Disclaimer: InuYasha pertenece a Rumiko Takahashi.
•Pies en el aire y cabeza en el suelo•
—Entiendo lo que ha escrito en la documentación de admisión, pero siempre prefiero preguntar directamente para comenzar: ¿qué te ha traído a terapia?
La oficina del doctor no se parece en nada a la del último terapeuta en el que estuve. Los gustos de Kenji Tanaka se inclinan por los cuadros y las vetas de madera, con una impresión enmarcada de hojas de otoño detrás de su cabeza en la pared. Un diploma enmarcado y una licencia comercial cuelgan en la pared cerca de la puerta.
—Podría decirse que una mezcla de circunstancias intrigantes y una súbita inclinación por el misterio me trajeron hasta aquí.
El Dr. Tanaka tiene un rostro afable, redondeado y ligeramente regordete; su sonrisa parece más o menos artificial, como si la hubiera pegado en su cara desde 1975 y ahora no pudiera quitarla ni con ácido. Me pregunto si alguna vez siente que le duelen los músculos de tanto fingir. Supongo que es parte del oficio: ser encantador, accesible, una persona a la que se le puede confiar fácilmente los secretos
Lo comprendo bien; después de todo, yo también me pongo máscaras. La diferencia es que yo no pretendo que mis sonrisas sean sinceras. Sin embargo, me divierte ver cuánto esfuerzo está poniendo en esta. Y, francamente, me divierte aún más pensar en cuán miserable debe ser mantener esa sonrisa las 24 horas del día.
—Muy bien. Puedes estar seguro de que todo lo que se discuta en esta sala se mantendrá en absoluta confidencialidad, a menos que haya razones para sospechar que puedas causar daño a alguien o que hayas cometido abuso físico o sexual contra un menor en el pasado. En ciertos casos, también debo reportar el abuso emocional hacia niños. Recuerda que cualquier indicio de maltrato o explotación hacia una persona mayor o un adulto discapacitado que dependa de ti también será informado según lo requiere la ley —su voz tiene ese tono profesional y tranquilizador que supongo enseñan en algún curso para terapeutas, diseñado para hacerte sentir confiado mientras te preparas para derramar tus entrañas emocionales—. Cualquier otra cosa de la que hables quedará entre nosotros —añade, y sus ojos se clavan en mí, tratando de perforar una fachada que ni siquiera he comenzado a mostrarle.
Bien. No recuerdo que la terapeuta a la que abandoné hace años me haya dicho nada de esto. Claro, tal vez ella también tenía su propio pequeño guion de advertencias legales, pero al menos no lo entregaba con esa sonrisa complaciente que hace que el Dr. Tanaka parezca más un robot programado que una persona real. Pero, ¿debo lucir tan sinvergüenza como para que sea necesario aclarar ciertas cosas?
—Entonces... ¿lo que sea? —repito, dejando que la pregunta se suspenda en el aire, impregnada de ironía—. Bueno, a menos que creas que alguien está siendo lastimado. O ha sido lastimado.
La sala se siente más fría de repente, como si la temperatura hubiera bajado unos grados sólo para subrayar el punto. Kenji me observa con esa expresión profesionalmente neutra, pero puedo ver la leve tensión en sus ojos, el minúsculo tic en la comisura de su boca. Está calculando, evaluando, como un halcón que sobrevuela su presa, buscando el más mínimo movimiento.
Me pregunto qué pasaría si le contara algunas de las cosas que he hecho, las cosas que he visto. ¿La sonrisa seguiría allí? ¿O se desvanecería, reemplazada por el horror o, peor aún, por la fascinación morbosa?
—Cualquier cosa —responde el Dr. Tanaka—. Pero si has maltratado a alguien indefenso, como un niño o una persona con Alzheimer que depende de otros para su cuidado, la ley me obliga a informar a las autoridades correspondientes, o podría perder mi licencia.
Se inclina ligeramente hacia adelante, como si esta revelación fuera un secreto compartido entre viejos amigos en lugar de una amenaza velada.
—Si has cometido un delito en el pasado, digamos asalto o robo, no puedo denunciarlo, incluso si nunca te han atrapado. No sería ético.
Ético. Qué término tan curioso. Entonces, abusar de un indefenso y la justicia cae sobre ti como una guillotina. Robar o asaltar, y todo está perdonado bajo la sombrilla de la preciada ética. No tiene mucho sentido para mí. Es como decir que puedes destruir vidas siempre y cuando las víctimas sean lo suficientemente fuertes como para defenderse, o que las leyes de la moralidad se doblan y estiran según las conveniencias del momento (que es lo más seguro).
Me pregunto quién inventa estas reglas absurdas, quién decide que algunos crímenes merecen castigo y otros simplemente una amonestación sobre buenos modales. Quizás sea el mismo grupo de hipócritas que dicta qué está bien y qué está mal, mientras esconden sus propios esqueletos en el armario.
Kenji me observa, esperando alguna reacción, algún signo de confesión o desafío.
—Ah, entiendo —respondo finalmente, con una sonrisa que intenta ser encantadora pero que no llega a mis ojos—. Así que, mientras no involucre a los más vulnerables, mis pecados quedan entre nosotros. Qué alivio.
Él todavía está sonriendo. Esa sonrisa inquebrantable que debe haber perfeccionado frente al espejo durante horas. Quizás esté acostumbrado a que le hagan preguntas sobre esto, una rutina bien ensayada. Quizás pueda salirme con la mía presionándolo un poco, aprovechando cualquier destello de nerviosismo que pueda provocar.
—Lo siento —espeto, dejando escapar una risa breve, imitando una ansiedad que en realidad no siento—. Es sólo que... nunca he estado en terapia antes, ¿sabes? Nadie te lo advierte —miento—. Entonces, hipotéticamente hablando, si tuvieras a un asesino en serie aquí, ¿sólo llamarías a la policía si mencionara su próxima víctima?
La idea de que las confesiones de un asesino en serie quedarían sin consecuencias a menos que mencionen un plan futuro es tan absurda que casi me resulta risible. Pero también es una oportunidad. Una oportunidad que no tenía idea de que existía hasta ahora. El Dr. Tanaka mantiene su sonrisa, aunque puedo ver que mis palabras lo han sacudido ligeramente. Hay un destello de sorpresa en sus ojos, una fracción de segundo en la que la fachada casi se resquebraja.
