Harry Potter pertenece a JK Rowling.
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Bruja Llameante
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Inspirado en el Fic "A Fair Life" de Rntwriter.
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02: Algo Útil.
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Un perro se dirigió a la Ancestral Casa de los Black, transformándose en un humano, quien llevaba una capa que cubría su cabeza y desenfundó una varita de entre sus raídas prendas. —Alohomora —la puerta se abrió y su madre comenzó a gritar.
— ¡TRAIDORES DE LA SANGRE Y SANGRE SUCIA! —Rugió el retrato de Walburga Black, ante esto, Sirius destruyó el cuadro, incendiándolo, hasta dejar cenizas.
—Mi amante —dijo el anciano elfo Domestico Kreatcher, viendo el lugar en donde estuvo el cuadro de la madre de Sirius. El prófugo, agarró un cuadro de su hermano, la hizo crecer y la colocó en el mismo lugar —El… ¿El maestro Regulus? —se giró para mirar al hombre, que había hecho semejante cambio, en segundos — ¿Quién eres? —El hombre se bajó la capucha, los ojos del Elfo Domestico se abrieron y lanzó un chillido, que le atravesó los oídos a Sirius. — ¡¿EL TRAIDOR BLACK?!
— ¡YA DEJA DE GRITAR, KREATCHER! —rugió Sirius en cambio, antes de encaminarse hacia la cocina, agarrar un cuchillo puntiagudo de plata goblin, salió de la cocina, atravesó nuevamente la sala y se dirigió hacía la estantería de las porcelanas, agarró el guardapelo lo colocó en el suelo, sacó la botellita con veneno de basilisco, dejó que dos gotas cayeran sobre el cuchillo, el cual adquirió un aura verde y gris, para luego apuñalar el Guardapelo, causando que un diminuto rostro de Voldemort, hecho de humo, saliera del Guardapelo, mientras que el hombre suspiraba.
—Lograste… lograste concluir la misión del maestro Regulus… —dijo un incrédulo Kreatcher, antes de inclinarse, en agradecimiento a su maestro, decidido a dejar de servirle a otros miembros de la casa Black. Él sería el Elfo Domestico de Sirius Orión III Black, hasta su último día. —maestro Sirius, ¿Cómo puedo servirle?
—Por favor, prepárame algo de comer y luego, limpia esta casa —pidió Sirius, el Elfo Domestico, con una enorme sonrisa adornando su rostro, hizo lo que le ordenaron. Sirius se sentó en una silla, desplegó la carta que Harry le había escrito —Querido Sirius, he visto el futuro, sé lo que viene hacia nosotros, sé como derrotar definitivamente al Esperpento Sin Nariz. —Sirius no pudo evitar reírse ante el apodo —Él creó siete artefactos en los cuales dividió su alma, llamados Horrocruxes ¿Cómo lo sé? Porque su alma ya estaba muy destrozada, el día en el cual mató a mis padres y ni siquiera tuvo necesidad de realizar el ritual, después de matar a Mamá, para que un fragmento de su alma llegara a mi cabeza y se alojara en mi cicatriz. Algo me pasó anoche, porque he adquirido conocimientos de los Horrocruxes, conocimientos del futuro y cuando abrí los ojos, vi el fragmento de alma del Esperpento Sin Nariz, salir de la cicatriz. Encontré uno en el mismo lugar del sueño: La Sala de Menesteres en Hogwarts, tenía la diadema de Ravenclaw, que entregaremos al profesor Flitwick en algunas horas; hay otro en tu casa: Un Guardapelo verde; el anillo está en una cabaña en Little Hangleton, en la casa de los Ryddle (la familia paterna del Esperpento Sin Nariz), pero está llena de salvaguardas y cosas así; la Copa está en la cámara de Gringotts de Bellatrix; destruí el diario en 1992 y todavía queda esa maldita serpiente. Solo con Veneno de Basilisco, podemos destruirlos, cuando lo hagamos, podremos matarlo (o se morirá solo, no entendí esa parte del sueño) y viviremos en paz. Te quiero mucho: Be… Harry Potter.
