Fanfic para la ShortakiWeek 2024

(sí, otro fanfic de 8 capítulos)


Chapter 1: La reina del baile


–Vamos, viejo – insistía Gerald, mientras presionaba los botones del mando, atento a la pantalla del televisor que mostraba la pista de carreras por la que guiaba el vehículo de su personaje –. Será divertido – insistió.

–No lo sé – contestó Arnold, igual de concentrado.

Pasaron la meta y la música cambió el ritmo. Última vuelta. Competían por los primeros lugares, dejando atrás a los personajes controlados por la computadora, pero eso no les aseguraba la victoria.

–Amigo, han pasado TRES meses, ya es hora de que sigas adelante

–Mi ex no tiene nada que ver – se quejó rodando los ojos –. Sabes que tengo bastante trabajo... y además...

–A tu abuela le encantará que salgas a divertirte

–¿Y si pasa algo?

–No pasará nada porque estés afuera un día

Ambos cruzaron la meta, terminando la carrera. Gerald dejó el mando a un lado y bebió su cerveza hasta la última gota.

–Entiendo si no quieres verlos – añadió, mirando las gotas deslizarse sobre el logo –, pero al menos yo extraño a la pandilla y esta reunión es una buena excusa para reunirnos

Se levantó y agitó la lata vacía frente al rubio.

–Voy por otra ¿quieres?

su amigo asintió.

–Gracias

Arnold se acomodó en el sillón y miró el diploma de la escuela que su abuelo colgó en la sala, junto a las fotos del día que lo recibió. No podía decir que hubiera pensado mucho en quienes se graduaron con él. Algunos todavía vivían en el barrio y se los topaba a menudo, pero de la mayoría se enteraba de sus vidas por la red social de moda. Ahí subían todo lo que hacían: vacaciones, estudios, empleos, relaciones amorosas...

Sabía que todo eso no era más que una máscara digital, una mentira. El mismo apenas compartía una que otra fotografía de los animales que quedaban en su hogar, algún intento de reflexión pseudo intelectual junto con fotografías del cielo que tomaba desde su habitación o de la azotea; y uno que otro post sobre lo bien que se lo pasaba en el club de jazz cada dos semanas. Se negaba a compartir detalles más íntimos... sus abuelos... su hogar... sus fracasos sentimentales... eso quedaba para quienes de verdad importaban.

Su mejor amigo regresó con dos latas de cerveza fría, se sentó junto a él y mientras las abrían escucharon, primero en un teléfono y casi al instante en el otro, una nueva notificación. Intercambiaron una mirada y al mismo tiempo sacaron los aparatos de sus bolsillos y encendieron las pantallas.

Gerald lo miró con una sonrisa triunfal.

–¿Seguro de que no quieres ir? – dijo.

Arnold bebió un trago sin dejar de mirar la miniatura junto al nombre de quien fuera su mejor amiga durante toda la preparatoria.

Si extrañaba a alguien definitivamente era a ella.

–Supongo que iré – concluyó.

Hicieron un brindis entre risas y empezaron otra carrera.

Gerald se marchó en cuanto comenzó a anochecer y Arnold preparó una cena sencilla.

Eran días tranquilos en La casa de Huéspedes, la mayoría de los inquilinos estaban en la playa, de vacaciones, así que la casa se sentía enorme y vacía.

Subió a la habitación de sus abuelos cargando una bandeja con tres platos de comida.

–Hora de cenar – dijo al entrar.

Su abuela no apartó la vista de la ventana, mientras el chico acercaba una mesita y un par de sillas para cenar junto a ella y Nancy, la enfermera.

La mujer, con poco más de cuarenta años, era de carácter dulce, pero firme y trabajaba de forma organizada y dedicada. Resultó ser una bendición cuando el joven entendió que necesitaba ayuda profesional para cuidar a su abuela.

Después que ella le confirmara que todo estaba en orden, Arnold le comentó sobre la reunión y ella aseguró con una sonrisa maternal que no era problema quedarse durante todo el día, incluso antes que él mencionara que pensaba pagarle el doble.

Cuando su abuela se durmió, el chico fue a su habitación y se recostó revisando su teléfono. Deslizó las publicaciones del evento hasta una donde Sheena comentaba que lo normal era hacer reuniones a los 10 años, pero Rhonda respondió que eso era del siglo pasado y que lo mejor era hacer reuniones cada cinco años para no perder el contacto. Además, como el último negocio de su padre fue un éxito, ella se haría cargo de todos los gastos en esa ocasión.

Cinco años... era poco tiempo desde la graduación y a la vez... había pasado por tanto.

Pinchó en la publicación fijada donde Rhonda actualizaba la información y leyó:

Confirmados:

-Rhonda

-Nadine

-Tadeo

-Gerald

-Sheena

-Eugene

-Harold

-Stinky

-Sid

-Peapod

-Iggy

-Park

-Lorenzo

-Lila

...

Lila Sawyer.

La chica más guapa de toda la escuela, la única capaz de opacar a Rhonda con sus elecciones de moda, gracias a su intuición para combinar colores, su hábil selección de telas y diseños, su cándida sencillez y su elegante forma de moverse.

Arnold sabía que Rhonda en el fondo no quería invitarla, pero no podía organizar una reunión de su generación sin la reina del baile ¿no?

De todas las personas de su antigua clase, era la más hermética con su vida. Apenas subía actualizaciones y estaba tan ocupada que casi no contestaba mensajes, aunque siempre agradecía los saludos de cumpleaños y jamás olvidaba saludar a los demás. De hecho si miraba la fotografía en su perfil, seguía siendo la misma desde hacía tres años. ¿Estaría muy cambiada?

Lila fue una gran amiga y confidente durante toda su adolescencia. Estuvo junto a él con cada enamoramiento, por pueril o insignificante que fuera y lo consoló tras cada corazón roto. Lo apoyaba en sus locos proyectos, animándolo y en todos esos años era a quién recurría por consejos sobre chicas, citas y regalos. Estudiaban juntos, se acompañaban en distintas actividades, reían y lloraban.

Ambos creían que su amistad seguiría así cuando empezaron la universidad. Luego de ayudarla a mudarse a los dormitorios, la visitaba con frecuencia, pero tras unos meses la exigencia de los estudios, los dejó sin tiempo y su amistad se limitó a enviarse mensajes de vez en cuando.

Con la popularidad de cierta red social, ella lo llamó, se reunieron y él le ayudó a crear su perfil y fue el primer amigo que agregó. Eso ayudó a que volvieran a hablar con frecuencia.

Sabía que ahora estaba terminando su certificación como maestra de primaria, tenía un trabajo decente y compartía un piso al que se había mudado hacía unos meses.

Estaba emocionado por verla otra vez.

Los días que siguieron, varias personas comentaron con interés y emoción las actividades que realizarían. El lugar elegido era un salón con estacionamiento privado y una enorme piscina. Por supuesto que la comida también estaba pensada, un buffet y barra libre.

Rhonda planificó todo pensando en que fuera memorable.


El día previo al evento Nadine llamó a Gerald buscando ayuda. La banda que había contratado canceló y Rhonda se estaba volviendo loca.

–No creo que les agrade mi música – dijo el rubio, nervioso, cuando su amigo llegó a su casa para hablar sobre el tema.

Gerald se frotó la cien con sus dedos y tomó un gran respiro.

–Rhonda pagará

–Es nuestra amiga, no podría cobrarle...

–Viejo, está podrida en dinero y tú necesitas ese ingreso extra. Solo será una hora durante la tarde ¿Qué dices?

–Pero ella contrató profesionales...

–Amigo, llevas más de diez años tocando y siempre llenas el club

–Es solo una coincidencia

–Es momento de que alguien más reconozca tu talento, así que llama a los chicos para saber si tienen tiempo, mientras yo negocio con Rhonda

Arnold rodó los ojos, pero en cuanto Gerald lo miró con el ceño fruncido, obedeció.


La mañana siguiente estaban cargando el bajo en su estuche y el amplificador en el maletero del auto de Gerald.

–Gracias por recogerme – dijo Arnold al subir al asiento de atrás – ¿Te quedarás en la reunión, Phoebe?

–Afirmativo – contestó la chica –. La invitación decía que las parejas eran bienvenidas. Además, no he compartido con la mayoría desde que terminamos la primaria, será agradable verlos ahí

Aunque sus amigos empezaron a salir en sexto grado, cuando Phoebe se cambió a una escuela privada para cursar la secundaria, tenía tantas responsabilidades y actividades, que apenas le daba tiempo para ver a Gerald, así que por el bien de ambos, decidieron terminar su relación. Nunca perdieron el contacto, cada cierto tiempo se escribían largos correos electrónicos y luego vinieron los mensajes de texto cuando Gerald compró su primer celular.

Ambos salieron con otras personas, pero en tercer año de preparatoria decidieron volver a intentarlo y desde entonces eran inseparables.

Arnold admiraba su relación y a veces se preguntaba si algún día conocería a alguien con quién tuviera algo tan solo la mitad de agradable.


En la entrada del lugar un cuidador verificó los nombres de los chicos en la lista y les indicó donde estacionar. Había tres vehículos más en ese instante, uno de ellos con el mismo logo que vieron en la entrada, así que probablemente era de los empleados.

Caminaron por un pasillo abierto y techado, hasta la entrada del salón. Mirando hacia la izquierda, un pasillo que llevaba a los baños, un muro, la barra y la cocina desde la cual asomaban las bandejas de lo que sería el buffet. Al fondo un enorme ventanal daba acceso a la piscina, donde ya había algunas personas. A la derecha del ventanal un escenario, al fondo del cual había un telón. Frente al escenario y lo largo de todo el costado derecho del salón se ubicaban varias mesas circulares con sus respectivas sillas, más que suficientes para todos los invitados.

Phoebe se adelantó hacia la terraza, mientras los chicos pasaban a la barra.

Stinky, Sid y Harold jugaban con un balón en la piscina.

Patty estaba recostada en una silla, tomando el sol, llevaba lentes y un enorme sombrero. Las manchas de bloqueador se notaban aquí y allá en sus brazos y piernas. Había dejado caer sus sandalias y en su mano sostenía lo que parecía ser una piña colada.

Junto a ella, en otra silla, pero completamente a la sombra, estaba Sheena. Llevaba una falda larguísima y un top tejido de macramé. Su cabello era más largo y lucía algunas trenzas decoradas con pequeñas piedritas. Charlaba contenta con Eugene, quien estaba sentado al borde de la piscina. Seguía siendo bajito, con su cabello rojo lleno de rulos. Llevaba solo su traje de baño y un pañuelo en el cuello. Junto a él, aplicándole bloqueador en el rostro, un guapo chico un poco más alto que él, de cabello rubio y ojos claros. Debía ser su novio.

Arnold y Gerald se unieron al grupo después de conseguir algo de beber. Phoebe acababa de acercarse a saludar a Nadine y Rhonda.

La anfitriona se levantó de su silla para saludar a los chicos, acercándose con un caminar digno de pasarela. No por nada era una de las más exitosas asesoras de moda en ese lado del país. Llevaba un bikini de color rojo y encima una bata blanca translúcida, atada de tal modo que destacaba su figura. A pesar de ser bastante alta, eligió sandalias con una enorme plataforma. Llevaba una manicure recién hecha en las manos y en los pies, también de un rojo intenso, lucía un maquillaje natural y un cabello bien cuidado. Era obvio que no se metería al agua para arruinar su imagen, pero quería encajar con el ambiente.

–¡Arnold! ¡Gerald! ¡Qué gusto verlos! – dijo, acercándose a saludar con un beso en cada mejilla – Muac, muac...

Desde la secundaria que tenía ese hábito.

–Como siempre, te llevas el premio al mejor atuendo – dijo Gerald.

–Oh ¿esto? Solo me puse lo primero que encontré

Los chicos intercambiaron una mirada de "sí claro", mientras Nadine cubría su rostro con su mano.

Gerald le entregó un vaso a Phoebe y se sentó junto a ella, abrazándola por la cintura.

–Rhonda, ¿hay algún lugar donde pueda dejar mis cosas? Me preocupa que el calor les afecte más tarde – dijo Arnold.

–Ah, sí, acompáñame

Mientras le enseñaba una pequeña bodega en el pasillo que daba a los baños, comentó sobre la suerte que tuvo de reservar ese lugar, ya que en esa época siempre estaba ocupado, que era fantástico para pasar el día o un fin de semana y que sería difícil superar esto en la reunión de diez años...

El chico sonreía incómodo. A ella le encantaba hablar de dinero, gastos, costos y luego minimizar todo, porque de todos modos para ella no era un problema.

Respiró aliviado cuando Rhonda se disculpó para ir a recibir a Iggy.


Casi una hora más tarde anunciaron que el buffet se abría y Harold fue el primero en entrar a llenar su plato. Los demás ingresaron al salón con calma y se distribuyeron entre las mesas por afinidad, tomando turnos para ir por comida y no abarrotar el área.

Sonaba música tranquila y en el telón sobre el escenario se proyectaba una presentación con fotografías de sus años de preparatoria, algunas sacadas de redes sociales, otras de los anuarios. De vez en cuando alguien comentaba una anécdota y varios reían, otras veces alguien interrumpía, intentando evitar un recuerdo humillante, pero la mayoría ya había captado la situación y volvían a reír. Un par de lágrimas por aquí y por allá por alguna situación emotiva, comentarios sobre algún maestro o maestra que recordaran particularmente, ya sea con afecto o con desprecio... tantas experiencias compartidas.

Los músicos que acompañarían a Arnold llegaron cuando la mayoría comía postre. El chico salió a recibirlos y confirmó con el cuidador sus nombres. Luego de bajar las cosas de la furgoneta se instalaron en el escenario. Tras verificar que todo estaba en orden, le confirmó a la anfitriona con un pulgar arriba y Rhonda subió al escenario para tomar el micrófono.

–Amigos, por favor, pongan atención... sí, sí, muchas gracias – comenzó –. Ante todo, les agradezco a todos por venir a compartir en esta ocasión tan especial. Como saben, nuestro querido amigo Arnold es un talentoso músico, así que el día de hoy él y sus amigos nos deleitarán con un show en vivo. Por favor, recíbanlos con un caluroso aplauso – concluyó, para luego bajar con la ayuda de Nadine.

Los chicos en el escenario intercambiaron una mirada y comenzaron a improvisar. Jugaban con los sonidos: el bajo, el teclado, el clarinete y el saxofón alternaban las armonías y notas para que cada uno tuviera protagonismo.

La mayoría de los invitados observaban impresionados. Algunos movían los pies, daban golpecitos con sus dedos en la mesa o se balanceaban al ritmo de la música.

Tras unos veinte minutos de eso, tomaron un descanso y los aplausos se elevaron.

Arnold dejó su bajo a un lado y se acercó al micrófono.

–Gracias Rhonda por permitirnos tocar hoy... y gracias a todos por la gran recepción

Más aplausos y gritos de vitoreo.

El chico esperó que se calmaran, mientras bebía un poco de agua. Luego presentó a cada uno de los músicos y comentó que tocarían algunos clásicos. También, un poco como venganza, le dijo a Gerald que subiera al escenario para cantar un blues, a lo que su amigo accedió empujado por Phoebe.

–Me las pagarás – susurró Gerald.

–Oh, no, ahora estamos a mano – contestó Arnold.

Tomó su bajo y le indicó a sus amigos de qué canción se trataba, como habían acordado.

Al voltear hacia el público notó que Lila acababa de entrar al salón, llevaba un precioso vestido veraniego, ligero, de tonos turquesa. Su largo cabello caía suelto, en ondas. Ella lo saludó moviendo su mano con entusiasmo y él le sonrió.

Gerald también la vio.

–Señorita Lila Sawyer – dijo en el micrófono y todos voltearon a verla –, bienvenida, llega justo a tiempo para el acto principal – dijo, bromeando –. Por favor, tome asiento y disfrute de la música

La chica, entre risas, atravesó el salón con la ligereza de una mariposa, hasta la mesa más cercana al escenario y sentó junto a Phoebe, que ya le había hecho señas.

La chica de lentes tenía muchos buenos recuerdos de la mejor amiga del mejor amigo de su novio. Se llevaban bien, visitaron muchos lugares, compartieron en varias fiestas, salidas de compras y encuentros en actividades deportivas de los chicos.

Los chicos contaron hasta tres, la música sonó y la hermosa y profunda voz de Gerald impresionó a todos. Cuando terminó, extendiendo una nota que se apagó poco a poco, recibió varios aplausos y luego de un par de reverencias, bajó del escenario.

Otra vez el jazz inundó el lugar.

Phoebe recibió a su novio en la mesa con un dulce beso en los labios.

–Cantas muy bien – dijo Lila.

–Gracias, es uno de mis múltiples talentos – contestó Gerald – y uno de los pocos que puedo enseñar en público

–¡Gerald! – Phoebe reía, divertida y avergonzada a la vez.

Lila se negó a comer, comentando que todavía no tenía hambre, les pidió que le guardaran el lugar y fue a saludar a los demás, rodeando cada mesa y abrazando a cada persona, incluso a Rhonda.

En el escenario, Arnold se dejó llevar por esa década de práctica diaria y su memoria muscular hizo casi todo el trabajo. No estaba nervioso, ya había superado eso con más de dos docenas de presentaciones en vivo. Tocar el bajo era de las cosas que más disfrutaba y en las que se sentía confiado.

Al terminar su presentación, más aplausos.

Arnold agradeció en el micrófono, repitió los nombres de sus amigos, comentó que podían llamarlos para otros eventos y agradeció a Rhonda la invitación.

Otra vez música suave sonaba, mientras los chicos bajaban del escenario y llevaban los instrumentos y equipos a la furgoneta. En el estacionamiento había un fuerte olor a cigarros baratos y se preguntaba de dónde venía, pero Rhonda los alcanzó, distrayéndolo.

–Chicos, su show fue maravilloso – dijo –. Les agradezco que nos hayan ayudado de última hora...

–No fue nada, señorita – dijo el tecladista, inclinando su rostro ligeramente.

–Aquí está lo que acordamos – añadió, entregándoles un sobre con el efectivo.

Uno de los chicos lo contó y separó la parte de cada uno.

–Todo en orden – dijo.

–De haber sabido antes que Arnold conocía músicos tan buenos, los habría contratado en primer lugar – luego volteó hacia el rubio – ¡No deberías mantener estas cosas en secreto!

–L-lo siento – contestó él, rascando su cabeza.

Sus amigos rieron y le aseguraron a la chica que les encantaría volver a tocar para ella.

–Y también – dijo el saxofonista, acercándose mucho a Rhonda –, puedo hacer shows... privados – concluyó, ofreciéndole la tarjeta mientras le guiñaba un ojo.

La chica recibió el cartón con una risa nerviosa, mientras Arnold tomaba a su amigo por los hombros y lo apartaba de ella.

–Compórtate – le dijo, empujándolo hacia el interior de la furgoneta, mientras los otros reían.

Los demás también subieron y se despidieron alejándose por el camino.

–Gracias por tu ayuda – dijo Rhonda, besándolo en la mejilla.

–No fue nada – contestó Arnold, echando un vistazo rápido, antes de seguirla de regreso al salón.

Lila lo detuvo en la entrada y lo abrazó en entusiasmo.

–Vaya, Arnold, eso fue impresionante – dijo ella –. Has mejorado mucho desde que terminamos la escuela – añadió.

–Gracias – contestó el chico con un suave rubor en sus mejillas –. Me alegra que llegaras a tiempo para ver nuestra presentación – añadió.

–Sí, lamento la demora, tuvimos un problema con el vehículo que rentamos

–¿Tuvimos? ¿Con quién viniste? ¿Al fin nos presentarás a alguien? – dijo, entrecerrando los ojos con una sonrisa y dándole suaves golpecitos con su codo, molestándola.

–De hecho... ahí viene – contestó la chica.

Unos pasos pesados resonaron tras él al mismo tiempo que ese aroma a cigarros se colaba por su nariz.

–Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, cabeza de balón


Notes:


Day 1: Jazz – Blacktop – Sugar
Día 1: Jazz – Asfalto – Azúcar


Chapter 2: Reconexión


Si Arnold hubiera visto a los demás antes de voltear, habría notado que compartían el impacto y la sorpresa en sus miradas, al punto que incluso Harold dejó de comer y miraba hacia la entrada con la boca abierta.

