Una dama de burdel

El infierno

Angielizz (A L C R)


Ella

Mismo día, 17:42

La primera vez que estuve parada frente al edificio recuerdo haber tenido este pensamiento: aquí voy a morir. En ese momento pensaba en lo inseguro que se veía y en los peligros que debían existir a sus alrededores, ahora que vuelvo a pensar que aquí moriré sólo pienso en mi vida como trabajadora de burdel. Así es.

Si el lunes no consigo un empleo por la mañana, si el resto de la semana dejando mi curriculum en todas partes no consigo al menos una llamada o si paso un mes siendo constante y aun así después de tantas solicitudes de empleo nadie llama, aquí moriré, en esta maldita vida. Condenada a una eternidad dentro de un burdel.

Esta mañana la pasé en un paraíso terrenal y ahora he vuelto al infierno.

Miro el horrible edificio que espera por mí, como si fuera capaz de devorarme, o por lo menos a una parte de mí. Doy un largo respiro.

Edward, a pesar de mi insistencia por tomar un taxi o más bien caminar de regreso, se ofreció a traerme a mi apartamento sin aceptar un no como respuesta. Yo era demasiado joven para andar por ahí sola, según sus palabras.

Además de acuerdo a su lógica él ya se había tomado suficientes molestias conmigo como para no traerme de regreso a casa, sobre todo cuando le dije en que zona vivía.

-¿Es aquí? -miró el GPS del automóvil con el ceño fruncido como si estuviese defectuoso. Le doy una rápida y avergonzada mirada. Luego de pasar unas horas en su apartamento esto se siente como un edificio de esas películas de zombies y mafiosos, un poco de ambas, así que no me puedo imaginar qué tan mal se ve mi edificio para él que lleva años, sino es que toda una vida, viviendo con lujos a su alrededor.

Lo cierto es que parece tan preocupado que la respuesta a su pregunta sea sí que solo puedo encogerme de hombros, avergonzada e incómoda con la respuesta. Justo en ese momento, como si fuese necesario empeorar el panorama ante nosotros, uno de mis vecinos aparece y comienza a fumar marihuana al lado de la puerta del edificio. Ugh.

Reconozco al hombre, Joel, un rubio que me chifla y lanza desagradables piropos cada que nos encontramos entre los pasillos, supongo que sabe dónde trabajo, aunque nunca lo he visto ahí. Mira hacia el automóvil y sonríe, como si se hubiese ganado la lotería o algo así, ahora es mi turno de fruncir el ceño.

Doy una larga respiración de aire para animarme a salir del vehículo. Edward no tiene todo el día y yo no quiero poner al límite su paciencia y amabilidad.

-Gracias, por todo.

Espero que ese todo consiga englobar las múltiples razones por las cuales sentirme agradecida: por salvarme de un posible violador, llevarme a la seguridad de su hogar, dejarme dormir en su cómoda cama y por toda la comida de esta tarde. Ojalá hubiera podido traer conmigo algo de esa fruta. Maldición, ojalá eso se me hubiera ocurrido antes.

Aunque ahora mismo siento el estómago tan lleno que es imposible que puedan obligarme a comer algo más. No me malinterpretes, disfruto la sensación, llevo meses sin sentirla.

-¿Estás segura que tu compañera te dejará volver?

-Claro, Laura es muy... -busco una buena palabra- tranquila a esta hora.

El ceño de él se acentúa, sólo espero que no insista en acompañarme porque entonces descubrirá que el espacio donde vivo es tan reducido y sin muebles, que es imposible que yo comparta ese sofá cama con alguien más.

Y toda esa mentira saldría a la luz, y por alguna razón sé que no quiero que piense: se lo buscó. La noche anterior mientras mi cliente me acosaba fue culpa mía, porque a sus ojos yo soy la víctima y ese idiota gordo, un idiota. No quiero que crea que ha salvado a una puta de un burdel y se sienta mal por dejarme dormir en su casa.

Ni siquiera sé quién es él, pero hoy es la única persona que conoce mi nombre en esta ciudad y quiero que al menos la imagen de Bella se mantenga ajena a toda la mierda de mi real vida.

