Una dama de burdel
Adaptación
Angielizz (Anbeth Coro)
Existe la idea de que la evolución parte de la necesidad del individuo para adaptarse a las circunstancias y sobrevivir. Parece simple, incluso parece justo.
Pero no lo es.
Para empezar no todos los individuos se enfrentan a las mismas circunstancias. He llegado a la conclusión que la anterior idea de que el más fuerte sobrevive al más débil es incluso más justa en comparación. Adaptarse no es una cuestión de fortaleza, sino de coraje.
Y el coraje flaquea con el tiempo y las decepciones. Así que adaptarse es sencillo cuando naces en una cuna de oro con todos tus caprichos al alcance, pero adaptarse en mis circunstancias, por otro lado, era un imposible hasta que encontré a un nacido en cuna de oro con un corazón aun más valioso.
Edward.
Edward no es una cuestión de adaptación o fuerza, sino de suerte.
Un gigantesco golpe de suerte.
Un golpe de uno ochenta y siete de altura, ojos azules y mirada seria. Es que él casi nunca sonríe. Pero es un gran hombre, el primer hombre que no insinua nada sexual con su mirada, ni lanza piropos desagradables, el primero que insiste en que me lleve comida a la boca en lugar de una parte de su cuerpo.
Era como esos hombres increíbles e inverisímiles de las películas.
Incluso Dolores lo había mencionado la tarde anterior mientras hacíamos mermelada de fresa. ¿Escuchas lo que digo? Dolores le hacía mermelada de fresa. Porque qué persona se conforma con comprar mermelada en el supermercado cuando tiene a una verdadera conocedora de la comida a su disposición.
Dolores me gustaba.
Puede que me pareciera un poco... acosadora, por decir algo, pero me gustaba. Me recordaba a la abuelita encantadora que aparece en las caricaturas, a la abuelita de Piolín, con su cabello canoso y su cara arrugada y sonriente todo el día, incluso sonreía mientras limpiaba la regadera de mi habitación y me platicaba de sus tiempos de juventud.
Así que me imaginé que debían pagarle muy bien para estar tan contenta fregando el piso de la regadera, mientras yo me quedaba parada en la puerta del baño sin saber qué otra cosa hacer después de que ella hubiese rechazado mi ayuda.
Dolores era el perfecto ejemplo del individuo que se adapta para sobrevivir. En otras circunstancias ella habría tenido su propia fábrica de mermelada, pero en estas circunstancias injustas debía limpiar el piso de una regadera cuando su especialidad era evidentemente culinaria.
Aunque ella parecía feliz, decía llevar trabajando siete años con Edward. Dato importante: Edward vivía aquí desde hace siete años. Y cuando le pregunté a Dolores por los padres de él, dueños del apartamento, se río y negó con su cabeza mientras me decía.
-Qué ocurrencias, niña.
Entonces, supongo que cuando me miró confundida al respecto hizo el favor de hacer una breve aclaración.
-El apartamento es del señor Edward.
Y sin añadir más se levantó del suelo que limpiaba y fue a seguir limpiando la casa.
Seguirla no era divertido visto desde afuera. Pero realmente me gustaba sentirme acompañada y dado que la casa era muy bonita y reluciente y yo no quería ser un estorbo, prefería mantenerme ocupada para no ensuciar nada o meterme en problemas.
Edward había sido muy claro hace tres días. Al primer problema yo estaba fuera.
Irina, la gerente de la cafetería de Alice , pareció mostrarse sorprendida ante mi referencia laboral, al parecer tenía claros conocimientos sobre a quien pertenecía la firma al final del oficio.
La referencia laboral estaba llena de cumplidos y cualidades de quien era una persona honesta, responsable y capaz de realizar cualquier tarea que se presentara ante sí. No sabía si alguna de esas características tenía una verdadera relación a mi persona, pero al leerla me prometí que intentaría convertirme en esa persona de la que hablaba la carta.
Quien no pareció feliz con la carta de recomendación fue Alice, ella debía saber más de lo que dejaba ver porque se limitó a pedirle a Irina que continuara con las llamadas a los proveedores y ni siquiera una palabra me dirigió. Así que Edward debió haber ganado la ronda esta vez.
Pero Alice ganaba cada mañana en esa batalla en la que me había visto envuelta entre ambos hermanos, era como si se disputara cuánto tiempo podía mantener el empleo.