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Los dos días siguientes pasaron sin grandes incidentes, mientras que Harry evitaba que Neville fundiera su sexto caldero en clase de Pociones. El profesor Snape, que durante el verano parecía haber acumulado rencor en cantidades nunca antes conocidas, pero no pudo castigar a Neville. Era sabido que Snape ansiaba el puesto de profesor de Artes Oscuras, y era el cuarto año consecutivo que se le escapaba de las manos Snape había odiado a los anteriores titulares de la asignatura y nunca se había esforzado en disimularlo. No obstante, parecía especialmente cauteloso a la hora de mostrar cualquier indicio patente de animosidad contra Ojoloco Moody.
Aunque Snape no era el único que se mantenía vigilando a Moody, pues él también era vigilado de cerca por Harry y Hermione; la chica de cabello tupido, encontró un libro sobre Oclumancia y entrenaba junto a Harry, sintiéndose... sentía algo reconfortante, estando junto al pelinegro de ojos verdes. Como si el mundo desapareciera, solo con estar a su lado. Así mismo, ambos se apartaron de Ron y se unieron a Neville, a quien ayudaban en sus materias y ambos herederos de casas, fueron a hablar con McGonagall o, mejor dicho: Harry fue a hablar con ella y Neville lo acompañó, cuando Harry se lo pidió.
—Entonces, desean dejar Adivinación —dijo McGonagall.
—Como futuros jefes de Casa, necesitamos saber Runas Antiguas y Aritmancia. —dijo Harry, sorprendiendo a Neville y a McGonagall. Neville se puso nervioso, pero su Jefa de Casa, no pudo evitar una sonrisa de orgullo —Hemos sido bastante… cómodos, tomando lo más fácil e… inútil. Hagrid no es un mal maestro, pero ponernos a crear a estas… estas cosas… Escogrutos de Cola Explosiva, que no son parte del temario, nos atrasaría en nuestros TIMOS. Hay criaturas fascinantes con las cuales podríamos aprender, pero estamos criando criaturas que parecen langostas sin caparazones y lanzafuego, que no sirven.
McGonagall miraba a este nuevo Harry Potter responsable, mientras sus ojos brillaban en orgullo. —Puedo encontrar una sala fácil para ambos de Adivinación y meternos en Runas Antiguas y Aritmancia, pero creo que…
Neville habló. —Lastimaríamos a Hagrid, si salimos de Cuidado de Criaturas Mágicas.
—Ambos entrarán en un grupo que está actualmente, en tercer año en Aritmancia. —dijo McGonagall, sonriéndoles a sus alumnos con orgullo, mientras se ponía de pie y dejaba de lado su escritorio —Conmigo, por favor. —ambos siguieron a su Jefa de Casa, atravesando dos pasillos, descendiendo por las escaleras móviles y luego esperando a que las escaleras ascendieran, doblaron a la derecha, caminaron por un largo pasillo, giraron a la izquierda, hasta el salón A6, en donde McGonagall llamó a la puerta, siendo atendida por una bruja de su edad con cabello rubio y ojos pardos, vestida con una túnica azul noche. —Hola Bathsheda.
—Hola Minerva. Señor Potter, señor Longbottom, ¿Cómo puedo ayudarlos?
Y la orgullosa sonrisa en Minerva creció. —Los señores Potter y Longbottom, desean ingresar en tu materia, estando dispuestos a comenzar con un grupo de alumnos de tercer año. Han decidido ponerse las pilas, antes de que comience el Torneo de los Tres Magos, antes de que comience el Torneo de los Tres Magos.
Bathsheda lo pensó. —Muy bien, ambos comenzarán hoy mismo a las 17:00
—Sí, profesora —dijeron ambos, con grandes sonrisas en sus rostros.
Al girarse, McGonagall les devolvió sus horarios, modificados. —Espero grandes cosas de ambos, tanto ahora, como en sus futuros T.I.M.O.S y E.X.T.A.S.I.S
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— ¡¿ESTARÁS TOMANDO RUNAS ANTIGUAS Y DEJANDO ADIVINACIÓN?! —Preguntaron Hermione y Ron. Ella con orgullo y él con molestia.
