Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.

Una dama de burdel

POSIBILIDADES

Angielizz (Anbeth Coro)

Muchas gracias por leer, seguir, compartir y comentar esta historia, especialmente a: Cxncer, Adriu, OnlyRobPatti, catita1999, wenday14, Cinti77, Geminis1206, Lore562, Maryluna, Melany


Ella

15:48

Se me llenaron los ojos de lágrimas mientras veía en silencio las cuatro cajas de zapatos sobre mi cama. La puerta tras de mí tenía el seguro puesto. Había un post—it pegado encima de las cajas con la letra de Edward.

Regresaré tarde. No le des vueltas al asunto, es sólo un regalo.

Pero no era sólo un regalo. Recordé a Priscila pidiendo nuestro número de calzado esta mañana y entendí que él estaba detrás de eso. Me acerqué con pasos lentos hacia las cajas como si dentro pudiera encontrar una bomba.

La última persona que me había regalado zapatos fue Don, tiemblo.

Era mi segundo día laboral, estaba en los probadores intentando entrar en el vestido de cuero, cuando Don apareció, el apretado vestido exponía lo necesario para recibir propinas, así lo había dicho una de las mujeres que trabajaba aquí. Por supuesto que era para recibir propinas, aunque no me quedaba claro dónde debían ir esas propinas si apenas había espacio para mi cuerpo.

Llegaba apenas un centímetro por debajo de mi trasero, tenía un escote pronunciado con listones de seda diseñados para apretar más mis pechos, era asfixiante estar dentro del vestido, y lo único que desalineaba con aquel vestuario eran mis tenis.

En ese momento entró Don sin tocar. Me cubrí con mi chamarra haciendo que él sonriera divertido.

—En unos meses te habrás olvidado de lo que significa la vergüenza— y lo creí incluso entonces. Se acercó con una bolsa de plástico y dejó caer su contenido en la mesa.

Zapatillas.

—Eran de las otras chicas, pero ahora ellas tienen patrocinadores —"patrocinadores" eran clientes con los que ellas follaban, pagaban la cuota y además traían regalos costosos para ellas con la finalidad de que los usaran dentro del bar. Me estremezco incluso ahora al recordarlo.

Me acerqué a la mesa levantando cada zapato, había colores chillantes, estampados ridículos de piel de felino, zapatillas de punta, zapatillas con plataformas mayores a siete centímetros, nada ahí se veía cómodo, tampoco era elegante, eran zapatos vulgares para personas vulgares.

Personas como yo.

—¿No te gustan? —preguntó Don leyendo mi expresión, asentí.

—Son bonitos —mentí sin convicción, ahora él estaba riendo.

—Niña, pronto podrás comprar los que te gusten, y si tú quisieras yo podría comprarlos para ti —negué con mi cabeza tan rápido como entendí sus intenciones.

—Son bonitos —repetí, volvió a reírse dándome una mirada de pies a cabeza.

—¿Ya elegiste tu nombre artístico?

—No —el nombre me daba lo mismo. Siempre supe cuál sería mi nombre artístico, aunque había pensado que lo necesitaría para exposiciones en galerías de arte. No para un prostíbulo.

—¿Quieres que lo elija por ti? –me encojo de hombros, intentando pretender que me da lo mismo—, Becky. Tienes cara de Becky —mantuve mi mirada gacha entre mis dedos, preguntándome si yo tenía realmente la apariencia de una Becky y eso que significaba realmente, las zapatillas más bajas entre todas era la que tenía en mi mano, aunque tenían un estampado espantoso de tigre—, Becky, la gatita.

Y así fue como sucedió. Esa misma noche estaba siendo presentada en el bar como Becky, la gatita. Fue el primer paso para enterrar a Bella.

Abro las cajas, esperando encontrar zapatillas altas, tacones imposibles y dolorosos de andar. En su lugar me encuentro con dos zapatos de suelo, de colores lisos: negro y beige. Unas pantuflas con felpa de colores pasteles y unos tenis.