-¿Dónde trabajas? -durante el desayuno esta tarde había conseguido desviar la atención de su interrogatorio de mí a él.

Pero por supuesto, vivo con una drogadicta y en un barrio de mierda, es obvio que se pregunté por qué no he podido encontrar algo mejor. Así que decido soltarle algo de la verdad, porque se lo merece, ha sido demasiado amable hasta ahora.

-Bueno –miro hacia mis rodillas porque creo que, si alguien va a contar esa parte de la historia de mi vida, por lo menos debería parecer cabizbaja- mis padres murieron hace poco, la herencia no fue muy buena y tenían demasiadas deudas así que perdí la casa y todo el dinero que me dejaron para pagarlas... he estado trabajando en esto y aquello, pero la paga no es buena así que por el momento sigo buscando opciones. Aunque Laura se fumó ayer mis últimos ahorros de la herencia.

Convincente, ¿no? Espero que lo sea.

Cuando vuelvo a mirarlo, tiene la boca ligeramente entreabierta y el rostro contraído en una mueca mezcla de lástima y preocupación. Me incomoda saber qué lástima es lo que voy provocándole a la gente, aunque si dijera toda la historia sería una mezcla de lástima y asco.

Paso saliva. No voy a volver a llorar. Bastante malo ya ha sido que tuviera que aguantarme por una hora desde que me rescato y luego cuando amablemente ignoró que había vuelto a llorar en la habitación, cuando estuve por pedirle una oportunidad en su cafetería.

Este día había sido tan simple volver a ser Bella y olvidar que yo ya no era quien había sido hace tan sólo un año atrás.

-Bien, gracias por todo –repito y doy por terminado mi break de realidad al sentirme emotiva, llevo la mano a la manija de la puerta, sintiendo que de pronto me falta el aire, estoy segura que me encuentro al borde de un ataque de ansiedad-, ha sido el mejor desayuno en –meses, pero me interrumpo a tiempo-. Gracias.

Él

Mismo día, misma hora, mismo lugar.

No es tu problema. Bella está mirando hacia el edifico en un silencio que da la sensación de ser mortal una vez pones un pie dentro, no sabría explicar el motivo que me lleva a pensar eso, solo lo hace. El edificio siguiente y el anterior y el que se encuentra cruzando la calle tienen el mismo diseño y todos se encuentran en el mismo nivel de deterioro.

No es tu problema. Bella respira hondo y suelta el aire y vuelve a respirar. Y no puedo dejar de preguntarme si acaso no es una manera para encontrar la fortaleza para regresar a este lugar. Ella no pertenece aquí. Si ella hubiese nacido en un lugar como este no estaría al borde de un colapso al regresar, además -exceptuando su falta de modales de gala en el desayuno- ella actua y se mueve con calma y educación.

No es tu problema. Miro hacia donde ella observa: un hombre fumando afuera del edificio, las ventanas rotas, la pintura vieja que se cae y la basura acumulándose sobre la calle. Algunas ventanas tienen persianas y otras parecen dejar entrar la luz a su antojo, me pregunto si alguien vive ahí o si se encuentran tan abandonadas como parecen.

No es tu problema. Posiblemente su compañera drogadicta la deje volver. Se lo vuelvo a preguntar por quinta o decima ocasión desde que insistió en que regresaría aquí, porqué, parece que no tiene ningún otro sitio al cual regresar y no conoce a nadie más con quien pudiera quedarse, me parece algo triste, pero no es mi problema, no lo es.

No es tu problema. Muy posiblemente si la mentada Laura drogadicta se encuentra sobria Bella tenga un techo bajo el cual dormir esta noche. Aunque no puedo imaginarme qué tan desesperada se necesita estar para aceptar regresar a vivir con una persona que se robó todo tu dinero.

No es tu problema. Me pregunto qué tan mal debe estar todo para que Bella desee regresar aquí y para que su compañera de cuarto le robe el dinero para fumárselo, me pregunto si acaso alguna de las dos tiene manera de conseguir dinero para comer el día de mañana. Se lo pregunto. ¿Dónde trabajas?

