Hola a todos. Con vosotros un nuevo episodio.
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Episodio 14. Recuerdos lejanos
Fuutaro se encontraba en casa, en compañía de su familia. En ese momento miraba con preocupación un papel con información sobre los exámenes parciales.
–Esto es deprimente –farfulló preocupado.
–Pero si siempre estás muy confiado –dijo extrañada Raiha, que estaba mirando el papel por encima del hombro de su hermano–. No es propio de ti preocuparte tanto en época de exámenes, Onii-chan.
–No estoy preocupado por mí, sino por esas seis a las que doy clase –dijo abatido mientras bajaba la cabeza–. Seguro que ni se han enterado de que tenemos exámenes a la vista. Preveo un desastre total en sus notas.
Isanari se hallaba comiendo. Tras escuchar aquello se detuvo e intervino.
–¡Fuutaro, deja de hablar de estudios, que estamos en la mesa comiendo!
–¿¡Dónde están tus criterios educativos!? –replicó el chico–. ¡Estás haciéndolo al revés, normalmente los padres son los que sacan el tema de estudiar!
Isanari suspiró.
–Hubo un tiempo en que tú también te negabas a abrir un libro, ¿o es que no lo recuerdas? –preguntó con seriedad–. No debes preocuparte. Itsuki-chan y las demás cambiarán, como hiciste tú. Solo necesitan tiempo.
Fuutaro no dijo nada. Sin embargo, estas palabras de su padre despertaron el interés de Raiha.
–¿Onii-chan no siempre fue un empollón? –curioseó.
–¡Ahí donde le ves, era un tipo duro, igualito que su padre! –afirmó orgullosamente Isanari, para vergüenza del chico.
–¿No hay fotos de eso? –preguntó la niña, incapaz de creer esa historia. Su padre negó con la cabeza, así que ella insistió–. ¡Si no las hay, entonces cuéntame como era!
–Fue hace seis años, en la época en que conoció a aquella niña –recordó Isanari–. Desde ese momento lleva una foto en su agenda.
Fuutaro se sorprendió de que su padre conociera esa información. Probablemente se descuidó para mantenerlo en secreto, cosa que le hizo gruñir. Raiha en cambio, se interesó más.
–¡Quiero verla! –dijo acercándose a su hermano y poniendo aquella mirada adorable y persuasiva que solo ella sabía emplear–. ¡Por favor!
Fuutaro empezó a sentirse incómodo.
–De… de eso nada –replicó tratando de no ceder ante la petición de Raiha. No quería por nada del mundo que su hermana pequeña conociera aquella faceta pasada suya. Se llevó la mano al bolsillo de la camisa para proteger la agenda y que no se la arrebatara.
Pero al hacerlo, notó que en su bolsillo no había nada.
–¿Hm? La agenda… –entonces se dio cuenta–. Se la quedó Nino…
Claro. Le entregó la agenda para que ella apuntara su correo, y salió en persecución de Yotsuba antes que Nino pudiera devolvérsela. Un sentimiento de profundo miedo se apoderó de él. Por culpa de su descuido, las Nakano podrían ver una foto que deseaba que no viera nadie.
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Llegó un nuevo día. En el ático de las Nakano, Nino se hallaba durmiendo plácidamente en su habitación. Llevaba su largo pelo rosado suelto, y tenía un pijama que consistía solo en una camiseta de manga larga que formaba líneas onduladas rosas, azules y moradas.
Era un día de clases, y no faltaba mucho para que tocara la alarma del despertador, pero aun así, ella disfrutaba apurando los últimos momentos del sueño.
Entonces notó que algo bloqueaba la débil luz del sol que entraba por su ventana. Lentamente fue abriendo los ojos.
De pronto, observó que tenía ante él a Fuutaro Uesugi, que le miraba como si fuera un ente aterrador. Ella abrió mucho los ojos.
–Devuélveme mi agenda –dijo con una voz tétrica.
Unas lágrimas aparecieron en los ojos de Nino. Se puso a temblar.
–¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH! –chilló por acto reflejo.
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Momentos más tarde, tanto Nino como Fuutaro se encontraban en el piso de abajo del ático. Ella estaba muy molesta.
–¡No me lo puedo creer! –rugió–. ¿¡Cómo te atreves a entrar sin permiso en mi habitación a estas horas de la mañana!?
Ella se hallaba de brazos cruzados sentada sobre el brazo de uno de los sofás, y miraba furiosa al tutor, que estaba en el suelo arrodillado.
