Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. "Solace" es una historia de fanficsR4nerds. La presente traducción ha sido realizada con su autorización y no tiene fines de lucro.

¡Gracias, Sully!


Capítulo 14

Mi cuerpo se enfría cuando me doy cuenta de lo que he dicho en voz alta. Nunca en mi vida le habían dicho esas palabras a nadie que no fuera mi hermana.

Ni siquiera sabía que me sentía así hasta que escuché las palabras salir de mis labios.

Edward está rígido encima de mí, inmóvil, y por un momento terrible, temo haberlo arruinado todo. El amor, me han dicho, no tiene lugar en el matrimonio.

Pero luego pienso en Carlisle y Esme, quienes se adoran mucho, y no puedo evitar preguntarme si esta creencia es otra forma de tortura de mi abuela.

—¿Qué? —Edward grazna, y no creo que tenga fuerzas para confesarlo otra vez. Nunca me había sentido tan expuesta y vulnerable, y desearía poder acurrucarme y esconderme de él.

Pero su cuerpo está encima del mío y, de hecho, todavía dentro de mí, y no hay ningún lugar adonde ir.

Reúno coraje y vuelvo mi mirada hacia la suya. —Te amo.

Las palabras son un susurro en mis labios, pequeños y mansos. Los ojos de Edward son redondos, como la luna, e igual de grandes.

Y luego, cuando temo que no puedo soportar más su silencio, Edward se inclina y sus labios capturan los míos.

Gimo contra su boca, mientras nuestros cuerpos se frotan en nuestro beso. Se siente mejor que bien.

—Mi Bella —Edward gruñe, rompiendo nuestro beso. Presiona sus labios en mi garganta y detrás de mi oreja, haciendo que mi cuerpo se ondula en una nueva ola de deseo—. Mi querida y dulce Bella —gime—, te he amado desde el momento en que tomé tu mano por primera vez el día de nuestra boda.

Me alejo de él, sorprendida. —¿Qué?

Me da una sonrisa juvenil que es tan alegre y vivaz que me deja sin aliento. —En el momento en que entraste en mi vida, te amé. Amo el fuego que enciende tu lengua y el coraje que late en tu corazón. Amo tu compasión y jovialidad para quienes te rodean, tu capacidad para cuidar de las personas, incluso cuando les temes. —Presiona un beso en mi mejilla—. Te amo por tu mente aguda y la sabiduría que posees. Eres en todos los sentidos más de lo que yo podría ser, y te amo por todo eso.

Mis ojos se llenan de lágrimas ante sus palabras, trago con fuerza y levanto una mano para acariciarle el cabello.

—No soy tanto —susurro, sacudiendo la cabeza.

—Lo eres —argumenta Edward, inclinándose para besar mi otra mejilla—. Mi Bella, lo eres todo.

Por muy maravilloso que haya sido el placer de lo que acabamos de compartir, no es nada comparado con la calidez que se extiende a través de mí en este momento. Me siento más ligera que el aire, más brillante que la luz del sol. Siento como si pudiera flotar hasta el cielo mismo con este sentimiento.

Paso mis dedos por el cabello de Edward y acerco su rostro al mío, besándolo de nuevo. Mueve sus caderas, deslizándose fuera de mí, y la pérdida de él se siente pesada por un momento. Pero rápidamente olvido la sensación de vacío cuando su lengua se encuentra con la mía.

No sé a qué buena acción debo tener a un ser como Edward como esposo, pero con mucho gusto lo haría una y otra vez, en pura gratitud de que este maravilloso hombre me ama como yo a él.

Edward y yo nos deslizamos entre el sueño y la pasión toda la noche. Mi cuerpo está cansado y dolorido por la mañana, pero estoy tan contenta que no me importa. Edward está boca arriba, con uno de sus brazos rodeándome mientras me acurruco sobre su pecho. Mis dedos recorren su piel, siguiendo las líneas de su cuerpo con fascinación. No existen líneas tan firmes en mi propia forma suave.

