Disclaimer: Shingeki no Kyojin y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Hajime Isayama. Esta historia está escrita con el único fin de entretener.

Advertencias: divergencia respecto al canon y la muerte de Hange.


«Ghosts are real. This much, I know. There are things that tie them to a place, very much like they do us. Some remain tethered to a patch of land. A time and date. The spilling of blood. A terrible crime. But there are others. Others that hold onto an emotion. A drive. Loss. Revenge. Or love. Those, they never go away»

Crimson Peak —Guillermo del Toro


Cadáver

—Levi.

Su nombre, en un susurro, fue lo primero que escuchó después de pasar la tarde entera huyendo entre los helechos y las secuoyas del Bosque de Árboles Gigantes, cada uno de ellos tan inmensos como las murallas entre las cuales habían pasado sus vidas enteras, igual que sus titanes colosales, esos que vivieron ocultos en su interior y que al fin habían sido liberados. Levi y Hange pudieron escucharlos salir de la isla, retumbando la tierra entera a cada uno de sus pasos. Juntos huyeron hasta que dejaron de escucharlos; huyeron entre la lluvia y su suave golpeteo contra las hojas; huyeron entre el rugir ensordecedor de las balas y las cuchillas enfrentadas, y siguieron huyendo hasta alcanzar el rumor del mismo río donde Hange le salvara la vida hace apenas unos días.

—Un círculo… —jadeó Levi a la orilla del río—. Carajo. Huimos en círculos…

A Levi le parecía que habían pasado muy pocos días desde que salieran de aquellas aguas, incluso tal vez sólo horas, todas ellas escasas y fugaces, simplemente insuficientes como para alcanzar los rincones más remotos de la isla y ocultarse, pero en ese momento no podía asegurar que su percepción del tiempo fuese acertada. Estaba agotado hasta su límite. La cabeza le dolía tanto que juraba podría estallarle, y cada uno de los músculos de su cuerpo palpitaba tan dolorosamente que sentía que las fibras musculares se le desprenderían de los huesos.

—Levi.

La escuchó de nuevo. Era como si escuchara su nombre salir de la boca de Hange por primera vez en su vida. No estuvo muy seguro de si sólo lo imaginó.

—Levi… Déjame aquí. Voy a morir.

Contó tres veces aquel susurro con la forma de su nombre. No se atrevió a mirarla; no quería descubrir cuánta sangre había perdido. Se quedó mirando el río. Las palabras de Hange eran una súplica, pero a él le sonó a maldición. El recuerdo vago de un cuento de cuna que solía contarle su madre atravesó fugazmente su mente. Era un oscuro cuento de hadas sobre brujas nigromantes y reyes, cuya moraleja advertía evitar pronunciar tres veces un nombre, a riesgo de ser maldecido o maldecir a otro, incluso por accidente, pero los recuerdos de su niñez hace mucho tiempo se habían vuelto nebulosos.

Levi al fin se volvió a su compañera. Era la única que le quedaba desde la Batalla de Shiganshina, y ahora estaba ahí, débil y desangrándose. La había tendido sobre la hierba, y ahora le decía que también tendría que irse y dejarlo. Al final, todos lo dejaban solo, y pensó que no había necesidad de maldecirlo; siempre lo había estado. Creyó sólo pensarlo, pero ella respondió a sus desoladores pensamientos aún contra el dolor que le atenazaba el cuerpo, como si pudiera leer su mente.

—No… —Hange luchó por tomar aire. Su voz se volvía un hilillo, un leve jadeo. Levi pudo escucharlo: eran los estertores de la muerte. La miró a los ojos y ella le devolvió la mirada con el único ojo que le quedaba. No es que fuese capaz de leer su mente; eran sus ojos lo que ella leía—. No voy a dejarte.

Ahí estaba la maldición, se dijo Levi. Todos, al final, siempre lo dejaban.

