10. Pésimo sumiso

Sé que no todo el mundo disfruta con la faceta de Daryl sumiso, por lo que, por eso mismo os pongo las escenas que se podrían considerar más fuertes entre /*/

Daryl resopla y pasea desnudo por el baño moviéndose como un tigre enjaulado.
Se siente ridículo, encerrado, como un niño que ha sido castigado en su habitación y se muere por salir a jugar fuera. Y para rematar está desnudo, vestido sólo con una triste corbata.
¿Cuanto tiempo lleva ahí? Veinte minutos por lo menos ¿Qué narices está haciendo ella? ¿Seguirá comiendo? Lo duda, come bastante rápido, como si siempre estuviese hambrienta, aunque luego se deje la mitad.
Sonríe entre dientes, seguramente estará bebiéndose su alcohol, fumando o... ¿Y si se ha ido?
Abre mucho los ojos.
—Qué hija de puta...—murmura al darse cuenta de lo lógico que es esa posibilidad.
Abre la puerta de par en par esperando encontrarse su habitación vacía, pero...

—25 minutos, vaya, me has sorprendido, niño rico —ronronea ella comiendo uvas lentamente.
Está sentada frente a la puerta del baño, como el guardián de un calabozo.
A Daryl le gustaría regañarle por hacerle esperar tanto, abandonar el juego y castigarla, pero joder ¿Por qué coño le excita tanto verla comer esa fruta? Dios, si es que más sensual no puede ser, y su miembro lo sabe.
—La cena te está esperando —informa ella señalando la mesa con la cabeza —Aunque debería castigarte sin cenar por salir sin haberte llamado, bueno, añadiré cinco azotes a tu castigo —murmura, y sigue comiendo uvas.
Daryl niega con la cabeza.
—Estás como una puta cabra —gruñe, y pasa por su lado ganándose unas suaves vibraciones en su interior que hacen que se retuerza de placer.
La mira interrogante.
—¿Qué? Quería comprobar si habías hecho lo que te pedí, buen chico —lo alaba mostrando sonriente el mando del juguete —. Me gusta tu culo, es como un melocotoncito maduro, aunque está demasiado inmaculado, pero eso tiene arreglo, en un par de horas estará lleno de moretones. Será un mapa.
Daryl bufa.
—Eso será si te desobedezco más, y hablando del tema... tendremos que acordar cómo será ¿no? —le recuerda.
Se sienta a la mesa y destapa su plato para empezar a comer. Tiene hambre, y necesitará energías para aguantar toda la noche.
Dios, Patricia cocina de maravilla.
Mira el plato de ella, lo sabía, se ha dejado la mitad, siempre hace lo mismo.
Capta de soslayo como Nancy se levanta, arrastra la silla hasta la mesa y se sienta frente a él.
Le hace gracia verla con un carrillo hinchado, lleno de uvas. Ha pasado de sensual a adorable, y por alguna extraña razón eso le atrae aún más.
—Muy bien, mis normas: Me obedecerás en todo lo que te diga, prohibido hablar, tocar, besar y mirar a no ser que yo te lo pida, si incumples algo de esto serás castigado con veinte azotes más los extras que he añadido de los cuales no te librarás por muy bien que te portes, ¿Algo que objetar?
Daryl piensa un instante.
—No, excepto que no quiero que me dejes atado a la cama esperando, mientras te bebes mi whisky, odié eso, y... quiero mirarte, déjame mirarte a los ojos, por favor —ruega.
Recuerda como la noche anterior odió que ella no pudiese hacer contacto visual con él, y no quiere volver a pasar otra noche de sexo sin mirar esos hermosos ojos que lo tienen hechizados.
Carol medita su petición y busca como volverla en su contra.
Sonríe
—De acuerdo —acepta —. Ahora elige juguetes y palabra de seguridad.
—Mi...
Su teléfono móvil comienza a sonar interrumpiendo su conversación.
Lo mira disimuladamente.
—Es... es Rick, debería cogerlo —dice buscando su permiso. No entiende por qué.
Carol se sorprende, no sabía que tenía uno de esos chismes.
—Contesta —ordena.
Daryl responde la llamada y activa el manos libres, no tiene nada que ocultarle.

—Buenas noches, Daryl, ¿Estás ocupado? —pregunta Rick.
Se escucha el ruido de la calle de fondo, y su voz acelerada, por lo que supone que estará caminando de vuelta a casa a continuar trabajando haciendo guardia frente a la puerta de su habitación.
—Dile que te estás masturbando pensando en él —ordena Nancy en un susurro, mirándolo como una niña traviesa que acaba de decir una palabrota.
Daryl la mira en un silencioso reproche y susurra un "¿Estás loca?" Casi inaudible.
—No, no estoy ocupado, sólo estoy... —la mira a los ojos y sonríe canalla — Masturbándome pensando en ti —se atreve a decir para sorpresa de ella que debe taparse la boca para ahogar su incontrolable risa.
Tiene una sonrisa preciosa, y más cuando es tan sincera.
La mira como un idiota disfrutando de la forma que tienen sus ojos de entrecerrarse, y brillar por las lágrimas, como intenta ocultar esa hermosa sonrisa tras su mano...
Dios, su sonrisa... definitivamente, de todas las curvas que componen su cuerpo esa es la que más le gusta.
Se hace un silencio al otro lado del teléfono, casi que pueden escuchar el canto de un grillo.
Mierda, tanto regañar a Nancy para que no intimide a sus guardaespaldas y ahora lo ha hecho él.
—Rick, yo...
—Veo que está con la señorita Nancy —llega a la conclusión Rick que ha escuchado la risa de ella.
Daryl respira aliviado, y ella vuelve a reír.
—Hola, Rick. Perdona, cielo, he sido yo quien le ha pedido que diga eso, pero te juro que pensé que no iba a ser capaz —intenta explicar, pero vuelve a echarse a reír, de forma que casi resbala de la silla.
Daryl le lanza una uva que golpea su clavícula y acaba en el suelo.
—Lo supuse —murmura Rick —Escucha Daryl, siento decirte que no tenemos nada tío, ni una sola pista, quien haya sido se ha paseado por varios cajeros sin ser visto. No puedo hacer nada más... —informa muy a su pesar.
Daryl asiente decepcionado y toda la diversión que estaba teniendo se esfuma de repente.
Murmura un gracias antes de colgar y mira cabizbajo su plato.
—¿Problemas en el paraíso? —pregunta ella intentando fingir ignorar el asunto del que hablan.
—Sí, me han robado la tarjeta bancaria y no han dejado ni un duro —responde, y vuelve a centrarse en su comida, que de repente se le ha agriado.
Carol se lame los labios un poco nerviosa.
—Oh, vaya, lo siento, pero... ¿Tienes más dinero, no? —pregunta sonando un poco desesperada.
—Sí, tranquila, te puedo pagar, mi herencia no la han tocado. Han sido sólo 7000$, pero eran mis 7000$ —se limpia la boca con la servilleta antes de continuar hablando —. Ese dinero no salió de ninguna herencia, era mío propio, los pocos ahorros que pude hacer a lo largo de mi vida, el dinero que mi madre me dio antes de morir, y... no sé, siento que me han quitado todo lo que tenía a pesar de que es una miseria comparado con todo lo que tengo ahora —se explica dolido.
Ahora más que nunca debe ganar su propio dinero, o conseguir que Gregory de el visto bueno y le entregue la herencia, porque como lo eche a la calle tendrá que vivir bajo un puente.
A Carol se le encoje el corazón. Se siente mal, muy mal, no le ha robado a un niño rico que tiene dinero hasta debajo de las piedras, no, a quien le ha robado es a un hombre humilde y trabajador que probablemente se habrá pasado la vida currando para tener algo que llevarse a la boca y al que ahora ha dejado sin nada.
Dios, de entre todas las tarjetas que tenía... ¿Por qué cojones eligió esa?
Tiene que confesarle que fue ella, no puede vivir con eso dentro.
—Da...Daryl, yo... —lo mira a los ojos ¿Qué decirle? ¿Qué le ha robado para dárselo a su proxeneta que la amenazó? ¿Qué es víctima de una red de trata de blancas? No, no puede hacer eso —Yo... yo siento mucho lo que te ha ocurrido —recula en su confesión, y reza para que no haya leído la culpabilidad en sus ojos.
Si dice algo, él empezará a hacer preguntas, descubrirá cosas, quizás intente denunciar, Negan se enterará y Sophia correrá peligro.
Daryl le sonríe con dulzura.
—No te preocupes, mi amor, tú no tienes la culpa —echa su plato a un lado y cruza los brazos sobre la mesa —. Hablemos de otra cosa, no quiero amargarte la noche ¿Por dónde íbamos? —pregunta para sí, y entonces recuerda —Ah ya, mi palabra de seguridad. Creo que ayer ya quedamos que iba a ser cero ¿no? —Nancy asiente —Y juguetes pues... no sé... —se sonroja notablemente —para el castigo supongo que la fusta, y para la sesión no sé, yo... yo soy un poco ignorante en estos temas, algunos de los juguetes que cogiste no sé ni cómo funcionan —confiesa un poco tímido.
Carol hace su máximo esfuerzo para abandonar los sentimientos de culpa que está teniendo y procura centrarse en su papel a interpretar.
Sonríe seductora.
—¿Dónde están los juguetes? —pregunta.
Mira a su alrededor pero no los localiza por ningún lado.
—En la caja fuerte, la combinación es 240782, mi fecha de nacimiento —revela.
Ella se levanta lentamente, sonriendo con picardía, sosteniéndole la mirada.

