Hola a todos. Tras un tiempo, aquí está el capítulo 8.

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Episodio 8. Caos en el festival (1ª parte)

En el piso de las Nakano, Nino estaba ofuscada.

–¡Vamos a llegar tarde a los fuegos artificiales! –se quejó–. ¿¡Por qué tenemos que estar haciendo los deberes!?

–¡Quizás sea porque no os ha dado la gana de hacerlos durante el fin de semana! –respondió el tutor con algo de molestia.

Fuutaro las había obligado a volver a casa y hacerlos si querían ir a divertirse después. Claro, ella se negó rotundamente, pero entonces Ichika, Yotsuba y Mutsumi la agarraron y la llevaron a rastras a casa, obligándola a trabajar también. Todas juntas en lo bueno y en lo malo, le dijeron. Eso la hizo enfadarse más. Este tutor estúpido había logrado que sus hermanas se confabularan contra ella. Esto no se lo iba a perdonar.

Así pues, no le quedaba más remedio que tomárselo en serio. O de lo contrario se perdería los fuegos artificiales. Maldiciendo mentalmente a su tutor, volcó toda su rabia en el trabajo. Ya pensaría en una forma de desquitarse más tarde.

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Fuutaro había estado todo el tiempo sentado y de brazos cruzados. Tenía que ser firme con estas seis o de lo contrario todo su trabajo no serviría para nada. Pese a las protestas de Nino, todas se pusieron a trabajar a conciencia, aunque no dejaban echar fugaces miradas al reloj, conscientes de que tenían que emplearse a fondo.

Este hecho sorprendió a Fuutaro, ya que normalmente eran descuidadas respecto a sus deberes. Quedaba claro que estaban dispuestas a ser aplicadas si con eso iban lo antes posible al festival.

Raiha mientras tanto estaba curioseando la estancia. Pese a que solo le habían permitido ver el piso de abajo, se la veía maravillada al contemplar aquel piso. Y en especial sus vistas a la ciudad.

Después de un rato de trabajo, las hermanas fueron diciendo que habían terminado. Fuutaro revisó rápidamente, ante las miradas de impaciencia de ellas, y finalmente sonrió satisfecho. Habían cumplido.

–¿Veis? No era para tanto. Ya podemos ir al festival –dijo.

Nino emitió un resoplido mientras recogía sus cosas. Estaba claro que no le agradaba la idea de que le ordenaran hacer los deberes.

Una vez recogido todo, se prepararon para salir.

–Id bajando. Yo tengo que cambiarme –dijo Itsuki.

–Yo te ayudaré a vestirte –se ofreció Mutsumi–. Os alcanzaremos en cuanto podamos.

Fuutaro asintió. De las hermanas, Itsuki era la única que no se había puesto un yukata, debido a que había estado con ellos en el arcade. Pero ahora quería prepararse para la ocasión. Raiha y él irían con su ropa casual, ya que ninguno de los dos tenía un yukata. Mientras bajaban, se fue preguntando cómo sería la vestimenta de Itsuki. Supuso que no tardaría en averiguarlo.

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Más tarde, ya en el lugar del festival, había anochecido. Todos se encontraban ante un enorme grupo de gente. Por todas partes se veían puestos de todo tipo. El ambiente era muy agradable.

Yotsuba iba en cabeza, en compañía de Raiha, que se veía feliz de ver todo aquello. Realmente se veían como dos niñas pequeñas en su primer festival.

–¿A qué hora empiezan los fuegos? –preguntó Nino.

–Son de siete a ocho –respondió Miku.

–Entonces tenemos tiempo –dijo Mutsumi observando la hora en su teléfono.

–¡Una hora entera! –exclamó animada Ichika, mientras abrazaba a Miku–. ¡Vamos a dar una vuelta por las casetas!

Fuutaro iba detrás de las demás con una expresión sombría. Tenía que estar estudiando en casa, no perdiendo el tiempo en aquel lugar. Pero tenía que hacer esto por su hermana.

–¡Date prisa, Uesugi-san! –le urgió Yotsuba, haciendo aspavientos.

Eso le sacó de sus casillas. Estas hermanas estaban más escandalosas que de costumbre. Aún era incapaz de creerse que hubiesen terminado los deberes tan rápido. ¿Tantas ganas tenían de ir a ver esos fuegos artificiales?

Se recostó contra una valla que rodeaba un árbol y miró al suelo. Se sentía fuera de lugar con todo aquello.

