Capítulo 2: Enseñanzas
El cielo aún no terminaba de aclarar cuando cerró la puerta de su apartamento y bajó los escalones con rapidez y agilidad; sus pies, en lugar de dejar un atronador ruido de pasos tras de sí, se deslizaban con suavidad sobre las lozas de las escaleras de piedra. Al llegar a la salida del complejo, el niño corrió por las calles casi vacías de la zona residencial, evitando con esmero las vías que, sabía, estarían más transitadas a esa hora.
El aire mañanero de aquel día de verano agitó sus cabello mientras corría, sujetando con sus manos las correas de su mochila. Calmó su respiración, acompasándola con los tranquilos latidos de su corazón, mientras contaba los segundos y minutos que le costaba para llegar a su destino. Sin embargo, no perdía de vista cuanto sucedía a su alrededor mientras corría.
Un gato saltaba por el muro de una pequeña casa de paredes amarillas, perdiéndose en las ramas de un grueso árbol de delgadas hojas que a final de temporada empezaría a perder sus hojas. A pocos metros a su derecha, el chillido de un bebé levantó el vuelo de las aves que piaban en la azotea de un complejo residencial. Y al frente, quizá a diez metros, dos hermanos atravesaban a saltitos el puente de piedra que conectaba con el centro de la aldea.
Minato se dirigía hacia el campo de entrenamiento, como era habitual; para este chico nada estaba por encima de su crecimiento como ninja. Trataba de tener un vida relativamente equilibrada, le gustaba leer y por ratos escribir, también se esforzaba por sacar espacios para cultivar amistades, aunque esto último se le complicaba desde que dejó de ser un simple estudiante de la academia y se convirtió en un ninja a disposición de la aldea. Sobre todo, porque sus amigos, aquellos con los que había compartido los años anteriores, aún se encontraban en formación.
Minato alcanzó a los niños en el puente y, tratando de no asustarlos, se subió al barandal del puente y saltó al otro lado, aterrizando con las rodillas flexionadas. Siguió su camino después de girarse y saludar a los desconocidos sorprendidos.
Este día no tenía nada de especial ni diferente, el entusiasmo que llenaba a Minato era el que usualmente sentía cuando iba a aprender. Era un chico curioso y perspicaz, le hacía feliz plantearse preguntas, encerrarse en la biblioteca, construir hipótesis y luego practicar; amaba aprender, fuera de lo que fuese, no importaba cuántas veces debía replantear sus suposiciones y métodos. Y su nuevo maestro, un come libros como él, parecía compartir esta sensibilidad hacia las extrañezas del mundo y sus fenómenos.
Pronto dejó atrás las calles de la aldea y se internó en los caminos de piedrilla que conducían a los campos de entrenamientos y a los bosques circundantes que alcanzaban a entrar en la barrera que protegía a Konoha. El horizonte de verde llameó en su mirada, las copas de los árboles meciéndose con la brisa mañanera. En un campo de entrenamiento lejano alcanzaba a divisar un equipo de tres genins preparando señuelos de tiro.
—¡Minato!
El chico se giró y sonrió al divisar la figura de un genin algo mayor que él y que trotaba con cierta desgana en su dirección. Minato miró hacia el campo número 8 y constató que su maestro aún no llegaba, de modo que se detuvo para hablar con Shikaku.
—Primera vez que te veo entrenando a esta hora.
Las comisuras de los labios del chico mayor se inclinaron en un gesto de hastío. Entonces bostezó, llevando una mano tras su espalda.
—Ya sabes, sensei insiste en el ascenso a chunnin, nos ha estado exprime que exprime, mañana tras mañana, misión tras misión. Choza está tan nervioso que empezó a comer el doble.
Minato rio por lo bajo, imaginando al curioso trío azuzados por su estricto y beligerante maestro. La primera vez que les había observado le había llamado la atención la extraña interacción entre aquellos tres ninjas tan diferentes, pero a la vez, por lo poco que había visto, tan complementarios.