—Hange…

Habría dicho algo más, pero no tenía nada que decir. Tampoco se habría atrevido. Una neblina asfixiante llenaba su cabeza como un veneno suspendido en el aire. ¿Sería eso lo que sintieron los habitantes de Ragako al ser convertidos en titanes, víctimas del gas tóxico del líquido cefalorraquídeo de aquella bestia? Como una nebulosa inexorable devorando todo recuerdo, toda sensación, todo pensamiento y emoción hasta volver su cabeza no más que un remanente de lo que un día fue, oculto tras un velo impenetrable y aún traslucido, una larga pesadilla de la cual no se podía despertar ni pateando, ni gritando, únicamente impulsados por un instinto desesperado de devorar a sus semejantes y, tal vez, al fin despertar.

—Estoy cansada… —murmuró Hange. Se habría reído, pero sus heridas le dolían demasiado. Hace apenas unos días había murmurado al aire aquella misma frase, sola y al borde del llanto, justo después de ordenar la suspensión y encarcelamiento de Floch Forster y el pequeño grupo de Jaegeristas que habían filtrado la información sobre Eren, su ataque a Liberio y posterior encarcelamiento. A diferencia de aquel día, sabía que ahora ya no podría investigar nada más, y al fin, tal vez, no tendría otra opción más que darse por vencida. Aún así, estaba feliz de no estar sola.

Pero Levi tenía razón: no tenía otra opción más que dejarlo solo.

«No quiero», pensó, pero no tuvo la fuerza para decírselo. La sola idea le escoció los ojos.

Todavía estaba lloviznando. Hange sintió el rostro húmedo y brillante por las diminutas gotas, y Levi, sentado sobre la hierba a su lado, pudo percibir la sal concentrada en la solitaria lágrima que resbaló por la esquina de su ojo derecho. Con su mano mutilada la limpió con una suavidad impropia en él, y recordó a Hange hace más de tres años, cuando vieron el mar por primera vez. La recordaba gritando y chapoteando en la playa, preguntándose, llena de entusiasmo, cómo era posible que todo aquello fuera agua salada, tocando cosas raras y asquerosas salidas de entre la arena. Incluso lo había convencido para entrar al agua.

«Agua salada», pensó Levi, no supo por qué. Quizá, se dijo, habría deseado encontrar únicamente mar más allá de los límites de su pequeña isla.

Se recostó a su lado derecho, mirándola. Hange estaba tendida sobre su espalda. Ni siquiera podía moverse, y sus lentes, cuyos cristales se habían agrietado, estaban ya empapados. Aún, fue capaz de mover ligeramente la cabeza hacia él y mirarlo de vuelta.

—Si estás cansada, entonces duerme, Hange —murmuró. Él también estaba cansado. Las heridas cortantes de su rostro y torso le dolían menos que los pequeños muñones de sus dedos mutilados, pero estaba demasiado agotado como para siquiera pensar en el dolor mismo.

No supo en qué momento sus ojos se cerraron, pero debió ser enseguida. Levi se dejó arrastrar con ligereza por los nebulosos vientos en su cabeza de la misma forma que lo hiciera en la seminconsciencia, después de salir disparado tras la explosión de la lanza relámpago. Siempre entre el sueño y la vigilia. Pudo sentir la sangre manando de su rostro, el dolor de su ojo ya inservible, y luego las manos cálidas de Hange sosteniéndolo contra su pecho, escuchando el palpitar de su corazón. También escuchaba su voz, varias voces, pero eran demasiado lejanas para entender lo que decían. Era su corazón el que le decía todo: estaba asustada. Luego recordó la humedad asfixiante del vapor que los envolvió cuando aquel maldito surgió intacto de ese titan medio muerto sobre la hierba.

