Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Creo que te Amo~

Por: Devil-In-My-Shoes


X: El Vaivén de la Vida

Muchas cosas sucedieron en las últimas semanas previas al verano, una estación que trajo consigo cambios profundos para Kuvira, que apenas comenzaba a acostumbrarse a su nuevo estilo de vida en la isla del Templo del Aire. Ocurrió que, gracias a la intervención e insistencia de Ikki por hacer que la maestra metal se relacionara con otras personas, la tensión que se apoderaba del ambiente cada vez que Kuvira entraba al salón, fue disminuyendo paulatinamente hasta desvanecerse.

La primera noche que Kuvira se atrevió a cenar en el comedor comunal no pasó desapercibida. Y sí, todo fue tan incómodo y desmotivador como el día en que intentó participar del almuerzo con los habitantes del templo. La atacaron con miradas de desconfianza, temor y rechazo. Aquel silencio eterno y asfixiante no tardó en hacerse presente también, y Kuvira volvió a sentirse una marginada.

Sin embargo, esta vez tenía a Ikki, que la tomó de la mano y la guió hasta una mesa desocupada en el fondo del salón. Kuvira optó por ignorar el peso de los ojos que se posaban sobre ella, juzgándola y repudiándola con explícita molestia. Decidió soportarlo en compañía de su nueva amiga, con la esperanza de no tener que pasársela comiendo sobras en la soledad de su alcoba por el resto de su vida. Ikki se esforzó en disimular la pesadez que las rodeaba con su risueña sonrisa y sus divertidas ocurrencias, consiguiendo así que Kuvira se relajara un poco.

Entonces, provocando exclamaciones de asombro y estupefacción, la joven Jinora abandonó de manera repentina el puesto que ocupaba en una de las mesas contiguas. Avanzó al lado de su hermana menor, saludó a Kuvira con respeto, y preguntó educadamente si podía acompañarlas. Demás está decir que fue recibida efusivamente por Ikki, y un gesto agradecido y sincero de parte de la maestra metal no se hizo esperar.

Inmediatamente después, el despreocupado muchacho Kai hizo una entrada alegre y, al igual que Jinora antes que él, saludó a Kuvira y preguntó si podía sentarse con ellas. El resto de la gente contempló la escena con incredulidad, y en medio de aquel silencio boquiabierto, se escuchó la vocecita ingenua del pequeño Rohan diciendo:

—Mamá, ¡yo también quiero sentarme en esa mesa!

—¿E-Estás seguro? —preguntó Pema, algo desconcertada.

El niño hizo una mueca, evidenciando lo obvio de aquella pregunta.

—¡Sí! ¡Todos mis amigos están ahí!

Alzando ambas cejas, Pema señaló a Kuvira con discreción e inquirió:

—¿Ella también es tu amiga?

Rohan torció la boca, indignado ante la aparente lentitud de su madre.

—Ella me dio pastel —dijo muy serio—. Me cae bien. ¿Ya puedo ir?

—S-sí… No veo por qué no —respondió insegura.

Y vio a su pequeño correr hasta el otro extremo de la habitación, emocionado por unirse a sus hermanas, el genial Kai, y la recién llegada misteriosa. Pema no sabía qué pensar, viendo a la mayoría de sus hijos ansiosos de compartir la cena al lado de nada más y nada menos que Kuvira. ¿Sería que sólo lo hacían por imitar a Korra o, sencillamente se había perdido de algo importante con respecto a Kuvira?

Minutos después, Tenzin entró al comedor acompañado de Meelo. El monje no pudo negar que le sorprendió encontrar a sus niños charlando y riendo amenamente en la misma mesa en la que se sentaba una muy pensativa Kuvira, como si ella misma tuviera dificultades para creer lo que estaba ocurriendo. Confundida e insegura, su imagen hizo aparecer una suave sonrisa en el rostro de Tenzin, que comprendía a la perfección el proceso de transición por el que ella estaba pasando.

Para cuando se dio cuenta, Meelo ya se había esfumado de su lado y se encontraba causando alboroto con el resto de sus hermanos.

—¿Ahora tenemos que sentarnos con Kuvira? ¡Qué loco! —exclamó, al tiempo en que tomaba asiento sin invitación—. ¿Significa que esta es la mesa peligrosa? ¡Porque a mí me fascina el peligro! —Se llevó una mano al pecho y habló con entonación poética, arqueando las cejas en dirección a la maestra metal—. Si el peligro fuera una mujer hermosa, me casaría con ella…

Ikki le dio un codazo en las costillas. Odiaba cuando Meelo se comportaba como si fuera un galanazo, siendo en realidad, un gran payaso.

—Deja de decir tonterías, ¿no ves que estás incomodando a Kuvira?

La aludida desvió la mirada, ligeramente perturbada. Primero Meelo la atacaba y ahora le coqueteaba, ¿así o más impredecible? Lo único que se le pasó por la mente es que alguien debía ponerle correa a ese chiquillo.

Lo siguiente que ocurrió esa noche, fue que Tenzin ocupó su puesto en la mesa central y, como era su costumbre, invitó a los comensales a que dijeran la plegaria correspondiente antes de la comida. No obstante, previo a eso le dio la bienvenida a Kuvira, instando a los demás acólitos y maestros a recibirla también. Y ya que nadie se atrevía a levantarle peros a Tenzin —con excepción de sus hijos y Korra en ciertas ocasiones—, el ambiente adquirió un aire respetuoso y hospitalario, como debió haber sido desde el primer día.