—Aún tienen tiempo para prepararse.
Shikaku se encogió de hombros.
—¿Y tú?, ¿aplicarás para los próximos exámenes?
Minato negó, contemplando a su maestro aparecer por el camino de piedra. Venía hablando con otro jounin, el primero de brazos cruzados y el segundo sosteniendo en su regazo una grande caja de madera.
—Aún no tengo equipo.
—Se han demorado —comentó Shikaku, frunciendo las cejas—. Debieron hacerlo cuando se graduó la promoción pasada.
—Quizá están esperando a la promoción con la que estudié. Se gradúan este año.
Su sensei se despidió del otro jounin y empezó a bajar el camino hasta el campo designado.
—¿Cómo te va con este sensei?
Minato ladeó un poco la cabeza, valorando la figura imponente de su maestro recortada contra la salida del sol. Era un shinobi alto y corpulento, de expresión jovial, pero con actitud estricta. Al principio le había desconcertado sus métodos de enseñanza, cada sesión de entrenamiento estaba pensada como si se tratara de un juego especialmente desafiante que sacaba a Minato de su zona de confort y le obligaba a pensar de otra manera.
Al menos Minato tenía la seguridad de que, a diferencia de los anteriores, su sensei se tomaba en serio su papel; le había estudiado a profundidad, evidentemente, y lo seguía haciendo en cada encuentro. Cada jornada de entrenamiento era más retadora, profundizando en los aspectos en los que menos se había formado en sus años de academia y de aprendizaje autónomo. A menudo el día culminaba con un Minato agotado mentalmente, con dolores físicos en diferentes partes de su cuerpo y magullones que tenía que atender al llegar a casa.
El niño sonrió.
—Parece ir bien.
Se despidió de su amigo y se apresuró a encontrarse con el hombre mayor. Cuando llegó al banquillo en el que Jiraiya sensei había depositado su mochila, Minato se sorprendió un poco cuando vio que su maestro también se preparaba para calentar. El niño no dijo nada, dejó su bolso junto al del sannin y esperó indicaciones.
—Vamos a calentar —dijo Jiraiya, mirándolo desde toda su altura—. Correremos alrededor del bosque 30 minutos, primero por los caminos planos, luego nos internaremos en la arbolada, alejándonos tanto como podamos de los senderos. Quiero obstáculos naturales, tanto como podamos asemejarnos a un entorno real de batalla. Toma el bolso, iremos con carga.
Minato asintió, con emoción contenida bullendo en sus venas. Corrieron juntos hacia el bosque, tomando los senderos de piedra bajo el susurro de la arbolada. Jiraiya iba adelante, tranquilo y silencioso, Minato siguiéndole el paso, constante y paciente. Era la clave para resistir, inspirar y expirar con serenidad, sobrellevando el ardor en la musculatura de las piernas y del pecho.
Al completar los primeros 30 minutos, Jiraiya torció su camino y se internó en el apabullante y húmedo bosque. Minato inspiró profundo y le siguió. Al principio el panorama no era tan diferente de las zonas boscosas que conocía, pero poco a poco, el entornó empezó a cambiar y se hizo mucho más salvaje. El aroma a musgo llenó sus pulmones, las lianas que caían de los árboles se enredaban entre sí, goteando sobre su cabeza. Pasaron bajo troncos, apartaron ramajes y saltaron profundos hoyos cubiertos de hojarasca.
Cuando el espacio entre árboles se hizo mucho más delgado, Jiraiya saltó a los árboles e indicó que el nuevo camino sería entre las ramas. Minato asintió, siguiéndole el paso tanto como podía; era bueno con el control y distribución de chacra, así que saltar de un árbol a otro no le costaba mucho esfuerzo.