–¿Qué te pasa? –dijo una voz–. Estás en un festival, no en un entierro.

–Pensaba en los rodeos que estoy dando para… –comenzó a decir mientras levantaba la cabeza.

Miró a su interlocutora. Estaba ante una chica con un yukata de líneas verticales de distintos tonos de rojo, con un obi anaranjado. Su pelo rojizo estaba recogido en un moño, salvo por dos mechones que caían a ambos lados de su cabeza. Se encontraba comiendo.

Era ella. Fuutaro se quedó mirándola con la boca abierta, ensimismado.

–No… No me mires tanto –dijo ella sonrojándose mientras apartaba la mirada, sintiéndose incómoda.

–¿Quién eres? –preguntó de repente–. Ya es costoso distinguiros como para que además cambies de peinado.

–¡Soy Itsuki‼! –gritó ella, entre la perplejidad y la indignación.

Fuutaro entonces se echó a reír.

–¡Ya lo sabía! ¡Tenías que haberte visto la cara!

Ella hizo un puchero.

–¡Pero serás…! ¡Mira que eres idiota! –gritó mientras le golpeaba el pecho, sin excesiva fuerza–. ¡Idiota, idiota!

No había podido evitarlo. Algo en él había hecho que quisiera gastarle una broma a Itsuki. Ella se ofuscó, dándose la vuelta para ir con las demás.

–Ah, por cierto, estás preciosa –añadió Fuutaro al final.

Ella se paró un momento, sorprendida. Se dio ligeramente la vuelta, con la cara sonrojada.

–Gra… gracias –dijo antes de seguir su camino.

–Vaya, vaya, parece que el estudiante varonil se ha hecho mayor –dijo riendo Ichika, quien se acercaba abrazada a Miku.

La chica de los auriculares no dijo nada. Solo bajó la mirada.

En cambio, la hermana mayor se acercó al oído del tutor.

–¿No te interesa saber si es verdad que las chicas no llevamos nada bajo el yukata? –preguntó con una sonrisa traviesa.

–Eso era en el pasado. No cuela –dijo él con indiferencia.

–¿Estás seguro? –dijo ella mientras se acercaba la mano al pecho y hacía amago de retirarse aquella ropa.

Fuutaro se quedó con la boca abierta, sonrojándose. Su corazón empezó a latir con fuerza. ¿Qué le estaba pasando?

–¡Es una broma! –exclamó ella mientras reía sin parar–. ¿Se te ha acelerado el pulso?

Fuutaro bajó la cabeza.

–Esto es demasiado para mí –dijo abatido. Esta hermana era completamente impredecible.

Se escuchó entonces un teléfono sonando. Ichika miró en su bolso.

–¿Hasta cuándo te vas a quedar ahí, Ichika? –preguntó Nino–. Te vamos a perder de vista.

–¡Lo siento, me llaman! –dijo ella apartándose para contestar.

Fuutaro se levantó y se acercó a Nino.

–¿Vamos a ir a un sitio en concreto?

–¿A ti que más te da? –le espetó ella–. Yo que quería que las seis viésemos los fuegos. ¿Qué haces tú aquí?

–Solo he venido a acompañar a mi hermana –se defendió. No quería estar allí, pero quería darle este capricho.

Vio que su hermana y Yotsuba estaban cerca.

–No te separes demasiado o te parderás, Raiha –le dijo–. Agárrate a mí.

–¡Sí! –exclamó la niña mientras tiraba de la manga de su camisa, un gesto que no le pasó desapercibido a Nino–. ¡Mira, Onii-chan!

La niña le mostró varias bolsas de plástico llenas de agua donde había un gran número de peces.

–¡Yotsuba los atrapó todos para mí! –dijo la niña muy contenta.

Fuutaro se quedó boquiabierto.

–¿Por qué tantos? –preguntó mirando a la hermana del lazo verde.

Yotsuba se echó a reír.

–Fue mirar a Raiha y querer regalarle algo –reconoció–. No pude evitarlo.

–¡También compró esto! –exclamó Raiha, mostrando un gran paquete lleno de petardos, cohetes y bengalas.

–¿Para qué los quieres? Si los vamos a ver en breve.

–¡No podíamos esperar! –dijo Raiha, emocionada.

–¿Y cuándo se supone que los vais a usar? Es igual. ¿Le diste las gracias a Yotsuba?

La niña cayó en la cuenta. Se dio la vuelta corriendo y abrazó a la hermana del lazo en el pelo.