Puedo sentir los dedos de Edward peinando suavemente las puntas de mi cabello. Ninguno de nosotros ha hablado desde hace algún tiempo, felices de estar abrazados.

—Pensé en ti todos los días —murmura Edward después de un rato. Lo miro, mis manos todavía sobre su pecho—. La mayoría de los días, la idea de volver a casa contigo era lo único que me hacía seguir adelante. Muy a menudo deseaba vagar por el campo de batalla, desarmado, desprotegido, y dejar que Dios me llevara.

La sola idea me hace estremecer y siento que lo abrazo un poco más fuerte.

—Pero entonces, pensaba en ti, en casa sin mí, y encontraba la voluntad para seguir adelante.

Presiono un beso en su pecho, mis dedos retoman el trazo mientras encuentro el coraje para hacer mi pregunta.

—¿Por qué no escribiste?

Edward suspira. —Miedo, sobre todo. No quería que te contaminaras con la plaga de la guerra. —Sacudió la cabeza—. En mi mente, quería protegerte de toda su fealdad, incluyéndome a mí.

Arrugo la frente. —Me asustó no saber nada de lo que te estaba pasando.

El brazo de Edward me rodea un poco más fuerte. —Lo siento —susurra—. Ahora desearía haber actuado de manera diferente. La verdad es que me odiaba por lo que estaba haciendo y no quería regresar a casa para descubrir que tú también me odiabas. —Deja escapar una risa pequeña y seca—. Por supuesto, me las arreglé para estropear eso.

—No te odié —protesto suavemente. Puedo sentir su mirada sobre mí.

—No, sólo me temías.

Ambos estamos callados, perdidos en la vergüenza de su declaración. Le temía. Pero no le llevó mucho tiempo convencerme de lo contrario.

—Antes de que regresaras, mi hermana me dijo algo —le digo lentamente. Siento que Edward se pone rígido y lucho por no poner los ojos en blanco—, que fuiste a la guerra en mi nombre. —Me vuelvo para mirarlo a la cara.

Veo que algo pasa a través de sus ojos y luego mantiene la tensión en la mandíbula mientras respira.

»¡Es verdad! —jadeo, sentándome un poco—. ¿Por qué? No lo entiendo.

Edward deja escapar un suspiro. —El duque es muchas cosas —dice lentamente—, pero, sobre todo, es egoísta y paranoico. —Edward me mira—. Antes de conocernos, planeaba dejar el servicio del duque. Ha sido un puesto más que admirable para mí, pero mi corazón no está en la guerra. Nunca lo ha estado. Planeaba irme, pero el duque se enteró y me convocó para reunirse con él. —Las cejas de Edward se fruncen mientras cuenta su historia—. Él temía que me fuera a servir al rey y que iniciara un éxodo de sus hombres. Así surgió nuestro matrimonio. Me ordenó que me casara con la hermana de su futura esposa y, a cambio, a mi familia no le faltaría nada y sería pariente del duque. —Edward niega con la cabeza—. La mañana después de casarnos, me envió a hacer campaña, sin tiempo siquiera para despertarte y explicarte lo que estaba pasando. Al principio traté de luchar contra él, de negociar el tiempo para traerte a Rowanberry, pero él amenazó con matarme y tomarte como su puta. —Mi boca se abre en shock y los ojos de Edward son oscuros y asesinos—. Para protegerte de él, me fui lo más rápido posible.

Lo miro atónita en silencio. Aunque no es como pensaba, Edward realmente fue a la guerra en mi nombre.

—Todo esto es mi culpa —jadeo, las lágrimas llenan mis ojos mientras me recuesto sobre él.