Su maestro se detuvo e indicó al genin que se acercara. Minato saltó a la rama en la que estaba su maestro, con la ropa húmeda por el sudor y el rocío de las hojas, las zapatillas resbaladizas por la sabia y el musgo. Su maestro, sin embargo, conservaba la ropa limpia, salvo pequeñas zonas húmedas en el cuello.
Minato sintió un escalofrío; su sensei estaba sonriendo. En las pocas semanas que el sannin llevaba entrenándolo, el niño había aprendido que su maestro sonreía cuando el entrenamiento común cambiaría completamente de rumbo.
—Eres un genin de lo más curioso —dijo su maestro, sacando un tarro con agua. Minato le imitó, saciando su sed —. Esos ojos tuyos se mueven por cada rincón, analizando y previendo.
El niño le miró atentamente, tratando de anticiparse a su maestro.
—Aunque no es una mala costumbre, incluso se podría catalogar como una buena habilidad, no puedes depender solo de tus ojos. Debes explorar otros sentidos, en la vida real puede significar la diferencia entre vivir y morir.
El ninja mayor metió la mano en su bolsillo y extrajo un trozo de tela oscuro, largo y del anchor suficiente para doblarlo tres veces sobre su rostro y que resultara imposible ver a través de él. Minato miró fijamente la venda y luego al rostro sonriente de su maestro.
—Pretendes que salte de árbol en árbol con los ojos vendados —El sannin asintió, ensanchando aún más la sonrisa. El niño pasó saliva, empujando el temor a lo más hondo posible de su ser—. Es una idea… es…
—Una idea brillante —repuso su maestro, inclinándose hacia él. Minato se contuvo para no decir que la palabra "locura" hubiera sido más apropiada para él—. Tienes habilidades de sensor, ¿verdad?, empieza a usarlas, mantente vivo. Estamos en un bosque, rodeados de animales e insectos, puede que incluso personas a cierta distancia. Agudiza y detéctalos, oriéntate por su posición, su presencia te puede dibujar el lugar en el que se encuentra cada árbol, cada liana, cada rama.
Cinco minutos después, Minato miraba a la oscura nada, de pie sobre la rama de un árbol, con un nudo de aprehensión en el estómago imposible de desenredar. Pasó saliva, intentando orientarse en el vacío al que se enfrentaba. Imaginó las miles de formas posibles en las que aquello podía salir mal, las horribles formas en las que podría caer y fracturarse los brazos, las piernas, incluso la nuca.
Era una locura, era una terrible idea, era… inspiró hondo, controlando el desenfreno de su imaginación. Lentamente, aguzó los sentidos, tratando de orientarse en la rama. Sentía la presencia de su sensei a su lado, tranquila y un poco cálida. Confiaría en él, era lo que hacían los ninjas, ¿verdad?, confiar en su camarada. Jiraiya sensei no lo dejaría caer, seguro que no.
Recordó las carcajadas desquiciadas que su maestro solía soltar cada que se golpeaba en el entrenamiento, cada que se equivocaba o una bomba de humo le estallaba en la cara… entonces estuvo seguro; si caía, seguramente se limitaría a reír desde la rama hasta que él fuese capaz de levantarse como pudiera. Su maestro parecía hacerle gracia el fracaso de los demás, era parte de aprender, suponía.
Su maestro saltó primero y esperó adelante. Minato se concentró en colorear su presencia, trató de calcular la distancia y percibir los sonidos. Las hojas susurraban, los insectos silbaban, las aves piaban… aves, un ave cantaba cerca de su maestro, misma que luego emprendió vuelo y pasó cerca de su hombro. El niño se concentró en el aleteo del ave, contó cada uno y calculó su tamaño. Entonces hizo de tripas corazón y saltó.
Sus pies tocaron algo duro, la rama, pero la fuerza de caída era excesiva y perdió el equilibrio. Movió los brazos a su alrededor, buscando un punto de apoyo. Dio un inconsciente paso hacia el frente y su corazón se saltó un latido; iba a caer. Alcanzó a estirar los brazos para protegerse la cara, pero una mano surgió de la nada y lo sujetó del buzo, manteniéndolo en el sitio.