Saco de la caja los tenis, son unos converse blancos. Aunque estos sí son blancos, no como los que llevo puestos.

Me siento en la cama y me quito a prisas mi tenis viejo. Lo pongo al lado del nuevo y confirmo que son de la misma medida.

Mi corazón se aprieta contra mi pecho ante el regalo, desde que mis padres murieron nadie se había preocupado por mí. A veces estaba segura que no importaba si yo moría o no, aunque siempre me detenía al considerar a mi hermano, él me necesitaba, aunque la malvada de Tía interviniera entre nosotros. Él merecía una familia, yo era su familia. Y aunque el amor entre Adrián y yo era genuino, sabía que la preocupación de mi hermanito de siete años por mí poco podía hacer.

Paso mis dedos sobre la tela blanca y limpia. Me lo pruebo. Se siente igual, y al mismo tiempo tan distinto.

Camino hacia el baño para probarlos, la persona del espejo tiene los ojos llenos de lágrimas y la nariz rosada, pero creo que estoy feliz. Muy feliz. Lloro y río un poco antes de lavarme la cara. Tengo ganas de brincar y correr, pero me contengo, regreso a la cama y me quito el otro tenis viejo, me pongo el nuevo.

Vuelvo a leer el post—it con la letra de Edward, pasando las yemas de mis dedos sobre la tinta seca. Regresaré tarde. No le des vueltas al asunto, es sólo un regalo.

Pero sí que le estoy dando vueltas al asunto, aunque no cómo supongo que él creía que haría. No estoy pensando en devolver los regalos, ni en las motivaciones para elegir los mismos tenis que yo uso, o las pantuflas con colores divertidos. Estoy pensando en él.

Y sé que estoy perdida porque nada bueno puede salir de esto.

Él es sólo amable, y aquí estoy yo, fantaseando con la única persona que se ha preocupado por mí y que al mismo tiempo jamás podría verme más allá que un experimento filantrópico.

ÉL

23:23

Emmet, Jasper y James querían pasar una noche de tragos. Y ya que ir a mi apartamento no era una opción, terminamos en el bar al que acostumbrábamos ir antes. El bar de la universidad.

Lo que tenía ventajas por supuesto, estaba demasiado cerca de la universidad. Así que estaba lleno de mujeres jóvenes y solteras. Y aunque los tres tenían parejas este siempre había sido nuestro sitio de encuentro.

—¿Y esta Bella donde la conociste? —pregunta James posicionándose para su turno en la mesa de billar. Me hago a un lado sin dejar de mirar las bolas.

—Uhm… el café de Alice.

El café suena mejor que un bar o una calle nocturna. El café suena algo serio, a James no le gusta lo serio. Aunque sonríe de lado y sé que está pensando justo eso.

—¿Cómo está Victoria? –pregunto para devolverlo a su realidad.

—Tenía una cita con un tipo que conoció en internet.

Victoria no es una barrera para James, ni James para Victoria. La razón para que esa relación lleve ya un año funcionando es que tienen una relación abierta, parece funcionar para ambos. Victoria lo ama, él dice amarla, pero si aparece alguien con quien tener sexo no van a desaprovechar esa oportunidad.

Su relación se basa en la sinceridad más que en la confianza. Lo que supongo que está bien para ellos.

—¿Y aun sales con Bella? —preguntó Emmet dando un largo trago a su cerveza. James mantenía su vista sobre mí, así que asentí.

—Todos saben que la que viene después de la relación larga es sólo para matar las penas —dijo James dando un trago ahora a su cerveza, oculte mi enojo tras mi propia botella.

—¿Lo dices por experiencia? —Jasper preguntó haciendo reír a James.

—Sabes que nunca entraría en una de esas relaciones, es estúpido.

