MUGEN

Lección

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Para un ser como yo el tiempo es sólo una constante, días que pasan en los que todo alrededor cambia al ritmo de las estaciones, sin que esos mismos cambios signifiquen algo absoluto. No obstante, desde que estás tú en mi vida, los cambios tienen otro valor.

Te veo correr hacia mí con toda la energía que te caracteriza y contengo, con mucho esfuerzo, el abalanzarme hacia ti ante el ansia de querer protegerte de cualquier daño eventual.

—¡Otōsan! —te escucho decir en medio de la carrera que has emprendido colina arriba y no puedo evitar sentir que el pecho se me inflama ante esa simple definición que haces de mí.

A lo largo de los años de mi vida he sido muchas cosas, sin embargo, ésta es la que más me gusta de todas.

—¿Qué pasa, Moroha? —pregunto, sonriendo casi sin proponérmelo.

—¡Otōsan! —vuelves a vociferar y das un resoplido al llegar, casi de un salto, junto a mí.

Me mantengo en silencio y espero, en tanto evalúo lo mucho que has progresado en habilidades, a tus cuatro ciclos de vida.

—¡Hay un demonio ahí abajo! —expresas.

Siento que la piel se me eriza ante la idea de un peligro para ti y de mi total falta de consciencia sobre ello.

¿Cómo es posible que no lo hubiese notado?

¿Cómo he podido ponerte en peligro así?

—Tranquila —te pido y te tomo por la cintura para dejarte sobre mi espalda.

Noto el modo en que te ciñes a mi cuerpo, y a mi ropa, de forma refleja, producto de las muchas veces en que te he llevado.

Bajo la colina en busca del demonio que has visto. Mi olfato parece insuficiente para encontrar al ser que mencionas y soy consciente de la indefensión a la que te estoy exponiendo; tu madre me matará.

—¡Ahí! —exclamas y veo tu pequeño dedo apuntando entre los matorrales que hay al pie de la colina.

Centro mi atención y mis sentidos, para dar con aquello que te ha alarmado. Para mi sorpresa, sólo me encuentro con una serpiente que no debe medir más de tres palmos.

—¿Es eso? —te pregunto. Tú asientes con efusividad— Es sólo una criatura más —agrego y noto el silencio que mantienes.

Es curiosa la forma en que la paternidad otorga una especie de sentido nuevo que ayuda a saber cuándo una hija está aprendiendo algo.

—Otōsan —dices, con calma y reflexión— ¿Cómo sabes cuando tienes un enemigo delante?

Me asombro ante tu pregunta. No es la respuesta que te debo dar lo que me sorprende; es tu vivacidad al momento de plantearla. Sin embargo, sé claramente qué decir.

—No es el enemigo lo importante; nunca lo es. Lo importante es lo que tengo que proteger —te digo, con claridad.

Mantienes un momento de silencio y yo espero por la reflexión que estás haciendo.

—Entonces, otōsan, lo importante no es el odio; si no el amor.

Sonrío y asiento una vez. El pecho se me inflama con aquella emoción que tu madre llama orgullo.

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N/A

Me gustó mucho escribir este pedacito de la relación de InuYasha con su niña, espero que a ustedes les haya gustado leer.

Un beso

Anyara