Una dama de burdel

¿Nuevo hogar?

Angielizz (Anbeth Coro)


Ella

Domingo. 19:27

Edward me indicó que me adelantara con un gesto de la mano mientras respondía una llamada. Bajé del vehículo teniendo cuidado de no cerrar con fuerza la puerta, me puse la mochila al hombro y me infundí una desconocida confianza para dar los últimos pasos que me quedaban a la puerta del edificio.

Aunque una vez ahí, sola y con esas puertas de cristal cuidadosamente limpias, no parecía tan buena idea, cuando estaba a punto de entrar en una verdadera crisis nerviosa se abrieron las puertas eléctricas del edificio, una mujer con gabardina blanca salía de ahí, con tacones altos y maquillaje profesional cubriendo cada perfecta imperfección de su rostro, parecía una mujer mayor, quizá cuarenta o cincuenta años, aunque podría fácilmente pasar como una mujer más joven, o al menos eso pensaba hasta que la mujer habló.

-Los de servicio entran por la puerta trasera, niña –mientras me hablaba, porque no había nadie en la calle excepto ella y yo, ni siquiera me dedico más que una rápida mirada.

Di un paso hacia atrás para darle el paso, pero al no seguir su indicación la mujer de blanco caminó de regreso al edificio. Un segundo después regresó con un anciano con traje gris que asumí se trataba del portero del edificio.

-Teodoro, hazme favor de despedir a esta niña, ya sabes que está prohibido que entren por la entrada principal –seguramente la mujer fue la clásica niña que acusaba a todos sus compañeros por portarse mal a espaldas del profesor. Excepto que ella no era una niña, yo no era su compañera y Teodoro no era un profesor.

El hombre me miró a mí, de arriba abajo debo añadir como si tuviera la habilidad de medir a la gente con la mirada, quizá preguntándose qué hacía yo -con una mochila rota al brazo, los mismos pantalones de esta mañana, una blusa azul sin chiste y mis tenis negros desteñidos- en este hermoso y lujoso lugar.

Claramente no era bienvenida.

-Yo no –apenas iba a dar una respuesta a esa extraña situación, pero la mujer levantó una mano para indicarme que guardara silencio.

Miró exclusivamente al portero, haciéndome sentir invisible. Pasé saliva.

-No está contratada, es evidente que no tiene experiencia.

-Señora, es que ella –ahora la mujer levantó la mano frente al rostro de Teodoro, el portero, para silenciarlo.

-Además parece sacada de las peores zonas del tercer mundo. Va a robarnos si te descuidas.

Torcí la quijada.

-Ella no trabaja aquí -explicó Teodoro y parecía que iba a añadir más, cuando la mujer suspiró de alivio y me miró de nuevo a mí, ahora con evidente desagrado.

Aunque cuando sus ojos se clavaron en mi rostro deseé que nunca hubiera puesto su mirada sobre mí. Era como una bofetada.

-Es una zona exclusiva, aquí no damos caridad, ahora hazme favor de retirarte antes que tenga que llamar a los de seguridad. No voy a permitir que nadie ponga en riesgo la integridad y seguridad de este lugar.

-Diana –Edward apareció justo en ese momento para interrumpir los agresivos comentarios de la mujer a mi persona.

-Edward, querido, ¿puedes creer lo que ocurre aquí? El Hilton está perdiendo su –pero Edward la interrumpió, aunque sin hacer una seña grosera con su mano frente al rostro de la mujer, sencillamente elevando un poco más la voz para opacar la de ella.

-Veo que ya conociste a Bella, es mi invitada, acaba de regresar de un viaje -hizo un leve gesto con su mano para señalarme a mí y a Diana como una rápida presentación-. Debe estar cansada, si nos disculpas.

Y sin esperar respuesta de la ahora atónita mujer, me introdujo con un leve empujón en la espalda hacia el interior del apartamento, le pasó las llaves de su vehículo a Teodoro y continuamos andando dentro. Mire el espacio a nuestro alrededor, había un sofá de cuero frente a una fuente con forma de árbol de acero, en la otra pared una gigantesca imitación de la noche estrellada que abarcaba casi toda la pared y en el suelo el piso era tan reluciente que podía verme ahí. Increíble. Edward presionó el botón del elevador y cuando las puertas de éste se abrieron, Diana recuperó su altanero tono de voz.

-No puede vestir así, qué dirán los vecinos -me señaló de arriba a abajo como si tuviera la lepra.

-Que se jodan los vecinos, Diana.

Y la puerta se cerró en sus narices.

