Una dama de burdel

Rutinas

Angielizz (Anbeth Coro)


Ella

Viernes 04:25

Estaba en casa.

Había estado aquí tantas veces antes que sabía lo que había detrás de cada pared, la fotografía familiar pegada al refrigerador con imágenes de frutas. La foto navideña de la sala al lado del sillón, la habitación infantil con pegatinas en las paredes de dinosaurios. El librero del pasillo lleno de libros y porcelanas de dientes.

Una risa que retumbó en el silencio de la casa.

Charlie.

Subí un escalón y luego otro, despacio, evitando que la madera debajo de mis pies rechinara, escuché la risa infantil y me adelanté un tercer paso cuando escuché una voz detrás de mí.

-¿Qué crees que haces aquí?

No tenía que mirar atrás para saber que era tía. La tía de papá al menos. Un escalofrío me recorrio y cuando miré hacia atrás la tenía a tres centímetros de distancia, se veía mucho más decrepita de lo que la recordaba y sus ojos estaban inyectados de odio.

-Estás en mi casa.

-Esta no es tu casa, es mía.

-Era de Charles. Ahora él está muerto, y es de Charlie, su hijo, y yo me aseguraré que la casa llegue a sus manos cuando sea apropiado.

-Charles era mi papá también -grité por primera vez, miré hacia arriba pero mi voz no hizo que las risas se detuvieran. Charlie era un niño feliz a pesar de todo.

-No lo es, tú eres sólo una pequeña bastarda que tu madre concibió de un don nadie. Mi hijo fue amable con Reneé al permitirla traerte a vivir con ellos –la mujer golpeó el barandal de madera de la escalera y me apuntó con su esquelético dedo-. Ellos estarían vivos si ella no hubiese sido tan egoísta como para hacerlo viajar en esa nevada.

-Era Navidad –mi pequeña voz salió tartamuda, sin saber como contraatacar al resto de acusaciones. ¿Mentía? No del todo. Mi madre había quedado embarazado a mi edad y cuando el susodicho decidió que era demasiado joven para ser padre, ella tuvo que tomar la fuerza que a él le había faltado para criarme por su cuenta. Hasta que apareció papá y se convirtió en la esperanza al final del túnel para ambas.

Hasta esa noche en que ambos tomaron un vuelo para llegar a tiempo para Navidad...

-¿Cómo iban a saberlo?

-Le dije que sería su perdición, se lo advertí -tía retrocedió y caminó hacia la puerta- Charles era como un hijo para mí hasta que ella me lo arrebató.

-Por favor -imploré-, yo no hice nada malo –me senté en el escalón aferrandome al barandal como si eso pudiera detenerla de sacarme de mi casa.

-¿Cómo entraste? -insistió ella. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

-Esta es mi casa.

-¡No eres su hija! Entiende eso niña, no lo eres. Si lo fueras te habría confiado a Charlie, pero no es así, ¿o sí?

-El testamento lo escribió cuando tenía solo dieciséis años, ¿Cómo iban a saberlo?

-Te habría dado su apellido ¿no?

Callé. Nunca pregunté porqué no tenía el apellido de él, aunque alguna vez mamá había dicho que tener el apellido de ella la hacía sentir orgullosa y que no había querido cambiarlo, así como tampoco quiso cambiar su apellido de soltera a casada. ¿Quién iba a pensar que la rebeldía de mi madre sería mi perdición?

-Por favor. Charlie es lo único que me queda.

-Y me aseguraré de tenerlo a salvo.

-No nos separes.

-Bien, entonces llevatelo. ¿A dónde? Llevas una semana fuera y no has conseguido ni siquiera un trabajo, ¿vienes a robar? Te quedaste con suficiente dinero para ti y ahora quieres desperdiciarlo en comida chatarra y hoteles ¿me equivoco? -no respondí.

-Es mi hermano.

-Ahora es mio, y él vivirá aquí hasta que cumpla la edad necesaria para decidir.

-Yo puedo mantenernos a ambos.

Se quedó quieta analizándome con esos ojos rencorosos como si estuviera calculando mi voluntad así que me obligué a sostenerle la mirada.

-¿De verdad piensas eso?

-Es mi hermano –me puse de pie.