No es tu problema.

No es tu problema.

No es tu problema.

No es tu problema. Aunque esta chica parece no tener a nadie, perdió a sus padres, su casa, su estabilidad financiera y no tiene ni siquiera un empleo, ahora no me sorprende que el desayuno de esta tarde sea en realidad lo más saludable que ha comido en semanas, o meses, lo que corroboraría mi teoría de que ella no había comido bien en días y por eso su ansía de devorar todo lo que había sobre la barra sin siquiera degustarlo.

No es tu problema. Los ojos de ella por un momento se llenan de lágrimas pero tan pronto como aparecen desaparecen con los veloces parpadeos de ella para disipar el llanto. Y creo que es valiente, es una sobreviviente de a saber cuántas penas desde que murieron sus padres y parece decidida a aceptar su nueva realidad y volver a ella. Pudo haberme pedido empleo esta tarde, recuerdo, y me pregunto si yo habría considerado contratarla en ese momento o habría rechazado su propuesta de empleo. La miro, si ella lo quisiera a mí no me molestaría hablar con mi hermana y pedirle ese favor, me muerdo las mejillas por dentro para evitar abrir la boca. En realidad no sé si hay algún espacio disponible. No es mi problema.

No es tu problema. Aunque ahora un peso de culpa hace que comience a preguntarme si no estoy siendo un cabrón insensible. Me pregunto si al salir del automóvil y llegar a su piso dejará que las lágrimas se desborden. Me pregunto si al regresar a mi apartamento yo podré fingir que nada lo de este día ocurrió y seguir adelante, la vida está llena de personas como Bella, y no es mi responsabilidad salvarlas a todas.

No es tu problema. Bella me agradece, pero no tengo idea de la cantidad de veces que lo ha hecho ya. Así que asiento, sintiéndome poco merecedor de su agradecimiento. Tengo el dinero para ayudarla, tengo oficinas para darle un empleo, pero me quedo quieto.

No es tu problema. Me da una última sonrisa derrotada y agradecida por parte de ella antes de abrir la puerta y bajar del carro.

No es tu problema.

-Sabes dónde encontrarme –le digo, para que entienda que si lo necesita entonces yo podría ayudarle, pero soy demasiado orgulloso para entregar mi ayuda sin que me lo pida. Se agacha para poder mirarme desde afuera y deja su pequeña sonrisa amable para mí.

Ella es demasiado amable, aunque la vida no parece haberle devuelto con la misma moneda, es injusto.

-Y ahora tú también lo sabes.

Jamás vendría aquí. No creo que alguien sin necesidad de hacerlo viniera aquí por elección. La única razón por la cual estaba cerca del lugar anoche fue porque el tarado de James insistió en que debíamos conocer un bar para concluir nuestra noche, resulto que más que un bar era un prostíbulo y salí pitando de ahí.

Si el plan de James era sustituir a Heidi con una puta, no me conocía en absoluto.

Y entonces tengo este escalofriante pensamiento sobre Bella, ¿cuánto tiempo más viviendo aquí tiene que pasar para que ella sea arrinconada a ese destino?

La puerta se cierra justo en ese momento.

Tengo que irme.

Porque ella no es mi problema. Nada de esto es mi problema. Yo sólo fui un tipo que pasó por casualidad en una calle y logré ayudarla cuando me necesitaba, cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo, me convenzo.

No es mi problema.

Ella

En la acera

Obligo a mis pies a dar un paso frente al otro y mantengo mi vista en el edificio, reconozco mi ventana en el cuarto piso, honestamente preferiría que mi apartamento no tuviera ventana porque así podría pretender que vivo en una eterna noche y sería más simple dormir durante el día. También sería más sencillo ignorar el sonido que se cuela por las orillas de la ventana y me recuerda dónde me encuentro.

-¿Buen cliente, eh? -el vecino que fuma contra la puerta de la entrada del edificio me habla como si hubiese entre nosotros alguna especie de repentina familiaridad.