Recordó, como si deseara regresar en el tiempo y perderse en ese pequeño bucle para evitar ahora aquel cruel sueño entre la hierba y la llovizna, cómo el agua fría del río los envolvió, vencido a la veloz corriente arrastrándolos muy lejos. Escuchó los disparos ahogados, y la fuerza con la que Hange lo sostuvo para que el agua no los separase. Se dejaron arrastrar lo suficiente para perder de vista a los Jaegeristas por al menos uno o dos días. Los perseguirían, lo sabían, y lo hicieron. En la cabeza de Levi volvieron a escucharse los estallidos de las balas que Hange habría de disparar contra sus antiguos compañeros de la Legión de Exploración.

«No son sus compañeros», se recordó entre el sueño y la vigilia. «Es su comandante. Son sus subordinados; son los reclutas que juró proteger y guiar. Es la comandante porque Erwin también murió; decidió cabalgar al infierno junto con otros tantos soldados. Y todos murieron».

Hange también había llorado al dispararles. Tal vez, como el mundo entero creía, al final resultaría que Paradis sí era el infierno y ellos no más que demonios que se mataban entre sí a la primera oportunidad. Y ojalá, pensó Levi, no completamente dormido, y tampoco del todo despierto, pudiera volver a esa noche cálida junto al fuego, refugiados entre secuoyas gigantes, en silencio. Estaba demasiado cansado, pero era consciente ya de todo lo que pasaba a su alrededor. Hange había cosido sus heridas y zurcido su carne abierta, pero apenas había sentido la punta de la aguja. Las palabras de su compañera resonaban, como un rezo triste y afligido, entre los sonidos del bosque y el retumbar lejano de las pisadas de los miles de millares de titanes colosales que se dirigían al Mar del Sur. Hange, para mantenerlo en este mundo, le había contado todo lo que había pasado hasta el momento junto a sus peripecias, sus miedos, y también sus anhelos.

—Quizá deberíamos quedarnos aquí viviendo juntos. ¿No, Levi?

Recordaba sus palabras como si las dijera de nuevo, y él respondió que sí.

Estaban al borde del fin del mundo, al menos del mundo que los rodeaba y que los odiaba y que un día se levantaría y tomaría venganza contra ellos, pero aun así Levi le había dicho que sí. Recordaba el abrazo cálido de Hange alrededor de su cuerpo, la forma en que sus dedos acariciaron su cuello, su nuca, y luego su cabello. No lo dijo en voz alta, pero Levi pudo sentirlo a través de los latidos de su corazón. Estaba feliz, pero también asustada. Se sentía como si hicieran algo que deseaban, pero que sabían que estaba mal. Desertar y escapar. Abandonarlo todo y huir.

—Sólo quiero vivir feliz y olvidar lo que pasó —le había dicho Hange, aferrándose a su cabello—. Aunque… deba abandonarlo todo.

Huyeron por unos días, hasta que el Retumbar en la isla entró al mar. No pudieron escucharlo estando tan lejos de la costa, pero lo sabían. Hange constantemente sacaba las cuentas en su cabeza respecto a la velocidad del Retumbar y la distancia entre la costa, el mar y el continente de Marley, y Levi pudo ver cómo en el fondo la culpa por huir y abandonarlo todo la carcomían. Constantemente miraba a su alrededor, como si fuese acechada por cientos de fantasmas, y en alguna ocasión se preguntó, al aire, si "ellos" estarían observando. Pronto se sintió contagiado por sus arrepentimientos, o tal vez fuese él quien la contagió a ella. Por las noches no podía dejar de pensar en la última orden de Erwin y cómo había sido incapaz de cumplirla en más de una ocasión, y el único consuelo que encontraba era en la presencia de Hange y sus manos cálidas limpiando sus heridas.