Él se acomoda en su silla, cruzando las manos sobre el escritorio con una calma estudiada. Esta vez, su sonrisa no vacila, como si hubiera encontrado su equilibrio.
—Bueno, no sé nada de eso —dice, su voz bañada de una seguridad casi condescendiente—. Un verdadero asesino en serie habría demostrado que es peligroso, ¿verdad? Pero para que sea denunciable, tendría que ser una amenaza a una persona o personas específicas e identificables.
—Interesante perspectiva —contesto, inclinándome hacia adelante, como si compartiera un secreto—. Entonces, hipotéticamente hablando, si te contara todos los crímenes de mi pecaminosa juventud, sin importar su gravedad, ¿estaría a salvo? —sonrío, dejando que la oscuridad de mis pensamientos se refleje en mi expresión.
Kenji mueve la cabeza, su sonrisa aún fija en su rostro, pero sus ojos revelan una sombra de cautela. Es como ver a un equilibrista en una cuerda floja, tratando de mantener su balance mientras el viento sopla más fuerte.
—Aún no he pedido ningún secreto —dice, recostándose en la silla de su escritorio; un resorte cruje bajo su peso—. ¿Eso hace que sea más fácil decirme por qué estás aquí?
Su voz tiene un tono de seguridad que me resulta casi irritante, como si esa simple afirmación pudiera disipar todas mis dudas y temores. La sonrisa sigue ahí, tan fija y falsa como siempre, pero hay una pizca de desafío en sus ojos. Está probando mi resolución, viendo si cederé bajo la presión de su aparente invulnerabilidad.
—¿En serio? —respondo—. ¿Nunca? Me cuesta creer que alguien pueda guardar secretos tan perfectamente. Todos tienen un límite, incluso tú.
Kenji no se inmuta, pero noto un ligero endurecimiento en su expresión. Sabe que estoy presionando, buscando alguna grieta en su fachada inquebrantable.
—Es mi deber profesional —dice con calma, como si eso lo explicara todo—. La confidencialidad es la base de esta relación. Sin ella, no podríamos avanzar.
Me río suavemente, un sonido carente de humor.
—La base de esta relación —digo, saboreando las palabras—. Qué conmovedor. Así que, ¿debería confiar en ti simplemente porque nunca has traicionado un secreto? ¿Eso es suficiente para ti?
Kenji se inclina hacia adelante, sus ojos fijos en los míos.
—Eso es un comienzo —dice suavemente—. Pero la verdadera pregunta es, ¿estás listo para confiar en alguien, en absoluto?
Su pregunta se cuela bajo mi piel, tocando un nervio que preferiría mantener oculto. Está jugando su carta, intentando voltear la mesa a su favor. Pero no soy tan fácil de manipular.
—Confianza —respondo, casi escupiendo la palabra—. Qué concepto tan frágil. Pero supongo que puedo darte el beneficio de la duda. Al menos por ahora.
El resorte de la silla cruje de nuevo cuando Kenji se recuesta, su sonrisa volviendo a esa máscara de profesionalismo tranquilo.
—Entonces, ¿por qué viniste? —repite.
—¿Alguna vez has tenido un asesino aquí? —pregunto, desviando la conversación con un tono casual.
—Sí —responde Kenji, arqueando una ceja.
—Me cuesta creer que no lo habrías denunciado —digo, mi incredulidad evidente en cada palabra.
El Dr. Tanaka se encoge de hombros, como si mi escepticismo no fuera más que una brisa ligera.
—Probablemente haya profesionales de la salud mental que podrían hacerlo, pero yo no estoy entre ellos —dice, con una calma que roza la indiferencia—. Soy más bien el tipo de terapeuta que no testificaría en el estrado si me enviaran una citación. O comparecería, pero limitaría lo que digo.
Lo miro, dejando que una sonrisa sardónica se extienda lentamente por mi rostro.
—Vaya, qué tranquilizador —murmuro, pero él sigue adelante, como si no hubiera escuchado.
—Y aunque es ciertamente posible que mis notas se incluyan en una citación, no pongo todo en las notas. Mis registros se centran en el problema que se presenta y en su progreso hacia el objetivo de su tratamiento, no en los detalles de lo que usted dice en sesión.
Lo escucho, dejando que sus palabras se filtren, cargadas de una especie de autojustificación que casi raya en lo ridículo.
—Así que, básicamente, escribes una versión censurada de nuestras sesiones —digo, permitiendo que la ironía se escurra por mi voz—. Una versión que podría pasar por cualquier tribunal sin causar demasiado alboroto.
Kenji me mira, su expresión inmutable, pero hay una chispa de algo en sus ojos. Tal vez irritación, tal vez un desafío silencioso.
—Mi objetivo es ayudar a mis pacientes a mejorar, no incriminarlos —responde con firmeza—. La confidencialidad es crucial para construir esa confianza. Sin ella, no podría hacer mi trabajo.
Asiento lentamente, fingiendo comprensión.
—Claro, la confianza —repito—. Es bueno saber que tus pacientes pueden confiar en que sus secretos más sórdidos no aparecerán en los titulares de los periódicos.
El resorte de su silla cruje mientras Kenji se recuesta nuevamente, sus manos cruzadas con calma sobre su escritorio.
—Entonces, ¿eso te hace sentir más cómodo para hablar conmigo? —pregunta, como si toda esta discusión no fuera más que un preámbulo para el verdadero trabajo.
—¿Tratas habitualmente a psicópatas? —evado su pregunta una vez más.
El Dr. Tanaka se toma un momento, su sonrisa apenas vacilante.
—Hoy en día lo llaman trastorno de personalidad antisocial, y no, no lo hago. Pero no todo comportamiento homicida o cruel está motivado por un trastorno de personalidad —responde con la calma de alguien que ha repetido estas palabras un millón de veces—. Parece que esto le preocupa.
Arqueo una ceja.
—Preocuparme no es la palabra correcta —digo, dejando que la ironía se filtre en mi voz—. Sólo estoy tratando de entender dónde dibujas la línea entre la locura y la simple maldad.
Kenji me observa, sus ojos buscando cualquier señal de vulnerabilidad, alguna grieta en mi fachada.
