Gracias a Li por su lectura previa.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 2

Tres días después y mi genio se mantenía igual, lo cual no era novedad. Siempre suponía que mi pésimo humor radicaba en el poco interés de mis subordinados, no obstante, me atrevía a interpretar que mi enfado tenía nombre y apellido: Isabella Swan.

Debía reconocer que su altanería me desencajó como nunca nadie lo había hecho. Que no desviara su mirada de mis ojos, sin añadir que parecía que me odiaba por alguna razón que desconocía. Me tenía irritable y con ganas de querer saber el porqué.

Me exasperaba que cada mañana llegara corriendo y agitada, sosteniendo con fuerza su bolso de lona donde traía su comida. Ella no compraba en la cafetería o restaurantes, sino que traía el almuerzo de su casa servido en viandas.

Bufé. Necesitaba olvidar el nombre de esa mujer.

Salí de la oficina con la firme idea de verificar que estuvieran trabajando después de su hora de comida, por lo regular era cuando más se soltaban a platicar entre ellos sin siquiera enfocarse en nada que no fuera su cotilleo.

Me di cuenta que Ángela no estaba en su lugar, sino que compartía en el escritorio de la nueva diseñadora ―desvié la mirada para no saber de ella, no tenía interés en su persona, decidí caminar entre los cubículos tan solo para escuchar qué murmuraban entre ellos.

Jessica parloteaba con Mike para reunirse el viernes en un bar. Tanya seguía ensimismada en su propio mundo, era siempre la más callada y la que menos mostraba interés en lo que hacía.

En cambio Lauren era la única que se mantenía en lo suyo, Tyler se acercó a ella y empezaron una conversación trivial que la hizo desconcentrarse, nadie de la oficina era capaz de hacer nada bien. Nunca.

― Pueden concentrarse en su trabajo ―pedí levantando la voz y llamando la atención de todos, incluida la chica rebelde que no tardó en fulminarme con la mirada.

Se levantó sin ningún interés en escucharme y se escabulló rumbo al pasillo de los sanitarios.

¿Por qué me reta?

― Le he dado una orden, señorita Swan ―indiqué llamando su atención.

Ella volteó lentamente hacia mí, distinguí que traía su bolso de comida cubriendo su pecho y aferraba sus brazos a ese pequeño bolso de lona floreado.

― Necesito usar el sanitario ―respondió.

― Ahora no ―mascullé― aquí lo primordial es trabajar.

Su rostro se tornó rojo intenso. Podía apreciar que su mentón temblaba, ¿estaba enojada? Era una exageración su rabieta.

― Sé que acaban de regresar de su horario de comida, ¿no pudiste hacer tus necesidades en la hora libre?

― Mi vejiga no entiende de horarios, no la he educado para que obedezca ―replicó.

Todos en el área soltaron un jadeo en forma de risa burlona. De pronto los cuchicheos no se hicieron esperar volviendo el área de trabajo un ambiente de mercado.

― ¡Silencio! ―Exclamé enfadado. El silencio reinó en segundos y mi mueca se endureció al ver a la causante del desorden―. Di una orden y lo menos que espero de un subordinado es que obedezca, para ello recibe un pago semanal. Así que vuelva a su lugar ―gruñí― y esfuércese por demostrar porqué fue elegida en Bluebonnet.

― Lo siento, pero no me aguantaré las ganas de usar el inodoro solo porque a mi jefe no le parece, prefiero perder el trabajo que me de una inflamación de vejiga, los dolores son espantosos ―decretó, siguiendo su camino hacia el baño.

Solté el aire retenido de forma ruidosa.

― Ángela, vamos a la oficina ―ordené, siguiendo mi camino de regreso.

Ella presurosa siguió mis pasos y cerró la puerta, quedándose siempre con su mirada en mí. Entretanto, tomé la pequeña pelota antiestrés entre mis dedos y la presioné una y otra vez.

― ¿Pasa algo señor Cullen?

― ¿Qué le sucede? ―increpé.

― A mí nada, ¿por qué lo pregunta?

― No me refiero a usted, sino a ella, a la chica rebelde.

Ángela empujó con su índice el armazón de sus lentes que caían por el puente de su nariz.

― Es nueva en la ciudad ―murmuró.

― Eso ya lo sé ―espete―. ¿Por qué me odia?