Entraba cada mañana a las siete, por suerte el apartamento de Edward estaba a solo siete cuadras de aquí, así que después de un veloz desayuno podía correr hasta aquí sin necesidad de pagar transporte, aunque Edward pensaba que tomaba un taxi.
Mi tarea durante la hora antes de abrir la cafetería era darle brillo a las ventanas, quitar los chicles debajo de las mesas, barrer y trapear, y limpiar los baños.
Era digna de un video de limpieza, andaba de un lado a otro intentando hacer más de una tarea a la vez para apresurarme a que no dieran las ocho de la mañana, media hora antes aparecían mis compañeros que se mostraban sorprendidos de verme haciendo todo eso mientras ellos se limitaban a ponerse el mandil, preparar la cafetera y los bocadillos.
Lo entendí. Estaba a prueba.
Lo que Alice no entendía es que podía pedirme usar patines y dar malabares para entretener a los clientes y no sería nada en comparación al anterior empleo. Podía con esto y todavía con más, además hoy había sido mi tercer día de trabajo por lo que mi ánimo era elevado.
Tres días.
En tres días había aprendido a reconocer los rostros y nombres de mis compañeros. Irina era la segunda a cargo cuando Alice estaba fuera, Susana era la encargada de las bebidas heladas, Thae era una adolescente de dieciséis años que estaba aprendiendo a decorar pasteles en su hora de comida mientras que en su horario laboral mesereaba conmigo.
Tim era un chico de cocina, la mayor parte del tiempo sólo lavaba platos. Mat era el encargado de cocina, un hombre mayor que no parecía muy simpático y luego estaba Garret, un chico que me llevaba un par de años y que me había pedido mi celular. No se creyó cuando le dije que no tenía, aunque eso no lo desanimo a mostrarse amable y platicador.
Tres días.
Sonreí de nuevo.
Aun no podía creer que llevaba viviendo aquí tres días, ni más ni menos. Aunque me parecían una dulce y pequeña eternidad.
Mi felicidad sólo se veía opacada por el hecho de sentirme como una colada cucaracha en un lugar como este. Una cucaracha que vestía bien.
La segunda, ¿o debería decir la tercera si consideramos la noche que me rescató?, noche que pasé aquí, después de mi primer día de trabajo, encontré en la cama, ¿debería decir ya mi cama?, dos bolsas con ropa para mí.
Pude haberme quejado, pude haberlo intentado devolver, incluso pude haberle insistido en que yo pagaría por ellas, pero no era tan cínica para eso, así que lo único que pude hacer fue dejar que las lágrimas de emoción corrieran por mis mejillas mientras revisaba la ropa.
Me probé una prenda tras otra como niña emocionada en la mañana de navidad. Increíblemente todo era de mi talla. Al día siguiente, mientras desayunaba a prisas una manzana como parte del desayuno, apareció Edward con una camiseta lisa azul de manga larga y un pantalón de mezclilla oscuro, demasiado formal para trabajar en una cafetería o administrar una, aunque me guardé cualquier comentario al respecto, por él descubrí que Alice había elegido la ropa nueva y acertado en mis medidas.
Siete blusas, cuatro pantalones, tres faldas y dos vestidos casuales, además de un suéter y una gabardina negra –no tan bonita como la de Diana nuestra vecina clasista, pero casi.
-Gracias, por todo –no me cansaría nunca de agradecerle todo lo que había hecho por mí.
-¿Viste las etiquetas? –no esperaba que algo de aquello fuera un obsequio, aunque incluso así se sentía como tal.
La ropa traía consigo el ticket de compra. Lo equivalente a tres meses de mi salario. Y si consideraba que no me pagarían la primera semana laboral de acuerdo a las palabras de Irina, entonces hablábamos de tres meses y una semana de mi salario.
-Lo pagaré –prometí.
-Lo sé.
¿Lo sabía?
¿O acaso tenía la manera de hacer que yo pagara mis deudas incluso si intentaba no hacerlo?
Tragué el nudo en mi garganta, intentando examinar sus intenciones.
-No hay prisa para eso -pareció detectar mi alarma en mi rostro porque añadió eso para tranquilizarme.
-¿Por qué? –necesitaba entender por qué se tomaba tantas molestias conmigo.