-Entonces te harás cargo de sus gastos, y si en unos años demuestras ser tan responsable como crees que lo eres, yo misma cederé la patria protestad del niño. Pero si no traes dinero entonces será suficiente para saber que no eres capaz, ¿verdad?

Camino hacia mí y sujeto mis mejillas con una de sus manos clavándome sus uñas en la cara, me quejé, pero no retrocedió.

-Eres igual a tu madre. Terminarás embarazada o muerta, pequeña niña estupida –y comenzó a reir, clavandome sus uñas al tiempo que su rostro iba desfigurandose, reía tan alto que su boca era ahora un agujero negro y sus uñas seguían lástimandome haciendola reír como si mi dolor le provocara cosquillas.

-¡Basta!

Mi grito retumbó en la habitación oscura, era solo un sueño. Tenía siete sueños que me perseguían desde la muerte de mis padres. Siete sueños que estaban revueltos con pesadillas y recuerdos, éste era el que me hacía sentir más vulnerable.

Me quedé quieta esperando no haber despertado a Edward, pero el silencio ganó incluso sobre mi grito y no hubo señales de que Edward fuera a aparecer. Me acosté de nuevo debajo de las cobijas intentando atraer lo más importante de ese sueño, la risa feliz de mi hermano.

Y en algún momento volví a quedarme dormida.

Él

Viernes 18:20

Si era sincero conmigo, no podía quejarme.

Había perdido cierta libertad, sí, aunque eran pequeñas cosas insignificantes, por ejemplo: no podía pasearme en ropa interior en la cocina. Tampoco podía desayunar con la toalla a la cintura, como acostumbraba hacer.

Libertades a las que tenía que ceder para mantener la paz y el respeto entre nosotros. Bella casi siempre estaba en su habitación, al menos cuando yo estaba en el apartamento, así que coincidíamos únicamente durante la cena.

Ella era parlanchina.

Así que era fácil mantenernos en la misma conversación, me hablaba de cosas bastante banales: sus clientes en la cafetería, las anécdotas graciosas de sus compañeros y los documentales que veía en la televisión mientras yo no estaba aquí.

Últimamente Bella veía muchos documentales de antiguas civilizaciones, así que era fácil hacer que la conversación durara largo tiempo con temas que podían fácilmente hilarse al tema principal. Empezaba a sospechar que Bella veía documentales para tener tema de conversación en la comida.

Nunca o casi nunca hablábamos de nosotros, hasta ahora sólo sabía cosas de ella gracias a la exhaustiva entrevista que Alice tuvo con ella, me había sentido aliviado al descubrir que tenía veintidós años, aunque por alguna razón yo seguía pensando en ella como si tuviera diecisiete. Me parecía frágil, así que supuse que ese era el motivo por el cuál no podía parar de restarle años.

Aunque era muy madura, no sabía si era madura para su edad o así eran todas las mujeres a los veintidós años, pero me parecía más madura en muchos aspectos que mi hermana, y Alice tenía veintiséis.

No tenía celular, no tenía acceso a la computadora del apartamento porque era un objeto que me había costado una fortuna con los programas y no quería que fuera a meterle un virus al bajar una película o algo así, por lo que la televisión de la sala y la zona de videojuegos era la tecnología a la que ella tenía acceso.

Dolores se había convertido en su niñera y en mi espía, todas las noches me enviaba un mensaje detallado con las actividades de Bella. Eso iba a costarme un pequeño aumento al menos. Aunque lo cierto es que Bella siempre estaba en la cocina cuando yo no estaba aquí, ayudando a Dolores en la cocina o sólo conversando con la mujer. Dolores realmente estaba cansada del tema de los egipcios, lo que me parecía gracioso, y la cito:

La señorita Bella estuvo toda la tarde haciéndome compañía, ¿podría sugerirle ver caricaturas? No sé qué tienen de importante los egipcios, pero ella debería entender que a mí no me interesa aprender nada de extraterrestres.

No pude evitar reír ante aquello.

Entendí que tiene conflictos con alguien en el trabajo, al parecer la hará doblar turnos durante todo el fin de semana. Señor, la señorita Bella es sólo una niña.

Hasta Dolores pensaba en Bella como si fuera una niña, no era el único, al menos.