La observa caminar por la habitación con la elegancia de una reina a la que robaron su corona.
Carol mira de soslayo asegurándose de que Daryl no le quita ojo de encima.
Se agacha frente a la caja fuerte, elevando su culo para mostrar...
—¡Hija de puta, llevas bragas! —exclama haciéndola reír.
Son negras, tipo brasileña de encaje semitransparente, y por alguna razón le parece la lencería más sexy que ha visto en su vida.
Claro, por eso sonrió cuando él le dijo que ella no llevaba bragas.
Pone los ojos en blanco. Como siga así lo acabará matando.

Carol coloca cuidadosamente todos y cada uno de los juguetes sobre la cama.
Sonríe, sabe que le ha gustado su ropa interior, su miembro le delata.
Acaricia con la yema de los dedos cada uno de los objetos pensando por cual empezar.
—A ver, niño rico, te voy a explicar cual es la función de cada uno de nuestros amigos, así que, aunque sé que ahora mismo estás pensando con la polla, procura prestar atención.
Daryl sonríe y aguarda, sentado de lado en la silla y comiendo uvas, expectante a que su diosa de los placeres le de una lección que sabe que jamás olvidará.
—Estos son unos grilletes de muñecas y tobillos, pueden separarse si quieres para atar sólo los tobillos, sólo las muñecas o ambos a la vez, fijarlos al techo o lo que te salga de los huevos —explica mostrándole esas cadenas metálicas, cuyos grilletes son unas correas ajustables de cuero negro que tienen un pequeño candado que las une.
Se acerca a él despacio, sonriéndole malévola, y sin decir una palabra le quita las uvas que tiene en la mano y engrilleta su muñeca, la cual fuerza a su espalda junto con la otra, atándolo al respaldo de la silla.
Él no dice nada,la seguridad de sus movimientos le parece de lo más excitante.
Observa ensimismado como vuelve a colocarse frente a él.
Carol acaricia su torso desnudo y recién afeitado.
—Veo que has obedecido —murmura con voz fría.
Araña con sus uñas su piel, dejando marcado su camino, repasando cada uno de los tatuajes que decoran su pecho.
—Por supuesto, estoy a tus órdenes —dice él mirándola con sus ojos profundos.
Carol dibuja una media sonrisa y continúa con su tortuoso recorrido.
Le gusta su físico. Se pregunta en qué habrá trabajado para acabar teniendo esos brazos fuertes, hombros anchos, qué simbolizan sus tatuajes, quien será la propietaria de ese nombre que tiene tatuado en el pecho ¿Su gran amor? ¿Una hija que no conoce? o... o nada. Le debe importar una mierda todo eso. Es sólo un cliente y nada más.
Mira a Daryl, su niño rico no le quita ojo de encima y respira pesadamente, anticipándose a lo que cree que pasará.
Se arrodilla frente a él, y sin dejar de hacer contacto visual engrilleta sus tobillos, dejando la cadena lo suficientemente larga como para que pueda levantarse, caminar y abrir las piernas.
Alza la vista y le sonríe con picardía.
—El juego acaba de empezar mi niño rico. No te preocupes, que si no quieres que utilice algún juguete sólo tendrás que detenerme utilizando tu palabra de seguridad —ronronea con voz ronca.

Daryl recoge un suspiro cuando siente su lengua recorrer su ingle, ignorando descaradamente su miembro, sube por su abdomen, arañando con sus dientes sus músculos marcados, se detiene en su pecho, donde coloca un pezón entre sus dientes para estimularlo y una vez que lo ha conseguido tira de él como si de un chicle se tratase.
—Dios... —gime entre dientes, sintiendo como hace lo mismo con el otro.
Ella le mira juguetona al tiempo que sube hasta su garganta, dejando un rastro de saliva y mordiscos por el camino.
Muerde suavemente su nuez, decapitando el jadeo que estaba a punto de escapar de su boca.
Arrastra los dientes por su mentón, peinando su barba, y pasea la lengua por su oreja, recorriendo su contorno hasta que se decide a tirar del lóbulo.
Daryl siente un delicioso escalofrío recorrer su espina dorsal, y una punzada de excitante dolor que llega hasta su miembro, cuando ella clava sus colmillos a traición en el cuello como hizo la primera noche que pasaron juntos.
Gime disfrutando de ese doloroso placer.
Nancy planta un suave beso sobre la zona maltratada que sabe que quedará marcada y se desplaza hasta su boca, para darle un profundo beso que él con gusta corresponde.
Enreda su lengua con la de él, acaricia el cielo de su boca, y se separa rapando su labio inferior con los dientes, haciéndole sangrar un poco.
Daryl lame su propia sangre. Le encanta cuando sus besos se vuelven salvajes.
—Sujeta esto —pide acariciando sus labios con las llaves de los grilletes.
Daryl obedece sin rechistar, ni siquiera sabe lo que es, podría ofrecerle cianuro que aún así se lo bebería y moriría encantado. Está demasiado hipnotizado con todo lo que está haciendo.
Y acaba de empezar.
Ella se acerca a su oído para susurrarle.
—Te aconsejo que busques en Google todo lo que puedes hacer con estos grilletes, porque soy muy flexible y... no estás sacando provecho de ello —ronronea haciéndole gemir. Sabe perfectamente la imagen que acaba de dibujar en su cerebro. Debe de estar deseando que sea mañana para poder darles uso.
Se aleja de él y le da la espalda dejándolo atado, amordazado y jodidamente excitado.
—Quiero que sujetes esa llave entre tus dientes en todo momento, sólo podrás soltarla cuando yo te lo pida, o para decir tu palabra de seguridad, si lo haces por otro motivo me iré dejándote atado, y será tu niñera quien te desate al día siguiente. ¿Entendido?
Daryl asiente y muerde con más fuerza lo que ahora sabe que es una llave. No le interesa tener que dar explicaciones a Gregory sobre por qué está atado, mordido y desnudo.
—Bien, sigamos...
Pasea la mirada por el resto de juguetes que tiene sobre la cama. No se va a molestar en explicarle para qué sirve la mordaza, sería idiota si no lo supiera, y tampoco va a explicarle el electroestimulador de uretra, es su primera sesión con él, no sabe si está preparado para ello, primero tiene que medir su tolerancia al dolor.
Entonces sólo queda...
—Estos son unas pinzas —explica abriéndolas y cerrándolas frente a sus narices. Daryl la mira en un silencioso "¿No me digas?" —Los hombres estáis empeñados en creer que son sólo para los pezones, pero yo las utilizo para otra cosa —sonríe con mirada de villana mientras se acerca a él y apoya las manos sobre sus muslos obligándole a abrir las piernas —¿Sabes que si tiras de los testículos puedes retrasar la eyaculación?—susurra sonriente.
Daryl la mira alarmado cuando siente como presiona la punta de una de las pinzas sobre sus pelotas.
No, no estará pensando lo que el cree que está pen... ¡DIOS!
Aspira el aire entre los dientes cuando siente el pellizco sobre su escroto.
Ella ríe disfrutando de todo aquello.
—No seas tan quejica, cariño —se burla.
Él coge aire.
Vale, tiene razón, no duele tanto, es sólo un pellizco en la piel, golpes peores ha tenido ahí.
Cierra los ojos, concentrándose en la dulce sensación de su mano masajeando sus testículos, apretándolos con suavidad, para luego... ¡HIJA DE...! para luego colocar la otra pinza.
Gime cuando ella tira suavemente de la cadena para asegurarse de que los tiene correctamente aprisionados.
—Hoy yo controlo cuando te corres, y si no puedes aguantar me avisarás antes de hacerlo, no quiero sorpresas —susurra.
Le da un beso en los labios que, por desgracia para él, no puede corresponder correctamente, está muy limitado sujetando la maldita llave.