—Como dije, no todos los que cometen actos crueles o violentos tienen un trastorno de personalidad —dice lentamente, como si estuviera explicando algo obvio a un niño—. Las motivaciones humanas son complejas, y a menudo hay más en la historia de lo que parece a simple vista.
—Claro, claro —respondo, fingiendo comprensión—. Entonces, ¿qué haces cuando alguien entra aquí y empieza a hablar de sus "hobbies" homicidas? ¿Simplemente asientes y tomas notas, esperando que no mencione a su próxima víctima?
Kenji no se inmuta, pero puedo ver la leve tensión en su mandíbula.
—Mi trabajo es entender y ayudar, no juzgar —informa—. Si alguien representa una amenaza real e inminente, tengo protocolos establecidos para garantizar la seguridad de todos y, obviamente, no los revelaría. Pero no todo acto violento indica un trastorno mental.
Sonrío, levemente malicioso.
—Qué reconfortante saber que estás aquí para "entender y ayudar" —murmuro—. Supongo que en el fondo, todos somos sólo un rompecabezas esperando ser resuelto, ¿no?
El silencio se instala entre nosotros, cada uno midiendo al otro, buscando algún punto débil.
—Parece que esto realmente te preocupa —repite Kenji, su voz más suave—. ¿Hay algo en particular que te gustaría discutir?
Mi sonrisa se ensancha.
—Oh, sólo estoy curioso —digo, con un tono que roza lo insolente—. Es interesante cómo clasifican y etiquetan comportamientos, como si ponerles un nombre los hiciera más manejables, más comprensibles. Pero a veces, un monstruo es sólo un monstruo, ¿no crees?
Kenji no pierde la compostura, pero puedo ver un destello de curiosidad en sus ojos. Está tratando de desentrañar mis palabras, de leer entre líneas.
—El diagnóstico ayuda a entender y tratar los comportamientos —responde con calma—. Pero entiendo tu punto. La naturaleza humana es compleja y no siempre se ajusta a las categorías médicas.
—Ah, la naturaleza humana —murmuro—. Siempre tan escurridiza, tan difícil de meter en una caja ordenada. Pero tú sigues intentándolo, ¿no es así? Intentando poner un nombre y una cara a cada sombra.
Kenji se inclina hacia adelante, su expresión intensamente concentrada.
—Mi objetivo es ayudar a las personas a encontrar un camino hacia una vida más saludable y equilibrada —dice—. No se trata sólo de etiquetas, sino de comprender a fondo a cada individuo.
Dejo escapar una risa baja, oscura.
—¿Y cómo se comprende a un psicópata, doctor? ¿Con preguntas amables y sonrisas tranquilizadoras? ¿Con promesas de confidencialidad y un diario lleno de notas cuidadosamente censuradas?
Kenji mantiene su mirada fija en la mía, sin parpadear.
—Cada persona es diferente —responde suavemente—. Y cada tratamiento debe adaptarse a sus necesidades específicas. Mi trabajo es encontrar la mejor manera de ayudar, sin importar el diagnóstico.
—Qué noble de tu parte —repongo, dejando que mis palabras caigan pesadamente entre nosotros—. Pero al final del día, ¿no te cansas de intentar entender lo incomprensible? ¿De buscar razones donde a veces sólo hay caos?
Kenji no responde de inmediato y su expresión se endurece apenas un poco.
—Es un desafío, sin duda —admite finalmente—. Pero es un desafío que estoy dispuesto a enfrentar. Porque cada persona, sin importar cuán oscuro sea su pasado, merece una oportunidad de cambiar.
—Es curioso, en realidad. Cualquier otra persona se alarmaría o asustaría si tuviera un asesino en la habitación. Es un poco impactante —digo, dejando que una sonrisa torcida se dibuje en mis labios.
El Dr. Tanaka me observa.
—Los asesinos no son muy diferentes al resto de nosotros —responde, con voz tranquila y casi filosófica—. A veces me pregunto si las personas reaccionan con horror porque algo en ellos reconoce una parte de sí mismos que mantienen enterrada y olvidada.
Esa respuesta me toma por sorpresa, una que no esperaba de alguien que parece tan... normativo. Pero ahí está, una chispa de entendimiento, algo que resuena en lo más profundo de mi ser. Es una perspectiva que rara vez se oye, una que no toma las cosas al pie de la letra.
Me gusta este tipo.
Decido que esto podría funcionar después de todo. Tal vez Kenji tiene más capas de las que aparenta, y explorar esas capas podría ser más interesante de lo que imaginaba. Hay un juego que jugar aquí, un baile entre verdades y mentiras, y de repente me encuentro ansioso por ver cómo se desarrollará.
—Eso es... una visión bastante intrigante —digo en voz alta, dejando que una nota de respeto genuino se cuele en mi tono—. La idea de que todos llevamos un monstruo dentro, sólo esperando el momento adecuado para salir. Tal vez por eso la gente reacciona con tanto horror. No es el asesino lo que les asusta, sino el reflejo de sus propios demonios.
Kenji asiente lentamente, como si mis palabras confirmaran algo que él ya sabía.
—Es cierto. La frontera entre el bien y el mal es más tenue de lo que muchos desean reconocer. Todos poseemos la capacidad de actuar de ambas maneras. Es el contexto y nuestras decisiones lo que determinan en qué lado de esa línea nos situamos.
Su respuesta es sorprendentemente honesta, sin rastro de juicio o condescendencia. Me encuentro reconsiderando mi percepción inicial de este hombre. Tal vez no es el típico terapeuta con una sonrisa falsa y respuestas prefabricadas. Tal vez, sólo tal vez, hay algo genuino en él.
—Bueno, doctor, veamos qué descubrimos entonces —digo finalmente, inclinándome hacia adelante con una sonrisa que es todo menos inocente.
—La semana pasada dijiste que tenías dificultades para dormir. Entonces, ¿cómo has dormido desde nuestra primera sesión? —pregunta Kenji, su voz calmada y profesional, como siempre.
—Más o menos lo mismo —respondo con un encogimiento de hombros—. Un par de horas, cuando por fin dejo de dar vueltas y suspirar.
Kenji asiente, su expresión no cambia. Es casi admirable, esa capacidad suya de permanecer imperturbable, sin importar lo que le diga.