Alzó la barbilla y le sacó el dedo del medio. ¿Por qué? Porque estoy harta de hombres como él y porque estoy segura que Edward arrancará su deportivo hasta que yo entré al edificio así que eso me da cierta confianza, por lo menos la certeza de que el imbécil frente a mí no intentará nada mientras tenga la mirada de él cerca. Cobarde.

Pero el cobarde de Joel sólo se ríe y lanza todo el humo del cigarro en mi dirección. Manoteo al aire intentando alejar su pestilencia de mí y sigo andando, pero cuando estoy por entrar se para en medio del pasillo impidiéndome el paso.

Me cruzo de brazos.

-Voy a pasar.

-Mi novia necesita un cliente como ese, ¿podrás conseguirle un contacto? -frunzo el ceño. Si él no se la pasara noche y día drogándose, ella no se sentiría acorralada. Su novia, una mujer de treinta y siete años que lleva prostituyéndose desde que tenía diecisiete, para ella las posibilidades en un bar se pasaron hace al menos una década.

-Voy a pasar –repito, pero él no se mueve, en su lugar vuelve a lanzarme otra bocanada de humo a mi rostro. Retrocedo.

-Anda, aún está esperando por ti, pídele un número, seguro que tiene algún amigo, quizá su padre o un tío -arrugo la nariz sin esconder mi desagrado que siento por esta escoria humana.

-Dije que voy a entrar –ni siquiera intento camuflajear la molestia en mi voz, doy otro paso hacia el frente, pero el hombre vuelve a caminar hacia mí, impidiendo que entre al edificio.

-Quiero un contacto –trago saliva, esto es una tontería-, ¿no? Mirna gana $500 la hora, entonces quiero $500.

-No vas a cobrarme por entrar al edificio.

-No es por eso, es por no querer ser una buena chica y conseguir un número de teléfono para Mirna. Venga linda, te he visto platicar con mi mujer, sabes que lo necesita.

Lo único que Mirna necesitaba era deshacerse de ese idiota y comenzar otra vida en otro lugar lejos de aquí.

Justo en ese momento Mirna baja las escaleras y camina hacia nosotros, trae puesta una camiseta de algún equipo de futbol y unos pantalones entubados que le quedan apretados, del brazo trae un niño de dos años que le jala los rizos a su madre.

-¿Ahora qué sucede contigo, Joel?

Joel mira atrás de él.

-Es nuestra vecina, no quiere presentarte a su cliente.

Mirna mira hacia la calle, una sonrisa aparece en su rostro y me mira con la ceja levantada.

-Vaya, pilla.

-No es nada de eso, es un viejo amigo –miento. Ambos ríen.

-¿Un viejo amigo? ¿tuyo? -su tono burlesco ni siquiera intenta ocultarse, ella realmente parece entretenida ante mis palabras.

Claro, ¿qué razón habría para que alguien como él tuviera alguna clase de contacto con una persona como yo? Es ridículo.

-Cuídame al niño.

Mirna le pasa al pequeño a su padre. Se quita la camiseta de futbol revelando debajo una blusa de tirantes negra que permite que se vean sus pechos gigantes y su abdomen plano por las drogas o el hambre, no lo decido.

Me obligo a mirar al pequeño que empuja el pecho de Joel y señala a su madre.

-¡Mamá! -grita el niño, pero Mirna avanza hacia la calle sin mirar atrás.

Jalo aire a mis pulmones y me doy el coraje que necesito para volver a mirar hacia donde sé que sigue el automóvil azul de Edward. Siento arder mi rostro de vergüenza cuando veo a Mirna dando toques a la ventana del copiloto.

-Esto es absurdo –no puedo permitir que ella haga pasar un mal rato a un hombre que ha sido por lo menos el más amable humano que he conocido en esta ciudad desde que llegué.

Mirna había sido amable conmigo desde que me mudé aquí, tres meses atrás, me parecía una simpática mujer con la que conversaba en los pasillos sobre trivialidades como películas, juguetes infantiles y recetas de comida barata.