Así transcurrió el tiempo, y la gente del templo comenzó a ver a Kuvira como la trabajadora silenciosa que laboraba en la huerta por las mañanas, ayudaba con los quehaceres diarios a media tarde, se prestaba para tareas pesadas cuando era requerida, y luego se pasaba el resto de la tarde atendiendo a los bisontes en compañía de Kai.

Poco a poco fueron bajando sus defensas y dejaron de asustarse por el mero hecho de cruzarse con ella en los senderos, como si Kuvira fuera una amenaza latente. Por fin se habían deshecho de esa precipitada, pero comprensible creencia. Y a partir de entonces, Kuvira era quien no dejaba de ser asaltada por sorpresas sutiles día con día.

La primera de ellas fue cuando una acólita anciana de paso lento y cansino, detuvo su caminar para saludarla con un cálido: "Buenos días, jovencita. ¿Trabajando duro hoy también? Si necesitas reponer fuerzas, no dudes en sentarte a descansar un rato a la sombra…"

Luego fueron las repentinas y constantes preguntas de los nuevos aprendices, que bajo la dirección del ex-comandante Bumi, se pasaban su tiempo libre pidiendo que les contara qué se sentía estar al mando de un mecha-traje gigante. Como si aquello no fuera parte del espeluznante recuerdo de que Kuvira casi exterminó a más de un maestro aire por interponerse en su camino durante su última gran batalla.

Bumi y sus alumnos se mostraban muy interesados en el tema, tal cual si estuvieran hablando de uno de los juguetes mecánicos más nuevos en el catálogo de Industrias Futuro. Pero Kuvira prefería no hablar y ni siquiera intentar recordar al Coloso. Tampoco le veía la gracia, ni le resultaba una invención impresionante como en el pasado. Alguna vez fue el símbolo destinado a demostrarle al mundo que el Imperio Tierra era la más poderosa de las cuatro naciones. Ahora no era más que el amargo recuerdo de un sueño destruido, quizás más bien, de una pesadilla…

La respuesta de Kuvira era a menudo tan sencilla como una silenciosa mirada lastimera o un cabizbajo "Preferiría no hablar de eso…" Y era más que suficiente para hacer a Bumi y sus chicos entender que las heridas seguían todavía demasiado frescas como para que las estuvieran hincando en nombre de la curiosidad y la búsqueda de una historia emocionante. En contraposición a eso, Bumi ofrecía contar una de sus propias historias, avivando el fuego del compañerismo entre él y Kuvira, por ser técnicamente "colegas ex-militares".

Cualquier distracción, aunque fuera el relato exagerado de una misión naval en medio de un huracán, era bienvenida para Kuvira. Al menos así conseguía pasar más tiempo entre los demás maestros aire. Incluso sin entablar conversaciones con ellos, era bueno verse siendo aceptada dentro de sus círculos de vez en cuando.

Podría decirse que los habitantes del templo se estaban familiarizando con el hecho de que Kuvira era ahora un miembro activo de su comunidad, uno que comenzaba a adquirir fama entre los más jóvenes por mérito propio, gracias al tiempo que invertía en el prado de los bisontes voladores.

Todos sabían del progreso que había tenido con Parche, y se llenaban de admiración cada vez que la veían pasar, cargando un pesado cesto de manzanas rojas, en compañía de Ikki y una tropa de curiosos lémures voladores. Con el transcurso de los días, Kai, Jinora, Meelo y hasta algunos otros aprendices, se unieron a la comitiva de recolectores de manzanas. Y para Kuvira era un alivio tener "seguidores" que la ayudaran con esta monótona, y en ocasiones, exhaustiva tarea. Eso le daba tiempo para enfocarse en otros asuntos más personales durante las tardes.

En determinado momento, decidió aceptar la invitación de Jinora para que le mostrara cómo meditar y se dedicó a hacerlo con regularidad, esperando poder hallar respuesta a las dudas que no habían cesado de acosarla, aún después de haber cumplido dos meses en libertad condicional.

Y concluyó, luego de largas horas de reflexión profunda, que la mayoría de sus inquietudes se derivaban de su miedo al futuro. Un miedo que hasta entonces, no sabía que la poseía. Ésa era la razón por la que el hecho de llegar a ser total y absolutamente libre, la desesperaba.


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Con el tiempo, la rutina de Kuvira evolucionó hasta convertirse en un sistema ordenado y eficiente, en cuanto a la cantidad de actividades que podía realizar durante el día, siguiendo un patrón específico. Y era maravilloso, al menos para ella, que disfrutaba de ver las cosas con esa perspectiva estructurada.

Se levantaba de madrugada para acondicionar su cuerpo y aprovechar que podía ejercitarse sola. No era que no gozara de la nueva compañía que la rodeaba durante el día, sino que tener un momento para sí misma seguía siendo uno de esos pequeños placeres de la vida que no podía dejar. Al igual que sentir el ardor de sus músculos al someterlos a la presión de ciento cincuenta flexiones al día para calentar. Ansiaba volver a sentirse fuerte, físicamente hablando.