No hay nada nuevo que añadir, es una buena chica, creo que ella sabe que la espío, porque siempre está a mi lado, incluso insiste en limpiar los muebles más altos por mí, me disculpo por eso, pero esta tarde no encontré la escalera por ningún lugar y ella insistió en hacerlo.

Podía imaginar a Bella escondiendo la dichosa escalera para hacerse de las suyas y ser útil.

No fisgonea, ni entra a las habitaciones que no sean la suya. Hoy estuvo al teléfono, como a las seis de la tarde, creo que lloró. No pregunté porque se veía realmente triste y no tuve corazón para interrogarla.

La señorita Heidi llamó durante la mañana.

Fin del mensaje.

Tanya, mi prima, tendría su fiesta de cumpleaños este sábado, agradecía que mi prima fuese tan amable como hacer una fiesta para todos esos extraños, según sus palabras la fiesta era el pretexto perfecto para que nadie recordara que una boda había sido cancelada.

Pero si quería que su plan funcionara yo no debía pasearme entre los invitados de su fiesta, lo único que conseguiría hacer sería recordarles el rompimiento. Y entonces la gente volvería a decir:

"Tan enamorados que se veían, es una lástima"

No. No necesitaba de eso.

Así que tenía planeado desaparecer del ojo público durante esa semana. Por suerte, si podía decirsele así, tenía agendada unas vacaciones, a partir del sábado hasta el lunes de la semana siguiente, diez días. Me lo merecía, las había planeado desde seis meses atrás porque se suponía que yo debía estar de viaje de luna de miel, aunque después del . Por eso había tenido una agenda tan apretada durante estos días. Debía irme, pero no quería dejar la lista de pendientes para después.

Mi plan original era pasar diez días encerrado en el apartamento dándole fondo a la colección de vinos y botellas de tequila y wiski. Aunque ahora parecía una mala idea.

Cuando planee esta semana no había considerado que tendría en mi apartamento viviendo a una mujer. Lo cierto es que mi acción impulsiva no fue considerada en absoluto.

Cuando le dije que subiera por sus cosas y que nos íbamos a ir de ahí, no supe el alcance de mis palabras. Y mientras esperaba que Bella bajara con su mochila estuve tentando a retractarme y escapar de ese nuevo problema que yo había creado con mis palabras.

Pero en cuanto ella regresó con su mochila al hombro pude ver el alivio en todo su rostro y la felicidad de escapar de ese lugar. No había manera de hacer que saliera un arrepentimiento de mi boca, incluso cuando quise hacerlo.

Y yo siempre hago lo que quiero, excepto que esa tarde en ese vecindario y con Bella mirándome como si fuese un maldito héroe pareció imposibilitar mis palabras a salir.

-Estás muy callado esta noche – ella dijo, levanté la mirada del plato de espárragos y carne para mirar a Bella, me miraba desde el otro lado de la isla de la cocina, por alguna razón desayunábamos y cenábamos únicamente en la cocina.

Tenía un muy caro comedor de ocho sillas y madera importada, podía contar con los dedos de mi mano la cantidad de veces que lo había usado durante este año.

A Heidi le gustaba el comedor, preparábamos carne en el horno, servíamos vino y ella encendía unas velas para el candelabro y bajaba la intensidad de las luces del apartamento. Le encantaba cenar en el comedor.

Recuerdo que comíamos uno en cada orilla, ella era una divertida conversadora así que comíamos y reíamos, también era buena en los negocios y sabía sobre construcción, así que podíamos variar sin problemas los temas de conversación.

Al terminar la cena, Heidi dejaba la servilleta de tela sobre la mesa y me miraba con sus ojos traviesos y entonces mientras iba hacia mí se desvestía.

Pf.

Pero eso ha terminado.

Y antes de Heidi no usaba el comedor, así que ahora me mantengo lejos de ahí.

-¿Todo bien en el trabajo?, ¿problemas con tu jefe? -Bella era una buena distracción, al menos me permitía mantener mi cabeza ocupada en problemas del presente y no del pasado, no pude evitar reírme. Claro. Ella ni siquiera hacía preguntas importantes, como en qué trabajaba, y cuál era mi puesto ahí. Así que ella no sabía que yo era el CEO de mi propia empresa de construcción. Por lo que sólo negué con mi cabeza.

-Mañana inician mis vacaciones –le informé, ella asintió.