Sabía que era prostituta, que llevaba en eso desde los diecisiete y que se había enamorado de su proxeneta demasiado ingenua y joven, que tenía tres hijos, la mayor tenía diecisiete años, los mismos años que ella cuando comenzó en la prostitución, su segunda hija tenía doce, sacaba buenas notas y ella lo presumía cada que podía hacerlo; y el pequeño había nacido un par de años atrás.

Una noche borracha me había contado que a veces no estaba segura si su hijo menor era de Joel o de alguno de sus clientes, pero era niño y Joel quería un niño así que ambos pretendían que era de él, aunque el pequeño no tuviera el parecido de su padre por ningún centímetro de su pequeño cuerpo.

Pero hasta hoy nunca la había visto meterse en el papel de prostituta, sabía que lo era, pero yo sólo conocía la faceta de la vecina amable y parlanchina. Ahora estaba contoneándose contra el automóvil de Edward.

La miro sin creer que se trate de la misma persona, Mirna sigue dando golpecitos a la ventana, seguramente ofreciendo sus servicios sexuales sin ningún tipo de tapujo. Sé que lo menos que debo hacer es intervenir y pedirle a ese hombre que se vaya de una vez por todas. Aunque siento lástima por Mirna porque si ella pudiera tener un cliente que pagara bien entonces tal vez su vida cambiaría para siempre.

Me encuentro dividida, Mirna es mi vecina desde hace tres meses, pero ese desconocido ha hecho por mí más que nadie hasta ahora, así que, sin importar el tiempo, la balanza se inclina a su favor. Debo hacer algo al respecto.

Doy media vuelta para ir hacia el automóvil y detener esa tontería, pero una mano aprieta mi brazo deteniendo mi caminar. Miro hacia donde está la presión, Joel. Quien me mira sin ningún atisbo de culpa o disculpa, de hecho, repentinamente se ve demasiado serio, me levanta una ceja como si no tuviera idea de donde ha surgido el enojo de mi parte.

Lo miro lanzándole fuego con la mirada. Estoy a punto de lanzarle un par de insultos cuando me silencia con una oración.

-No intervengas -me ordena, lo que me enfurece. Él no es nadie para venir a ordenarme a mí.

-Quítame las manos de encima –puede que la noche anterior estuviera aterrada de miedo por ese cerdo borracho, pero mi vecino drogadicto y la hora del día me da fortaleza para enfrentar a este agresor.

-Entra a tu apartamento, ahora –ordena de nuevo Joel, niego con mi cabeza y él vuelve a darme un apretón.

-¡Basta! -doy un grito de dolor que no puedo evitar tras el nuevo pellizco en mi brazo, pero eso no lo detiene y sigue sin soltarme manteniendo la presión en mi cuerpo.

-Ahora -su voz ahora suena acida y furiosa y parece estar completamente fuera de sus casillas o por lo menos de su sentido común. Niego con mi cabeza.

Mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas, miedo, coraje, desesperación, vergüenza, todo contenido en mis ojos. Me rehúso a darle el gusto y llorar, porque sé que si lo hago este idiota jamás me dejará olvidarlo y cada día a partir de hoy me molestará con este momento, además no tengo intenciones de parecer débil a su lado.

Intento quitar la mano de Joel que aprieta mi brazo, pero ejerce el doble de fuerza. Me lanza una mirada de odio con una mueca en sus labios que por un momento me hace temblar. Entiendo que Joel no es solo mi vecino drogadicto, sino que tiene bajo su control a varias prostitutas, que seguramente va armado, que ha golpeado a su mujer antes, quizás ha golpeado a otras mujeres también y sé sin dudarlo que él realmente se encuentra conteniéndose para no golpearme en ese momento.

Me retuerzo entre su mano y con mi mano libre intento quitar sus dedos de mi piel, vuelve a apretar mientras sus labios hacen una mueca más grande de disgusto.

-Basta –lloriqueo.

-Soy Mirna, ¿quieres pasar? Tengo un espacio libre y no tengo ninguna ETS o VIH, estaba pensando que podía hacerte un paquete para –la voz de Mirna se detiene abruptamente y un segundo después Joel retrocede liberando mi piel.

-Agradece que tienes un niño en brazos –Edward.

Él

Unos minutos antes.