Escuchó la carcajada de su sensei en su oído antes de las palmaditas en su espalda.
—Tendrás que hacerlo mejor si no quieres partirte el cuello —se burló el hombres mayor—. Entre más tiempo te tome, más demorarás en almorzar.
Entonces su maestro se alejó, saltando de rama en rama y esperando cada cierta distancia. Minato pasó el resto del día intentando seguirle el paso en la oscuridad de la nada, aguzando los oídos, el tacto y hasta el olfato. Después de innumerables resbalones, carcajadas incontables de su maestro, tres caídas, un hombro en una posición extraña y un chichón de grandes proporciones en su frente, al fin llegaron al campo de entrenamiento. Sus piernas temblaban, su estómago se quejaba y sus ojos parpadeaban ante la luz del atardecer.
—Te falta mucho —decía Jiraiya, observando al niño que se había tendido en el suelo—. Mañana a la misma hora en este mismo campo.
Jiraiya sensei lo torturó por el resto de mes con aquel ejercicio. Mañana tras mañana se encontraban en el mismo campo, trotaban hasta lo profundo del bosque que entraba en la barrera de la aldea, vendaba sus ojos y regresaba a oscuras. La primera semana fue tan terrible que no cabía un moratón más en su cuerpo, no había un solo centímetro de su piel que no doliera. Su aspecto físico era realmente lamentable, por no decir angustioso. Y su buen humor, reducido a cero caída tras caída, golpe tras golpe, día tras día, no hacían sino mermar su animo y contagiarle cierta hostilidad.
Se miraba tan mal, que una tarde después de sufrir cinco caídas seguidas y tardar más de lo usual en regresar al campo, su maestro se sentó junto a él y le pasó una pomada casera con fuerte aroma a hierbas.
Minato la había aceptado, con los hombros hundidos en decepción.
—Fortalecer el cuerpo y la mente es parte importante del entrenamiento de cualquier ninja —le dijo, frotándole el sucio y despeinado cabello rubio. Minato le había mirado con el agotamiento brillando en sus decaídos ojos—. Te exijo más de lo que haría con otro chico de tu edad y rango porque sé que estás acostumbrado a sobresalir. Los chicos como tú, que les suele salir las cosas bien a la primera, tienden a no esforzarse. No puedes dejar de esforzarte, ¿lograste superar un obstáculo?, inmediatamente propón uno más grande, sigue creciendo, sigue fortaleciéndote, siempre sé una mejor versión. ¿Te caíste?, levántate y sigue intentando.
—Me está costando.
Jiraiya rio, palmeándole la espalda.
—¡Por supuesto que te cuesta! Ahora imagina todo lo que serás capaz de hacer cuando lo domines —entonces se puso serio y respiró profundo—. Te contaré algo. El Hokage ha puesto la mira a ninjas de diferentes rangos, de ellos espera grandes cosas de cara a las necesidades futuras de Konoha. La tierra del fuego está herida, no salimos bien librados de la segunda guerra y estamos intentando reconstruirnos. ¿Entiendes eso?
Jiraiya le miró y el niño asintió, solemne.
—Bien, pues Konoha necesita ninjas capaces y, no es por asustarte y quizá no esté bien decírtelo, pero confío en que tienes buen criterio y sabrás manejarlo… —Minato volvió asentir, con cierta curiosidad aleteando en su pecho y distrayendo el dolor en su cuerpo—. El Hokage y sus concejeros están apostando por la formación de algunos ninjas prometedores y tú, chiquillo, estás entre ellos. Eres joven y tienes talento y, de no ser este un momento tan complejo para la aldea, quizá no te presionaría tanto, pero es lo que hay. Se aproximan tiempos oscuros y otros reemplazarán a los protagonistas que cayeron en la segunda guerra dando todo de sí. Si entraste en la academia es porque querías ser un ninja, hoy la aldea espera de ti que sean un buen soldado, ¿es lo que deseas?
