Capítulo II: Tamaran

Tamaran es el octavo planeta del Sistema Estelar Vega y se encuentra a unos 26 mil años luz de la Tierra. Desde el espacio, parece un enorme astro de color carmesí debido a la fuerte concentración de óxidos y sulfatos en su superficie. Siete satélites naturales giran alrededor de este coloso, eclipsando ocasionalmente la luz de su estrella principal y tiñendo los cielos de hermosas tonalidades de violeta. En general, predomina un peculiar bioma compuesto por dos climas extremos: desértico y tundra. Monstruosas criaturas conforman la reducida fauna que, de algún modo, se ha adaptado a la escasez de alimento y al brusco cambio de las temperaturas, las cuales, de un momento a otro, pueden descender a los -109C o superar los 172C, sin existir diferencias destacables entre una estación y otra.

La ciudad permanece escondida de los ojos invasores, pues se encuentra bajo tierra y se compone de cámaras subterráneas. Hablamos de miles de departamentos que incluyen cocinas, escaleras, pasadizos, bodegas e incluso lugares de culto y oración, todos interconectados por un complejo sistema de túneles que alcanza los setenta mil kilómetros de longitud. Este asentamiento subterráneo no solo protege a sus pobladores de los invasores hostiles, sino que también se beneficia de la presencia de acuíferos que generan una inercia térmica, moderando las temperaturas de los hogares. El Palacio Imperial es el único edificio que se erige sobre la superficie.

Los pueblos tamaranianos presentan una vasta diversidad étnica, cultural y lingüística (148 lenguas y 918 dialectos diferentes). A pesar de esto, comparten una lengua franca e historias de sus antepasados, originarios del Planeta Okaaran. Las leyendas cuentan que estos progenitores vivieron como nómadas mercenarios hasta que recibieron el llamado de la deidad X-Hal, quien los guió hasta este mundo, que en aquel entonces era un lugar paradisíaco con clima tropical. La población se asentó y creció de manera exponencial; la sociedad se organizó de forma estratificada, consolidándose cinco casas nobles en el centro del poder. La educación de los niños y niñas estaba a cargo de los padres hasta los cinco años. A esa edad, sin importar sexo, linaje o clase social, eran enviados con los ancianos de Okaaran, quienes les impartían una estricta formación que incluía relatos sobre sus orígenes ancestrales, rituales culturales y un riguroso entrenamiento en artes marciales y manejo de armas. Siguiendo este modelo, al llegar a la mayoría de edad (15 años), todo tamaraniano debía realizar un combate ceremonial donde demostraba sus habilidades guerreras escenificando ancestrales historias bélicas.

Rompiendo un poco con la utópica imagen de los relatos tradicionales, los paisajes tamaranianos hoy en día pueden parecer desoladores, con sus vastas extensiones de tierras semidesérticas, clima extremo y criaturas monstruosas. La comida es un recurso escaso y el agua, aunque abundante, es de difícil acceso. La dieta de los habitantes de Tamaran se compone esencialmente de hongos e insectos, siendo ocasional el consumo de raros manjares. La orkabaya, una fruta estacional que germina cerca de los acuíferos, entra en esta categoría. Suele recolectarse, prepararse en una mezcla acética y almacenarse, sometiéndola a un proceso de fermentación tras el cual adquiere un color rojizo, una consistencia viscosa y un sabor agridulce que, he de reconocerlo, no es desagradable.