–Nino, yo le dejé –intervino Miku, la cual llevaba un pijama azul.
–¡Pues no tenías ningún derecho! –le espetó.
El resto de las hermanas, tras despertarse debido al alboroto, bajaron también.
–¡Buenos días, Fuutaro-san! –saludó Mutsumi, quien llevaba un pijama totalmente naranja.
–¿Ya vuelves a estar aquí? –preguntó Itsuki bostezando. Ella llevaba un pijama cuya parte superior era amarilla y la inferior eran unos pantalones blancos con rayas verticales de diversos colores.
–¿Desayunamos juntos? –sugirió Yotsuba con una sonrisa. Llevaba un pijama de cuerpo completo que parecía de un mapache.
Pero el tutor no podía dirigirse a las otras hermanas en aquel momento. Tenía que tranquilizar a Nino.
–Tienes razón, no tenía ningún derecho a entrar en tu habitación. Lo siento mucho –se disculpó bajando la cabeza–. Solo quería que me devolvieras mi agenda cuanto antes.
Ella pareció calmarse un poco. Pero no pareció del todo satisfecha.
–Es muy extraño que te hayas tomado tantas molestias para que te devuelva una simple agenda –dijo mientras sostenía en alto el objeto en cuestión–. ¿O acaso será que ocultas algo aquí?
El tutor puso una expresión incómoda mientras miraba la mano de Nino. Le preocupaba muchísimo que ellas miraran lo que había en el interior de la agenda. Y el peligro era mayor ahora que estaban las seis reunidas.
Antes que pudiera responder, Ichika pasó junto a ellos. Llevaba puesto un pijama completamente negro.
–Nino, te dejo aquí lo que me pediste ayer –dijo colocando un objeto sobre la mesa.
Fuutaro echó un vistazo. El objeto era pequeño, y se veía como si fuese una grapadora, pero en lugar de grapas, tenía como una aguja. ¿Qué sería?
–¿Podrás tú sola? –preguntó Ichika con una sonrisa traviesa.
–Te… te dije que sí. Puedo perfectamente –aseguró Nino con un tono de nerviosismo en su voz.
Nino entonces volvió a mirar al tutor. Le tendió la agenda, mientras que él alargó su mano para tomarla.
Pero antes que pudiera, Nino la retiró de golpe, cosa que sorprendió a Fuutaro.
Este miró a la chica, que había apartado la mirada con una expresión incómoda.
–Si quieres que te la devuelva, necesito que me hagas un favor.
Fuutaro se preocupó. ¿Qué favor iba a querer pedirle una persona que no le soportaba?
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Momentos después, ambos se encontraban de nuevo en la habitación de Nino, algo más recogida y con la cama hecha. Ella se sentó y le pidió que cerrara la puerta, cosa que el tutor hizo, no sin cierta incomodidad.
–No me gusta que entres en mi habitación –recalcó.
El chico miró la estancia. No era la primera vez que entraba allí aparte del momento anterior. Estuvo el primer día que fue a darles clase, mientras Itsuki y Yotsuba le ayudaban a reunirlas a todas. En aquel momento la habitación estaba vacía, por lo que probablemente Nino no se enteró de que estuvo. No es que hubiera cambiado mucho la estancia en aquellos días.
Pero ahora debía saber qué tramaba esta hermana.
–¿Qué quieres? Solo dímelo ya para que recupere mi agenda.
Por toda respuesta, Nino le tendió el objeto que le había dado Ichika.
–Los agujeros –dijo apartándose el pelo para mostrarle su oreja–. Si me ayudas con esto te la devolveré.
Fuutaro se sorprendió. Así que aquel objeto era para hacerse los agujeros en las orejas. Pero el saberlo no le hizo más dispuesto a ayudarla. ¿Por qué iba a tener que hacer eso?
Al ver que el tutor no reaccionaba, Nino tomó de nuevo la agenda.
–Vamos a ver –dijo hojeando las páginas mientras ponía una sonrisa maliciosa–. ¿Qué habrás escrito aquí que no quieres que vea? ¿A lo mejor un vergonzoso poema escrito en un momento de inspiración?
Le estaba provocando. Y eso no era bueno.
–¡Para! ¡Ya está bien! –exigió.
–Como te he dicho, si quieres que te la devuelva, hazme los agujeros –pidió ella con seriedad.