-¿Saldrás de la ciudad? -por lógica nadie desperdiciaba su semana de vacaciones en mantenerse aislado en casa. ¿Qué clase de idiota haría algo así?

-Posiblemente lo decidiré en estos días.

-¿Alguna vez has viajado a la India? -negué con mi cabeza- vi un documental y resulta que la India fue el único lugar que no pudo conquistar

-Alejandro Magno -concluí por ella, asentí, estaba enterado del dato. Aunque no me parecía interesante.

-Así que me preguntaba, qué tan terco debes ser para querer conquistar un lugar que no puede ser conquistado.

Mastiqué un esparrago antes de ser capaz de responder.

-La recompensa que iba a ganar debía valerlo, ¿no lo crees?

-¿No sería más fácil viajar a otro lugar?, ¿encontrar otra meta? -contraargumentó, haciendo cada pregunta con una cucharada en su boca.

-Tal vez nada se le parece a la India –y por alguna razón pensé en Heidi. Tal vez ella era la India para mí, aunque a Alejandro Magno le había costado la vida esa aventura.

-Se le olvidó que ya había conquistado tantos lugares, que los abandonó por ir a buscar algo imposible –la miré, ¿Cómo es que para ser tan joven podía entender tan bien cómo funcionaba el mundo?

-Supongo que solo fue un hombre estúpido.

-Con un ejército -añadió Bella, asentí mostrándome de acuerdo con ella. Bella jugueteó con uno de sus espárragos, al cuarto día Bella había dejado de comer de manera hambrienta, ahora daba pausas entre cada cucharada y se permitía juguetear con su comida.

Es que ya no tiene hambre, pensé.

No podía dejar de preguntarme cuántas noches había dormido sin llevarse nada de comida a la boca.

-¿Llamaste a alguien hoy? -tenía que saberlo, Bella me miró un segundo, antes de desviar su mirada a mi garganta. Asintió, pero no respondió.

-¿Sabes quién inventó el teléfono?

Parpadeé confundido por el cambio de tema y entonces sin que yo pudiera responder comenzó a parlotear sobre el inventor del teléfono, del telégrafo y de la máquina de escribir.

Veía demasiados documentales, aunque no entendía en qué momento lo hacía, porque Dolores no parecía hablar de sus horas frente al televisor en los mensajes.

Ella

Esa noche, 23:48

Veía documentales todas las noches, a partir de que Edward se despedía de mí y cerraba la puerta de su habitación, yo contaba hasta mil para salir de mi cuarto y dirigirme a la sala de videojuegos de la habitación al final del pasillo.

Era como si tomara clases nocturnas de conocimiento general. Así que incluso había encontrado un cuaderno en el que tomaba notas para recordar cosas importantes, siempre se me había dado bien recordar las cosas si las escribía antes.

Edward era un hombre amable.

No había ninguna palabra que pudiera describirlo mejor.

Y yo estaba realmente agradecida con él. No había segundas intenciones que acompañaran sus gestos conmigo, la comida, el techo, usar la televisión y conseguirme un trabajo eran acciones que hacía sin esperar nada a cambio.

Apenas habían pasado cinco días, pero yo sentía como si hubiese un gigante agujero entre mi anterior vida y esta. Era como si hubiese vuelto a nacer y todo lo anterior quedara en el olvido. Excepto Charlie.

Le pedí prestado el teléfono de la casa a Dolores y resultó ser un teléfono inalámbrico así que pude llamarle a mi hermano desde el baño de mi habitación. No había sabido nada de él desde que me mudé aquí y lo extrañaba tanto que bien valía el riesgo a ser descubierta.

Sospechaba que Dolores no confiaba en mí, porque siempre tenía sus ojos puestos en cualquier cosa que yo hacía, así que pasaba toda la tarde persiguiéndola, no quería que me metiera en problemas o le mintiera a Edward diciéndole que era una pilla ladrona. Había ocurrido antes.

Y no estaba dispuesta a que pasara de nuevo.

Pero esta tarde decidí llamar a Charlie, porque había pasado casi una semana desde la última vez que pude usar un teléfono público y ponerme en contacto con él.

-Ven, Bella–dijo luego de media hora al teléfono, sabía que la despedida estaba cerca, Charlie también lo sabía, se nos acababa el tiempo antes de que tía regresara de su reunión religiosa.