–H-hola, Helga – logró decir Arnold con una sonrisa incómoda.

Sus ojos estaban a la altura de la nariz de la chica. ¿EN SERIO? Después de pasar toda la adolescencia haciendo ejercicio con la esperanza de crecer, Helga Pataki seguía siendo más alta que él. Y en el instante en que ella medio sonrió supo que también lo había notado.

–Veo que sigues siendo un camarón – soltó la chica de forma casual.

Lucía una coleta alta, sujetando un larguísimo cabello todavía rubio. Vestía una chaqueta de mezclilla sobre una camiseta con el logo de una banda de rock, pantalones de mezclilla y botas militares.

–¿Otra vez estuviste fumando? – se quejó Lila, al acercarse a ella –. Detesto esa cosa

–Lo siento, sabes que me estresa manejar tantas horas – contestó, con lo que parecía una disculpa sincera.

Los zapatos de Rhonda resonaron mientras atravesaba el salón, hasta que se detuvieron frente a las chicas. Justo detrás de ella iba Nadine.

Arnold miró a la anfitriona con preocupación. La tensión entre ella y la rubia se sentía en el aire.

–Guau, Helga, no puedo creerlo ¿en verdad eres tú? – dijo Rhonda –. Dijeron que te enviaron a la correccional y luego a la cárcel... y parece que así fue, luces como una delincuente

Arnold rodó los ojos. También le sorprendía que Helga estuviera ahí. Ella dejó la Escuela Pública 118 en quinto grado sin aviso ni despedidas, simplemente un día no llegó a clases y luego se enteraron que su familia se había mudado.

Pero incluso Rhonda sabía que el rumor sobre la correccional era falso. Cuando Gerald volvió a salir con Phoebe, ella les comentó que estudiaban en la misma preparatoria, aunque en clases distintas. Seguían siendo amigas y pasaban el rato en los descansos o estudiando, pero tenían distintos círculos para el almuerzo y ya no se veían fuera de la escuela.

–También me encanta verte, princesa – contestó Helga con aire desafiante.

–Bueno, tal vez no lo sepas, pero esta es una reunión exclusiva y ya que no te graduaste con nuestro grupo... no estás invitada

–Pero la invitación decía que podíamos traer compañía – mencionó Lila, mientras revisaba su teléfono para corroborar.

–Ya me registraron – añadió Helga, echando un vistazo alrededor –. Y veo que Phoebe y Patty están aquí

–Supe que se llevaban bien, pero no quise dar crédito al rumor de que eran compañeras de cuarto...

–¿Compañeras de cuarto? – interrumpió Helga, riendo – Tendrás que revisar tus fuentes, Lloyd

–Es suficiente. Gracias por traer a Lila, pero debes irte, vuelve por ella más tarde – añadió, moviendo su mano como si echara a un perro.

–Lamento la confusión – añadió Lila –. Sí, aquí está – dijo leyendo su teléfono antes de volver a mirara a Rhonda con aire desafiante–. Dice que las parejas son bienvenidas

–¿Pa...reja? – masculló Rhonda – ¿Quiere decir...?

–No pensé que tuviera que aclarar algo tan obvio. Es cierto que Helga y yo vivimos juntas, porque somos novias – concluyó con una sonrisa.

Arnold tuvo que hacer un esfuerzo consciente por cerrar la boca y agradeció que los músculos sujetaran su mandíbula, o habría terminado en el piso. ¿Era en serio? Lila Sawyer, la persona más dulce y amable del universo, una mujer graciosa, elocuente, empática... la misma que en más de una ocasión lo rechazó porque no le "gustaba-gustaba, solo le gustaba" y que eventualmente se convirtió en su mejor amiga y confidente... de todas las personas que pudo elegir, ¿salía con Helga G. Pataki? ¿La mandona, abusiva, grosera y desagradable tirana de primaria que mantenía a todos a raya con su agresividad? La misma chica que dedicó años a atormentarlo como si fuera su única misión en la vida. Esto... tenía que ser una broma.

–No-lo-creo– dijo Rhonda –¡NO LO CREO! ¿Quieres decir que Helga y tú...?

La rubia abrazó a su novia por los hombros y besó su frente.

–Exacto, Lloyd. Tu invitación decía que las parejas eran permitidas... y ya que veo al novio de Eugene en la piscina, supongo que eres lo suficientemente tolerante para aceptar otra pareja... digamos – giró la mano –, menos tradicional, en tu fiesta... ¿o ya cumpliste la cuota de inclusión?

–En ese caso, no es problema, me disculpo, son bienvenidas – dijo Rhonda, apretando los puños entre avergonzada y molesta –. Si tienen hambre, el buffet está por allá pueden ver la barra libre. Espero que sea de su agrado

–También pueden usar la piscina, hay toallas extra afuera – aclaró Nadine –. La reserva es hasta mañana por la mañana, así que pueden quedarse toda la noche si prefieren viajar de día...

–Gracias chicas – dijo Lila con una sonrisa conciliadora –. Rhonda, se ve que hiciste un gran esfuerzo para que esta reunión fuera maravillosa, será difícil superarlo la próxima vez

–Sí, gracias – dijo Rhonda, incómoda –. Nadine, vamos a revisar que esté todo en orden con el sonido – dijo.

Su amiga asintió y la siguió.

–Iré por algo de comer – anunció Helga, encaminándose hacia el buffet.

–Te alcanzo en un segundo – dijo Lila luego miró a sus amigos. –. Sé que no se llevaban bien, pero fui yo quien le insistió que viniera y les agradecería que fueran amables ¿sí?

Arnold observó a su amiga encaminarse al buffet al mismo tiempo que de reojo notó que Phoebe y Gerald se acercaban a él.

–¿Sabías... algo al respecto? – dijo el rubio sin rodeos, mirando a la chica.

–No tenía idea – aclaró Phoebe –. No he hablado con Helga desde... la discusión que tuvimos antes de graduarnos...

–Viejo, volvamos a la mesa – dijo Gerald.

Arnold asintió.


Lila miraba con entusiasmo el buffet, mientras Helga llenaba un plato con todo lo que podía encontrar.

–Hay muchas opciones – comentó la pelirroja – ¿Puedes elegir algo para mi? Iré por algo de beber

–Como quieras – contestó Helga, mientras probaba un bocado de lo que parecía un bollo relleno.


Después de pedir en la barra, Lila se instaló en la mesa con Phoebe y los chicos. Pero Stinky y Sid se acercaron.

–¿Estás bien, Lila? – preguntó Stinky.

–Claro que sí, ¿por qué lo preguntan? – contestó ella, ladeando su rostro.

–¿No estás bajo amenaza? ¿Secuestro? – murmuró Sid –. Podemos sacarte de aquí

–¿De qué hablan?

–Tal vez le debes dinero a alguna mafia y Helga vino a vigilar que no escapes... o tal vez...

Lila rompió a reír, con dulzura.

–Helga en verdad me gusta-gusta, no hay nada de qué preocuparse, lo último que haría sería lastimarme – explicó.

Stinky y Sid intercambiaron una mirada, el más bajito sacó su teléfono y escribió un mensaje que le enseñó.

pestañea tres veces si no puedes hablar

Lila leyó confundida y luego entrecerró los ojos mirándolos fijamente.

–Chicos, ya basta – dijo Gerald.

Sid guardó su teléfono y ambos se alejaron murmurando.

Lila bajó la mirada, jugando con el popote en su vaso.

–Ellos dos nunca cambiaran – murmuró con una sonrisa.

–¿Hace cuánto estás con Pataki? – preguntó Gerald sin rodeos.

Lila hizo un gesto de pensarlo mientras probaba su trago.

–Pronto celebraremos nuestro vigésimo mes... sé que es una tontería, pero a mí me gusta – contestó con aire dulce – ¿Y cómo les ha ido a ustedes? Arnold me comentó que están viviendo juntos – añadió casualmente.

–Oh, bueno, ha sido fantástico – dijo Gerald.

–Fue solo un paso natural después de pasar semanas enteras uno en la casa del otro, ¿no es cierto? – añadió Phoebe.

–¿Y qué tal van tus estudios? Escuché que eres asistente para un profesor de renombre – continuó Lila.

Phoebe ajustó sus lentes y le comentó con entusiasmo sobre las investigaciones que estaba realizando.

En eso Gerald vació su botella y aprovechó la excusa para llevar a Arnold a la barra.

–¿Estás bien, viejo? – murmuró.

–Sí, solo estoy sorprendido, aunque creo que no soy el único

–Ni que lo digas

–Pero quizá... tiene sentido, Helga nunca fue muy femenina, digo, siempre quería competir con los chicos y jugar cosas rudas y Rhonda siempre la excluía de sus fiestas, quizá siempre le gustaron las chicas...

–¿Y qué hay de Lila?

–Rechazó a la mitad de los chicos de la escuela y siempre creí que esperaba un príncipe azul, pero...

–Solo quería una princesa guerrera

–¡Gerald!

Los dos rieron, por lo bajo.

–Suena... como una locura

Entonces desviaron su atención.


–Tú ya comiste – decía Helga, sujetando un plato con firmeza.

–¡Pero tengo hambre! – respondía Harold, sujetando el mismo plato del otro lado.

–Pues busca algo más, esto es para mi chica – añadió, mostrando los dientes.

Lila escuchó el escándalo y se acercó al buffet.

–¿Qué pasa? – dijo.

–Este animal quiere robarse tu comida – explicó.

–¡Es de quien la vea! – se quejó Harold.

–Ya está en en plato – insistió Helga.

Lila la observó.

–Oh... eso... – suspiró y con tono meloso explicó – es mi comida favorita, pero podemos compartirla si quieres ¿te parece bien?

El chico miró a Lila.

–Oh, lo siento mucho, es el último, puedes tenerlo – luego miró las otras bandejas y llenó un plato con patatas y costillas antes de alejarse.

–Criminal – se quejó Helga, con sus dedos en la frente.

–Helga, no hace falta que te pongas así – dijo Lila.

–Alguien debía ponerlo en su lugar, intentó sacarlo pensando que estaba distraída

–Sé que no te agradan, pero en verdad quería verlos. Tengo muy buenos recuerdos de mis días como estudiante... y en serio les tengo aprecio. Y aunque los hayas atormentado, sé que si los dejaras ver la maravillosa persona que eres, podrían llevarse bien

Helga medio sonrió, sujetó su mentón y le dio un suave beso en los labios.

–No me interesa que nadie vea algo bueno en mí, contigo me basta, preciosa

Lila se sonrojó.

–Por favor, Helga. ¿Puedes intentar llevarte bien con los demás? – dijo con una mirada de ruego – ¿Por mí?

Helga asintió, sonrojada.

–Si me lo pides así, no puedo negarme

–Gracias

–Nada de gracias – susurró en su oído –, sabes que detesto hacer favores

–Entonces... te lo compensaré en casa

–Hecho

Se sonrieron con complicidad, luego Lila tomó el plato que Helga eligió para ella y ambas fueron a sentarse otra vez con Phoebe.

–¿Qué tal va la vida, Pheebs? – preguntó la rubia – Veo que sigues con Geraldo

–Sí, ahora vivimos juntos. Las cosas van bien, tenemos nuestras rutinas y vivir juntos solo ha mejorado las cosas – resumió más por cortesía que por querer realmente hablar con ella.

–Felicidades

–Gracias

Helga esperó que Phoebe tomara un sorbo de su trago.

–¿Hay fecha para la boda? – bromeó, arqueando la ceja.

Como esperaba, casi se ahoga.

–¡Helga! – la regañó Lila – Phoebe, lo siento, sabes que Helga...

–De hecho... he pensado en ser yo quien le pida matrimonio a Gerald – aclaró la chica de lentes, sonrojada.

–Muy moderno, impresionante. Suerte con eso – dijo Helga.

Phoebe bajó la mirada, tratando de tranquilizarse. Bebió un poco más para darse valor y volvió a mirar a las chicas, que compartían la comida.

–¿Y cómo fue que ustedes... se reencontraron? ¿Y qué pasó? ¿Cómo fue que empezaron a salir?

Las aludidas intercambiaron una mirada.

–Técnicamente es culpa de Olga – comentó Helga.

–Cuando todavía no decidía si en verdad quería ser maestra de escuela... – comenzó a explicar Lila – recordé que Olga nos hizo clases y quise saber cómo fue su experiencia. Hablamos por teléfono y ella me invitó a su casa para conversar con calma después del trabajo...

–Entonces me explotaba como niñera – se quejó Helga.

–Helga, vivías con tu hermana – aclaró Lila, entrecerrando los ojos.

–¿Y qué? Pagaba mi parte de los gastos, no tenía porqué cuidar gratis a mi sobrino

Phoebe asintió con aire comprensivo.

–En fin – continuó Lila –. Cenamos juntas y fue un poco incómodo

–MUY incómodo

–Pero después de mi charla con Olga se hizo tarde y Helga me ofreció llevarme hasta la residencia en el auto. Hablamos más tranquilas y antes de bajar intercambiar números

–Tú me pediste mi número – corrigió Helga.

–Por unos días no supe si se enfadaría si le escribía o la llamaba, pero una semana después Helga me invitó a cenar

–Solo había terminado un trabajo cerca de tu estúpida universidad y me habían regalado dos cajas de pizza – aclaró, evadiendo su mirada.

–Y luego de eso, comenzamos a vernos de vez en cuando. A veces visitaba a Olga y otras veces Helga pasaba a verme entre clases. Y sabía que empezaba a sentir algo por ella, pero no tenía idea si yo le importaba del mismo modo, hasta que una semana particularmente difícil en la facultad, la llamé llorando. Luego de consolarme y asegurarme que todo mejoraría, apareció afuera de la residencia con un litro de mi helado favorito y unas cuantas películas graciosas

–La seguridad casi nos atrapa cuando intentaba colarme a tu habitación – dijo, orgullosa.

–Sí, eso fue divertido

Phoebe las miraba con afecto en ese punto.

–Luego de eso Helga me invitó a un festival... – continuó Lila – y esa noche... mientras todos miraban los fuegos artificiales... me abrazó... y me besó... y fue como si el cielo explotara dentro de mi...

–Oh, cierra la boca – dijo la rubia, sonrojada – Fue un beso torpe, estaba nerviosa... ¿Quién iba a decir que aceptarías?

Las tres chicas rieron.

–Y bueno... tuvimos algunas citas más antes de decidir que oficialmente estábamos juntas. Nos tomó algo de tiempo ahorrar el dinero y encontrar un piso, pero hace unos meses nos mudamos juntas

Phoebe sonreía por verlas así. Nunca imaginó que quien hubiera sido su mejor amiga pudiera llegar a amar a alguien de una forma tan dulce. No estaba equivocada cuando, siendo niñas, le dijo que había muchos otros alimentos además del mantecado. Y aunque no era eso a lo que se refería en ese entonces, estaba contenta por ella.

Lila se disculpó después de comer, pidió otro trago y fue a beber con Eugene y Sheena, recordando sus años en el club de teatro.

Helga no le quitó la mirada de encima a su novia, pero no tenía un aire protector o receloso, más bien de admiración y afecto.

La mayoría de los chicos jugaban en la piscina, excepto Harold, que esperaba sentado en el borde y dando patadas al agua, mientras Patty y Rhonda le recordaban cada tanto que no había pasado una hora sin comer y podía darle un calambre.

Entre las que fueron mejores amigas alguna vez se mantuvo el silencio, aunque sin hostilidad, era como si ambas evaluaran qué decir. En eso notaron que eran las únicas en el salón.

Afuera, Gerald anunció a gritos una bola de cañón y luego se escuchó un gran splash.

–Me alegra... – dijeron Phoebe y Helga al mismo tiempo, luego intercambiaron una mirada.

–Adelante – dijo Phoebe.

–Tú primero – ofreció Helga.

–Me alegra ver que encontraste a alguien que te hace feliz – contestó Phoebe.

–Lo mismo iba a decir. Quiero decir, sé que estás con Gerald desde... siempre... es mucho mejor que el idiota con que saliste el primer año de preparatoria...

–¡Ey!

–¿Qué? Eras tú quien no dejaba de compararlo con él

–Fui muy inmadura

–De todos modos tenías razón, no le llegaba a los talones

–¡Helga!

–¿Qué? Es un cumplido... bueno, algo así... rayos. Sólo intentaba hacer conversación

Phoebe soltó una carcajada.

–Tú no cambias – dijo sin dejar de reír –. Pero está bien, así... así es como siempre me agradaste

Helga bajó la mirada.

–Creí... que me odiabas – murmuró.

Phoebe tomó aire.

–Helga, nunca te he odiado

–¿Sigues... enfadada conmigo?

–¿Enfadada?

–Por todo lo que dije antes de la graduación

Phoebe negó.

–Por supuesto que no – dijo –. Han pasado años, sería absurdo

–No tienes idea de lo absurda que puede ser la gente

–¿Y tú? ¿Sigues enfadada conmigo?

–No. Yo tuve la culpa, no sería justo

–No, Helga, yo también fui responsable. No debí ser tan idiota con Emma, después de todo era tu novia...

Helga escupió su refresco.

–¿Lo sabías?

Phoebe movió la cabeza de lado a lado.

–Ella me lo dijo antes que empezara la ceremonia – explicó –. Creí que podría disculparme contigo, pero... no llegaste

–¿Qué sentido tenía ir? Terminé con ella después de esa pelea y estaba en malos términos contigo. No había en toda esa escuela ni una otra persona que me importara. Y tampoco había alguien a quien le importara verme ahí, así que la ceremonia no era más que una humillante pérdida de tiempo. Fui por mi diploma un par de días más tarde y ya, no fue la gran cosa

–Helga, lamento lo que ocurrió, no debí actuar así, no te escuché. Estaba tan frustrada... y además... – guardó silencio, al borde de las lágrimas.

–Pheebs, eso ya no importa – dijo, pasándole un par de servilletas –. Ese... fue un mal día para ambas... y ya...

–Gracias – dijo, secando sus ojos y limpiando su nariz.

Ambas bebieron un poco de sus respectivos vasos.

–Ahora que te veo con Lila – continuó Phoebe, más calmada –, varias cosas cobran sentido: tus discusiones con los chicos, tu afán por esconderte y pasar desapercibida, tu actitud, hay tanto que ahora encaja... como si finalmente lograra entender el misterio que eras. Hubo tanto que no sabía de ti ¿Por qué no me lo dijiste?

–Era... algo... que yo misma no entendía bien, no sabía cómo explicarlo... y temía que si te enterabas, pasaran cosas malas... quiero decir, imaginé que podía desagradarte en el mejor de los casos y en el peor... bueno... supongo que recuerdas lo que pasó con Noah

–Lo que le hicieron a Noah fue terrible, al menos pudo trasladarse de escuela antes que empeorara

–Así es

Suspiraron.

–Siento no haber sido un apoyo

–Lo fuiste en cierto modo, gracias a ti no me volví loca en ese lugar

Phoebe medio sonrió, aunque con un toque de tristeza. Las dos permanecieron con la mirada baja unos minutos.

–Pheebs – murmuró Helga de pronto y luego levantó la vista hacia ella –, en serio lamento no haberme acercado en todos estos años

–Yo tampoco lo hice

–Nos hemos perdido de tanto... apenas sé de tu vida, qué haces, dónde trabajas, qué te apasiona y cuáles son tus planes. No... no tengo idea de nada, pero si en verdad no te molesta quién soy ni como soy, me gustaría averiguarlo ¿Crees que podemos volver a ser amigas?

Antes de pensarlo Phoebe había saltado de su silla para abrazar a Helga.

–¡Claro que sí! – dijo.


Desde la piscina Arnold le dio un codazo a Gerald y ambos sonrieron. Parecía que algo se acababa de arreglar entre ellas.

Era un poco extraño ver a Helga siendo afectuosa, incluso si se trataba de Phoebe.

Arnold se dio cuenta de lo mucho que esa imagen distaba de su recuerdo y se preguntó cuánto más habría cambiado, ¿Quién era en realidad esa chica?


Notes:


Day 2: Crimes – Unraveled – Harlequin
Día 2: Crímenes – Desenmarañar – Arlequín


Chapter 3: Ignorance


Notes:


Este capítulo incluye la letra de la canción Ignorance de Paramore.


La reunión se trasladó a la piscina y casi todos estaban en el agua, solo Helga y Rhonda se quedaron fuera, mirando desde esquinas opuestas, como si ambas sospecharan que ante cualquier descuido la otra se las arreglaría para hacerla caer.