Los hombros de mi secretaria se hundieron.

― No creo que pueda odiarlo.

― Lo hace, por eso me reta ―rezongue.

― Está acostumbrado a que todos bajen la cabeza cuando usted habla.

― No es así ―contradije.

― Dele una oportunidad, señor Cullen. ―Pidió Ángela―. Bella una chica lista, graduada con el mejor promedio de su generación, solo es un poquito impulsiva, no sabe mantenerse callada y quizá le cuesta acatar órdenes. Tengo entendido que este es su primer trabajo profesional.

― ¿Cómo la llamaste?

― Bella ―repitió Ángela― ella dijo que prefiere ser llamada así.

― ¿Cómo ves su potencial?

― Llevamos casi tres días enteros trabajando y es muy buena. No ha sido necesario asesorarla en nada, la chica sabe lo que hace.

Exhalé. Quizá sintiéndome estúpido al no tener ningún pretexto para echarla hoy mismo.

― Está bien ―murmuré―, voy a confiar en tu palabra.

Ángela asintió con una sonrisa antes de salir a toda prisa.

Por alguna razón me sentí esperanzado, tal vez el creer que alguien de la oficina tenía interés en el trabajo me causaba felicidad. Empecé a perderme en mis recuerdos cuando una cabellera rubia platinada se asomó por la puerta, era Irina quién me sonrió.

― ¿Se puede saber por qué no quieres tomar mis llamadas?

― Estoy trabajando ―exhalé.

Irina puso los ojos en blanco e ingresó a la oficina caminando y con ese contoneo de caderas exagerado se posicionó frente a mi escritorio.

― ¿Qué ha hecho mi diseñador favorito?

Apoyé mi espalda en la acojinable silla, observándola sin dejar de presionar mi pelota antiestrés. Irina venía en son de paz y su actitud amigable solo se debía a dos cosas; significaba que quería dinero o simplemente fastidiar.

― La pensión de mis hijos ya fue depositada a principios de mes ―le recordé.

Sopló un beso en mi dirección que me hizo desviar la mirada.

― ¿No te avisaron que haré el nuevo comercial para Bluebonnet?

En un instante mi quijada se tensó. Mis dientes se apretaron entre sí con tanta fuerza qué dolió.

Tenía una urgencia por comunicarme con la agencia publicitaria y reclamar por haberla elegido.

No necesitaba tener a Irina metida en mis negocios. No la quería porque buscaba evitar que mis hijos confundieran alguna posible cercanía.

Teníamos tres años separados. Tal vez nunca nos casamos, pero compartimos dieciocho años de nuestras vidas juntos. Tuvimos dos maravillosos hijos por los cuales le viviría agradecido, sin embargo nuestra relación nunca pudo ser firme.

Ella era una mujer obsesionada con mostrar una vida perfecta en redes sociales, se jactaba siempre de tener una familia perfecta, sin importarle que siempre odié exponer mi vida. Un día no soporté más, no había amor sino cariño que le puedes tener a un hermano, era tiempo de seguir adelante.

Le expuse una separación. Ella y mis hijos se quedarían con la casa mientras yo debía buscar un nuevo lugar para mí.

Desde entonces, ella siempre trataba de acercarse o hacer creer que entre nosotros sigue existiendo algo, por ende tenía a mis hijos llamándome para saber lo que tal portal de cotilleos faranduleros decían sobre nosotros.

Era agobiante vivir así.

― Edward, cariño… ―su voz melosa me sacó del bucle de recuerdos, sacudí la cabeza, mirándola― te perdiste ―dijo sonriente― te invito a comer.

A eso me refería cuando ella se acercaba a mí, siempre era con una intención y nunca buena.

― No sabía que habías sido contratada ―fui honesto―. Además no puedo salir, tengo algunas reuniones pendientes ―volví a mentir siempre me volvía un maratón de mentiras estando con ella.

Irina suspiró añorante o al menos fingiendo melancolía.

― Extraño viajar juntos ―confesó―. Deberíamos organizar nuestras siguientes vacaciones juntos ¿te parece?

― No es necesario.

Sus labios formaron un puchero infantil.

― Si cambias de opinión, me avisas.

― No voy a cambiar de sentir, Irina.

― Edward, eres mi mejor amigo ―dijo― al menos ve a casa y tengamos una charla. A los chicos les dará gusto verte ahí.