Se aleja de él de nuevo, y Daryl aprovecha para coger aire y observarla ahora que no puede verlo. Le gusta su cuerpo, no se cansará de repetirlo, ama su tacto, aún sin tocarla puede sentir en sus dedos la suavidad de su piel, y el calor que desprende.
Dios, su piel... ese manto pálido que cubre cada curva de su cuerpo perfecto. Su sabor, su olor... lo embriaga, lo vuelve loco.
Ella se gira, tiene un objeto en la mano, pero en vez de acercarse a él, camina hasta al final de la habitación donde está el sofá orejero, el cual emite un chirriante sonido cuando ello lo arrastra por el suelo. Lo posiciona justo frente a su silla, y se sienta en él con su elegancia natural.
Le hace gracia, tiene una silla justo al lado de la mesa, pero ella ha tenido que coger el sillón. Supone que lo considera más digno de una reina.
Coloca la fusta sobre su regazo, para inquietud de Daryl, y sostiene un juguete en su mano.
—Esto se llama pera —informa mostrándole un objeto que más que tener forma de pera tiene forma de tulipán cerrado.
Daryl siente una sacudida en su interior que lo hace gemir, sacándolo de sus pensamientos.
—Céntrate, que te estoy hablando —regaña ella, volviendo a guardar el mando del juguete en su escote —En su origen era un objeto de tortura utilizado por la inquisición española, pero se ha modificado y adaptado como método de castigo para las sesiones de BDSM —informa —Se introduce en la vagina o ano y por medio de este tornillo, el cual hay que girar, los dos segmentos empiezan a abrirse como una flor, hasta llegar a su máxima apertura, dilatando el interior. Si se hace bien es dolorosamente delicioso —gime provocándole —La sensación es igual de maravillosa que cuando me metiste la mano dentro y la abriste ¿Te acuerdas? —lo mira con ojos de deseo y su miembro responde por él —¿Quieres una demostración?
Daryl asiente suavemente, no puede parar de imaginársela atada a la cama con eso metido en su interior abriéndose poco a poco... ¡Un momento! ¿Ha dicho que también se mete por el culo? Ah no, eso no.
La mira asustado, y ella sonríe divertida.
—Tranquilo, niño rico, lo probaré en mí —lo tranquiliza antes de que le de un infarto.
Se acomoda bien en el asiento y abre las piernas colocándolas en cada uno de los brazos del sillón, dejándola abiertas de una forma casi imposible.
Daryl gime al recordar lo que le dijo de su flexibilidad y se maldice por haber pasado ese detalle por alto en sus anteriores sesiones de sexo.
Mira sus muslos, tiene algún que otro moretón por la noche anterior. Sus bragas oscuras ocultan su centro de placer... ¡Auch! se queja mentalmente cuando siente un golpe en la barbilla que ha picado.
Levanta la vista.
Nancy lo mira apuntándole con la fusta. Joder, que sexy está.
—Tienes prohibido mirarme, sólo puedes mirarme a los ojos. ¿Es lo que querías, no?—le recuerda la norma que quiso cambiar —Así que quiero tu vista aquí arriba.
Da suaves golpes con la fusta bajo su mentón para que eleve la cabeza.
Daryl gruñe, sabía que había gato encerrado. Ya le extrañaba que aceptase su petición sin impedimentos.
Resopla y hace lo que le pide, intentando ignorar su sonrisa orgullosa.
Vale, tiene que mirar sus ojos, sus ojos y nada más, es fácil, ama esos ojos, son preciosos, podría pasarse el día perdido en ese hermoso lago cristalino.
Ella gime.
Mierda, no hagas eso, que me desconcentras. Piensa, y casi sin darse cuenta su mirada se debate entre mirar sus ojos o su boca.
La tentación termina ganando.
Sus labios también son hermosos, muy sensuales, y saben de maravilla. Tiene unos dientes blancos, preciosos, y su sonrisa... su sonrisa es única.
Presta atención a su boca entreabierta, el suave gemido que escapa de ellos... No puede ver lo que está haciendo, pero por sus expresiones supone que acaba de terminar de introducirse eso en su interior. Dios, se muere por ser él el que estuviese dentro. Le encanta como sus paredes cálidas y húmedas lo abrazan, son...
—Mis ojos —gruñe ella que vuelve a golpearle la barbilla con la fusta.
Él se queja y vuelve a alzar la vista.
Joder... vale, sus ojos otra vez. Le gusta los distintos grados de azul que tiene su iris...
Vuelve a gemir.
¡Deja de hacer eso! Le regaña con la mirada.
Vislumbra como mueve sus hombros, supone que está comenzando a abrir ese chisme que se encuentra en su interior.
—Dios —jadea ella mordiéndose el labio —creo que este juguete podría reemplazarte —gime, retándole con la mirada —Oh sí, siento como mis paredes se separan y... sí... definitivamente es mucho mejor que tú.
Daryl forcejea un poco con sus grilletes al sentir su hombría herida.
¿Qué eso lo puede reemplazar? Más quisiera, ya verá cuando le de vía libre para darle placer, porque... ¿Le va a dejar darle placer, no?
Ella vuelve a gemir ruidosamente sacándolo de sus pensamientos.
Está exagerando, sabe que está exagerando, pero aún así, le parece de lo más excitante estar viéndola respirar de forma tan acelerada. Lo está haciendo aposta, lo sabe, está sacando todas sus armas para tenerlo al límite.
Ella mete la mano en su escote y al momento el siente el pequeño vibrador zumbar en su interior con más intensidad, enviando una descarga justo a sus testículos.
¡Hija de...!
Dios, va a terminar corriéndose de sólo imaginar el placer que está sintiendo ella.
Se apresura a cerrar las piernas para mitigar ese placer, pero el movimiento hace que las pinzas que tiene en los testículos se muevan, lo que provoca que se baje un poco su erección.
Resopla.
Le frustra y a la ver agradece haber perdido esa sensación de placer.
Tiene sentimientos encontrados, por un lado odia que ese chisme la tenga al borde del orgasmo, y por otro le encanta como se tuerce su rostro en una mueca de placer absoluto, como jadea buscando aire, como se muerde el labio con fuerza hasta el punto de hacerse daño, como su cuerpo tiembla ligeramente, como...
Uno de los tirantes de su vestido cae, dejando su hombro desnudo.
¡No puede más! tiene que mirar, quiere ver ese objeto en su interior, su clítoris hinchado por el placer, sus jugos resbalando por todo su centro, su... ¡Su nada! ¡La muy teatrera no se ha introducido nada!
La dichosa pera yace entre sus piernas, está abierta, sí, pero sin paredes que dilatar. Sus bragas le impiden el paso, ni siquiera está presionando contra ellas.
La mira con con el ceño fruncido y ella le devuelve una sonrisa divertida.
—¿Qué? Admítelo, soy muy buena actriz.
Daryl pone los ojos en blanco. Mira que es mala...

Carol sube el tirante de su vestido y lo mira un instante. Está empezando a desesperarlo, y las primeras gotas de sudor humedecen su sien.
Genial, lo tiene justo donde quiere.
Se pone en pie y se acerca a su oído.
—La pera es un juguete de castigo. Sólo apto para que un amo de una lección a su sumiso —susurra —Prometo desobedecerte mucho cuando mandes tú —gime.
Daryl gruñe. Esa mujer es capaz de controlar hasta sus pensamientos.