Sonreí, apretando los labios para evitar reírme. De reojo vi como Edward también sonreía mientras negaba con su cabeza. Se me escapó una pequeña risita que intenté cubrir con una tos. Edward me miró.

-Es amable cuando tiene un par de copas de vino encima -explicó, aunque yo lo dudaba- aunque debe ser más amable cuando tiene varias pastillas para dormir en su cuerpo -asentí en total acuerdo con él.

-Debe tener una crisis nerviosa ahora mismo –Edward soltó una especie de tos y risa; nos quedamos mirando hacia el frente viendo como íbamos subiendo de un piso a otro hasta llegar al 32.

Las puertas se abrieron.

Este era su piso, con suerte este sería mi piso por un tiempo. Mientras no arruinara la armonía entre nosotros y no echara a perder esta oportunidad que el destino estaba poniendo frente a mí de manera casi ridícula, yo estaría bien.

Una vez dentro de su apartamento el ambiente cambió por completo, la tranquilidad de su carro, los nervios al estar afuera y las risas del elevador se convirtieron en polvo al encontrarnos los dos ahí. Solos y parados mirando hacia el recibidor del lugar. Había una mesita alargada donde había algunos marcos de fotos. Reconocí en algunas fotos a Edward, con una mujer mayor que asumí era su madre, un hombre que podría ser su padre y una foto de Edward, era tan solo un niño, calculé que debía tener seis o siete años, porque tenía los dientes chimuelos como mi hermano, Edward estaba en esa foto con una pequeña bebé en brazos. Esa debía ser su hermana.

-¿Ese es todo tu equipaje? -miré a Edward y hasta entonces me di cuenta que me había quedado embobada mirando las fotografías, pero él no me miraba a mí sino que parecía que era la primera vez desde que había bajado de mi apartamento con mis pertenencias en que le prestó atención a la mochila vieja dónde entraban todas mis prendas y aún así sobraba algo de espacio. ¿Qué podía decirle? Asentí mirando el suelo. Incluso mi salida del edificio había sido un poco patética, una salida triunfal habría sido bajar con una maleta negra mientras le mostraba mi dedo medio a Joel y Mirna, pero cuando bajé ninguno de los dos se encontraba ya en la planta baja- ¿Laura? –preguntó.

Fruncí el ceño, aunque como miraba hacia abajo él no pudo ver mi expresión, claro, Laura. Laura era la perfecta culpable de todas mis desgracias. Menos mal sí conocía una Laura, mi jefa de meseras, y la mujer me agradaba tan poco que era fácil ponerla en el papel de compañera de cuarto drogadicta, así que si me esforzaba y vislumbraba su rostro en mi cabeza casi podía sentir el desagrado hacia ella.

-Parece que aprovechó estas horas y se deshizo de la mayoría de mis cosas -mentí, mordiéndome las mejillas por dentro, esperando que mi mentira pasara desapercibida.

-Vaya, lo siento.

-No importa, tengo ropa suficiente para una semana, así que siempre que tenga acceso a una lavadora voy a estar bien -dije la verdad.

Me había funcionado en el último año.

-Entonces, ¿te muestro el lugar?

-¿De verdad quieres que viva aquí? -pregunté, quería darle una puerta de salida.

No quería llenarme de ilusiones y que el día de mañana me echara a patadas de aquí. Aunque sólo recordar la suavidad de la almohada me hacía dar brincos de emoción. Además si él se arrepentía, ¿a dónde iría yo? Ahora no sólo no podía volver al bar de Don, sino que sería imposible regresar a mi departamento sabiendo lo encabronado que debía estar Joel, mi vecino drogadicto.

¿De verdad quería vivir con un desconocido?

Pensé en mi vida, en el pequeño estudio con paredes grafiteadas, el vidrio de la ventana estrellado, las cortinas rayadas, el refrigerador que se apagaba cada que le daba la gana, pensé en Don, en los clientes, en volver caminando a casa cada madrugada, en el accidente de la noche anterior. No quería esa vida.

Puede que Edward fuera un psicópata, un asesino en serie, incluso un violador, pero todas esas opciones no me producían tanto miedo como la vida que había estado llevando.

-Por lo menos mientras consigues un trabajo y dinero para independizarte.

Solté el aire que había retenido en mi cuerpo sin darme cuenta.

-Gracias -no existía una mejor palabra para decirle cuan agradecida me sentía, y si existía yo no la conocía-. Prometo que no seré una carga para ti. Y soy buena en la limpieza, así que puedo ayudar en eso.

-No le quitemos el empleo a Dolores, eso la pondría furiosa. ¿Por qué no das una vuelta al lugar mientras continuó con mi llamada?