Salir a trotar por la isla, con el amanecer en el horizonte, era una de sus actividades favoritas. Le ayudaba a despejar su mente, a llenar sus pulmones, y a acelerar su ritmo cardiaco. A bombear sangre para sentirse viva, y no vagar día tras día como si estuviera narcotizada, como cuando vio dos años de su vida desperdiciarse en prisión.

Los beneficios de volver a ejercitarse incluían una mejora considerable de su humor y sueño. Descargaba frustraciones de todo tipo, y adquiría cierto sentido de orgullo al percibir la formación progresiva de nueva masa muscular. Verse al espejo y encontrar a una Kuvira más sonriente, menos paliducha, flaca y ojerosa, era su recompensa. El cabello le brillaba con vitalidad, su piel había cogido color gracias a las largas horas de trabajo constante bajo el sol; hasta tenía las mejillas sonrosadas, e Ikki a menudo le decía que se veía adorable. Kuvira, sin embargo, se conformaba con verse y sentirse saludable otra vez.

Pero existía una tentación a la que con costos se resistía, y con frecuencia se encontraba haciendo un gran esfuerzo para no ceder ante la necesidad de hundir sus manos en la roca sólida y hacer tierra control. Ni hablar de los impulsos que la golpeaban cada vez que entraba en contacto con algún objeto de superficie metálica. Ser maestra metal era casi una tortura si no podía retomar su entrenamiento con el elemento que la había forjado y convertido en una experta bailarina.

La mayor de sus pasiones.

Lo peor era que, cada vez que pensaba en hacer metal control, su mente divagaba y viajaba hasta Zaofu. Y se veía a sí misma recibiendo un meteorito de la mano de Suyin Beifong por primera vez. Recordaba el sonido de su voz instruyéndola con suavidad, guiándola en cada paso. Recordaba el momento en que consiguió alterar la composición del metal en aquella roca, para darle forma, y la reacción impresionada de Suyin; su mirada rebosante de orgullo y su tierna sonrisa, un reflejo de aliento e inspiración.

Excelente mi niña, puedo ver que tienes talento. Como sigas practicando, no tardarás en convertirte en una gran maestra…

¿Y seré tan buena como tú, Su?

Tú ya eres buena, Kuvira, por el hecho de ser quién eres. No necesitas compararte conmigo ni con nadie. El sólo verte crecer y aprender me hace muy feliz; estoy orgullosa de tenerte conmigo…

Su vida entera había girado en torno al metal y a Suyin Beifong. Jamás olvidaría los días en los que creía tener su cariño. En los que la veía y pensaba en ella como una madre, aunque Suyin no la viera exactamente como a una hija. Era todo lo que tenía. Y la seguía alegremente a todas partes, como un perrito faldero, ansiosa por complacerla y servirla, pues le estaba profundamente agradecida. Suyin le había regalado un hogar, talento, arte y un propósito. Pero nunca, y ahora lo tenía bastante claro, nunca le dio la única cosa que realmente necesitaba para nutrirse como ser humano…

Nunca le tuvo el mismo amor y afecto que Kuvira profesaba por ella.

Jamás la hizo parte de su familia, algo que de niña siempre soñó. Incluso de adolescente, Kuvira encontraba excusas para justificar el porqué Suyin la trataba diferente del resto de sus hijos. Había sido tan tonta en creer que si se esforzaba lo suficiente, obtendría ese cariño que deseaba con tanta desesperación. Jamás hubo un lugar para ella en los cuadros familiares, sin importar que siempre estuvo ahí para ellos; fiel e incondicional…

Tonta ingenua. Tuvo que ser apuñalada por la espalda para abrir sus ojos a la gran mentira que era su vida.

Le dio todo su apoyo a Suyin Beifong, pero cuando Kuvira recurrió a ella por el suyo, Suyin sencillamente se lo negó. Sólo entonces pudo comprender qué era lo que la diferenciaba de Opal o Baatar Jr. Ellos estaban unidos a Su por lazos sanguíneos, mientras que ella no era más que una recogida. Una recogida con el único propósito de ser otra de las herramientas con las que Suyin esculpía su perfecta ciudad de metal.

Y lo más doloroso era que, aún estando consciente de esto, su cariño hacia Suyin seguía presente. Porque era todo lo que tenía; lo más cerca de una madre de lo que jamás estaría, a pesar de que su amor no era recíproco. Por esa razón, cuando el movimiento de Unificación fue puesto en marcha, la Kuvira fiel e incondicional tuvo que morir. Era mil veces mejor ser la Gran Unificadora, que era de acero frío, incapaz de sentir emoción alguna; manipuladora, calculadora y temida.

Sufría menos así, embriagada de poder…

Hoy en día, Kuvira no sabía quién o qué era ella. Sentía que cargaba con dos cadáveres en su espalda: el de la ingenua Capitana Kuvira y el de la Gran Unificadora. Ambas le pesaban igual, y no estaba segura de quién era la Kuvira que las arrastraba consigo hacia delante, o de por qué lo hacía.

No se sentía ella misma, y vivía con una tremenda duda por ello. Quien sea que fuera, era a quien la gente de la isla del Templo del Aire había acogido, y era de quien Korra se había enamorado.

¿Pero quién era? ¿Y qué destino le aguardaba una vez cumplida su sentencia?

Ahora que Kuvira se permitía tener sentimientos como en el pasado, una ola de confusión se le había venido encima, amenazando con ahogarla. A veces se sentía en paz con su situación, y a veces, se sentía embargada por una terrible ansiedad y anhelo.