–¡Muchas gracias, Yotsuba-san! ¡Te quiero!

A Yotsuba se le subieron los colores a la cara y se le aceleró el corazón.

Kawaii! ¡Eres muy linda, Raiha-chan! –exclamó abrazándola–. Quiero que seas mi hermanita.

De pronto, Yotsuba se detuvo.

–Un momento. Si me casara con Uesugi-san, serías mi hermana política –dijo con una sonrisa traviesa.

–¿Tú te escuchas? –preguntó Nino con incredulidad.

Nino entonces se volvió a hacia Fuutaro.

–¡Y tú más vale que no te hagas ideas raras con Yotsuba! –le advirtió.

–¡Yo no he hecho nada! –se defendió él dando un paso atrás.

Al hacerlo, se dio con alguien. Se volvió y descubrió que era Miku.

–Lo siento –se disculpó.

–No… No es nada –dijo ella muy nerviosa con los colores subidos a sus mejillas.

Fuutaro la miró. Se veía adorable cuando se ponía así.

–¡Ya estoy aquí! –exclamó Ichika, apareciendo de repente–. Podemos irnos.

–¿A qué sitio queréis ir? –preguntó el tutor.

–Nino alquiló la azotea de una tienda para nosotras solas –anunció Miku con una sonrisa.

Esto dejó impresionado a Fuutaro. Claro, eran de familia con recursos. Podían permitírselo.

–Hay cada vez más gente. Sería mejor darse prisa –dijo.

–Espera un momento –ordenó Nino–. Ya que estamos aquí, no podemos irnos sin comprar esa cosa.

–¿Esa cosa? –preguntó Fuutaro.

Las demás hermanas pusieron cara de sorpresa.

–Es verdad. No compramos eso –dijo Miku.

–¿Cómo se nos ha podido olvidar? –preguntó Mutsumi.

–¿Habláis de lo que creo? –preguntó Ichika.

–¿Lo tendrán en alguno de los puestos? –dudó Itsuki.

–¡Qué ganas de tenerlo! –exclamó Yotsuba.

–¿Pero de qué estáis hablando? –preguntó Fuutaro, que cada vez entendía menos.

–Uno, doooos –dijeron todas las hermanas a la vez.

–¡Kakigori! –gritó Ichika.

–¡Ningyouyaki! –gritó Miku.

–¡Taiyaki! –gritó Mutsumi.

–¡Yakisoba! –gritó Itsuki.

–¡Manzana de caramelo! –gritó Yotsuba.

–¡Chocobanana! –gritó Nino.

Fuutaro quedó perplejo.

–¡Vamos a comprarlo todo! –gritaron las hermanas muy animadas mientras avanzaban en compañía de Raiha.

–Empiezo a dudar que sean sextillizas –murmuró Fuutaro, totalmente perplejo.

El grupo fue avanzando por los puestos, mientras compraban lo que querían.

Sin embargo, al cabo de un rato, Itsuki estaba muy ofuscada.

–Vamos, no es para tanto –la tranquilizó Ichika.

–No dejo de darle vueltas y no me lo explico –gruñó Itsuki–. Ese vendedor no me ha agradado nada. Te ha dado de más por "ser una belleza". ¡Y ha pasado de mí! ¡Si somos iguales!

–Es complicado ser sextillizas, supongo –dijo Miku.

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Mientras caminaban, uno de los puestos llamó la atención de Yotsuba.

–¿Quieres jugar a los aros, Raiha-chan? –preguntó.

–¡Si! –respondió ella muy contenta.

–No os perdáis –advirtió Fuutaro.

Ambas se dirigieron al puesto.

–¡Fíjate cuantos peluches, Raiha-chan! –exclamó Yotsuba–. ¿Hay alguno que te guste?

La niña miró todos los animales de peluche que había en la estantería de los premios. Un gato con los ojos saltones, una jirafa, un osito de peluche…

–¡Ese, ese es el que me gustaría! –exclamó señalando un conejo de peluche con la cara sonriente, que llevaba camiseta de tirantes y pantalones azules, así como una pajarita amarilla.

–Perfecto. Te lo conseguiré, ya lo verás –afirmó Yotsuba.

