Secreto

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La tarde estaba terminando y comenzaba el anochecer de una de esas noches de verano que resultan frescas y agradables. Los colores del cielo se reflejan en el lago al que hemos venido a refrescarlos y en cuya orilla acamparemos por esta noche. Kagome permanece junto a mí, cubierta sólo con su yukata y ambos mantenemos un silencio cómodo que conocemos y se produce entre nosotros cuando el alma está en calma. De pronto viene a mí el recuerdo de una tarde con un cielo similar, a muchas centurias de distancia de este tiempo.

—¿En qué piensas? —preguntas, y entonces dejo de mirar los colores en el cielo y en el agua, y paso a hacerlo en el reflejo de tus ojos castaños: azul, naranja, violeta; todos ellos danzando ante tus ideas.

Te sonrió y el recuerdo se torna aún más vivido, a pesar del tiempo que ha pasado.

—En aquel beso que nunca le contamos a nadie —confieso.

Tu mirada refleja la comprensión inmediata.

—Es cierto, se quedó como un secreto —murmuras como si aún ahora, estando solos, quisieras que siguiese siendo algo íntimo y atesorado.

Nos mantenemos uno en la mirada del otro, tal y como aquella vez, que luego de probar que un beso me rescató de mi sangre youkai, nos preguntamos en silencio cómo sería sentirlo sin esa presión.

Me inclino hacia ti y tú me esperas, del mismo modo que aquella vez. Recuerdo el color encendido de tus mejillas y el anaranjado de la tarde decorando el color de tu piel. Igualmente recuerdo la forma impresionante en que latía mi corazón y lo mucho que deseé tocarte con todo el cuerpo. Toqué tus labios, como ahora, y del mismo modo sentí que respirabas dentro de mí. Quise recrear la misma sensación de contención, esperando a que tú dieses el siguiente paso, más allá del roce y te siento presionar tu boca hacía la mía, como si no lo hubieses olvidado.

Me pregunto si recordaremos siempre ese instante del mismo modo, con cada sensación recorriéndonos como si estuviese sucediendo otra vez en el mismo momento.

Llevo mi mano a tu cintura, la poso ahí con la misma delicadeza que en aquella ocasión, aunque debo reconocer que ya no con el mismo temor. Separo los labios y comienzo a tomar los tuyos y a cederte los míos. Tu nombre se repite en mi mente, del mismo modo que entonces.

Kagome.

Y nos besamos con toques que sostienen y liberan, uno tras otro, hasta que la tarde apaga la luz en el horizonte. Hoy nos quedamos en penumbra, a diferencia de aquella tarde en que las luces de tu tiempo nos mantuvieron iluminados. Paramos cuando el cuerpo nos dio el aviso de haber llegado a la barrera de seguir o detenernos. Ambos sabíamos que seguir implicaba mucho para lo que aún no estábamos listos y comprendimos que la caricia resultaba perfecta y nuestra, así como era.

Sin embargo, esta noche me dedico a besarte y besarte más.

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Besos!

Anyara