No tenía más alternativa que seguir sus reglas. Fuutaro tomó enfadado el aparato. Seguidamente se acercó a Nino y tomó una de sus orejas con la mano, dispuesto a ejecutar aquel trabajo.
–No te muevas –dijo.
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Mientras tanto, las demás hermanas habían estado desayunando en el piso de abajo, casi en completo silencio, salvo pequeñas charlas por parte de Ichika y Yotsuba, ya que las otras tres parecían estar algo inquietas.
–¿Qué estarán haciendo? –se preguntó en voz baja Miku, quien no dejaba de mirar hacia arriba, como si creyera que haciéndolo podría ser capaz de ver a través del techo.
–Quién sabe –dijo Ichika con una sonrisa traviesa. Aunque ella también tenía algo de inquietud.
Sus palabras pusieron a casi todas las hermanas de peor humor.
–Le diste aquel aparato para perforar las orejas, ¿verdad? –preguntó Mutsumi, que tras el asentimiento de su hermana siguió–. Seguramente la esté ayudando con los agujeros para los pendientes –tranquilizó a las otras–. Nada más que eso. Espero.
–¿Pero por qué se lo ha pedido a él? –cuestionó Itsuki–. Cualquiera de nosotras podría haberla ayudado con eso.
–Tú le tienes miedo a las agujas, Itsuki –le recordó Mutsumi–. ¿De verdad lo harías?
Esto hizo que la aludida se estremeciera ligeramente. La hermana menor había dado en el clavo.
–A Nino también le pasa –observó Ichika–. No creo que por sí sola hubiese podido, por más que me asegurara lo contrario. Y con lo orgullosa que es, dudo que hubiese aceptado la ayuda de cualquiera de nosotras.
–Ya, pero pedírselo a Uesugi-kun… –dijo Itsuki preocupada–. Presiento que no va a ser una tarea fácil.
Miku no dijo nada. Sí, lo más seguro era que las cosas fueran como decía Mutsumi. Pero no podía dejar de estar preocupada.
–Será mejor que no nos demoremos mucho –recordó Yotsuba–. Hoy hay clase, tenemos que prepararnos.
–Id vosotras, yo fregaré primero los platos –se ofreció Miku.
Miku fue al fregadero mientras las demás terminaban de desayunar y le iban pasando los utensilios usados.
La castaña se puso a pensar en el momento en que Fuutaro había llegado a la casa. Verle hizo que se sintiera feliz, aunque no sabía por qué había tenido que acudir para recuperar una simple agenda en lugar de habérsela pedido a Nino en el instituto.
Momentos antes estuvo conversando con Itsuki. Además de Nino, ella también había tenido en sus manos la agenda en cuestión. Fue el primer nefasto día que estuvo en aquella casa, cuando Nino le terminó haciendo dormir con un somnífero. Itsuki le contó que solo la había abierto con el objetivo de ver la dirección del tutor para llevarle a casa, y que no vio nada más.
Miku fue terminando de fregar. Tal vez Fuutaro tenía algo en esa agenda que le avergonzaba que nadie más viese. Comprendió el sentimiento. Durante mucho tiempo, ella tuvo miedo de que nadie viera el salvapantallas de su teléfono, el símbolo del furinkazan. Precisamente fue Fuutaro el primero que lo vio. Y no la juzgó como rara.
Por un momento pensó en preguntarle al respecto al tutor en algún momento a solas. Pero desechó de inmediato la idea. Si no quería que la gente viera su agenda, debía tener sus motivos. Y forzarle no sería buena idea. Al menos esperaba tener la oportunidad de hablar con él cuando terminara de ayudar a Nino.
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Fuutaro fue acercando la aguja al lóbulo de la oreja de Nino. Observó que ella estaba empezando a sonrojarse, e incluso unas gotas de sudor caían por su cara.
Pero él solo miraba la agenda, que sobresalía de uno de los bolsillos de Nino. Solo tenía que mover la mano rápido aprovechando la situación y la recuperaría, sin tener que hacer estas tonterías.
–E… Espera un momento –murmuró ella, con bastante nerviosismo en su voz.
Fuutaro lo notó. ¿Por qué esta chica estaba así de inquieta? Pero eso no le iba a detener.
–Tres… –empezó a contar.
–¡He dicho que esperes! –protestó Nino.
Acto seguido, y en un rápido movimiento, ella le propinó una patada en la espinilla, cosa que hizo que él se apartara profiriendo gritos de dolor.