—No, mi Bella. Nada de esto es tu culpa. La culpa es del tortuoso duque y otros en el poder como él. No somos más que peones en sus juegos. —Toma mi cara entre sus manos y me veo obligada a mirarlo—. Resistiría mil veces cada dificultad que he enfrentado si eso significara que cada vez terminara aquí, en tus brazos, con tu amor en mi corazón.

Mis lágrimas se derraman y parpadeo con fuerza para apartarlas. Edward se inclina hacia adelante y yo levanto la mano, lo besé y mi mano aterrizó sobre su corazón.

Se siente como un verdadero milagro divino, que a través de tanta codicia y corrupción, Edward y yo hayamos podido encontrarnos el uno al otro, y dentro de nuestra unión, consuelo del mundo que nos haría daño.

El sol es especialmente cálido y, en mi estado de agotamiento, nada me parece más atractivo que acurrucarme bajo el serbal del jardín. Tengo mi costura conmigo, pero desde que me instalé debajo del árbol no me he molestado en recogerla.

En cambio, estoy observando a los pájaros revolotear sobre mí, llamándose unos a otros con alegre disposición. La única tarea que debe realizar hoy Edward es con respecto a su puesto militar. Como todavía se siente incómodo al hablar de ello, he decidido darle espacio para que resuelva lo que debe.

Ha pasado casi una semana desde que Edward y yo dimos el siguiente paso en nuestro matrimonio, y aunque apenas hemos dormido una noche completa desde entonces, descubrí que nunca he sido más feliz.

Una alondra suelta una melodía en algún lugar encima de mí, y sonrío, cantando suavemente para acompañarla.

—No sabía que cantas.

Giro la cabeza para encontrar a Edward caminando por el jardín hacia mí. Le ofrezco una sonrisa, sentándome desde donde estoy tirada en el pasto.

—En realidad, sólo imitaciones —respondo.

Edward se sienta detrás de mí, con su fuerte espalda contra el árbol, y me hace un gesto hacia él. Felizmente me arrastro hasta su regazo y me acurruco en sus brazos con un largo suspiro.

—¿Cantarías algo más? —pregunta Edward, una de sus manos acariciando mi cabello suelto sobre mi hombro.

Sonrío y mis dedos se entrelazan con los suyos. —¿Qué te gustaría escuchar? —pregunto.

Puedo sentirlo en lugar de oírlo tararear. —Una canción de cuna, tal vez.

Me muerdo el labio y luego asiento. Sólo conozco dos canciones de cuna, la que una vez canté para calmarlo es la que tiene más fuerza en mi mente. Pero hoy no es una ocasión sombría que suelo asociar con esa canción, así que abro la boca para cantarle la otra. — Lullay lullow, lullay lully, Beway bewy, lullay lullow, Lullay lully, Baw me bairne, duerme suavemente ahora —empiezo, mis dedos jugando con los de Edward—. Vi una visión dulce y hermosa, un brote dichoso, una flor brillante, esa mañana hizo y alegría entre ellos.

Ha pasado mucho tiempo desde que escuché la canción, pero vuelve a mí como si no hubiera pasado el tiempo. Puede que Rosalie fuera una niña cuando me la enseñó, pero de alguna manera la canción se ha quedado grabada en mi mente.

Los brazos de Edward se aprietan alrededor de mí y lo siento presionar un beso en mi hombro. —Serás una madre maravillosa —susurra.

Hago una pausa en mi canción y lo miro. —A veces me lo pregunto —admito, con el ceño fruncido cruzando mi frente—. Cómo me irá, dado que… —hago una pausa, tragándome el nudo que se está formando en mi garganta—. ¿Cómo voy a ser una madre exitosa si nunca he tenido una madre propia que me guíe y me enseñe?

Los brazos de Edward me rodean de nuevo. —Es parte de quién eres —me dice—. En lo más profundo de ti. Tienes un amor inmenso. Estoy seguro de que cuando lo necesites, te guiará.

Sus palabras me llenan los ojos de lágrimas y alzo la mano para secarlas.

