hi there! it's been a while, huh? well this is just a little thing that i wrote two years ago for an invisible friend that was organized in a Spanish dragon age discord, so be ware that the inquisition characterisation and her romance choice are not mine but theirs!

ps1: no bear was harmed in the creation of this fic. in fact, no bear appears. sorry for the misdirection.

Disclaimer: Dragon Age Inquisition and all its characters belong to their rightful authors. I do not own anything besides this fanfiction. Any references to any persons living or dead is completely coincidental.


El verano era sofocante y las noches en Ferelden no traían alivio. El calor lo cubría todo, como una manta espesa y melancólica. En las Tierras Interiores era casi insoportable; todo gemía, todo molestaba, todo brillaba. Incluso en el viejo refugio junto al lago hacía tanto calor que, desde su llegada, habían empezado a dormir fuera, en una esterilla que la inquisidora había extendido bajo el alero de la tienda. No había ruidos de batalla ni llantos de auxilio; no había grietas, no había demonios, sólo el sonido de una paz efímera y el mecer de los lotos negros por una ligera brisa.

Vestida con una túnica de algodón fino ocre, Cadash contemplaba el azul profundo de la noche de verano. Desde lo alto de la colina, en el precipicio saliente desde donde nacía la gran cascada, parecía como si estuvieran flotando en una banda plateada de estrellas. Allí, podía sentirse intemporal e ingrávida, se sentía tranquila con la presencia del qunari a su lado. En ese instante, no había nada más en el mundo que Cadash desease.

Con la cabeza apoyada sobre el brazo izquierdo del qunari, la joven enana profirió un repentino siseo de dolor.

—¿Inquisidora? —escuchó a Toro de Hierro llamarla con voz suave.

Cadash se incorporó levemente, apoyándose sobre el codo derecho, y palpó con cuidado la palma de la mano. Allí donde la marca reposaba desde hacía ya varios meses, la piel estaba enrojecida, inflamada; con el tiempo había terminado acostumbrándose al calor constante, al dolor punzante. La mano robusta y grande del qunari apareció y tomó la suya, masajeando la piel que, poco a poco, se estaba volviendo de un ligero color rosado, en contraste con la tonalidad oscura del resto de su cuerpo.

La joven enana suspiró, algo más aliviada.

—Gracias —musitó mientras le observaba hacer.

Gime entre sueños, revolviéndose de dolor. No hay fuego, pero su cuerpo arde. Es una extraña, este recipiente ya no es suyo. Voces en una luz verde cegadora le hablan, le gritan, le suplican. Está sola. Duele, duele, duele. Sólo quiere despertar.

—Oh, Kadan…

Antes de que pudiera darse cuenta de lo que sucedía, Toro de Hierro tiró de la mano de Cadash hacia su regazo, donde cayó torpemente. La enana despertó de su ensimismamiento cuando se vio frente a frente con el duro y esculpido pecho del qunari. Sentada a horcajadas sobre sus muslos, soltó una apenas perceptible risilla.

—¿Está mi pequeña inquisidora demasiado distraída para relajarse? —preguntó Toro de Hierro, pasando la mano por la cintura de la enana y acariciándole la parte baja de la espalda, jugando con la cinturilla de sus pantalones.

Cadash se encogió de hombros mientras posaba sus manos sobre el duro pecho de su compañero y dibujaba pequeños patrones inconexos sobre su piel alrededor de los pezones.

—No lo sé. ¿Será castigada esta pobre heraldo por ser tan negligente? —coqueteó ella, inclinando levemente la cabeza al tiempo que la túnica se deslizase despacio por su hombro, dejando su clavícula desnuda.

Toro de Hierro soltó una carcajada, sacudió la cabeza de un lado a otro y le azotó el culo.

—Eso te gustaría, ¿verdad? —Se inclinó para besarla, larga y profundamente. Sus manos apretaron con soltura y deseo sus glúteos. Cadash gimió, respondiéndole con un pequeño mordisco en el labio inferior mientras movía sus caderas de atrás hacia delante sobre el regazo del qunari—. Pero quizá este humilde guerrero esté demasiado distraído como para que eso le importe.

Poco a poco, Toro de Hierro deslizó su mano en el interior de los pantalones de Cadash, acariciándola con apuro y necesidad, haciéndola temblar.

«Sólo estamos tú y yo», le susurra como una promesa. Un lazo suave de satén le inmoviliza las manos. Unos labios secos pero cálidos recorren su cuerpo, le besan los pechos, le acarician los muslos, le aprietan la garganta. Se le encoge la respiración. «Más. Dame más», suplica. Puede vivir en ese momento eternamente, entre baratijas y cortinas engalanadas, alejada del peso del deber, de la responsabilidad. Viva, llora.

––Cuando te mueves así en mis brazos, me importa una mierda si todo el mundo se va a la ruina.

Con un suave mordisco en el cuello de la inquisidora, Torro de Hierro rodeó su cintura y la tumbó de nuevo sobre la esterilla. Una vez estuvo bajo él, le levantó con rapidez la túnica de Cadash y empezó a desabrocharse los pantalones. Cada encuentro era una escena distinta. Durante el día los escarceos eran breves pero lo suficientemente dulces para satisfacer las ansias de la inquisidora, ayudándola a sobrevivir hasta el anochecer. Contenta e imbuida de confianza, la joven enana se volvía cada vez más libre con Toro de Hierro, aprendiendo un nuevo lenguaje de caricias y gestos desprovisto de cualquier tipo de vergüenza o contención. La timidez que mostraba en raras ocasiones era sólo una actuación, porque sabía que al qunari le gustaría.