La temperatura descendió al ponerse el sol y comenzaron a salir para secarse y cambiarse.

Arnold y Gerald se sentaron en el borde, esperando que Phoebe decidiera salir.

A un costado, duchas al aire libre con agua tibia permitían quitarse el cloro antes de salir de la zona de la piscina. Helga esperó con paciencia a su novia y cuando estuvo lista la envolvió en una toalla, luego se sentaron en una de las sillas exteriores, donde Helga había dejado un par de botellas de agua y mientras Lila se hidrataba, peinó con cuidado su cabello.

Cuando Phoebe y Gerald fueron al auto para cambiarse, Arnold miró alrededor y notó con sorpresa la actitud de las chicas. Nunca imaginó que alguien como Helga pudiera ser tan preocupada y afectuosa. Y Lila parecía en serio contenta y relajada, aunque también podía ser que se hubiera pasado de copas, porque no había dejado de beber desde que llegó.

Helga de pronto volteó hacia él y Arnold evadió su mirada. Ahora que se desocupaban las duchas era buen momento para aprovechar de quitarse el cloro del cabello o algo, lo que fuera, para evadir la incomodidad, porque podía ser que Helga hubiera cambiado, pero no tenía idea de si era celosa y si algo temía era hacerla enfadar si llegaba a pensar que estaba mirando a Lila.

Cuando Arnold se alejó de las duchas, las chicas ya no estaban. Fue al baño para cambiarse y al regresar al salón notó que el personal quitó las mesas, dejando al fondo un par de éstas con algunas sillas. Las luces cálidas fueron reemplazadas por luces giratorias de colores, la música sonaba fuerte y la mayoría aprovechaba la pista de baile. Gerald y Phoebe entre ellos.

Arnold pasó a la barra y luego fue a sentarse. Se sentía cansado por las horas que pasó en la piscina, a pleno sol... y quizá debió escuchar a Phoebe y retocar el bloqueador.

Lila regresó usando su vestido y él le Lanzaba una que otra mirada, ¿Cómo evitarlo? Su risa y sus movimientos llamaban la atención, su energía y alegría atraía las miradas, pero no era consciente de que casi al instante sus ojos iban hacia Helga, que tonteaba, bromeando y en ese punto del evento se había integrado al grupo como si fuera amiga de todo el mundo.

–Míralas – dijo Rhonda, dejándose caer en el asiento junto a él –, acaparando toooodaaaaaa la atencioooooooón – añadió.

Arnold notó que también se había cambiado por un vestido.

Ella sorbió un poco de su té helado estilo Long Island y continuó.

–Quiero decir, esperaba eso de Lila, siempre actuando tan linda... tan amable... – volvió a beber hasta que su vaso quedó casi vacío – La chica perfecta... pero ¿Helga? ¿Qué le ven? Tiene lenguaje de camionero y todos esos... gestos obscenos, no sé qué puede ser tan gracioso. Tal vez lo era en primaria, pero ahora solo es un espectáculo grotesco

Arnold miró a Rhonda y volvió a mirar a Helga. Tenía razón en parte, sí, era gracioso cuando eran niños y habría sido penoso que siguiera igual, pero él no vio nada de eso en toda la tarde.

–¿Podría ser que sientas... celos? – insinuó el chico, a punto de reír y cuando vio el horror y la vergüenza en el rostro de Rhonda se retractó –. No, alguien tan elegante como tú no podría estar celosa por algo así de infantil...

–Claro que no – descartó ella con desprecio

Ambos voltearon al escuchar las risas. Helga parecía estar contando una historia con sus características expresiones exagerada.

–Algunas personas no nacen para tener clase – añadió Rhonda al notar cómo sacaba la lengua.

–Supongo que no – la secundó Arnold en broma, ahogando la risa.

Luego de unos segundos la chica levantó su vaso mirando hacia la barra. El chico del bar asintió y comenzó a preparar otro igual.

–Arnold, ¿serías tan amable de ir por mi vaso? – pidió con un tono innecesariamente meloso.

El chico miró la barra, luego a Rhonda y finalmente su cerveza. Bebió lo que quedaba y se acercó a la barra levantando la botella vacía para que le tuvieran una preparada. Tomó las cosas del mostrador y regresó junto a Rhonda. Ambos bebieron, atentos a la pista. Esta vez Rhonda comenzó a criticar la elección de vestuario de Sheena, destacando que ya no eran los 60 y que eso definitivamente no estaba de moda. Luego siguió el turno del novio de Eugene... ¿acaso se creía un galán de principios de los noventa? ¿Y Sid? Por favor... esas botas dejaron de estar de moda antes que naciera...

Arnold la escuchaba a medias. No tenía ánimo de unirse al baile, pero tampoco quería dejarla hablando sola. Al rato vio a Helga llevar a Phoebe hacia la piscina, pero tras cruzar el ventanal se perdieron de su vista. Segundos después Gerald las siguió. Seguro de que pasaba algo, estaba a punto de ir, cuando Rhonda le sujetó el brazo.

–Pero tú de algún modo tienes un estilo... único... sencillo, sin cosas costosas... pero tan en onda... – decía.

Una canción que estuvo de moda en su último año de escuela resonó en el salón y en lugar de bailar, comenzaron a cantar entre aplausos, lo que pronto llevó a Curly arriba del escenario, tomando el micrófono para cantar a todo pulmón.


–Respira con calma – decía Helga.

–Estoy bien – contestó su amiga.

–Claro – dijo, rodando los ojos.

–Solo sigo un poco mareada

Gerald se acercó y le entregó una botella de agua a Phoebe.

–Bebé, tienes que hidratarte – dijo.

–Estaré bien... – insistió la chica.

–Lo sé, solo bebe algo de agua, por favor

Ella obedeció, cerrando los ojos y dejando que el aire frío la refrescara.

Helga se levantó y apartó a Gerald.

–¿Puedes manejar? – dijo, preocupada.

–Helga, ¿con quién crees que hablas? Conductor designado, ni una gota de alcohol ha entrado en mi sistema – contestó, orgulloso.

–Llévala a casa

No era una sugerencia.

–¿Crees que sea necesario?

–Creo que no querrá avergonzarse en público, si sabes a lo que me refiero

Gerald asintió y regresó con su novia, se agachó frente a ella y tomó sus manos para llamar su atención. La chica abrió los ojos con esfuerzo.

–Phoebe, bebé, nos vamos a casa ¿sí?

La chica miró a Helga y luego a Gerald. Tomó otro poco de agua, se quitó los lentes, se mojó el rostro y volvió a acomodar sus lentes.

–Sí. – miró a Helga –. Siento haber causado problemas

–Pheebs, no has causado problemas – contestó su amiga –, tranquila... descansa, estarás mejor mañana

–Gracias

–Helga ¿puedes llevarla al auto? Iré a buscar a Arnold

–Claro

El chico le entregó las llaves y entró al salón, mientras Helga ayudaba a su amiga a ponerse de pie. Seguía siendo fuerte en comparación al promedio y Phoebe todavía era menuda, así que no le tomó mucho esfuerzo.


–Viejo, nos vamos a casa – dijo Gerald cuando encontró a su amigo, sin querer dar explicaciones.

–Está bien, vamos – concedió Arnold.

–Oh, no, Arnold, por favor, no te vayas... – rogó Rhonda, que seguía abrazando su brazo.

–Pero...

–Prometo hacerme cargo de tu regreso, solo quédate ¿sí? – insistió.

Arnold la observó y luego a Gerald.

–Vayan con cuidado, yo me las arreglaré – dijo.

–¿Estás seguro, viejo? – comentó Gerald.

–Sí, no te preocupes. Solo envíame un mensaje para saber que están bien

–Trataré de recordarlo – dijo, luego miró a Rhonda –. Gracias por la reunión, fue divertido. Phoebe no se siente muy bien y ya debe estar en el auto

–Ustedes hacen una pareja – comenzó a decir Rhonda – ad... – un hipo la interrumpió – ado... – otra vez – adorable – concluyó, levantándose para despedirse con un beso en cada mejilla –. Au revoir

Gerald se despidió de su amigo con su característico saludo de pulgares y corrió al estacionamiento. Ahí lo esperaba Helga, que le entregó las llaves.

–Ya le puse el cinturón y está dormida, ¿tienes una manta? – dijo.

–Gracias, mamá – comentó el chico con aire de mofa, mientras rodeaba el auto.

–Ja-ja-ja, muy gracioso

Mientras Gerald sacaba una manta del maletero la rubia miró alrededor.

–¿Y Arnold?

–Quiere quedarse... descuida, Rhonda prometió hacerse cargo

Helga rodó los ojos. Sí, claro que la princesa Lloyd se haría cargo, por supuesto. Si seguía bebiendo con suerte podría sostenerse en pie.

–Fue una sorpresa interesante verte otra vez, Pataki – dijo Gerald, abriendo la puerta del conductor

–Supongo que no fue igual de sorprendente para mí, aunque... estuvo bien – admitió, rascando su brazo, evadiendo su mirada.

Gerald sonrió.

–Lila mencionó que estarán en la ciudad un par de semanas

–¿Qué con eso?

–Ve a visitarnos uno de estos días

–¿En serio? – levantó la vista, sin poder contener la dicha.

–Claro, a Phoebe le encantará y para mí no es molestia

–Lo tendré presente, gracias, Johanssen – volvió a mirar a su amiga un segundo –. Cuida de Phoebe, ¿sí?

–Por supuesto, es lo mejor que me ha pasado en la vida, sería un idiota si no la cuidara

Helga sonrió y se apartó del auto mientras el chico subía y se ponía en marcha.

Los observó hasta que se perdieron en la curva de la carretera, luego caminó alrededor del salón y buscó un lugar lejos del ruido y las luces. Sacó una cajetilla de su chaqueta, mirando las estrellas.

–Criminal, este día no debía ser tan largo – dijo para sí misma, antes de encender el cigarro y dar una lenta calada, para luego suspirar botando el humo.


–Y dime, Arnold – dijo Rhonda, en su cuarto vaso desde que se había sentado junto a él – ¿Todavía estas a cargo de esa vieja residencia?

–¿Te refieres – contestó él – a La Casa de Huéspedes?

–Sí, ese pintoresco lugar

–Sí, algo así

–Deberías venderlo, conozco gente que podría interesarle

–Rhonda, no voy a vender el hogar en el que crecí, además mi abuela todavía es la dueña...

–Oh, vamos, Arnold. Todos sabemos que no está en sus cabales, no debería ser difícil conseguir su firma y...

–¡Ey!

–Con el dinero de ese lugar podrías – continuó, ignorando su reclamo – comprar un departamento más apropiado para tu estilo de vida, en un sector más bohemio de la ciudad y poner un negocio, quizá una tienda de música o de instrumentos

Arnold frunció el ceño, enfadado.

–No me interesara – contestó.

–Incluso alcanzaría para que lleven a tu abuela a una residencia de primer nivel

–Rhonda, basta

–Estaría atendida por profesionales y tú serías libre de hacer tu vida sin esa carga

Arnold estaba a punto de gritarle cuando Nadine intervino.

–¿Ya está hablando de negocios? – preguntó, con una expresión que dejaba en claro que realmente ignoraba la gravedad de la situación.

–Se execedió – explicó Arnold –. No tiene derecho a hablar sobre mi abuela...

–Oh, no... – interrumpió – Arnold, lo siento mucho... ella dice cosas sin pensar cuando bebe demasiado – intentó justificar, sujetando a su amiga por el brazo –. Rhonda, hicimos un trato ¿lo recuerdas?

Entre reclamos, la chica de cabello negro se negaba a que la movieran.

–¡Solamente dije la verdad! – medio gritó.

Arnold se levantó con brusquedad. No quería hacer un espectáculo, pero estaba furioso. Se acercó a la barra y pidió otra cerveza, la cual bebió rumiando las palabras de la chica, con una mezcla de ira, tristeza y frustración. Era cierto que él no vivía la vida que había imaginado que tendría, pero cuidar a su abuela, la única familia cercana que tenía, estaba lejos de ser una carga, al contrario, era un alivio saber que tenía la posibilidad de hacerlo, sin importar que a veces se sintiera atrapado en esa responsabilidad.

Lila y Helga llegaron junto a él, riendo de algo que él no logró escuchar. La pelirroja le dio un abrazo y despeinó su cabello, luego se disculpó para ir al baño.

–Un refresco – le dijo Helga al encargado, sentándose junto a él.

Arnold seguía un poco molesto.

–Parece que lo has pasado bien – dijo en tono amargo.

–Bueno, es una fiesta, es la idea – contestó con cierto sarcasmo.

–Es algo irónico que, después de cómo nos trataste en primaria, ahora todo el mundo parece adorarte – se quejó el chico.

–¿De qué demonios hablas?

–Rhonda y yo las estuvimos mirando mientras bailaban, como si fueran dueñas de todo. Lila fue la reina del baile, ¿sabes?

–Claro que lo sé, me mostró el anuario – contestó, algo incómoda – ¿Cuánto has bebido?

–No sé... – miró su botella vacía y pidió otra.

–Deberías tomarte un respiro

Arnold la miró desafiante y en cuanto le entregaron otra botella comenzó a beber sin detenerse hasta acabarla.

–No... no lo necesito... ¿ves? – dijo, dejando la botella en el mostrador con un golpe demasiado brusco.

–Cálmate, cabeza de balón, esto solo terminará mal para ti – insistió.

–¿Es una amenaza?

Lila regresó en ese instante y le susurró a algo a Helga. Ella la abrazó y salieron juntas hacia el estacionamiento.

Unos minutos después Helga regresó sola al salón, pero en lugar de dirigirse a Arnold, caminó hasta la persona a cargo de la música, intercambiaron algunas palabras y cuando Curly y Eugene terminaron de cantar, ella subió al escenario, mientras el dj cambiaba la pista.

Una guitarra eléctrica sonó a través de los parlantes, alterando drásticamente el ambiente. La batería la siguió pronto y luego de un par de compases Helga comenzó a cantar...

If I'm a bad person, you don't like me...

Well, I guess I'll make my own way.

It's a circle, a mean cycle

Arnold rodó los ojos.

What's my offense this time?

You're not a judge, but if you're gonna judge me

Well, sentence me to another life

En ese punto Stinky y Sid tarareaban desde una mesa, acompañándola, gritando en "No!" y "hey!" el coro.

But I guess you can't accept that the change is good (hey)

It's good (hey), it's goooooooood

...

Well, you treat me just like... another stranger

Well, it's nice to meet you, sir

Helga hizo una reverencia mirando a Arnold.

Ignorance is your new best friend,

Ignorance is your new best friend.

Estaba tan concentrada en la furia que sentía, que era como si todos los demás hubieran desaparecido, solo estaban ella en el escenario y él en la barra, sin sacarle la vista de encima.

I'm just a person, but you can't take it.

The same tricks that, that once fooled me

They won't get you anywhere

I'm not the same kid from your memory

Continuó su espectáculo incitando a los presentes a saltar con ella.

But I guess you can't accept that the change is good (hey)

Arnold no podía dejar de mirarla y escucharla. ¿Siempre tuvo esa voz? ¿Y esa energía? Ni siquiera parecía esforzarse y simplemente dominaba el escenario... estaba hipnotizado y a la vez... intentaba poner atención, porque sabía, muy en el fondo, que la canción no era una elección aleatoria y ese mensaje era para él.

You treat me just like another stranger

Pero... Helga no era una extraña.

Ignorance is your new best friend

Ignorance is your new best friend

Ignorance is your new best friend

Ignorance is your new BEST FRIEND!

Más saltos y aplausos en el solo de guitarra.

Well, you treat me just like... another stranger

Well, it's nice to meet you, sir

Otra reverencia

I guess I'll go

I'd best be on my way out

Concluyó el tema, con un gesto casual de despedida, dos dedos en su sien, que apartó con desdén, mientras bajaba del escenario y le lanzaba el micrófono a Nadine, quien se entusiasmó y subió gritando instrucciones al dj.

Antes de salir vio que Arnold se dirigía al baño. Ella fue hacia el estacionamiento y se quedó lejos de las luces, con su espalda contra el muro. Encendió otro cigarro y miró alrededor. Quedaba una furgoneta que debía ser de los empleados y el auto en el que ella llegó con Lila.

Dio una calada al cigarro.

–¿Por qué soy tan idiota? Es como si nunca hubiera escapado de esto...

Sabía que su carácter impulsivo jamás la abandonaría.

Arnold probablemente olvidaría todo eso y además, ¿podía culparlo? No era que hubiera sido la persona más amable cuando eran niños, rayos, fue horrible, ¿por qué iba a verla con buenos ojos ahora?

Estaba por encender un tercer cigarro cuando la música desapareció y Nadine pasó junto a ella dando instrucciones por teléfono.

Mientras fumaba, un par de furgones y un auto llegaron a la entrada. Sin reparar en ella, los demás salían y se despedían, subiendo a los distintos vehículos.

Nadine ayudó a Rhonda a subir al auto y las dos se fueron.

La rubia había chequeado mentalmente a todos y tomó una decisión. Había fumado suficiente para una noche. Molesta, metió los cigarros en el bolsillo de su pantalón, las manos en lo de su chaqueta y regresó al salón.


Solo al salir del baño Arnold se percató del abrumador silencio. Las luces cálidas habían vuelto, el personal limpiaba y sus viejos compañeros de escuela se habían marchado... todos excepto...

–Debes tener frío – dijo Helga, entregándole su chaqueta –. Vamos, te daré un aventón.

–Gracias ¿Y los demás?

–Se fueron en cuanto la fiesta acabó – explicó, encogiéndose de hombros.

El chico se puso la chaqueta. Era extrañamente cómoda.

–¿Y Lila? – quiso saber.

–Durmiendo en el auto – comentó.

Arnold asintió.

–¿Por qué sigues aquí?

Ella notó que uno de los chicos de limpieza se acercaba y captó el mensaje.

–Ah, emh... le dije a Rhonda que me haría cargo de ti – mintió para tranquilizarlo, tomándolo por los hombros para llevarlo afuera.

Se alejaron por el pasillo abierto hacia el estacionamiento. Al llegar al final, Arnold apoyó su mano en el muro, y se dejó caer para sentarse en la escalinata.

–Dame unos minutos – pidió.

–¿Te molesta? – dijo Helga, enseñándole la cajetilla.

Sí, podía fumar más.

–Adelante – contestó él.

Ella se apartó algunos pasos y encendió el cigarro, dio una calada y dejó escapar algo de humo, atenta a la dirección. Bien, no iría hacia Arnold, pudo soltar el resto.

–No quise... – murmuró de pronto – no quise ser un idiota contigo, estaba... enfadado con Rhonda

–Ajá – dijo ella, arqueando su ceja.

–Helga, en serio lo siento, no fue justo

–No importa – dijo, medio gruñendo.

–Pero...

–Acepto tus disculpas, ¿feliz?

Arnold asintió.

–¿Por qué le dijiste a Rhonda que harías cargo? Creí que estabas enfadada

–Claro que lo estoy

–¿Entonces por qué me esperaste?

Ella lo miró a los ojos, seria.

–Porque aunque esté enfadada, me importas

–¿Por qué te importaría?

–¿Por qué no? Aunque pasen mil años, siempre serás la primera persona a quien amé...


Notes:


Day 3: Roleplaying – Mesmerize – Trapped
Día 3: Juego de roles – Hipnotizar – Atrapado


Chapter 4: Rompecabeza


–Dime que estás bromeando – dijo Arnold, reaccionando como si le hubieran arrojado un balde de agua fría.

–No bromeo

–Nunca supe...

–Te lo dije

–¿En que momento?

–Uf, Criminal. No me sorprende que no lo recuerdes – la chica le dio un par de golpecitos a su cigarro, dejando caer la ceniza. –. Me declaré cuando me atrapaste en la torre de Industrias Futuro... justo antes de que salvaras el vecindario...

Arnold cerró los ojos.

–No creí que nada de eso fuera en serio – bajó la mirada –. Lo siento

Ella le dio otra calada a su cigarro y dejó escapar el humo con lentitud. Repitió el gesto varias veces, hasta que lo consumió por completo. Arrojó la colilla al suelo y la pisó girando levemente su pie. Luego se agachó frente a él, apoyando los brazos en sus piernas.