Respecto a la vida, organización y costumbres de la sociedad, Tamaran se sustenta en un modelo económico basado en el trueque o intercambio de mercancías, junto con el cultivo en tierras comunales y lo que podríamos llamar pequeños "feudos" (utilizo este término por falta de uno mejor). Estas pequeñas parcelas de tierra fértil son administradas por un Kayoca designado por el Emperador y trabajadas por la comunidad. No existe la noción de "propiedad privada"; dado lo limitado de las tierras fértiles, toda la comunidad se esfuerza por cuidarlas y trabajarlas, distribuyendo equitativamente los recursos obtenidos según el número de miembros de cada familia y las funciones que desempeñan. El linaje se transmite por línea materna y la sociedad se divide en cinco sectores principales: civiles, que comprenden el 78% de la población y abarcan una amplia gama de especies nativas y refugiados extraterrestres; militares (8%); nobleza (2%), formada por los descendientes directos de los tamaranianos originales, quienes heredaron habilidades únicas; sector clerical (1.5%); y un sector marginado. La mayoría de los tamaranianos muestran un interés marcado por las actividades bélicas y viven conforme a las tradiciones legadas por sus ancestros. Las festividades siguen un calendario ritual, regido por el sector de clérigos y sacerdotes.

En Tamaran, la forma de amar presenta una singularidad que podría atribuirse al clima u otros factores biológicos. Hombres y mujeres tienden a entregarse rápidamente en lo que se denomina "el acto del amor", sin establecer compromisos duraderos como pareja. La ceremonia nupcial es más bien una costumbre reservada para la nobleza, utilizada principalmente para consolidar alianzas políticas. Entre los grupos étnicos predominantes, opera un sistema de regulación totemista que fomenta relaciones exogámicas.

En cuanto a la percepción de la muerte en Tamaran, lo más original sea quizá la facilidad que uno puede encontrar para morir. "Facilidad" no es la palabra adecuada, sería mejor decir "compromiso". Estar enfermo nunca es agradable, pero aquí la buena salud se convierte en un imperativo. Imagínese entonces al que está en trance de morir, es como estar cogido en una trampa, donde cada respiración te recuerda estar rodeado por cientos de túneles habitados por guerreros gigantes y vigorosos, una metáfora palpable de cómo la muerte puede acechar en cualquier momento, sin el confort de la privacidad ni la suavidad que podrían ofrecer otros lugares. Por tanto, resulta comprensible la incomodidad que genera la muerte cuando llega en un entorno húmedo y sin intimidad, donde cada sentido está alerta y cada movimiento debe ser calculado para mantenerse vivo. Este contexto tan particular de Tamaran hace que enfrentar el final sea no solo un acto físico, sino también emocionalmente exigente, donde la fortaleza y la resistencia son las monedas de cambio más valiosas ante el destino inevitable que acecha.

Por lo demás, los días transcurren fácilmente una vez se adquieren hábitos y, dado que la ciudad subterránea los fomenta, puede decirse que todo va bien. Sin embargo, la actual decadencia de Tamaran, tanto en su entorno ambiental como en su tejido social, es en gran parte consecuencia de una cruel campaña genocida que comenzó hace unos ochenta años. Según las historias que relata la gente, un día aparecieron los Psicons, invasores de origen desconocido que simplemente llegaron, sometieron y diezmaron a las especies soberanas de los mundos cercanos, obligando a los pocos sobrevivientes a migrar. En un acto de altruismo, los tamaranianos acogieron a estas criaturas desterradas y maltratadas. Sin embargo, la inmigración masiva de especies diversas alteró drásticamente el ecosistema, desencadenando epidemias, plagas, contaminación y una notable escasez de recursos. Socialmente, la sobrepoblación provocó crisis económicas, creciente pobreza y conflictos interétnicos exacerbados por oleadas delictivas que incluyeron homicidios, incendios provocados, robos y allanamientos. La desesperación se apoderó de la población, dando lugar a revueltas civiles que sacudieron el orden establecido y cuestionaron el liderazgo de la Familia Imperial.