—Junto a Neville. —dijo Harry calmado, mientras almorzaba.
—Amigo, eso es una molestia. —dijo Ron, mirándolo con una mueca, antes de poner los ojos en blanco, sin terminar de entender, porqué Harry haría algo como esto, porqué desearía complicarse la vida —No entiendo por qué quieres complicarte tanto la vida.
Hermione miró enfadada a Ron y abrió la boca para replicar, solo para sentir como una mano le acariciaba el cabello, dejándola muda y sonrojada. Harry le respondió a Ron, mientras que Hermione no podía pensar, por la cantidad de sangre que invadía su rostro. —Dependiendo de nuestros T.I.M.O.S, podremos tomar los E.X.T.A.S.I.S y dependiendo de los E.X.T.A.S.I.S, podremos llegar a trabajar en un lugar o en otro. Prefiero tener un puesto en algún lugar, un buen puesto en algún punto laboral del Mundo Mágico y no quedar como el chico que limpia todo.
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Harry frunció el ceño, cuando Ron y Draco, empezaron a pelearse. Él… ELLA, no recordaba que ese mismo día, fuera en el que Crouch Jr. transformó a Draco en un hurón, pero así pasó.
Los de cuarto curso de Gryffindor tenían tantas ganas de asistir a la primera clase de Moody que el jueves, después de comer, llegaron muy temprano e hicieron cola a la puerta del aula cuando la campana aún no había sonado. La única que faltaba era Hermione, que apareció puntual. —Vengo de la...
—... biblioteca. —adivinó Ron —Date prisa o nos quedaremos con los peores asientos.
Y se apresuraron a ocupar tres sillas delante de la mesa del profesor. Sacaron sus ejemplares de Las fuerzas oscuras: una guía para la autoprotección, y aguardaron en un silencio poco habitual. No tardaron en oír el sonido peculiar sordo y seco de los pasos de Moody provenientes del corredor antes de que entrara en el aula, tan extraño y aterrorizador como siempre. Entrevieron la garra en que terminaba su pata de palo, que sobresalía por debajo de la túnica. —Ya podéis guardar los libros —gruñó, caminando ruidosamente hacia la mesa y sentándose tras ella—. No los necesitaréis para nada. —Volvieron a meter los libros en las mochilas. Ron estaba emocionado. Moody sacó una lista, sacudió la cabeza para apartarse la larga mata de pelo gris del rostro, desfigurado y lleno de cicatrices, y comenzó a pronunciar los nombres, recorriendo la lista con su ojo normal mientras el ojo mágico giraba para fijarse en cada estudiante conforme respondía a su nombre. —Bien frecuencia cuando el último de la lista hubo contestado «presente». —Recibí carta del profesor Lupin a propósito de esta clase. Parece que ya sois bastante diestros en enfrentamientos con criaturas tenebrosas. Habéis estudiado los boggarts, los gorros rojos, los hinkypunks, los grindylows, los kappas y los hombres lobo, ¿no es eso? Hubo un murmullo general de asentimiento. —Pero estáis atrasados, muy atrasados, en lo que se refiere a enfrentaros a maldiciones —prosiguió Moody—. Así que he venido para prepararos contra lo que unos magos pueden hacerles a otros. Dispongo de un curso para enseñaros a tratar con las maldiciones. Así que he venido para prepararos contra lo que unos magos pueden hacerles a otros. —Y su ojo mágico, se detuvo sobre Ron, asustándolo, mientras que Harry comenzaba a escribirle pequeñas notas a Hermione, quien al comienzo estaba enfadada con él, por (aparentemente) estarla distrayendo —Supongo que tú eres hijo de Arthur Weasley, ¿no? —Preguntó Moody, recibiendo un asentimiento de Ron, mientras que Hermione leía la nueva nota de Harry. —Hace unos días tu padre me sacó de un buen aprieto... Sí, sólo me quedaré este curso. Es un favor que le hago a Dumbledore: un curso y me vuelvo a mi retiro. Soltó una risa estridente, y luego dio una palmada con sus nudosas manos. —Así que... vamos a ello. Maldiciones. Varían mucho en forma y en gravedad. Según