Pero antes que pudiera ir al mostrador, vio como dos personas habían llegado al mismo a toda velocidad. El mayor de los dos, que parecía tener un poco más de la edad de Yotsuba, era un chico de pelo negro y ojos marrones vestido con un yukata a rayas azules y grises sujeto por un cinto negro, mientras que el otro era un niño de aproximadamente trece años de rasgos chinos. Su pelo era castaño, al igual que sus ojos. Él iba vestido con una camisa color ocre y una corbata verde y unos pantalones cortos color marrón.

Ambos pusieron unas monedas en el mostrador y tomaron los aros. Acto seguido miraron primero al peluche del conejo, y después se miraron entre ellos, con gesto desafiante, asustando a todos los que había a su alrededor.

–Parecen dos fieras a punto de atacarse –murmuró Yotsuba.

Entonces ambos empezaron a lanzar aros sin parar. Yotsuba supuso que estaban tratando de obtener la puntuación necesaria para conseguir el peluche del conejo.

–Parece que hay competencia para conseguirlo –dijo Raiha, quien también se había dado cuenta.

Yotsuba no dejó de preguntarse por qué estaban tan desesperados para conseguir aquel peluche. Miró a su alrededor, y encontró a tres personas que le llamaron la atención. Dos de ellas eran niñas de trece años, una de ojos verdes y pelo castaño, con un lazo rosa en la parte de atrás de su cabeza, que llevaba un yukata rosa con dibujos de flores de cerezo blancas y un obi verde, mientras que la otra tenía los ojos azules y el pelo negro, recogido en una larga trenza, con un lazo azul en lo alto de su cabeza. Su yukata era amarillo con dibujos de flores de cerezo azules y rosas, y un obi naranja.

El tercer integrante era un chico de unos diecisiete años, con expresión amable. Su pelo era gris oscuro y sus ojos marrones, sobre los que llevaba grandes gafas redondas. El yukata que llevaba era verde con dibujos de libélulas, así como un cinto negro.

Yotsuba sabía que tenían algo que ver con los otros dos por la forma en que los miraban. La niña de pelo marrón ponía expresión incómoda, como si estuviera avergonzada del comportamiento infantil de los otros dos, mientras que el chico de las gafas se limitaba a sonreír, al igual que la niña de pelo negro.

–¿Qué piensas de ellos, Yotsuba-san? –preguntó Raiha.

La chica del listón verde se puso a reflexionar.

–Está claro que los dos quieren ganar el peluche para alguien –respondió mientras examinaba a los otros tres–. Pero no sabría decirte para quien.

Entonces vieron que la niña de pelo negro pareció susurrarle algo a la otra, a lo que esta asintió y entonces fue a hablar con el chico de las gafas. Él entonces la tomó de la mano, gesto que la hizo sonreír, y se alejaron brevemente, dejando sola a la niña de pelo negro, quien miraba aun a los dos que estaban lanzando aros. Esta pareció reparar en Yotsuba y Raiha. Se acercó lentamente.

–Se ve dura la competición, ¿verdad? –preguntó.

–Ah, lo siento, no pretendía curiosear –se excusó Yotsuba–. Solo me llamó la atención este comportamiento.

La niña rio.

–Se detestan mutuamente, no pueden evitar comportarse así.

–Entiendo que no se lleven bien, pero ¿por qué están tan desesperados por ganar el premio? –preguntó Raiha.

La otra niña sonrió.

–Digamos que ambos lo quieren ganar para alguien que les importa, y no quieren que el otro le gane –dijo–. Por cierto, no nos hemos presentado.

–¡Ah, cierto! Yo soy Yotsuba Nakano.

–Y yo Raiha Uesugi.

–Encantada de conoceros. Yo me llamo Tomoyo Daidouji.

Yotsuba abrió los ojos con gesto de sorpresa, al igual que Raiha.

–¿¡Daidouji!? –exclamó la mayor alarmada–. ¿Cómo la compañía de juguetes?

–En efecto –respondió Tomoyo–. Mi madre es la presidenta.

Ambas chicas quedaron mudas de asombro. Ante ellas tenían una persona muy importante, aunque contrariamente a lo que cabría pensar de alguien de esa posición, se comportaba como una persona agradable y amistosa.

–¡Oh, me encantaban esos juguetes! –dijo Yotsuba emocionada mientras ponía sus manos en su cara y se sonrojaba–. Aún conservo algunas muñecas de la serie My Dear Friend. Eran las mejores muñecas que una niña podría pedir.

–Yo nunca tuve una, pero no dejaba de ver los anuncios en las vallas de publicidad –dijo Raiha con cierta tristeza–. Y algunas de mis compañeras de clase presumían de los modelos que tenían.

