Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.

Una dama de burdel

Familia

Angielizz (Anbeth Coro)


Cuando desperté, Charlie no estaba aquí. Levanté la cabeza de la almohada y lo busqué con la mirada en la habitación pero no había señales de él. Caminé al baño y una vez dentro aproveché de unos minutos para arreglar mi cabello, lavar mis dientes y seleccionar la ropa para hoy. Vi la blusa negra de red con top debajo, la misma que había utilizado en la cena del cumpleaños de Jasper, el amigo de Edward.

Me puse unos pantalones de mezclilla y opté por dejar mi cabello suelto esperando que eso hiciera pasar la blusa como algo casual. Más vale que el clima de hoy fuese acorde a mi vestimenta.

—¡SÍ! —Charlie.

Salí de la habitación y me dirigí a la sala de videojuegos esperando encontrarlos ahí.

—¿Qué están

Charlie y Edward sentados sobre un piso de bolsas de plásticos, había algunos botes de pintura y brochas y uno de los cuadros grandes de lienzo del pasillo. Las montañas de nieve.

—Es la mejor sorpresa del mundo, BeliBeli. Edward dice que está pintura apesta y necesita una mejora.

No era un cuadro especialmente bonito o siquiera bien hecho, pero era parte de la decoración del apartamento, estaba acostumbrada a él. Además estaba segura que había costado una fortuna. Todo aquí costaba una fortuna. ¿Acaso Edward había enloquecido? Supongo que Charlie podía ocasionar eso de vez en cuando, enloquecer a las personas era su pasatiempo. ¿Pero tanto?

—Tienes que venir aquí —dijo Charlie alcanzandome uno de los pinceles de punta delgada con su mano estirada. Yo seguía sin estar segura que eso fuera una buena idea, así que me mantuve de píe. Edward parecía estar mezclando colores, cielos, se le daba fatal. Al parecer había hecho varias pruebas y sólo había conseguido crear diferentes tonalidades de café en una hoja de cuaderno. Por suerte Charlie era quien estaba controlando la renovación de esa pintura.

—¿Estás seguro de esto? —lo que menos quería es que se sintiera de alguna manera comprometido, aunque por la capa de pintura blanca cubriendo las montañas, era demasiado tarde para hacer algo.

—Seguro.

Edward no dejaba de ver mi blusa. Tal vez no era de su agrado porque no dejaba de fruncir el ceño en dirección a mi ropa. Pasé mis brazos cruzados frente a mi abdomen y miré a mi hermano.

—¿Y que harás con ellas? —le pregunto a Andrián sobre las montañas.

—Edward dice que quiere algo simple, así que quizás algo cubista, ¿no?

—¿Realmente sabe de lo que habla o está alardeando? —Edward no parecía tan convencido con esas palabras en la boca de un niño.

—Clases de pintura, recuerda.

Clases caras de pintura, añadamos. Papá nos había regalado dos años pagados en esa academia de arte local, lo que era una suerte y explicaba que Charlie hubiese podido seguir asistiendo sin replicas por parte de Tía. Talvez debería ahorrar para cuando ese periodo de tiempo concluyera o quizás hablar con la profesora para que considerara mi tiempo inutilizado para Charlie.

—Mantenlo en lo simple —le recomiendo a Charlie—, para que puedas terminarlo pronto.

Sus ojos dejan de mirar las pinturas y me miran brillantes, lo sé, nos queda cada vez menos tiempo. Siento un nudo formándose en mi garganta, y sé que debo escapar ahora.

—¿Quieren desayunar? —pregunto aún de píe.

—¿Tu cocinar? No gracias —dice Charlie sin dejar de pasar el pincel sobre el lienzo y con una sonrisa burlona, bueno al menos el momento emotivo ha quedado atrás. Aprieto los labios.

—Al parecer tu reputación te persigue —se burla Edward. ¿Jamás olvidaría que era mala cocinando? Bueno, que sigo aprendiendo a mejorar en la cocina, al menos los sándwiches de pollo me quedan ya tan ricos como los suyos.

—Sé hacer desayuno sin problema —les respondo a ambos.

—No sin envenenar a alguien —dice por lo bajo Charlie. Edward me mira burlón y yo sólo puedo rodar los ojos mientras me cruzo de brazos.

—¿De qué lado estás, tú? —le digo a mi hermano traidor.

—¿Cuál lado me hará llegar a los ocho años? —aprieto la sonrisa con mis labios, aunque Edward se ríe abiertamente.

—No este camino, eso tenlo seguro.