Se hicieron con las escopetas, las cuchillas y los equipos de maniobras tridimensionales de los soldados a los que Hange había disparado, y huyeron a lo más fondo del Bosque de Árboles Gigantes. Y sin embargo aquel mundo de colosales aún era demasiado pequeño para habitar o huir en él, encerrados al fin en aquel pequeño círculo del infierno que había sido siempre la isla Paradis. Para los intereses de los Jaegeristas, la comandante de la Legión de Exploración y un Ackerman eran demasiado peligrosos como para dejarlos sueltos y con vida. Pelearon, tal y como sabían que deberían hacerlo cuando los Jaegeristas los encontraran, porque lo hicieron. Estaban cortos de recursos, de energía y fuerzas, pero entre los dos mataron a un grupo de ocho soldados y enseguida a otro de cinco antes de ser vencidos. Las balas, por saberse que era un Ackerman, habían sido dirigidas principalmente al capitán, pero Hange las tomó por él cuando vio que sería incapaz de esquivarlas.

Lo sabía muy bien. Ella siempre buscaba protegerlo; lo había hecho desde que se conocieran, cuando todos aún lo miraban con recelo. Levi a veces creía que Hange estaba enamorada de él, pero jamás se atrevió a preguntárselo, y ella jamás le dijo nada.

La primera bala se alojó en su pecho, y la segunda atravesó su abdomen hasta salir por su espalda. Levi acabó con los soldados que quedaban, pero cuando vio la sangre manchando su capa hasta teñir de rojo las alas bordadas en la tela, supo que no había nada que hacer. Aun así utilizó sus propias vendas para sellar sus heridas y cargó a Hange en brazos hasta que salieron del bosque, donde siguió el camino del río. No supo cuánto tiempo pasó, pero se detuvo sólo hasta que ella, jadeando y casi sin fuerzas, le pidió parar.

Aquel sueño que Levi deseó se transformase en un bucle sin fin, se desvaneció junto al rumor del agua corriendo con calma cuando sus ojos lucharon por abrirse. Las gotas diminutas caían con suavidad en su cauce, y en el fondo, como un rumor funesto, el silbido que salía de entre los labios de Hange, le recordó el anuncio de la inexorable muerte que los rondaba, como un buitre esperando paciente que la naturaleza siguiera su curso para al fin devorarlos.

Y otra vez habría de llegar a ese momento donde su nombre no fuese más que un débil susurro.

—Levi…

Abrió los ojos. Los parpados le pesaban como nunca, tenía la boca seca y el frío se le metía hasta la medula de los huesos entre su ropa y cabello húmedos. Había dejado de llover, y a su alrededor sólo quedaba un lecho de hierba fresca empapada de rocío y sangre.

«Debe estar atardeciendo», supuso, mirando el cielo. Las nubes grises aún se desplegaban espesas en el cielo, amenazando con dejar llover otra vez.

—Oye, cuatro ojos, está atardeciendo…

La miró, pero ella no le respondió. Estaba despierta, se dijo enseguida: su ojo derecho estaba abierto, pero su mirada era ausente y apagada. Miraba sin ver. No era ya capaz de siquiera ver nada.

—¿Hange?

Sus pupilas no se movieron, y su rostro se mantuvo intacto, un gesto neutro que no transmitía más nada: ni felicidad, tristeza, culpa o dolor.

Levi, con su mano mutilada, tomó con suavidad el rostro de su compañera. Sintió una ligera rigidez en su cuello, y su piel se había vuelto fría y acartonada a pesar de las gotas de lluvia sobre ella. Tampoco llevaba sus lentes; los tenía entre los dedos de su mano izquierda, su brazo tendido sobre la hierba sin cuidado, como si sólo lo hubiese dejado caer. Hange, en algún momento, se los había quitado, tal vez para ver sin las gotas de agua empañando los cristales fracturados. Al final, pensó Levi, habían estado demasiado cerca como para no ser capaz de distinguir los rasgos de su cara, aunque poco habría importado.

