siempre Todomatsu había tenido un nato talento para la fotografía y Atsushi demostraba grandes habilidades para la música, no obstante, una vida de cafetería y de oficina los habían estado frenando. ¿Y por qué habrían de quedarse así?

Todomatsu tuvo suerte al poder llevar su inscripción exitosamente. Dentro de un mes entraría a la universidad, y una semana después de haber llegado a su nueva residencia, Atsushi tuvo su primer día de trabajo en Naha.
A los dos se les veía muy contentos, tenían un sinfín de oportunidades por delante; nuevas personas por conocer, nuevos lugares por visitar, nuevos horizontes por conquistar. ¡Era un sueño en Okinawa! Aunque, a pesar de los nuevos días, Atsushi siempre dejó la incógnita para más adelante en si debería retomar el piano o no. No porque siguiera teniendo rencor hacia dicho instrumento, sino porque acudir a una escuela de música para seguir desarrollándose como concertista podría quitarle mucho tiempo que prefería pasar con Todomatsu.

Cierto día Todomatsu decidió salir a comprar unas flores luego de notar que a la sala principal de su hogar le faltaba color. No es que fuera una ciudad muy pequeña, pero por alguna razón la mujer de la florería se percató de que era nuevo en el vecindario. Había optado por comprar unos lirios para ponerlos en la habitación de ambos y unos narcisos para que adornaran la sala principal. Cuando estaba por marcharse tranquilamente, la mujer con una sonrisa le dijo:

—¿Primera vez en Naha?
—Sí. De hecho, mi pareja y yo recién llegamos a Okinawa. —Sonrió—. ¿Cómo lo sabe?
—Tu acento es peculiar de Tokio.
—¡Oh! Usted debe saber mucho de estas cosas… No soy bueno identificando el origen de los demás por su manera de hablar, je, je.
—¡No es eso! Mi hija se consiguió un buen marido en Tokio, así que por eso lo sé. Recién se fue hace unos meses —dijo ella sacándole plática mientras sonreía con añoranza.
—¡Vaya! Y nosotros que recién comenzamos nuestra vida aquí… —Rio.
—Esta es una ciudad preciosa. Formé buenos recuerdos junto a mis hijos aquí… Es un buen lugar para criar a los niños. Hay escuelas cerca, el ambiente es siempre precioso y es seguro. Sé que tus hijos amarán esta ciudad tanto como todos los lugareños lo hacemos, muchacho. —Sonrió con dulzura.
—Yo no tengo hijos.
—Ya los tendrás —dijo y sonrió tendiéndole el segundo ramo—. Solo hay que darle tiempo al tiempo, ¿no?
—Uh…
—No te pongas nervioso, eres joven todavía. —La mujer sonrió divertida por el gesto de Todomatsu—. Aquí tienes, que tengas un buen día.
Todomatsu tomó las flores y agradeció con una reverencia.
—Muchas gracias.

No era en definitiva lo que esperaba, pero camino a casa se volvió a preguntar: «¿Qué clase de padre sería Atsushi-kun?»
La simple idea le hacía tener ilusiones y entonces cuando regresaba de sus ensoñaciones se percataba de que tenía la cara roja.

Hacía tiempo que comenzaba a darle forma al patio de la casa. No es que estuviera enorme, por lo que tuvo cuidado de no saturarlo con demasiadas plantas. Se fue haciendo poco a poco de macetas con flores de todos los colores que adornaban la entrada de la casa y también el patio trasero. Una vez que estuvo satisfecho con la forma en que la vivienda iba tomando forma siguió adornando el interior de la casa con florecillas que compraba o que iba recogiendo de por ahí.