Carol deja el juguete sin usar sobre la cama y ahora busca... ¡Oh, dios cigarrillos! se emociona al ver el pequeño paquete rojo sobre la mesita de noche.
Lleva 24 horas sin fumar, y su cerebro le reclama esa dosis de nicotina que sólo toma cuando es Nancy.
Olvida lo que estaba haciendo y camina hasta allí, sin mirar a otro lado.
—Con tu permiso te robo esto —dice con el cigarrillo colocado entre sus labios y guardándose el resto del paquete entre sus pechos.
Daryl la observa encenderlo, dar una larga calada con los ojos cerrados, y expulsar el humo lentamente, disfrutando del sabor de la nicotina. Dios, la boca se le hace agua, y no por el tabaco precisamente, se muere por besarla, morder sus labios, devorar su lengua, reclamarla como suya... Joder, ¿Por qué todo lo que hace le resulta tan sensual?
Camina lentamente hacia él y se agacha para estar a su altura dándole una buena vista de sus deliciosos pechos aún cubiertos y del paquete de tabaco ahí guardado.
Si estuviese desatado ya la habría atraído hacia él y sentado a horcajadas sobre su regazo para que cabalgase sobre sobre su polla y hacer el amor hasta la mañana siguiente, pero... debe conformarse con sentir el humo del cigarrillo sobre su rostro.
—¿Crees que no me doy cuenta de lo que haces cuando me doy la vuelta? —pregunta. Daryl no sabe a qué se refiere —Tienes prohibido mirarme y no me quitas ojo de encima —aclara —. Creo que te daré ya tus treinta azotes, ya sé que dije veinte, pero contando los añadidos... —amenaza sonriente, y se vuelve a alejar de él.
Daryl la observa de nuevo, total, ya lo va a castigar, para qué contenerse más.
Anda que ha aguantado mucho sin ser castigado. Es un pésimo sumiso, pero joder, ¿Cómo evitarlo? Se siente atraído por cada pequeño gesto que hace.
Bah, que lo castigue, con gusto recibirá esos 30, 60, 90 azotes que acabará dándole esa noche, porque no piensa parar de mirar, es el ser más hermoso que ha visto en su vida, tanto que... ¡Tramposa! está... está... ¿Sirviéndose una copa? ¡Está incumpliendo una de las normas que han acordado! ¿Qué castigo va a recibir ella si es quien manda?
Gruñe con la llave entre los dientes para llamar su atención y hacerle saber que no puede hacer eso.
Ja, menuda cara va a poner, la piensa azotar pero bien por ello.
Ella se gira y lo mira con el vaso lleno en una mano y el cigarrillo en la otra.
—¿Qué? Es vodka, me prohibiste el whisky —se defiende, y da un largo trago sin dejar de mirarlo a través del vaso.
Daryl intenta rebatir eso buscando en su memoria el momento en el que hicieron el trato. ¡Mierda!
Pone los ojos en blanco y niega con la cabeza maldiciéndose.
Chica lista.
Es maravillosa.
—Ay, mi niño rico, no olvides que en esto tú eres un crío de párvulos que juega con plastilina y se como los mocos, y yo... tengo un doctorado y 20 años de experiencia.
Escucha su risa malvada, seguido por sus tacones acercándose a él, y la Banda sonora de la película Tiburón viene a su mente, solo que en lugar de anunciar el ataque del animal, lo que anuncia es que ella va a sentarse sobre uno de sus muslos desnudos. Casi que teme más eso.
La mira.
Ella lo observa interesada, estudiando cual será su siguiente paso.
—No sé si castigarte ahora o después de darte placer —murmura pensativa dando una larga calada al cigarrillo que pronto deberá reemplazar por otro.
Daryl no puede pensar, la tiene sentada sobre su regazo, paseando el vodka delante de sus narices y expulsando el humo sobre su rostro. Sus tres vicios juntos y de ninguno está disfrutando.
Que le de placer, que lo castigue, pero que le haga algo de una vez.
Escucha el tintineo del vaso, el cual deja vacío sobre la mesa, y acto seguido siente su mano fría rodeando su miembro necesitado.
La mira sorprendido.
—¿Te gusta esto? —pregunta deslizando su mano suavemente.
Daryl gime en respuesta ¿En serio necesita preguntar eso? Sus manos son mágicas.
—Creo que voy a dejar esta deliciosa polla al límite, luego te azotaré ese precioso culo que más tarde follaré, mientras te monto, hasta que me supliques por correrte —informa gimiendo en su oído al tiempo que lo masturba de esa forma salvaje tan suya.
Daryl no se reconoce, acaba de decirle que va a follar su culo, y su cuerpo ha respondido endureciendo aún más su miembro ¿Qué está haciendo con él? ¿Y con qué va a follarle?
Tiene que admitirlo, le gustó muchísimo la noche que desvirgó su "puerta trasera", jamás había sentido ese placer tan extremo que hasta provocó su eyaculación sin tocarlo. Según ella ahí es donde tienen los hombres el punto G, le gustaría saber dónde tiene el suyo.
Ella lame sensualmente su mejilla.
Dios, que le hará esta noche...
Se concentra en el placer y no correrse, porque sus vertiginosos movimientos y su lengua juguetona lo están volviendo loco, y encima ha aumentado el nivel de las vibraciones para desesperación de él que no sabe cuanto tiempo más podrá aguantar sin eyacular.
La mira, y ella le sonríe orgullosa expulsando el humo sobre su rostro.
—¿Sabes? Las he probado más grandes, y mejores —deja caer, con el único motivo de hacerlo enojar.
Que siga así, que no siempre estará atado.
Nancy sujeta el cigarrillo con la boca, para poder meter la mano entre sus pechos y sacar lo que supone que será otro cigarrillo y así dejar... No, es el juguete. Acaba de sacar el otro huevo vibrador que compraron ayer ¿Cuando narices le ha robado eso? No le ha quitado ojo de encima en ningún momento, ¿Cómo lo ha hecho? ¡Hechicera! ¿Y cuantas cosas caben entre los pechos de esa mujer?
—Dame la llave —ordena, y Daryl la deja escapar con gusto —Ahora sujeta esto —pide entregándole su cigarrillo a medio fumar.
Daryl da torpes caladas mientras observa como ella se escurre de su regazo y se acomoda entre sus piernas sin parar un segundo de masturbarlo.
Dios...
—He dicho que lo sujetes, no que te lo fumes —le regaña.
Él se detiene para gusto de ella, que lo mira sin perder de vista sus ojos profundos que apenas puede mantener abiertos.
Su miembro está hinchado, las venas marcadas, y el líquido preseminal resbala por el tronco, cosa que ella aprovecha para lubricarlo y poder tomar más velocidad.
Presiona aún más, y araña el glande con el pulgar cada vez que llega arriba.
Tiene que confesar que el hombre se esfuerza por aguantar, otros ya se habrían corrido.
Se pregunta si será capaz de soportar lo que está a punto de hacer.
Daryl resuella como un animal y se retuerce en la silla sin saber como controlar lo que está sintiendo.
Sus testículos empiezan a apretar, su clímax está a las puertas, y ella no...
¡DIOS!
Nancy presiona el vibrador encendido en su máximo nivel sobre la punta del pene.
Daryl gruñe, cierra los ojos, gimotea y se retuerce, el fin está cerca, esas vibraciones por partida doble ya son demasiado, no puede aguantarlo más, se va a correr y ¡Joder!
Abre los ojos al sentir una extraña sacudida en sus bajos.
Ella ha detenido los dos vibradores y está tirando firmemente de la cadena de las pinzas, como quien tira de las riendas de un caballo para detenerlo.
Le sonríe malévola.
—Te dije que esto retrasaba la eyaculación.
Daryl respira.
Sí, ha detenido la eyaculación, pero el dolor de huevos sigue ahí, y sabe que a la mínima estimulación se correrá. ¿Habrá alguna forma de detener el orgasmo de ella? Porque esa debe devolvérsela.
Nancy se levanta, lo mira con picardía y se mueve por su espalda para desatar sus muñecas, dejando la correa de cuero atada a una sola mano.

