CAPÍTULO 22

Como había mencionado días atrás, su departamento estaba solo a veinte minutos en coche. Minato era un distrito bastante movido, pero la zona de Tokyo Twins Park era más tranquila. Gojo había comprado ese departamento un año atrás, aunque no solía ir ahí a menudo, salvo a ciertas cuestiones en particular. Su piso era el 47, el último.

El camino del elevador desde la recepción al último piso parecía nunca acabar, era la primera vez que la invitaba a ir, de todos los lugares donde Satoru había vivido, sin duda, este era el más lujoso. Gojo tarareaba mientras subían, se notaba muy relajado. Caminaron unos cuantos pasos por el pasillo del edificio y cortésmente la dejó pasar primero tras abrir la puerta.

La luz se encendió en automático en el genkan. Utahime se quitó los zapatos, que también estaban salpicados de cerveza.

—Adelante, puedes pasar con confianza.

—Está bastante frío aquí adentro —comentó al sentir la temperatura.

—Encenderé la calefacción.

Terminando el corto pasillo del recibidor, había uno más hacia la izquierda y otro a la derecha. Al frente, una pared cubría parte de la vista hacia adelante, pero podía notar, por la poca luz de fuera, que delante suyo estaba la estancia. Gojo fue hacia la derecha y ella avanzó al frente.

Como era de esperarse de alguien que tiene tanto dinero: el lugar era increíblemente grande. La estancia tenía pocos elementos, los necesarios para darle ese aire sofisticado. Justo adelante había una puerta doble de cristal que daba a un amplio balcón, al lado de este corría un enorme ventanal que se curvaba hacia adentro para adaptarse a la estructura de la casa formando la pared lateral que terminaba en la cocina. Siguiendo los aproximadamente tres metros de ventanas había un sofá igual de largo en color blanco con la misma forma curva, las cortinas eran también de un blanco mate.

A su izquierda estaba un comedor de mediana dimensión y detrás de este la cocina en un concepto totalmente abierto que dejaba a la vista la estancia. En la cocina también había otro balcón que conectaba al extremo del ventanal de la estancia. La pared que bloqueaba la vista desde el pasillo del genkan, delimitaba un espacio más privado que llegaba hasta los ventanales de cristal del balcón en la sala, Utahime husmeó un poco y se dio cuenta que había una TV grande, consolas de videojuegos, figuras, algunos libros y un reclinable. Estaba segura de que ese era el lugar correspondiente al comedor familiar, pero Gojo lo había convertido en su centro de entretenimiento.

—Puedes poner a lavar tu ropa si quieres.

El llamado de Gojo le asustó y dio un pequeño respingo. Él encendió la luz de la de la sala, compuesta por dos grandes lámparas de pie, una a cada extremo del sofá.

—Gracias.

—Puedes cambiarte en el baño de servicio —señaló el pasillo de su izquierda—. O puedes usar mi habitación y ducharte también —señaló su lado derecho.

—Voy a usar el servicio.

—Esto es de lo poco que creo que puede servirte.

Gojo le dio una muda de ropa, obviamente, ropa suya: un suéter y un pantalón. Él había vuelto vestido con un cambio de ropa más cómoda también, se había puesto además la banda negra sobre los ojos.

No pudo con la curiosidad y en lugar de entrar al baño, abrió la puerta de más adelante, solo para darse cuenta de que conectaba con la cocina y un pequeño almacén.

Regresó al baño, detectando el resquicio de polvo sobre el lavabo, se notaba que Gojo no iba seguido a ese lugar y al parecer no tenía contratado ningún servicio de limpieza. Viendo el mármol del mueble pensaba en cuanto le había costado ese departamento, vaya que era un desperdicio de dinero tener un lugar tan grande y bonito para no usarlo.

Utahime se quitó toda la ropa a excepción de las bragas, se miró en el espejo, prácticamente desnuda, ¿sería todavía lo suficientemente atractiva para él? Ya habían pasado poco más de diez años desde la última —y única— vez que apreció su desnudez. Intranquila, pasó sus dedos sobre su piel, empezando en su clavícula, descendiendo entre sus senos, hasta llegar al ombligo. Estaba un poco pegajosa debido a la cerveza. ¿Iría a pasar algo esa noche? ¿Debería ducharse? Olía un poco al líquido que derramaron sobre ella. Sonrió irónica, ¿por qué estaba esperando que algo sucediera de verdad cuándo fue siempre ella la que decía que no?

