MUGEN
Fuego
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El sonido del metal contra el metal es claro, estridente y a la vez armónico. Tiene un componente de fuerza ineludible, y la certeza de que está ahí para la creación de algo.
No había reparado en esos detalles hasta que mencionaste la intención de venir a la montaña de fuego en que habita Tōtōsai.
Le diré que me enseñe y así podré hacer una espada para Moroha.
Esas fueron tus palabras, claras y decididas. Creo que no me tomé esa declaración con la suficiente seriedad, ni siquiera el día en que partiste de nuestra cabaña con la promesa de estar de regreso en cuánto acordaras todo con el anciano creador de espadas. Sin embargo, ahora que me voy acercando al lugar y con ello los sonidos se hacen más nítidos e intensos, sólo puedo aceptar que sí, que has decidido aprender.
Recorro los metros que me faltan hasta llegar a lo alto de la montaña, al sitio en que se encuentra la fragua. Cambio de mano el recipiente con agua que he traído para ti y pienso en nuestra hija que se quedado al cuidado de Kaede, para que yo pudiese acompañarte en esta extraña aventura que has resuelto emprender. El calor se hace más intenso, y alzo la mirada para encontrarme con una imagen inesperada. Estás en la linde de la cueva y mis pasos se detienen mientras observo el modo en que alzas el martillo y golpeas el metal ardiente que permanece sobre el yunque. La fuerza de cada golpe se hace evidente por la forma en que se marca el músculo de tu brazo y las esquirlas de fuego que se esparcen a continuación desde el punto de impacto.
Probablemente debería estar acostumbrada a las escenas que me deja la capacidad de una criatura sobrenatural como tú. No obstante me quedo en el lugar, impresionada por la imagen que sin querer has creado para mí y que el fuego de la fragua, al interior de la cueva, enmarca. Resultas simplemente asombroso.
—Se lo ha tomado muy seriamente —me sorprende la voz de Tōtōsai que suena de pronto, desde un costado.
—Eso creo —acepto.
—Ha dicho que la forjará agregando uno de sus colmillos —el anciano menciona con calma, mientras sigue un camino diferente al que llevo yo.
Como su padre hizo con él —pienso.
—¿Ya ha comenzado? —intento saber.
—No, de momento sólo está conociendo el material —sentencia el hombre, para luego agregar—. Llévale el agua, lo agradecerá.
En ese instante recuerdo la tarea que me había propuesto cuando tú sólo comenzabas a encender el fogón. Me voy acercando hasta ti y noto la energía vibrante que te acompaña ahora que estás creando. Entonces alzas la mirada, me observas, sonríes, y consigo ver el modo en que el brillo de la fragua hace aún más evidente el fuego dorado de tus ojos.
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N/A
Una de esas ideas que surgen y que hay que escribir.
Espero que les guste.
Anyara