—¿Has intentado alguna de las técnicas de relajación que discutimos? —pregunta, como si realmente creyera que algunas respiraciones profundas y pensamientos positivos podrían arreglar mi insomnio crónico.
—Claro —digo, dejando que una sonrisa sardónica se deslice por mis labios—. He contado ovejas, respirado profundamente y visualizado lugares felices. Todo muy útil, ¿sabes? Excepto por el pequeño detalle de que mi mente no se apaga con facilidad.
Kenji toma notas, sus ojos ocasionalmente levantándose para observarme, evaluando cada palabra, cada pausa.
—Es comprensible —dice—. La mente puede ser nuestro peor enemigo cuando se trata de descansar. Necesitamos encontrar la raíz de lo que te mantiene despierto.
Su voz tiene un tono casi hipnótico, una cualidad tranquilizadora que me irrita y me intriga a partes iguales. Me recuerda un poco a Kikyō, para qué negarlo. Uh, ¿realmente cree que puede ayudarme? ¿O simplemente está cumpliendo con su papel, diciendo lo que se supone que debe decir?
—La raíz de mis problemas —repito con un toque de burla—. Suena muy profundo, doctor. Pero tal vez algunos de nosotros estamos tan inmersos en nuestras propias complicaciones que desenmarañarnos resulta todo un desafío.
Él no se inmuta, aunque noto un destello de algo en sus ojos. ¿Desafío? ¿Frustración? Difícil de decir. Pero sé que he tocado un nervio, aunque sea ligeramente.
—Para eso has venido —responde con calma—. La ayuda de alguien más puede marcar la diferencia.
Dejo escapar una risa corta y amarga.
—¿Alguien más, eh? —murmuro—. Bueno, supongo que eso es lo que se supone que eres, ¿no? El "alguien" que hace la diferencia. Veremos si realmente puedes cumplir con ese papel.
Sus ojos están fijos en los míos.
—Estoy aquí para ayudar —dice simplemente—. Si estás dispuesto a dejarme intentarlo. Ahora, ¿hay algo en particular que te mantenga despierto? —pregunta, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si sus palabras pudieran acercarse más a la "raíz del problema".
Una risa escapa de mis labios, breve y desprovista de alegría.
—Oh, sólo los demonios de siempre —respondo con ligereza pero con un matiz cortante—. Pensamientos errantes, secretos sepultados, quizás un toque de existencialismo barato. Cosas típicas, ¿sabes?
Kenji apenas y se inmuta.
—Poner esos pensamientos en palabras puede ayudar a reducir su poder sobre nosotros —dice, con una calma casi irritante—. Hablar de lo que te preocupa podría ser un primer paso para encontrar algo de paz.
—¿Paz? —repito, casi riéndome de la palabra—. Eso suena maravilloso, pero creo que hace mucho tiempo renuncié a la idea de encontrar paz. Me conformo con algo menos, como simplemente no sentirme como un cadáver viviente cada mañana.
Kenji me mira con esos ojos que parecen ver más de lo que me gustaría admitir.
—Todos merecen encontrar algo de alivio, incluso si no es la paz completa —dice suavemente—. Es ingenuo creer que resolveremos todo de una vez, pero cada pequeño avance importa.
El doctor estrena una silla nueva: negra y silenciosa al inclinarse hacia atrás. Un cambio menor pero perceptible. Sin embargo, su sonrisa persiste, tan inamovible y artificial como siempre. Me pregunto qué hará falta para borrarla. Me recuesto en mi propia silla, observándolo con un interés malicioso. Apuesto a que tengo algo en mente que podría hacerlo ceder.
—Bonita silla nueva —comento—. Al menos ya no suena como un resorte viejo cada vez que te mueves.
Kenji asiente, su sonrisa inmutable.
—Sí, decidí que era hora de un cambio —responde, inclinándose ligeramente hacia atrás para demostrar el silencio de su nuevo asiento.
Lo miro, permitiendo que un silencio tenso se asiente entre nosotros antes de hablar de nuevo.
—Sabes —digo finalmente, mi voz baja y cargada de insinuación—, siempre me ha fascinado la capacidad de las personas para mantener la calma ante lo inesperado. ¿Qué crees que se necesitaría para que alguien como tú pierda esa compostura perfecta? Digo, todos tienen un límite, ¿no? Algo que los hace tambalear, incluso a los mejores actores.
Puedo ver una chispa de interés en los ojos de Kenji. Está tratando de leerme, de entender si mis palabras son una amenaza o una simple provocación.
—¿Y crees que has encontrado ese límite? —pregunta suavemente, su voz desafiante pero controlada.
—Tal vez —respondo, dejando que la palabra cuelgue en el aire—. O tal vez simplemente me gusta la idea de tener un as bajo la manga. Nunca se sabe cuándo podría necesitarlo.
El doctor guarda silencio.
—Volviendo al tema de su insomnio, ¿tu médico debe haber tenido alguna razón para sugerirte esto en lugar de darle una receta? —pregunta, con ese tono profesionalmente calmado que casi me hace reír.
Me recuesto de nuevo, observándolo con una pizca de aburrimiento y un toque de desdén.
—Oh, estoy seguro de que tenía sus razones —informo—. Tal vez pensó que hablar con alguien sobre mis "problemas" sería más efectivo que simplemente atiborrarme de pastillas. O tal vez sólo quería deshacerse de mí y pasar el problema a otra persona.
Kenji mantiene su sonrisa, pero puedo ver la leve tensión en sus ojos. Está evaluando mis palabras, buscando algún indicio de lo que realmente pienso.
—La terapia puede ser una herramienta muy efectiva para tratar el insomnio —dice, con esa paciencia infinita que empieza a irritarme—. A veces, los problemas subyacentes que causan el insomnio no se pueden resolver con medicación.
—¿Problemas subyacentes? —repito, dejando escapar una risa seca—. Claro, porque todos mis problemas pueden resolverse simplemente hablando de ellos. Como si unas cuantas sesiones de terapia pudieran arreglar años de desorden mental.
Kenji no se inmuta, su expresión tranquila y comprensiva.
—La terapia no es una solución mágica —aclara—. Pero puede proporcionar herramientas y estrategias para manejar esos problemas de forma más efectiva. Y, como dije, hablar de lo que te mantiene despierto puede ser el primer paso para encontrar alivio.