—Estás más ciega que un topo, cuatro ojos. ¿Cómo eres capaz de ver sin esto? —recordaba haberle dicho muchos años atrás, mucho antes de Marley, de los diarios de Grisha Jaeger, o del Eren mismo; tal vez, poco después de la caída de la Muralla María. Tenía los lentes de Hange e intentaba ver algo con ellos mirando a su alrededor. Pronto las sienes comenzaron a pulsarle y se quitó los anteojos, devolviéndoselos a su compañera con el ceño fruncido.

—No puedo ver nada sin mis lentes —río ella. No se los puso enseguida. En su lugar, lo miró como si su afirmación fuese no más que una mentira. Sonreía—. Sin ellos no podría distinguir a Mike de Erwin. Pero siempre sé cuando se trata de ti.

No recordaba el resto de la conversación, sólo el rostro de Hange y la amarillenta luz del atardecer iluminando su tez bronceada por el sol. Se puso los lentes de vuelta y una brisa tibia de finales de verano meció su cabello castaño. Aquella tarde Hange resplandecía en tonos ocre y suaves luces naranjas, y era cálida como el mismo sol que la iluminaba. Estaba llena de vida. Cuando Levi pensaba en los colores del verano, la recordaba, y cuando veía los pétalos amarillos de los girasoles creciendo enormes y altísimos en los campos, pensaba en ella, pero en este atardecer gris y frío, muchos años después, Hange había perdido sus colores, sustituidos por el verde militar que la acompañó durante toda su vida, y por el blanco de su camisa, ahora manchada de carmín. El color de su piel se había desvanecido, arrasado por una palidez cadavérica que borró todo rubor melocotón de sus mejillas, dejando en su lugar sólo frías sombras azules, y aquella frialdad que la envolvía lo alcanzó también a él, se instaló en su corazón como una astilla, y ya jamás lo abandonó.

—¿Hange? —repitió. Su voz era débil, apenas un hilillo mientras acercaba su rostro al de ella. En su ojo derecho, donde antes brillara su iris con el color de las avellanas, ya sólo quedaba un marrón turbio y opaco, y una pupila ligeramente gris que miraba al frente pero que no veía ni percibía nada. Ni siquiera a él.

Miró luego sus labios. Estaban secos y agrietados, y habían perdido su natural tono rosado, dejándolos tan pálidos que se confundían con el resto de su tez. Acarició su cabello húmedo con lo que quedaba de sus dedos, quizá esperando alguna respuesta, algún movimiento. No sintió manar nada del cuerpo de Hange, ni un sólo suspiro ni tampoco una queja cuando se colocó sobre ella como un peso muerto y débil, un animal moribundo buscando insuflar un poco de su aliento de vida a un corazón ya para siempre detenido. La tomó suavemente por el cuello y acarició con su dedo pulgar la línea de la mandíbula hasta su mejilla. Levi habría podido jurar ver cómo aquel cascarón comenzaba ya a devorar desde adentro toda su sangre, el agua que aún quedaba dentro de ella, y a chupar de a poco las formas y ángulos que la volvían humana y no la estructura de huesos que se escondía debajo de su piel.

Se acercó un poco más, intentando percibir su aliento incluso si lo encontraba débil, pero de entre sus labios pálidos no surgió nada. Posó su mano izquierda sobre su pecho y no sintió el latir de su corazón, ni por felicidad, ni por miedo; no sintió ningún tipo de calidez humana manando de su piel, ni siquiera el ligero palpitar de la yugular.

Los labios de Levi rozaron apenas sus labios, quizás esperando sentir el devenir súbito de la vida explotar a través de ellos en un suspiro ahogado, como aquel que se ahoga y vuelve a la vida, tal y como ella lo hiciera con él al sacarlo del río.

—Hange… —repitió, ahora sin dudar, besando su cadáver.

«Tres veces tres», recordó de voz de su madre. Todavía era incapaz de rememorar el cuento.