Se sentó para agarrarse la pierna. Esta chica tenía bastante fuerza.
–¡Tengo que prepararme mentalmente! –se excusó Nino mientras se ponía de pie.
El chico se levantó y encaró a la pelirrosa.
–Entonces hazlo tú sola. Yo me niego.
–No quiero. Me da miedo.
Así que era eso. Nino estaba tan nerviosa porque le tenía miedo a las agujas. Por eso era incapaz de hacerse los agujeros ella sola.
–¿Por qué quieres hacerlo, entonces? –preguntó con curiosidad–. Te aviso que te dolerá durante un rato.
–¿Y tú qué sabes, si nunca te has hecho uno? –gruñó la chica.
Fuutaro se calló mientras se tocaba la oreja izquierda por acto reflejo. Ella no conocía la verdad. Pero Nino siguió con su discurso.
–No tengo una razón en particular –argumentó mientras dibujaba con el dedo de su pie un círculo en el suelo–. Todas las chicas de mi clase llevan pendientes y yo también quiero, eso es todo.
Esto le sorprendió. No se imaginó que con lo a la moda que le gustaba ir, Nino no se hubiera hecho todavía los agujeros para las orejas. Ella volvió a alterarse.
–¡Y ahora que lo pienso, tú también podrías ponerte nervioso cuando le vas a abrir un agujero en la oreja a otra persona! –gritó con nerviosismo.
–¿Ponerme nervioso? –dijo Fuutaro con toda tranquilidad alzando el aparato, cosa que puso a Nino aun más nerviosa–. Esta es la oportunidad perfecta para quitarme de encima la rabia que te tengo… ¿Por qué me iba a poner nervioso?
La voz del tutor sonó tétrica, cosa que puso aun más de los nervios a la chica. Ella cerró los ojos esperando lo peor.
–Contaré hasta cinco –avisó él mientras le ponía la aguja del aparato en el lóbulo–. ¿Preparada? Uno… –Fuutaro empezó a mover su mano hacia la agenda que salía del bolsillo de Nino–. Dos… Tres… Cuatro… –consiguió tomar la agenda en su mano, misión cumplida–. Cuatro y medio… y…
Nino volvió a atizarle una patada en la espinilla.
–¡Hazlo de una vez, estúpido! –gritó furiosa.
El chico volvió a agarrarse la pierna. Reconoció que esta se la había merecido por pasarse de listo.
–¡Ya me cansé de ser la única que lo pasa mal! –siguió Nino–. ¿Por qué no te haces tú también los agujeros en la orejas?
–¿¡Quéeeee!? –Fuutaro quedó atónito.
–¡Tranquilo, verás como no duele! –gritó Nino tratando de quitarle el aparato, y con una expresión fuera de sí.
–¿¡Te has vuelto loca!? –protestó el tutor–. ¡De eso nada!
Con el forcejeo, la agenda de Fuutaro cayó al suelo, abriéndose por la primera página, en la que se veía una fotografía.
Ambos miraron. El tutor se maldijo a sí mismo por no haber podido evitarlo. Empezó a ponerse nervioso.
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Yotsuba se encontraba en su habitación, terminando de vestirse. Entonces sonó su teléfono. Había recibido un mensaje.
Lo tomó para mirarlo. Lo enviaba Hongo, la presidenta del club de baloncesto. Pese a que el día anterior le había dicho que solo les echaría una mano en momentos puntuales, a la presidenta al menos le pareció buena idea que mantuvieran el contacto para hablar sobre baloncesto.
Según leyó, próximamente tendrían un partido contra otro instituto en el que había una jugadora bastante buena, llamada Saki Saki.
Le envió una foto de la chica. Pelo rosa, y ojos del mismo color. Aunque a Yotsuba le hacía gracia el hecho de que su nombre y apellido coincidieran.
Al menos esta vez no necesitarían la ayuda de Yotsuba, ya que sí disponían de suficientes jugadoras. Era una pena, porque siempre le gustaba jugar al baloncesto. Pero puede que si sacaba tiempo fuera a ver el partido para animarlas.
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Mutsumi estaba sentada a su escritorio, dibujando una vez más. Tenía un poco de tiempo antes que se marcharan a clase.
Tenía a mano los dos dibujos que hasta ahora había hecho de su tutor. El primero había sido desastroso, pero el segundo era casi perfecto.
Ya tenía los detalles para el personaje que había preparado inspirándose en el tutor. Ahora le faltaba por escribir una buena historia para dibujarla.
