MUGEN

Vigilia

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El aire en nuestra cabaña huele a enfermedad, dentro de un momento abriré una de las ventanas laterales para que el aire se renueve, tal como he hecho varias veces desde que anocheció. Toco la acalorada mejilla de Moroha con cuidado, aún tiene fiebre aunque sigue manteniendo una temperatura aceptable y cercana a la normal para ella, habitualmente más elevada que la humana debido a la herencia de mi sangre youkai.

Te observo, te has quedado dormida al otro lado del futón de Moroha, con la espalda apoyada contra la pared y el cuello cayendo hacia tu hombro. Probablemente te dolerá después. Me pongo en pie con sigilo, tomo una manta y me acomodo a tu lado para guiarte y que descanses la cabeza sobre mi pierna antes de cubrirte. Sé que no querrás descansar en el futón, te has empeñado en hacer vigilia y esperar a que la fiebre de Moroha remita.

La niña abre los ojos y me mira, parpadea y se gira sobre su camita, sus ojos mantienen ese brillo cristalino de la enfermedad.

Papa —escucho, apenas sabe palabras, sin embargo usar ese apelativo conmigo es una de sus formas favoritas de comunicación. Vuelvo a extender la mano para tocarle la frente.

—Duerme —le susurro muy bajito. Su temperatura no es demasiado alta, la niña vuelve a cerrar los ojos.

—¿Qué pasa? —hablas y te incorporas, dejando la almohada improvisada de mi pierna— ¿Está bien?

Puedo notar la angustia en tu voz adormilada.

—Está bien, tiene fiebre, pero menos —busco tranquilizarte.

—Me he dormido —te reprochas—. No debía dormirme.

—Te hace bien descansar, no puedes quedarte despierta toda la noche, además del día —te has estado sobre exigiendo desde que Moroha enfermó.

—No lo entiendes —dices y te pones en pie para rebuscar nuevamente en el mueble donde guardas las hierbas medicinales.

Miro a nuestra hija, ella descansa. Me pongo en pie y voy hacia ti que has tomado el mortero de piedra y comienzas a poner en él una composición de hojas secas.

—¿Qué haces ahora? —te pregunto, arrodillado a tu lado.

—Una cataplasma para la fiebre —pareces enfadada, aunque no entiendo por qué.

—Le has puesto una hace muy poco y la fiebre está bajando —intento calmarte—. Además, si sigues poniéndole esas cosas terminará oliendo tan mal que llegarán los carroñeros a nuestra puerta.

Te escucho hacer un ruido extraño, como un gruñido contenido que hace temblar todo tu cuerpo, mientras los nudillos de tus manos se ponen blancos sosteniendo el mortero y la piedra para machacar.

—Kagome —te toco el hombro.

—Es que no lo entiendes. Ha sido mi culpa, la dejé meter los pies en el agua del río y estaba demasiado fría —comienzas a llorar de forma explosiva, tanto que no alcanzo a percibir el aroma de tus lagrimas hasta que caen por tus mejillas.

—Kagome —digo tu nombre con la mayor dulzura posible y te acerco a mi cuerpo para abrazarte. Tú aceptas con ansia—. No hay culpa en esto. Es una niña y se enfermará no solo hoy.

—Pero… —no alcanzas a replicar, las lágrimas te interrumpen. El tiempo a tu lado me ha enseñado a ver muchas de las sutilezas que te componen y aun así sigo descubriendo más.

Mama —Moroha habla desde el futón y te extiende una mano para que vayas a ella.

Te pasas la manga de la yukata por los ojos, para que nuestra hija no vea tus lágrimas. Te acercas y le hablas con una sonrisa, mientras le tocas la mejilla para medir su temperatura y lo haces como si la acariciaras.

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N/A

Uno más para MUGEN

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Anyara