A veces se despertaba en mitad de la noche, llorando sin saber por qué. Y a veces, lo hacía deseando a Korra. A veces extrañándola, porque nadie más que ella la hacía sentir verdaderamente amada, y a veces, perdida en un sueño húmedo que no tenía ni pies ni cabeza.

A Kuvira le preocupaba el hecho de que el deseo que sentía por Korra no hacía más que aumentar. Ahora el dolor ya no la abandonaba; era como un hambre que la consumía y que sentía en todas las partes de su cuerpo; en el corazón, en las yemas de los dedos, entre los muslos… Era la necesidad de tocarla, de sentirla.

Lo único que podía sacar de eso era que, pasar dos años en confinamiento solitario, sin interacciones íntimas desde la última vez que estuvo con Baatar —la noche antes de atacar Ciudad República—, le estaba pasando factura. No era una depravación, era natural. Su cuerpo le pedía el afecto del ser amado, en respuesta a las aplastantes épocas de soledad por las que había atravesado. Quería sentir a Korra cerca en todo el sentido de la palabra y, al mismo tiempo, sabía que debía ser paciente.

Anteponer las necesidades de su nación a las suyas, así como Korra lo hacía en ese momento, cumpliendo con su deber de Avatar; aunque ello significara estar separadas por varios meses, un día después de haberse reunido.

Kuvira comenzó a pensar en sí misma como una niñita encaprichada. Le faltaban y quería muchas cosas. Demasiadas, más de las que se merecía. Quería librarse de toda esa confusión que la invadía, quería olvidarse del dolor que le provocaba recordar a los Beifong. Quería estar con su amante y danzar con ella como la primera vez. Quería hacer metal control, quería comer algo que no fuera vegetariano. Quería, aunque fuera una triste radio de baterías, para volver a escuchar el dulce sonido de la música…

En fin, a pesar de las mejoras que había tenido su vida, Kuvira estaba hecha un patético desastre emocional. Y sin que lo sospechara, estaban por faltarle más cosas todavía.


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Llegada la calurosa estación del verano, Kuvira se enteró de una noticia que acabó por desilusionarla. Cuando por fin había conseguido un lugar entre los maestros aire, con quienes se sentía genuinamente feliz y libre de las preocupaciones que a menudo la embargaban, Tenzin anunció que debían marcharse. Así nada más, sin que nadie la pusiera sobre aviso.

—P-pero, ¿a dónde se van?

—Al Templo del Aire del Este —replicó Tenzin, especialmente animado—. Se trata de nuestra migración anual: una tradición milenaria en la que todos los nómadas aire del globo se reúnen en un solo punto para celebrar el legado de nuestros antepasados. Además, aprovechamos para hacer un recuento de nuestros logros en las demás naciones, y compartimos anécdotas entre compañeros que hace tiempo no vemos. ¡Es todo un festejo!

—Entiendo por qué es importante para ustedes —suspiró Kuvira, algo afligida—. ¿Pero qué se supone que haré yo mientras tanto? No se me permite abandonar la República Unida, ¿recuerda? Y la isla prácticamente se vaciará en su ausencia…

Tenzin se paralizó y la cara se le puso de mil colores, con el sofoco de quien recuerda algo realmente importante en el momento menos indicado. Se llevó una mano al semblante y casi tosiendo admitió:

—¡Diablos! ¡Me había olvidado por completo de que tú no podías venir con nosotros! —comenzó a acariciarse la barba, estresado—. Esto es malo, muy malo.

—Exacto, no puede irse —lo urgió Kuvira—. Después de Korra, ¡usted es responsable de mi custodia! ¿Qué hará? —un destello desconsolado brilló en el verde oscuro de sus ojos—. Me enviará de vuelta a prisión hasta que regresen de su festejo, ¿no es cierto? Supongo que, si es por unas semanas, eso no importa demasiado…

Y fue tan triste y melancólica su voz, que Tenzin no tuvo corazón para tomar esa sugerencia. Había sido culpa suya por no tomar las precauciones adecuadas; no podía enviar a Kuvira de regreso a prisión como si hubiera hecho algo malo. Él sabía que no se lo merecía, luego de todo el trabajo duro que ella había realizado para ellos sin queja alguna. Además, de enterarse Korra, ¡lo mataría!

Tenzin estiró el cuello de su traje con nerviosismo, analizando qué otras opciones tenía a su disposición. Sus ojos grises escudriñaron el patio, y así atrapó un vistazo de su hermana Kya, que se dirigía despreocupadamente hacia la cocina.

—Eh, ¡Kya! ¡Tú no eres maestra aire! —exclamó.

La mujer de enmarañado cabello blanco y ojos azules frenó en seco. Y le bastó con escuchar la voz ronca de su hermano y ver a Kuvira, parada sin saber qué hacer junto a él, para darse cuenta de qué se trataba todo aquello.

—¡Oh, no! ¡A mí no me la encarames, Tenzin! —exclamó, cruzándose de brazos—. Quizás yo no participe de sus aburridas celebraciones de maestro aire, pero eso no quiere decir que no tenga mis propios planes para el verano. ¡Pensaba aprovechar la temporada para viajar al polo sur y visitar a mamá!