¿Cómo podía Alice sugerir que me hiciera a un lado? James era lo opuesto a lo que Bella necesitaba en su vida.

—Llevo dos años casado, no es estúpido —dijo Emmet haciendo su tiro. Metió dos bolas al mismo tiempo. Aplaudimos ante el movimiento—. Lo que una persona busca en una relación es paz —Emmet borracho se volvía parlanchin y filosófico, gesticulaba con sus manos mientras hablaba—, nada puede compararse a la paz de un amor sincero, mis mejores recuerdos con Rose son cuando estábamos en silencio en la cama y también riendo de tonterías. No necesitas más. Confianza, risas, paz, amor. Todo. Tú sólo hablas de sexo.

James se río. Aunque ahí estaba yo mirando a Emmet dándome cuenta que este tipo que siempre me había parecido un niño en cuerpo de hombre era en realidad más sabio de lo que aparentaba.

Él parecía haber encontrado la respuesta para el amor verdadero. Confianza, risas, paz y amor. Me pregunté si yo había tenido todo eso con Heidi. Definitivamente no la confianza, y tampoco la paz, ella era divertida y me hacía reír, aunque no era fácil hacerla reír, era fácil conseguir que forzara su sonrisa ante mis bromas, pero reír lo que se dice reír parecía un poco más complicado. Y la amaba, estaba seguro de eso, aunque no creía haber sido correspondido.

Me fue infiel medio año, sin ninguna clase de consideración ni arrepentimiento, y la única manera en que lo confesó fue cuando me colé por la ventana de su habitación y la encontré desnuda en la cama con otro hombre.

Mientras me acomodo al lado de la mesa de billar, preparándome para golpear la bola blanca, me preguntó si habría llegado al altar si no la hubiese sorprendido. Sí. Ella jamás me lo habría dicho.

Confianza, paz, amor y risas. Emmet lo decía demasiado fácil, pero a mis treinta y dos años sabía que era más complicado de lo que parecía.

—Tio Emmet, estás hablando como un anciano, seguro que has tenido algún romance —insistió James, pero Emmet negó sin perder la calma ante la insinuación.

—La única persona que viene a mi cabeza, siempre es Rosie.

Jasper a mi lado, aplaudió y chifló ante el comentario. Jasper borracho era un poco más alegre de lo usual.

—¿Estás diciendo que si esa chica rubia, la del vestido rojo —todos miramos hacia la mujer de la que hablaba James, parada al lado de la barra riendo con dos amigas mientras bailaba al ritmo de la música contoneando sus caderas al tiempo que pasaba sus manos por su silueta—, viniera hacia a ti, y te propusiera cosas sucias al oído tú solo pasarías de ella?

Emmet contempla a la chica unos segundos más que todos antes de volver a hablar.

—A Rose le va mejor el azul, aunque el rojo la hace sentir más segura. Si esa chica fuera Rose ya tendría una copa de wiski en la mano en lugar de cerveza y hace rato me habría metido algún cubículo del baño con ella. Si esa chica viniera pasaría cada minuto haciendo una comparación y siempre ganaría Rose.

James levanta sus brazos al aire dándose por vencido. Emmet habla en serio.

—No puedo contra ti, hermano —admite James volviendo a empujar la bola en su turno sin meter ningún punto.

Media hora más tarde seguimos los cuatro con nuevas botellas de cerveza y la misma mesa de billar.

—¿Hace cuánto no hacíamos esto? —pregunto al tiempo que hago mi tiro.

—La semana antepasada —dice Jasper.

—¿Y antes de eso? –insisto.

—Nosotros siempre venimos, al menos un par de veces al mes —responde Emmet— habías desaparecido desde que estabas con Heidi. Esa bruja te mantenía bien escondido.

No me río, aunque supongo que tiene razón. Y no solo eso, yo lo había permitido. Decidí dejar de lado a mi familia y amigos porque pensaba que lo correcto era pasar mis horas libres sólo con ella. Sin ninguna clase de equilibrio entre lo nuestro y mi vida.