-¿Estás seguro?

Él me miró un largo minuto antes de por fin asentir.

-Mi habitación es la que está frente a la tuya, no entres ahí.

Asentí.

Era una restricción simple de cumplir, y estaba deseosa por mantenerme fuera de mi horrible vida, así que cada restricción sería sólo como una instrucción más para conseguir la verdadera libertad.

Él

Oficina del apartamento de Edward.

Mierda.

Realmente lo había hecho.

Mierda.

¿Cómo demonios iba a explicarle al resto de personas con las que convivía a diario la reciente aparición de Bella en mi vida?

Venga, la historia sonaba del todo altruista, pero aún así, estaba seguro que escucharía más protestas que aplausos, y no tenía grandes intenciones para fingir que la opinion de otras personas me importaban. Aunque me importaban.

Sobre todo, me importaba la opinión de mi familia. Mamá estaría furiosa.

Ya podía escucharla lanzar su grito al cielo mientras decía mi nombre completo. Aunque yo podría decirle que por algo pasan las cosas.

Eso la haría enfurecer, aunque sería divertido.

Alice, bueno, nunca sabía que esperar exactamente de Alice. Y el esposo de mamá seguramente me palmearía el hombro mientras decía que era un buen hombre. Me agradaba el esposo de mamá. Y mi padre, bueno, él ni siquiera se daría por enterado hasta de otros seis meses.

Mamá superaría la noticia y quizás, quizás, insistiría en que Bella se fuera a vivir con ella mientras conseguía independizarse y así yo podría seguir con mi vida. Sonreí. No podía ser tan malo. Además había sacado a esa pobre joven de ese miserable lugar. Y si de alguien había heredado la bondad se lo debía a mi madre, así que estaba convencido que mi responsabilidad con Bella terminaría más pronto que tarde, a mamá le gustaba eso de meter sus manos donde nadie se lo pedía.

Me siento en la silla tras el escritorio mientras dejo que mi cabeza se recueste en la mesa. Ese idiota y la mujer, por lo que entendí ambos eran pareja y él era su proxeneta así que ella tenía que sacarme a mí el contacto de un cliente o convertirme en uno de ellos. Me recorre un escalofrío al recordar lo del VIH y las ETS, seguro que eso venía incluido en el paquete, aunque Bella dijo que la mujer añadió que no tenía ni una ni otra, yo no lo creía.

Y por otro lado estaba Bella, Diana tenía a mi pesar un punto, estabamos en una zona exclusiva y la gente pagaba para pomponearse frente a otros diciendo que vivían en El Hilton. Y por muy dulce que Bella pareciera era posible que recibiera constantes ataques hacia su vestimenta si no hacía algo al respecto.

No podían correrme de aquí, ni existía un contrato clasista qu estipulara el valor mínimo de la ropa que debían vestir sus inquilinos, pero no quería que fuera constantemente abordada por mujeres superficiales y groseras. O por hombres. Porque al parecer ella tenía un imán para atraer idiotas a su vida.

Así que mañana debía hacer algo alrespecto. Aunque mañana tenía toda la mañana y tarde llena de reuniones y citas. ¿en qué momento podía llevarla de compras? ¿Debía llevarla de compras? Era su anfitrión, podía acordar con ella que era un adelanto y así se sentiría en deuda conmigo. Aunque a mí en realidad no me molestaría comprarle un par de cambios extra, sobre todo porque ella sí lo necesitaba.

No como Heidi que compraba ropa con mi tarjeta de crédito cada que se levantaba con el píe izquierdo o con el derecho, con el pie que fuera, cualquier día despierta parecía ser un buen día para gastar dinero en vanalidades.

Aunque no sé porqué nunca lo había notado, a mí me parecía divertido verla pasearse de una tienda a otra y llegar feliz con sus diez bolsas de tiendas de diseñador mientras hablaba de cosas de moda que yo no entendía pero que escuchaba con tal de hacerla feliz.

Me golpeo la frente contra el escritorio, necesito sacarme a Heidi de mi cabeza. Aunque traer a una joven a vivir a mi casa para hacerla de tutor, parece un poco exagerado.

Tomo el celular y tecleo un número que me sé de memoria desde hace al menos una década.

Alice era la más joven de la familia, así que esperaba que ella fuese también la que tuviera la mente más abierta al respecto.

-¿Aloh? ¿Llamándome un domingo en horario no laboral, hermanito?

-Ja. Ja. -río sin gracia, lo que la hace reír al otro lado de la línea, lo que en automático me saca una sonrisa.

-¿A qué debo el gusto?, ¿Necesitas ayuda?, ¿Un cadáver que enterrar?