Desde la llegada de ambos a su nueva residencia la sensación de que el tiempo avanzaba mucho más rápido iba en aumento. En otros días atascarse en la rutina era un hábito en el que era fácil caer y ello provocaba que el tiempo pasara ridículamente lento. Como si la vida fuera gris, sosa, monótona, predecible. No obstante, parecía como si la isla de Okinawa tuviera alguna especie de magia en la que todo parecía haberse reparado, y Todomatsu no creía que solo fuera su percepción, lo que le parecía en extremo extraño.
Atsushi se había acostumbrado a su nuevo puesto de trabajo, que, aunque no era tan demandante o diferente como el anterior la paga no era mala, y Todomatsu seguía preguntándose sobre el futuro y el empleo que más adelante podría conseguir. Por el momento se preocupaba únicamente por que el primer día de universidad llegara. No estaba muy preocupado… Por el contrario, Todomatsu se encontraba emocionado por probar aquello que creía que era un sueño que había dejado ir hace mucho, aunque le inquietara un poquito. Era normal temer a lo nuevo.

Una tarde de domingo Atsushi se encontraba recostado en el sofá junto a Todomatsu. Tenían las ventanas abiertas y la shoji principal igual. No estaban haciendo algo en especial, ambos acababan de tomar un baño y permanecieron juntos en la sala mientras bebían limonada. Sin la televisión encendida, sin música de fondo… Únicamente el canto de las aves.
Como era de esperarse, una ligera charla sobre el futuro surgió.

—¿Entonces te sientes un poco nervioso?
—Sí, un poco —admitió Todomatsu.
—¿No es algo extraño? No habías pensado en ello desde entonces.
—Bueno, la idea de entrar a la universidad me emociona mucho pero no puedo evitarlo, siento un poco de miedo. Quiero decir… Tengo 24 años. Siento extraño… Muchos de mis amigos ya se han graduado y yo estoy por comenzar. Quizá eso es lo que me incomoda.
—Bueno, es normal. Cuando yo iba a la universidad también me sentía de la misma manera. La sensación de no encajar en alguna parte es demandante incluso ahora, pero creo que voy hallando mi camino.
—¿Sí?
—¿Sabes? Últimamente he podido recordar algunas cosas. Así que, gracias. Creo que tú eres la pieza que me faltaba. El destino es curioso, ¿verdad?
—¡Me alegro mucho por ti! Pero, ¿te sientes bien?
—Mhm. —Asintió—. Tratemos de no sobre pensar mucho las cosas… La idea de abandonar la empresa donde laboro desde los veinte me mataba poco a poco. Pero hemos decidido cambiar, ¿nos es así? Aferrémonos a todo y aprendamos juntos. Yo te acompañaré el primer día —dijo refiriéndose al tema de la universidad.
—¿Y tu trabajo?
—Está bien. En Tokio era diferente… —le guiñó un ojo.
—Gracias, Atsushi-kun. ¡Lo espero con ansias!

Atsushi sonrió. De repente, como si una chispa de motivación se encendiera en su cabeza, se levantó y le tendió la mano a Todomatsu.

—Ven, acompáñame.
—¿Qué sucede? —preguntó a la vez que tomaba su mano.
—¡Hace buen clima hoy! ¿No crees que deberíamos ir a caminar a la playa?
Todomatsu sonrió. El actuar de Atsushi era muy curioso a veces.
—Vayamos.

Vivir cerca de la costa era lindo. Llegar a pie fue simple. Las gaviotas se paseaban de aquí para allá al igual que la pareja hacía. Se quitaron los zapatos, cada uno llevaba sosteniendo el par de calzado con una mano y se tomaron de las manos con la otra. Al principio un agarre infantil que hizo que poco a poco entrelazaran los dedos tal y como deben hacer los enamorados.

—Hacía mucho que no andábamos así, ¿verdad? Extrañaba esto más de lo que te imaginas —dijo Todomatsu.
—También yo —le dijo viéndole a los ojos con una amplia sonrisa.