Lo miro, permitiendo que el silencio se alargue antes de responder.
—¿Alivio? —murmuro, más para mí mismo que para él—. Es una palabra bonita.
Kenji arquea una ceja.
—No digo que sea un proceso rápido o fácil —responde—. Pero, como te he mencionado varias veces, comprender y enfrentar lo que nos perturba puede ser el primer paso hacia la mejora.
Es verdad. Me lo ha mencionado varias veces ya.
—Entender y confrontar —saboreo las palabras con amargura—. Eso suena encantador, pero ¿y si lo que me perturba es algo que no se puede confrontar? ¿Algo que simplemente existe, sin solución?
—En ese caso, el objetivo sería encontrar formas de manejarlo, de reducir su impacto en tu vida diaria. No siempre podemos eliminar nuestros demonios, pero podemos aprender a vivir con ellos.
Me río de nuevo, un sonido áspero y sin humor.
—Vivir con ellos —murmuro—. Supongo que es mejor que dejar que me consuman por completo. Entonces, hablemos de esos problemas subyacentes —digo, con una sonrisa bañada en suave terciopelo—. Después de todo, parece que tengo mucho tiempo que matar.
El doctor asiente.
Bien. Admito que la última sesión fue una larga y suave exploración de mis dudas y temores sobre estar en terapia. Pasamos mucho tiempo destacando mi incredulidad de que "confidencial" realmente significara "confidencial", incluso cuando involucraba cadáveres y un arma homicida. Pero esta sesión parece diferente. Se siente más cercana a lo que esperaba: algo así como un mejunje entre la confrontación y la revelación, con Kenji desafiándome a enfrentar mis demonios mientras yo juego con los límites de su paciencia y profesionalismo.
—... Entonces, mi médico sugirió que podría ser ansiedad y que debería intentar esto primero. Es lo típico —comento en algún punto, encogiéndome de hombros y tratando de quitarle peso a las palabras.
Miro al terapeuta, esperando alguna reacción, pero su rostro permanece impasible. Decido continuar, sintiendo la necesidad de llenar el vacío del silencio.
—Me dijo que la ansiedad puede hacer que el cuerpo reaccione de maneras extrañas, que estos síntomas no son "reales" en el sentido físico, pero sí en el mental —agrego, haciendo comillas en el aire con los dedos, como si eso también pudiese diluir la seriedad del diagnóstico.
La sonrisa de Kenji cambia, se agranda y se le ven algunos dientes. Es como si hubiera encontrado algo que realmente le interesa.
—¿Qué otros síntomas tienes? —pregunta, su tono un poco más agudo, casi como un depredador que ha olido sangre.
Este hombre no puede ser normal. Tiene algo raro.
—A veces me siento mareado —respondo, permitiendo que un toque de ironía se cuele en mi voz—. Es una sensación curiosa, como si el mundo decidiera girar en mi contra. Y a veces, me pasa esto... siento como si tuviera un nudo en el estómago.
Kenji asiente, su sonrisa ahora casi demasiado amplia para mi gusto. Sé que detrás de sus ojos calculadores hay una curiosidad morbosa. A él le pagan por escuchar, por desentrañar las mentes de los perdidos y los rotos, pero nunca entenderá realmente lo que sucede en la mía.
—¿Y qué piensas cuando sientes eso? —insiste, inclinándose ligeramente hacia adelante, como si estuviera ansioso por profundizar en mi miseria.
De verdad hay algo muy raro en este tipo. Hm.
—Pienso mucho en mi padre —suelto de golpe—. Es natural, ¿no? Pensar en los muertos.
El terapeuta me observa detenidamente, sus ojos intentando descifrar el significado oculto tras mi declaración. Hay una parte de mí que disfruta de este juego, de soltar pequeñas verdades envueltas en enigmas, observando cómo los demás intentan desenredarlas. Pero esta vez, no hay mucha complejidad. Sólo una realidad fría y simple.
Y lo hago más porque quiero descubrir la verdadera cara del doctor.
—Sí, es natural pensar en quienes hemos perdido —dice Kenji—. ¿Qué es lo que más recuerdas de tu padre?
Me quedo en silencio por un momento, permitiendo que los recuerdos fluyan. La figura imponente de mi padre se materializa en mi mente, su voz autoritaria, sus manos firmes. No era un hombre amable, ni mucho menos. Era duro, exigente, implacable.
—Recuerdo su control —digo finalmente—. Cómo siempre tenía el control, no sólo de sí mismo, sino de todos a su alrededor. Me enseñó a ser como él. Y en muchos aspectos, lo he superado —añado, mi voz volviéndose más baja, más oscura— También recuerdo sus... estallidos. No sólo la crueldad física, sino esa crueldad insidiosa que perfora el alma.
El terapeuta parece interesado, pero no interrumpe. Me doy cuenta de que esto es lo que ha estado esperando, el verdadero corazón de la oscuridad que llevo dentro.
—Supongo que es por eso que pienso tanto en él —continúo, con una sonrisa ladina—. Porque, en el fondo, sé que no soy tan diferente. Pensar en los muertos es natural, sí, pero pensar en mi padre es recordar mi propio reflejo en un espejo distorsionado.
Me recuesto en la silla, pensativo.
—Así que sí, pienso en él. No porque lo extrañe, sino porque es un recordatorio de lo que soy capaz de hacer. De lo que ya he hecho. Y quizás, de lo que aún haré.
El terapeuta sigue en silencio, permitiendo que mis palabras se asienten en el aire. En su rostro, veo la lucha interna por mantener la profesionalidad mientras asimila la ponzoña de mi confesión.
—Es natural pensar en los muertos —repito, casi en un susurro—. Especialmente cuando los muertos nunca te dejan ir.
Hago una pausa, dejando que el silencio se expanda como una sombra entre nosotros. Me doy cuenta de que he revelado más de lo que quería, mucho más de lo que le dije al médico, e incluso más de lo que me atreví a mencionar a la primera terapeuta. Pero él dijo que esto era confidencial. Dijo que no me denunciaría, que no habría repercusiones si desnudaba mis secretos más oscuros.
No es que vaya a hacerlo. Ja.