― Ese lugar es tu casa, no tengo nada qué hacer ahí.

― Pero…

― No somos amigos, Irina, tan solo estamos intentando llevarnos por bien por el bien de los chicos.

Sus labios se fruncieron de nuevo en una mueca de disgusto luego de soltar un suspiro mientras sus dedos jugaban con el largo de su cabello rubio.

― Me voy ―confirmó― tengo una cita en la agencia publicitaria.

Me puse de pie y abrí la puerta para dejarla marcharse.

― Me acompañas al ascensor ―pidió.

― Que sea rápido porque necesito volver a trabajar.

― ¿Crees que algún día dejes de pensar todo el tiempo en el trabajo?

― Lo dudo ―concluí.

Caminé a su lado con la intención de despedirla pronto. Con mi famosa pelota antiestrés entre mis dedos me dejé ver por los empleados al lado de mi ex, no recordaba si antes lo había hecho, por lo regular nunca salía de mi oficina cuando Irina venía a la empresa.

Sin mediar palabra la acompañé todo el trayecto hasta que la puerta del ascensor se abrió. Irina fue rápida y se despidió de mí dejando un beso en la comisura de mis labios, di unos pasos hacia atrás, poniendo distancia.

Ella al sentirse vencedora, ingresó al espacio del elevador despidiéndose al fin de mí y soplando un beso.

Al volver sobre mis pasos dirigí la mirada hacia el cubículo de ella. Esa maldita necesidad de controlarlo todo y saber si estaba trabajando y no perdiendo el tiempo me causaba molestia.

Lo curioso seguía ocurriendo porque no quitaba sus ojos de mí, sintiéndome extraño y a la vez irritado, la llamé.

― Señorita Swan ―vociferé― mañana su entrada es en horario regular.

Pegó un brinco saliendo de su silla, mostrando lo altanera que era y dejando su barbilla en alto.

― Tengo horario flexible la primera semana ―me recordó.

― Pues no ―me hice el desentendido― usted entrará al mismo horario que el resto de sus compañeros.

― No puedo… ―empezó a pronunciar palabras ininteligibles, me acerqué a su lugar y aprecié lo menuda que era. El color bermellón estaba cubriendo rostro y cuello―. No puedo estar aquí a la hora señalada, al menos no esta semana.

― ¿Por qué? ―quise saber.

Aprecié cómo volvió sus manos en puños.

― Es personal ―masculló.

― En el campo laboral se dicen las razones personales ―increpé―. De esa manera decidir si su excusa es válida o no.

― Me dirigiré a recursos humanos ―dio un paso y yo bloqueé su andar.

Me centré en su rostro joven y aprecié las pecas que cubrían su nariz. Había algo en ella que captaba mi atención, podría ser su temperamento o…

Sacudí la cabeza. No queriendo seguir enfocado en ella, me revelaba en hacerlo.

― Si mañana no está aquí a la hora dicha será mejor que no venga porque estará despedida.

― Iré a recursos humanos ―replicó.

Estreché los ojos, mirándola. Ahí estaba de nuevo llevándome la contraria, nunca le importaba la orden que diera, ella siempre iba a discutir, a rearme.

Ahora estaba más interesado en fastidiarla para que fuera ella quién decidiera irse.


Hola, se que Edward les sacara un poco el dolor de tripas, pero sean pacientes porque esto pasará pronto. A él le molesta que lo reten porque no está acostumbrado. Solo que no les quiero contar más hasta que ustedes lean, ¿que les pareció este segundo capítulo?

Para imágenes del capítulo las invito al grupo de Facebook *

Días de actualización: miércoles y sábado.

Aquí los nombres de quienes comentaron el capítulo anterior: Daniela Masen, Pepita GY, Lily Pattinson Stewart, Cary, Smedina, miop, Diannita Robles, Noriitha, Cassandra Cantu, tulgarita, Lore562, Arlette Cullen Swan, Mapi, whit cullen, Antonella Masen, Marbelli, Adriu, saraipineda44, Car Cullen Stewart Pattinson, Marxtin, Pao pao, rociolujan, indii93, krisr0405, ALBANIDIA, Lili Cullen-Swan, The Vampire Goddess, Dess Cullen, Flor McCarty-Cullen, Heart on winter y comentarios Guest

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