el Ministerio de Magia, yo debería enseñaros las contramaldiciones y dejarlo en eso. —Hermione miró a Harry, con sorpresa ¿Cómo podría él saber la conferencia de Moody, si esta era apenas su primera clase? —No deberíais que aprender cómo son las maldiciones prohibidas hasta que estéis en sexto. Se supone que hasta entonces no seréis lo bastante mayores para tratar el tema. Pero el profesor Dumbledore tiene mejor opinión de vosotros y piensa que podréis resistirlo, y yo creo que, cuanto antes sepáis a qué os enfrentáis, mejor. —Volvió a prestar atención a Moody, pero ella estaba atenta a lo que escribía Harry y lo iba leyendo, entre más se adelantaba la clase — ¿Cómo podéis defenderos de algo que no habéis visto nunca? Un mago que esté a punto de echaros una maldición prohibida no va a avisaros antes. No es probable que se comporte de forma caballerosa. Tenéis que estar preparados. Tenéis que estar alerta y vigilantes. Y usted, señorita Brown, tiene que guardar eso cuando yo estoy hablando. —Lavender se sobresaltó y se puso colorada. Le había estado mostrando a Parvati por debajo del pupitre su horóscopo completo. Daba la impresión de que el ojo mágico de Moody podía ver tanto a través de la madera maciza como por la nuca. —Así que... ¿alguno de vosotros sabe cuáles son las maldiciones más castigadas por la ley mágica? Varias manos se levantaron, incluyendo la de Ron y la de Hermione. Moody Dijera a Ron, aunque su ojo mágico seguía fijo en Lavender.
—Eh... —Ron no pudo evitar titubear un poco —mi padre me ha hablado de una. Se llama maldición del imperio, o algo parecido.
—Así es. —aprobó Moody —Tu padre la conoce bien. En otro tiempo la maldición Imperius le dio al Ministerio muchos problemas.
— "Sacará arañas desde debajo del escritorio" —susurró Harry a Hermione, quien lo miró con una ceja alzada.
Moody se levantó con cierta dificultad sobre sus disparejos pies, abrió el cajón de la mesa y sacó de él un tarro de cristal. Dentro correteaban tres arañas grandes y negras. Ron puso un rostro de terror y se echaba un poco hacia atrás. Moody metió la mano en el tarro, cogió una de las arañas y se la puso sobre la palma para que todos la podría ver. Luego apuntó hacia ella la varita mágica y murmuró entre dientes: — ¡Imperio! —la araña se descolgó de la mano de Moody por un fino y sedoso hilo, y empezó a balancearse de atrás adelante como si estaba en un trapecio; luego estiró las patas hasta ponerlas rectas y rígidas, y, de un salto, se soltó del hilo y cayó sobre la mesa, donde empezó a girar en círculos. Moody volvió a apuntarle con la varita, y la araña se levantó sobre dos de las patas traseras y se puso a bailar lo que sin lugar a duda era claqué. Todos se reían. Todos menos Moody. —Les parece divertido, ¿verdad? —Gruñó— ¿Les gustaría que se lo hicieran a ustedes? —la risa dio fin casi al instante —Esto supone el control total sobre la víctima. Yo podría hacerla saltar por la ventana, ahogarse, colarse por la garganta de cualquiera de ustedes... —Ron se estremeció —solo alguien con la suficiente Fuerza de Voluntad, puede librarse del Imperius. Podemos combatir la maldición Imperius, y yo les enseñaré cómo, pero se necesita mucha fuerza de carácter, y no todo el mundo la tiene. Lo mejor, si se puede, es evitar caer víctima de ella. ¡ALERTA PERMANENTE! —Bramó, y todos se sobresaltaron. —Moody cogió la araña trapecista y la volvió a meter en el tarro. — ¿Alguien conoce alguna más? ¿Otra maldición prohibida? —Harry levantó la mano, decidido a acabar con el teatrillo de Crouch Jr. y también, con cierta sorpresa para los Gryffindor, lo hizo Neville. La única clase en la que alguna vez Neville levantaba la mano era Herbología, su favorita. El mismo pareció sorprendido de su atrevimiento. — ¿Sí, Potter? —Moody, giró su ojo mágico para dirigirlo al pelinegro de ojos verdes.