–¡Descuida, Raiha-chan! –dijo Yotsuba abrazándola–. ¡A la próxima vez te dejaré jugar con ellas, y si quieres te regalaré una!

Esto hizo sonreír a Raiha, al igual que a Tomoyo.

–Gracias. Mi madre creó esa serie inspirándose en mí. Me alegra que siga habiendo gente que aprecie el encanto de esas muñecas –les dijo.

Entonces Yotsuba pensó en algo importante.

–¿También has venido a ver los fuegos artificiales, Tomoyo-san?

–Sí, pero mayormente he venido a acompañar a mi mejor amiga Sakura –dijo sonrojándose ligeramente–. El chico con el que la habéis visto irse es Yukito-san, el mejor amigo de su hermano Toya, que es uno de los que está lanzando los aros. El que compite con él es Li, que va a la misma clase que Sakura y yo.

Raiha se entretuvo mirando a Toya y Li. Yotsuba en cambio se quedó pensando en el sonrojo de Tomoyo. Supuso que esa Sakura debía ser alguien especial para ella. Entonces recordó que se había ido con otra persona.

–¿Estás de acuerdo en que ella se haya apartado con aquel chico? –le preguntó. No era que dudara de las intenciones de él, pero quería saber qué opinaba ella al respecto.

Tomoyo pareció sonreír, pero estaba claro que esa sonrisa era algo forzada.

–Con que ella sea feliz, yo soy feliz –dijo.

Pese a que Yotsuba solía ser despistada la mayor parte del tiempo, podía reconocer a alguien que no es feliz al ver que la persona que más le importa no reconoce sus sentimientos.

–Bueno, probablemente yo no sea la que mejores consejos en este tema pueda dar, pero pienso que si te importa como creo que te importa, deberías hacérselo saber.

Tomoyo pareció sorprenderse. Pero entonces volvió a bajar la cabeza.

–No es que no quiera, pero… ¿y… y si no siente lo mismo? –preguntó mostrando por primera vez un tono de inseguridad.

–Al menos ella sabrá como te sientes en realidad. Y si no siente lo mismo, siempre podéis seguir vuestra relación como hasta ahora. Si a alguna de mis hermanas les gustase el mismo chico que a mí, yo al menos le haría saber también como me siento.

Tomoyo pareció meditar las palabras de Yotsuba.

–Lo pensaré –dijo al fin con una ligera sonrisa–. Gracias, Yotsuba-san.

La chica del lazo sonrió. Al menos, esperaba que su consejo sirviera a Tomoyo para algo.

–¡Eh, Yotsuba-san! ¡Se ha quedado un sitio libre! ¡Vamos a probar suerte! –exclamó de repente Raiha.

–¡Ya voy! –exclamó ilusionada la aludida–. Disculpa un momento, Tomoyo-san.

Afortunadamente, no mucha gente intentó probar suerte con aquellos dos lanzando un aro tras otro. Probablemente pensaran que eso sería como meterse en una pelea entre animales salvajes. Pero Yotsuba se sentía capaz de hacerlo y salir indemne.

–¿Probamos lanzando la mitad cada una? –propuso.

–¡Sí! –asintió Raiha.

Ambas lanzaron los aros a una velocidad más baja que los otros dos, pero desafortunadamente no consiguieron premio, aunque uno de los lanzamientos de Yotsuba se quedó cerca de acertar.

–Vaya, no ha habido suerte –se lamentó–. Siento no haberte podido conseguir ese peluche, Raiha-chan.

–No te preocupes, me conseguiste un buen montón de peces –sonrió Raiha, señalando las bolsas que llevaba consigo.

Esto hizo sonreír a la Nakano. Al menos la había hecho feliz.

Entonces volvió a mirar a los otros dos. Seguían lanzando aros sin parar, haciéndose evidente su cansancio, pero sin mostrar el más ligero ápice de abandonar. Sin embargo, sus punterías dejaban que desear, ya que o fallaban el lanzamiento o lograban puntuaciones bajas.

–¿No se cansan nunca? –preguntó incrédula.

Tomoyo llegó, y negó con la cabeza.

–Esto va para largo –suspiró–. Temo que lleve demasiado tiempo que terminen. Nos perderemos el inicio de los fuegos.

–¡Es verdad, los fuegos! –se percató Yotsuba–. Los demás se preguntarán donde nos hemos metido. ¡Sera mejor que regresemos, Raiha-chan!