-Porque Diana tiene razón, la gente esperará que actúes y vistas de cierta manera, además ya que eres mi invitada temporal, lo menos que podía hacer era evitarte un mal rato.
Ya había perdido la cantidad de malos ratos que me había ayudado a evitar hasta el momento. Pero usar esa ropa era también evitarle a él un mal rato, o por lo menos reducir al máximo el contenido para chismes a sus vecinos, así que metí toda mi ropa vieja a uno de los cajones del closet y comencé a vestir sin penas lo nuevo.
Había hecho más por mí este desconocido que lo que habían hecho las personas que se suponía debían quererme.
Pensé en Tía, en lo agradable que fue con nosotros desde el funeral hasta que mostró su verdadero rostro. También pensé en Eric, en cómo fue la primera persona a la que recurrí y cómo también me dio la espalda para lanzarme a este agujero.
Debo tener cuidado, pienso mientras miro a Edward comer la lasaña para la cena que preparó Dolores para nosotros, los golpes de suerte aparecen y desaparecen cuando uno menos se da cuenta. Así que si quería que esta suerte durara debía adaptarme.
Miro mis rodillas.
Llevo una bonita falda de cuadros con una blusa de seda blanca. Creo que nunca había vestido algo tan deliciosamente suave como esto.
-¿Harás algo más tarde? –pregunté sin pensar luego de unos minutos en silencio.
Edward dejó su tenedor al lado del plato y me miró con una ceja interrogante, pasé saliva.
-Quiero decir, ¿podría salir a caminar?
-Son las diez de la noche, Bella–me recordó y podría jurar que lo vi soltar aire de manera agotada, estaba siendo una molesta carga para este grandioso hombre.
-Lo sé, yo, lo sé. No estoy acostumbrada a comer tanto y creo que necesito gastar un poco de energía antes de ir a la cama –Edward se quedó en silencio, apretando los labios en una línea sin dejar de mirarme de manera fija, esta vez obligué a mi garganta a pasar el nudo que se estaba formando ahí. Mierda. Solo estaba poniendo mi soga al cuello y tirando de ella- no quiero ser una molestia, lo siento. Fue una tontería.
Sentí la piel de mis piernas picar, mi cara perdiendo toda la sangre y me obligué a parpadear para no permitir que las lágrimas aparecieran. Edward seguía en silencio, ya no estaba segura si me veía a mí o si estaba tan concentrado que había olvidado por completo mi presencia.
Seguro que ahora se lamentaba de la carga que era para él. Eran las diez de la noche y yo quería ir a dar un paseo. No había sugerido ir a dar un paseo con él, sólo quería asegurarme que él estaría aquí para cuando yo regresara y él abriera la puerta del piso.
¿Una caminata nocturna era un gran problema? ¿Era este tipo de problemas que podían hacerme terminar en la calle?
Sin añadir palabra se levantó, salió de la cocina y caminó a su habitación. Era tan estúpida.
Miré mi plato de comida, me quedaba un pedazo de carne. Venga, puede que fuera el último pedazo de carne, me lo lleve todo a la boca, pero no conseguí disfrutar las mordidas que le di, e incluso batallé en hacerlo pasar por mi garganta. Cuando el pedazo de carne bajó a mi estómago me arrepentí, pude haberlo guardado en una servilleta para mañana.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Miré de nuevo la falda bonita y la blusa de seda. Tenía que devolver todo esto. Tres días, grandísima tonta.
Junté los platos, los lavé en silencio y me concentré en cada movimiento de mis manos, no debía permitir que mis emociones me volvieran más vulnerable. Debía pensar con la cabeza dura. ¿Me iría hoy o mañana? ¿Aún tendría el estudio que rentaba o mi arrendador se habría dado cuenta que me fui?
Ni siquiera había considerado a Don, cielo santo, ni siquiera había renunciado. Aunque Don podría darme por muerta a este punto y asunto arreglado. Pero mañana que volviera al horrible estudio se enteraría de mi regreso. Necesitaba pagarle.
Aquí y ahora.
Necesitaba dejar de pensar.
-¿Estás lista?
Me gire de un brinco, Edward ya no vestía su pantalón oscuro de esta mañana ni la camisa de botones de manga larga, se había cambiado por unos pantalones deportivos y una sudadera, además de unos tenías negros.