Desde hacía tiempo lo había estado meditando. Quería aprender a dibujar mejor para ser mangaka. Tenía unos cuantos mangas de diversas clases en una estantería de la habitación, y en sus ratos libres se perdía leyéndolos. Le fascinaban aquellas historias, el trabajo puesto en crear aquellos mundos, y el esfuerzo puesto para dibujarlos. Y aunque sabía que era un trabajo sufrido, quería al menos intentarlo.
Pero tampoco quería dejar de lado sus estudios. Si no estudiaba, terminaría repitiendo curso, y desperdiciaría todas aquellas clases que su tutor les estaba dando.
No, no quería hacer eso. Si el tutor se marchaba, perdería a la persona que la inspiraba. Por ello se iba a esforzar. Le demostraría que podía pasar de curso.
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Itsuki también se encontraba en el escritorio de su habitación, solo que ella tenía los brazos cruzados y la cabeza sobre ellos.
Miró una foto que tenía en la mesa. Era la que se tomó el día el día que fue a los arcades junto a Fuutaro y Raiha. No habían transcurrido más que un par de días de aquello, pero se sentía como si hubiera sido hace bastante tiempo.
Un par de veces que había estado de bajón miró aquella foto para animarse. Ver a Fuutaro y ella juntos le daba ánimos para seguir estudiando, a pesar de que le costara comprender algunos conceptos.
¿Fue cosa del destino que conociera aquel día a quien iba a terminar siendo su tutor? No lo sabía, pero desde entonces no se había arrepentido ni un solo día de haber conocido a Fuutaro.
Suspiró. Tenía que terminar de prepararse. Al menos esta vez iría al instituto en compañía de su tutor. Y eso le alegró.
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Ichika estaba terminando de vestirse en su habitación, que estaba algo desordenada.
Hacía un rato había recibido un mensaje de su jefe, anunciándole de otro casting que habría próximamente.
Aun no sabía si tendría el papel del último al que se presentó, pero tenía las esperanzas muy altas.
Tras los mensajes, miró en la galería. Ahí tenía la foto que le tomó a Fuutaro mientras este dormía con la cabeza sobre su regazo. Una tierna sonrisa se formó en la cara de la pelirrosa. No sabía por qué, pero desde aquel día había empezado a verle con otros ojos.
Se sentía un poco culpable por haberle obligado a conseguir la información de contacto de sus hermanas, pero había comprendido que él no era la clase de persona que se relacionaba fácilmente con los demás. No era la primera vez que conocía a alguien así. Pero de aquello hacía mucho tiempo.
Sacudió la cabeza. Sería mejor que terminara de prepararse para el instituto. Esperaba que su falta de sueño no afectara a su atención en clase.
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Nino dejó de estar nerviosa, y miró la foto con interés. En ella se apreciaba a un niño de no más de diez años, vestido con una sudadera roja y con un pendiente en la oreja izquierda. Tenía el pelo rubio y corto, los ojos azules y una expresión de pocos amigos. Miraba hacia la izquierda como si no le hiciera gracia que le tomaran la foto.
–¿Quién es este niño con pinta de chico malo? –preguntó ella, sin percatarse de que Fuutaro comenzó a sudar–. ¡Es totalmente mi tipo!
Las mejillas de Nino se sonrojaron, ante la incredulidad del tutor.
–¿Quién es? –insistió mientras le brillaban los ojos–. ¿Por qué llevas su foto en tu agenda?
El chico no podía responderle que era él. Tenía que inventar una excusa.
–Es… um… un pariente. Un primo mío –se excusó–. No quería que la vieseis…
La explicación pareció satisfacer a Nino, que siguió mirando con interés aquella foto. ¿De verdad su yo pasado era su tipo?
No. Este no era el momento de cuestionar los gustos de Nino. Si estaba así de interesada, era probable que le preguntara más, y no quería inventarse más historias. Tenía que cambiar de tema rápidamente para desviar su atención.
–¿Qué hacemos con esto entonces? –preguntó mientras sostenía el aparato para agujerear las orejas.
Nino volvió a ponerse nerviosa.
–Ya no tengo nada con que chantajearte –dijo sin mirarle–. Me los haré en otra ocasión.
Mientras Fuutaro se guardaba la agenda, Nino prosiguió.
–No me puedo creer que ese chico y tú seáis familia –dijo mirándole con desdén–. Es mucho más apuesto que tú… Espero que me lo presentes un día.