El corazón le va a explotar. El roce de las sábanas en sus rodillas, el hormigueo en la punta de los dedos, el balanceo sobre el cuerpo del guerrero. Ella no quiere recordar, no quiere guiar, quiere volar. La respiración entrecortada, las uñas clavadas en la piel, las muñecas rojas y magulladas, los labios sedientos, los dientes hambrientos. Él ofrece su cuerpo, él sólo quiere que ella se sienta libre.

De repente, Cadash dejó escapar un suspiro lastimero. Toro de Hierro levantó la cabeza pero siguió rodeando el enrojecido pezón derecho con la punta de su lengua mientras que, con su mano, pellizcaba el otro. El qunari levantó una ceja, lanzándole una mirada inquisitiva.

—Ah —gimió con disgusto la enana—, ¡qué vida tan difícil la de esta pobre inquisidora alejada de toda civilización! Tan pequeña e indefensa, sin nadie que se interese por su seguridad, abandonada en este paraje inhóspito.

Toro de Hierro sonrió, relamiéndose los labios, expectante por ver a qué juego estaba jugando en aquel momento.

—¿Hm?

—¡Claro que sí! —chilló Cadash. Con gesto teatral trató de esconder su rostro detrás de sus manos—. Un guerrero tan fuerte y tan… grande como tú podría hacer lo que quisiera de cualquier manera y nadie pestañearía siquiera.

El qunari chasqueó la lengua, divertido.

—¿Ah, sí? —La inquisidora asintió, mientras un profundo gimoteo le desgarró el pecho.

Torro de Hierro sacudió la cabeza, una pícara sonrisa se le escapaba mientras agarraba la cintura de los pantalones de la enana—. ¿Qué podría hacer yo entonces?

Cadash apartó lentamente las manos de su rostro, bajo el que se ocultaban unos enrojecidos labios y un par de ojos tan vidriosos que en ellos se podían adivinar los astros.

—Todo. Absolutamente todo —sentenció la joven enana.

Fue entonces cuando Toro de Hierro se lanzó sobre ella. Con su boca arremetiendo contra la de ella, con una de sus manos en su cuello y otra en el interior de sus pantalones humedecida, no quiso esperar más.

Ella sostiene entre sus manos las dos mitades de una promesa. Él no sabe qué decir o qué sentir. Ella le entrega su corazón y él está dispuesto a entregarle su vida. «Kadan», susurra, escondiendo el temblor de su voz; «Kadan» repite ella, sonriendo.

De repente, una voz melosa como el vino orlesiano más fino les sobresaltó.

—¡Por el amor del Hacedor! ¿Podéis dejar ya de sobaros? —protestó un visiblemente enojado Dorian sin armadura sosteniendo un fino y elegante abanico. Incluso en su ropa de noche, seguía transmitiendo un aura de opulencia y descaro—. Vale, lo pillo. Vamos a enfrentarnos a una muerte inminente y antes queréis retozar como nugs en celo, me parece estupendo. ¡Arriba los pezones! —Levantó los brazos de manera exagerada aunque el ceño fruncido de su rostro no desapareció. —Pero me gustaría recordaros que no sois los únicos que dormís aquí.

Sabe que debería estar avergonzada pero no lo está. El mago les ha cortado el rollo, pero él no puede dejar de mirarle los pechos.

Dorian puso los ojos en blanco y gimoteó, exasperado.

—¡Cole! Te lo suplico, no digas una palabra más. ¡Es muy difícil dormir teniéndote al lado diciendo esas obscenidades! ¡Sobre todo cuando uno no tiene con quién compartirlas!

El espíritu mencionado se apareció ante sus ojos (¿o en realidad había estado allí todo el tiempo?), cabizbajo e incapaz de levantar la mirada; prosiguió como si nada:

Su cuerpo arde, pero no de dolor. Quiere sentir su peso sobre ella, sus dedos dentro de ella y

—¡De acuerdo! —Esta vez no fue Dorian quien protestó, sino la propia inquisidora levantándose de un brinco y recolocándose la túnica. Toro de Hierro carraspeó; por una parte estaba disgustado por la interrupción, pero por otra, no terminaba de gustarle que el espíritu de aquel muchacho les rondara, aunque fuera sin intención.

Cole se calló y empezó a juguetear con los dedos. Dorian empezó a abanicarse. Cadash suspiró tratando de calmarse. Todavía podía sentir todos los lugares en los que las manos y los labios del qunari la habían marcado. El sudor le resbalaba por el cuello y la clavícula.

—Qué silencio más incómodo… —puntualizó el mago en voz baja.

Cadash miró por el rabillo del ojo al qunari sentado a la orilla del lago. Una mano le agarró de la túnica. Cole la miraba con aquellos pequeños pero expresivos ojos oscuros.

—Lo siento —musitó, contrariado por las emociones que sentía y las emociones que causaba en les demás. La inquisidora movió la cabeza, restándole importancia y le pellizcó la nariz.

Dorian se colocó a su lado, con la cabeza levantada hacia el cielo estrellado; un aire de nostalgia nublaba su rostro, como si hubiera asumido el peor resultado de todos.

—Una aventura más, sólo eso. Una aventura más y todo estará bien —afirmó el mago antes de retirarse al campamento seguido de Cole.

Cadash miró al qunari, quien sintiéndose observado, giró la cabeza. A pesar de la oscuridad, estaba segura de que sus mejillas estaban ligeramente coloreadas de un prometedor tono rosado.

«Sí, todo estará bien.»


hope you enjoyed it! at that moment it was really difficult to me to write anything, but i tried to write at least a short scene. maybe in another time ill add more context or something. i dont know. i still like it ^^