—¿Has terminado con tu asunto? —pregunto, deseando cambiar el tema de conversación.

Edward deja escapar un largo y cansado suspiro. —Por ahora. —Su pulgar golpea ligeramente mi estómago y sé que esto es una señal de que está pensando más que un acto para llamar mi atención—. Sin embargo, tengo algunas noticias que compartir.

Ante esto, me retuerzo en sus brazos, con curiosidad. —¿Qué es?

La boca de Edward es una línea firme y plana. —El duque me ha llamado a su casa. Debo irme pasado mañana.

Mi corazón da un vuelco en mi pecho. —¿Tan pronto? Pero no nos esperan hasta dentro de quince días.

Edward asiente. —Lo sé. Me envió un mensaje diciendo que desea que esté allá más temprano para discutir la campaña y otros asuntos.

Puedo ver cuánto detesta mi marido la idea. Sé que, si lo elijo, podría quedarme en Rowanberry y unirme a Edward a finales de este mes. Edward nunca me pediría que viajara antes, sabiendo que no me gusta dejar la mansión.

Pero puedo verlo en sus ojos. Él me quiere con él, no quiere separarse de mí como yo tampoco de él.

Respiro y encuentro mi resolución.

—Nos iremos pasado mañana —digo después de un momento—. Debemos informarles a Angela y Seth.

Edward parece sorprendido. —No hace falta que viajes conmigo... —empieza.

Sacudo la cabeza. —Lo sé —concuerdo—, pero soy tu esposa y he jurado apoyarte. —Incluso si eso significa dejar nuestro hogar durante más tiempo del que ya hemos planeado, y enfrentarnos a la vida en la corte que a veces amenaza con consumir a mi hermana.

Edward se inclina y deja un beso en mis labios. Su toque es tan dulce que le quita la mayor parte del dolor de tener que irnos.

La mansión del duque no está muy lejos de Rowanberry: solamente a un día de viaje a caballo. En el carruaje tardamos más, pero aun así nuestro objetivo es llegar antes del anochecer. Preferiría elegir a Sweetblue, pero sé que Edward y yo ahora seremos examinados por cada una de nuestras acciones, y que es mejor elegir nuestras batallas con el duque y su corte.

Entonces vamos en el carruaje.

Esta vez, sin embargo, a ninguno de nosotros parece importarle el espacio reducido.

Es casi mediodía en nuestro viaje cuando extiendo mis brazos para estirarme, mi cuerpo se siente rígido y tenso por el viaje lleno de baches.

—¿Estás bien? —pregunta Edward.

Lo miro y asiento. —Mi cuerpo está tenso por estar sentada —le digo. Lo escucho tararear y luego una mirada malvada aparece en sus ojos. Estoy inmediatamente en alerta—. ¿Qué? —pregunto, mirando a mi alrededor.

Me vuelvo hacia Edward, quien se inclina hacia adelante en su asiento, sonriendo.

—Recuéstate —dice—, y haz lo mejor que puedas para estar callada.

Mi boca se abre en asombro cuando él se arrodilla en el piso del carruaje.

—¿Qué estás haciendo? —siseo mientras alcanza el dobladillo de mi vestido.

Me mira con esa sonrisa pícara. —Ayudándote a relajarte —me dice.

—Aquí no hay espacio para acostarnos —le señalo.

Se ríe mientras desliza mi falda por mis piernas. —Lo sé. Pero hay más de una manera de disfrutarte —dice, presionando un beso en el interior de mi rodilla. Me hace temblar—. ¿No es el mejor momento para saborearte? —dice, subiendo la falda hasta alrededor de mis caderas, para que mi núcleo quede expuesto.

—Edward, ¿qué pasa si nos ven? —pregunto entre risas.

Edward presiona un beso en la parte interna de mi muslo y dejo escapar un suave gemido, mis piernas se abren más ante su toque. Puedo sentir su nariz rozarme y jadeo de sorpresa.