–Toma – le ofreció una botella de agua.

Arnold la observó. En esa posición parecía una pandillera como en esas caricaturas japonesas. La idea le causó gracia. Ese papel le hubiera quedado, pero no supo como explicarlo sin sonar como un raro. Así que aceptó la botella en silencio y bebió un poco, mientras ella lo observaba con una expresión curiosa.

–¿Crees que puedas soportar el viaje? – dijo Helga.

El chico asintió, ella se apartó y le ofreció la mano para ayudarlo.

Arnold negó y se levantó con algo de esfuerzo, sosteniéndose del muro.

Ella se adelantó hacia el vehículo y él la siguió en silencio. Lila estaba recostada a todo lo largo del asiento trasero, así que mientras Helga se aseguraba de que estuviera bien y abrigada, él se instaló en el asiento del copiloto. Luego la rubia rodeó el auto y subió.

–¿Enganchaste el cinturón? – dijo ella.

Arnold lo jaló con sus manos para probar que sí y luego de asentir ella dio una última revisión a los espejos. Giró la llave, encendió las luces y se puso en marcha.

El suave ronronear del motor relajó al chico y tras unos minutos en la oscura soledad de la carretera, se durmió.

–Estúpido cabeza de balón – masculló Helga.

A través del espejo notó que Lila también seguía dormida. No quería despertar a ninguno, así que aguantó el viaje acompañada por el sonido del motor, el aullido del viento y los ruidos de los pocos vehículos de distintos tamaños que se cruzaron en el camino.


La luz de las farolas al pasar incomodó a Arnold lo suficiente para despertarlo. Le tomó unos segundos reconocer las calles.

–Hola, bello durmiente – se burló Helga.

–Lo siento...

–Descuida, no es como que necesite que me guíes – respondió con cierto desprecio – ¿Cómo te sientes?

–Me duele un poco la cabeza, pero estaré bien – admitió él.

Pasaron por delante de la casa donde Helga vivió alguna vez. Seguía ahí, habitada a hora por quién sabe quién. La chica sintió una suave opresión en el estómago cuando volteó por apenas un instante, pero el hábito de conducir fue más fuerte y antes de tener que pensarlo, su vista ya había vuelto al frente.

Arnold lo notó, pero no fue capaz de decir nada. Después de tantos años ¿Por qué tendría derecho a preguntar siquiera? Cerró los ojos, con una punzada de culpa en su pecho.

Poco después se detuvieron frente a La casa de Huéspedes.

–Gracias – dijo Arnold, abriendo la puerta.

–No hay de qué, cabeza de balón

–¿Estarán bien? – añadió, echando un vistazo hacia el asiento donde Lila seguía profundamente dormida. Volvió a mirar a Helga, el cansancio en su mirada era evidente –. Hay cuartos libres, pueden quedarse si lo necesitan

–Nos quedaremos con Olga

–¿Estás segura?

–Con el tráfico de esta hora no tardaremos más de quince minutos conduciendo

–Entiendo. Buen viaje

–Gracias, cabeza de balón

–Buenas noches

–Buenas noches

El chico cerró la puerta del auto y subió la escalinata. Buscó las llaves con torpeza y solo cuando abrió escuchó el motor del vehículo que comenzaba a alejarse.

Los pocos animales que seguían ahí escaparon y él se sentó en el pórtico, contemplando la ciudad. El barrio había cambiado, pero esa calle seguía casi intacta y, sin importar lo que otros pensaran, estaba contento de haber evitado que lo demolieran.

Mirando sus pies, recordó esa loca declaración de Helga.

Lo cierto era que lo había pensado algunas veces después que ocurrió. Sentado en es mismo peldaño. Recordaba verla pasar durante las vacaciones o los primeros días de clase en quinto grado y la confusión que aceleraba su pulso. También recordó que muchas veces quiso decirle a Gerald, mientras charlaban, sentados ahí, esperando al resto de sus amigos, pero de alguna forma cada vez que iba a hacerlo, algo ocurría que lo impedía, llegaba alguien más, pasaba algo en alguna esquina, salía alguien de la casa, el camión de los helados, saltaba alguno de los gatos, asustándolos... lo que fuera.

Y todo era ridículamente confuso, porque Helga seguía comportándose de forma horrible, hasta el punto en que llegó a creer que esa conversación ocurrió solo en su imaginación o en un un loco sueño... porque ¿Cómo podría una chica actuar así con la persona que decía amar? Pero entonces, había pequeños destellos de la chica detrás de las amenazas y la violencia. Una palabra que se le escapaba y corregía con torpeza, encontrarla mirándolo con ternura y verla sonrojar al ser descubierta, disculpas susurradas a solas cuando se le pasaba la mano con las bromas... incluso advertencias de que haría alguna tontería para que él no se involucrara. Y todo volvía a ser confusión, pero también alegría... disfrutaba verla, hablar con ella, incluso estudiar juntos.

Y de pronto ella desapareció y aunque se moría por saber la verdad, no pudo pedir ayuda. Gerald se hubiera burlado y Phoebe solo dijo que no podía decir nada, así que no conseguiría información con ella. La tienda del Gran Bob estaba clausurada y lo único que le quedó por hacer fue pasar por su antigua casa cada tarde de invierno y mirar la ventana como si de pronto fuera a verla aparecer. Pero Helga no volvió y Arnold se quedó con ese vacío nostálgico de lo que pudo ser y con el tiempo aprendió que era mejor ignorar esa sensación.

Los animales regresaron y él se levantó para entrar tras ellos, cerrando la puerta.

Subió hasta la habitación de su abuela y golpeó con suavidad.

La enfermera lo recibió con una sonrisa.

–Bienvenido – le dijo –. Parece que lo pasaste bien – añadió.

El chico asintió y luego miró hacia el interior.

–¿Cómo está?

–Fue un buen día. Hoy comió sin ayuda y me contó una historia de cuando eras niño y viajaban por el mundo

–Otra de sus fantasías... o quizá un recuerdo de la boda de mis padres – aclaró el chico –. Gracias – añadió.

–Ve a descansar

–Sí. Buenas noches

La mujer cerró la puerta y él completó su camino con esfuerzo.

Solo notó que todavía llevaba la chaqueta de Helga cuando se desvistió para meterse en la cama.

Le dolía la cabeza, en parte por el sol y en parte por el alcohol, así que la dejó sobre la cama para recordarlo al despertar.

Revisó su celular. Gerald le dijo que estaban bien y le envió varios mensajes preguntando si ya sabía como llegaría.

++Helga me trajo

Lo escribió y borró un par de veces, pero no lo envió.

++Estoy en casa

En redes sociales ya había fotos del día y navegó entre éstas, sin prestar demasiada atención, hasta que encontró un video que alguien hizo de Helga cantando. Etiquetaron a Lila, pero no a Helga, quizá no tenía redes sociales. Lo reprodujo varias veces, odiándose por haberla hecho enfadar, hasta que se durmió.


Pasaron algunos días, hasta que Gerald invitó a Arnold a almorzar. Phoebe también tenía libre, así que se unió a ellos y mientras los tres charlaban en la cocina, sonó el timbre.

–Arnold, ¿podrías abrir? – pidió Phoebe, que acababa de sacar algo del horno.

–Claro – contestó él.

En cuanto abrió la puerta se topó de frente con Helga.

–¿Qué haces aquí? – dijo el rubio.

–¿No es obvio? Vine a comer con mi amiga

–Perfecto – contestó con una sonrisa y se apartó de la entrada para dejarla pasar.

Phoebe corrió a abrazar a Helga y casi de inmediato empezó a relatarle de su último trabajo. Al parecer habían estado poniéndose al día por mensajería instantánea y como ese día tenía libre, no quiso perder oportunidad de ver a su amiga.

Arnold regresó con Gerald.

–Increíble – comentó Arnold.

–¿Qué cosa?

–¿No te parece... que se ven... como en primaria?

Gerald se asomó hacia la sala. Tenían esa misma energía y complicidad que las caracterizaba en esa época, cierto, pero algo había cambiado. Helga era mucho más receptiva y animada, mientras Phoebe ya no lucía asustada ni tan seria, estaban en una posición de igualdad. Quizá ya eran así en preparatoria, pero lo cierto es que ninguno de los chicos las vio juntas en ese tiempo, así que no tenían cómo saberlo.

–Es como si nunca hubieran dejado de ser amigas – murmuró Gerald, sonriendo.

–Los dos sabemos que un desacuerdo no es el fin de una amistad – le recordó Arnold –, aunque es sorprendente que ocurra algo así después de todos estos años

Ellos se ocuparon de terminar la comida, mientras las chicas compartían historias, anécdotas y risas, bebiendo refrescos.

La comida fue agradable para los cuatro y charlaron un buen rato después del postre. Solo notaron el paso del tiempo al caer la tarde.

–Guau... el día pasó volando – comentó Helga.

–Sí, ya debería estar en casa – dijo Arnold, levantándose de su asiento.

–También debería irme

–Fue un gusto tenerlos de visita – comentó Phoebe –. Helga, promete que vendrás otra vez antes de irte de la ciudad

–Cuenta con eso

Gerald los despidió en la entrada de la casa y los rubios caminaron en la misma dirección.

–¿Quieres que te acompañe hasta la parada del autobús? – dijo Arnold.

–De hecho, pensaba ir a tu casa – comentó Helga.

–¿A mi... casa? – Arnold la miró y tragó saliva.

–Sí, no acostumbro a regalar mi ropa, mucho menos mi chaqueta favorita

El chico comprendió y se tranquilizó, pero casi al instante se preguntó porqué había reaccionado así.

–Cierto...

–¿Hasta cuando planeabas mantenerla en tu poder?

–¿Cuánto pagarías por recuperarla? – le siguió el juego, entrecerrando los ojos –. Es una chaqueta vieja... así que no debe tener valor de mercado... pero quizá tenga valor... sentimental...

–Oh, no, no intentes eso conmigo, sabes que puedo ser realmente peligrosa

–¿Tú crees? Porque... ya no me lo pareces, Helga Pataki

Ella se detuvo un instante y lo vio continuar su camino antes de obligarse a mantener el paso.

Arnold no estaba seguro de porqué, pero decir su nombre en voz alta se sintió... bien.

–Solo bromeo – dijo con una sonrisa.

–No me digas, pensé que era en serio – contestó ella, rodando los ojos.

Arnold hizo lo mismo, sin dejar de sonreír.

–Le escribí a Lila para saber si nos reuniríamos y poder regresarla – comentó –, pero no contestó

–Ah, sí, ha estado algo ocupada... y bueno ella y Olga tenían planes y me estaban volviendo loca. Suerte que Phoebe consiguió un día libre

Arnold no quiso incomodar preguntando más detalles, así que el resto del camino le comentó sobre las cosas que cambiaron en el barrio esos últimos años. Viejos edificios restaurados, un par de edificios que fueron demolidos tras sufrir uno un incendio y el otro problemas de humedad que los volvieron inhabitables, algunas tiendas desaparecidas, otras recién instaladas...

Y ella escuchaba atenta, actualizando el mapa mental que tenía del lugar que abandonó con apenas once años.

Arnold la invitó a pasar a la casa y le pidió que esperara un momento mientras iba a su habitación por la chaqueta.

Ella escuchó voces en la cocina y la curiosidad fue más fuerte.

–Buenas tardes, señorita – la saludó una mujer en sus cuarenta – ¿Eres amiga de Arnold?

–Sí – contestó la chica.–. Soy Helga

–Un gusto, puedes llamarme señora Nancy ¿Te gustaría algo de beber?

–Solo estaré aquí un momento – explicó nerviosa.

–¡Tonterías! – medio gritó la anciana mujer que tras unos segundos la joven reconoció como la abuela del chico.

El cambio era impresionante, lucía demacrada, cansada, con los ojos hundidos y el cabello más fino.

–¡Los amigos de Kimba son invitados de honor! – insistió –¡Sírvale algo de beber!

Helga medio sonrió y se acercó a la mesa.

Nancy volteó hacia la nevera y comenzó a listar opciones.

–Agua mineral estará bien, gracias – la interrumpió Helga.

Notó que las mujeres armaban un rompecabeza de animales.

–Guau, eso parece complicado – comentó.

–Oh, claro que no, tontuela, solo hay que enfocarse – dijo Gertie, miró el cuadro con gesto de concentración, luego tomó un par de piezas de la caja, las giró, examinándolas, las dejó, buscó otras y repitió varias veces, hasta que encontró una que encajaba –. Ahora es tu turno – dijo, mirando a la jovencita.

Helga levantó la vista hacia Nancy, esperando alguna instrucción. Ella asintió y la chica se tomó unos segundos para buscar en la caja, tomó dos piezas similares y las colocó en la mesa.

–No estoy segura – dijo, fingiendo concentrarse.

La anciana las miró ceñuda, tomó una de las piezas y la añadió a lo que ya estaba armado.

–Tienes buen ojo – dijo.

La mujer le preguntó si podía quedarse unos minutos.

–Sí, sí, no es problema – contestó –. Gracias por el agua

La señora salió casi corriendo de la cocina cuando Gertrude comenzaba a divagar acerca de su juventud en la jungla, creando una historia fantástica a medida que fijaba su mirada en los animales del rompecabezas.


Arnold revolvió su habitación, porque en esos días movió la chaqueta de un lugar a otro y olvidó por completo dónde la había dejado. Cuando al fin la encontró, colgada en su armario, bajó a prisa y se topó con la enfermera de su abuela que salía del baño.

–Hola señora Nancy – dijo el chico – ¿La abuela no está con usted?

–Tu amiga se quedó con ella – explicó la mujer –. Solo fue unos minutos

–Sí, no hay problema

Helga tenía que estar volviéndose loca. Estaba seguro que hubiera rechazado esa solicitud si no hubiera tenido que esperarlo. Bajó las escaleras, listo para disculparse y quizá recibir un regaño, pero antes de entrar a la cocina, escuchó a su abuela riendo.

Se congeló en el umbral, hasta que Nancy pasó junto a él.

–Gracias, jovencita – dijo la mujer con una sonrisa sincera.

–No hay problema – contestó ella, levantando la vista – ¿Hace cuánto estás ahí, cabeza de balón?

La mujer cubrió su boca para esconder la risita que le provocó el apodo y el repentino rubor del joven.

–Siento haberte hecho esperar, aquí está tu chaqueta – dijo él.

–Sí, déjala en una silla... me la llevaré cuando me vaya

–¿Cuando... te vayas?

–Tu abuela dice que no puedo irme hasta que terminemos el rompecabeza

Arnold obedeció y se sentó junto a ellas.

Su abuela lo miró y preguntó por Gerald y su simpática novia, así que el chico le contó sobre su tarde.

Pasaron ahí una hora, hasta que pusieron la última pieza en su lugar y Nancy al fin pudo convencer a la abuela de ir a dormir, con ayuda de Helga, que se estiró y bostezó repitiendo que era tarde y dándole a Arnold una suave patada por debajo de la mesa para que siguiera el juego.

Gertie se despidió de la chica y subió la escalera con la ayuda de la mujer.

Helga tomó su chaqueta y Arnold la acompañó a la puerta.

–Gracias – dijo, él saliendo con ella y cerrando tras de sí.

–No fue nada – ella lo miró –. Parecía contenta

–Creo que hoy tuvo un buen día – admitió –. Lo siento si fue incómodo

–Para nada

–Sé que a veces dice cosas extrañas, desde que murió el abuelo, no ha estado muy bien...

–Debe ser difícil

–Hay días difíciles y hay días buenos, pero la mayoría son solo... días – admitió.

–Supongo... que debe ser agotador... hacerse cargo de todo

Arnold cerró los ojos.

–Por favor, no me tengas lástima, no va contigo

–No fue eso lo que quise decir... – apretó los dientes con furia – y no finjas que me conoces

La chica bajó los peldaños.

–Lo siento – dijo él.

Helga no siguió caminando, pero tampoco volteó.

–Nunca llegaste a conocerme de verdad... – murmuró – nadie en esa maldita primaria, excepto Phoebe

–Tal vez porque todo lo que hacías era actuar como una matona dispuesta a pelearse con todos a la más mínima provocación

Ella se giró bruscamente y lo miró con una furia fría.

–Era necesario – explicó.

–¿Por qué, Helga?

–Porque cuando me atreví a mostrar un poco de lo que había dentro de mí no perdieron la oportunidad de burlarse... – dijo, abrazándose a si misma y evadiendo su mirada.

Arnold se acercó, tomó su mano, pero ella se soltó.

–Lo siento – repitió él – ¿Quieres... hablar un momento?

Ella cerró los ojos.

–Aich, de acuerdo – dijo, sentándose en el costado del pórtico, con las piernas cruzadas. Mientras él se sentaba al otro lado.

–¿Por qué eras así? – preguntó el chico – ¿A qué le temías?

–A todo. A ser objeto de burlas y bromas, a que vieran lo miserable que era – explicó ella y encendió el cigarro. Dio una calada antes de continuar –. Era más fácil asustarlos para que me respetaran

–Te temían

–Temor, respeto, lo que sirva para que me dejen en paz

–¿Y qué pasó cuando cambiaste de escuela?

–La secundaria fue lo mismo, pero más solitario. No tuve ninguna amiga como Phoebe, creo que entonces aprendí a valorarla – miró el humo de su cigarro subiendo en ondas –. La preparatoria fue diferente. Conocí gente que apreciaba mi talento, pero también... era frío. Y fue una suerte que me aceptaran ahí, así que traté de mantenerme fuera de problemas... y tener a Phoebe de vuelta ayudó...

La chica siguió fumando, hasta que el cigarro se consumió. Una notificación en su teléfono la hizo mirar la pantalla. Lo guardó casi de inmediato.

–Debo irme. Lila me espera – dijo poniéndose de pie y sacudiendo sus pantalones mientras bajaba los peldaños.

Arnold la siguió.

–Helga...

–¿Qué? – dijo, con las manos en los bolsillos.

–¿Te gustaría... venir otro día a comer conmigo?


Notes:


Day 4: Stoop – Conspiracy – Drive In
Día 4: Pórtico – Conspiración – Drive In


Chapter 5: Brecha


–Lila puede venir también – añadió Arnold casi de inmediato.

Helga no volteó, pero medio sonrió, pensando "Por supuesto".

–Sí, sí, le diré, no prometo nada – añadió, levantando la mano en señal de despedida, sacando otro cigarro.


Fue hasta el domingo que Arnold recibió un mensaje de un número desconocido.

++Almuerzo hoy?

El chico asumió que era Helga y contestó que sí.

Casi una hora más tarde recibió otro mensaje.

++Estoy afuera

Al abrir la puerta vio a Helga llevando una maleta.

–¿Qué pasó?

–Dijiste que tenías habitaciones libres, ¿no? – dijo ella, evitando su mirada.

Arnold pestañeó un par de veces antes de notar lo incómoda que parecía.

–Sí, pasa

El chico, todavía extrañado, la invitó a la sala y le pidió que esperara unos minutos. Regresó con un manojo de llaves.

–Hay tres cuartos... – comenzó a explicar.

–El más económico – interrumpió Helga.

Arnold asintió y la llevó hasta la segunda puerta desde la escalera, abrió las ventanas para que se ventilara y del armario sacó sábanas y un cobertor limpios.

Helga lo observaba, impaciente, sentada sobre el colchón, hasta que él se acercó entregándole las cosas.

–¿Estás bien? – dijo, genuinamente preocupado.

–Sí

–¿Qué pasó? ¿Y Lila?

–Fue a visitar a su familia... y sin ella, un día es todo lo que soporto a Olga y sus hijos

–¿Por qué no la acompañaste?

–A su familia no le agrada que estemos juntas y yo no tengo el don de cerrar la boca. No quería darle problemas... de nuevo

Arnold imaginó a Helga discutiendo por todo y a Lila tratando de convertir cada cosa que dijera en una broma. Sí, era una escena terrible y una situación que podría resultar agotadora para ambas.

–¿Quieres comer? – sugirió él.

–Sí, muero de hambre – contestó ella con su energía habitual.

Ese día la abuela parecía tener buen ánimo, así que cuando Arnold fue a ver si estaba despierta, ella insistió en ir al comedor.

Charlando Helga se enteró que Nancy por lo regular llegaba a media tarde, así que mientras estaba ahí atestiguó la preocupación y tacto con la que Arnold trataba a su abuela. A ratos le parecía impresionante la paciencia que tenía, luego recordaba que él siempre fue así: dulce, amable, comprensivo, dedicado, abnegado...