Sus lágrimas no se derramaron hasta que todo terminó, muy lejos de Paradis, en medio de un paisaje desértico y en compañía de sus antiguos compañeros de la Legión, a quienes vio desvanecerse de a poco frente a sus ojos. Hange se había ido con ellos. ¿Cuándo fue la última vez que lloró? No lo recordaba. Tal vez cuando vio los cadáveres de Isabel y Furlan, una década atrás. Desde entonces, Levi Ackerman no había derramado una sola lagrima, ni de dolor, ni de tristeza o desesperación. Sus glándulas lagrimales habían llegado escasas a este mundo, y hacía mucho tiempo habían derramado las lágrimas suficientes para secarse. Existían demasiadas pérdidas en su vida como para llorarlas todas sin ahogarse él mismo.

Levi no lloró mientras besaba a Hange, sintiendo sus labios secos y helados, rígidos contra los suyos. Sus ojos, lo que quedaba de ellos, miraron al único ojo que a su vez le quedaba a ella, como dos pozos de vacío insondable que jamás habrían de llenarse de nuevo, ya fuera en la vida o en la muerte. Y la siguió besando, incluso cuando sintió los dedos helados y rígidos de su cadáver acariciando con torpeza su mejilla, luego su cuello y su nuca hasta retenerlo por el cabello, mientras el ojo opaco de Hange se movía, muy apenas, enfocándolo únicamente a él. En ellos sólo quedaban los remanentes de su alma, devorada por la culpa y la pena, tras aquel velo grisáceo que le había robado todo brillo y color, llamada de vuelta por una vaga maldición de retribución, un asunto pendiente y jamás hablado, un ansia reprimida que había sido sellada en silenciosa agonía. Sus dedos acartonados y fríos contaban a su compañero lo que no podían las palabras atoradas en su garganta, los anhelos traducidos en la única vida que podía albergar aún aquel cadáver frío que se recostaba sobre su propia sangre.

Levi se habría de quedar ahí un largo tiempo con no más que su propio corazón solitario como acompañante, siempre en busca de un lugar placido, junto al cadáver de Hange y la espectral sensación de sus dedos helados enterrándose en su cabello.

—Nos veremos otra vez —dijo contra sus labios, o tal vez lo pensara.

Cuando Levi intentó separarse de ella, aquella mano fría seguía aferrada a su cabello.


Levi despertó en su cama con un sobresalto que le agitó con violencia el pecho y el corazón, sintiéndose aprisionado entre las sábanas. En la oscuridad de la noche pudo escuchar su propia respiración jadeante, como si hubiese dejado de respirar por un largo tiempo, tal y como el aliento pronto se acaba durante un beso.

Se tomó un momento para respirar. Los demás debían estar dormidos; era plena noche, pudo adivinarlo sólo con ver la oscuridad cerrada que se desplegaba a través de la ventana, la cual descubrió abierta. Estaba seguro de haberla cerrado.

«Raro», pensó, masajeándose las sienes. Las cortinas se movían con ligereza, mecidas por la brisa nocturna, dejando suspendido en el aire un rumor suave que lo remontó al cauce de aquel río junto al cual vio morir a Hange.

«No la vi morir», se recordó: estaba dormido cuando ella murió. Tenía los ojos abiertos; había muerto mirándolo.

Habría vuelto a dormir; las labores de reconstrucción siempre eran agotadoras, y a veces, a pesar de los años, aún llegaba a sentir de vez en cuando dolorosos pinchazos en su rodilla destrozada. Entonces, una fuerte brisa irrumpió en la habitación, agitando con violencia las vaporosas cortinas blancas. La habitación se heló de tal forma que logró ponerle la piel de gallina, y tras las cortinas, Levi habría jurado ver una sombra alta y esbelta que lo vigilaba en silencio, quieta en su sitio y familiar en sus formas.

—¡¿Hange?!