¿Por qué hasta ahora era capaz de verlo?

—¿Y cómo es esta Bella? —pregunta Jasper caminando alrededor de la mesa.

Y pensando en la respuesta las únicas imágenes que puedo ver tras mis ojos es a Bella riendo, su risa siempre es sincera y fácil. Sonrío pensando en su capacidad para hacerme reír, y lo cierto es que yo tampoco soy fácil para reír. ¿Cómo es Bella? No tengo una respuesta clara. Supongo que es graciosa.

—Eso lo dice todo —dice Emmet riendo.

Parpadeo sin entender de qué habla. James está limpiando la punta de su palo y Jasper solo asiente risueño recargando su cuerpo en el palo de billar, estamos todos demasiado borracho.

—¿El qué?

—Esa cara.

¿Mi cara de borracho? Me encojo de hombros, Emmet está demasiado ebrio para tomarle en serio.

Cuando despierto estoy acostado entre el suelo y el sofá de la sala. Una luz brillante atraviesa mis ojos quemándome por dentro, aprieto los ojos. Mierda, necesito un par de aspirinas y agua.

—¿Una buena noche? —Bella.

Aunque quiero no soy capaz de abrir los ojos así que solo sonrío sin responder.

—Aquí tienes.

Me siento en el sillón y me obligo a abrir los ojos. Bella sostiene en su mano un vaso de agua y un par de pastillas. La miro y ella parece divertida con mi sufrimiento.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Tomo las pastillas de su mano y el vaso de agua, le doy tragos al agua hasta que no queda nada en el vaso de cristal, necesito dormir unas ocho horas más hasta que desaparezca el dolor de cabeza.

—¿Qué hiciste ayer?

—Dibujar, apenas noté que había anochecido mientras lo hacía.

—¿Y qué dibujaste?

—Deberías dormir —cambia de tema, ella tiene razón. Me pongo de pie y camino hacia la habitación cuando estoy por llegar a mi puerta ella vuelve a hablar—, gracias.

Miro hacia ella con ojos entrecerrados para no tener que tolerar los rayos de luz. ¿Por qué no tengo cortinas en la sala? Necesito conseguir unas.

—¿Gracias? -no entiendo de lo que me habla.

—Por los zapatos -aclara.

Oh ya, apenas lo recordaba ahora. Sonrío al darme cuenta que no ha intentado devolvérmelos ni insistido en pagar por ellos.

—No tienes porqué agradecer —y entonces me acobardo—. Alice fue la de la idea, y tiene razón, necesitabas un par de opciones nuevas de calzado.

—Eh… gracias igual —su tono de voz cambia, pero realmente no tengo cabeza en ese momento para comprender nada.

—Nos vemos más tarde.

—Suerte con tu resaca —se burla y entro a mi habitación con un dolor horrible en mi cerebro, pero una sonrisa estúpida. Algo va mal conmigo.

18:25

No estaba mal.

Llevábamos viviendo dos semanas juntos y la cocina no había explotado, estuvo cerca pero no lo hizo. Bella era realmente mala en la cocina, aunque había intentado hacer uso de mis vacaciones en hacer que ella aprendiera algo que para mí era fundamental para sobrevivir por mi cuenta y de paso poner a ejercitar mi paciencia.

No podía negar que no había buscado boletos de avión, incluso había considerado ir a un hotel en la ciudad donde me ofrecieran todas las comodidades posibles, pero la razón para detenerme se limitaba a Bella.

Venga, de pronto hasta me sentía un poco como su niñera. Estaba seguro que este par de semanas me cobrarían la cuenta en años y pronto estaría cumpliendo cuarenta. Tenía treinta y dos, sólo había una decena de años entre nosotros, aunque ella seguía pareciéndome una indefensa joven, así que seguía pensando en ella como una niña que necesitaba de mi protección.