Se obligaba a sacudir esos pensamientos, pero sabía que había una razón por la que había recurrido a Arnold: él era una de las pocas personas en esa ciudad en las que podía confiar. Aunque sabía que Phoebe la hubiera recibido en su casa, Gerald probablemente habría estado harto de ella al segundo día... suponiendo que él hubiera estado de acuerdo en que se instalara en su sofá, claro. Y no quería manejar por horas solo para tener que volver por Lila en un par de días.

Por otro lado, hablar con la loca anciana y molestar un poco al cabeza de balón estaba lejos de ser aburrido.

Cuando Nancy llegó a hacerse cargo de Gertie, Helga pudo hablar un poco más con Arnold y él le explicó las reglas del lugar. La chica tomó nota mental de todo lo que pudo.

En inicio él no creyó justo cobrarle, pero lograron llegar a un acuerdo.

–Tengo algo de dinero extra y te aseguro que nada será tan costoso como las sesiones de terapia que necesitaré si me quedo con Olga y sus hijos – explicó ella, haciéndolo reír con incomodidad.

De todos modos, estaba segura que solo serían dos noches.

Esa madrugada, fumando junto a la ventana para lidiar con un insomnio que era más un hábito que un problema, su teléfono vibró anunciando un mensaje y el nombre de Lila apareció en la pantalla:

Necesito tiempo. Asuntos pendientes

Y ella solo respondió como siempre, intentando no presionar.

No te preocupes. Te espero

Tras terminar su cigarro, escuchó en la habitación junto a ella que la abuela hablaba. Discutía, reía y guardaba silencio en conversaciones cuyas respuestas definitivamente solo estaban en su cabeza. Repetía apodos y a veces el nombre de su esposo, de su nieto y un tercero que Helga dedujo era el de su hijo... el padre de Arnold...

Recordó que incluso en su infancia, la abuela siempre le pareció un poco excéntrica. Decía incoherencias, vestía de forma extraña, confundía fechas, nombres y lugares; pero siempre enseñaba una gran energía y entusiasmo. Ahora parecía apenas presente y la chispa que tuvo alguna vez se apagaba.

Sentía una profunda opresión en el pecho al imaginar lo que debía ser para Arnold. Podía entender porqué fue que en la fiesta le pareció que ese cálido optimismo que tuvo de niño parecía extinto.

Al escuchar la voz de Nancy calmando a la anciana y convenciéndola de dormid, Helga se obligó a meterse a la cama.


Los días que siguieron se levantaba temprano, preparaba algo de café y acompañaba a Arnold a desayunar con la abuela. Luego armaba rompecabezas con Gertie o conversaba con ella, mientras el chico se encargaba de varios asuntos de la casa y la administración del lugar. Cuando él comenzaba a cocinar, llevaba a la anciana a la cocina y los tres charlaban, siguiéndole el juego a la abuela. Luego de comer Helga iba a su habitación a leer o escribir, mientras el chico se ocupaba de los medicamentos y otros cuidados, hasta que Nancy llegaba.


Arnold creyó en un inicio que la presencia de Helga sería incómoda, pero su compañía era más bien un alivio. No trataba a su abuela como una persona desvalida y parecía divertirse con las locas historias que contaba. ¿A eso se refería cuando dijo que nunca la conoció? Le hubiera gustado ver más de esas dulces sonrisas, las miradas comprensivas, las bromas inocentes, sus charlas carentes de sarcasmo... todo lo que la volvía diferente a la chica que recordaba.

Y también disfrutaba tener alguien más en lo que ya no se sentía como una enorme casa vacía, pero cuando su imaginación escapaba a locas ideas se obligaba a recordar que eso era temporal. Así que incluso con su presencia no quería perder sus hábitos y a pesar de que moría por charlar a solas y saber un poco más de la chica, se obligaba a mantener sus ensayos, que empezaban una vez que la enfermera llegaba.


Durante la hora que él dedicaba a su pasatiempo, Helga aprovechaba que él cerraba la puerta y se sentaba en la escalera que daba a su habitación, disfrutando de la música y tratando de no reír cuando él fallaba y maldecía por lo bajo. Admiraba su dedicación y su talento. En cuanto él dejaba de tocar y comenzaba a dar vueltas por la habitación, ella se metía disimuladamente al baño o regresaba a prisa hasta el cuarto y cerraba la puerta.


La tarde del jueves, el chico ensayaba como siempre, pero había algo que no lo convencía y no sabía bien qué era. Dejó a un lado su bajo y reprodujo en su computadora la grabación de lo que acababa de tocar. La escuchó un par de veces, bebiendo de su botella con distracción. Al quedarse sin agua creyó que tal vez una cerveza lo distraería y sin pausar la la música se levantó de su silla.

Al abrir la puerta se topó con Helga, quien de inmediato se puso de pie, intentando alejarse.

–¿Qué haces aquí? – dijo él.

–¿Hay una regla que me prohíba estar en el pasillo?– contestó ella, intentando parecer enfadada.

Arnold se esforzó para no reír.

–¿Quieres acompañarme? – dijo sin pensar.

–Supongo que puedo hacer ese sacrificio – contestó.

Entonces él cayó en cuenta de lo que acababa de decir y le dio una mirada rápida a su habitación.

–H-hace algo de calor aquí arriba – añadió –, ¿podrías traerme algo de beber...? T-también saca algo para ti... si quieres... claro...

Ella volvió a asentir y se dirigió a la cocina.

El chico cerró la puerta y miró el desastre. Escondió en su armario toda la ropa que había regada por el suelo, estiró el cobertor de su cama y metió en una bolsa las latas que parecían haberse multiplicado sobre su escritorio y junto a su cama. Apenas logró regresar frente a la computadora, detener la grabación y tomar su bajo, cuando Helga tocó, empujando la puerta con suavidad.

–Soy yo... – dijo.

–Adelante – contestó él, echando un último vistazo a pesar de saber que no tenía tiempo de arreglar nada.

Ella cerró la puerta tras de sí y se acercó con dos botellas en la mano, le entregó una y tras destapar la otra se sentó en el sillón, cruzando las piernas.

–Esto... es refresco– dijo él, mirando la botella.

–Ajá

–Había pensado en una cerveza

–Debiste especificar

Arnold decidió que no importaba. Continuó con su ensayo, concentrado en las tablaturas, hasta que se sintió obligado a hacer una pausa y estirarse un poco.

–Eres bueno – comentó Helga.

–Gracias

–¿Cuándo fue que aprendiste a tocar bajo?

–Comencé a practicar en octavo grado

–Y los que tocaron contigo en la reunión... ¿son tu banda?

–Creí que no nos habías visto

–Los escuché – admitió y luego decidió molestarlo –, pero esperé afuera, no quería que mi entrada arruinara su presentación

Arnold medio rio.

–Muy considerado de tu parte, te lo agradezco – contestó con aire sarcástico.

Ella sonrió.

–Ya sabes como soy – añadió.

El chico volvió a reír.

–No somos una banda... – explicó – solo tocamos en el club de vez club de vez en cuando

–Entiendo

–Y nos reunimos los jueves a pasar el rato

–Entonces ¿hoy los verás?

Arnold asintió.

–¿Te gustaría ir? – dijo con entusiasmo – Quizá no sea tu ambiente, pero...

–Suena mejor que no hacer nada – dijo Helga, para luego terminar de beber su botella.

Arnold miró la hora y volvió a concentrarse en su ensayo.

Ella observó cada detalle del cuarto. La cama tenía un cobertor gastado y las repisas que la rodeaban seguían conteniendo libros y algunas fotografías. Cuatro posters de artistas que realmente no eran muy nuevos, una colección de vinilos y otra de discos compactos en la repisa sobre el reproductor de música, al cual había añadido un moderno tocadiscos. La computadora tenía mejoras evidentes y en la pantalla vio un programa con líneas de colores, que supuso serviría para grabar y editar música.

¿Cuándo fue la última vez que estuvo ahí? Fue... dos semanas antes de irse de la escuela. Nadine y Peapod también fueron. Los cuatro tenían un proyecto de ciencias. Ella se quedó cuando los demás se marcharon. No quería volver a casa y moría por contarle lo que pasaba en su vida... pero él estaba concentrado en terminar el informe y ella se guardó todo y se limitó a dictarle las notas en su cuaderno y los datos del libro.

De pronto el chico decidió que era suficiente y desconectó los equipos, apoyando el bajo en su suporte.

–Lamento si te aburrí – se disculpó.

–No estoy aburrida – contestó ella, regresando a la realidad.

–Tengo que prepararme. Paso a tu habitación en unos veinte minutos

–Hecho – aceptó ella, saliendo de inmediato.


Unos quince minutos más tarde, Helga escuchó los pasos de Arnold acercándose por el pasillo y se levantó de la cama, pero en lugar de escuchar golpes en la puerta, éstos resonaron en la de al lado.

Los pasos del chico entraron a la habitación. Una silla arrastrada. Le habló a la abuela, pero la anciana no respondió. Luego él y Nancy intercambiaron algunas palabras, indicaciones y comentarios. Otra vez la silla. Los pasos del chico dirigiéndose al pasillo y el sonido de la puerta cerrándose tras él.

Helga contó casi tres minutos antes de escuchar golpes en la puerta del cuarto en que se quedaba y tuvo que controlarse para no abrir de inmediato, porque no se suponía que hubiera escuchado nada de eso, así que abrió con un libro en la mano.

–¿Estás lista? – dijo él al verla.

–No es que tenga muchas opciones – contestó ella, dejando el libro sobre la cama –. Y, no estoy segura si esto es adecuado para el lugar al que iremos

Arnold la miró con atención. No muy distinto a lo que vestía en la reunión. Bototos militares, pantalones negros de mezclilla y una remera de una banda que no conocía, pero el diseño incluía cráneos. Un poco agresivo, quizá.

–Podría prestarte algo – dijo.

–¿Qué?

El chico tomó su mano y la llevó de regreso a su habitación.

–¿Qué haces, cabeza de balón?

La soltó llegando arriba y él abrió su armario y comenzó a buscar entre los estantes y colgadores, sacando algunas prendas.

–Umh... no, esto no – decía para sí –. Esto tampoco... no, no... ¿Dónde estará?

Helga, aburrida, tomó una bufanda que él dejó caer y frente al espejo cubrió su cabeza y luego envolvió su cuello.

Arnold encontró lo que buscaba y volteó para verla jugando con su reflejo, sosteniendo un cigarro.

–Soy una estrella de cine – dijo ella con una voz que parecía imitar a la de Rhonda, mientras posaba de forma exagerada.

Arnold casi al instante comenzó a reír.

–Falta algo – dijo.

De un cajón sacó unos lentes de sol que le entregó y ella los acomodó sobre su cabeza, luego volvió a posar agitando sus pestañas mientras estiraba los labios y fingía fumar.

Arnold sacó su teléfono.

–Sonríe para la cámara

Ella siguió jugando, con gestos dramáticos, estirando sus manos como si se ocultara de un paparazzi.

Luego él le enseñó las fotografías y ambos rieron.

–Ok, ok, ya basta, borra eso – pidió Helga, todavía riendo.

–En un segundo – dijo él.

–No vayas a enviarlo a nadie – exigió.

–No lo había pensado – contestó él con una mirada traviesa.

Ella intentó arrebatarle el celular y estiró su brazo para evitarlo.

–¿A quién se lo debería enviar? – dijo él.

–¿Acaso quieres morir? – insistía ella, todavía riendo.

–Tal vez se lo envíe a Phoebe – murmuró, le dio la espalda, fingiendo buscar un contacto.

Ella intentó rodearlo para quitarle el aparato, pero él no lo permitió.

–Mejor a Rhonda

–¡Ni lo pienses! – dijo ella, todavía divertida.

–¿Y si se lo envío a Lila?

Helga guardó silencio y se congeló.

–Bó-rra-lo – repitió, seria.

El chico notó su cambio de actitud y obedeció, enseñándole la carpeta de fotografías.

–Listo

–Más te vale

Ella se quitó la bufanda y los lentes y se los regresó.

–Helga, lo siento – dijo él.

–Sí, lo que sea

La chica se dirigió a la salida. Se detuvo en la puerta y apoyó su mano en el marco, sin voltear.

– ¿Ya nos vamos? – dijo.

–Sí

Arnold dobló la bufanda y la guardó en su bolsillo, junto con su teléfono. Tomó la prenda que había buscado y la alcanzó a los pies de la escalera.

–Toma – dijo, entregándole una camisa a cuadros, la única que tenía en color negro y azul, con finas líneas blancas y que le pareció un poco más adecuada para el estilo de la chica.

Ella observó el diseño, luego al chico y otra vez la camisa. Bueno, suponía que suavizaría un poco su conjunto. No era como que le estuviera entregando un vestido de fiesta.

Ninguno supo de qué hablar de camino a la parada del autobús, hasta que Arnold notó un anuncio de Wrestlemania en una tienda y preguntó si todavía le gustaba, el ánimo de Helga cambió de inmediato y el resto del viaje le contó en detalle todo lo que pasó con cada uno de sus luchadores favoritos durante la última temporada. Y él escuchó atento, con renovada tranquilidad.

Llegando al local, Arnold saludó a varias personas, antes de encontrar la que parecía ser su mesa habitual. Sus amigos lo molestaron por el retraso.

–Lo siento – se disculpó y luego miró a Helga, invitándola a sentarse junto a él.

–¿Y esta hermosura? – dijo de inmediato uno de sus amigos.

–Soy una vieja amiga – aclaró ella, antes que Arnold abriera la boca.

Los chicos los molestaron un poco, pero ella de inmediato aclaró que tenía noviA. El incómodo silencio que le siguió a eso acabó cuando Helga preguntó sobre sus vidas, familias y trabajos.

–Porque, admítanlo, en estos días nadie puede vivir de la música – dijo, desafiante – ¿O ustedes son la excepción? – añadió.

Eso hizo el truco. Helga sabía que la gente siempre parecía ansiosa de hablar de su propia experiencia.

Minutos más tarde comenzó una presentación en vivo y la conversación se veía interrumpida por comentarios sobre la música o los artistas en el escenario, una que otra expresión de asombro y algunos llamados a los garzones.

Arnold la miraba de reojo, sin poder ocultar su sonrisa. Helga seguía siendo lista y divertida, no perdía el ritmo en las conversaciones y las mantenía sin acaparar la atención, pero cuando ellos intentaban preguntar por su vida, contestaba evasivas y de forma natural cambiaba el foco. Entonces notó que en lugar de la furia que tuvo alguna vez al hablar de su familia, ahora un velo de tristeza parecía ser parte de ella.

Uno de los amigos de Arnold iba por su sexta pinta de cerveza, cuando notó el vaso vacío de la invitada y sin preguntar vertió parte del contenido de su jarra en el vaso de la chica.

–¡Ey! ¿Qué haces? – dijo ella, mirándolo con enfado.

–Solo intento ser amable – contestó él –. Oh, vamos, ¿nunca has compartido un trago?

Arnold la observó. Hasta ese punto Helga había usado su sentido del humor para anular cada intento de acercamiento del tipo, el mismo que se le había insinuado a Rhonda y que Arnold sabía que se le lanzaría a cualquier mujer que tuviera cerca. Pero esto pasaba los límites.

Helga frunció el ceño.

–No bebo alcohol– dijo.

–Tal vez solo necesites probar uno que sea más de tu agrado – dijo, acercándose – ¿Qué dices, muñeca?

Todos en la mesa sabían que no se refería precisamente al trago.

–El alcohol es asqueroso, aunque no tanto como los tipos como tú– dijo, molesta, al tiempo que se levantaba de su asiento–. Jódete – añadió, enseñándole el dedo medio, para luego salir de ahí.

Mientras los otros chicos se burlaban, Arnold dejó en la mesa el dinero por lo que ambos consumieron y la siguió.

–¡Helga, espera! – dijo.

–¿Por qué eres amigo de un idiota como él? – medio gruñó ella, dejando de caminar, pero sin voltear a verlo.

–No somos tan cercanos...

Se sentía como una excusa.

–Solo nos reunimos por costumbre... yo... lo lamento – insistió.

–Debiste decir algo

–Lo siento, creí que te ofendería más que intentara defenderte

–Doi, no tienes que defenderme para tratarlo como el imbécil que es, ¿sabes?

Arnold dio un largo suspiro.

–Creo que mejor nos vamos – dijo, invitándola a caminar.

Ella se abrazó a sí misma, rumiando todavía su furia. Sabía que la gente ebria era problemática y también que Arnold no solía tomarse tiempo para distraerse... y después de lo que había presenciado esos días, sabía lo mucho que lo necesitaba. La culpa se anidó en su pecho.

–Yo... – murmuró y luego lo miró – siento haber arruinado tu noche. Puedo tomar un taxi, así que vuelve adentro con tus amigos...

Arnold negó.

–Tu noche se arruinó por un idiota

–La historia de mi vida – comentó ella rodando los ojos.

Arnold rio.

–Vamos a algún otro lado – dijo.

–¿A dónde?

El chico miró alrededor, se encogió de hombros y solo decidió caminar sin rumbo.

Se asomaron en varios locales, hasta que dieron con uno que era del agrado de ambos, pidieron algo de comer y un par de refrescos, sentándose lejos del ruido y la música. El chico le contó algunas cosas de cuando estaba en la escuela, aprietos en los que se metieron sus viejos amigos, bromas que salieron bien y otras no tanto, algunas tonterías que hicieron con Gerald o los otros chicos durante esos años. Ella lo escuchaba, riendo a más no poder o intrigada cuando mencionaba a alguien haciendo algo fuera de lo esperado.

Salieron de ahí cuando el local cerró. Era tarde y las calles parecían más solitarias en cuanto se alejaron un poco, pero tuvieron suerte y lograron tomar un autobús que los acercaría al barrio.

–¿Y que hay de los idiotas del club de jazz? – quiso saber Helga, continuando la conversación – ¿Ellos también estaban en la preparatoria?

–No todos son idiotas

–Ajá...

–Y los conocí cuando comencé a ir al club con Gerald – dijo, sin querer elaborar el punto anterior.

–¿De eso harán dos años?

Arnold negó.

–No. Voy ahí desde que tercero de preparatoria...

–¿Tú? ¿Colándote en un bar? – comentó con sarcasmo.

–¿Crees que no puedo hacer algo ilegal? – contestó guiñando un ojo.

Por toda respuesta Helga cruzó los brazos y lo miró arqueando su ceja.

–Los domingos tienen shows familiares, no venden alcohol y pueden entrar menores de 21 – confesó como si le hubieran inyectado suero de la verdad.

–Eso tiene más sentido – aceptó Helga, conforme.

El chico, un poco atrapado, un poco nervioso, miró por la ventana y se mantuvo en silencio hasta que bajaron del bus. Todavía les quedaban unas cuantas calles por caminar.

Un suave escalofríos recorrió a Helga y Arnold recordó la bufanda en su bolsillo, así que se la ofreció. Ella lo observó sin hacer nada, así que él la acomodó alrededor del cuello de la chica.

–Gracias – murmuró.

Su teléfono vibró en ese instante y ella leyó un nuevo mensaje.

Arnold lo notó.

–¿Lila? – preguntó.

Helga asintió.

–Regresará el lunes por la mañana, así que...

–Te irás pronto

Sonó como un reclamo y Arnold se odió por eso.

–Tengo un trabajo al cual regresar y responsabilidades que cumplir – dijo ella, sintiendo que necesitaba dar explicaciones.

–Bueno, si vuelven por aquí, son bienvenidas a quedarse en la Casa de Huéspedes. Conozco al administrador, puedo conseguirles un descuento

Funcionó para hacerla sonreír.

–Gracias, cabeza de balón

–¿Algún día dejarás de llamarme así?

Ella se encogió de hombros.

–Jamás en la vida.

Sacó su cajetilla y deslizó un cigarro hacia su mano.

–¿Desde cuándo te encargas de la casa? – dijo, distraída.

–Desde que falleció el abuelo – contestó él, mirando la distancia.

Helga buscó en sus bolsillos su encendedor.

–¿Fue por eso que dejaste la universidad?

Arnold la observó.

–Sí, fue en el primer año, así que no logré avanzar mucho

–Lo lamento

El chico bajó la mirada.