La niña asintió.

–Tenemos que irnos, Tomoyo-san. Mis hermanas nos están esperando –dijo bajando la cabeza.

–No te preocupes, lo entiendo –respondió ella–. Pasadlo bien.

Se despidieron de ella y acto seguido regresaron por donde vinieron. Tomoyo mientras tanto miró en su dirección.

–Parecen gente interesante –dijo animada–. Espero que nos veamos de nuevo.

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Yotsuba y Raiha no tardaron en incorporarse al grupo de nuevo. En ese momento se encontraban paseando por los puestos de comida.

Itsuki vio algo que le llamó la atención, haciendo que se le pasara el enfado que arrastraba de antes.

–¡Yakisoba, yakisoba! –exclamó animada yendo en esa dirección. Ichika la siguió.

–Ya estoy aquí –dijo Mutsumi, apareciendo de pronto.

–¿Dónde te habías metido? –preguntó Fuutaro.

–Fui a que me hicieran una caricatura. Mira.

Le mostró a Fuutaro un dibujo. Sí, era una caricatura hecha muy rápido, pero había salido muy parecida a ella.

–¡Esto me ha inspirado! –exclamó–. Cuando volvamos a casa pienso dibujarme un autorretrato.

–¡Daos prisa, tortugas! –protestó Nino, que iba más adelantada.

–¡Esta a tope de energía! –observó Fuutaro–. A decir verdad, todas parecéis muy emocionadas. Podéis ver los fuegos cada año.

Miku y Mutsumi guardaron silencio por un momento.

–Es verdad, no lo sabes –dijo Mutsumi.

–Esto es un recuerdo de nuestra madre –dijo Miku.

–Le encantaban los fuegos artificiales –contó Mutsumi, cabizbaja–. Cada año íbamos todas juntas a verlos.

–Desde que murió, lo seguimos haciendo –dijo Miku–. Cada año. Sin falta.

La chica de los cascos esbozó una sonrisa.

–Eso significan los fuegos artificiales para nosotras.

Fuutaro se impresionó. No pudo evitar sonreír. Era bonito que siguieran esa tradición. Raiha y él no tenían ninguna tradición que hubiesen compartido con su madre. La verdad es que sentía envidia de esas hermanas. Ahora entendía por qué estaban tan emocionadas.

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Por megafonía anunciaron que los fuegos estaban a punto de comenzar. Nino se encontraba agobiada entre la gente, que a cada rato iba incrementándose en número.

–Qué agobio –se quejó.

De repente, alguien la empujó. Miró hacia atrás, en busca de sus hermanas.

–Chicas… –dijo–. ¿Eh?

La gente estaba agolpándose cada vez más.

–¿¡Quién me ha pisado!? –exclamó Nino, tratando de volver hacia atrás, tarea imposible por la gran cantidad de gente.

–¿¡Donde estáis!? –gritó agobiada–. ¡Yotsuba! ¡Mutsumi! ¡Ichika! ¡Itsuki! ¡Miku!

Volvió a ser empujada. En esta ocasión perdió el equilibrio. Empezó a caer al suelo, preparándose para el golpe.

Pero entonces una mano sujetó su muñeca y tiró de ella, haciendo que recobrara el equilibrio.

Abrió los ojos.

–Agárrate –dijo Fuutaro, quien puso la mano de ella sobre la manga de su camisa.

Por unos segundos, Nino enmudeció. Sus ojos se agrandaron. Sin poder explicarse el motivo, estaba mirando a Fuutaro de otra forma. Su corazón empezó a acelerarse.

Sin embargo, no tardó en recomponerse.

–¿Qué haces? –le espetó, apartando su mano.

–Si nos quedamos aquí no haremos nada. Dime como se llega al sitio que reservaste –dijo.

Pero Nino quiso dejar claros sus términos.

–Tú no estás invitado –le remarcó.

–De acuerdo –concedió el tutor, mientras Nino observaba la expresión con el ceño fruncido que él ponía–. Vamos. Tenéis que ver los fuegos artificiales juntas, ¿verdad?

Nino bajó la mirada, al tiempo que se sonrojaba. No le hacía ninguna gracia tener cerca a este idiota, pero por sí sola no iba a lograr nada. Había perdido de vista a sus hermanas, y los fuegos estaban a punto de comenzar.

A regañadientes, se maldijo a sí misma por tener que hacer esto, pero terminó agarrándose a la camisa de Fuutaro, tal como había visto hacer a Raiha momentos antes.