Claro, se había quitado la ropa formal y se había disfrazado de un tipo regular para regresarme a mi viejo edificio. Miré mi falda. No podía llevármela por mucho que me hubiese gustado. Y no sólo porque no la hubiese pagado, sino porque no me duraría ni un día en el departamento, era demasiada tentación llegar con toda esa ropa cara, para mañana me habrían robado todo mientras yo salía a buscar qué hacer con mi vida.
-Dame un minuto.
¿Mantendría mi empleo en el café?
No quería regresar a ese horrible lugar. No podía creer que mi petición de caminar me llevara a regresar al agujero del que había salido. Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras caminaba hacia la habitación.
Me detuve.
-No hablaba en serio, solo necesito acostumbrarme.
Quería que él entendiera que todos estos pequeños problemas tenían solución, tampoco quería parecer una carga o que él fungiera de niñera conmigo. Venga, él no podía darse por vencido tan pronto, ¿o sí?
-Estoy seguro que no funciona así –dijo él, aunque no conseguí detectar el tono de su voz, no quería voltear a verlo, sabía que tenía una mirada capaz de congelar un desierto, lo había visto usarla con el idiota que quiso subirme a su carro esa noche, también lo vi hacerlo con mi vecino drogadicto, y unos días atrás con nuestra vecina, Diana.
-¿A dónde iremos?
Necesitaba saberlo. Tal vez podría convencerlo de prestarme dinero, de pagar un motel para mí unas cuantas noches mientras encontraba algo mejor o de encontrar uno de esos hogares temporales para personas sin techo.
-Estamos en el piso 32, puedes bajar las escaleras en lugar de dar un paseo.
Repetí su frase en mi cabeza al menos diez veces, me limpie las lágrimas y entonces seguí avanzando no sólo con alivio sino también con una estupida sonrisa de felicidad.
Y en ese momento me juré que iba a disfrutar esta vida elegante y portarme bien para no meterme en problemas, incluso si eso significa perseguir a Dolores durante toda la tarde, hacer la limpieza de los baños a diario en la cafetería, o conversar de cosas que suenan interesantes y que memoricé por la noche para poder tener de qué hablar con un hombre como Edward.
He bailado en ropa interior en un cabaret, servido bebidas a hombres que solo buscan manosearme, he sido lanzada a la calle por el hombre que decía quererme en la universidad para no ser un estorbo en su vida, y también fui echada de casa por una mujer que sólo quería quedarse con el dinero de mis padres muertos.
Usar ropa de diseñador, vivir en un apartamento de lujo en el piso treinta y dos, y servir café es pan comido. Así que voy a adaptarme a esto, porque si no lo hago no sobreviviré. Él lo había dicho, la gente espera que yo me comporte y vista de cierta manera, ¿por qué habría de resistirme al cambio?
Él
Jueves, 02:24
Giro en la cama dos, tres veces, cuatro. Nada. No hay manera de que pueda dormir. Resisto la tentación de mirar hacia el reloj, no necesito una prueba de que esta noche será imposible conciliar el sueño.
Aunque al menos mi insomnio no tiene nada que ver con mi exprometida, sino con mi compañera de piso. Venga, tenía un poco de gracia. Pasado el enojo con Clare, debía darle un punto a mi hermana ante ese detalle. Yo jamás había compartido piso.
Ni en la universidad, ni comprometido. Heidi iba y venía cuando quería hacerlo, algunas noches yo me quedaba a dormir con ella y otras ella se quedaba aquí, pero jamás establecimos nada formal acerca de mudarnos al apartamento de cada uno, no parecía necesario, teníamos demasiados objetos para meterlos en el apartamento del otro, así que sin decirlo ambos sabíamos que nos mudaríamos hasta que tuviéramos la casa lista para nosotros.
Aunque ahora entiendo que lo que yo asumí como compresión y madurez por parte de Heidi en su momento, era en realidad una escapatoria para tener un lugar donde poder serme infiel a mis espaldas.
Agh.
Pero esta noche no es sobre Heidi, es sobre mi compañera de piso, Bella.
Dependiendo la hora llevabamos viviendo juntos tres o cuatro días. No hablabamos mucho, en parte porque mi hora de llegada ha sido a las casi diez de la noche y en parte porque había decidido mantenerme tan al margen de su vida como pudiera.