Minato pensó en la soledad de su apartamento y en la familia que no tenía. Un nadie dentro de las calles de una aldea oculta. Un nadie al lado de muchos con apellidos de renombre y familias importantes. Un huérfano, criado por un abuelo artesano, solo desde edades tempranas. No tuvo que pensarlo mucho antes de asentir.
Y así, por semanas, Minato se levantó, cayó y volvió a levantarse. Llegaba a casa en la noche, curaba las magulladuras en su cuerpo y dormía a pata suelta hasta que el reloj lo despertaba antes del amanecer al día siguiente. En su libreta escribía lo que aprendía, reflexionaba sobre lo que hacía en el campo, proponía estrategias, luego tachaba lo que no servía y profundizaba en lo que sí.
Solo cuando logró llegar al campo de entrenamiento antes de la hora del almuerzo, sin caer ni golpearse contra las ramas ni una sola vez, su maestro le acompañó en el recorrido también con los ojos vendados, seguro de que esta vez no tendría que saltar en su rescate en caso de alguna mala caída. Entrenaron otras semanas en conjunto, abriendo los sentidos a los cambios del bosque cuando llovía, cuando calentaba el sol, cuando soplaba la brisa, fusionándose con la naturaleza, con los sonidos de los animales; aprendiendo a escuchar precisamente a estos, comprendiendo la razón de sus chillidos y silencios.
Los animales podían llegar a ser los mejores informantes en el bosque, le dijo su maestro; ciertas especies de hormigas solían participar de la descomposición de cadáveres, formando en ocasiones nidos alrededor de estos; las aves emprendían vuelo y mudaban sus cantos cuando un desconocido se acercaba, además para un ninja tener un ave sobre su cabeza también podía significar que estaban siendo espiados; los antílopes alzaban la cabeza y corrían cuando alguien acechaba, eran de cuidado cuando huían desde direcciones opuestas. Además de esto, Minato intentaba diferenciar la huella de chacra entre uno y otro; todo ser vivo, por pequeño que fuera, contenía cierta energía circulando en sus cuerpos, misma en la que podía concentrarse y reconocer.
Una tarde, a mediados del octavo mes del año, Minato llegó al campo de entrenamiento y se encontró con su maestro más sonriente de lo habitual. El genin pensó que aquello era una mala señal, sin embargo, pasó saliva y se acercó con valentía.
—Hoy haremos un ejercicio diferente —informó, pasándole la venda.
De nuevo a oscuras, de pie en el centro del campo de entrenamiento y recibiendo el ardiente sol sin piedad sobre su cuerpo, su maestro rondó a su alrededor sin decir mucho.
—Es momento de incorporar a la lucha lo que has aprendido —dijo Jiraiya, sin detener su andar. Minato podía jurar que este estaba sonriendo, jocoso ante la idea de regresarlo a casa hasta con las uñas adoloridas.
Obediente, el niño se puso en guardia, anticipándose a cualquier movimiento repentino de parte de su maestro. Jiraiya, sin embargo, se limitó a caminar a su alrededor, analizando su postura concienzudamente, buscando flancos flojos, ángulos muy cerrados o músculos muy tensos. Minato sintió que Jiraiya le golpeaba suavemente las pantorrillas con una vara, valorando la rigidez de sus piernas, luego los brazos, después la espalda. Lo escuchaba rondar a su alrededor, haciendo comentarios y sugerencias.
—No te encorves tanto —escuchó que decía—. No bajes la cabeza. Aunque no puedas mirar, mantén la frente alta; te facilitará escuchar el medio para prever movimientos; podrás percibir la dirección en la que debes caminar, guiándote por la posición del sol; podrás analizar la trayectoria de un kunai si logras identificar la dirección del viento. Sé uno con la naturaleza, Minato. No dependas solo de los ojos, no sabes en qué situaciones no los podrás usar.