Al mantener sus dedos fuertemente entrelazados les daba la sensación de que estaban mucho más cerca el uno del otro y ello hacía que sus mejillas se pusieran de un intenso color carmín, lo cual era gracioso, pues a pesar de llevar años siendo pareja, esos pequeños detalles despertaban todavía cierto nerviosismo en ambos. Una reacción emocionante.
El sol estaba todavía en lo alto, pero no tardaría en transformarse en un ocaso, por lo que a Atsushi le pareció una buena idea sugerir que se sentaran sobre la arena para observar la puesta del sol, no sin antes molestar un poco.

—¿Sabes algo, Todomatsu? Hay algo que no te he dicho…
Todomatsu se giró con curiosidad. El tonito de voz que Atsushi estaba usando era pícaro como el de su estúpido hermano mayor.
—¿Uh? ¿Qué es?
—Osomatsu-kun me dijo algo interesante. Aunque quizá no debería recodártelo ahora mismo pero…
—¿Pero qué? ¡Anda, dilo! —Lo sacudió de una mano.
—Bueno… —siguió hablando a la vez que sonreía para mostrarse un poco más interesante. Le encantaba causar suspenso para molestar al menor.
—¡Dilo! —exclamó Todomatsu. Los nervios comenzaban a vencerlo hasta el punto de causarle una risita ansiosa.
—Bien. Según en palabras de tu hermano, cuando saliste de casa y hablaste con tu padre, le dijiste que querías comenzar una nueva vida lejos de Tokio con tu marido.
—Oh… —Todomatsu se sonrojó. «¡Ese maldito canalla chismoso!», pensó.
—¿Y? ¿Qué tienes para decir? —entrelazó más fuerte sus dedos con los del menor y se acercó a su rostro para obligarle a verle. Lo inspeccionaba con una expresión sugerente—. ¿Quién es ese hombre del que hablabas? —bromeó—. ¿O es que acaso ya te casaste conmigo y no me lo dijiste?
—Emm… yo…
El rostro de Todomatsu estaba rojísimo.
—¿Y bien, Totty? ¿Algo para decir? —dijo sonriendo a la vez que le tomaba del rostro y acercaba sus labios a los suyos manteniendo ese juego de tensión que tanto le gustaba. Cielos, ya tenía mucho que no jugaba con Todomatsu.
—Eh, bueno, ¿no quieres sentarte?
—Iba a decirte lo mismo… —Sonrió.

Dicho aquello ambos se sentaron sobre la arena juntitos viendo en dirección al mar. El sol iba descendiendo poco a poquito y el cielo iba obteniendo una tonalidad rojiza como los días de otoño.

—Pues… —comenzó a decir Todomatsu con la mirada desviada, luego la devolvía a Atsushi y luego la volvía a desviar—. En ningún momento pensé en mentirle a papá…
—¿Mhm?
—Lo que quiero decir es que… Eh, bueno, ¿por qué te gusta hacerme sufrir? Te estás riendo desde hace rato.
—¡Claro que no, ja, ja!
—¡Claro que sí! ¡Mírate! —exclamó Todomatsu todavía muy sonrojado.
—Bueno, ¿decías?

Todomatsu tomó el suficiente aire para poder seguir hablando sin pena. No era posible que Atsushi tuviera esa presencia tan imponente que ni siquiera podía respirar debidamente. Es que estaba demasiado enamorado.
El menor miró al otro directo a los ojos con expresión serena y lo tomó de las manos con afecto para estar seguro de que lo escucharía claramente.

—Atsushi-kun, me gustaría que pensaras en mí como tu esposo.

Los ojos de Atsushi se abrieron mucho y el color se le subió a la cara. Tuvo que pensar un momento en sus palabras para seguir con aquella conversación debidamente.