—Las maldiciones Avada Kedavra y Cruciatus. —Todos se quedaron en silencio. Los Slytherin miraron con asombro y sorpresa absoluta a Harry, especialmente Draco Malfoy ¿Quién hubiera pensado que "San Potter" conocería las Maldiciones Imperdonables? Harry solo quería acabar con esto, cuanto antes.
Moody se volvió a la clase en general y alcanzó el tarro para coger la siguiente araña y ponerla sobre la mesa, donde permaneció quieta, aparentemente demasiado asustada para moverse. —La maldición Cruciatus precisa una araña un poco más grande para que podáis apreciarla bien —explicó Moody, que apuntó con la varita mágica a la araña y dijo—: ¡Engorgio! —La araña creció hasta hacerse más grande que una tarántula. Abandonando todo disimulo, Ron apartó su silla para atrás, lo más lejos posible de la mesa del profesor. Moody levantó otra vez la varita, dijo de nuevo a la araña y murmuró: — ¡Crucio! —De repente, la araña encogió las patas sobre el cuerpo. Rodó y se retorció cuanto pudo, balanceándose de un lado a otro. No profirió ningún sonido, pero era evidente que, de haber podido hacerlo, habría gritado. Pronto, dejó a la araña —Reducio —murmuró Moody, y la araña se encogió hasta recuperar su tamaño habitual. Volvió a meterla en el tarro—. Dolor exterior —con voz suave—. No se necesitan cuchillos ni carbones encendidos para torturar a alguien si uno sabe llevar a cabo la maldición cruciatus ... También esta maldición fue muy popular en otro tiempo. La última y la peor. La maldición asesina. —Metió la mano en el tarro de cristal, y, como si supiera lo que le esperaba, la tercera araña echó a correr despavorida por el fondo del tarro, tratando de escapar a los dedos de Moody, pero él la atrapó y la puso sobre la mesa. La araña correteó por la superficie. Moody levantó la varita, y, previendo lo que iba a ocurrir, Harry sintió un repentino estremecimiento. — ¡Avada Kedavra! —gritó Moody. Hubo un cegador destello de luz verde y un ruido como de torrente, como si algo vasto e invisible planeara por el aire. Al instante la araña se desplomó patas arriba, sin ninguna herida, pero indudablemente muerta. Algunas de las alumnas profirieron gritos ahogados. Ron se había echado para atrás y casi se cae del asiento cuando la araña rodó hacia él. Moody barrió con una mano la araña muerta y la dejó caer al suelo. —No es agradable. —dijo con calma —Ni placentero. Y no hay contramaldición. No hay manera de interceptaría. Sólo se sabe de una persona que haya sobrevivido a esta maldición, y está sentada delante de mí. —Harry sintió su cara enrojecer cuando los ojos de Moody (ambos ojos) se clavaron en los suyos. Se dio cuenta de que también lo observaban todos los demás. — ¿Sí, Potter?
—Alguien… de sexto o séptimo año, dejó sobre una mesa en la Biblioteca un libro escrito por un tal —esto era todo invento suyo o un recuerdo de algo que leyó en su sexto año — "Abdul Al-Hazred", quien supuestamente estudió la maldición en un total de quince personas y que no era solo la muerte de las personas, ante: "el rayo verde", sino que la maldición ingresaba en el cuerpo, creaba una celda para el alma y luego expulsaba el alma por la fuerza, por la espalda de la víctima —nadie hablaba, pero los hijos de los Mortífagos miraban a Harry Potter, atentamente. En definitiva, eso los aterrorizó a todos.