—¡Ay, por favor! —se quejó él, poniéndose rojo de irritación—. ¡Tú siempre con la misma excusa! ¡Ayúdame con algo por una vez en tu vida! ¿Quieres?

—¡Es tu culpa por irresponsable!

Percatándose de que había quedado en medio de una pelea entre hermanos, Kuvira decidió hacerse a un lado con sigilo.

Se paseó por los alrededores de la plaza, viendo cómo los maestros aire empacaban sus cosas y alistaban a sus bisontes para el largo viaje hacia el Templo del Aire del Este. «Lo que daría por alzar vuelo a alguna otra parte…» La isla era un lugar encantador, pero ella comenzaba a aburrirse un poco de ver siempre el mismo paisaje.

No tardó en dar con el bisonte Lefty, el de los largos mechones de pelaje sobre los ojos, uno con las personalidades más simpáticas del rebaño. Kuvira le acarició la enorme barbilla a modo de saludo. En poco tiempo, su compañero humano se asomó desde la silla que cargaba en el lomo, y sonrió como siempre lo hacía.

—Hey Kuv, ¿por qué la cara larga?

Kuvira alzó a ver a Kai un momento y luego se encogió de hombros.

—No importa, no sé.

—Nadie te dijo que nos íbamos, ¿eh? —adivinó el muchacho—. Caray, lo siento mucho…

—Es igual, ¿cuándo piensan partir de la isla?

—Mañana al amanecer.

—¿Y cuándo volverán?

—En un mes. ¿Vendrás a despedirnos?

—Tal vez lo haga —acarició una vez más a Lefty, y se dio media vuelta para retirarse—. En caso de que no llegue, diles a Meelo e Ikki que se comporten, ¿sí? Te veré… cuando sea…

Enfiló hacia el prado de los bisontes, donde sabía que nadie la molestaría. Tomó el camino largo a través del bosque, con ánimo desabrido, las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón. Entendía por qué estaba molesta, ésa siempre había sido su respuesta natural cuando veía a las personas cercanas a ella irse sin más. Era una manía que traía desde niña: no soportaba ver que la dejaran atrás.

Cuando era una chiquilla, Kuvira solía asustarse al escuchar que Suyin saldría de viaje, y era peor si se llevaba a toda su familia consigo. Ya de capitana, dominaba más ese impulso, aunque estuviera presente en su subconsciente cada vez que ella misma enviaba a sus tropas lejos, o le asignaban quedarse de guardia en Zaofu mientras los demás partían al exterior.

Aquel viejo instinto volvió con la fuerza de su infancia pasada la primera vez que Korra la visitó en prisión. Cuando la hora de visita terminó y Korra dijo que debía irse, a Kuvira le dio un vuelco el corazón. Y fue así por los siguientes dos años, cada vez que la joven Avatar partía prometiendo que volvería, Kuvira se encontraba temiendo que nunca más lo haría.

¿Qué era eso? Solamente un vestigio de sus peores miedos, un trauma del pasado. Si sus padres habían tenido la sangre fría para abandonarla sin motivo alguno, ¿qué le garantizaba que las demás personas que amaba no lo harían eventualmente?

Era un temor ridículo, lo sabía, pero tampoco era capaz de ignorarlo.

Tan pronto como llegó a la amplia llanura al borde de los riscos, sintió que se le hacía más fácil respirar. El campo lucía desierto a falta de la presencia del rebaño de bisontes, que para Kuvira ya se había vuelto parte del paisaje. Avanzó entre el pasto alto, que dentro de poco se tornaría seco y amarillento, a causa de los soles candentes del verano. Llegó al corral de Parche y descansó la barbilla sobre la cerca.

El bisonte tuerto detectó su presencia, se alzó sobre sus seis patas y se aproximó perezosamente a la humana que le traía deliciosas manzanas rojas todos los días. Prácticamente se había acostumbrado a Kuvira, tanto como para dejarla acercarse a él, siempre y cuando no intentara saltarse la cerca y cruzar el límite de su territorio.

Parche se detuvo frente a ella, la contempló expectativo unos instantes, y luego comenzó a olfatearla insistentemente, buscando su ración de manzanas del día. Pero al comprobar que Kuvira había venido con las manos vacías, exhaló sobre ella con toda la fuerza de sus fosas nasales, bufando altanero.

—No seas exigente —se quejó Kuvira, enarcando una ceja en desaprobación—. Hoy no puedo traerte manzanas. Todos están ocupados, empacando para irse, y yo no pienso trepar árboles por ti.

Parche le dio la espalda de mala gana y volvió a echarse en el suelo.

—Así como lo oyes —suspiró ella, deslizándose hacia abajo para caer sentada en el césped—. Todos se van… Y dependiendo de lo que resuelva el maestro Tenzin, volverán a esposarme las manos para regresarme a mi vieja celda por un tiempo… O puede que me dejen quedar aquí; y seremos sólo tú, yo, y esa maestra agua hippie… ¿A que no suenan como las dos mejores opciones para pasar el verano?

Parche gruñó estrepitosamente.

—¡Tú tampoco eres precisamente un consuelo!