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—A cuatro patas —ordena con seriedad, quitándole el cigarrillo de la boca para volver a meterle las malditas llaves.
Daryl necesita unos segundos para recuperarse, está cansado, como si ya hubiese desfogado, pero a sabiendas de que aún no lo ha hecho.
La mira esperando volver a escuchar su orden ¿Le ha dicho a cuatro patas, verdad?
—O puedes ponerte de pie, o tumbarte en la cama, será menos humillante —propone.
A otro cliente no le habría dado opción, pero él se porta bien con ella, ayer no le hizo sentirse humillada, y quiere devolverle el trato que recibió.
Daryl siente su corazón acelerarse cuando se percata de la dulce sonrisa que le ha dirigido al decir eso. Ahí está, esa mujer tan misteriosa como fugaz.
No, nada de lo que ella le haga le hará sentirse humillado.
Se deja caer de rodillas para sorpresa de ella.
Alza la vista lentamente, lamiendo con la mirada sus hermosas y largas piernas que se muere por acariciar.
Roba una mirada furtiva a su centro aún cubierto.
Qué fácil sería ahora mismo levantar la falda, bajar las bragas y devorar su clítoris, hasta dejarla al borde del orgasmo como ha hecho ella con él, pero... simplemente obedece y se coloca a cuatro patas a la espera de más órdenes.
Sólo puede ver sus pies caminando a su alrededor. ¿Esos son los zapatos que le compró ayer? supone que sí, se ven bastante nuevos.
—Tengo que agarrarte de la correa para que no intentes huir —informa ella.
¿Qué correa? Piensa Daryl, pero sus dudas son despejadas cuando siente sus manos por su cuello, buscando el extremo de la corbata, el cual agarra y tira de él.
Claro, para eso quería que se la dejase puesta. Esa es su correa.
Mira interrogante ¿No pretenderá pasearlo por la habitación como un perrito? Capaz la ve.
Por suerte, sólo ata el extremo a su delicada muñeca, se sienta en el sillón orejero y acomoda sus talones sobre su espalda.
Sonríe. Ponte cómoda querida. Piensa.
La corbata presiona su garganta cada vez que ella alza la mano para dar una calada a su cigarrillo, y eso le obliga a mantener la cabeza en alto.
Le gusta.
Mira hacia la cristalera que da a la piscina, donde su reflejo lo recibe.
Increíble, un tío millonario, desnudo, a cuatro patas cumpliendo la función de reposa pies humano por capricho de una reina de mentirijillas, pero por la que siente devoción absoluta.
Le encantaría hacer una foto ahora mismo, no a él, que está ridículo, sino a ella, sentada en ese sillón, con sus hermosas piernas estiradas sobre su espalda, dando una lenta calada al cigarrillo, mirando distendida hacia ninguna parte y agitando la fusta en el aire como si estuviese a punto de conceder un deseo.
Mierda, la fusta. Llegó la hora de su castigo.
—Treinta azotes con la fusta, no pienso hacer pausas, si quieres que pare di tu palabra —murmura sin un ápice de sentimiento en la voz ni molestarse en mirarle, como si su mente estuviese en otro lugar ahora mismo.
Golpea con firmeza uno de los cachetes de su trasero, que emite un sonoro "plas" cuando el cuero de la fusta hace contacto con su piel, y al momento es aliviado por unas deliciosas vibraciones en su interior.
Daryl se sobresalta. Vale, puede aguantar eso.
—Veintinueve —musita dando una calada —Veintiocho —vuelve a golpear —Veintisiete...
Daryl gime con cada golpe que da. Es una bruta, no le da un respiro, y para su sorpresa se maneja muy bien con la mano izquierda.
Agudiza el oído, ha dejado de contar, y ahora... ¿Está cantando "We will rock you" de Queen?
Se echa a reír, olvidando por un momento que está siendo azotado al ritmo de esa música, y que enciende y apaga el vibrador cuando se le antoja, haciéndole estremecerse.
Canta bien, tiene buena voz, y por suerte o desgracia para él, también tiene sentido del ritmo, y puede escuchar un claro "plas plas PLAS" proveniente de los tres azotes que propina en su culo imitando el golpe de la música mientras de la canción que ella canta entre calada y calada.
Esa mujer...
Ahora sólo viene una cosa a su mente ¿Cómo narices sabe cuantos azotes lleva?
Casi que le da igual...
Dios, tiene que admitir que le gusta eso. ¿Es un depravado por gozar con el dolor? Siente una punzada de placer con cada golpe que ella da. Sabe que le está dejando el culo como un mapa, y hay momentos en los que el golpe es más bajo de lo que debe, y azota sus testículos haciendo que intente huir del golpe, pero ella lo tiene bien agarrado de la corbata.
—Uno —vuelve a contar —Y cero —da el último golpe con fuerza.
Daryl deja escapar el aire aliviado.
Carol mira el trasero de su niño rico, es un precioso mapa sin sentido, pero no se siente satisfecha, no ha gritado ni una vez, sólo gemido. Si que tiene resistencia al dolor. Bueno, aún no ha sacado toda su artillería pesada.
Baja las piernas de su espalda.
—Ponte de rodillas frente a mí —ordena.
Daryl se incorpora de rodillas.
Gime al sentarse sobre sus talones, el culo duele más de lo que parece. Espera poder disimular mañana el dolor ¿Cómo narices lo hace ella?

/*./

Se gira lentamente, haciendo lo que le ha pedido. Ahora está de rodillas entre sus preciosas piernas.
Alza la vista.
Desde ese ángulo puede ver su cabello enmarcando su rostro.
Preciosa...
—¿Quieres? —pregunta mostrándole un racimo de uvas que acaba de coger de la mesa.
Asiente lentamente, no es que le apetezca mucho comer fruta ahora, pero se muere por saber que es lo que pretende.
—Sácate la llave de la boca, entonces —pide.
Daryl hace lo que dice, ya había olvidado que está desatado, aunque las correas aún cuelgan de una de sus muñecas.
Extiende la mano para coger el racimo.
—¡HIJA DE...! —se queja cuando ella azota sus dedos.
—¿Hija de qué? ¿Cómo ibas a llamarme? —pregunta asesinándolo con la mirada.
—De la realeza —intenta arreglarlo. Con las llaves en la boca era más fácil hacer el papel de sumiso.
Carol se echa a reír. Ahí ha estado rápido.
—Abre la boca, anda, no puedes usar las manos —ordena.
Daryl despega sus labios y espera a que ella le acerque la preciada fruta, la cual atrae al interior de su boca acariciándola con la lengua y mordiendo suavemente para arrancarla del racimo sin destrozarla.
La saborea lentamente, sosteniéndole la mirada a Nancy, que se muerde el labio mientras lo observa. Que sensual está cuando hace eso.
Vuelve a repetir el mismo procedimiento.

Carol se muerde el pulgar, intentando bloquear las sucias imágenes que vienen a su mente.
¿Qué narices le pasa? Sólo está comiendo uvas, no debería ver nada erótico en eso. El problema es que la manera que tiene de mover la lengua...
¡Qué demonios!
Coge una uva, y la deja caer sobre el sillón en el que está sentada, para que, por capricho de la gravedad, acabe rodando hasta el estar entre sus muslos, golpeando sus bragas.
Daryl la mira esperando una orden.
—Uy, se cayó —disimula descaradamente.
Deja el racimo de uvas sobre la mesa y separa más las piernas.
—Cógela —ordena.
Él sonríe encantado ¿Se supone que eso debe ser una tortura para él? Qué equivocada está...
Se acerca lentamente, recortando distancia hasta su centro, donde la uva descansa a la espera de ser comida, y lo que no es la uva también.
Araña sus pálidos muslos con su barba, y agarra la uva sin mucho esfuerzo. Ni siquiera se molesta en saborearla, no es más que un estorbo que se interpone entre él y lo que de verdad quiere comer.
Ella tira de la corbata para mantenerlo ahí.
Puf, como si él tuviese intención alguna de alejarse.
—Apáñatelas sin usar las manos —ordena.
Oh, descuida, no habrá bragas que me detengan. Piensa.
Besa el interior de sus muslos con amor, sin apartar los ojos de ella, que lo mira con una lascivia capaz de encender hasta el más puritano de los hombres, y de las mujeres también.
Da una rápida lamida a sus bragas, que para su sorpresa ya están húmedas, y su pene da un pequeño espasmo excitado por ello. ¿Así que le excita dominar? Chica mala...
Da un breve beso en su centro y comienza a hacer círculos con la lengua, en la zona donde supone que está su clítoris. Se mueve rápido, deseando que esas bragas se deshagan en su boca y poder hacer eso sin barreras de por medio, pero al menos en encaje es bastante fino y le llega algo de su delicioso sabor.
Ella gime de una forma que fundiría el iceberg que hundió el Titanic.
—Tengo que admitirlo, en esto eres muy buenos —lo alaba —el mejor —añade en un jadeo ahogado cuando él redobla la velocidad de sus movimientos y comienza a gruñir contra ella.
Dios, le gusta lo que hace, la forma que tiene de lamer, morder, succionar... la está poniendo realmente húmeda.
Es de los escasos clientes que tienen esta dedicación con ella, y de los pocos hombres con los que de verdad desea llegar al orgasmo, e incluso se toma eso casi como un rato de sexo casual, de ese que tantos jóvenes tienen ahora, pero sin olvidar que es una puta y él el cliente que sólo quiere su rato de sexo, como todos.
Tiene que detenerlo. La noche es larga.
Tira de la corbata obligándolo a levantarse.
Él se resiste como el niño pequeño que no quiere irse del parque.
—No has terminado —se queja, sintiéndose más frustrado él que ella.
—Ya terminaré, eso seguro —murmura antes de darle un suave beso —Ahora vuelve a morder la llave y túmbate boca arriba sobre la cama —ordena contra sus labios.
Daryl suspira, el beso ha terminado demasiado rápido, él sólo quiere besarla un poco más, tocarla, abrazarla... Le gusta todo lo que le hace, pero no debería haber aceptado esas normas tan restrictivas. Ya es tarde, para la próxima hará algunos cambios más. Eso sí, tendrá cuidado de que no quede ningún cabo suelto como con lo del whisky.
Se levanta del suelo con dificultad. Siente cada uno de los azotes que le ha dado, y ya se había olvidado de las pinzas que tiene en sus partes.