Ella encendió su cigarro, dio una calada y dejó escapar el humo.

–¿Puedo... preguntarte algo? – dijo él de pronto.

Ella retuvo el humo un instante y luego lo soltó lentamente.

–Mientras no sea sobre mi intimidad con Lila, supongo que sí

Arnold se sonrojó por completo.

–¡Claro que no preguntaría algo así!

Aunque ahora lidiaba con su imaginación.

Helga soltó una carcajada.

–Lo sé, sólo quería molestarte

Arnold la miró con los ojos entrecerrados y luego sonrió.

–Gracias

–No sé de qué hablas – mencionó ella, evadiendo su mirada.

El chico la observó un momento.

–Helga... – dijo, mientras ella volvía a fumar – ¿Por qué te fuiste de la escuela de forma tan repentina?

Ella se detuvo, miró su cigarro y lo apartó para sacudir la ceniza.

–No fue repentino – admitió, retomando el paso –. Los negocios de Bob se arruinaron, las deudas se acumularon y el banco terminó por rematar las propiedades – explicó –. Cuando nos sacaron de la casa, Miriam me envió con la abuela, a Dakota del sur. Sería temporal, mientras resolvían las cosas, pero nada se resolvió

Otra calada al cigarro y la mirada perdida de la chica.

–Esos años Bob intentó hacer negocios con las personas equivocadas y perdió lo poco que le quedaba. Miriam intentó ayudarlo, pero ambos terminaron durmiendo en el auto y viviendo del seguro social

Inhalar. Tabaco. Exhalar. Humo.

–Mientras cursaba el octavo grado, Olga consiguió un trabajo decente y tras encontrar un departamento al otro lado de la ciudad me convenció de volver a Hillwood para vivir con ella, dijo que podría volver a ver a nuestros padres, como si me importara. Yo solo vi la oportunidad de reunirme con Phoebe. Así que hice todo en mi poder y logré ingresar a su misma escuela que ella

–¿Seguiste en contacto con Phoebe todos esos años?

–Sí, de vez en cuando le enviaba un correo electrónico, cuando lograba conectarme desde la escuela. Veo que cumplió con no contarles

–Así es

–Es de fiar

Arnold asintió y ella miró a la distancia.

–Olga convenció a Miriam de vivir con nosotras, pero no tuvo suerte con Bob

–¿Entonces intentó reunir a su familia?

–Sí. Y yo quería estrangularla por eso

–¿Por qué?

–Odiaba su actitud, siempre fingiendo que la vida era maravillosa y que el trabajo era lo mejor, nunca parecía agotada, ni decía una sola queja o ponía una mala cara...

–Suena como una persona fuerte

–Patrañas. Todo eso eran mentiras. No quería admitir lo mal que estaba todo

El cigarro se consumía entre sus dedos y el humo ascendía en espiral.

–Cada vez que llegaba de la escuela me preguntaba si tendría que cargar a Miriam hasta su cama, desde el baño, desde el salón o desde la cocina

–¿Estaba enferma?

–Estaba ebria

–Lo siento

–Nadie puede beber tanto sin consecuencias y una noche tuvimos que llevarla a urgencias. Un par de días mas tarde, cuando lograron estabilizarla, no pudieron contactar a Olga, así que fui yo quien tuvo que recogerla del hospital. Los médicos dijeron que no había mucho que hacer... su hígado fallaba y sus antecedentes no la hacían apta para recibir un órgano

Otra calada, la última, antes de dejar caer la colilla y aplastarla bajo su bota, sin dejar de caminar.

Arnold la miró de reojo. Helga levantó la vista, temblaba y su voz se había quebrado.

Encendió otro cigarro y miró hacia el final de la calle.

–Descubrí que Olga fumaba mientras cuidábamos a Miriam. Antes creía que se le pegaba el olor de alguien de su trabajo, pero siempre fue ella quien fumaba. Ninguna de nosotras dormía mucho en ese tiempo – medio sonrió –, así que cuando la descubrí simplemente tomé la cajetilla, el encendedor y me senté a fumar junto a ella, en silencio

Aspiró hondo, cerró los ojos y soltó el humo.

–Intentamos que los días que quedaban no fuera tan horrible, pero la mayor parte del tiempo lo era. No estoy orgullosa de cuántas veces deseé que todo acabara pronto... porque incluso si lo quería, cuando ocurrió, no estaba preparada.

–Helga...

–Bob desapareció después del funeral

–Pero...

–Han pasado... ¿qué? ¿ocho años? – contó con sus dedos –. Sí, ya no debería importar – dijo con una sonrisa tan rota, que Arnold pudo sentir como si una daga se hundiera en su pecho.

A través de las lágrimas, ella contempló el brillo del cigarro entre sus dedos.

–Le copié este vicio a Olga, solo para que ella lo superara cuando quiso tener hijos. Yo ni siquiera he pensado dejar de fumar, aunque sé que Lila lo odia. Supongo... que las adicciones son una herencia familiar – bromeó, dejando caer la colilla para aplastarla.

Arnold la abrazó con fuerza.

–Lo siento – murmuró.

–¿Qué... haces?

–Pasaste por todo esto y aún así te quedaste conmigo en la reunión

–Arnold, no soy idiota, sé distinguir entre alguien que tiene una noche de excesos y una persona con problemas

–Pero odias el alcohol

–Y odio la gente idiota, pero estamos rodeados – intentó bromear.

Arnold no la soltaba.

–Lo siento, Helga – repitió.

Ella comenzó a temblar.

–Lamento que hayas pasado por eso

–Guarda silencio – exigió, cerrando los ojos con fuerza.

Arnold notó que le costaba respirar y se apartó, viendo como ella limpiaba sus ojos.

–Está bien que llores – dijo él.

–Doi, eso ya lo sé. No pasé una década en terapia para que me digas algo así

Arnold medio sonrió y ella le sonrió de vuelta. Luego miró al frente, dispuesta a seguir caminando.

El chico luchaba con la idea de volver a abrazarla y el deseo de cuidarla, de hacerla sonreír, porque incluso con ese dejo de tristeza, pensaba que se veía... hermosa.

¿Helga siempre fue tan linda? Ahora que usaba el cabello suelto y ondulado, se veía en verdad preciosa. Sus ojos siempre fueron bellos, incluso con esa uniceja tan característica y su fingido enfado...

¿Por qué pensaba en todo eso?

¿Era que esta Helga, tan distinta a la de su recuerdo, era alguien que en serio podía... gustarle?

Volvió a mirarla.

Esos días con ella parecían increíblemente agradables, diferentes y cálidos.

Pero... era Helga...

Se preguntó por unos segundos si acaso... si acaso pasaría algo malo si la besaba...

Era... la novia de su amiga.

Pero ¿Lila sabía siquiera que se estaba quedando con él? Creyó que sí, pero ahora se preguntaba si él debió decirle algo. Y si acaso no lo sabía... si ya compartían un secreto... ¿podían compartir otro?

Entonces recordó ese beso en la torre de Industrias Futuro. Un beso que se perdió en la vorágine del momento. Y si lo intentaba ahora... ¿también se perdería?

Ella seguía caminando, sin mirarlo, sin reparar en él. ¿Qué habría en su mente?

Al llegar frente a la casa Arnold subió los peldaños y buscó la llave en sus bolsillos.

–Apresúrate – dijo ella, con un bostezo –. Tengo sueño – añadió.

Arnold encajó la llave en la cerradura y entró en silencio. Todas las luces de la casa estaban apagadas.

La chica entró tras él y se quitó los zapatos para subir sin hacer ruido. Lo hizo con tanta habilidad que él comprendió que era un hábito.

La siguió escaleras arriba y se despidieron entre susurros.

El chico se obligó a continuar su camino hacia su cuarto, odiando su cobardía, odiando ser la persona correcta que era.

Subió un par de peldaños cuando sintió que alguien tiraba su manga y al voltear vislumbró su rostro.

–Tus cosas – murmuró, con el brazo extendido hacia él, sosteniendo la camisa y la bufanda.

Arnold estiró la manos. Al tomar las prendas, rozó suavemente los dedos de la chica y un eléctrico cosquilleo subió por su piel.

–Gracias – murmuró ella –. Fue divertido

–También me divertí – contestó en el mismo tono.

Estaba tan cerca... y ella no hizo nada por apartarse.

¿Por qué no se podía sacar de la cabeza la idea de besarla? Eso... ni siquiera fue una cita... pero... se había sentido como si lo fuera.

¿Y qué podía perder si se atrevía a hacerlo? De todos modos apenas hablaba con Lila y Helga se iría en unos días... así que... ¿Qué era lo peor que podría pasar...?

Pero... no le gustaba la idea de "robarle" un beso.

–Helga... – murmuró.

Ella levantó la vista hacia él.

–¿Puedo...?

El timbre del teléfono del chico interrumpió el silencio de la noche. Antes que lograra sacarlo de su bolsillo, la llamada se cortó. Oyeron pasos desde de la primera habitación y el abrupto sonido de la puerta.


Notes:

Day 5: Scarf – Oceans – Side by Side
Día 5: Bufanda – Océanos – Juntos


Chapter 6: Adios


Ambos corrieron a la habitación de los abuelos.

Nancy los detuvo en la puerta.

–Mi abuela... ¿ella... está? – dijo el chico, nervioso, tratando de no subir la voz.

La enfermera lo observó.

–Me alegra que hayas regresado a tiempo... dudo que pase la noche – dijo.

Helga notó que él pareció derrumbarse un instante y antes de pensarlo lo sujetó por los hombros.

Arnold cerró los ojos un instante, tomó aire y se acercó a la cama.

–¿Kimba? ¿Eres tú? – dijo la anciana, con un hilo de voz que se desvanecía incluso en el silencio.

–Sí, abuela, soy yo...

Antes que Helga decidiera qué hacer, Nancy la llevó al interior de la habitación y cerró la puerta. Los nuevos residentes solo conocían a una anciana enferma, ellos no vieron su energía, su ánimo, ni sus locuras, no eran cercanos y la mujer sabía que Arnold no los quería inmiscuyéndose.

Mientras al enfermera rodeaba la cama y se aseguraba de que la anciana estuviera cómoda, la joven no sabía qué hacer... ¿había siquiera algo por hacer? Solo acompañar a Arnold, pero... ¿él querría su compañía en un momento así?

Gertie cerró los ojos y pareció dormida, con una respiración apenas perceptible. Guardaron silencio, atentos, mientras Arnold sujetaba su mano.

Helga podía notar que él se esforzaba por ahogar los sollozos y cuando puso atención vio las lágrimas cayendo por su rostro.

Deseó que hubiera una forma de evitarle ese dolor, pero sabía que no existía, así que solo se quedó junto a él, atenta.

Pasó casi una hora, hasta que la anciana volvió a abrir los ojos.

–Oh... que hermoso – murmuró.

–¿Qué cosa? – dijo Arnold.

–Estás aquí – contestó, sin mirarlo.

–Abuela

La anciana volteó a ver a su nieto.

–Siempre has sido un buen chico, trajiste alegría a nuestro hogar. Criarte fue una aventura maravillosa – dijo con entusiasmo.

La tos la interrumpió.

–Te he retenido aquí mucho tiempo – continuó.

–¿De qué hablas, abuela? Claro que no – dijo él.

Helga podía notar cómo se le quebraba la voz y tomó su mano libre para darle fuerzas.

–No mientas, Kimba. Todavía eres joven y tienes mucho por vivir, un mundo por explorar, amores por conocer...

La anciana fijó la vista en la chica en la entrada.

–Oh, querida... no podremos armar otro rompecabezas – dijo.

–Algún día espero ser tan buena como tú, Gertie – contestó Helga.

–Eres una jovencita agradable, no dejes que mi nieto olvide cómo sonreír

–Abuela – Arnold intentó detenerla.

–Recibirá un golpe si lo olvida – aseguró Helga.

–¡Ey!

–Estoy segura que así será – contestó la anciana, sonriéndole.

Otra vez tosió y luego su mirada se enfocó en el vacío a los pies de la cama

–¡Que no son tonterías! ¡Y seré vieja, pero estoy en mis cabales!– replicó.

Los jóvenes intercambiaron una mirada, preocupados.

–Oh, Phil, eres un tonto... ¿bailar? Apenas puedo moverme – continuó.

–Abuela, creo que debes descansar – dijo, pero las palabras se perdieron en cuanto sintió la mano de Helga apretando la suya y al voltear vio que ella negaba.

La anciana le sonrió a su nieto, luego miró otra vez a los pies de la cama y levantó la mano como si intentara alcanzar a alguien. Sus ojos se cerraron con una sonrisa y la enfermera sujetó su mano en el aire, bajándola lentamente hasta la cama.

Los chicos la observaron en silencio. Su aliento desaparecía y el color se desvanecía de su piel.

Pasaron unos minutos, hasta que Nancy verificó sus signos vitales, miró a Arnold y cerrando los ojos negó con el rostro.

El chico sintió como si el mundo se derrumbaba, el pecho le dolía y un sonido agudo sonaba en sus oídos, junto con una presión horrible en su garganta... su vista se nubló... perdió el sentido de la realidad y una sensación vertiginosa se apoderó de él.

–Tuvo una larga vida – dijo Helga.

La abrazó sin pensar. Y el llanto llegó con fuerza, mientras ella lo contenía con suaves caricias en su cabello.

–Se fue en paz – continuó la chica –, en su propio hogar, en su propia cama... en compañía... es más de lo que mucha gente tiene...

Arnold asintió, apretándola con fuerza.

–Hiciste por ella mucho más de lo que la mayoría hace

–Gracias – dijo él cuando logró apartarse, secando su rostro.

Nancy le dijo que todavía tenía trabajo por hacer, que podía esperar en la sala.

Arnold asintió, levantándose para salir de la habitación.

–¿Necesita ayuda? – murmuró Helga.

La enfermera negó.

–Pero él necesita compañía – contestó en un susurro.

Helga asintió y siguió a Arnold a la cocina.

Mientras él llamaba a la funeraria, ella preparó café.

Pasaron lo que quedaba de esa noche en vela. El silencio era interrumpido por uno que otro sollozo ahogado del chico o uno de ellos bebiendo café y colocando la taza de regreso sobre la mesa.

El personal de la funeraria llegó temprano por la mañana y se hizo cargo de todo lo que era concerniente al trámite y el traslado.

Después de llamar a los pocos amigos de la anciana y los viejos residentes para informarles los detalles, no quedaba nada más que hacer, excepto esperar que el tiempo pasara.

–Necesitas descansar, cabeza de balón – dijo Helga.

Eran casi las tres de la tarde.

El chico asintió, subiendo la escalera.

–Sé que esto es... inusual. Siento las molestias – se disculpó.

–Descuida... casi nadie programa las citas con la muerte

Arnold no sabía si enfadarse o reír.

Se detuvo por un instante frente a la habitación ahora vacía y luego miró el largo pasillo.

–¿Crees que estarás bien? – dijo Helga.

–No – admitió Arnold.

Ella dudó un segundo, pero luego tomó su mano.

–Vamos, me quedaré contigo – dijo.

Sin mirarla, Arnold apretó su mano con fuerza. Su piel se sentía extrañamente cálida.

En cuanto cerraron la puerta, el chico se quitó los zapatos y se recostó, dándole la espalda.

Ella se acomodó junto a él, pasó un brazo por debajo del cuello del chico, el otro sobre sus costillas y apoyando la frente en su nuca lo abrazó con fuerza, mientras él se encogía, ahogando un sollozo.

–Estoy... agotada – murmuró ella.

–Lo siento – contestó él.

–Solo te aviso porque creo que me quedaré dormida... pero, prometo no enfadarme si me despiertas con tu llanto... o si necesitas hablar ¿sí?

El chico sujetó una mano de ella, jugando con sus dedos.

–Gracias – murmuró.

Pero a diferencia de lo que Helga esperaba, fue a ella a quien le tomó trabajo dormirse, mientras que él al poco rato tenía una respiración regular.

Era verano, hacía un calor horrible y estaba sudada, pero no había nada en el mundo que la fuera a mover de ahí, no mientras Arnold necesitara a alguien.


Una alarma los despertó. El chico tenía que cumplir las responsabilidades en la casa, así que Helga lo ayudó a preparar la cena y luego de asegurarse de que había suficiente para todos, lo acompañó de regreso a la habitación, con dos platos de comida.

Arnold suspiraba distraído, revisando sus mensajes y correos.

–Creo... que intentaré dormir – dijo de pronto.

Helga asintió, mirando el plato del chico a medio comer y sin mediar palabras, se encargó de bajar las cosas. Se tomó algunos minutos para limpiar la cocina y fumar un cigarro en el patio.

Solo entonces miró su teléfono. Había mala cobertura en donde vivía la familia de Lila, pero no había nada nuevo desde el último aviso. Se preguntaba si Arnold le habría contado lo sucedido, segura de que no era su responsabilidad dar esa clase de noticias.

Dio una profunda calada a su cigarro y se quedó con los ojos cerrados, cubriendo su boca con su mano hasta que el humo salió por su nariz. Aplastó la colilla contra el muro y fue al cuarto que estaba rentando.


Arnold, con las luces apagadas, miraba el techo, preguntándose mil cosas, recordando con nostalgia su infancia, los momentos en que sus abuelos lo cuidaban, jugaban con él, intentaban animarlo y aconsejarlo. Todo lo que ellos hicieron para ayudarlo a sobrellevar la ausencia de sus padres... y cómo con la madurez que adquirió con la edad entendió que ellos también vivían en la incertidumbre de un luto inconcluso.

Si había otra vida... al menos sus abuelos ya tendrían la respuesta que él todavía ignoraba.

Pensando en eso, no notó los pasos en la escalera, ni los golpes suaves, hasta que la puerta se abrió, sobresaltándolo.

–Soy yo, cabeza de balón – dijo Helga sin entrar.

Arnold observó su silueta, dibujada por la luz del pasillo.

–Solo quería saber si necesitas algo más antes de dormir

–No...

–Te dejo en paz entonces. Si necesitas hablar, sabes dónde encontrarme

Ella sujetó el pomo de la puerta y retrocedió.

–Espera – dijo él.

Helga se detuvo.

–¿Podrías... quedarte conmigo?

Ella asintió, entró, cerrando la puerta y se sentó en la cama para quitarse los zapatos, luego se recostó junto a él.

Por varios minutos miraron las estrellas en silencio.

–¿Crees en el cielo?

–No lo sé – fue la respuesta automática.

El chico suspiró con tristeza y ella tomó su mano, acariciándolo con su pulgar.

–Cuando era niña – musitó Helga, antes de bostezar –. Lo siento – continuó –. Cuando era niña deseaba que existiera. Creía que tenía que haber algo distinto al infierno en que vivía

–Lo lamento

–Ahora solo creo que no importa

–Entiendo

–Pero...

Ella se giró para mirarlo y extendió su mano frente a él. Arnold la imitó, girándose y estirando su mano hacia ella. Jugaron unos segundos con sus dedos, presionándolos suavemente.

–Si lo que preguntas es si creo que tus abuelos están en el cielo – murmuró ella –, de existir uno, definitivamente sí

Ella movió ligeramente su mano para entrelazar sus dedos con los de Arnold y le sonrió con melancolía.

–El abuelo luchó en la guerra – dijo el chico, evitando su mirada –. Tal vez hizo y vio cosas terribles

Ella cerró los ojos, concentrada. Volvió a extender sus dedos, reiniciando el juego con la mano del chico.

–Aunque así fuera – dijo –, recuerdo que eran buenas personas. Como tú, Arnoldo. Amables, de buen corazón, entrañables, acogedores, llenos de energía... era impresionante verlos...

–Sí – medio sonrió.

Ella sintió un suave cosquilleo que la hizo apartar la mano, ambos volvieron a contemplar las estrellas.

–¿Recuerdas... – murmuró Helga de pronto – ese día de padres en cuarto grado?

–¿Cuándo tu padre me llamó huérfano? Cómo olvidarlo

–Bob es un imbécil

–Supongo

–Y yo... no supe disculparme... lo siento

–No tenías porqué disculparte por lo que hizo tu padre...

Suspiraron.

–¿Sabes? Fue genial verlos ahí. Me hubiera encantado estar jugando con ustedes y divertirme, en lugar de seguir las órdenes de Bob. Suerte que la familia de Phoebe se llevó el premio

–Es cierto, tanto competir para que al final ganara alguien más

Ambos rieron.