-Iré pronto, tengo exámenes, pero pasaré las vacaciones contigo.

-¿Lo prometes? -lo escuché sonar su nariz.

-Lo juro –le di un beso al teléfono que el devolvió del otro lado.

-Tía está enojada contigo, me preguntó si tienes el dinero para ella. ¿De qué dinero habla?

-De un préstamo –le miento y eso parece calmarlo porque deja de preguntar.

-La semana pasada dijo que estaba harta de vivir en esta casa. Yo le dije que podía irse si quería hacerlo.

Lo que a ella en realidad le molestaba era que no tenía la capacidad legal para vender nuestra casa.

-¿Qué tal van las clases? -le pregunto para cambiar de tema.

-Excelente. Creo que no quiero ser maestro, mejor seré doctor cuando sea grande, como papá.

-Papá era dentista.

-Pero usaba bata blanca, ¿no?

-Sí, pero...

-Y la gente lo llamaba doctor.

No puedo discutir ante esa lógica, extraño sus ocurrencias. Me preguntó que tanto me estoy perdiendo de su vida y se me llenan los ojos de lágrimas.

-Prométeme que nunca vas a olvidarme –le digo con la voz quebrada.

-¿Por qué iba a olvidarte? –suena confundido y detecto cierto temor en su voz.

-Sólo promételo –necesito escuchar decirlo.

-Te lo prometo, BeliBeli.

Nadie me llama así excepto él, lo ha hecho desde que llegó a los dos años, abrazo con ambas manos el teléfono contra mi oreja y cierro los ojos, si me concentro lo suficiente puedo imaginar que es a mi hermanito a quien abrazo.

-Te extraño mucho, pequeño bobo –me pregunto si sigue teniendo el hueco entre sus dientes como la última vez que lo vi, si acaso tía recordó poner una moneda debajo cuando se le cayo el diente y si tiene la amabilidad de contarle un cuento cada noche antes de ir a dormir. Me pregunto si aun está nuestra fotografía familiar en el refrigerador o si tiró a la basura la foto navideña de la sala.

-Yo también -le sigue el silencio-, ya viene tía, llámame pronto.

Y colgó.

Así que me quedé hecha una bola de lágrimas en una equina del vestidor durante la siguiente media hora, hasta que Dolores tocó a la puerta y me recordó que tenía hambre con su deliciosa comida del día.

Veía ahora un documental de orcas en cautiverio. La triste historia de una orca que había sido separada de su familia y obligada a dar espectáculos en una alberca reducida dentro de Sea World.

Me identifiqué con esa orca.

Yo también sabía lo que era ser separada de tu familia y obligada a trabajar haciendo de marioneta de alguien más sólo para poder llevar comida a mi boca.

Así que en algún momento comencé a llorar en silencio, dejando que las lágrimas cayeran de mis mejillas mientras la triste historia de esa orca secuestrada seguía avanzando.

Había orcas que morían en cautiverio, otras que eran rescatadas y la mayoría que eran revendidas entre acuarios al mejor postor siempre y cuando la orca tuviera el talento suficiente para llenar las gradas del público. Las orcas eran las prostitutas de los acuarios.

Y pensé en Mirna.

Y en Sara que siempre aceptaba los privados con los clientes para poder llevar comida a sus dos hijos.

Y en Diana, que comenzó como yo y terminó bailando desnuda todas las noches dejándose acariciar a cambio de billetes sobre su cuerpo.

Y en Sofia, que aceptaba con risas que los clientes la sentaran en sus piernas y le apretaran el trasero o acariciaran sus pezones sobre la ropa porque no quería tener sexo con ellos, pero sí recibir buenas propinas.

O en Danie, que ella se dejaba tocar hasta por tres tipos al mismo tiempo, y siempre lucía drogada para poder tolerar todo eso.

Y lloro con más fuerza.

Mientras veo a la orca asesinar a su entrenadora no puedo sentir lástima, pero pienso que yo no maté a Don, ni a Tía, ni a ninguno de los clientes nocturnos del bar, y ahora no debo preocuparme nunca más de ellos.

O al menos eso espero.


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Un especial agradecimiento a: Adriu, Cinti77, Lore562, Wenday14 y a Geminis1206