Intimidad
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El día se despide en el horizonte, puedo verlo por la ventana ahora que acabo de poner todos los ingredientes en la olla, que ya mantengo en el fuego para que el guiso de la cena se vaya haciendo. Has estado todo el día fuera, tú y otros más de la aldea están levantando la cabaña del hijo del herrero que se casará dentro de poco.
Escucho cuando te acercas, el ritmo de tus pasos me resulta reconocible aunque no te esté mirando. Compruebo que no me he equivocado cuando entras en casa y al verte comprendo que ha sido un largo día de trabajo.
—Kagome, ya estoy aquí —la energía con la que pronuncias aquella frase me resulta incluso exagerada para la apariencia que traes.
—Ya te veo —no puedo evitar la sonrisa— ¿Qué tal ha ido?
—¡Buah! —tu expresión da a entender que no sabes por dónde comenzar— Se podría decir que bien y mal.
—Ah ¿Sí? —me acerco hasta ti, sin bajar del suelo de madera que compone la mayor parte del interior de la cabaña, mientras tú permaneces en el genkan.
—Sí. Yori, el hijo del herrero, sabe de herraduras y nada de tejados —comienzas a explicar, en tanto yo tiro de la chaqueta de tu haori para poder quitarla ya que la traes sucia por el trabajo—. Además, no sé cómo se atreve a subir si no tiene equilibrio —deslizo la chaqueta por los hombros y tú, completamente absortó en tu relato, me permites liberarte de la prenda—, tuve que sostenerlo dos veces —hago lo mismo con el hitoe, que sale de la cintura del pantalón y va a ocupar un lugar junto con la chaqueta roja que ira directo a lavar.
—Ya veo —el tono de mi voz ha cambiado ligeramente al son de mis intenciones. Me gusta percibir la confianza que tienes en mí, el modo en que te dejas desnudar sin siquiera reparar en ello, completamente obnubilado por el mundo que traes en tu mente.
—Sí, de verdad, hemos tenido que darle otro trabajo —me siento en el borde del altillo de madera y llevo las manos al cinto de tu pantalón—, uno que lo mantuviese con los pies en el suelo —deposito un beso en tu estómago, la piel es suave sobre un músculo firme— y con vida.
—Me alegro —sigo el hilo de tu conversación, aunque ahora mismo mis pensamientos están en otra acción, más íntima y nuestra.
—Y yo, sobre todo cuando hemos podido terminar de poner las maderas del tejado —el cinto se suelta y dejo un beso en tu vientre, justo antes que el pantalón se deslice por tus piernas y caiga hasta el suelo.
De pronto te has quedado en silencio y te miro y me miras. Has leído mis intenciones y ahora yo leo las tuyas. Te quitas los pantalones, empujando con tus propios pies antes de echarte hacia mí y poner una mano en el cinto de mi pantalón.
—Ahora, quiero que tú me cuentes tu día.
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N/A
Gracias por leer
Besos
Anyara