Odié un poco que tuviera la razón.

-Necesito un pequeño favor.

-Lo sabía.

Pequeña sabionda.

-¿Tienes espacio para un trabajador en tu cafetería?

Silencio.

-Edward, sabes lo exigente que soy con mi personal. Estamos llenos, jamás dejaría un espacio sin cubrir -suspiro, sé que será difícil convencerla, pero no puedo meter a Bella en mi negocio, eso sería demasiado incluso para mí.

-Déjame decirlo de otra manera, ¿podrías crear un nuevo puesto?

-No te haré el gerente –bromea.

-No, boba, es para alguien más -evado su respuesta lo mejor que puedo.

-¿Qué tipo de puesto?

-El que quieras.

-¿Quién es? ¿Tiene experiencia?

-No tengo idea, ¿qué tal si la pones a lavar trastes? ¿meserear?, ¿recibir a los clientes?

-¿Es para una mujer? –su tono de voz deja de ser bromista y se vuelve repentinamente malhumorado-. Tengo todo ocupado, Edward. ¿Por qué el repentino interés en la cafetería?

-Te lo diré pero no puedes decirle nada a mamá.

Escuché su risa de fondo.

-¿Qué podrías hacer tú que pudiera molestarla a ella?

Así que pasé los siguientes diez minutos explicándole a detalle lo ocurrido desde hoy a las cuatro de la mañana cuando la encontré siendo agredida por un hombre borracho hasta el momento en que tomé la decisión de tomar las cartas en mi mano y ponerla a salvo, tan a salvo como fuese capaz de hacer, incluso si eso significaba sacarla de su edificio y traerla al mío.

Silencio en la línea, teclée el escritorio con ansiedad.

-¿Ella vivirá contigo?, ¿te has vuelto loco?

La menor de la familia, la que tenía mayores posibilidades de tener una mente abierta al respecto y la primera en recordarme que mi decisión era una locura de mi parte.

Al diablo.

-Si y no, sólo intento ayudarla.

-Eso es muy considerado y estúpido de tu parte, Edward-me regaña con el tono de voz que utilizaría mamá, cada día se parece más a ella. Aunque a Bella no le guste admitirlo.

-Alice -intento disuadirla de ayudarme.

-No. Ni siquiera sabes quién es.

-Lo que sé es que esa chica se comió todo el desayuno como si no hubiese comido en dos días. Que vive en un lugar de mierda y que perdió a sus padres y su hogar. Necesita ayuda.

-¿Y qué edad tiene? ¿planeas adoptarla?

-No. No. No.

¿Qué edad tenía?

Ni siquiera había hecho las preguntas importantes.

-Estará aquí hasta que consiga un salario que le dé para sobrevivir en una zona centríca y segura.

-¿Por qué no le das mejor tu puesto?

-Alice –intenté con el tono de voz amable.

-Es una tontería. Yo si fuera tú pondría cámaras de seguridad en el apartamento.

-Ya tengo cámaras -le recordé, las había instalado desde que al vecino del segundo piso intentaron robarle.

-¿En serio? -pareció sorprendida ante mi respuesta, estaba seguro que ella sabía sobre eso.

-Así es.

-Mierda -¿Mierda? Ugh. Alice.

-¿No tienes tu propio apartamento? -pregunté asqueado ante la posibilidad de un video pornográfico de mi hermana en las grabaciones.

-Mierda, Edward, eso debiste haberlo dicho hace tiempo. ¿Dónde están las cámaras? -me jalé el cabello.

-No hay en las habitaciones.

-¿Ni en la tuya? -Genial. Ahora no podría volver a dormir en mi cama sin saber que mi hermanita había follado con algún imbécil mientras yo le daba la vuelta al mundo por cuestiones de trabajo.

-¿Por qué?

-Porque no quiero que esos locos extraños con los que me acuesto sepan donde vivo. Así si se convierten en la clase de personas que no entiende un no, tocaran a tu puerta y tú te encargaras de ellos.

¿No era más sencillo no follar con locos extraños?

-Alice. Quiero mis llaves de regreso.

-Oh no, me las gané a pulso.

-Y las perdiste.

-¿Quieres el puesto para tu roommie o no?

-No la llames así.

-Lo es. Tienes una compañera de piso, vaya, ni siquiera en la universidad tuviste un compañero de cuarto –se burló.

-Olvidalo, ¿a qué hora puede ir mañana? -necesitaba asegurar que esto quedaría resuelto hoy. No desconfiaba en Bella, pero tampoco confiaba en ella para dejarla merodear en el apartamento sin mi vigilancia durante todo el día.