—Avada Kedavra es una maldición que sólo puede llevar a cabo un mago muy poderoso. Podríais sacar las varitas mágicas todos vosotros y apuntarme con ellas y decir las palabras, y dudo que entre todos consiguierais siquiera hacerme sangrar la nariz. Pero eso no importa, porque no os voy a enseñar a llevar a cabo esa maldición. Ahora bien, si no existe una contramaldición para Avada Kedavra, ¿por qué os la he mostrado? Pues porque tenéis que saber. Tenéis que conocer lo peor. Ninguno de vosotros querrá hallarse en una situación en que tenga que enfrentarse a ella. ¡ALERTA PERMANENTE! —bramó, y toda la clase volvió a sobresaltarse. —Veamos... esas tres maldiciones: Avada Kedavra, Cruciatus e Imperius, son conocidas como las maldiciones imperdonables. El uso de cualquiera de ellas contra un ser humano está castigado con cadena perpetua en Azkaban. Quiero preveniros, quiero enseñaros a combatirlas. Tenéis que prepararos, tenéis que armaros contra ellas; pero, por encima de todo, debéis practicar la alerta permanente e incesante. Sacad las plumas y copiad lo siguiente... —Se pasaron lo que quedaba de clase tomando apuntes sobre cada una de las maldiciones imperdonables. Nadie habló hasta que sonó la campana; pero, cuando Moody dio por terminada la lección y ellos hubieron salido del aula, todos empezaron a hablar inconteniblemente. La mayoría comentaba cosas sobre las maldiciones en un tono de respeto y temor.
— ¿Vieron cómo se retorcía?
—Y cuando la mató... ¡simplemente así! —Hablaban sobre la clase, pensó Harry, como si hubiera sido un espectáculo teatral, pero para él no había resultado divertida. Y, a juzgar por las apariencias, tampoco para Hermione. Ellos se quedaron atrás, se recostaron contra la pared.
— ¿No vuelves a la condenada biblioteca? —preguntó Ron.
—No —replicó Hermione, señalando a un pasillo lateral—. Neville. —su amigo rubio se hallaba de pie, solo en mitad del pasillo, dirigiendo al muro de piedra que tenía delante la misma mirada horrorizada con que había seguido a Moody durante la demostración de la maldición cruciatus. —Neville... —lo llamó Hermione con suavidad.
Neville la miró. —Ah, hola. —respondió con una voz mucho más aguda de lo usual —Qué clase tan interesante, ¿verdad? Me pregunto qué habrá para cenar, porque... porque me muero de hambre, ¿vosotros no?
—Neville, ¿estás bien? —le preguntó Hermione.
—Sí, sí, claro, estoy bien —farfulló Neville atropelladamente, con la voz demasiado aguda—. Una cena muy interesante... clase, quiero decir... ¿Qué habrá para cenar?
Ron le dirigió a Harry una mirada asustada. —Neville, ¿qué...? —Oyeron tras ellos un retumbar sordo y seco, y al volverse vieron que el profesor Moody avanzaba hacia allí cojeando, con un libro en la mano.
Los cuatro se quedaron en silencio, mirándolo con aprensión, pero cuando Moody habló lo hizo con un gruñido mucho más suave que el que le habían oído hasta aquel momento. —No te preocupes, hijo —le dijo a Neville, mientras le tendía el libro—. Sprout habla muy bien de ti —e hizo aparecer un plato, un pocillo y desde la varita, salió una bebida, todos olieron el té de manzanilla —tiene… algo de poción de la calma. Tú estás bien, ¿no, Potter?
—Sí —contestó Harry en tono casi desafiante.
El ojo azul de Moody vibró levemente en su cuenca al escudriñar a Harry. Luego dijo: —Tenéis que saber. Puede parecer duro, pero tenéis que saber. No sirve de nada hacer como que... bueno... ustedes tienen otras clases.
— ¡Vaya clase!, ¿eh? —comentó Ron, mientras emprendían el camino hacia el Gran Comedor—. Fred y George tenían razón. Este Moody sabe de qué va la cosa, ¿a que sí? Cuando hizo la maldición Avada Kedavra, ¿te fijaste en cómo murió la araña? —Ron enmudeció de pronto ante la mirada de Harry, y no volvió a decir nada hasta que llegaron al Gran Comedor, cuando se atrevió a comentar que sería mejor que empezaran aquella misma noche con el trabajo para la profesora Trelawney, porque les llevaría unas cuantas horas.