La historia cuenta que, bajo este contexto tumultuoso, el Emperador Myand'r y su emperatriz fueron derrocados durante una insurrección organizada por rebeldes anónimos conocidos como "el ejército carmesí". Los emperadores fueron apresados, torturados y finalmente asesinados por el pueblo tamaraniano en un arrebato de furia y descontrol colectivo. No obstante, persisten dudas y discrepancias sobre la veracidad de estos sucesos, tras los cuales el antiguo Consejo de Ancianos intentó, inútilmente, restablecer el orden, pero el vacío de autoridad y la amenaza de los psicons tan solo intensificaron los conflictos sociales, políticos y económicos en Tamaran. Estas tensiones, posiblemente exacerbadas por la culpa colectiva, llevaron al pueblo y al Consejo a aceptar a Komand'r, primogénita de los emperadores martirizados, como Suprema Gobernante apenas seis años después de la revuelta civil. Sin embargo, Komand'r pronto demostró ser una líder despótica movida por resentimientos ocultos y motivos egoístas. Estableció un régimen autoritario y, quizá temerosa de sus adversarios, buscó forjar una alianza con los Sclerch, una poderosa horda extraterrestre. Impulsada por este interés personal, ordenó el retorno de su hermana menor, la princesa Koriand'r, quien, para ese momento, había encontrado refugio y felicidad en la Tierra. Cabe aclarar en este punto que la manera en que las princesas lograron escapar sigue siendo un enigma, aunque se rumorea que fue gracias a la valerosa intervención de su abuela materna.

En fin, el objetivo de la emperatriz Komand'r era claro: asegurar una alianza con los sclerch mediante el matrimonio de la princesa con el líder alienígena. Aunque al principio su hermana aceptó resignada este pacto, eventualmente desafió a la tirana y ganó el trono en un enfrentamiento ritual. No obstante, la princesa no deseaba permanecer en su planeta natal, por lo que cedió la corona al valeroso y leal Galfore.

Transcurrieron cuatro años y Tamaran experimentó un notable período de prosperidad. Los conflictos interraciales y étnicos fueron gradualmente mitigados, y gracias a rigurosas medidas sanitarias, las enfermedades prácticamente desaparecieron. Se estableció un ejército defensivo cuya misión principal era proteger a los tamaranianos de invasiones externas, operando bajo las órdenes exclusivas del Supremo Gobernante. Además, se creó una guardia civil encargada de mantener la paz y supervisar los conflictos internos de la población. Aunque la princesa Koriand'r renunció al trono, nunca descuidó las necesidades de su pueblo. En colaboración con Galfore, trabajó por desmantelar el Consejo de Ancianos y establecer un nuevo cuerpo gubernamental que evitara la perpetuación de sus miembros y regulase adecuadamente el poder del Supremo Soberano.

Después de haber establecido el contexto general, ahora podemos explorar los eventos peculiares que son el foco central de esta crónica, ocurridos en el año 6,758 del calendario Tamaraniano, equivalente al 2018 del calendario Gregoriano Terrestre, que usaré por conveniencia práctica y narrativa:

La tarde del 16 de enero de 2018, cientos de tamaranianos fueron convocados en el Palacio Imperial para la coronación de la Princesa Koriand'r, tras el inesperado fallecimiento de su regente Galfore. A pesar de la elegante recepción, el impresionante banquete y el ostentoso desfile de personalidades, el miedo inquietaba a los asistentes.

- Creo que la princesa se arriesga demasiado con esta ceremonia - comentó un soldado de repente; lo ignoré fingiendo observar la gran variedad de personajes y atuendos que desfilaban a nuestro alrededor - ¿Has enfrentado antes a los psicons? - preguntó ajustándose distraídamente la túnica -. Dime, ¿cómo es que alguien como tú logró convertirse en miembro de la Guardia Imperial?

- "¿Es que acaso se trata de Chico Bestia?" - me pregunté mentalmente. Igual que mi singular compañero verde, este sujeto parece ser totalmente ajeno a mi apatía

- No me lo tomes a mal, pero ¿cómo planeas hacer frente a criaturas que miden al menos tres cabezas más que tú y poseen también el triple de fuerza?