En cuanto ella bajó del automóvil mi celular comenzó a vibrar en el bolsillo del pantalón como si un hecho y otro tuvieran alguna relación. Mamá. Uno de estos días rompería con los malos hábitos iniciando con no poder colgarle, aunque hoy no sería el día.

-¿Mamá?

-Ed, querido, ¿dónde estás?

-Salí a correr –posible, miento.

-¿A las seis de la tarde? –suena escéptica a mi respuesta.

-Ajá.

-Sólo te llamaba para recordarte la cena que tendremos en dos semanas por el cumpleaños de tu prima Tanya.

No. Me llamaba para asegurarse que no tuviera ninguna clase de escapatoria y me presentara a un evento social al que evidentemente no tenía ninguna intención de ir.

-Saldré de la ciudad –vuelvo a mentir.

-¿Saldrás... a dónde?

-Surf. Es la temporada.

-¿De surf? ¿Desde cuándo el surf es uno de tus deportes?

-Tengo treinta y dos años, ya va siendo hora que se convierta en uno de mis deportes, ¿no te parece?

-¿Y no puedes cancelar ese viaje?

-No, ya tengo los boletos.

-¿Y no puedes cancelarlos?

-Me temo que no.

-Tanya desinvitó a Heidi a la fiesta

Tanya, mi prima favorita debo añadir, fue la persona que nos presentó un par de años atrás. Y nada de esto era culpa de Tanya, de hecho, si había alguien más molesto con Heidi, excluyendo a mamá o a mí, esa era ella. Pero la fiesta de Tanya prometía ser uno de esos eventos sociales donde celebridades, políticos y empresarios asistirían, y yo no tenía ninguna intención de hacer acto de presencia.

-Eso no importa, iré a surfear este fin de semana. Está todo arreglado.

-Bien –el "bien" de mamá era una sentencia y también un punto final a la conversación anterior para sacar a colación un nuevo tema- ¿y qué harás más tarde?

Unos golpes a mi ventana, sonreí.

-Te llamo después –y sin esperar su respuesta, colgué.

Pero en lugar de encontrarme con el rostro de Bella había una mujer con el maquillaje corrido, el cabello rizado revuelto y sus manos toqueteando el contorno de un par de pechos que parecían estar por explotar fuera de su blusa.

¿Esto era una broma?

Volvió a dar unos golpecitos a la ventana, sonriendo y mordiendo su labio de una manera que supuse pretendía resultar sensual.

No lo era. Bajé solo unos centímetros el vidrio lateral, sabía que si bajaba el vidrio por completo ella metería la mitad de su cuerpo para que no arrancara el carro.

-¿Quieres jugar?

Intenté mirar detrás de su cuerpo y pude ver a Bella afuera del edificio, parecía estar discutiendo con el hombre del cigarrillo.

Baje un poco más la ventanilla, lo suficiente para pedirle que se alejara de mi automóvil para poder irme.

-¡Basta!

Miré hacia atrás de la mujer, el hombre del cigarro tenía agarrado el brazo de Bella mientras ella parecía estar intentando liberarse.

No tuve que pensarlo cuando mi cuerpo tomo vida propia.

Bajé del vehículo.

-¡Basta!

La mujer aprovechó para intentar acercarse a mí, entendí algo de VIH y ETS aunque no supe si eso lo incluía en el paquete o aseguraba no tenerlo. No me importaba. Seguí andando, hasta que el fumador que tenía atrapado el brazo de Bella entre sus dedos la soltó y tuvo el cerebro para retroceder.

Ya tenía mi mano derecha convertida en un puño cuando vi el rostro del niño en brazos del hombre. No conseguía imaginar ningún modo de darle una paliza a ese idiota sin que el niño se viera comprometido. Así que se lo dije. Le dije que la única razón por la que no pateaba su trasero era por ese niño en sus brazos. Porque sin el pequeño lo habría hecho papilla contra el suelo.

Y luego miré a Bella, que me miraba asustada, con los ojos rojos lleno de lágrimas contenidas. Y antes de siquiera abrir la boca tenía una certeza: no podía dejarla aquí.


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