Fuutaro desvió la mirada, avergonzado.
–Claro… Algún día.
–Nosotras también éramos adorables cuando éramos pequeñas –dijo Nino mientras sacaba de un cajón de su escritorio un álbum de fotos y lo abría para mostrárselo–. ¡Fíjate!
Pero el tutor no miró. Solo estaba dándole la espalda mientras suspiraba de alivio.
–¡Fíjate, hombre! ¡Al menos muestra algo de interés! –replicó ella.
Pero Fuutaro siguió sin volverse. En cambio, Nino pareció emocionada.
–Voy a mostrarles las fotos a mis hermanas. Seguro que hace tiempo que no las ven.
Acto seguido salió ruidosamente de la habitación, dejando solo al tutor.
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Las otras cinco hermanas ya se hallaban reunidas abajo. Todas estaban vestidas con sus uniformes.
Nino bajó las escaleras álbum en mano y se dirigió hacia ellas.
–¿Qué estabas haciendo con Fuutaro? –le preguntó Miku echándole una mirada sospechosa.
–¿Qué te importa? –se evadió ella.
Lo primero que hizo la pelirrosa fue dirigirse a Ichika.
–Ichika. Aquí tienes –dijo entregándole el aparato para agujerear las orejas.
–¿Ya no lo quieres? –preguntó ella extrañada.
–Tampoco es tan urgente –respondió ella apartando la mirada con gesto incómodo–. Ya te lo pediré en otra ocasión, más adelante. Antes de casarme, eso seguro.
Ichika solo le respondió con una sonrisa. Entonces, Nino se volvió hacia sus hermanas y les enseñó el álbum que llevaba consigo.
–Mirad esta foto.
–¡Genial, salimos todas! –exclamó Mutsumi.
–¡Qué adorables éramos! –dijo Itsuki.
–¿Cuántos años teníamos? –preguntó Ichika.
–Creo que teníamos diez años –dijo Miku.
–Es una foto que nos hicimos en Kioto –observó Mutsumi.
–¡Es de aquel viaje escolar! –recordó Ichika.
Las hermanas estaban mirando una foto en la que aparecían seis niñas idénticas con el mismo cabello rosa perla que les pasaba la cintura, y los mismos ojos azules, así como idénticos vestidos blancos. Todas sonreían a cámara haciendo la señal de la victoria con los dedos.
–Qué recuerdos… –añoró Nino.
–Cuanto hemos cambiado –dijo Itsuki.
Estuvieron unos minutos recordando con nostalgia aquel momento del pasado. Mucho tiempo había transcurrido desde aquella foto, y puede que sus aspectos hubiesen cambiado, pero todas ellas seguían juntas como el primer día.
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Fuutaro mientras tanto se hallaba apoyado en la barandilla del piso de arriba, observando la foto de su agenda y totalmente ajeno a la conversación que estaban teniendo las hermanas.
Volvía a tener en sus manos la agenda, y dentro de lo que cabe, no había escapado demasiado mal de la situación. Se sintió aliviado de que Nino solo hubiese visto la mitad de la foto.
Con cuidado, la extrajo, y lentamente la desdobló. La foto tenía ya seis años y estaba un poco descolorida, pero en ella se apreciaba a aquel niño con cara de pocos amigos en compañía de una niña de pelo rosa perla que le pasaba de la cintura y unos hermosos ojos azules, ataviada con un vestido blanco y que sonreía a la cámara haciendo el gesto de la victoria con los dedos.
Guardaba aquella foto en su agenda porque para él fue un día especial. El día que conoció a aquella niña, la cual cambió su vida para siempre.
Un pequeño sentimiento de nostalgia vino a él tras contemplar aquel recuerdo. Esbozó una sonrisa. Se preguntó qué habría sido de ella, ya que no volvieron a verse después de aquello. Deseaba que algún día se volviesen a ver.
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Hola a todos. Y con este episodio pongo fin a la segunda temporada de esta historia.
Lo aquí narrado corresponde al episodio 14 del manga y el 8 del anime.
He incluido un cameo de Saki Saki, de Girlfriend, Girlfriend. También tengo un fic de este manga por si queréis echarle un vistazo.
Dado que es final de temporada, esta historia entrará en pausa por un tiempo. Pero os invito a leer las otras historias que sigo escribiendo.
Nos veremos próximamente. No olvidéis seguir esta historia y dejar vuestros likes y comentarios.