- Preocúpate por ti mismo - respondí cortante escaneándolo rápidamente con la mirada: por el timbre de su voz y su figura grácil, deduzco que se trata de un joven, quizá un adolescente de unos 15 años. Porta una túnica descuidada, unos guantes viejos y unos zapatos sucios que parecen dos números mayores a su talla. Bufé por lo bajo - "Interesante... parece que tenemos a un infiltrado" - pensé.

- Los psicons son enormes y veloces, tienen gran agilidad y fuerza, pero rara vez participan en un combate directo, ¿lo sabías? Confían mucho más en sus habilidades psíquicas - comentó animoso.

- Veo que los conoces muy bien - respondí dirigiéndole una mirada cargada de suspicacia y hastío. El joven pareció quedar petrificado por algunos segundos en los que, por su lenguaje corporal, supe que se sabía en evidencia - "Eso será suficiente por el momento" - me dije a mi mismo - ". No montaré una escena frente a toda la recepción, bastará con vigilarlo para descubrir sus intenciones, parece demasiado inexperto como para representar una verdadera amenaza".

- ¡No! - exclamó de repente, llamando la atención del resto de los militares.

"¿Es en serio?" - pensé - "¿Eso es pasar desapercibido?" - comenté para mis adentros. Tuve que suprimir una mueca y la tentación de preguntarle directamente sino se trataba de mi torpe compañero verde. Estadísticamente es imposible que exista otro joven tan imprudente.

-... Es decir, todos conocemos bien las historias sobre los psicons... - explicó nervioso tras algunos segundos.

- Es peligroso sacar conclusiones a partir de rumores y suposiciones - le advertí -. "Casi tanto como expresar abiertamente tus emociones ante un cuartel militar, en medio de una ceremonia como ésta…" - murmuré.

- ¿Qué? - preguntó confundido -. Entonces, ¿tú no crees esas historias?

- No creo en nada que no se respalde con evidencias - aseguré con un tono que dejaba en claro mi intención de dar por terminada la conversación.

- Es la primera vez que escucho algo así... - dijo en tono meditativo esbozando una media sonrisa -. Y ¿no temes a sus habilidades telepáticas?

-…

-Vamos, compláceme con una última respuesta, cualquiera pensaría que tienes algo atorado en el tra…

- Mi mente no es un lugar que recomiende visitar - respondí con sequedad.

- Es lo que suelen decir los estúpidos - comentó alguien provocando que la expresión del infiltrado se descompusiera e hiciera un pobre intento por recuperar la compostura. A continuación, ejecutó una exagerada reverencia llevándose la mano derecha al pecho. Yo lo imité tras reconocer la voz de nuestro nuevo interlocutor.

- ¡Zhal! - saludamos al unísono, golpeándonos con el puño cerrado el pecho en señal de respeto.

- General Karras - saludó el joven bajando la mirada.

- Descanse soldado. No pude evitar escuchar su conversación…

- Me disculpo, señor - dijo el infiltrado -. Sólo advertía a mi compañero sobre los psicons.

- Un soldado no debe expresar sus pensamientos, mucho menos estando en servicio. Claramente son ambos unos novatos y tengan por seguro que me encargaré personalmente de corregir esta conducta inadmisible - dijo escaneándonos a ambos con la mirada, dejando entrever una mueca de disgusto al clavar la vista en la túnica del joven infiltrado -. ¿No sabe que el uniforme siempre debe lucir impecable? - preguntó el general ante lo cual el joven volvió a apenarse.

- Pido disculpas, señor - respondió alisándose la desgastada túnica. El enorme tamaraniano lo miró con evidente desdén y, tan solo por algún ápice de autodominio, no hizo más que fulminarle con la mirada.

- No vale la pena desperdiciar palabras con hombres orgullosos… no saben agradecer un buen consejo o advertencia - comentó dirigiéndome una mirada sádica que me tomó desprevenido -, son entupidos y testarudos por naturaleza - recitó como para sí mismo, mirándome con intensidad, quizá esperando que yo también bajara la mirada - ¿Qué? ¿Se quedó sin comentarios sagaces? - preguntó.