Una parte de mí se enfurece por este riesgo. El mal hierve en mis venas, un mal que siempre ha sido parte de mí, una especie de maldición genética. Padre solía decir que estaba en nuestro ADN, que éramos depredadores por naturaleza. Y tenía razón. Por mucho que intente escapar de ese legado, no puedo hacer nada. El mal está en mi sangre. No importa cuánto intente resistirme a él, siempre regreso a ese punto de origen, a ese acontecimiento que selló mi destino.
Al final, no soy diferente del viejo. La crueldad, el pragmatismo despiadado, el mal, todo está ahí, latente.
—Háblame de tu infancia.
Una risa áspera y sin alegría escapa de mis labios, resonando en las paredes de la habitación.
—¿Mi infancia? —arqueo una ceja—. Claro, ¿por qué no? ¿Qué quieres saber? ¿Sobre los días soleados en el parque? ¿Las noches acogedoras junto a la chimenea? —hago una pausa, mis ojos clavándose en los suyos—. O tal vez prefieras escuchar sobre las "lecciones".
El terapeuta no parpadea, su pluma sigue deslizándose sobre el papel, pero puedo ver la tensión en sus hombros. Está fuera de su zona de confort, y me encanta eso.
—Lo que tú quieras compartir —responde, su tono cuidadosamente neutral.
—¿Lo que yo quiera compartir? —digo con una sonrisa torcida—. Muy bien.
Mis ojos se desvían hacia la ventana por un momento, como si buscara en el paisaje exterior una respuesta que no puedo encontrar. Luego, vuelvo mi mirada al terapeuta, una chispa maliciosa brillando en mis ojos.
—Una vez, cuando era niño, encontré un perro herido en el callejón detrás de nuestra casa —comienzo lentamente, mi tono de voz deliberadamente calmado—. Estaba cubierto de sangre, su cuerpo temblando de dolor. Era apenas un cachorro.
El terapeuta ajusta ligeramente su postura, pero sigue observándome con atención profesional.
—La mayoría de los niños habrían sentido compasión o tal vez horror, pero yo... yo lo miré con curiosidad. Me arrodillé junto a él, sintiendo el latido débil de su corazón. Podía oír los gemidos lastimeros, desesperados. No recuerdo exactamente cómo sucedió, pero cuando mi madre me encontró, bueno, el cachorro ya estaba muerto.
Kenji parpadea, claramente sorprendido por la frialdad de mis palabras. Pero no me detengo. Siento que he abierto una puerta y ahora no puedo cerrarla.
—Mi madre pensó que había tratado de ayudarlo, pero yo sabía la verdad. No había sido un accidente. Había algo en verlo sufrir, en sentir mi control sobre su destino, que me... emocionaba —continúo, mis palabras saliendo casi como una confesión—. Fue entonces cuando supe que había algo diferente en mí, algo que me separaba de los otros niños.
El terapeuta toma notas cuidadosamente, su expresión apenas revelando su reacción interna. Sin embargo, su sonrisa falla, sólo un poquito. Le he dejado claro en qué tipo de viaje se encuentra. Finalmente.
—¿Y qué pensó tu madre cuando lo descubrió? —inquiere.
—Ella... no lo descubrió todo —respondo lentamente, con una sonrisa que no alcanza mis ojos—. No todo... Ella... no me agradaba mucho, ¿sabes? Nunca entendí su sumisión, su aceptación ciega de todo lo que mi padre hacía. Siempre pensé que era débil, incapaz de defenderse. Incluso en sus últimos momentos, no mostró resistencia. Sólo... se dejó llevar, como una marioneta cortada de sus hilos.
—¿Tú padre... ?
Lo miro fijamente, dejando que mis palabras floten en el aire, como si fueran un anzuelo que he lanzado y ahora observo cómo se debate en su reacción. Kenji ajusta los lentes sobre su nariz y toma más notas.
—Eso es... bastante revelador —murmura finalmente, su tono cuidadosamente neutral.
Me recuesto un poco más en la silla, observándolo. Sé que he cruzado una línea, pero también sé que Kenji no puede retroceder ahora.
—Sí, supongo que lo es —respondo, permitiendo que la ambigüedad de mis palabras se extienda como una sombra entre nosotros.
El terapeuta toma una respiración profunda antes de continuar, como si tratara de reajustar el equilibrio en la conversación.
—Tu padre... ¿era alguien conocido? —pregunta, sus palabras cargadas de cautela.
Me inclino hacia adelante ligeramente, como si estuviera a punto de compartir un secreto.
—Oh, sí, bastante conocido, de hecho. Un hombre de negocios prominente, filántropo en la superficie. Pero bajo la fachada... bueno, como ya has escuchado, los demonios suelen esconderse detrás de máscaras. Mi padre tenía una habilidad especial para mantener las apariencias, incluso cuando las cosas no eran lo que parecían.
El terapeuta asiente, asimilando mis palabras mientras continúa tomando notas. Su expresión permanece profesional, pero puedo ver el cálculo en sus ojos. Está tratando de encajar las piezas del rompecabezas que he revelado, tratando de entender el panorama completo sin juzgar.
—Y tu madre... ¿cómo se relaciona con todo esto?
Una sonrisa burlona se curva en mis labios, revelando una pizca de ironía.
—Mi madre era... complicada. Alguien atrapada en un papel que nunca quiso interpretar realmente. Siempre he pensado que podía haber sido diferente para ella si hubiera tenido el coraje de desafiar a mi padre, de enfrentarlo. Pero supongo que el miedo tiene formas extrañas de mantenernos en nuestras jaulas.
Kenji asiente con cuidado. Quizás sea cruel de mi parte decirlo, pero no sentí pena por ella. No realmente. Creo que intentó protegerme de mi padre tanto como pudo, pero al final, su pasividad ante él me enseñó más sobre la debilidad que sobre la fortaleza. Nunca pude entender por qué se dejó llevar por sus decisiones, por qué nunca luchó por sí misma.
—Comprendo —dice el hombre—. Esto plantea muchas preguntas sobre tu historia familiar y cómo has llegado a ser quien eres hoy.
—Ah, sí, la naturaleza y la crianza, ¿no?
Kenji vuelve a asentir, haciendo una nota rápida. Probablemente algo sobre traumas infantiles, abuso emocional, cualquier cosa que encaje en su pequeña casilla de diagnóstico.