Si verla en ese horrible edificio me había hecho compartir mi techo, ¿qué sería de mí si escuchaba el resto de la historia? ¿terminaría adoptándola?, ¿convirtiéndome en su tutor?, ¿dándole una tarjeta de crédito? Lo más sensato era mantenerme al margen. Porque al parecer tenía cierta debilidad en convertirme en su heroe cuando se trataba de ella.
Me pongo bocabajo y cierro los ojos, pero lo único que consigo evocar es a Bella diciendo que necesita caminar para acostumbrarse a esto que llamamos: no pasar hambre.
Bajamos caminando quince pisos, en silencio, porque no queríamos llamar la atención de quien pudiera estar a esas horas caminando entre los pasillos del edificio.
Pude haberle ofrecido que se ejercitara en el gimnasio del apartamento, pero entonces me pregunté si sería capaz de hacer algo más complicado que solo caminar. Si había pasado hambre entonces era lógico asumir que tenía un terrible estado de salud o por lo menos que no tenía la suficiente resistencia para usar la bicicleta estacionaria.
Caminar era sensato. Caminar a las diez de la noche parecía una locura, pero caminar en las escaleras de emergencia era el equilibrio perfecto entre locura y sensatez.
Y tuve razón porque en el piso diecisiete estaba jalando aire como si hubiese corrido un maratón, así que le propuse regresar por el elevador y ella ni siquiera lo dudó cuando abrió la puerta que daba al pasillo del piso diecisiete.
-Gracias –dijo simplemente cuando la puerta del elevador se cerró frente a nosotros, no me pasó desapercibido que se sostenía del barandal con ambas manos.
-¿Crees que puedas dormir? -pregunté ignorando su agradecimiento.
-¿Bromeas? Estoy segura que apenas toque la cama caeré muerta de sueño.
Miré hacia el otro lado contrario a donde se encontraba Bella, luchando con morder la risa que quería salir.
-¿Tú puedes subir todos los escalones de ida y vuelta?
Yo jamás había tocado los escalones de emergencia hasta que Bella apareció.
-Prefiero el gimnasio del apartamento.
-¿Te ejercitas por las mañanas?
Pensé en ello, la verdad es que llevaba poco mas de dos semanas sin entrar ahí.
-Cuando tengo tiempo –o animo.
-Claro -asintió- ¿te quedas hasta que cierra la cafetería para el corte del día?
Tuve que forzar esta vez una tos para no reír, claro, yo era dueño de una cafetería. Si eres dueño de un par de cafeterías en el centro de la ciudad puedes pagar una penthouse, si eres dueño de cuatro te compras el maldito edificio.
-¿Qué es tan gracioso?
-Sólo pensaba –y ella no preguntó más, porque era una cualidad que sabía apreciar de Bella. Ella nunca pedía explicaciones ni exigía respuestas, parecía aceptar lo poco que cedía a entregarle de información y eso parecía ser suficiente. Podría decirle que mañana me vería con el presidente, y quizás preguntaría cuál café le gustaba a él.
El elevador abrió sus puertas justo a tiempo para ahogar mi risa en mi garganta.
Caminamos de regreso al apartamento, esperó tras de mí paciente mientras yo introducía la llave en la puerta y cuando entramos seguimos caminando en silencio hasta las puertas de nuestros cuartos.
-Hoy es mi tercer día aquí -dijo ella de pronto mirandome con sus ojos fijos en los míos, y hasta ese momento ni siquiera había pensado en el tiempo que llevaba Bella viviendo conmigo-, debo tenerte cansado con esto, pero quería decir que voy a luchar por esta oportunidad, no pensé que fuera a durar ni tres horas, no sé cuánto más podré vivir aquí pero el tiempo que me permitas quedarme voy a hacer todo por demostrarte que no te equivocaste en ayudarme.
No tenía idea de qué podía responderle, creo que por primera vez en años me había quedado sin una palabra, y ella debió ver cuán confuso y afectado estaba por sus palabras que lo siguiente que hizo fue desearme buenas noches y cerrar la puerta de la habitación tras de sí.
Y eso era lo que me tenía sin poder dormir.
Que mientras yo estaba contando los días para recuperar mi normalidad, ella estaba aprovechando cada minuto aquí. Así que puede que no quisiera escuchar las historias tristes de Bella para no sentirme obligado a hacer nada por ella, pero estaba hasta el cuello de responsabilidades con ella y no paraba de sentirme cada vez más afectado por esta extraña joven que metí a mi casa sin conocer en absoluto.