- Usted lo dijo, general: "no vale la pena desperdiciar palabras con hombres orgullosos..." - cité con actitud retadora.

- Creo que ya está por comenzar la ceremonia, señor - informó el infiltrado golpeándome las costillas con su codo. Karras gruñó por lo bajo antes de dar media vuelta y dirigirse al palco imperial.

- ¿Acaso estás loco? - reprochó mi joven compañero -. ¡Provocar al General! No le tomaría más de un par de segundos romperte el cuello.

- Habría que comprobarlo - respondí esbozando una media sonrisa.

- Quizás si seas estúpido, amigo - dijo desviando la atención al escuchar el sonido de las gaitas que anunciaban la llegada de nuestros invitados.

Las imponentes puertas del Salón Principal se abrieron de par en par, revelando tres criaturas extrañas y translúcidas escoltadas por un escuadrón de soldados tamaranianos. Los curiosos invitados parecían insectos gigantes, con aproximadamente tres metros y medio de altura y un exoesqueleto blanco como el hueso. Caminaban erguidos sobre su torso, desplazándose en cuatro largas extremidades.

—Cuida tus pensamientos —me recordó el infiltrado. Solté un bufido.

"Mira quién lo dice", pensé.

Las criaturas permanecieron inmóviles, observando en silencio, hasta que una sombra emergió de la oscuridad y se deslizó hacia el centro del salón con pasos apenas audibles. Era un ser majestuoso y temible, considerablemente más alto que los arácnidos que lo rodeaban. Su exoesqueleto reflejaba y distorsionaba la luz, cambiando de color con cada movimiento, en un juego de luces y sombras. Permanecí en silencio, sintiendo mi cuerpo petrificado ante aquella aparición.

—Todos de pie para recibir a Su Alteza Imperial, la Princesa Koriand'r —anunció una voz despertando ecos en el salón. Las gaitas resonaron, las espadas se alzaron y descendieron en un grito grave anunciando la presencia de la anfitriona.

Psicons irs vayryich naghtr. Ur lambu irsop di kamps itsi —recitó la princesa en una lengua desconocida para mí. Involuntariamente busqué con la mirada a la dueña de aquella voz quedando impávido ante su imagen. Un yelmo plateado coronaba su larga cabellera roja mientras un elegante vestido negro envolvía su esbelta figura. Sobre sus hombros ondeaba una larga túnica que resplandecía como las estrellas en la noche, y sus delgadas muñecas brillaban también luciendo unos largos brazaletes plateados engastados con piedras preciosas.

—Larga vida a la Princesa —recitamos al unísono, inclinándonos en una profunda reverencia sin desviar la atención de nuestros invitados.

—Habitantes de Tamaran, esta noche marcamos el comienzo de una nueva era. Hemos vivido tiempos difíciles y devastadores, pero creo firmemente que, unidos, podemos sanar las heridas de nuestra amada Tamaran. Mi objetivo es restaurar el paraíso que nuestros ancestros disfrutaron. Grandes sueños se alcanzan con pequeños pasos. Durante generaciones, hemos buscado el conflicto con nuestros vecinos en lugar de la paz. Hoy, tenemos la oportunidad de cambiar eso. Es un honor dar la bienvenida a nuestros hermanos de la Citadel. Espero que este sea el comienzo de una era de paz y prosperidad para todos. ¡Que viva por siempre Tamaran! —concluyó la princesa de Tamaran, girándose con gracia para dirigirse al salón contiguo.

Se alzaron las protestas entre los civiles que murmuraban y señalaban a los exóticos insectos. El sonar de otra gaita nos indicó a los miembros de la Guardia Imperial que replegáramos a la gente y abriéramos paso a las criaturas, permitiéndoles avanzar libremente hacia la cámara contigua donde ya los esperaba la princesa para una audiencia privada.