Menos mal que había elegido lencería bonita para la ocasión.

Se puso solamente el suéter, que obviamente le quedaba enorme, le llegaba dos dedos arriba de la rodilla y las mangas sobraban de largo, el idiota no le había dado ninguna camiseta. No se molestó en ponerse el pantalón, de seguro se le iba a caer y se vería ridícula.

Al salir, Gojo no estaba a la vista, se asomó a la cocina, fue al balcón, pero tampoco dio señales de estar alrededor. Parada en medio de la estancia, con la ropa en mano, la casa pareció abrumadoramente solitaria. Ella, que vivía más recatada, se preguntó para que Gojo necesitaba tanto y encima si ni siquiera pasaba tiempo ahí.

—¿Ya terminaste?

Gojo asomó medio cuerpo del corredor derecho. Miró a Utahime de pies a cabeza y sonrió disimuladamente.

—Sígueme, acá está la lavadora.

Satoru volvió a perderse en la poca luz del pasillo y ella lo siguió. La habitación estaba a mitad del corredor, no era muy amplia, pero si lo justa para que todo estuviera cómodamente en orden.

—Debería funcionar —dijo no muy convencido mientras usaba uno de sus pies para frotar su pantorrilla.

—¿Debería? ¿No la has usado? —preguntó Utahime, poniéndose a su lado.

—Un par de veces desde que compré el sitio.

Él se acercó para ver los botones, era una de esas máquinas todo en uno que podía lavar y secar la ropa en el mismo espacio. Utahime metió la ropa y aguardó a que Gojo le indicara cómo usarla. El peliblanco solo la miró, esperando a que ella misma fuera a controlar la lavadora.

—¿Y bien? —dijo Utahime.

—No recuerdo cómo usarla —confesó sin un ápice de vergüenza.

—No juegues conmigo…

—Lo digo en serio —se rio de él mismo—. La última vez que la usé fue hace como ¿seis meses?

—Eres increíble —dijo resignada.

—¿Verdad qué sí? —Gojo alzó las cejas con orgullo.

—¡Lo digo cómo algo malo!

—Bueno, presionemos unos cuantos botones y debería estar bien.

Dicho y hecho, Gojo presionó aquí y allá con la esperanza de echar a andar satisfactoriamente la lavadora. Para su fortuna la máquina comenzó a trabajar.

—Pero no has puesto el detergente —lo regañó Utahime.

—Oh, es cierto…

—¿Dónde lo tienes?

Gojo miró alrededor en el cuarto de lavado y no pudo ver algo que se le pareciera. Utahime suspiró resignada ante la torpeza doméstica del que se hacía llamar "el hechicero más poderoso".

—Debe haber en la bodega de la cocina —recordó de pronto, Satoru.

—Iré por el.

Utahime salió y por el pasillo del baño de servicio llegó a la bodega, para su buena suerte si había detergente y suavizante. Volvió al cuarto de lavado, Gojo seguía analizando la máquina.

Después de unas complicaciones para abrir el depósito del jabón y echar de nueva cuenta a andar el aparato, al fin su ropa entró en el ciclo de lavado. Vaya que tanto rollo para mandar a lavar unas cuantas prendas.

"Esto es definitivamente algo que haría una pareja que recién empiezan a vivir juntos".

Pensó Utahime, miraba absorta el girar de la ropa dentro la lavadora. Vio de soslayo a Gojo, quien también observaba de manera hipnotizante el aparato.

—¿Me das agua? —le solicitó Utahime.

—Seguro.

Parecían dos idiotas de primera.

El sofá era absolutamente suave, aún adquiriendo esa forma curva por abarcar parte de la pared frontal y lateral resultaba muy cómodo. Corrió las cortinas para ver afuera, las pocas luces de la bahía y el reflejo de la luna sobre el mar eran asombrosos. Por su mente figuró la imagen de mantener totalmente a oscuras la casa para observar las radiantes luces sin nada que las opacara.

—¿Quieres ver por el balcón? —preguntó Gojo al darle el vaso con agua y notar su curiosidad.