Ambos caminaron lentamente entre la marabunta de gente, que por suerte ahora era menos intensa.

Gracias a eso, lograron salir de allí.

–¡Al fin hemos salido! –suspiró aliviada–. ¡No dejabas de equivocarte de camino, por eso hemos tardado!

–¡Si hemos tardado es porque tú ibas muy despacio! –se defendió el tutor.

Nino quería seguir discutiendo, pero eso ahora no era lo importante. Ambos habían llegado ante un edificio, del que ella misma había reservado la azotea.

Todo lo rápido que pudo, subió las escaleras hacia la azotea, seguida por Fuutaro.

–¡Vamos! ¡Seguro que las demás ya han llegado!

Ambos llegaron a lo alto justo cuando lanzaron el primer cohete, cuyo estallido ambos contemplaron con un gesto de sorpresa.

Pero ante ellos se encontraba una azotea vacía de gente. Solo había varias sillas y mesas.

Nino se sintió preocupada, y en ese momento cayó en la cuenta de algo importante.

–¿Qué voy a hacer? Acabo de darme cuenta. El sitio de la reserva… solo lo conocía yo.

Nino puso una sonrisa incómoda. Vio que Fuutaro la miraba con incredulidad, mientras se echaba una mano a la cabeza. Acababa de cometer un error garrafal.

Tiempo restante de los fuegos artificiales: 59 minutos.

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Yotsuba y Raiha miraban el estallido producido por el primero de los cohetes. Yotsuba vio que la niña miraba el espectáculo con una gran sonrisa, pero ella se sentía preocupada. Habían perdido de vista a los demás, y eso no era buena señal.

¿Dónde podían haberse metido? Solo recordaba que trataron de abrirse paso entre el gentío. Sujetó bien la mano de Raiha para que no se separaran, pensando que los demás iban detrás de ella. Pero cuando salieron del jaleo, se dio cuenta de que estaban ellas dos solas.

–Yotsuba-san. ¿Dónde está Onii-chan? –preguntó la niña.

–No lo sé, Raiha-chan –respondió–. Pero voy a averiguarlo.

Ya que no estaba Fuutaro, cuidar de Raiha era su responsabilidad. Tenía que encontrar la forma de localizar a los demás. Lo primero que hizo fue sacar su teléfono, esperando poder contactar con Nino.

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Itsuki sujetaba su teléfono con preocupación mientras trataba de localizar a los demás. Ichika estaba comunicando, y Miku no le había contestado. Se sentía nerviosa.

¿Dónde era exactamente el sitio al que tenían que ir? Le tenía que haber preguntado a Nino. Por desgracia, no tuvo en cuenta que podrían terminar separándose, por eso no dijo nada.

Miró de un lado a otro. No veía nada más que gente que no conocía. Ni rastro de Fuutaro o de sus hermanas.

Suspiró. No ganaría nada poniéndose nerviosa. Trató de contactar esta vez con Nino. Esperaba que esta vez tuviera éxito.

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Miku se hallaba sentada en una jardinera. Había tenido un percance, y no podía caminar más. Por si fuera poco se había perdido. ¿Cómo le había podido pasar esto?

Se distrajo momentáneamente, y entonces perdió de vista a todos los demás.

Miró el primero de los fuegos artificiales. Por primera vez no iba a estar con sus hermanas para verlo.

Aunque en esta ocasión iba a ser diferente. Fuutaro iba a estar con ellas. Por alguna razón, no le incomodaba la presencia del chico. Y le habría hecho feliz que en este instante estuviera a su lado, pero no tenía forma de contactar con él.

Esperaba que al menos apareciera él o alguna de sus hermanas en su busca.

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Mutsumi había ido a parar junto a un puesto de taiyaki. No tenía idea de cómo había ido a parar allí. Solo sabía que los demás no se veían por ninguna parte. Y eso era preocupante.

Podría preguntar a la gente, pero era poco probable que se hubiesen fijado en unas personas en particular.

En medio de sus cavilaciones, tropezó con alguien.

–Oh, lo siento –dijo.

Se fijó en la otra persona. Una chica rubia de ojos rojizos, que tenía una larga melena, con dos mechones separados sujetos por unos broches triangulares. Su vestimenta era algo extraña, ya que en lugar de un yukata o algún otro tipo de ropa casual, llevaba un vestido de cuero con hebillas de cinturón, una abertura en forma de shuriken a la altura del pecho y la parte de los hombros y antebrazos al descubierto. Mutsumi supuso que se trataba de un cosplay. La chica tenía una expresión de seriedad.