Kuvira se acostó contra la cerca, fijando su mirada en el infinito cielo abierto, pensando, imaginando…

—¿No sería bueno si pudieras volver a volar? —musitó relajada—. Podríamos escaparnos un momento, sin que nadie se dé cuenta… Tal vez… Ir a buscar a Korra, sólo para saber cómo le está yendo en el Reino Tierra… ¿Sabes? Ella prometió que llamaría, y como ves, aquí me tiene esperando todavía. Es una gran desconsiderada, no la tolero… Y tú… ¿Extrañas a alguien especial?

Parche rodó para tumbarse de lado, levantando polvo con el golpe de su pesada cola.

—Ni siquiera estás prestándome atención, ¿cierto?

El bisonte soltó algo parecido a un ronquido.

—Ah, ya sé… Yo tengo la culpa por haber comenzado a hablarle a un animal como si fuera una persona; prueba irrefutable de que finalmente he tocado fondo. —Kuvira lo miró de soslayo—. Pero no estoy loca, sé que entiendes lo que te digo. Apuesto a que te levantarías de ahí si dijera que iré a traerte manza-…

No había ni terminado la frase para cuando la sombra del enorme bisonte la cubrió por completo. Parche se había inclinado sobre la cerca y la observaba impaciente.

—¿Ves cómo eres? —Kuvira apoyó la cabeza entre sus brazos y se dejó caer boca arriba en el pasto, indiferente ante la mirada suplicante del gigante peludo—. No voy a traerte nada. Olvídalo. Eso te ganas por ignorarme cuando te hablo.

Jamás hubiera imaginado que Parche se agacharía para cogerle la trenza entre los dientes y tirarle el cabello.

—¿Pero qué demonios? ¡Suelta mi cabello! ¿Quién te crees que eres? ¡No tienes idea de con quién estás tratando!

El bisonte no la dejó ir hasta que Kuvira se rindió y fue a traerle manzanas. Con mucho desgano, la maestra metal se encontró trepando árboles con una cara de fastidio perenne, sin poder creer que hasta un apestoso bisonte tenía autoridad sobre ella. Ya nada tenía sentido, y la culpable de todo era Korra, simplemente porque a Kuvira se le antojaba que fuera así.

Se acomodó en una rama alta y gruesa, desde la cual podía alcanzar los frutos más maduros. Y se dedicó a cortar manzanas una por una, intentando hallar calma en esa lenta y sencilla acción. ¿Qué más podía hacer? Por lo menos, lo ridículo de aquella situación le quitaba la incertidumbre de la mente.

Odiaría regresar a prisión más que quedarse completamente sola en la isla. Temía que Raiko fuera a arrepentirse de su decisión y que se inclinara por encerrarla de por vida. Para él sería más fácil de ese modo, sin tener que depender de las promesas impulsivas del Avatar.

En ocasiones, Kuvira se preguntaba qué hubiera pasado si Korra la hubiera dejado morir, borrada de la faz de la tierra por su propia arma de destrucción masiva; consumida por su propia ambición. ¿No era ése el castigo que la Gran Unificadora se merecía? ¿Por qué darle tantos privilegios? ¿Por qué cuidar de ella con tal dedicación y entrega? ¿Por qué pasar por tantas dificultades? ¿Por qué? ¿Por qué?

El amor en sí no podía ser la respuesta.

Su experiencia le dictaba lo contrario. Nadie hace las cosas sin esperar nada a cambio, ni nadie está exento de ser egoísta. Aunque Korra fuera el ser más desinteresado del mundo, Kuvira no podía solamente aceptarlo y llevarle la corriente. ¿O sí?

Pero de nuevo, ¿qué podía saber ella sobre eso? ¿Qué entendía alguien como ella del amor?

Nada.

—Cómo aborrezco hacerme preguntas que no tienen respuesta —suspiró para sí misma—. Maldita Korra, me confundes incluso cuando no estás presente… ¿Qué tanto estás haciendo? ¿Por qué te tardas? Voy a hacerme de piedra esperándote. Te extraño, ¿qué no lo ves?

¡Pab-pabs! ¡Oh, Pabu!

Kuvira se apretó el puente de la nariz, cerrando los ojos como si fuera a entrarle una migraña.

—Y ahora estoy escuchando voces extrañas —gruñó.

De repente se escuchó un crujido proveniente de uno de los árboles a su derecha. Los sentidos de Kuvira respondieron por instinto y ella giró la cabeza en torno a esa dirección, alerta. Un pequeño mamífero, de pelaje rojizo y larga y esponjosa cola rayada, saltó desde una rama alta para posarse a escasos centímetros de ella. Kuvira se le quedó viendo con extrañeza y ladeó la cabeza. El animalito la imitó, soltando un diminuto chillido.

—¿Qué clase de lémur eres tú? —preguntó sin esperar respuesta.

—No es un lémur —replicó una voz procedente del árbol que ocupaba—. ¡Es un hurón de fuego!

Kuvira arrugó la frente con gesto desconcertado, lamentándose.

—Primero el bisonte me entiende y ahora el árbol me responde —alzó los ojos al cielo, suplicándole misericordia a los espíritus—. Ya está. He perdido el juicio…

Y antes de que pudiera darse por loca, se escucharon más crujidos sobre su cabeza y comenzaron a llover hojas del dosel. En un visto y no visto, una de las ramas en la copa del árbol se partió y un cuerpo se precipitó hacia abajo. Kuvira reaccionó en cuanto reconoció el grito despavorido del chico que caía, y lo atajó por una pierna antes de perderlo de vista entre las ramas inferiores.