—Sí.

Era obvio que el viento golpearía más fuerte allá arriba, pero no importaba, porque el aire marino se sentía cómodo sobre su piel.

—¿Por qué no pasas tiempo aquí? Tienes un departamento muy lindo.

Utahime se recargó con los antebrazos sobre el barandal del balcón, tenía un poco de celos de la vista. Hacía abajo estaban los grandes jardines de Hamarikyu.

—Es más eficiente para mi estar en la escuela.

Gojo, por otro lado, se mecía adelante y atrás con ayuda de sus manos, parecía un niño jugando.

—Entonces no lo hubieras comprado —lo regañó.

—Estaba a buen precio y la vista es especial. No me pude resistir.

—Un sitio para vivir no es un juguete.

—No me quedaré aquí por siempre, es provisional —dijo Gojo, de manera relajada.

—Bueno, supongo que en algún momento deberás buscar algo más ad hoc a tu estilo de vida.

—Me pregunto si terminaré viviendo en la escuela… —comentó entre risas, era una posibilidad que no sonaba descabellada con sus antecedentes.

—Eso sería muy triste.

—¿Quieres subir? La vista es más interesante —propuso Gojo con un humor algo cuestionable.

—¿Subir? ¿A dónde?

Satoru sonrió y se acercó a ella para cargarla, la tomó de los muslos alzándola con facilidad, Utahime no tuvo más remedio que abrazarlo, pasando sus brazos por encima de los hombros del albino. Estaban tan cerca que su corazón se aceleró a toda prisa.

Gojo se elevó al cielo, para ofrecerle la verdad sobre su estancia en Minato.

Si miraba al este, la bahía se extendía sin fin: con las luces parpadeando de los barcos y el reflejo del astro nocturno sobre el agua, bailando hermosamente en las ondas del mar. De día, posiblemente la vista sería el doble de bonita si incluía los verdes jardines.

Sin embargo, al voltear hacia el oeste, a la ciudad, comprendió por qué Satoru había elegido Minato para vivir.

Ciertamente la torre de Tokio se veía hermosa, pues estaba a corta distancia, la luces Ginza y Roppongi eran totalmente llamativas, pero más allá de ellas, había dos manchas negras con sutiles toques de luz, era extraño que, de entre todo el mundo centelleante, aquellos dos centros de oscuridad se colaran entre la vibrante vida nocturna de la ciudad. Era desolador y angustiante, como si dos vórtices se estuvieran tragando a la ciudad.

Gran parte de Shibuya y gran parte de Shinjuku estaba apagada, de manera que parecía su existencia eliminada, lo cual no estaba lejos de la verdad. Se encontraban tan bien delimitados que no podías equivocarte.

Eran las consecuencias de las batallas perdidas que aún no podían ser reparadas.

—¿Por qué te haces esto? —le cuestionó con tristeza. Quien sabe cuántas veces había subido al cielo a ver las secuelas de las peleas que no pudo ganar.

—Es solo un recordatorio —dijo ecuánime, queriendo aparentar que no era nada, cuando en realidad era mucho.

—Pero no es tu culpa, no tienes que asumir toda la responsabilidad.

Su cuerpo lo sintió pesado y más frío, sus brazos apretaron con más fuerza a Gojo, mientras veía el panorama de la ciudad. Era una tortura.

—Está bien —respondió tranquilo.

—No, no lo está. Todos contribuimos al desenlace de esas batallas.

—Debí hacerlo mejor, supongo.

—Sacrificaste más que cualquiera ¿de qué hablas?

Utahime envolvió el cuerpo de Gojo en un abrazo más cálido, quería darle un poco de consuelo a su pena, se atrevió, además, a esconder su rostro entre el cuello y el hombro de él. El olor de Gojo era una de sus cosas favoritas, no importaba que perfume usara, pareciera que todos combinaban a la perfección con su esencia.

—No deberías subir otra vez. Solo quédate con la vista del balcón.

—Que no lo vea no significa que ya no esté.

—Y que lo hagas no significa que la situación cambiará.

—¿Estás preocupándote por mí? —le preguntó con burla.

—Por una vez, no seas un idiota.

—De acuerdo —se rio él.