Lo dijo sin pensarlo, como algo natural, como topársela un día cualquiera en algún pasillo del cuartel general, pero cuando la cortina regresó a su sitio, tras ella no quedó otra cosa más que la pared y la oscuridad.

Tomó aire, dejándose caer de nuevo sobre el colchón, agotado de sus sueños, de sus pesadillas y los recuerdos que todavía lo atormentaban. No sabría decir si le hubiera gustado que se tratase de ella, y no del viento, cuando el siempre asfixiante desconsuelo volvió a invadir su pecho, descubriendo que, tal vez con demasiada frecuencia, solía sentirse afligido y muy solo.

No era la primera vez que tenía pesadillas con aquel día.

Se volvió hacia el buró intentando reconciliar el sueño. Los anteojos de Hange, que había rescatado junto a su capa de la Legión antes de escapar de Paradis tras los hermanos Jaeger, seguían en su mismo sitio, junto a la lámpara y el vaso de agua. Levi jamás los movía de ahí, aunque Onyankopon le había sugerido guardarlos en un cajón, o al menos en un estuche. Levi prefería pensar que estaban ahí porque Hange estaba también en esa habitación, tal vez durmiendo ahí mismo o dando vueltas, insomne y leyendo obsesa algún libro, pero cada vez que abría los ojos por la mañana los veía tan rotos como el día en que los Jaegeristas los atacaron, y entonces sólo servían para recordarle, una y otra vez, que Hange no se había quedado dormida en esa misma cama, ni junto al río, sino que había muerto.

Estaba atrapado en un desconsolador bucle desde aquel momento, como si hubiese sellado su destino al besar su cadáver, pero también sabía que había creado aquella dolorosa espiral con sus propias manos y por su propia voluntad. Ella lo había salvado, pero él no había podido salvarla, y lo único que pudo ofrecerle fue un castillo en el aire que duró muy pocos días y un beso frío. Desde entonces, había perdido a su compañera y a su mejor amiga.

Cerró los ojos, pero no sintió sueño. Luego los abrió, por puro instinto, y ahí, en el cristal agrietado de los anteojos, las formas de un rostro pálido se reflejaron difusas, pero familiares. Lo miraban a través del reflejo, justo del otro lado de la cama.

—¡Hange!

Levi se volvió, sintiendo un remanente de miedo agitando el interior de su pecho. No miedo, se percató después, sino un escalofrío, pero estaba solo; tan solo como siempre. Solo como ella lo había dejado.

La brisa que entraba por la ventana había enfriado las sábanas.

«Me estoy volviendo loco», se dijo, o tal vez se había vuelto loco tres años atrás, a la orilla de aquel río. No podía pensar otra cosa de sí mismo viendo junto a él la capa de Hange. La lavó apenas tuvo oportunidad, pero para entonces la sangre había teñido para siempre el centro mismo de las fibras, dejando en ella un rastro negruzco: la sangre de Hange. Onyankopon creía que era un tétrico homenaje a su compañera muerta, y eso que ni siquiera sabía que, en ocasiones, sacaba la capa de su caja y dormía junto a ella. A veces, incluso, podía jurar que el aroma de Hange aún pervivía entre las fibras. Era patético, se decía Levi, pero no tenía nada más. Tampoco le había contado aquello a nadie, sólo que conservaba sus anteojos y su capa. Aquel era su pequeño altar a la muerte, con quien compartía el lecho y el sueño en sus noches más solitarias y frías. ¿Qué quedaba entonces, si jamás lo había hecho en vida, sino hacerlo ahora en la muerte?

Tomó la capa, apretando la tela entre sus dedos, y de ella sintió manar el aroma de la sangre fresca, de la lluvia, la tierra mojada y la hierba húmeda. También percibió el aroma de Hange, ahora corrompido por la muerte como un recordatorio eterno de que, al final, ella también lo había abandonado.