—¿Recuerdas cómo te sentiste después de ese incidente con el perro? Me dijiste cómo te sentiste durante, no después.
Levanto una ceja.
—Curiosamente tranquilo —respondo con un encogimiento de hombros—. Fue como si hubiera descubierto algo nuevo sobre mí mismo, algo que otros niños no parecían entender. Una especie de... empoderamiento, si quieres llamarlo así.
Kenji anota eso.
—Y tu relación con la autoridad, ¿cómo era entonces? —inquiere, explorando otro ángulo de mi desarrollo.
Lo pienso un momento. Por un lado, sentía la necesidad de desafiarla, de cuestionarla. Era como si estuviera probando los límites, viendo hasta dónde podía llegar antes de que alguien me detuviera. Por otro lado, también tenía un profundo respeto por la habilidad de algunos para imponer su voluntad sobre los demás.
—Supongo que siempre he sentido que las reglas están diseñadas para mantener el statu quo, y yo... bueno, nunca he sido alguien que se conforme con lo establecido.
—Interesante perspectiva. ¿Te sentías desafiado por las normas sociales desde una edad temprana, entonces?
Sonrío de medio lado.
—Desde luego. Las normas sociales siempre me parecieron limitantes, como si intentaran encajonarme en un molde predefinido. Nunca fui bueno en eso de seguir reglas sólo porque sí. Siempre preferí cuestionarlas, ver si podía encontrar grietas en el sistema —explico, mis palabras resonando con una especie de liberación en retrospectiva.
—¿Tienes hermanos?
La pregunta me toma por sorpresa.
—Uh, sí. Varios —respondo en tono casual, casi despreocupado.
—¿Siguen vivos? —continúa, con un ligero cambio en su voz, como si presintiera algo más profundo detrás de mi respuesta.
Me doy un momento antes de responder, disfrutando de la tensión que se acumula en el aire. Finalmente, dejo escapar un suspiro y le otorgo lo que está buscando.
—Sí, todos —digo, permitiendo que una sombra de una sonrisa cruce mi rostro—. Sorprendentemente, todos siguen vivos.
El terapeuta asiente, su pluma deslizándose sobre el papel, pero puedo ver la pregunta no formulada en su mirada. Está esperando que profundice, que explique más. Decido dárselo, pero en mis propios términos.
—Bueno, mis hermanos y yo no éramos precisamente unidos... la mayor parte del tiempo éramos como extraños. Menos que hermanos, más que conocidos, excepto mi gemelo.
Sí, porque al parecer mi padre también tuvo su cuota de aventuras fuera del matrimonio con mi madre.
El doctor ajusta ligeramente sus lentes.
—Oh, ¿un gemelo... ? ¿Cómo era tu relación con él?
Le hablo sobre Hitomi, principalmente.
El único con el que me he llevado realmente bien. Tiene sentido, creo, porque somos gemelos. Es irónico, de verdad. Hitomi es la personificación de todo lo que yo no soy, y sin embargo, somos las dos caras de una misma moneda. Su bondad subraya mi maldad, su estabilidad resalta mi caos. Y aún así, a pesar de nuestras diferencias abismales, hay un entendimiento mutuo que trasciende cualquier juicio moral.
Pero sé que incluso esa conexión tiene sus límites.
A veces me pregunto si alguna parte de mí se arrepiente. No es una pregunta fácil de responder. El remordimiento no es algo que fluya naturalmente en mi interior. Está bloqueado por capas de pragmatismo y crueldad que he cultivado durante años. Pero Hitomi... Hitomi es diferente. Con él, las reglas cambian. Hay momentos en los que lo veo, con su paciencia infinita y su resiliencia casi sobrehumana, y me pregunto si alguna vez lo he llevado al borde. Si alguna vez ha estado a punto de rendirse conmigo, de abandonarme a mi suerte.
Entonces, lo ignoro, lo empujo al fondo de mi cabeza, donde no puede alcanzar la superficie. No estoy seguro de si realmente lamento los malos ratos de mi hermano, o si simplemente me siento incómodo con la idea de ser la causa de su dolor. Tal vez es una mezcla de ambos, una contradicción que no estoy dispuesto a explorar demasiado a fondo.
—... Parece que tu hermano es una especie de ancla para ti —dice el doctor, levantando la mirada—. Incluso un complemento.
Una risa escapa de mis labios, pero no hay alegría en ella; es más bien un eco amargo que reverbera en la habitación. No lo niego. Hitomi y yo somos como polos opuestos que se atraen y se repelen a la vez. Es una de esas cosas que simplemente... son. No es fácil darle nombre. Estamos conectados de una manera que va más allá de lo que puedo racionalizar o justificar.
—Algo así —respondo, mi tono despectivo—. O tal vez sólo es el recordatorio de lo que nunca seré. Su bondad me irrita, su carácter me exaspera. Pero, al mismo tiempo, hay algo en él que me mantiene... cuerdo. Si es que eso tiene algún sentido.
Kenji asiente lentamente, procesando mis palabras.
—Es comprensible que puedas sentirte de esa manera. Las relaciones familiares son complejas, especialmente cuando hay tanto dolor involucrado. Pero me pregunto, ¿alguna vez has pensado en lo que Hitomi podría sentir hacia ti?
Sí, más de lo que me gustaría.
—Oh, estoy seguro de que me ha odiado en más de una ocasión. Pero Hitomi es demasiado... ¿cómo decirlo? Demasiado... noble para permitir que eso lo consuma. Es como si tuviera un umbral infinito de paciencia.
Siempre fue un tipo que creía en segundas oportunidades, incluso cuando yo no lo merecía. A veces me pregunto si eso es algo inherentemente noble en él o simplemente una debilidad que no ha logrado superar.
—Parece que tienes una relación muy ambivalente con tu hermano. Admiras su fortaleza, pero también te sientes frustrado por ella. ¿Alguna vez has intentado hablar con Hitomi sobre cómo te sientes realmente?
No puedo evitar reír.
—¿Hablar con él? —respondo, casi burlándome de la idea—. No somos ese tipo de familia, doctor. La comunicación abierta y honesta nunca ha sido nuestro fuerte.
—Entiendo. Pero tal vez, si intentaras abrirte un poco más, podría ayudar a aliviar parte de esa tensión que sientes. No digo que sea fácil, pero podría ser un paso hacia una relación más equilibrada.