Inconscientemente sus labios se presionaron contra la piel del cuello de Satoru, lo suficiente para que pudiera notarlo, pero no tanto como para llegar a ser un beso. Las manos heladas de Gojo apretaron sus muslos para sujetarla mejor.

La fría noche del 31 de octubre era testigo del cobijo que iba más allá de solo sus cuerpos. Satoru le había mostrado algo tan íntimo que venía de sus más adentros. Podía haberlo ocultado, pero quiso compartirlo con ella. Obviamente Utahime había respondido de manera protectora, como era su ser.

—¡Ah! No siento las piernas —se quejó Utahime una vez que sus pies tocaron el piso del balcón.

—Así de bueno soy —dijo con autosuficiencia, Gojo.

—¡Es por el frío!

De inmediato ingresó al interior, para acurrucarse en la sala. Ya la calefacción había hecho lo suyo y estaba calientito. Utahime recargó su lado derecho de la cabeza en el respaldo y abrazó uno de los cojines, recogió sus piernas bajo su cuerpo para darles más calor. Gojo tomó asiento igual a su lado, a medio metro de distancia.

—No tienes que usar tu ritual ahora mismo —le comentó Utahime al ver la banda de los ojos en Satoru.

—Solo es más cómodo.

—¿Estás cansado?

—Para nada.

Observó a Gojo, tan tranquilo que costaba creer que hace unos segundos le había mostrado la gran culpa que llevaba. Quien sabe que tan difícil era ese día para él y aun así se las había arreglado para llevarla al béisbol con la mejor de sus caras.

—Gracias… —susurró Utahime, como si no quisiera realmente decirlo. Gojo alzó las cejas.

—¿Por?

—Cumplir tu promesa.

—Tomó algo de tiempo, pero valió la pena.

—Se sintió bien verlos ganar en casa de los Giants —sonrió complacida. Cerró los ojos para revivir el momento en que levantaban el trofeo.

—Fue un buen juego, cualquiera pudo ganar.

—No, era evidente que los Lions eran superiores.

—Por algo son los segundos mejores, obvio, luego de los Giants —alegó Gojo, con seguridad porque las estadísticas hablaban por sí solas.

—En algún momento los superaremos en títulos, ya verás.

—Trata de vivir lo suficiente para que llegue ese día… —siguió burlándose.

—Se creen invencibles, pero no lo son.

—Bueno… Hasta los más fuertes son derrotados en ocasiones.

Las palabras de Satoru se sintieron frías y con un tono que caía en el reproche. Tal vez, él había estado pensando en ello todo el día, pero no lo había dicho, después de todo era 31 de octubre, el día en el que había sido sellado y que dio pie a todo el caos que se vendría después.

Gojo corrió un poco la cortina blanca y dirigió su vista hacia afuera, la oscuridad de la bahía también le hacía recordar su cautiverio. Su semblante se volvió taciturno, no era nada usual que le dejara ver su lado más apagado.

—¿Hubo algún momento en que no quisieras pelear?

Preguntó Utahime, con la garganta hecha un nudo. No solían hablar de ello, no porque no le interesara o no quisiera saber, sino, más bien, porque sabía que Gojo no permitía que nadie indagara en sus verdaderos sentimientos e insistir no ayudaba en nada.

—No importa lo que yo quiera…

Chistó, como si considerara la pregunta una broma, sus palabras se mostraron dolidas. El corazón de Utahime se paralizó al oírlo. Para el resto del mundo pareciera que Gojo hacía lo que se le daba la gana, que de cierta forma así era, pero Gojo no podía negarse a su trabajo como hechicero, salvo en determinadas ocasiones. Fuera de los puntuales eventos a los cuales se oponía, todos contaban y todos estaban seguros de que él, en su estatus de "el más fuerte", podría dar solución, de una manera u otra, a cualquier problema.

—¿Tenías miedo? Cuando enfrentaste a Sukuna.

Gojo sonrió, sardónico. Siguió observando hacía afuera, más concentrado.

—Que sienta miedo, tristeza, angustia, dolor… Nadie piensa que Gojo Satoru también experimenta esa clase de emociones.