—¿Quién lo sabría? —pregunta, presionando un beso en mi muslo nuevamente—. No tienes idea de lo atractiva que eres —susurra Edward, y puedo sentir la vibración de su voz en mi centro. Mis caderas se mueven por instinto—. Tan deliciosa y seductora. —Sus ojos se encuentran con los míos y puedo verlo sonreír antes de que su lengua se deslice entre sus labios. Con un largo lametón, Edward me penetra y grito de excitación instantánea.

—Tranquila, mi amor. No queremos alarmar a Seth.

Edward se agacha contra mi muslo y me lame de nuevo. Me tapo la boca con una mano para amortiguar los gemidos que salen de mí. Aunque Edward me ha hecho esto antes, cada vez se siente mejor que la anterior. Su lengua está caliente, húmeda y suave mientras se desliza, lamiéndome. Por los gruñidos de satisfacción que provienen de mi esposo, él está obteniendo tanto placer como yo.

No sabía que tal acto fuera posible fuera de la cama, pero ahora que ha comenzado en nuestro carruaje, temo que mi cuerpo lo exigirá en cada viaje que hagamos.

De alguna manera, sospecho que mi ansioso esposo estará más que preparado para la tarea.

Edward agarra mis caderas, empujándome hacia adelante en el banco para que me abra más a él. Gimo, mis manos abandonan mi boca para hundirse en su cabello, instándolo más y más cerca de mí. Puedo sentir mi cuerpo enroscándose mientras su lengua se desliza sobre ese punto de placer antes de lamer mi abertura, lamiendo dentro de mí. Lo quiero más profundamente y presiono mis caderas contra su cara, desesperada.

Edward encuentra ese lugar nuevamente y lo toma entre sus labios, succionándolo. Jadeo, mi cuerpo se curva en un éxtasis ondulante. No puedo respirar, no puedo ver mientras salgo de la ola. Es mucho más fuerte que cualquier otro placer que haya encontrado hasta ahora y, a medida que el brillo inicial disminuye, quedo eufórica.

—¿Mi Bella?

Abro los ojos y siento que mi cuello ya no puede sostener mi cabeza en alto.

—¿Eh? —pregunto, incapaz de hablar todavía.

—¿Estás bien?

Sonrío. —Mmm —respondo.

Edward se ríe y me da un beso en el muslo. Lo siento alejarse de mí y levanto la vista, confundida. Quiero devolverle parte del placer, como sea posible.

Edward se recuesta en el banco y sus ojos se encuentran con los míos. Su cara y barba están mojadas, brillando.

Es sorprendentemente excitante.

—Quiero más. —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda pensar en ellas. Me sorprenden, y puedo ver en el rostro de Edward, también lo he sorprendido.

Luego sonríe y me hace señas para que me acerque a él.

—Ven, mi amor. Creo que es hora de que exploremos algo un poco diferente.

No estoy segura de lo que eso significa, pero estoy dispuesta a descubrirlo por Edward.

Me ayuda a pararme torpemente en el carruaje, levantando mi falda alrededor de mis caderas nuevamente. Lo miro sorprendida mientras me lleva por las caderas sobre su regazo, mis rodillas aterrizan en la parte exterior de sus piernas y mi centro desnudo descansa sobre su regazo todavía vestido.

—Me han dicho que las mujeres pueden encontrar un gran placer estando arriba —me dice Edward. Lo miro alarmada. ¿No encajamos juntos de una sola manera? ¿Existen otras formas de que nuestros cuerpos se conecten?

—No sé cómo… —empiezo, sintiendo pánico.

—Lo sé, mi amor. Está bien. Te ayudaré.

Siento que se agacha y se afloja los pantalones. Me levanta para deslizarlos por sus caderas y luego me vuelve a colocar sobre su regazo. Puedo sentir sus muslos desnudos debajo de los míos y mi cuerpo se aprieta con anticipación.