—No hace falta que me lo pidas para que lo sepas. Tú eres la persona más especial para mí y me temo que no pueda seguir viviendo en este mundo si no es a tu lado, mi amado Todomatsu. Por eso, desde este momento, soy tu esposo.
—Atsushi-kun, ¿lo dices de verdad? —Contuvo las lágrimas.
—Sí, mi amor. Quiero casarme contigo. Pero…
—Lo entiendo —dijo—. Pese a los inconvenientes, hagamos nuestra propia boda, ¿sí? Porque para mí has sido más que mi novio desde hace mucho tiempo.
—Todomatsu, ¿esto está bien para ti?
—Sí. —Sonrió. Hizo una pausa para recoger unas pequeñas caracolas que se encontraban cerca del agua de la playa. Volvió de inmediato y se las tendió a Atsushi—. Ten, más adelante podré darte una sortija de verdad, pero, ¿me aceptas esto? Tendremos una cada uno.
Atsushi sonrió.
—Claro, lo acepto. —Al cabo de un efímero silencio, dijo—: Lo siento, Todomatsu. Comenzamos a salir informalmente porque no fui capaz de pedírtelo en ese entonces y yo… no lo sé, quizá siga sin hacer las cosas debidamente. Discúlpame por eso.
—Pero, ¿qué dices? No todo se encuentra en tus manos. Por supuesto que comenzamos a salir formalmente en aquel entonces, Atsushi-kun, aunque quizá tu corazón estaba demasiado confundido como para notarlo. Lo supe desde el momento en que te vi. Quiero decir, pasamos por muchas cosas. Yo no me conocía a mí mismo y estaba confundido, te hice sentir mal respecto a lo que sentías… y bueno, no hay necesidad de arrepentirnos por ello. Estamos aquí ahora lo dos, ¿no es así?
—Tienes razón. Ja, ja… Ahora eres como una persona diferente.
—Tú también. Mira qué bonita sonrisa tienes.
—¡Basta!

Ambos se rieron.
Atsushi besó las manos de Todomatsu, beso que fue correspondido de la misma manera. Tras verse cara a cara por un momento más se tomaron del rostro y se dieron un beso apasionado, diferente a las muestras de cariño de siempre. Porque, sin saberlo aquel se había vuelto un día especial.

«¿Sabías que cualquier día de tu vida se puede transformar en cualquier momento en el mejor día de tu vida?»

Cuando se separaron fue el momento exacto para ver la puesta de sol. Los rayos brillantes reflejándose en el agua cristalina del océano, combinando con los colores del cielo del atardecer. Aquel recuerdo, aquella imagen, aquel momento, se quedaría por siempre en la memoria y corazones de ambos.
Hombro con hombro, reposando la cabeza en el otro mientras observaban cielo y mar tranquilamente sostenidos de las manos.

—Todomatsu, ¿aun tienes tu cámara?
—Sí, claro. Debí dejarla en alguna parte de la habitación. ¿Por qué?
—Una foto para la sala estaría bien, ¿no? O quizá un álbum entero… Sí, ni siquiera un álbum bastaría para satisfacerme —dijo Atsushi como si hablara para sí mismo.
—¿Ahora que estás tramando? —preguntó entre risitas.
—¡Solo imagínate! Una foto de bodas en la sala principal de la casa… No estaría nada mal, ¿cierto? —Sonrió—. Hagámoslo esta semana, Todomatsu. Nos ponemos un impecable traje blanco, elegimos unas bonitas corbatas o quizá… nos hagamos coronas de flores. Podríamos conseguir unas tomas preciosas aquí en la costa o en el parque de la ciudad.

Todomatsu parpadeó un par de veces para digerir aquel plan tan repentino. De inmediato estuvo de acuerdo y con una enorme sonrisa casi tan parecida como la de Jyushimatsu asintió repetidas veces.

—¡Me encantaría! Ya verás que serán las mejores fotografías que hayamos conseguido.

No desperdiciaron la tarde, observaron el ocaso hasta que el cielo fue perdiendo el resplandor y solo entonces volvieron a casa.