Harry tomó el libro de Aritmancia, para conocer algunas cosas sobre la materia. Entre más supiera, mejor para él… ella y cuando Neville llegó y se sentó en la cama, leyendo. Parecía mucho más tranquilo que al final de la clase de Moody, aunque todavía no estuviera del todo normal. Tenía los ojos enrojecidos.
—Hola chicos. —saludó Neville, alzando el libro. Se titulaba Las plantas acuáticas mágicas del Mediterráneo y sus propiedades. —Estoy leyendo este libro que me ha dejado el profesor Moody... Parece que la profesora Sprout le ha dicho al profesor Moody que soy muy bueno en Herbología —dijo el joven heredero Longbottom. Había una tenue nota de orgullo en su voz que Harry no había percibido nunca—. Pensó que me gustaría este libro.
Harry miró con una ligera sonrisa a su amigo rubio y volvió su mirada a su propio libro de Runas, para gran enfado de Ron, quien se fue a dormir.
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La profesora McGonagall les explicó a qué se debía, cuando la clase recibió con quejas los deberes de Transformaciones que ella acababa de ponerles. —¡Estás entrando en una fase muy importante de tu educación mágica! —declaró con ojos centelleantes—. Se acercan los exámenes T.I.M.O.
— ¡Pero si no tendremos el T.I.M.O hasta el quinto curso! —objetó Dean Thomas.
—Es verdad, Thomas, pero créeme: ¡Tienen que prepararse lo mejor posible! La señorita Granger y el Señor Potter siguen siendo las únicas personas de la clase que ha logrado convertir un erizo en un alfiletero como Dios manda. ¡Permíteme recordarte que el tuyo, Thomas, aún se hace una pelota cada vez que alguien se le acerca con un alfiler! —Hermione, que se había ruborizado, trató de no parecer demasiado satisfactoria de sí misma.
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El profesor Binns, el fantasma que enseñaba Historia de la Magia, les mandaba redacciones todas las semanas sobre las revueltas de los duendes en el siglo XVIII; el profesor Snape los obligaba a descubrir antídotos, y se lo tomaron muy en serio porque había dado a entender que envenenaría a uno de ellos antes de Navidad para ver si el antídoto funcionaba; y el profesor Flitwick les había ordenado leer tres libros más como preparación a su clase de encantamientos convocadores. Hasta Hagrid los cargaba con un montón de trabajo. Los escregutos de cola explosiva crecían a un ritmo sorprendente, aunque nadie había descubierto todavía qué comían. Hagrid estaba encantado y, como parte del proyecto, les sugirió ir a la cabaña una tarde de cada dos para observar los escregutos y tomar notas sobre su extraordinario comportamiento.
—No lo haré. —se negó rotundamente Malfoy cuando Hagrid les propuso aquello con el aire de un Papá Noel que sacara de su saco un nuevo juguete —Ya tengo bastante con ver esos bichos durante las clases, gracias. De la cara de Hagrid desapareció la sonrisa.
—Harás lo que te digo, —gruñó— o seguiré el ejemplo del profesor Moody... Me han dicho que eres un hurón magnífico, Malfoy.
Los de Gryffindor se estallaron en carcajadas. Malfoy enrojeció de cólera, pero dio la impresión de que el recuerdo del castigo que le había infligido Moody era lo bastante doloroso para impedirle replicar.
Cuando llegaron al vestíbulo, no pudieron pasar debido a la multitud de estudiantes que estaban arremolinados al pie de la escalinata de mármol, alrededor de un gran letrero. Ron, el más alto de los tres, se puso de puntillas para echar un vistazo por encima de las cabezas de la multitud, y leyó en voz alta el cartel:
TORNEO DE LOS TRES MAGOS
Los representantes de Beauxbatons y Durmstrang llegarán a las seis en punto del viernes 30 de octubre.
Las clases se interrumpirán media hora antes.
—¡Estupendo! —Harry decidió repetir su última línea — ¡La última clase del viernes es Pociones! ¡A Snape no le dará tiempo de envenenarnos a todos! —entonces pensó —Hora de jugárnosla. Adiós a Harry, hola a Beatrice. —Y se retiró, para investigar sobre los Juramentos Mágicos.
