Idearia

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El día mantiene una temperatura grata y en medio de los árboles resulta aún mejor. Hace un rato Kagome salió de casa, dijo que iría por algunas hierbas y que podía alcanzarla al terminar con las labores de la huerta; me gusta trabajar la huerta, me abstrae y me centra. Esperar a que las semillas comiencen a dar brote es un acto de paciencia que al principio creí que no tendría, pero Kagome me ayudó a encontrar una forma de canalizar esa sensación y comencé a llevar un cuaderno, como lo llamó ella; en él empecé a escribir los avances de cada semilla y cada planta. En realidad podía conservar en la memoria esos mismos avances, pero efectuar la tarea de apuntar todo eso me ayudaba. Esa fue una de las ideas de Kagome.

Mientras camino por el bosque puedo notar su aroma, lo he sentido durante todo el tiempo desde que salió de casa. Ella sabe cuánto agradezco que al salir sola se mantenga a una distancia en que pueda percibirla. Incluso, para cuando se aleja un poco más y sabe que ya no puedo olerla, ideó un silbido suave que canta cada poco tiempo porque sabe que mi capacidad de oírla va más allá que mi olfato.

También, hace poco, ella tuvo la idea de ir por la noche a las aguas termales y mirar el cielo desde ese lugar. Las cosas que hicimos en esas aguas aún las siento en la piel y las mejillas se me calientan al recordarlas. No puedo evitar la sonrisa, sé que esto que siento es felicidad y agradezco que Kagome esté en mi vida y poder compartirle lo feliz que me hace.

Ya estoy muy cerca de ella y me detengo, la puedo oír, oler y hasta escuchar. La buscó alrededor sin llegar a verla y luego observo a lo alto del árbol que tengo a un costado.

—¿Qué haces ahí? —le pregunto, cuando veo que está sobre una rama que apenas sostiene su peso.

Me dispongo a subir, pero ella me mira y me hace un gesto con un dedo, indicándome que me quede quieto. Contengo el aire y observo lo que está haciendo. La rama que pisa crea un pequeño balanceo debido al viento, que aunque suave es suficiente para mecer los árboles. Con una de sus manos se sostiene y con la otra está posicionando a un pequeño pájaro que acaba de echar el plumaje. La escucho murmurar al pajarillo algo sobre el amor y el cuidado, también veo como sonríe. Luego me mira y sus ojos parecen iluminados por una luz que no viene de fuera, es suya y brilla como un sol.

—¿Estás listo? —pregunta.

—¿Qué?

La veo lanzarse, riendo, y por un momento siento que se me hiela la sangre. Doy un salto y la atrapo a pocos metros del suelo.

—¿Qué haces? —la tengo entre mis brazos.

—Comprobar una idea —sonríe más.

Así es Kagome, siempre inquieta, pensando y creando: Idearia.

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Gracias por acompañarme en la aventura de crear

Anyara