Una niña muy bonita.

Caray. Retrocede.

Bella está parloteando sobre el documental de películas clásicas que acaba de repentinamente recordar, ¿en qué momento tiene tiempo para ver documentales? Estoy seguro que estos días no ha estado frente a la televisión ni un solo minuto.

Le doy una fugaz mirada al apartamento. Cuando Heidi pasaba algunos días aquí era evidente, dejaba sus zapatillas en algún lugar de la sala, su bolso sobre la barra, sus labiales en mi baño, el cepillo de dientes, el peine que sacaba de cualquier lugar –estoy seguro que aún debe haber un par escondidos en alguna parte— para cepillar su cabello, incluso una tarde que llegué descubrí que había una gigante pintura de una montaña nevada en el pasillo.

Pero Bella no deja nada, ni un solo rastro de ella en la casa, incluso se asegura de dejar la cocina limpia antes de ir a meterse a su habitación. Es extraño. De no ser porque Alice la conoce y Dolores es testigo, pensaría que se trata de un fantasma que aparece algunas horas al día.

—¿Harás algo más tarde? –interrumpo su explicación acerca del cine mudo.

—¿Dormir?

—¿Aun no haces amigos en el trabajo?

—La gerente debió decirles que tengo pulgas o algo así –se encoge de hombros.

—Puedes buscar otro trabajo si ese no te agrada –sonríe sin gracia, como si el comentario fuese una burla a su persona— ¿dije algo?

—El trabajo está bien, es sencillo y el tiempo se me pasa volando ahí.

—¿Y tus compañeros?

Se encoge de hombros, y no puedo evitar sentir un poco de pena por ella, pero no digo nada, mastico el pan y retomo el tema del cine mudo.

—¿Nunca? –levanto una ceja, para saber tanto sobre cine mudo esperaba que hubiese visto al menos una docena de películas de la época, pero nunca ha visto una película.

—Pero suenan muy interesantes.

¿Eso es?

Me pregunto si ella busca temas que parezcan muy interesantes para hablar conmigo. Es como una pequeña enciclopedia andante, aunque no estoy seguro de su opinión sobre nada de eso, es solo como si retuviera y repitiera todo lo que aprendió.

—Deberías ver una, ahí está la televisión.

Bella mira hacia la sala y después niega con la cabeza, me pregunto si su renuencia tiene que ver con perder tiempo en la televisión o porque así evitaría hacer uso de mis objetos. No le doy vueltas al asunto y sigo comiendo.

—Lo olvidé por completo.

Bella se levanta del banco, sale de la cocina y se dirige, adivino, hacia la habitación. Me llevo un poco más de ensalada a la boca, preguntándome a que se debió la reacción de Bella cuando regresa con un pequeño sobre amarillo entre sus manos. Vuelve a tomar asiento en el banco y lo pasa hacia mí sobre la barra.

Lo primero que pienso, al tomarlo, es que se trata de un dibujo, sonrío esperando que sea la caricatura de Alice, pero cuando meto mi mano dentro del sobre incluso sin mirar sé lo que contiene.

Dinero.

—Alice me pagó las horas extras y la primera semana ayer, pensé que era un buen momento para depositar a mi deuda por la ropa.

El segundo día de Bella viviendo aquí Alice fue lo suficiente amable y discreta para conseguirle algunos cambios de ropa nuevos a ella. Mi motivación de entonces se limitaba a evitar nuevos enfrentamientos entre Bella y mis desagradables vecinos por tonterías como su manera de vestir. Además, Bella había llegado aquí con una pequeña mochila llena de ropa, diciendo que su compañera le había robado el resto.

Pero el domingo anterior, mientras estábamos viendo esculturas en el museo, descubrí que en realidad esa había sido toda su ropa de los últimos meses, Bella había empeñado lo que tenía, incluso su celular, para sobrevivir sin trabajo.