Pero identificar la posición del atacante no era lo mismo que evitar el golpe. Minato percibió el movimiento a su izquierda, pero, aunque levantó un brazo para defenderse, no pudo prever el cambio de dirección de último momento. El puñetazo, aunque suave, le hubiera dejado sin aire si no hubiera dado un paso atrás llevado por un instinto de último segundo.
Esa mañana practicaron con pelotas, lanzadas desde diferentes direcciones y altura, también modificando la fuerza de cada una. "Debes aprender a detectar el curso de un kunai sin verlo. No puedes depender de tus ojos" repetía su maestro, una y otra vez, cuando las pelotas lograban golpear en su cabeza, tronco y piernas. En este ejercicio, no obstante, Minato no se sintió tan perdido como cuando tuvo que saltar árboles sin poder mirar.
Pudo responder a los ataques, aunque con cierta torpeza. No podía afirmar ser uno con la naturaleza, como su sensei quería, pero pensaba que iba por buen camino; lograba desviar las pelotas, las ocasionales patadas, puñetazos y los golpes con la vara. Cuando su maestro musitó que pronto podrían incluir al ejercicio kunais de verdad, el genin se quitó la venta, la tiró al aire y se dejó caer debajo del árbol que había más cerca.
Su pecho subía y bajaba de forma irregular, exhausto. Cerró los ojos, descansando del abrasador sol que traspasaba sus ropas y le ardía en la piel.
Jiraiya preguntó de improviso.
—¿Te gustan los festivales, chico?
Minato se encogió de hombros, con los ojos aún cerrados. La árida brisa del medio día soplaba sobre su rostro, secando las gotas de sudor que resbalaban desde su frente en un asimétrico camino de mugre. Era un día de verano especialmente caluroso, de esos que obligaba a salir de entrenamiento con el doble de ración de agua que de costumbre.
—Voy a unos cuantos —respondió perezosamente—. Son entretenidos, pero…
Se encogió de hombros por segunda vez y no dijo más. Los festivales se llenaban de familias que gozaban de los eventos programados, de las exposiciones artísticas, los bailes y las ceremonias. En el mundo shinobi, sin embargo, las familias solían ser incompletas, fuese por muerte de algún miembro o por su ausencia cumpliendo con labores asignadas por fuera de la aldea, de modo que era común ver a grupos de amigos reír y charlar bajo las lámparas de las callejuelas.
A su edad, no obstante, los chicos asistían con sus padres o hermanos mayores, y Minato, que no poseía ninguno de estos, prefería echar un vistazo rápido y volver a su casa. No era común que niños de menos de 12 años se reunieran en las festividades y menos que participaran de ellas en solitario.
—Esta noche iremos a las festividades del Obon.
Minato formó un gesto tenso en los labios.
—¿Iremos? —preguntó, abriendo los ojos. Tuvo que entrecerrar los parpados ante los astutos rayos de sol que lograban filtrarse entre los ramajes de los árboles. Su maestro asintió, rebuscando en su bolsa su bento del almuerzo—. Preferiría que no…
—Nada de eso —interrumpió el hombre mayor, elevando las cejas en su dirección—. Iremos. ¿O prefieres que vaya solo?
Minato se incorporó y rebuscó en su mochila su propio almuerzo.
—Conoces muchas personas —argumentó el niño sin mirarle—. Preferiría no ir.
Su maestro no respondió por un largo rato, concentrado en su bento. Minato creyó que no insistiría, así que liberó la tensión de sus hombros y devoró su comida; no era consciente de lo hambriento que estaba hasta que el fuerte aroma de los alimentos le abofeteó el rostro con furia. Estaba terminando con sus verduras cocidas cuando la voz de Jiraiya se volvió a oír, su tono un poco menos animado de lo acostumbrado.