Arnold la miró de reojo cuando volvió a bostezar y luego volvió a mirar el cielo, perdido otra vez en recuerdos. Anécdotas, risas, consejos, comidas, celebraciones, vacaciones, campamentos...

Un suave ronquido le avisó que la chica dormía.

Rodó con cuidado para no despertarla, contemplándola.

Si apenas un mes atrás alguien le hubiera dicho que de todas las personas que conocía, sería Helga G. Pataki quien estaría para él en uno de los momentos más difíciles de su vida, se habría reído a carcajadas. Y ahora solo podía agradecer que ella no lo hubiera abandonado en esas últimas 24 horas.

Tal vez fue el cambio de ambiente, vivir con Olga, los años de terapia, su relación con Lila o una combinación de todo eso lo que la volvió así, ¿quién sabe?, pero admiraba su fortaleza, su calidez y la contención que le ofrecía. No creía que hubiera alguien más con quien se sintiera cómodo mostrándose así de vulnerable y herido.

Su corazón se aceleró con esa idea.

No quería aferrarse a Helga... no de ese modo.

Sabía que podía hablar con Gerald, Phoebe y con sus amigos del club de jazz. Ellos le ofrecerían ayuda, no juzgarían sus lágrimas y le darían tiempo para desahogarse. Incluso lo abrazarían con un par de palmadas en la espalda. Phoebe también intentaría darle consuelo y quizá un abrazo suave... y hasta podía imaginarla explicando las etapas del duelo y recomendando algún especialista si necesitaba ayuda, porque, bueno, así era ella.

Pero la presencia de Helga se sentía diferente a las otras amistades que tenía.

Bostezó y cerró los ojos un instante... su vista estaba cansada... y sin darse cuenta, también se durmió, acurrucándose con ella.


El velorio, la ceremonia y el funeral fueron breves. Arnold pasó más tiempo recibiendo condolencias y hablando con distintas personas, del que le hubiera gustado, pero se convencía una y otra vez de que las cosas simplemente funcionaban así.

Muchos le daban palabras de ánimo y consuelo, comentaban sobre las locuras de su abuela, contando anécdotas y recordándola con afecto.

Llegaron dos de sus amigos del club de jazz, también Gerald y Phoebe. A estos últimos les extraño ver a Helga ahí, en especial sin Lila.

El chico no les dio explicaciones y se sentía un poco culpable. Sabía que con un solo mensaje Lila hubiera vuelto para acompañarlo, pero su regreso significaba renunciar a Helga.


Cuando el día acabó, Arnold se dejó caer en su cama, agotado. No tuvo la osadía de pedirle otra noche de su compañía a su amiga... ¿era su amiga ahora?

La idea de que se iría pronto no dejaba de molestarle y sabía que no tenía ninguna razón para retenerla, ni ella para quedarse.

El lugar y el corazón de la chica estaban con Lila, ¿no?

Tenía que alejarse... o dejarla ir... antes de que ese sentimiento fuera más fuerte y profundo.

Además, se sentía como un traidor. No. Más bien sabía con certeza que lo era, porque fantasear con la sola idea de besar a Helga no era muy diferente imaginarse besando a la novia de cualquier otro amigo, es decir, Gerald lo mataría si intentara algo con Phoebe ¿Por qué Lila habría de reaccionar de otra forma? Y si pasara algo... aunque fuera... aunque fuera solo una vez... Lila realmente se enfadaría con él y si elegía dar fin a los años de amistad, no podría culparla. Odiaba que incluso pensó que estaba dispuesto a sacrificar eso. Además Gerald y Phoebe ¿lo culparían? ¿lo regañarían? Phoebe acababa de reconectar con Helga, definitivamente sería incómodo si se enteraba.

Rodó sobre la cama, escondiendo su rostro en la almohada, ahogando el gruñido de frustración.

No podía culparla por lo que sentía ni cómo se sentía. Helga no hizo absolutamente nada que pudiera considerar como coqueteo...

Volvió a rodar para quedar boca arriba y colocando sus manos detrás de su cabeza cerró los ojos.

Podía escuchar a Helga sobre el escenario, cantando esa canción con desdén. Podía recordar que le entregaba su chaqueta y la forma en que le dijo que siempre sería la primera persona...

Pero jamás dijo que la única...

Cerró los ojos, obligándose a dormir.


Notes:


Day 6: Picnic – Sacrifice – Eyes Closed
Día 6: Picnic – Sacrificio – Ojos cerrados


Chapter 7: Decisiones...

Notes:


Traigo sufrimiento (╯'□')╯

Este capítulo se escribió con la canción 23 de The Warning


Tres golpes en la puerta no bastaron para despertarlo.

Se aferró a las tinieblas del sueño, intuyendo lo terrible de la realidad a la que debía regresar. Su cuerpo parecía no obedecer. Sus hombros y espalda estaban tensos. Y las palpitaciones en su sien eran dolorosas.

Otros tres golpes.

Abrió los ojos con esfuerzo, rodó sobre la cama para quedar boca arriba y volvió a cerrar los ojos al notar el sol brillando en lo alto.

Dos golpes más.

Logró reunir la energía para sentarse en la orilla de la cama. Las sábanas se deslizaron por su cuerpo, hasta caer al suelo con un sonido apagado.

La puerta apenas abierta.

–Soy yo, cabeza de balón

La voz de Helga lo despertó del todo.

–Dime – logró pronunciar.

–Es casi medio día... ¿quieres que te traiga algo de comer? – continuó ella, sin entrar.

–No tengo hambre, gracias

–Está bien, te dejaré en paz

La puerta cerrada y los pasos de la chica bajando por la escalera y alejándose por el pasillo.

Cubrió su rostro con sus manos, frustrado y molesto consigo mismo. Su corazón se había acelerado con solo escuchar su voz.

Eso... no era habitual.

Con esfuerzo buscó algo de ropa limpia y se hizo a la idea de tomar un baño.

Bajo la ducha, se preguntaba cómo soportaría tanto la presencia de la chica como la inminente despedida.

Cerró los ojos y apoyó sus puños y su frente contra la cerámica, con el agua cayendo en su espalda.

Años atrás, cuando Helga desapareció de su vida, él no tenía idea de qué era lo que sentía por ella, si acaso esa loca confesión bastó para desorientarlo o si lo remeció lo suficiente para aceptar que le cautivaba esa chica que ante todos los demás se comportaba de forma horrible. Su repentina ausencia solo aumentó la confusión y sin forma de confirmar lo que sentía, prefirió enterrar algo que ni siquiera se atrevió a nombrar.

Ahora las cosas eran diferentes. Los años de experiencia con otras chicas, aciertos y fracasos, buenas y malas relaciones, le habían enseñado a distinguir entre un capricho impulsivo y algo más trascendental y profundo. Y tenía una sola certeza: era demasiado tarde. Aunque fuera capaz de decirle lo que sentía, ¿Qué ganaría?

Incluso cuando era un adolescente intentó siempre pensar antes de actuar y su mayor preocupación era cómo sus decisiones afectarían a los demás. Ahora, sin la torpe excusa de su ingenuidad, entendía que, fuera cual fuera el resultado, siempre saldría alguien lastimado. ¿Entonces no era mejor guardarse todo y soportar en silencio el vacío de un amor no correspondido?

Cerró la llave, intentando convencerse de que el amor no podía darse de esa forma tan apresurada. Ya no creía en el amor a primera vista, ni en las fantasías predestinadas de los libros y películas. Creía entender que el amor requería esfuerzo.

Pero no se trataba de una desconocida entrando a su vida, sino de Helga Geraldine Pataki.

Secando su cabello frente al espejo imaginó cuántas cosas pudieron ser diferentes si hubiera tenido el valor de hacer algo más. ¿Helga habría evitado irse lejos si él le hubiera correspondido? ¿Y qué tipo de vida hubiera tenido de haberse quedado? Si hubieran salido en ese tiempo, sabía que en cuanto se hubiera enterado de la situación, la habría convencido de que la mejor opción era irse. ¿Y ella hubiera seguido en contacto con él como lo hizo con Phoebe? ¿Tal vez... hubiera intentando entrar a otra escuela en secundaria? O, por otro lado, ¿sería diferente si él hubiera acompañado a Gerald hasta la escuela de Phoebe alguna vez? ¿habría visto a Helga? ¿La habría reconocido? Sí, la habría reconocido ¿Habrían hablado otra vez? ¿Si hubiera tenido el valor de invitarla a salir... ella... hubiera aceptado? ¿Y qué tal si hubiera seguido visitando a Lila de vez en cuando? ¿Se habría topado eventualmente con Helga? Y si los tres hubieran pasado tiempo juntos... ¿Helga lo hubiera elegido a él?

Terminó de vestirse y sacudió la cabeza. Nada de eso tenía sentido. Las cosas eran como eran y fantasear sobre las posibilidades no arreglaba nada.

Bajó a la cocina y casi por hábito sacó una lata de cerveza de la nevera. La abrió y la llevó hasta su boca, pero el aroma le pareció demasiado intenso y en lugar de beber la vertió en el fregadero, dejando correr el agua unos segundos antes de botar la lata a la basura.

Lo último que quería era oler a alcohol, en especial después de lo que Helga le contó.

Cerró los ojos, recordando sus palabras, la soledad de una madrugada a media semana, el aire nocturno, el olor tan particular de sus cigarros, su sonrisa rota, sus lágrimas, el aroma de su cabello y la tibieza de su cuerpo entre sus brazos. Cada instante estaba grabado en su memoria.

–¿Qué voy a hacer? – murmuraba para sí, distraído.

Sacársela de la cabeza no sería fácil y desterrarla de su corazón tomaría bastante más trabajo, suponiendo que pudiera hacerlo.

–¿Estás bien, cabeza de balón?

La voz de la chica lo sobresaltó.

Volteó para contestar y antes de abrir la boca supo lo que era quedarse sin aliento. Helga tenía su cabello suelto, vestía una camiseta rosa, demasiado grande para ella, que dejaba uno de sus hombros al descubierto, también llevaba una falda negra, tableada y medias de red rotas con sus botas de combate. De alguna forma parecía ruda y adorable a la vez.

–¿Qué? – dijo ella, cruzando los brazos.

–Es raro verte así – comentó él con una sonrisa –. Te queda bien

–Por eso lo uso – explicó ella, arqueando su ceja.

Arnold ahogó una risita.

–¿Siempre eres tan arrogante, Helga Pataki?

–¿Y tú siempre eres tan baboso?

El chico volvió a reír.

–Solo si la vista vale la pena – contestó.

Ella no esperaba esa respuesta y se sonrojó un poco, evadiendo su mirada.

–¿Tienes hambre? – preguntó él, dándole la espalda para buscar algo más en la nevera, aunque solo fuera para obligarse a no mirarla más.

–La verdad, no – dijo ella –. Solo vine por algo de beber

El chico mencionó lo que veía hasta que ella eligió algo. Arnold tomó dos botellas de soda y le entregó una.

–Gracias – dijo ella.

Dio la vuelta para salir de la cocina, pero se detuvo en la puerta y volvió a mirar al chico.

–Lila llegará esta tarde – añadió, mirando el suelo. – Me escribió anoche

–Oh...

Incluso con el caos en su cabeza, esperaba tener un día más con ella, aunque fuera para crear unos pocos recuerdos con los que torturarse luego.

–Ya hice mi maleta y dejé las sábanas en la lavandería. Te pagaré por el día completo – añadió ella.

–No hace falta

–Hicimos un trato, cabeza de balón

Arnold asintió. Era cierto.

–Entonces te vas...

–En un par de horas – aclaró –. Pediré un taxi

El chico dio un suspiro.

–¿Quieres acompañarme mientras esperas? – dijo él.

Helga asintió y Arnold la invitó a la azotea. Buscaron un lugar a la sombra y se sentaron a beber.

–¿Cómo te sientes? – preguntó ella.

–No lo sé – contestó el chico, mirando el vacío frente a él, jugando con la botella entre sus manos.

–Puedes llamarme si necesitas hablar, tienes mi número... y el insomnio es parte de mi vida, así que es probable que me encuentres despierta de madrugada – añadió, nerviosa.

–Gracias

Arnold sonrió con tristeza.

Helga lo observaba, preocupada a la vez que frustrada con la incapacidad de encontrar las palabras adecuadas, es decir, ¿había alguna siquiera? ¿Qué tipo de consuelo se le podía ofrecer a alguien en una situación como esa? Todo lo que pasaba por su cabeza sonaba estúpido, obvio o innecesario. Ella sabía mejor que nadie que no había lógica ni poesía que sanara el dolor de la pérdida de un ser amado, incluso en las mejores circunstancias.

–¿Alguna vez has sentido...? – dijo él de pronto

Ella regresó a la realidad, mirándolo con confusión.

–Olvídalo, es una tontería – añadió Arnold.

–No me digas – contestó ella – ¿Por qué te acobardas? ¿Crees que te voy a juzgar?

El chico medio sonrió y tomó aliento.

–¿Alguna vez has sentido que has llegado demasiado tarde? – dijo, mirándola.

–¿Qué quieres decir?

–Tengo la sensación de que hay muchas cosas que pude hacer de una forma distinta, pero no las hice y ya perdí la oportunidad

Ella bebió de su botella y se estiró un poco.

–No sé si existe algo como demasiado tarde – contestó –. No mientras sigamos vivos

–¿A qué te refieres?

–Que solo es demasiado tarde para hacer algo cuando has muerto y entonces ya no importará, pero mientras vivas... ¿por qué no intentarlo?

–Porque no estaría bien

–¿Por qué?

–No quiero decepcionar ni lastimar a las personas que me importan

–¿Por qué sería así? Si quieres intentar algo, las personas que te importan deberían apoyarte ¿no?

Arnold medio sonrió.

–Creo que no estamos hablando de lo mismo – dijo, bebiendo un sorbo de su botella.

–Pensé que te referías a volver a la universidad

Arnold negó.

–¿Buscar un empleo?

Otra vez movió su cabeza de lado a lado.

–¿Viajar?

El chico negó, con una sonrisa triste.

–¿Entonces de qué rayos estamos hablando?

Arnold ahogó una risita y levantó la vista hacia el cielo.

–Hablo... sobre sentir algo por alguien... que no me corresponde – explicó.

–Ah... eso... – ella miró sus pies –. Pasa todo el tiempo

–¿Y crees que exista forma de solucionarlo?

–¿Quién sabe? Los corazones de la gente siempre son un misterio

Arnold la miró.

–Es peor sabiendo que tuve muchísimas oportunidades para acercarme, pero nunca tuve la certeza ni la claridad para hacer algo al respecto

–No me digas – Helga rodó los ojos.

Ambos guardaron silencio, bebiendo lo que quedaba de sus botellas.

–Bueno, realmente no tienes buena suerte en el amor, cabeza de balón – murmuró Helga de pronto.

–Al parecer no

–Definitivamente no eres del gusto de Lila

Arnold la observó sorprendido.

–No hablaba de Lila – aclaró.

–¿No? Pero fueron amigos durante años, debiste tener como medio millón de ocasiones para confesarte

–Helga, no me gusta Lila desde la primaria, en serio

El chico no podía dejar de reír.

–¿No? ¿Seguro? Porque no podría culparte, es decir, es hermosa, dulce, educada, inteligente, amable... ¿has visto su cabello? Es maravilloso y sus ojos... y sus pecas...

–Y no es para nada mi tipo – aclaró él, todavía riendo.

–¿Entonces quién es la afortunada?

mientras vivas... ¿por qué no intentarlo?

Aunque ella respondió pensando en otra cosa, en cierto modo sus palabras le dieron valor.

–Tú

Helga agradeció estar sentada, porque de otro modo habría caído al suelo.

–¿D-de qué demonios hablas? – logró decir.

–Lo siento – dijo él, con una sonrisa incómoda –. Sé que esto puede parecer estúpido, pero los días que pasé contigo, las cosas que hemos compartido, las charlas que hemos tenido, la mujer en la que te convertiste... definitivamente me gustas-gustas...

Jugaba con la botella vacía en su mano, nervioso.

–Tienes que estar bromeando – dijo ella, molesta.

–No

Helga se levantó y dio algunos pasos alejándose de él.

–Solo necesitabas a alguien y yo estaba ahí, no te gusto, cabeza de balón

–Agradezco que hayas estado conmigo, pero, si soy honesto, pensé muchas veces en besarte cuando me acompañaste al club

–No es cierto

–¿Por qué no lo sería?

–¡Vamos! Soy yo, demonios

–Es lo que estoy diciendo

–Nunca te he gustado

–Claro que sí

–¡Claro que no!

Arnold sonrió. Era él quien acababa de confesarse, pero era ella quien parecía nerviosa.

Dejó la botella en el suelo, se puso de pie y se acercó a la chica, notando que ella apenas podía sostenerle la mirada.

–Helga Pataki – dijo, parándose frente a ella.

–¿Q-qué?

El chico sentía su corazón acelerado, anticipando la estupidez que estaba por cometer.

–¿Me dejarías besarte?

Hubo un instante de silencio en que ella lo observó con sorpresa antes de asentir, cerrando los ojos.

Arnold acercó sus manos, jugando con sus dedos, subió lentamente por sus brazos, disfrutando cada ligero estremecimiento que ella intentaba ocultar, hasta sujetarla cerca de los hombros, acariciándola con delicadeza, notando la firmeza de sus músculos tensos y la tibieza y suavidad de su piel. Se aproximó, atento al temblor en sus párpados. Rozó su nariz, giró ligeramente su rostro y presionó su sus labios sobre los de Helga, abriendo poco a poco su boca.

La chica dejó de respirar un instante, antes de perderse en ese beso, relajando su cuerpo.

Cuando él percibió el cambio, se permitió acariciar su hombro expuesto, moviendo su mano hasta su cuello, para sujetar suavemente su nuca, al tiempo que empujaba su lengua dentro de ella, disfrutando el húmedo contacto. Ella se estremeció suavemente y él sintió la presión de un suave quejido que ella no logró reprimir. La vibración en su boca bajó hasta su estómago y se extendió por su cuerpo en una presión eléctrica. Supo en ese instante que era un error y que no le bastaría con un beso.

Creyó que podía vivir con eso, que un recuerdo que sería suficiente para saber que alguna vez tuvo la dicha de compartir un beso que no fuera robado, que no fuera un truco o una trampa, un beso de verdad, mutuo... ¿era... mutuo?

Sintió las manos de Helga en su pecho y entendió que debía apartarse.

–Lo... siento – dijo, completamente sonrojado.

¿En qué momento tomó la estúpida decisión de besar a Helga Pataki? Contemplaba los ojos vidriosos de la chica, oía su aliento entrecortado y sentía sus manos temblando, pero al bajar la vista hacia sus labios no pensaba solamente en volverla a besar.

–Lo siento... – repitió, soltándola y apartando sus manos lentamente, luchando contra el deseo de abrazarla.

–Oh, vamos, no fue un beso terrible – bromeó ella, evitando su mirada –. Ni siquiera es nuestro peor beso... – añadió con una risita.

El chico la observó con sorpresa. Ella lo evadía, sonrojada.

–¿N-no estás enfadada? – logró pronunciar.

–Fui yo quien te dejo hacerlo ¿no?

Arnold asintió.

–Quiero decir, fue solo un beso – ella volvía a bromear, nerviosa – , ¿está bien? Aunque me sorprendió que en verdad quisieras hacerlo... y... – se alejó de él, dándole la espalda.

–Lo... lamento. No quise presionarte...

–No fue así

–Pero...

–Estúpido cabeza de balón

–¡Helga!

–¿No lo entiendes?

–¿Entender qué?

–Eres el único chico que en verdad me ha gustado...

–Pero...

–Salí con algunas personas en la escuela y en la universidad, chicos, chicas... y aunque varias chicas me gustaron en serio, solo con Lila he estado tanto tiempo. Pero tú... tú eres diferente...

–¿Por qué?

–Nadie me desquicia como tú

–¿De qué hablas?

–Pasé años enamorada de ti, locamente enamorada, sin saber cómo decirte... y cuando al fin te lo dije... y lo olvidaste...

–No lo olvidé

–¿Qué?

–Pensé en tu confesión por meses, incluso después que te fuiste

–¿Por qué no dijiste nada?

–¡Por que no lo entendía!