Carol apaga el cigarrillo gastado sobre el plato sucio de comida, y abre su bolso, donde la vela que esa misma mañana robó espera ser encendida.
Agarra un preservativo, un cenicero limpio que hay sobre la mesa y camina hasta la cama donde Daryl está tumbado, entre juguetes, apoyado sobre sus codos, mirándola con expresión interrogante y algo temerosa al ver esa vela.
—Tranquilo cariño, no pienso follarte con esto, aunque como hagas alguna tontería lo mismo lo hago, mecha encendida incluida —lo tranquiliza y amenaza a la vez.
La deja sobre la mesita de noche, primero tiene que atar las manos de Daryl al cabecero de la cama.
—En las tiendas eróticas venden velas de parafina, pero esas son para nenazas, apenas queman —va explicando con forme lo inmoviliza —Así que he robado esta de la iglesia de mi barrio.
Daryl la observa encender la vela y verter unas gotas de cera sobre el cenicero, las cuales deja enfriar un poco, para seguidamente meter el dedo índice en ellas, creándose un rudimentario dedal.
—No quiero quemarme —explica.
Camina hasta el final de la cama con la vela encendida.
—Di tu palabra de seguridad y me detendré —asegura con esa mirada dulce que no pertenece a Nancy.
Daryl se agarra a las ataduras esperando lo que supone que está por venir.
Inclina la vela sobre su pie desnudo, manteniendo una distancia prudencial para que sienta un poco de calor sin llegar a quemarse, tiene que tantear su tolerancia al dolor.
La gota cae sobre su empeine, dejando un pequeño círculo granate sobre él.
Daryl no se inmuta. Ha sentido una agradable sensación de calor, y nada más.
Sube por su pierna lentamente, dejando caer gotas por ella, alejando y acercando la mecha, observando su reacción.
—Esta es la razón por la que quería que te afeitases, es incómodo despegar las gotas de cera si hay vellos pegadas a ella, además, que el olor a pelo quemado no me gusta —comenta distraída, concentrada en sus movimientos.
Él coge aire entre dientes en algunos momentos, cuando la mecha de la vela se acerca demasiado a su piel, hasta el punto de quemarle. No entiende porqué, pero le resulta muy excitante.
Ignora su pelvis y en su lugar sube hasta su abdomen, donde deja caer gotas desde una baja altura, por lo que la cera llega líquida a su piel, casi sin enfriarse, y ella puede dibujar utilizando el dedo índice que protegió anteriormente.
Daryl se queja, los movimientos que está haciendo ahora mismo son demasiado lentos, y cercanos a su piel, quema, podría decir su palabra de seguridad y ella se detendría, pero no quiere que se detenga. Sí, duele, pero el dolor viene acompañado de placer, de una suave caricia, y además, su rostro ahora mismo es tan adorable...
No sabe qué estará dibujando sobre su vientre, pero le da mucha ternura la manera que tiene de atrapar la lengua entre los labios toda concentrada.
Ella sube un poco más hasta su pecho, donde pasea la vela por sus pezones dibujando pequeños círculos que marcan su aureola con gotas de cera ardiendo.
—¿Quién es ella? —pregunta dejando caer una gota sobre el nombre tatuado en su pecho.
—¿Celosa? —pregunta como puede sin dejar de sujetar la llave.
Carol hace una mueca.
—No, no serías el primer hombre casado con el que me acuesto, de hecho creo que la mayoría de mis clientes lo están —murmura sin dejar de echar gotas sobre el tatuaje, hasta taparlo —¿Es tu esposa, entonces? —pregunta.
Daryl está a punto de gruñir cuando la vela se acerca demasiado a su piel, pero su queja es interrumpida por un gemido cuando ella vuelve a encender el vibrador a un nivel que lo excita de forma preocupante.
Debe repetirse una y otra vez que no debe correrse para concienciarse de ello.
—Mi madre —responde en un jadeo.
Carol detiene el zumbido y sonríe.
Qué tierno le parece que se haya tatuado el nombre de su madre.
Raspa con las uñas sobre su pecho, hasta que el tatuaje queda de nuevo descubierto y vierte una última gota sobre su pezón.
—Terminado —aplaude con la vela en la mano cuando da por finalizado el dibujo —Es una polla gigante. Los huevos están sobre tu pecho, y el glande está bajo tu ombligo apuntando a tu polla real —explica —Pero me falta algo... —se frota la barbilla pensativa —Ah, ya, las gotas de semen.
Daryl sonríe suavemente, intenta ver el dibujo, pero desde su perspectiva no lo entiende.
Está como una cabra, y él que pensaba que estaba dibujando algo... ¡Dios!
Se queja cuando siente la llama de la vela sobre la punta de su miembro.
Es doloroso, pero ella está masturbándolo y mirándolo malévola mientras deja caer sobre su piel sensible una gota, la cual limpia rápido antes de que se seque.
—No quiero taponar tu salida —se explica tras limpiar los restos de una segunda gota.
Se desplaza hasta sus testículos, y coloca la llama bajo las pinzas metálicas.
Daryl gime, le gusta lo que está haciendo, a pesar de que quema y que sabe que debajo de algunas de esas gotas de cera seguro que hay alguna que otra quemadura leve.
No entiende que es lo que tiene, pero con ella, hasta la más dura de las torturas se convierte en algo excitante.
Nancy se saca un cigarrillo de entre sus pechos, lo enciende con la vela, para seguidamente apagarla y dejarla sobre la mesa de noche.
—Voy a hacerte una foto —anuncia.
Camina hasta la mesa donde Daryl ha dejado su teléfono móvil.
Ella no tiene smartphone, nunca ha tenido un teléfono, pero sus clientes sí, y ha aprendido a utilizarlos.
—¿Cómo se desbloquea esto? —pregunta al ver que tiene un patrón.
—Letra N —dice intentando ser lo más claro que puede, procurando no soltar la llave.
—Uh, N de niño rico —sonríe ella.
Dibuja una N en la pantalla y entra en la aplicación de la cámara.
—Sólo voy a fotografiar el dibujo, no se verá nada más —informa con el cigarrillo en la boca.
Hace la fotografía y deja el móvil sobre la mesa donde tiene el preservativo, el cual agarra y abre.
—Se me acabaron los de chocolate —dice mostrándoselo.
Él no escucha, tiene la mente en otro lado, exactamente en el placer que está a punto de recibir.
O eso espera...
Nancy se sube a horcajadas sobre él, en una posición en la que su miembro está presionando sobre su centro.