La idea propuesta por Atsushi fue llevada tan solo nueve días después, cuando con ayuda del equipo de fotografía de Todomatsu pudieron ayudarse con la mayoría de ideas que tenían para ellos mismos, pues, aunque había sido un hobby de su adolescencia últimamente se había convertido en una pasión más grande, y desarrollar ese talento en la universidad seguro sería un punto fuerte para llevar mucho más allá su potencial. Por sí solo había usado muchos de sus ahorros en conseguir equipo fotográfico para desarrollar su nuevo contenido, pues, de alguna manera en el mundo del internet se estaba volviendo una celebridad bastante popular. Además, se tomaron su tiempo de pasar a una tienda que pudiera proporcionarles los trajes que buscaban, perfectamente nuevos y pensados para un día de bodas. Comenzaron a tomar las medidas adecuadas con calma y eligieron una corbata que combinara con cada uno.

Cuando Atsushi vio a Todomatsu vestido con su nuevo atuendo casi se le saltan las lágrimas, al igual que al menor, que al ver a Atsushi solo pudo pensar en lo guapo que estaba.

—Te ves precioso —dijo Atsushi genuinamente sin pensárselo dos veces, observándolo de arriba a abajo con perplejidad.
—También tú. Estás muy guapo. —Le sonrió.

¡Y entonces decidieron que era mejor no seguir perdiendo el tiempo! Eligieron un día igual de bonito que los anteriores para tomarse todo tipo de fotos que pudieran apreciar en cualquier momento de sus vidas. Si bien es probable que a ambos les podría gustar tener una fotografía del estilo tradicional con un poco más de formalidad, también era cierto que en el momento nunca surgió espacio para una toma así… Lo único que podían hacer era sonreír ampliamente, tomarse de las manos, compartir besos y abrazos.

—¡Vamos, sonríe ampliamente, Atsushi-kun! Ya va la toma en tres, dos, uno…

El flash de la cámara los iluminó una y otra vez hasta que obtuvieron por fin un álbum completo como lo deseaban. Ambos lucían guapísimos vestidos completamente de blanco con flores adornándoles el pelo y el saco… La playa al fondo de las fotografías daba esa sensación de libertad y naturalidad que caracterizaba el corazón de los dos jóvenes en ese momento, por lo que daba la impresión de que, al igual que un poema, la belleza de la naturaleza había quedado grabada para siempre con la alegría en los rostros humanos.

«Yo te recibo a ti para ser mi esposo, para tenerte y protegerte de hoy en adelante…»

—¡Me encantan! —exclamó Atsushi propinándole un beso en la mejilla.
—Luego decidiremos cuál dejaremos como la principal. Ahora… ¿qué te gustaría hacer?
—Buena pregunta… Hum, ¿quieres ir a alguna parte?

Todomatsu se lo pensó. Para el final del día ya habían ido a comer a un restaurante romántico cercano que les había llamado la atención, así como también decidieron repentinamente dar un recorrido por el acuario Churaumi en donde compraron muchas tarjetas y demás recuerdos bonitos.

«…para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad…»

Esa tarde fue, de alguna manera, su inolvidable día de bodas. Las ropas blanquecinas y la vibrante sensación de alegría no los abandonó por ningún instante. Al siguiente día los chicos pudieron observar las fotos impresas sobre la cama de la alcoba poniéndose de acuerdo con la opinión que tenían de cada una, pues debían elegir la más hermosa de todas y por supuesto que debían estar de acuerdo.
Al cabo de un par de días la fotografía se encontraba colgada en la pared de la sala principal perfectamente enmarcada, mostrando a ambos sonriendo felices con los pétalos de las flores adornándoles y llevando muy bien puestas las elegantes ropas de gala.

«...para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe».

El sueño de ambos se había cumplido en Okinawa.

N. de la A.

¡Qué nostalgia siento! Cada vez siento más lejos a los muchachos… Mi OTP eterna. Mil gracias por leer, espero que el desarrollo de Totty y Atsushi sea tan importante para ustedes como lo es para mí.