–¡Creí que me odiabas!

–¡Claro que no! Eras confusa y un poco molesta, pero también pensaba en ti de otra forma. Odié que desaparecieras

–Era la oportunidad dejarte atrás. Cuando estuve lejos de ti me prometí que seguiría con mi vida

Ella miró el suelo y apretó los puños.

–Helga... ¿Por qué me dices todo esto?

–¡No lo sé! ¿Por qué demonios me besaste?

Arnold no fue capaz de responder.

–Deberías odiarme – dijo él.

–Créeme que lo hago

–¿Qué?

–Te odio, te detesto... y en el fondo... sigo amándote ¿por qué? Eres... la única adicción que nunca lograré superar...

Lo supo en el momento en que llegaron a esa estúpida reunión y lo escuchó invitando a Gerald al escenario. Ni siquiera necesitó asomarse al salón para saber que se trataba del estúpido cabeza de balón. Nerviosa, solo atinó a esconderse, como cuando era niña. Ya hacía años que había dejado su relicario al fondo de un cajón, pero la fuerza del hábito la hizo buscarlo y solo encontró sus cigarros. Todos esos sentimientos que se juró dejar atrás, resurgieron para atormentarla.

Cuando Lila le dijo que iría a ver a su familia, Helga supo dos cosas: La primera, que necesitaba salir del departamento de Olga antes que su hermana creyera que volvía a tener una niñera gratis a tiempo completo; y la segunda, que era la oportunidad de estar con él. Sabía que quedarse en La Casa de Huéspedes era una estupidez, que cada segundo con Arnold la destrozaría luego, pero... tenía una excusa para verlo... y amarlo en silencio y a distancia como siempre lo hizo y convencerse de una vez por todas que él jamás sentiría lo mismo.

–Lo arruinaste – dijo ella, dirigiéndose a la escalera.

–Helga... espera...

–¡No! ¡No se suponía que esto fuera así!

La chica se apresuró para ir a la habitación y sacar sus cosas. Arnold la alcanzó y se detuvo en el pasillo sujetándose del marco de la puerta.

–¿Te irás otra vez sin despedirte? – reclamó él.

Helga apenas levantó la vista y apretando los dientes reunió todo el coraje que tenía para pasar junto a él. Sabía que él no la retendría, pero deseaba en el fondo que lo hiciera.

Se detuvo antes de bajar la escalera.

–Cuídate mucho – dijo, cargando sus cosas.

Logró detener un taxi al llegar a la esquina de la calle. Echó un último vistazo antes de cerrar la puerta. Odiaba y agradecía que no la hubiera seguido.


Notes:


Day 7: Promises to Keep – Pink – Grasp
Día 7: Promesas que cumplir – Rosado – Agarrar/comprender


Chapter 8: Je te deteste... Je t'amei...


A mitad de la semana Nancy visitó la casa de Huéspedes para hablar con Arnold. El joven dijo que le pagaría por todo el mes de trabajo y le ofreció medio sueldo por algunos meses mientras ella buscaba otro empleo, aunque la mujer se negaba a aceptar su ayuda, así que él tuvo que insistir un poco.

–¿Y qué hay de ti? – dijo Nancy cuando lograron un acuerdo.

–¿De mí? – dijo, confundido.

–¿Piensas volver a la universidad?

–No lo sé

El chico suspiró.

–¿Y qué hay de tu amiga? ¿Le dijiste lo que sentías por ella antes que se fuera de aquí?

–¿Qué? ¿Cómo sabe...?

–Ustedes los jóvenes creen que son muy sutiles, pero una que tiene sus años sabe de estas cosas – explicó con una sonrisa –. En todos el tiempo que estuve en esta casa, jamás te vi más feliz que en la compañía de esa muchacha

–Helga resultó ser mejor amiga de lo que recordaba

–¿Amiga? La forma en que se miraban y esa complicidad no es solo amistad. Confía en mí, sé de lo que hablo

–Eso... no importa... ella no siente lo mismo

–¿Estás seguro?

Arnold suspiró.

–Se hubiera quedado si sintiera lo mismo... si yo... valiera la pena, pero no soy más que un fracaso

–¿Resientes que se haya ido?

Arnold asintió.

–Querido, ella hizo una vida que no puede abandonar de un momento a otro ¿pero qué hay de ti?

–¿Qué quiere decir?

–Ya no tienes ninguna obligación de seguir aquí. Tienes la oportunidad de salir y buscar lo que quieres. Eres joven y puedes perseguir tus sueños. Está bien que te tomes un tiempo, pero no puedes quedarte aquí para siempre ahogándote en tu tristeza

Arnold medio rio.

–No he pensado hacia dónde quiero dirigir mi vida

–¿Y si ese es el caso por qué no vas tras ella?

–No puedo

–¿Qué te lo impide?

Un par de notificaciones en su teléfono fueron la excusa perfecta para no responder. Se disculpó, sacando el aparato de su bolsillo y su ánimo se ensombreció al ver el nombre. Esperaba lo peor cuando pinchó para leer el mensaje, pero al no encontrar palabras hirientes tuvo que volver a leer un par de veces. Esto era confuso, pero tal vez Nancy tenía razón.


Un par de días más tarde, frente a su escritorio, Helga terminaba de revisar los últimos artículos que le habían enviado los pasantes.

Una risa estrepitosa al otro lado de la oficina la desconcentró un instante. No podía decir que odiaba su trabajo, pero a veces quería estrangular a sus compañeros.

Vio en su teléfono un mensaje de Lila, para confirmar que almorzarían juntas. Contestó de forma automática y siguió su trabajo hasta cinco minutos antes de la una. Adjuntó los documentos y los envió a su jefe junto con el resumen de su trabajo esa semana, apagó su computadora y se despidió.

De camino a la salida ignoró los comentarios sobre su audacia. Apenas había regresado de sus vacaciones y aún así se iba temprano como hacía cada viernes. A ella no le importaba. Se ganó el beneficio gracias a la consistencia y eficiencia de su trabajo. No era asunto suyo que los demás no supieran gestionar su tiempo.

Llegó al restaurante de siempre casi diez minutos más tarde. Ella y Lila tenían una mesa favorita y ahí se sentó a esperar.

Ahora que no tenía en que ocupar su mente, repasaba con angustia todo lo sucedido los últimos días.


Después que se fue de la casa de Huéspedes le dejó su última cajetilla como propina extra al taxista y bajó en la concesionaria donde solían rentar. Allí hizo la gestión para adelantar la reserva y en cuanto tuvo las llaves en su poder, revisó el vehículo, firmó los papeles con un par de observaciones, subió su equipaje al maletero y condujo hasta el estacionamiento de un restaurante de comida rápida cerca del donde vivía Olga. No tenía ánimo de ver a su hermana, pero sabía que Lila querría hablar con ella antes de irse. Esperó hasta que un mensaje de su novia le informó que podía recogerla.

Las horas que pasó manejando, la escuchó hablar sobre los días que pasó con su familia, contando en detalle sobre las actividades, comidas, conversaciones... añadiendo "te hubieras divertido tanto" de vez en cuando. Pero no era cierto y las dos lo sabían. La única vez que fue con ella, Helga terminó caminando a solas y de madrugada por la carretera solo para no estar ahí.

En un momento supo que no soportaría seguir así hasta llegar a casa. En cuanto divisó una gasolinera, se estacionó frente a la tienda de conveniencia y dejó caer su frente en el volante, rogándole a Lila que guardara silencio.

–¿Qué ocurre? – quiso saber ella.

–Besé a Arnold

No era técnicamente cierto, él la besó a ella, pero ella aceptó, así que ¿Qué diferencia había?

Podía escuchar el latido de su corazón en sus oídos mucho más fuerte que cualquier otro sonido en el lugar.

Lila bajó del auto para comprar algo, pero Helga no se movió ni un milímetro.

Recordaba en detalle la presión de los dedos callosos del chico y cómo su contacto estremeció cada fibra de su ser. Ese hormigueo ardiente que ya conocía se extendió en un instante por debajo de su piel y encendió su sangre. El delicado roce de su nariz como una caricia que anticipaba el beso y luego los labios de él apretándose contra su boca, su mano en su nuca y su lengua presionando hasta invadirla, ahogarla, inundándola, provocando pulsaciones incontrolables.

No era romántico, ni dulce, había un intenso deseo del que Helga sabía que tenía que escapar... y que notó en un instante que era mutuo.

Lila regresó al auto y Helga aceptó la bebida que le ofrecía. Condujo en un silencio que se hizo pesado.

Ninguna tenía la energía para hablar del asunto esa noche. Ni al día siguiente, ni al siguiente. El esfuerzo que ambas pusieron en retomar sus rutinas las dejaba demasiado agotadas para cualquier cosa, pero no era posible ignorar para siempre al elefante que se había instalado en la habitación, aunque Helga estaba dispuesta a hacerlo por el resto de su vida si era necesario.


–Lamento la demora – dijo Lila en cuanto llegó, ocupando la silla al costado junto a Helga, en lugar de la de al frente, para estar más cerca de ella.

–No hay problema. Pedí limonada para ambas – comentó Helga.

–Te lo agradezco

Miraron el menú, aunque lo conocían de memoria. Alguien fue a tomar su pedido y en cuanto se quedaron solas Helga llenó el silencio hablando sin parar sobre la evolución de los pasantes, la actitud de su jefe y cómo todos seguían actuando como unos idiotas en su trabajo, hasta que Lila se hartó.

–Helga – murmuró –. Tenemos que hablar de esto

La rubia asintió, jugando nerviosa con los cubiertos.

–¿Por qué no estás enfadada?– dijo, notando como alguien se les acercaba.

Las dos guardaron silencio cuando les dejaron la comida. Lila agradeció con una sonrisa y aseguró que no necesitaban nada más.

–¿Cómo podría enfadarme? – contestó, acariciando su mano con afecto – Desde el comienzo te dije que la exclusividad no tenía sentido, en verdad creo que eres una persona maravillosa ¿Cómo podría ser tan egoísta de quererte para mí sola?

Helga medio sonrió.

–Lila, estamos de acuerdo en que las aventuras no eran un problema... pero... demonios... es Arnold... esto... es diferente

–¿Por qué?

–¡Sabes por que!

–¿Es porque es mi amigo? ¿o porque lo has amado desde... siempre?

Helga bajó la mirada.

–Ambas – admitió.

–¿Me dejarías por él?

Helga levantó la vista. Dejar a Lila ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Desde que habían comenzado a salir ambas tuvieron encuentros con otras personas, pero nunca fue algo que ninguna de las dos quisiera convertir en algo serio, así que eso jamás fue un asunto del cual hablar. Y esto era absolutamente nuevo. Helga sabía que lo que sentía por Arnold no se iría con una loca noche... o dos... o cien... y de alguna forma estaba segura que Lila también lo sabía.

–No quiero dejarte, pero tampoco creo que él lo entienda

–¿Siquiera hablaste con él al respecto?

Otra vez silencio. Era la respuesta que Lila sabía que tendría. Después de todo Helga era completamente irracional cuando se trataba de Arnold. ¡Por supuesto que no le había dicho nada!

–¿Y no estás enfadada con él? – quiso saber Helga.

–Todo lo contrario. Me parece absolutamente adorable

–Estás loca. Lo sabes, ¿cierto?

La pelirroja se levantó apoyando la palma de su mano en la mesa y se acercó para sujetar el mentón de su novia con su otra mano, besándola lentamente. Luego volvió a sentarse, con una sonrisa.

–Es fácil caer a tus pies cuando no escondes la maravillosa persona que eres – dijo cuando se apartó –, estoy segura de que Arnold piensa lo mismo

–¡Basta!

Helga evadió su mirada, cruzando los brazos, sonrojada.

Lila sonrió.

Terminaron de almorzar mucho más tranquilas.

–Tengo que regresar al trabajo – dijo Lila mirando su teléfono.

Helga pagó la comida y acompañó a su novia de regreso al trabajo. Sabía lo afortunada que era de tenerla en su vida.

Esa tarde recibió un mensaje.

++Muero por comer mi comida favorita
++¿Harías la cena hoy?
++Por favor y gracias

+++Roger

Helga de inmediato decidió que ya que estaba en eso bien podía dejar porciones extra para no tener que pensar en la comida del fin de semana. Se pasó algunas cuantas horas cocinando, pero cuando terminó, estaba conforme con el resultado.

Miró la hora. Tenía unos quince minutos hasta que llegara Lila. Ordenó la cocina lo mejor que pudo y cuando estaba por dejarse caer en el sofá, escuchó el timbre.

¿Otra vez había perdido las llaves?

Recordó que ese día Lila usaba uno de esos bolsos enormes y tenía el mal hábito de arrojar todo dentro sin importar donde cayera cuando tenía prisa, lo que era casi siempre; así que era común que se tardara en encontrar objetos pequeños. Y aunque casi siempre era Helga quien llegaba antes al hogar que compartían, un par de veces la había encontrado sentada en la escalera, buscando angustiada entre todas las cosas que siempre llevaba a todos lados, preguntándose si las había olvidado en el trabajo o si las había perdido, aunque siempre encontraba todo cuando se calmaba.

–Te he dicho mil veces que debes ser más organizada – dijo Helga, abriendo la puerta.

Pero en lugar de Lila, era Arnold quien estaba frente a ella.

–¿Qué... haces aquí...? – logró decir.

El chico bajó la mirada un segundo.

–Lila dijo que estarías aquí

No podía ser mentira, la única forma en que supiera donde vivían era hablando con ella.

–¿Qué quieres?

–¿Puedo pasar?

Helga tomó aire y se apartó de la puerta. En cuanto él pasó, ella cerró.

–¿Por qué no me lo dijiste? – dijo él, frunciendo el ceño, sin siquiera mirar alrededor.

–¿Qué cosa?

–¡Que Lila sabía todo!

–Tendrás que ser más específico

–¿Sabes cómo me regañó por no avisarle lo de mi abuela?

–¿Y por qué no le dijiste?

–Creí que ella no sabía que te estabas quedando conmigo

–Nunca preguntaste. Fue idea suya, de hecho

Arnold comenzó a reír. La chica lo observó, arqueando la ceja.

–¿Ya te volviste loco? – logró decir.

El chico negó.

–Creo que deberíamos sentarnos – dijo ella.

Le indicó el sofá frente al televisor, mientras ella iba a la cocina y regresaba con un par de botellas de refresco.

Arnold se tomó unos segundos para mirar alrededor. Era un espacio acogedor y era claro que Lila lo había decorado a su gusto, aunque cuidando de dejar detalles que eran claramente del agrado de Helga.

–¿Sabes lo estúpido que me siento? – comentó él, cuando ella se sentó en el extremo opuesto.

–¿Tan estúpido como para venir hasta aquí? – contestó ella, ofreciéndole la botella.

–Gracias y sí – dijo, recibiéndola. Bebió un poco y bajó la mirada –. Dijiste que podía hablar contigo si lo necesitaba

–¡Dije que podías llamarme! No que tenías que venir

Ella lo miró unos segundos mientras él daba un par de sorbos más. ¿Acaso estaba nervioso?

–Vamos al grano – dijo ella –¿Qué demonios quieres?

–Hablar contigo

–¿Sobre qué exactamente? – añadió, girando su muñeca.

–Helga... ¿puedes... bajar las defensas por un maldito minuto?

Ella lo observó. Tenía razón. Pero estaba aterrada. Primero la conversación con Lila y ahora esto. ¿Y dónde demonios estaba Lila? Debería haber llegado. Demonios. Tomó aire, lo miró y asintió.

Arnold la miró con afecto.

–Helga... ¿Podemos... intentar... tener algo?

–Pero...

–Vi a Lila hace un rato. Ella me explicó todo... sobre ustedes – miró el suelo rascando su nuca con su mano libre – y la verdad no lo entiendo, solo sé... que si tengo una oportunidad de estar contigo... no me importa como sea

–¿Lo dices en serio?

–Sí

Ella tomó aire.

Los teléfonos de ambos sonaron en ese momento.

+-+Has sido añadido a un nuevo chat grupal con dos personas más: "Amorcitos"+-+

++Lila:Supongo que ya hablaron.

++Lila: Me quedaré afuera esta noche.

++Lila: Disfruten

Ambos levantaron la mirada, absolutamente sonrojados.

otro mensaje llegó en ese momento:

++Lila: Por cierto, Arnold, ahora tenemos tres gustos idénticos.
++Lila: 1 - nuestro helado favorito
++Lila: 2 - nuestra comida favorita
++Lila: 3 - Helga

Bueno, podían sonrojarse más.

–Tramposa – masculló Helga.

–¿Por qué?

–¡Lo planeó todo!

–¿Qué cosa?

–¿Ella te dijo que vinieras?

Arnold asintió.

–¡Me pidió que cocinara su platillo favorito!

Arnold vio como Helga escribía un mensaje que él también recibió:

++Helga: Me las vas a pagar

Arnold sonrió.

Helga apagó su teléfono y dejó escapar un suspiro, hundiéndose en el sofá. Cruzó los brazos y jugó con sus pies, nerviosa, hasta que apenas levantó la vista

–He pensado mucho en lo que dijiste, sobre que me fui sin despedirme

–L-lo siento. No quise hacerte sentir mal por eso. Éramos niños. Supongo que todo pasó demasiado rápido – dijo, rascando su nuca.

Ella negó.

–Sabía que me iría a otra escuela... – explicó – rayos, a otro estado... intenté decírtelo, pero no encontré la forma y el último día quise dejarte una nota, pero te había hecho enfadar más temprano... y escuché que le decías a Gerald que odiabas mis tonterías

–¿Qué? No... no recuerdo...

–No debió ser importante... al menos no para ti, pero... yo no lo olvidé. Arrojé la nota a la basura. Y cuando Phoebe volvió con Gerald, me las arreglé para no toparme contigo

Arnold la observó. Ahora entendía toda la resistencia de la chica. Así como a él lo alejó su actitud cuando eran niños, ella se había quedado con la impresión equivocada por palabras que él dijo en un momento de enfado.

–Siento haberte lastimado – dijo.

–Lo merecía – contestó ella.

Helga seguía evitando su mirada, pero él moría por volver a probar sus labios. Dejó la botella en una mesita al rincón y sin dudarlo más se acercó a besarla.

–Lo único que mereces – dijo besándola una y otra vez – es afecto

–Cursilerías – dijo Helga, con una sonrisa torcida, pero no lo apartó.

Arnold continuó besándola.

No tenía idea de a dónde lo llevaría esto, pero una hora atrás, cuando se reunió con Lila, seguro de que lo odiaba por haber traicionado su amistad, quedó impresionado por la forma en que ella se había tomado toda la situación.

Siguió besando a Helga, atrapándola contra el sofá, mientras acariciaba sus brazos. Y la respuesta de ella esta vez fue abrazarlo con fuerza por la cintura, sujetándolo por la espalda.

¿Cómo no estar sorprendido al hablar con Lila? No notó celos, ni reclamos, solo una genuina preocupación de su amiga, tanto por Helga como por él. Había una sola cosa que le inquietaba y no dudó en dejar claro ese punto. Si iba a permitirle acercarse, no podía jugar con ella.

Arnold podía sentir las manos de la chica rasguñando su espalda, explorando su piel. Su aliento quemaba con cada quejido ahogado y hacía uso de toda la razón que le quedaba para controlarse.

Lila le aseguró que si lo que sentía era eral, no habría nadie en el mundo a quién aceptaría en una relación seria con Helga más que él, el único a quien consideraba digno de su amor, la única persona a quien conocía lo suficiente para saber que la amaría y cuidaría de la misma forma en que ella lo hacía.

Un quejido de la chica lo obligó a detenerse. Era consciente de lo que pasaría si seguía así. Se apartó un segundo, contemplándola.

–¿Estás seguro de esto? – dijo ella, con esfuerzo.

Sus ojos brillaban con anticipación y su pecho subía y bajaba con la respiración agitada.

–Nunca he estado más seguro de algo en la vida – contestó él con una sonrisa –. Te amo – añadió, besándola otra vez.

Las palabras Arnold la estremecieron por completo y fueron suficiente para que se dejara llevar por sus impulsos. Entendió que sin importar lo que fuera a pasar, nunca superaría ese profundo odio y ese profundo amor por él.


F I N


Notes:

Day 8: Creator's Choice!: Hate you... love you
Día 8: ¡La elección del creador!: Te odio... te amo