MUGEN
Desesperación
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La desesperación es una de las sensaciones más inabordables que conozco; parece como si todo alrededor se cerrase hasta que el último aliento estuviese a punto de ser entregado a un mundo que nunca comprendió las razones de la vida.
Así se siente.
Así me siento.
La desesperación parece atacarme; me adormece los músculos de las piernas mientras permanezco arrodillada y los brazos y las manos, en tanto busco con iracunda angustia poner freno al modo en que tu cuerpo se desangra ante mí. Mis ojos se anegan en lágrimas e intento aclarar la mirada para no perderte de vista, para no perder detalle, mientras tu nombre —InuYasha— sale de mis labios como un mantra que busca retenerte en la vida.
—Estaré bien —murmuras y tomas mi mano ensangrentada.
Cómo puedo creerte, si ni siquiera hay un ápice de tu fuerza habitual en el agarre que con dificultad intentas mantener.
—Lo sé —te digo, igualmente, mostrando lo que debe parecer una sonrisa sombría.
Las lágrimas comienzan a mojar mis mejillas, sin embargo no me detengo y pongo más presión en la enorme herida que tienes a un costado del estómago, esta vez con ambas manos y con toda la decisión que consigo. Íntimamente rezo por ver aparecer a Sango en Kirara o a Shippo o Hachi; cualquiera que pueda ayudarnos a volver a casa para cuidar de ti, para hacer algo.
Tu mano me ha soltado y te miro sólo para comprobar el pálido color en tu rostro y lo agotada que está tu mirada. El dorado de tu iris casi no brilla y la desesperación que atenaza mi cuerpo y mis emociones se hace más intensa aun. Cierro los ojos y rezo a cualquier deidad que me quiera escuchar, desde los budas a los ángeles cristianos. Rezo para que obren un milagro que te ayude y te cure y que tu sangre deje de regar el suelo, rezo… para que vivas.
Es entonces, bajo la desolación más intensa que puedo soportar, que mi mente se abre y me dice que no hay milagro que otro pueda hacer. Es probable que nunca pueda explicar lo que sé en este momento; no obstante, obedezco a la energía que ha brotado de mí como una certeza y dejo que desde mi corazón ésta descienda hasta mis manos y llegue a ti. Los latidos atronadores en mi pecho comienzan a calmarse y aunque sé que la desesperación sigue atenazando a la mujer que soy, la sacerdotisa decide por ambas y prima para tu bien.
El calor que emana de mis manos me muestra una luz violácea que veo en mi mente, sin abrir los ojos. La misma visión me muestra la herida y el interior de tu cuerpo por el que ésta transita. Kagome, la mujer que soy, quiere gritar de frustración, no obstante la sacerdotisa permanece y le recuerda que es tu vida la que ambas procuramos equilibrar. El amor forma una cadena que las une y vuelvo a ser yo, cuidando de ti. Me mantengo así por un instante incalculable.
Tu mano se posa sobre la mía, sigue siendo fría y débil. Abro los ojos y veo que me sonríes con un gesto destinado a mi tranquilidad. La herida ha dejado de sangrar.
—Estaré bien —murmuras y entonces lo creo y la desesperación se apacigua y me reconcilia con otra emoción; la esperanza.
—Lo sé.
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N/A
Pongan ustedes la causa del descalabro este y me lo cuentan si quieren. Me apareció este momento en la cabeza y quise narrar la emoción de Kagome.
Espero que les haya gustado y que me cuenten en los comentarios.
Besos
Anyara