-Haz que madrugue, la quiero a las siete en mi oficina, la entrevistaré primero.

-Y un segundo favor.

-¿Otro?

-Tuviste sexo en mi apartamento, en mi cama y a saber dónde más.

-Bien. Dime.

-¿Podrías llevarla de compras?

-¿Es tu nueva zorra?

-Alice.

-¿Has escuchado que un clavo no saca otro clavo? –y al igual que mamá era adicta a utilizar refranes al hablar, sonreí porque eran idénticas, lo que significaba que eran el doble de problemas para mí.

-No es eso, llegó aquí con toda su ropa en una mochila, no debe tener ni siete cambios y solo llegar Diana, la vecina del piso 31, ¿la recuerdas?

-¿La presumida de Tiffanys?

-La misma. Se puso a agredirla por su ropa.

-Es imposible que no sienta lástima por tu amiguita cuando lo dices así. Bien. Pero nada de ropa cara. Algo bonito y tolerable ante los ojos de tus vecinos quisquillosos.

-Gracias.

-Nos veremos mañana. Y más vale que sea de mi agrado.

Un par de horas después

El mar rozaba mis pantorrillas, me incliné para tocar el agua con mis dedos y dejar que las olas chocaran contra mi piel. El día estaba nublado a un punto que parecía que estaba por comenzar una tormenta, ¿Qué hacía aquí con este mal tiempo? mire a mi alrededor, no había señales de arena, solo mar y más mar hacia donde mirara. Giré sobre mi eje pero el mar estaba a millas de distancia, ¿y la tierra?

Cuando miré hacia el frente la vi. Ella estaba dándome la espalda, llevaba puesto el vestido de encaje blanco de novia y caminaba sin mirar hacia mi.

-¡Heidi! -se detuvo apenas un segundo y siguió andando. Comencé a caminar tras ella. ¿Acaso no se daba cuenta que no había tierra firme? Lo mejor era mantenernos juntos hasta que alguien viniera por nosotros. Pero ella seguía andando tercamente hacia ninguna parte.

Comencé a correr para darle alcance, aceleré el paso golpeando mis pantorrillas más fuerte contra las olas sin jamas aumentar su altura en mi cuerpo, siempre hasta las pantorrillas, como si estuviéramos en un charco en lugar de un mar. Las nubes eran cada vez más oscuras y ya podía escuchar los truenos.

-¡Heidi, regresa! -sin importar cuanto corriera, ella siempre mantenía el mismo paso lento yendo hacia ninguna parte, estire mi brazo para alcanzarla, estaba seguro que esta vez sí la alcanzaría y

...

-Edward. Edward. Edward.

Abrí los ojos. Bella movía mi brazo con cuidado, miré a mi alrededor, me había quedado dormido sentado frente al escritorio. ¿Podía alguien culparme? Sólo había dormido cuatro horas desde ayer.

-Lo siento, calenté algo de cena para ti. Vine a buscarte y pensé que sería mejor despertarte a dejarte dormir así.

-Gracias -me estiré en mi lugar y me levanté- ¿Cena?

-Lo siento, pensé que quizás tendrías hambre y... lo siento, debí preguntar antes.

-Bella -la llamé y ella se quedó en silencio deteniendo sus disculpas sin sentido-, no era necesario que hicieras la cena, pero gracias.

-No quería desperdiciar comida, vi que había algo en unos recipientes y lo volví a calentar.

Pasta a la bolognesa del día anterior. Aunque estaba seguro que no había sobrado para dos platos.

-Puedes cocinar lo que quieras -le recordé.

-Mjm.

Salimos de la oficina, ella caminó hacia su habitación, el lado contrario a la cocina.

-¿No cenas?

No se giró a verme, sólo negó con su cabeza.

-Bella.

-No tengo hambre.

Pero sus palabras sonaban atropelladas, como si se hubiese obligado a decir una sílaba después de la otra.

-¿Podrías acompañarme? Necesito hablar contigo de algunos puntos que tenemos pendientes todavía.

Se giró sobre sus talones y comenzó a andar trás de mí.

¿Qué tan difícil podría ser compartir techo con una completa desconocida? El peor escenario que se me ocurría era que terminara convirtiéndome en su tutor tal y como había dicho Bella y le pagara sus estudios, la becara o le consiguiera un departamento en una zona de clase media. En realidad no sonaba tan mal. Demasiado tarde para esas opciones. Ya estábamos aquí.

¿Así que qué podía ser lo peor?


Un agradecimiento por sus comentarios a: Adriu, Maryluna, Lore562, Wenday 14 y Karlanicolepa.

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