Levi sintió que la garganta se le cerraba en un nudo inútil y asfixiante, como si la tristeza misma fuese capaz de tomar forma y estrangular a su víctima. Apretó con más fuerza la tela, la frotó entre sus dedos, y se sintió más atrapado que nunca entre las mortecinas garras de los muchos fantasmas que lo atormentaban y le enfriaban los pies, las manos, la nariz y los labios, pero que jamás se lo llevaban incluso si le atenazaban el corazón.

Y al final, como en un intento por respirar, se forzó a hablar, y susurró lo único en lo que pudo pensar.

—Hange…

No fue una pregunta ni una afirmación, sino un llamado.

—Levi.

Su nombre, de nuevo, en un susurro.

Abrió los ojos, y con su único ojo útil vio a Hange del otro lado de la cama, acostada junto a él, mirándolo, a su vez, con el único ojo que también le quedaba, ahora vacío y opaco. Estaba ahí como si jamás se hubiese ido, como si hubiese pasado todas las noches de los últimos tres años ahí, con su cuerpo intacto en lugar de su capa maltratada y vacía, pero incluso entre la oscuridad, la muerte no pudo engañarlo. Levi vio la palidez cadavérica, prácticamente blanca, del rígido rostro del cadáver que lo acompañaba. Tenía el cabello húmedo tal y como en el momento que murió, atrapada para siempre en aquel último instante, y una sonrisa suave, afligida y nostálgica apareció en sus labios pálidos, agrietados por el frío toque de la muerte. Sonreía como si el sólo hecho de hacerlo le doliera, y con aquel gesto lo tomó por el rostro, donde sus cicatrices aún permanecían, antes de besarlo.

Levi la sintió fría, aún sin vida. Nunca más con vida. Seguiría para siempre estando muerta, y para él no quedaría más compañía que el consuelo cruel de su pálido espectro; el fantasma de un recuerdo atenazado por el dolor y un anhelo truncado demasiado pronto.

Sintió en el colchón los remanentes de aquella llovizna, la calidez lejana de la sangre sobre la hierba, y los dedos helados de Hange enterrándose en su cabello en aquella amorosa caricia fantasmal, pero era un amor ya pútrido por la muerte, inútil y lejano, pero cuyos dolorosos restos aún permanecían, negándose a romperse mientras Levi, a su vez, se aferraba a ellos. Pues qué es un fantasma, sino un asunto pendiente; un sentimiento estancado en las insondables aguas de un tiempo eterno donde no existe pasado, ni presente, ni futuro. Qué es un fantasma, sino una maldición que se niega a morir.

Y Hange seguía observando, con aquella letanía resonando en los remanentes de su alma afligida y retorcida por las garras de la muerte.

«Nos veremos otra vez».


En febrero vi Shingeki no Kyojin de golpe y la historia me cautivó totalmente, especialmente Levi Ackerman y Hange Zoë, a quienes terminé shippeando. No puedo hacer más que escribir fanfics de ellos porque su historia me dejó desolada, así que este es mi primer fanfic en este fandom. Igualmente, estoy un poco nerviosa porque tenía años sin incursionar en un fandom nuevo.

Escribí esta historia buscando desahogar un poco la tristeza de ver cómo terminaron ambos, pero creo que sólo conseguí sentirme peor. No me costó casi nada escribir este fic, lo hice de golpe, pero pasé la mayor parte del tiempo con ganas de llorar. Pocas veces he escrito algo que me duela así, y tal vez me haya quedado demasiado melodramático. Por ahí también hay un meme que da vueltas en donde se dice que Isayama tiene la costumbre de sólo mostrar besos entre amantes cuando uno de los dos está muerto, así que pensé que sería buena idea hacer lo mismo con Levi y Hange, aunque claramente tuve que cambiar un poco la forma en cómo se dieron las cosas después del accidente de Levi y cómo Hange muere.

En fin. Si se tomaron el tiempo de leer hasta aquí, ¡muchas gracias!

Me despido

Agatha Romaniev