Cuánto había dentro de él que estaba guardando desde quién sabe cuándo. Utahime abrazó con más fuerza el cojín. Lo que Gojo estaba diciendo era cierto, como siempre muestra solo su lado confiado y frívolo las personas olvidan que, Gojo Satoru, es un ser humano, no uno como cualquier otro, pero si con las mismas capacidades de sufrir que el resto de los demás. Su carácter indomable les hacía pensar que no era así, que podía soportar cualquier escenario. Y eso había quedado más que probado en la pelea contra Sukuna.

Cuando le dijo a Gojo que prefería trabajar con él como hechicero en lugar de intimar más allá de su profesión, había actuado como el resto de las personas que solo veían a Gojo por sus habilidades, dejando a segundo término su humanidad. En su corazón escondió a ese muchacho vivaz y carismático y solo se quedó con la imagen del poderoso hechicero. Cada cierto tiempo se lavaba ella misma el cerebro haciéndose creer que no veía más allá de la frivolidad de Gojo, cuando no era verdad. Nunca fue solo un hechicero para ella. En los momentos en que la prudencia reinaba sobre ambos era sencillo, sin embargo, al menor atisbo volvía a caer en cuenta que Gojo Satoru no solamente era el pináculo de poder, sino un adulto, como cualquier otro, que leía la Jump, amaba los dulces y las papas asadas con mantequilla.

—El mundo no necesita a ese Gojo Satoru y está bien. Lo acepto y estoy en paz con ello —dijo con mesura.

—No somos justos contigo ¿cierto?

—No se trata de ser justos —volteó a verla—. Puedo entregarme, a cambio me tomo… Ciertas libertades.

Como, por ejemplo, salvar a Yuta o Itadori, proteger a Megumi y Riko.

—Además, soy del tipo que prefiere verse bien delante de los demás a dar lastima —le sonrió. Esta vez, con más alegría.

—No tienes por qué ser de esa forma cuando estás conmigo.

Utahime se acercó a él y le quitó la banda del rostro. Sus cabellos albinos cayeron sobre sus hermosos ojos azules. Satoru acarició el cabello azabache de Iori con una mano, incómodo, pero enternecido de la preocupación de ella. Por eso mismo, no decía esas cosas nunca, odiaba que lo compadecieran.

Con el mismo brazo con el cual estaba acariciando su cabello, la atrajo hacia él, para poder abrazarla por encima del hombro. Utahime se dejó guiar y de igual manera lo rodeó con sus brazos. Recargada sobre su pecho podía escuchar el palpitar sereno del corazón de Gojo sobre su oreja, a diferencia del suyo, que estaba muy agitado.

No podía mentirse más sobre lo mucho que lo quería y deseaba estar con él, en todos los sentidos posibles. Gojo posó sus labios en la cabeza de Utahime, no como un beso, simplemente como una cercanía íntima que solo ambos compartían, tal cual ella ya previamente lo había hecho en el cielo.

—¿Cómo estuvo tu viaje? No te lo pregunté —le susurró sobre la cabeza.

—Bien. Fueron muy amables conmigo.

—Ando es una mujer con mucha experiencia, aprenderás mucho de ella.

—No les he dicho que sí…

—¿Por qué dudas de tu decisión? Ir a Hokkaido es una gran oportunidad.

—Siento que dejaría todo por lo que he trabajado atrás…

—Has hecho suficiente.

¿Eso los incluía a los dos? ¿Había ya concluido todo lo que podría pasar entre ambos? Nunca habían salido del "tira y afloja" en tantos años, era absurdo y ridículo que llevaran esa dinámica a su edad. Como Shoko había dicho "Gojo ya estaba en edad de tomarse las cosas en serio", claro, desde hace ya algunos años, pero ahora más que nunca podría decidirse a poner el punto final en ese tonto juego.

—Pensé que no estabas de acuerdo… ¿no te importaría si me fuera?

—Sí es lo que quieres, yo te apoyo.

—Eso no responde mi pregunta.

Utahime se levantó y miró a Satoru, el cielo de sus ojos penetraron en su mirada caoba y ella fue capaz de sostenerle la vista pese a que el mundo se le venía encima de solo imaginar que las palabras de Shoko se hicieran realidad.

Si Satoru fuera a casarse con alguien en estos momentos, en definitiva, le rompería el corazón, aun si ella estuviera a miles de kilómetros de distancia.

