Juntos
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Las mañanas comenzaban muy pronto dentro de la cabaña que construimos Kagome y yo. Yo puse las maderas y las uniones, reforcé los puntos en los que debía ser más fuerte para que ningún viento la echara abajo, así como poner un tejado resistente durante las nevadas más intensas. Ella la había construido por dentro, haciendo del lugar un hogar placentero al que entrar. El espacio era amplio en comparación a otras cabañas de la aldea cercana, aunque pequeño en comparación a la casa en la que ella vivía en su tiempo. Kagome solía decir que era ideal, porque así estábamos más juntos.
Las mañanas comenzaban pronto, y juntos.
Yo notaba cómo mi respiración se hacía cada vez más corta, más ligera, y no podía dejar de mirar el sitio por el que nos uniríamos, así como ahora estábamos probando la unión. Kagome mantenía la mirada baja y yo podía olerle el pelo, con ese aroma a hierbas silvestres que usaba para lavarlo y que se unía a la esencia acre de su sexo que subía hasta mí, creando una espiral de aromas entrelazados que me tenía a punto de acabar sin siquiera haber entrado en ella aún.
Permanecíamos sentados, sexo contra sexo. Sus piernas pasaban junto a mi cintura y las mías a la de ella. Estábamos tan cerca que el calor que emanaba de nuestros cuerpos se condensaba en el pequeño espacio que había entre ambos.
—Sostenme —pidió, en el momento en que oprimía una de las manos que yo mantenía en su cintura.
Obedecí, empujado por el ansia salvaje de sentirme dentro de ella.
La mezcla de sensaciones resultó abrumadora. La impresión física de una de sus manos al sostener mi erección; la sensación auditiva de escucharme a mí mismo jadear sin pensarlo, la emoción de saber que iba a entrar en esa humedad de aroma acre y finalmente la piel de mi sexo en contacto con la cavidad caliente y asombrosamente confortable de su intimidad.
Me sentí mareado, me sentí perdido y a la vez completamente entregado. Considerando en el mundo en que crecí, rodeado de miedos y viviendo a base de coraje, sentirme así de vulnerable era la mayor de las entregas.
La sostuve del modo más cómodo para poder acercarla a mí una y otra vez, viéndome entrar y salir de ella.
Kago… me —pensé y dije su nombre, en parte asombrado, en parte bendecido y en parte profundamente excitado.
El calor comenzaba a arremolinarse entre los dos. La humedad de su sexo salía arrastrada por el mío.
—Mira —me decía ella, con la voz tomada, como si yo pudiese perderme detalle.
¿Cómo podía ella, siendo tan pequeña, contenerme?
—Lo veo —jadeé, observando como mi erección, endurecida hasta el dolor, salía y se mostraba casi completa, sin abandonar su interior.
—Lo quiero dentro —dijo.
Y noté la sacudida del deseo en mi columna.
—¿Todo? —pregunté.
Como parte de nuestras claves íntimas.
—Todo —sentenció.
Y nos abandónanos al placer: juntos.
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N/A
Me encanta la idea de recrear estos momentos de ellos, así como otros.
Espero que les haya gustado.
Besos
Anyara
