MUGEN

Vida

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La noche había llegado hacía horas y aunque en su momento tú y yo nos dormimos tranquilos, abrazados y con la luz del fuego del hogar creando un ambiente cálido y reconfortante, algún ruido nocturno consiguió que despertara y me mantuviera con los ojos muy abiertos. Ahora mismo miro el techo de la cabaña que compartimos hace años y aunque ya conozco de memoria las formas de la madera que lo componen, me distraigo repasándolas, por si así el sueño regresa. Al paso de un momento desisto y te miro dormido junto a mí. Tus labios están ligeramente separados y consiguen un diminuto silbido cada vez que respiras; es armónico y logra que me relaje. El pelo te cae por la mejilla y la mandíbula, crea una línea que demarca hermosamente tu rostro; toda tu expresión habla de tranquilidad. Me gusta observar cuando descansas, supongo que por las tantas y tantas noches que compartimos en las que parecías no conocer el sueño profundo. Sonrío y suspiro con calma, regresando la mirada a las maderas del tejado.

Tengo sed —pienso, llevo varias noches con esa sensación. No quiero levantarme a por agua, porque te despertaría.

Cierro los ojos y descanso mi mano sobre el vientre que está apenas abultado; estamos transitando la quinta luna de embarazo. Al menos eso nos indica el cálculo rudimentario que hemos hecho, basado en probabilidades y en el último periodo que tuve. Aún no he sentido sus movimientos y lo espero con ansia; quizás esa sea una de las razones por las que me desvelo por la noche.

¿Qué pasa si se mueve cuando esté dormida? ¿Lo sentiré? ¿Será capaz de despertar con un primer movimiento? Y si me lo pierdo.

En ocasiones creo que son demasiados los y si que acompañan a un embarazo. Son tantos los temores, las posibilidades de que algo, lo que sea, se estropee. Respiro profundamente, intento encontrar calma; mi mente se vuelve demasiado fructífera cuando me rondan las ideas de infortunio.

—Kagome ¿Todo bien? —te escucho y siento tu mano que se posiciona sobre la mía. Te miro y tus ojos dorados me dan la calidez y la quietud que necesito.

—Lo siento, InuYasha, no quería despertarte —acepto y enlazo mis dedos con los tuyos, mientras observo las sombras móviles que crea la luz de las llamas sobre tu pelo.

—No has sido tú, ha sido el bebé —dices y contengo el aliento. Probablemente lees la ansiedad en mi expresión—. Tranquila, está bien, no pasa nada.

—Y ¿Qué es? ¿Cómo te ha despertado? —pregunto y miras mi vientre.

Entonces veo el modo en que se va formando una sonrisa en tu rostro. Es una sonrisa sosegada y llena de un amor profundo que se apodera de toda mi emocionalidad.

—Hace pequeños sonidos, como si girase dentro de un ofuro —dices y las lágrimas se forman en mis ojos. Tú me miras y aunque no te gusta verme llorar, entiendes que ésta vez expresa un buen sentimiento.

—¿Qué más? —quiero saber. Noto la caricia suave de tu mano sobre el vientre.

—Su corazón —dices y el pecho se me inflama de amor. Respondes a mi siguiente duda sin que llegue a formularla—. Es como escuchar el ritmo de un caballo al galope; es fuerte y constante.

Sostengo mi labio inferior entre los dientes, conteniendo la emoción enorme que me llena. Quiero girarme para abrazarte y justo antes de hacerlo siento un movimiento en mi vientre, que recorre desde la derecha, hasta la izquierda. Nos miramos con la comprensión de haber recibido el primer contacto físico con la vida que hemos creado. Escucho tu risa cálida y me pego más a ti y te beso la comisura del labio, ahí donde alcanzo. Me siento agradecida por el bebé, por lo que me acabas de contar, por este primer contacto, por el momento… por ti.

—Gracias, InuYasha.

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Me gusta mucho escribir MUGEN, es como "recuperar" momentos que "no hemos visto"

Gracias por leer y acompañarme.

Anyara