Estaban tan cerca que esperaba que él hiciera la siguiente jugada: acortar la distancia y robarle el aliento con un beso. De hacerlo, le correspondería como era debido.

Los segundos pasaron, sin embargo, Gojo no movió ni un dedo. No le tocó un solo pelo, es más, había dejado de abrazarla cuando se levantó para encararlo. Los labios de Satoru siguieron marcando una fina línea neutra en su expresión. Solo el azul de sus ojos parecía increpar en las acciones de Utahime.

¿Debería ser ella la que lo besara? ¿Y si la rechazaba? Gojo no era de los que dejaba pasar una oportunidad, mucho menos a como venía actuando los últimos meses, entonces, pensó que él no quería hacerlo y obligarlo a que correspondiera su ataque —de hacerlo— causaría una situación incómoda.

¿Eso era lo que siempre había sentido Gojo cada vez que ella rechazaba el contacto físico? O era, más bien, que estaba tan acostumbrada a que fuera él quien diera pie a todas esas situaciones íntimas entre los dos que nunca se hubiera imaginado que él se mostraría renuente a querer acercarse.

El sonido de la música de la lavadora terminó de romper la atmósfera tan pesada. Utahime se puso de pie para ir a revisar la ropa, Gojo le siguió después.

Que lavadora tan eficiente, no había tomado mucho tiempo para terminar.

….

NOTAS (Mucho texto, no es indispensable de leer):

Tengo mucho que decir sobre este capítulo (y el siguiente), ahora más, luego de los acontecimientos del 261 en el manga (no haré spoilers).

Este capítulo fue un dolor de cabeza, a pesar de que prácticamente fue muy "sencillo" de escribir, me tomó mucho tiempo decidir que incluir y que quitar de esta escena en la casa de Gojo. De hecho ¡El fic estaba planeado empezar en este momento!

Cuando escribí el primer borrador, Uta y Gojo estaban aquí charlando y Gojo le soltaba la bomba de que ocupaba/necesitaba que Utahime tuviera un hijo con él por bla bla bla, Uta acepta, se darían la revolcada de su vida y harían un voto vinculante por dos años en los cuales Satoru se comprometía a ser fiel a ella (originalmente este Gojo NO iba a estar enamorado de Utahime). Pero no sucedió así, cambie la historia y siguió el curso que actualmente tiene.

Aunque la idea se cambió, yo sabía que quería mantener este momento con ellos, pero mientras mas avanzaba la historia sentía que debía modificar ciertas cosas. Que explicaré el siguiente capítulo para no hacer spoiler.

Ahora, pasemos a la platica entre Gojo y Uta que es el eje medular del capítulo. Aunque todos queremos que estos dos ya hagan el sin respeto a lo desgraciado, tenía la necesidad de primero crear esta ultima capa entre ellos, que se detuvieran a hablar un poquito de como se sienten, sobre todo Gojo, quería crear sí o sí este ambiente donde pudiera abrirse un poquito y tener un momento sentimental. Creo recordar que dije quería plasmar muy bien los sentimientos de soledad de Gojo, porque eso es algo que está arraigado a él y que haya podido a expresar, aunque sea a medias tintas un poquito de ello debería ser liberador.

Lo que no me esperaba era que este capítulo coincidiera con lo que pasa actualmente en el manga y como percibimos a Gojo Satoru, tanto como los personajes dentro de la obra, el mismo Gojo, así como nosotros como lectores. Es obvio que lo que leen es mi percepción personal de como siento que Gojo se siente respecto a su vida y que tras ver lo que vimos, no creo estar muy equivocada.

Parece a posta, pero hoy encontré esta fragmento de un libro que reflexiona sobre lo que es la intimidad, lo cual concuerdo totalmente, por ello el titulo del capítulo de hoy:

"La gente piensa que la intimidad tiene que ver con el sexo. Pero tiene que ver con la verdad. Cuando te das cuenta de que puedes contarle tu verdad a alguien, cuando puedes mostrarte a alguien, cuando te desnudas delante de alguien y su respuesta es «Conmigo está a salvo». Eso es intimidad."

Taylor Jenkins Reid, The Seven Husbands of Evelyn Hugo

Muchas gracias por todo su apoyo al fic! Estoy muy agradecida 3