Temblor
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La primavera es una de mis estaciones favoritas. Me gusta sentir la brisa, que no resulta ni caliente, ni fría, simplemente refresca y trae consigo la sensación de la naturaleza cuando despierta y de los campos cuando se muestran nuevamente fértiles después del adormecimiento del invierno.
Me incorporo de la labor que estoy ejecutando con un pequeño espacio de jardín. He querido probar esta temporada y crear una hilera de flores alrededor del camino de piedra que da a nuestra cabaña. Me estiró elevando los brazos hacia el cielo y arqueando la espalda para descansar los músculos de esa zona mientras me lleno del aire fresco. Entonces te miro, estás sentado en el escalón que da a la puerta de casa y desde ahí me observas con expresión neutra, sin embargo las preciosas orejas que coronan tu cabeza delatan tus pensamientos con ese pequeño temblor que llevo días reconociendo.
Decido hacer una prueba, algo meramente experimental, y tomo mi pelo para crear un atado sobre mi nuca y lo sostengo con una cinta, dejando así el cuello al descubierto. Tus orejas vuelven a sacudirse y tu expresión permanece impávida. Intento no sonreír ahora que estoy comprobando mi teoría.
Una prueba más —pienso.
—Uff… Calor —menciono a la vez que subo la tela de una de las piernas de mi hakama, para desnudar y airear la propia. Tus orejas se agitan otra vez.
—¿Qué tanto haces, mujer? —sueltas las palabras, intentando un tono antipático que no es real.
Sonrío y me acerco a ti lentamente. Cuando estoy a dos pasos, abro y deslizo un poco el hitoe por sobre el hombro para abanicarme con la mano.
—Comprobar algo —me miras con atención, mi teoría se confirma una vez más, y yo termino la frase en tono cantarín—. Tus orejas tiemblan cuando ves algo que te gusta.
De pronto el silencio se convierte en un compañero más y sólo se escucha el murmullo de la brisa acariciando las hojas nuevas de los árboles. Tu mirada se ha vuelto intensa. Tomas una de mis manos y la acercas a ti, lo que me obliga a inclinarme y sostenerme con la otra de tu hombro. La has descansado en tu entrepierna y siento cómo se me suben los colores a las mejillas.
—No es lo único que me tiembla cuando algo me gusta —dices. Tus mejillas también se han comenzado a colorear, sin embargo tu decisión no cambia.
Bajo mi palma siento cómo tu sexo se sacude en un único movimiento suave.
—Por ejemplo, si hago esto que me gusta —deslizas una mano por entre el cruce de mi hitoe y tu mano acuna uno de mis pechos. Yo inhalo con sorpresa y siento que mi respiración pierde el compás— ¿Sientes el temblor?
La pregunta la formulas con la voz oscurecida, casi tanto como el negro de tu pupila que se ha expandido. Y sí, es cierto, la erección bajo tu hakama ha vuelto a palpitar.
—Sí —acepto y noto mi propio temblor al hacerlo.
Acercas tu boca a la mía y me susurras con dulzura.
—¿Quieres que te cuente lo que te tiembla a ti, cuando algo te gusta?
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N/A
Espero que les guste este pedacito de vida.
Besos
Anyara