¡Kuril Yar os! ¡Kuril Yar os! ("mátenlos") —rugía la multitud fuera del palacio. El pueblo tamaraniano estaba al borde de un motín, enfurecido por la presencia de los psicons. Observé a Starfire, la futura Emperatriz, que intentaba mantenerse en calma, aunque sus ojos reflejaban un torbellino de emociones. Los nobles y consejeros susurraban entre ellos, culpándose unos a otros. Mientras tanto, los soldados de la Guardia Imperial asegurábamos todos los accesos al Gran Salón.

Contuve un suspiro. Cada segundo que pasaba, la atmósfera se volvía más tensa y peligrosa. Era un caos controlado, pero bastaba una chispa para que todo explotara. Mi corazón latía con fuerza mientras intentaba trazar un plan en mi mente. Mi prioridad sería evitar que Starfire sufriera algún daño, ¿pero cómo acercarme a ella?

Llevaba seis meses infiltrado en la Guardia Imperial y, aunque había ganado cierto respeto entre mis compañeros, era improbable que aceptaran seguir mis órdenes. Como en cualquier ejército, existen rangos militares y mi actual estatus no es mayor al de un soldado raso en los EEUU. Estoy obligado a someterme a la autoridad de mis superiores. Revelar mi identidad tampoco era opción; Star no tiene idea de mi presencia aquí. Despojarme de mi disfraz ahora solo complicaría las cosas.

—¡Ciudadanos de Tamaran! — volvió a resonar la voz de la princesa desde un palco, clara y firme, con la determinación de alguien que ha asumido el peso del liderazgo. Internamente, podía sentir su tormento. Cada palabra le costaba un esfuerzo monumental para mantener la calma—. Comprendo su ira, pero la violencia no resolverá nada. Necesitamos sanar las heridas y superar las intrigas que han llevado a este punto crítico a nuestros pueblos. La historia nos ha hecho creer que las diferencias entre nosotros y La Citadel son irreconciliables, pero miren a dónde nos ha conducido el odio. ¿No se dan cuenta? Nuestro amado Tamaran agoniza.

Sentí la tensión en el aire. Sabía que Starfire haría todo lo posible por mantener la situación bajo control, pero ¿qué tanto podría hacer ante una multitud furiosa y resentida? Adopté una posición de alerta. Tenía que estar preparado para actuar en cualquier momento.

—Lamento profundamente la reacción de mi pueblo —dijo, girándose ahora hacia los Psicons—. Sé que este es un paso difícil para todos nosotros. Agradezco su paciencia y su disposición para estar aquí hoy. Mi mayor deseo es que podamos superar nuestras diferencias y trabajar juntos hacia un futuro donde tanto Tamaran como los psicons prosperen. No será fácil, pero estoy comprometida a encontrar un camino hacia la paz y la cooperación entre nuestros pueblos.

El Snirch se siente complacido y admira su fuerza de voluntad, Alteza —resonó en respuesta una voz, no desde una garganta visible, sino como un eco dentro de nuestras cabezas—. Pero tiene una condición antes de discutir el asunto que nos convoca.

Star, evidentemente contrariada, respondió con una leve reverencia a la enorme criatura.

—¿De qué se trata? Por favor, hágame saber lo que requiere —sus palabras parecían vibrar en el aire, llenando la sala con una sensación de irrealidad.

Los alienígenas, que hasta entonces habían permanecido inmóviles, quedaron petrificados por unos segundos, como si entraran en un trance. El silencio en el Gran Salón se hizo aún más profundo, y todos los ojos se fijaron en las criaturas. Después de un momento, los insectos asintieron en perfecta sincronía y sus cuerpos comenzaron a disolverse lentamente, transformándose en una masa etérea que flotaba en el aire antes de desaparecer completamente.

El asombro se apoderó de todos los presentes. Star, aunque sorprendida, mantuvo su calma exterior. Era evidente que la reunión tomaría un giro inesperado.