—Así —murmura Edward, metiendo la mano debajo de mi falda para acariciarme. Gimo ante su toque, y luego lo siento moverse en mi entrada. Juntos, levantamos mi cuerpo sobre su regazo hasta que se coloca en mi entrada, y luego, lentamente, me acomodo sobre él.

Se siente más apretado y profundo de esta manera, y dejo escapar un largo gemido, mi cabeza cae sobre su hombro. Puedo sentir mi cuerpo pulsando a su alrededor, hambriento de movimiento, pero tengo que darme un momento para adaptarme a su tamaño.

Siento a Edward presionar un beso en mi hombro, y levanto la cabeza, mirándolo.

—Te amo —susurra, acercando mis labios a los suyos. Tiene un sabor diferente, más ácido y más oscuro, y me doy cuenta de que me estoy saboreando en sus labios.

Es una experiencia embriagadora.

Edward me ayuda colocando sus manos en mis caderas y levantándome sobre él antes de dejar caer mi cuerpo nuevamente. Es difícil en el carruaje, pero finalmente encontramos un ritmo que nos tiene a ambos jadeando.

Edward se inclina hacia adelante, dejando besos en mi garganta y las pequeñas partes de mi pecho que están expuestas. Desearía que ambos estuviéramos desnudos, porque quiero pasar mi lengua por su pecho, saborearlo como él ahora me ha probado a mí.

Quiero más.

El carruaje tiene un movimiento brusco que lo empuja hacia mí, y yo grito, mi cabeza cae sobre su hombro. Puedo sentir su mano deslizarse entre nosotros, frotando ese punto de mi cuerpo.

—Vamos amor —gime y besa mi hombro—. Dámelo.

La ola de placer me invade rápidamente cuando Edward me acaricia con su mano. Empiezo a desmoronarme, mi cuerpo palpita alrededor del suyo, exprimiéndolo mientras él sucumbe a su propio desmoronamiento.

Mis brazos están alrededor de su cuello, abrazándolo lo más cerca posible. Sus brazos rodean mi cintura, haciendo lo mismo.

Por un momento, ninguno de los dos se mueve, ambos demasiado atrapados por las réplicas.

Luego, lentamente, libero mis brazos de su cuello y Edward me ayuda a levantarme de él. Soy un desastre, y Edward saca un pañuelo, guiándome suavemente de regreso a mi asiento antes de caer y arrodillarse ante mí para limpiarme las piernas. Me da un beso en la rodilla cuando estoy limpia y le sonrío con gratitud. Se recuesta en su asiento y ambos pasamos unos momentos arreglando nuestra ropa, asegurándonos de que ambos estamos presentables.

Parece feliz y relajado, con una sonrisa serena en su hermoso rostro.

Ojalá pudiera seguir así.

—Te amo —le digo.

Se inclina hacia adelante, y yo también, encontrándolo en medio del carruaje. Nuestros labios se encuentran para un breve y dulce beso.

—Yo también te amo —murmura contra mi boca.

Afuera, escucho a Seth pedirle a los caballos que se detengan y nos separamos. Edward corre la cortina de la pequeña ventana e inmediatamente, un ceño fruncido aparece en su rostro.

—Llegamos.

Mi euforia es reemplazada por inquietud y me acerco a mi marido y le tomo la mano. Me mira sorprendido.

—Te amo —digo de nuevo, porque siento que vale la pena repetirlo ahora mismo.

Su sonrisa es forzada pero genuina. —Tal y como yo te amo —dice en voz baja—. Vamos, amor. Es hora de enfrentarnos a nuestros demonios.


Nota de la traductora: Ya conocen la versión de Edward sobre lo que pasó con él el día de la boda. Más adelante sabremos más. ¿Preparados para conocer al duque y su corte?

En sus manos está cuándo lo leemos.

Gracias por sus comentarios:

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