No me sorprende que haya pasado hambre, lo que explica a la perfección su apariencia débil de los primeros días o su manera casi incivilizada de comer. Pero ahora ella no parece débil ni devora el contenido de su plato.

Y aquí está, orgullosa de conseguir dinero para abonar a esa deuda que yo cree para ella sin preguntarle.

—No puedo aceptarlo —vuelvo a dejar el sobre encima de la barra y lo deslizo hacia ella. Su expresión cambia de inmediato, del orgullo al enojo. Creo que nunca la había notado molesta, casi siempre consigue volver a su expresión en blanco antes de mostrar sus verdaderos sentimientos.

—Claro que sí, tómalo —vuelve a deslizarlo hacia mí. Niego con mi cabeza, lo que gasté en Bella ni siquiera se acerca a mi salario de un par de días. Pero lo que yo gasté es para ella varias semanas trabajando en el café.

—Déjalo así, fue un obsequio.

—No. No voy a deberte eso –sacude el sobre frente a mí.

—No me lo debes, es para compensar lo odiosa que es Diana.

Ella niega con su cabeza varias veces apretando los labios y haciendo que aparezcan arrugas sobre su frente, encantadora incluso cuando debería parecerme una loca enojona.

—Por favor, tómalo —insiste.

Ahora soy yo quien niega con la cabeza al tiempo que levanto una ceja.

—Comprame algo bonito —propongo y ella deja de negar con su cabeza mirando el sobre, esta idea parece ser de su agrado así que continuó—, no quiero ropa solo algo que pueda gustarme, y no de ese valor —añado—. Así estaremos a mano.

—¿Y si no te gusta? —parece preocupada por la posibilidad, así que solo sonrío, preguntándome qué cosa podría darme para que yo no pudiera fingir mi desagrado. Pienso en el cuadro que sigue en el pasillo con un paisaje de montañas que Heidi colgó ahí meses atrás contra mi voluntad. Ojala no crea que ese cuadro me gusta.

—Pues espero que lo escojas con sabiduría.

—Siento que me estoy aprovechando de ti.

—Créeme Bella soy yo quien está sacando provecho de esta situación —sus mejillas se colorean y entonces entiendo lo que acabo de decir en voz alta, mierda, hago un esfuerzo para arreglar mis palabras—, en un par de semanas más estarás haciendo comida como Dolores, y mis días de hacer la cena habrán terminado.

—Pero me quedo salada la ensalada —suena como una niña berrinchuda, su tono de piel recupera su usual palidez, asiento dándole una pequeña sonrisa condescendiente.

—La ensalada no lleva sal.

—¿De verdad? —parece compungida ante esto y eso me saca una risa.

—En un par de semanas más —repito.

Y mientras ella se lleva el tenedor a la boca y mastica la lechuga salada, no puedo evitar preguntarme si realmente ella estará aquí todavía en un par de semanas más. Bella arruga la nariz obligándose a pasar la comida, miro el plato vacío frente a mí. Y me doy cuenta que sería difícil no imaginarla por aquí. Incluso si eso significa morir envenenado con sal.

Suspiro y llevo el vaso de agua a mis labios para pasarme esa sensación que tengo en la garganta. Esto solo puede significar problemas para mí.


Muchas gracias por todos los comentarios que he recibido, me agrada que esta historia les esté gustando tanto a ustedes como a mí escribirla.

¿Qué les ha parecido este capitulo?,

INVITACIÓN: Te invito a que continúes con otras dos historias, en mi perfil, con las que estoy trabajando actualmente. UN DÍA MÁS, y si antes me has leído decidí volver a reescribir SIN PODER MIRAR, MIRANDOTE porque era una historia que concluí hace más de diez años y necesitaba con urgencia no sólo pulirse sino volver a retomarla para perfeccionarla. Así que espero que puedas darles una oportunidad.