Si no tuviese las bragas sólo tendría que elevar la cadera para penetrarla.
Ella da una lenta calada al cigarrillo al tiempo que desliza con las manos el profiláctico sobre su tronco.
—¿Preparado para ser montado? —susurra en su oído —Ya sabes, te correrás cuando yo diga —le recuerda.
Se deja caer lentamente sobre su miembro, al tiempo que gime y con sus uñas araña con fuerza desde el pecho hasta la pelvis, llevándose consigo los goterones de cera, destrozando así su dibujo, dejándolo marcado por una decena de líneas verticales, y descubriendo las quemaduras que estaban ocultas.
Una imagen preciosa.
Se mueve lento al principio, adaptándose a él, buscando el ángulo que más placer le aporta a ambos.
Lo mira mordiéndose el labio, él no le quita ojo de encima, puede verlo forcejear con sus ataduras, y respirar pesadamente.
Sabe que ese ritmo es una tortura para él, por lo que sigue un poco más. Total, ella no tiene prisas, hasta las seis de la mañana tiene tiempo de torturarlo.
Se mueve en movimientos completamente verticales, se eleva léntamente hasta la punta del glande y se deja caer con fuerza sobre él. Sabes que esos cambios de ritmo lo vuelven loco, y si encima enciende el juguete cada vez que desciende...
Daryl daría lo que fuera porque no tuviese el vestido puesto y las bragas apartadas a un lado. Desea ver la armonía de su belleza desnuda. Pero bueno, él también pasó la anterior noche completamente vestido.
—Levanta el culo, cariño —pide ella dando un golpe sobre su muslo.
Daryl recoloca su pelvis haciendo que Nancy gime ante su movimiento.
Él se pierde en ese gemido y en la sensualidad con la que ella se mueve sobre él y maniobra de forma casi imperceptible para tirar de la cuerda del juguete vibrador y sacarlo de su interior.
Lo tira a algún rincón de la habitación que él no llega a ver. Espera acordarse de él mañana, y que no sea la pobre Jacqui quien lo encuentre.
—No vas a necesitar eso ahora —gime con una sonrisa pícara.
Madre mía...
Se queja Daryl cuando ve como ella arquea la espalda hacia atrás hasta el punto de tumbarse sobre sus piernas cubiertas de cera.
La escucha quejarse por algo, pero ni siquiera presta atención, está concentrado en la hermosa visión que tiene frente a él.
Es tan flexible...
Nancy se incorpora, y para su sorpresa tiene un monstruoso juguete entre las manos.
—Esto es un rosario rígido —explica mostrando ese chisme alargado con bolas de distintos tamaños que siguen un orden —Como ves la bola inicial es más pequeña, y poco a poco va incrementando de tamaño hasta llegar a la última —explica —¿Adivina que voy a hacer con él? —pregunta mirándolo con ojos cargados de deseo, sopesando el juguete entre sus manos.
Daryl gruñe en respuesta.
—Iré poco a poco, encanto, si quieres que pare sólo di tu palabra —asegura —Te lo juro —añade suavemente, casi en un susurro clavando sus ojos en él para que vea que no miente.
Daryl se derrite, ha reconocido a la mujer que esta detrás de ese "te lo juro" es ella, la mujer que tanto desea conocer. Ama su voz suave, su mirada dulce y su cálida sonrisa.
Se muere por pedirle que se quede, que se olvide de Nancy, aunque deje el polvo a medias. Quiere que sea ella misma, compartir tiempo, que le hable de su vida, sus pasiones, sus temores... cualquier cosa que la retenga junto a él hasta que despunte el alba.
—Voy a lubricarlo —anuncia rompiendo la magia. Ya ha vuelto a encerrar a la mujer fugaz.
A veces odia a Nancy.
Ella eleva su pelvis para sacar el miembro de su interior, y coloca el juguete en posición vertical pegado a él.
Daryl gruñe, muy graciosa...
—¿Qué? no estoy comparando tamaños... por suerte para ti, porque te gana por un par de bolas —ríe —. Lo hago para poder meterme las dos a la vez —explica.
Él abre mucho los ojos ante esa revelación y observa excitado como el juguete se abre camino en el interior de ella con facilidad, hasta que su glande choca con su entrada y debe mover las caderas para que ambos falos encajen perfectamente en su interior.
Dios...
El juguete será todo lo grande que quiera, pero jamás podrá disfrutar de esa sensación como está haciendo ahora mismo él.
Se mueve despacio, adaptando su interior a ese nuevo tamaño.
Él sólo puede mirar ensimismado como su cuerpo se mueve sobre él, a un compás tan lento como atrayente.
Está hechizado por ella, por sus ojos cristalinos que lo miran fijamente, atravesando su alma; por sus labios rojos, tan peligrosos como dulces; por su piel pálida y suave como las sábanas de seda; Por su cabello rojo e indomable como el fuego; por la fuerza salvaje de su pasión, y por esa maldita danza infernal que está bailando sobre él.
Está gozando con su gozo, le encanta ver su placer, es lo que más le excita, y tiene que admitir que notar esas bolas de goma presionando contra su tronco y glande le añaden un extra de excitantes sensaciones.
Ella echa la cabeza hacia atrás y da una larga calada al cigarrillo, expulsando el aire lentamente como el volcán activo que ella es.
Casi pierde la noción del tiempo sólo observándola, hasta que sus movimientos se vuelven cada vez más rápidos y necesitados.
No...
Sabe lo que está pasando, y no quiere que pase, porque como se le ocurra correrse él irá detrás, y no habrá forma de evitarlo.
Ella gime, es un gemido de verdad, nada fingido como antes con la puñetera pera, siente sus paredes pulsar suavemente, está cerca.
Él resuella, e intenta llevar su mente a otro lado, ¿Pero a dónde?
—¿Te quieres correr? —pregunta ella en un jadeo.
Daryl asiente desesperado, pero en lugar de obtener su permiso lo que consigue es sentir sus paredes apretar con fuerza contra su miembro, aprisionándolo entre su interior y el juguete, que presiona contra su glande enviando una descarga que..
¡Joder!
—Prohibido correrte —dice sin aire ella, tirando de las pinzas con fuerza.
Daryl gruñe y gimotea de frustración.
Empieza a estar hasta los cojones de ese truco. Sí, detiene la eyaculación, pero ella no se hace una idea de lo cargados y doloridos que están sus testículos.