—Estoy tratando de ubicar la última vez que asistí a un festival aquí en la aldea. Pasé años fuera de Konoha por la guerra, incluso antes de eso permanecía en el exterior entrenando, estudiando y… —Jiraiya se detuvo, lo miró un segundo y carraspeó. Minato parpadeó, con la sensación de que lo que fuera que dijera después no era su idea inicial—. En fin, lo que quiero decir es que han pasado muchos años sin asistir a un festival, y el del Obon es uno de los que llaman más visitantes, especialmente shinobis.
Minato asintió, pero no dijo nada. Durante el poco tiempo que conocía al shinobi, nunca había compartido con él otro espacio que no fuera en los entrenamientos. No es que le incomodara la idea, Minato era un niño de amistades, que le gustaba salir y compartir, pero el festival del Obon no le hacía especial gracia. Se suponía que era una fiesta alegre, en la que las familias recordaban a sus seres queridos fallecidos y compartían con ellos entre las actividades del feriado, pero para el niño esta idea no terminaba de encajar.
Hacía cuatro días había visto las hogueras desde la ventana de su apartamento, había escuchado los tambores, había visto a las familias desempolvar las tumbas, poner flores y ofrendar alimentos de aromas apetecibles, pero había procurado observar desde lejos, sin intervenir ni participar.
—Un ninja, Minato, debe aprender más que solo técnicas y formas de pelea, la cultura y los temas sociales también son importantes.
El genin asintió, pero no levantó la mirada del bento ahora vacío y sellado.
—Participar de los feriados es importante, nos acerca a las gentes, nos reúnen a shinobis y a civiles por igual, es un momento ideal para acercarnos a las realidades disimiles entre unos y otros…
—Sí, sí —lo interrumpió el niño, haciendo un gesto desdeñoso con la mano—. Tú ganas.
Jiraiya frunció las cejas.
—Ey, que para ser un chiquillo tan amable a veces eres bastante impertinente.
Minato sonrió ampliamente, después de guardar el bento vacío en su bolso. Sus ojos se achicaron, su mano frotando su nuca en un gesto de disculpa. Sus encantos, sin embargo, no surtieron efecto alguno.
—Nada de sonrisas, ya empiezo a conocer tus trucos —espetó el mayor—. ¡Cincuenta vueltas al campo de entrenamiento!
Minato gimió.
—Pero…
—¡Que sean cien por protestar!
El genin se levantó con expresión abatida, estiró los brazos y se alejó trotando. Jiraiya contempló la figura del chiquillo perdiéndose bajo el abrasador sol y, sin pensar en ello, sonrió. La constancia de los niños estaba cargada con cierto empuje que siempre resultaba contagioso; con energías ilimitadas, sin pereza y un sinnúmero de ensueños como combustible para levantarse cada día.
Oh, a Jiraiya en realidad le llenaba el espíritu rodearse de ninjas jóvenes.
¡Hola!
Aquí el segundo capítulo de este fanfic, espero les guste.
Vemos aquí un poco de la realidad que rodea al personaje. Iremos construyendo poco a poco el vínculo de sensei-pupilo entre Jiraiya y Minato, tengo mucha ilusión porque ambos son de mis personajes favoritos de la serie. Vamos a ir viendo cómo la ideología de Jiraiya respecto al mundo ninja, la guerra y la paz van moldeando la percepción que Minato tiene de la realidad que le rodea.
Advierto de una vez que suelo escribir capítulos extralargos y que este fic no será la excepción a la regla. Es más, creo que los capítulos de este fic, a medida que crezca la trama y se de apertura a los arcos de otros personajes, alcanzarán entre las 10 mil o 12 mil palabras, como acostumbro.
Este capítulo, por ejemplo, tenía un total de 11 mil palabras, pero decidí dividirlo en dos porque se me hizo excesivo para apenas estar iniciando.
¡Nos leemos próximamente!
Este fic será actualizado cada 2 semanas, a menos que me sea posible hacerlo antes.
¡Besos!
Los personajes de Naruto no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