—Hmm, la verdad es que he cortado toda comunicación con Hitomi desde hace casi tres años. Y no sólo con él, sino con todos los demás.
Kenji parpadea, sorprendido por mi revelación, pero rápidamente recupera su compostura.
—Tres años es mucho tiempo —dice, su voz suavemente inquisitiva—. ¿Qué te llevó a cortar la comunicación con tu hermano y el resto de tu familia?
Me recuesto en la silla, cruzando los brazos.
—Una combinación de cosas —respondo, mi tono más reflexivo de lo habitual—. Cansancio, frustración, y una buena dosis de resentimiento. Llega un punto en el que simplemente te das cuenta de que ya no puedes seguir fingiendo que todo está bien.
Kenji asiente, haciendo una nota rápida.
—¿Y cómo ha sido para ti vivir esos tres años sin ellos? —pregunta, su mirada fija en la mía.
Me río.
—Liberador, en cierto modo —admito—. Sin la constante presión de tratar de encajar en una dinámica familiar rota, he tenido más espacio para ser... yo mismo. Pienso que fue lo correcto, pero siento un vacío que no logro llenar. Es como si al cortar esos lazos, hubiera cortado una parte de mí mismo.
—Las relaciones familiares, especialmente las cercanas, tienen un profundo impacto en nosotros. Cortarlas puede parecer la solución en el momento, pero a menudo nos deja con sentimientos no resueltos y ese vacío que describes.
—Tal vez —digo, encogiéndome de hombros—. Pero al menos no tengo que lidiar con las expectativas y decepciones constantes. Aunque, a veces, extraño la presencia de Hitomi. A pesar de todo, siempre hubo una conexión que nunca pude replicar con nadie más.
Kenji asiente lentamente, procesando mis palabras.
—Parece que hay una parte de ti que anhela esa conexión, incluso si no quieres admitirlo completamente —dice—. ¿Has pensado en reanudar el contacto con tu hermano? Incluso si es sólo para ver cómo está.
Suspiro, sintiendo una mezcla de resistencia y curiosidad.
—Supongo que lo he considerado. Pero no estoy seguro de cómo sería recibido. Después de tres años, es posible que no quiera saber nada de mí. Sinceramente, no veo cómo podría arreglar las cosas ahora. Demasiado tiempo ha pasado, demasiadas palabras no dichas, demasiados silencios.
—Bueno —dice el Dr. Tanaka—. Dar el primer paso puede abrir una puerta que ni siquiera sabías que estaba ahí. No tiene que ser una reconciliación completa de inmediato. Podría ser tan simple como un mensaje para ver cómo está.
—¿Un mensaje? —repito—. Suena fácil cuando lo dices así. Pero hay muchas cosas sin resolver entre nosotros.
—Lo sé —responde Kenji—. Sin embargo, no tienes que hacerlo por él. También podría ser algo que te ayude a ti.
Definitivamente no. Al menos por ahora. Tendría que regresar y lidiar con toda esa parafernalia sentimental. No es algo que desee la mayor parte del tiempo, aunque de vez en cuando, admito que lo considero. Pero no es sólo Hitomi. También están Kagura, Byakuya, Kanna, Akago y Hakudoshi. Un grupo de idiotas, todos ellos. Estoy seguro de que no estarán precisamente felices de verme después de largarme sin avisar.
A veces me pregunto si cortar esos lazos familiares fue realmente una medida de autodefensa o simplemente un acto de puro egoísmo. Pero luego recuerdo todas las veces que intenté encajar en sus moldes, todas las expectativas incumplidas que dejé atrás, y siento un destello de satisfacción por haber roto esas cadenas. Tal vez sea cierto lo que dicen sobre el poder de la distancia: me ha dado espacio para respirar, para ser yo mismo sin la constante presión de sus inútiles juicios.
Así que no, de momento no tengo interés en abrir esa caja de Pandora.
—No creo que eso sea algo que esté dispuesto a hacer —respondo finalmente, mi voz tranquila pero firme.
El Dr. Tanaka me estudia con atención. Es evidente que está calculando su siguiente movimiento, tal vez tratando de discernir si ha tocado una fibra sensible o si ha llegado al límite de mi disposición para abrirme. Espero que insista un poco más, pero su respuesta me sorprende:
—Es importante tomar las decisiones en tu propio tiempo. No hay prisa.
El Dr. Tanaka mira su reloj brevemente y luego me dirige una sonrisa tranquila.
—Creo que es un buen lugar para detenernos por hoy. Has compartido mucho, y eso es un gran paso. La próxima vez, podemos continuar desde aquí si así lo deseas.
—Hm, parece que he hablado más de lo habitual.
—Es parte del proceso. Cuando se exploran ciertas áreas, las palabras simplemente fluyen. No hay necesidad de contenerse.
Me levanto de la silla con un suspiro.
—Supongo que tienes razón en eso. Nos vemos la próxima semana, entonces.
El terapeuta asiente mientras recojo mis cosas y me dirijo hacia la puerta. Justo antes de salir, me habla y me mira con seriedad.
—Antes de que te vayas, sólo quiero decir una cosa. Cortar la comunicación con la familia puede ser una forma de protección, pero a veces también puede ser una forma de perpetuar el dolor. Piénsalo.
Sus palabras retumban en mi mente mientras cierro la puerta tras de mí. Camino por el pasillo, perdido en mis pensamientos. Fuera, el sol se pone lentamente sobre la ciudad, pintando el cielo de tonos cálidos y dorados. Me detengo un momento, sintiendo la brisa fresca en mi rostro, pensando en lo que he compartido hoy y en las palabras no dichas que siguen resonando dentro de mí.
Humph. De ninguna manera.
Notas Finales: No estoy segura de cómo quedó este fic. Tengo muchas dudas, honestamente, pero la idea se aferraba a mí. Está principalmente inspirado en la canción "Where Is My Mind?" de Pixies, especialmente en el cover de Oryl que escuché recientemente y me encantó. La historia está completa, así que espero no demorarme mucho en actualizar.
Sin embargo, escribir ahora se ha vuelto más complejo y he tenido muy poco tiempo para dedicarme a mis escapadas habituales (que serían los fanfics).