—¿Bolin? —dijo, mirando al joven que sostenía suspendido de cabeza.

No había cambiado. Los mismos ojos verdes de destello inocente y amistoso, la pequeña nariz redonda; facciones suaves, aunque fornidas, y el cabello embadurnado de vaselina con la adición de hojas y ramitas. Él intentó doblarse hacia arriba para mirarla con una sonrisa bonachona, aunque algo avergonzado por su descuido y torpeza.

—¡Muy buenas tardes, mi dama Kuvira!

—¿Se puede saber qué haces espiándome?

—No estaba espiándola, ¡me ocultaba para poder hablarle! ¡Si Opal me ve con usted, me metería en serios problemas! —Bolin volvió a dejarse caer, con los brazos colgando hacia el suelo—. Umm… ¿Le importaría ayudarme a subir?

Kuvira lo sentó en la misma rama que ella ocupaba de un sólo tirón. Más tarde se arrepentiría de haber usado semejante maniobra, pues el cuerpo de Bolin era por mucho más pesado de lo que su brazo podía resistir. No pudo ocultar una sonrisa, sin embargo, al comprobar que su antiguo cabo continuaba creciendo y poniéndose fuerte.

—Ahora entiendo por qué no te había visto antes, has estado evitándome.

—Sí, es cierto —suspiró el chico, encorvándose apenado—. No era mi intención, pero no sabía qué más hacer. Hace tiempo quería hablar con usted, y hoy por fin hallé un momento para escaparme, mientras Opal está ocupada empacando para el viaje.

—Bolin, los formalismos son innecesarios —dijo ella—. Ya no soy tu líder…

—Lo sé, pero me sentiría raro hablándole de otro modo. —Bolin curvó los labios en una sonrisa humilde y gentil—. Además, líder o no, yo sigo admirándola.

El rostro de Kuvira se tornó melancólico.

—¿Admirándome por qué? Acaso has olvidado… ¿Todo por lo que te hice pasar?

Bolin se encogió de hombros y estiró el brazo para recibir a su hurón mascota, que se echó alrededor de su cuello. Él le rascó las orejas mientras meditaba su próxima respuesta.

—No se trata de olvidar —dijo—. Creo que ninguno de nosotros olvidará jamás todos los problemas y tormentos por los que usted nos hizo pasar. Pero olvidar y perdonar no son la misma cosa, ¿eh? Puedo perdonarla a pesar de todo, tan sólo hay que dejar ir el odio. Y yo nunca la odié, sólo pensé que se había vuelto loca.

Kuvira se rió por lo bajo.

—Considero que ahora sí estoy volviéndome loca —musitó—. Ya no sé ni quién soy o qué es lo que quiero de mi vida…

—No, no está loca, no… Sólo un poco confundida. Créame, ¡yo estoy confundido la mayor parte del tiempo! Y míreme, estoy perfectamente bien y feliz.

Kuvira meneó la cabeza, sonriendo divertida.

—¿Qué es lo que querías decirme?

—Mañana temprano zarparé con el General Iroh para unirme a las Fuerzas Unidas; me ofrecieron un muy buen puesto de hecho. Continuaré trabajando para restablecer la paz y el orden, ayudando a los Estados pobres del Reino Tierra.

—Me alegro por ti, Bolin… —su voz era apagada, pero sincera—. Encontraste tu vocación, debes sentirte muy orgulloso de ti mismo. Un maestro lava en las fuerzas armadas de la República Unida, ¿quién lo diría?

—Y es todo gracias a usted —Kuvira se mostró incrédula—. ¡En serio! Cuando primero me uní a usted, yo la idolatraba. La admiraba en grande, todo lo que usted hacía y todo lo que usted representaba… Kuvira, ¡usted era mi heroína! —levantó los brazos, entusiasmado—. Y cuando comencé a trabajar para usted, a seguir su liderazgo, vaya… ¡Era un sueño hecho realidad!

—Tonterías…

—No, ¡hablo en serio! —insistió él—. Esos años en los que trabajé para usted cambiaron mi vida de un modo por el que nunca podré agradecerle lo suficiente. Viajar por el Reino Tierra ayudando a todas esas personas, inspirando Estados para que se nos unieran… Aún recuerdo todo por lo que pasamos juntos. Al principio, cuando usted era feliz… Una mujer idealista y apasionada por lo que hacía… Ésa es la Kuvira que siempre he tenido presente en mi mente, ¿sabe? Y es a la que quiero recordar cuando le cuente a mis hijos sobre el tiempo en el que trabajé en su ejército.

—Lo dices como si nunca hubieras estado bajo la bota del monstruo en el que me convertí al final…

—Usted no es ese monstruo —le aseguró Bolin, depositando una mano en su hombro—. Lo sé porque en estos días, aunque a hurtadillas, he visto a mi querida dama Kuvira actuar como en nuestros viejos días de gloria. Ya no siento esa frialdad en su corazón…

Bolin no tenía idea de cuánto significaban esas palabras para ella. Y Kuvira no creía que podría encontrar las palabras necesarias para agradecerle el pequeño gesto de apoyo que le había brindado esa tarde. Él era en verdad, un alma noble.

—¿Me ves como a la de antes? —preguntó débilmente.

—Siendo honesto, usted se ve como alguien a quien le vendría muy bien un abrazo en este momento.