–No pasa nada –dijo sin mudar el gesto.

Acto seguido, la chica se dirigió al puesto. El vendedor, al verla, se puso un poco tenso.

–Taiyaki –dijo ella.

–Po… por supuesto –tartamudeó nervioso el vendedor, quien a toda prisa tomó una bolsa y metió en ella algunos, revisando primero su aspecto–. A… aquí tienes, espero que te gusten.

La chica tomó la bolsa y pagó. Acto seguido tomó uno y se lo empezó a comer.

Mutsumi tuvo una idea en ese momento. Tal vez fuese perder el tiempo, pero decidió probar suerte.

–¡Eh, disculpa! –le dijo.

La chica se volvió hacia ella.

–Verás, me he separado de mi grupo, y no los encuentro. ¿Puedes echarme una mano?

Ella se puso a mirarla atentamente. Pero al cabo de un momento respondió.

–¿Qué aspecto tienen?

–Veamos… las demás tienen el pelo rosa, en diferentes tonos al mío, aunque Miku es más bien castaña, y Yotsuba tiene el pelo anaranjado. Íbamos acompañadas de nuestro tutor, un chico con el pelo negro y un par de mechones hacia arriba.

–¿…Iba de camisa blanca y tenía cara de amargado?

Mutsumi abrió los ojos con gesto de sorpresa.

–¡Exacto! ¡Sí! ¿Lo has visto?

La chica meditó por un momento.

–Hace unos minutos. Con una chica de pelo rosa con lazos en forma de mariposa vestida con un yukata con dibujos de conejos, que iba sujeta a su camisa –dijo en un tono que parecía apagado, como si fuese una máquina la que hablara.

–¡Esa es Nino! –exclamó Mutsumi–. ¿Solo ellos dos?

–Solo ellos dos.

Eso era preocupante, ya que significaba que las demás también se habían perdido. Pero ya se preocuparía por eso más tarde.

–¿Dónde los has visto?

La chica terminó de comerse un taiyaki. Entonces señaló con la mano una dirección.

–Por allí.

Mutsumi se puso contenta. Tal vez no encontrara a las demás hermanas, pero tenía por donde empezar.

–¡Muchas gracias por tu ayuda! –exclamó estrechándole la mano con las suyas–. Eeeeh… ¿cuál es tu nombre?

–Yami. Mi nombre es Yami –respondió la rubia.

–Muchas gracias, Yami. Yo me llamo Mutsumi –dijo sonriéndole–. Si vuelvo a verte te invitaré a taiyaki para agradecerte.

Yami sonrió también con aquellas palabras. Acto seguido Mutsumi echó a correr en la dirección indicada por aquella chica. Le parecía raro su aspecto y su forma de actuar, pero no podía negar que le había sido de gran ayuda.

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Ichika había sacado su teléfono. Había perdido de vista al resto, pero lejos de preocuparse, esto representaba una oportunidad. Ahora podía contactar con esa persona.

–Soy yo –dijo tras algunos tonos–. Estoy en el lugar.

Alguien habló al otro lado de la línea.

–Sí, entiendo. ¿Dónde podemos encontrarnos?

Ichika asintió.

–De acuerdo. Voy para allá ahora mismo. No tardaré.

Acto seguido colgó el teléfono y se puso en marcha.

El momento que tanto tiempo había estado esperando por fin llegó. Tan solo esperaba que no se encontrara con sus hermanas o con Fuutaro.

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Hola a todos. Hasta aquí el capítulo 8, uno de los que componen el arco argumental del festival de fuegos artificiales.

El kakigori, también conocido como hielo raspado, es un postre consistente en hielo picado muy finamente que se cubre con un sirope de diferentes sabores por encima.

El taiyaki es un pastel japonés de relleno dulce con forma de pez.

El ningyouyaki es un dulce japoneses con aspecto de caras de personajes populares.

El yakisoba es un plato que se elabora a base de fideos fritos y verduras a las que se puede añadir algún tipo de carne o marisco.

En este episodio he puesto los cameos de Sakura, Tomoyo, Toya, Yukito y Li de Cardcaptor Sakura, y de Yami de To LOVE-Ru. A los personajes de Cardcaptor Sakura les he alterado ligeramente la edad.