Saca el juguete de su interior, el cual está bañado por sus jugos y vuelve a dejarse caer sobre el miembro de Daryl, haciéndole gemir.
—Creo que está lo suficientemente lubricado —dice mirando el rosario detenidamente.
Daryl observa como da una lenta lamida al juguete, de la base a la punta, probando su propia esencia, y todo ello si dejar de sostenerle la mirada.
Pone los ojos en blanco y niega con la cabeza. Es oficial: pretende matarlo.
Su erección que había descendido un poco tras el tirón en los testículos vuelve a erguirse, y ella sonríe orgullosa por ello.
Es increíble el poder que tiene sobre él.
Nancy arquea la espalda hacia atrás, y en sus muslos puede ver como sus cuádriceps se marcan por la tensión y el esfuerzo que sus piernas están haciendo ahora mismo para sostenerla en esa posición.
Es una mujer delgada, pero su cuerpo es fibroso, atlético, no sabe si es porque hace algún tipo de deporte, o son los años que lleva en esa posición, los culpables de esa forma física.

/*/

—Relájate —pide ella, cuando presiona la primera bola del juguete contra su entrada —Di tu palabra y me detendré —vuelve a recordarle.
La primera bola entra sin esfuerzo, es pequeña, y prácticamente resbala en su interior casi sin que él lo note, al igual que la segunda, que tiene el tamaño del juguete vibrador, con la tercera siente un poco de resistencia, pero al entrar la sensación es de lo más placentera.
A la cuarta bola le cuesta un poco más entrar, siente como estira sus paredes y se abre paso por su canal hasta acomodarse en su interior.
Él sólo gime de placer, y más cuando ella comienza a moverlo de adelante hacia atrás, sacándolo y metiéndolo lentamente, hasta que llega un momento en el que la resistencia es nula
Una de las bolas está presionando en un punto que... no sabe, pero siente un cosquilleo que va directo a su miembro y hace que se agite y rezume líquido preseminal en su punta..
Es algo delicioso.
—He introducido la mitad ¿Paro ya?—pregunta ella que no le ha quitado ojo de encima.
Sabe que está disfrutando eso, y posiblemente no haga falta que añada ninguna bola más para llevarlo al éxtasis.
Daryl le cuesta escuchar lo que dice, está inmerso en el placer, y encima está montando su polla al mismo ritmo que, como ella dijo, folla su culo.
Nancy tira de las pinzas para llamar su atención.
Él se queja.
—¿Tienes suficiente con la mitad? —vuelve a preguntar, deteniéndose para que le haga caso.
Daryl gruñe en una respuesta que no es ni un sí ni un no. Ha parado ¿Por qué se ha parado?
Quiere que siga, por lo que en un brusco movimiento, que hace que ella suelte un grito de sorpresa, alza la pelvis, levantándola a ella también, y se ensarta a si mismo por completo en ese delicioso juguete que es varios centímetros más grandes que su propio miembro.
Jadea y gime sin saber exactamente si es por dolor, placer, o ambas cosas a la vez. ¿Eso será lo que siente ella cada vez que la penetra? Pues es maravilloso.
Carol ríe sorprendida.
—Pero que bruto eres —niega con la cabeza.
Podría haberse hecho daño, pero por su rostro y sus suaves movimientos que la incitan a seguir sabe que está perfectamente.
Da una última calada al cigarrillo y tira la colilla al suelo. Ya la recogerá luego.
—Mueve las caderas, niño rico, ayuda un poco —pide.
Ella comienza a introducir y saca el juguete dentro y fuera de él, con movimientos lentos al principio, al tiempo que él cumple con su petición y se mueve arriba y abajo, sacando e introduciendo su miembro.
—¿Alguna vez pensante que llegarías a follar y ser follado a la vez? —pregunta ella, sacando y metiendo el rosario con golpes secos.
Dentro, fuera, dentro, fuera. No hay término medio, y él inconscientemente hace lo mismo con ella, penetrándola cuando él es penetrado, dejándolo vacía cuando él lo está.
Sus gemidos se mezclan y entrecruzan en una armonía única, y sin mediar palabra, como si se hubiesen leído la mente, ambos comienzan a acelerar el ritmo convirtiéndolo casi en desesperado.
Puede ver su sexo hinchado y lubricado, su boca entreabierta dejando escapar sonidos de puro placer, sus ojos mirándolo fijamente, sabe que también está al borde, pero mientras él sólo puede resollar como un animal, ella aún tiene la fuerza suficiente para sonreírle ¿Puede ser más hermosa?
—¿Te quieres correr? —pregunta casi sin aire.
Su cuerpo ya empieza a cansarse de estar en esa postura, a pesar del placer que está sintiendo.
Él asiente, rogándole con la mirada que por favor no se lo vuelva a negar.
Nancy sólo sonríe, y cambia de mano el juguete para seguir con sus frenéticos movimientos.
Daryl gime.
Lo dicho, se maneja muy bien con la mano izquierda.
Mueve las caderas a un ritmo vertiginoso, haciendo pequeños círculos cada vez que la ensarta, quiere que ella se corra también, sabe que no va a dejar que él lo haga hasta que haya obtenido todo el placer que desea, por lo que saca todas sus fuerzas, para conseguir centrarse en ella y sólo en ella, dejando de lado su propia excitación.
—Dios, Daryl —se queja buscando aire —te puedes correr —da su permiso mientras cabalga en su propio orgasmo y siente como los movimientos de él se vuelven más erráticos y ahoga su grito de placer mordiendo la llave con más fuerza.

/*. /

Carol retira las pinzas, y saca el juguete de su interior y lo mira juguetona, aún sentada a horcajadas sobre él, con su miembro en su interior.
—Por el poder que me otorga esta polla de goma yo te nombro el peor sumiso de la historia —proclama, posando el rosario sobre uno de sus anchos hombros y luego sobre el otro.
Daryl escupe la llave.
—No hagas eso, que asco, desátame ya, loca —gruñe haciéndola reír.
Carol se deja caer sobre él, sintiendo su respiración acelerada.
—Has estado bien —murmura contra su pecho.
Estira la mano y desata sus muñecas sin mirar.
Daryl no pierde el tiempo una vez que ha sido liberado, y se apresura a abrazarla con fuerza, estrechándola contra él, sintiendo por primera vez en toda la noche el calor de su piel.
—¿Me das un beso, por favor? Pide casi en un ruego.
Ella apoya la barbilla sobre su pecho.
—Aún debo cuidar de ti —le recuerda.
Nunca lo ha hecho antes, pero él lo hizo por ella anoche, ademas, tiene varias pequeñas quemaduras en la piel que, aunque sabe que no dejarán cicatriz, no estaría mal que las tratase.
Daryl niega con la cabeza.
—Tus besos lo sanan todo —susurra él haciéndola sonreír.
Le encanta esa sonrisa.
Carol se arrastra por su cuerpo y cumple con su petición.
—¿Entonces soy un sumiso de mierda? —murmura contra sus labios.
Ella asiente.
—El peor, ¿Y yo soy una reina malvada? —pregunta volviendo a besarlo.
—Muy malvada, pero me gustas así —responde perdiéndose en ese beso que tanto necesitaba.
Acaricia sus pechos suavemente, metiendo la mano por el interior de su escote.
—Vale, misterio resuelto —sonríe cuando palpa un bolsillo interno en esa zona. Eso lo explica todo.
Ella se echa a reír, y se baja de él, dejando su miembro libre, y se tumba acomodándose sobre su pecho.
Daryl mira al techo a la par que estabiliza su respiración.
Le gusta tenerla tumbada sobre su pecho, su piel es muy suave y cálida.
—Me... me ha gustado mucho lo que me has hecho, confiesa con timidez.
—Lo sé, a casi todos os gusta, y al que dice que no también —comenta distraída, quitando los restos de cera que él tiene sobre su pecho.
Él suspira.
—Bueno, quizás yo no soy el primero para ti, pero tú si eres la primera para mí en ese aspecto.
Ella se incorpora apoyándose sobre su codo y le sonríe con ternura.
—Pues, me alegro de que tu primera vez haya sido agradable, y espero no haberte hecho daño —susurra con esa dulce voz.
Daryl vuelve a besarla, porque en eso es en lo único que puede pensar ahora mismo: En besarla, pero no a Nancy, a quien de verdad desean sus labios es a la mujer que está detrás de ella.
Por alguna razón, siente que sus besos son propiedad de ella, que sus manos pertenecen a su piel, que su sonrisa es suya, que su corazón sólo puede enamorarse de...
—¿Nancy? —la llama sintiendo su corazón acelerado.
—¿Uhm?
Ella lo mira expectante, con ese rostro tan hermoso que hasta duele.
—Eres muy especial para mí —se atreve a decir al fin, sin estar muy seguro de si ha elegido las palabras adecuadas para describir lo que siente por ella.
Se miran unos largos segundos.
—Puffff —ríe ella —No hace ni una semana que me conoces, deja de decir gilipolleces —lo baja de las nubes de un gruñido, y vuelve a acomodarse sobre su pecho.
Daryl se lame los labios sintiendo una punzada en su corazón.
Sí, quizás tenga razón, y lo único que le ocurre es que ella es la mujer con la que más tiempo ha pasado, en sus 35 años de vida.
Al fin y al cabo, no la conoce, no sabe nada de ella, y lo poco que sabe no puede verificar si es verdad o no...
Tienen química, pero supone, que como buena profesional que es, tiene química con todos sus clientes. Porque al fin y al cabo, eso es lo que él es para ella: Un cliente.


—¿Lo tienes todo? —pregunta él antes de dejarla marchar.
Carol revisa sus cosas: Ropa, zapatos, bolso, tabaco robado con permiso, un tupper con la cena... Sí, lo lleva todo, excepto el dinero que Negan quiere que lleve...
Un escalofrío recorre su espina dorsal.
—Sí, lo llevo todo —asegura ella.
—Bueno, pues... ¿Nos vemos esta noche?
—Siempre que aparezca antes que otro cliente... —le recuerda.
Él asiente sonriente, y espera en la puerta de la habitación a que ella se marche, pero no se mueve del sitio, lo mira fijamente con esa mirada pillina que... ¿Está pidiendo lo que él cree que le está pidiendo?
Se inclina para besarla, pero ella lo esquiva y corre a colgarse del brazo de Rick para que la acompañe hasta la puerta.
—¿Para qué me pides un beso si no me dejas dártelo? —grita él.
—Es nuestro juego —responde ella mirándolo de soslayo.
—Algún día te ganaré en este juego —asegura él, pero ella le hace una peineta por encima del hombre y ríe sarcástica —Algún día —susurra viendo su hermosa silueta marchar.


16 horas después

Daryl espera en su coche frente al hotel Alexandria como de costumbre, una noche más volverá a verla, disfrutará de su compañía, de su mirada, su sonrisa, el tacto de su piel, su calor, sus besos...
El problema es que... ella no aparece.


Hola, pues aquí tenéis la segunda parte de este capítulo.
Como veis ha habido un salto en el tiempo de 16 horas que en el próximo capítulo veréis con más detalle.
Sólo os puedo adelantar que Nancy no ha faltado a su "cita" por voluntad propia.
De nuevo muchas gracias por leer, y por vuestros comentarios siempre tan positivos :)