Kuvira no dijo nada, pero se dejó caer en el hombro de Bolin. Y él la abrazó como si de una vieja y querida amiga se tratara, dándole golpecitos en la espalda. Incluso el hurón de fuego Pabu ofreció un poco de consuelo, frotándose contra el rostro afligido de Kuvira.

Al final tuvieron que decir adiós, y Kuvira no dudó en expresar lo orgullosa que estaba de haber visto a su ex-soldado crecer para convertirse en un joven tan compasivo, leal y sincero. Le envió sus mejores deseos para su alistamiento en el ejército de las Fuerzas Unidas, y le estrechó la mano, consciente de que saludaba a un gran hombre.

Entonces lo vio unirse a su novia Opal, desde una distancia prudente, y luego emprendió su propio camino de regreso al prado de los bisontes. Alimentó a Parche, se quedó con él hasta el anochecer y, pasado el ocaso, regresó a la plaza central del templo. Notó que no había nadie en los alrededores, e infirió que todos se habían ido a dormir temprano debido al viaje que les esperaba al día siguiente.

Así pues, Kuvira caminó hacia el quiosco de madera con vista al mar en el que los maestros aire acostumbraban a meditar. Se acomodó en el barandal y fijó la vista en el firmamento nocturno. Había poca luz de luna, pero las estrellas resplandecían como bellos luceros en el infinito cielo negro. Kuvira se entretuvo buscando las pocas constelaciones que conocía.

Hubo un momento de silencio en el que solamente se escuchó el canto de los grillos y el murmullo del oleaje en la playa. Entonces el sonido de unos pasos acercándose se hizo presente, y Kuvira vio al maestro Tenzin reclinándose sobre el barandal al igual que ella.

—Espléndida noche, espléndida —dijo él, queriendo iniciar una conversación.

—Lo es. Poder volver a ver las estrellas es un alivio. Cuando estaba en prisión, temí que nunca más vería su resplandor, y me arrepentí de ignorarlas en todas aquellas ocasiones pasadas en las que pude haberlas contemplado.

—¿Por eso estás aquí? ¿Para mirar las estrellas?

—Quizás no vuelva a verlas en un buen tiempo, según lo que usted me dijo.

Tenzin se aclaró la garganta.

—Sí, respecto a eso… Tengo buenas y mejores noticias para ti —Kuvira alzó a verlo con interés—. La primera es que Kya accedió a quedarse aquí como tu guardián en custodia durante una semana, así que no tendrás que ir a prisión. La siguiente, es que Korra se puso en contacto con nosotros hace unas pocas horas y…

—¿Lo hizo? E-es… ¿En serio? —Kuvira apenas pudo contener su emoción para no sobresaltarse delante del monje.

—Yo siempre hablo muy en serio —sonrió él—. Quería comunicarse contigo, pero como no pudimos encontrarte en ninguna parte, se conformó con dejarte un mensaje —Tenzin dejó de apoyarse en el barandal y se irguió firmemente—. Korra viene en camino hacia aquí. Llegará en una semana, lo que quiere decir que se quedará a cargo de ti luego de que Kya se vaya. Has tenido mucha suerte, Kuvira.

La aludida dejó escapar una risa ahogada.

—Parece un sueño… Es decir… —trastabilló para no quedar en evidencia—. Que no tenga que volver a prisión…

—Sí que lo es… Y dime, ¿has estado meditando como te sugerí? Se te nota un poco más en paz…

—Hoy ha sido un día largo y extraño —suspiró ella—. Pero ha sido bueno. Y sí, he estado meditando, pero siento que no me ha servido de mucho; tan sólo ha empeorado mi confusión. Tengo demasiadas dudas, y pensar en mi futuro y en quién se supone que soy ahora, no hace sino angustiarme…

—Ya veo… —musitó pensativo—. Hay dos cosas que deberías considerar. La primera: nunca se trata de saber quién eres, sino de quién quieres llegar a ser. La vida nos regala la oportunidad de construir nuestra propia identidad, y como la vida misma, ésta estará sujeta a cambios y evolución constantes… Nadie más que tú puede decidir quién quieres ser.

Kuvira asintió en silencio.

—Lo segundo sobre lo que deberías reflexionar, es que no tiene caso pensar en el futuro ni en el destino como tales. La vida es un viaje con altos y bajos. Lo que importa no es a dónde nos lleva… Las cosas que vemos, las que escuchamos y sentimos, los amigos que hacemos; todos son parte de los eventos que transpiran entre el ir y el venir, y es lo que se quedará contigo a lo largo del viaje. Eso es lo único que importa.

—Tiene sentido…

—Por supuesto que lo tiene —el monje se cubrió un bostezo con la mano—. Ahora bien, será mejor que yo también me vaya a descansar. Espero haberte servido de algo. Buenas noches, Kuvira.

—Buenas noches, Maestro Tenzin. Y gracias por su consejo.

Kuvira se quedó allí unos minutos más, contemplando el lejano y oscuro horizonte. Ya no tenía que preocuparse por volver a prisión y Korra venía de camino. Por fin había terminado aquel largo y extraño día. Todos dejarían el templo por la mañana, ella se quedaría sola, pero Korra llegaría en una semana.

Y la tendría toda para ella.

Kuvira sonrió, fascinada.

—Espléndida noche, espléndida...

»Continuará…