—¿Qué te parece, Ed? —con diminutivo y todo, no tengo que preguntarme cómo es que se lo ha ganado tan fácil, no puedo imaginar a nadie que conviva con Edward que no pueda caer en su red, ¿pero preferirlo sobre su hermana mayor? Ugh. Niños.

—Ahora veo porqué eres el mejor de tu clase.

Claro, y es que él no para de darle por su lado y todo lo que quiere.

—¿Desayunan? —repito buscando una excusa para salir a cambiarme de ropa. Charlie asiente dando brochazos y Edward se pone de píe. Adios excusa.

—Acompañaré a tu hermana con el desayuno.

—Asegurate que no queme la cocina —dice con naturalidad Charlie sin levantar su cabeza. Edward pone su mano en mi cintura alejándome de mis ganas de estrangular a ese pequeño.

—¿Hace cuanto esta despierto?

—¿Él? Posiblemente desde las siete de la mañana.

—¿Y tú?

—Posiblemente desde las siete de la mañana.

—¿Te despertó? —temo la respuesta.

—Saltar sobre mi cama supongo que es considerado como un método para despertar —Ay Charlie.

—¿Y saliste a comprar pintura para tranquilizarlo un rato? Eso fue muy amable de tu parte, aunque si le hubieras puesto caricaturas —le doy una mirada que da a entender que habría conseguido el mismo efecto.

Una vez en la cocina, Edward saca los ingredientes mientras yo busco las cacerolas y platos.

—No salí a ningún lugar —busco el exprimidor al ver que saca naranjas del refrigerador. También tomo el cuchillo.

—¿Lo pediste a domicilio?

Era imposible que lo hubiese comprado el día anterior, habíamos pasado todo el día juntos, a excepción que lo hubiese hecho a medianoche.

—Necesitas controlar tus compras compulsivas.

—¿Recuerdas cuando te obsequie el cuaderno y los lápices? —asentí, había sido después de ir al museo, cuando descubrió que me gustaba dibujar.

—Lo recuerdo, tuviste un día de compras compulsivas.

—No fueron… —parece que va a debatirlo pero se detiene—, el caso es que compré un poco más que solo cuadernos y lápices.

—¿Intentas decirme qué compraste esas pinturas desde entonces?

—Compre un poco más que solo esas pinturas —admite.

Lo miré con una ceja levantada esperando el resto de la anécdota. Pero me mira y sacude la cabeza, así que sé que no obtendré más información por ahora.

—Tal vez sí fueron como unas compras compulsivas —admite un poco avergonzado.

—¿Sí?

—¿Cómo es que los dos pintan tan bien?

—Mamá. Ella era pintora. Bueno, no era pintora porque tenía que pagar las deudas. Pero pintaba. Así que lo añadió a nuestras vidas después de enseñarnos a hablar.

—Supongo que algunas madres enseñan a cocinar y otras a pintar.

—Sí.

—¿Y tu padre?

—Él era dentista. Mamá tenía muchos problemas de caries y así surgió.

—Bonita historia de amor.

—Cuando la cuenta del dentista es muy larga tienes que amarrar el trato con una propuesta de matrimonio.

—Suena poco ético —me río.

Besa mi mejilla de manera lenta, dejando su mano en mi otra mejilla para acercarme a él, cierro los ojos y suspiro.

—Por suerte tú sabes preparar café.

—Y mejorar tus cuadros feos —añado, se ríe, alejándose de mí. ¿Está jugando conmigo, verdad? Es un tira y afloja a mis emociones.

Sigue pretendiendo hacer el desayuno.

—Iré a cambiarme de ropa —le aviso antes de ir hacia la habitación, pero me detiene de la mano. Lo miro a los ojos levantando una ceja en espera de una buena razón para detenerme.

—¿Qué tiene de malo ésta? —pregunta mirándola y poniendo de nuevo esa cara extraña en su rostro.

—Creo que no te gusta —confieso encogiéndome de hombros restándole importancia, es sólo una blusa. Alguna vez salí con un chico que era exigente con mi vestimenta y si no era de su agrado me pedía que fuera a ponerme algo más de su gusto. Sí, Eric, ese chico estúpido e imbécil con el que me empeñé en salir por tanto tiempo. Entre más pienso en él más tonta me siento por haber durado tanto en esa relación.

—¿Bromeas? —su mano está ahora en la tela de red al principio de ella—, está jugando con mi cabeza, es todo.

—¿Es por el tipo de tela? —jalo un poco la blusa para poder ver los agujeros de la red, tal vez es molesto a la vista, la miro con los ojos entrecerrados pero no me lo parece.

—¿Qué?, no, sólo es… no tiene nada que ver con la blusa.

Doy un paso hacia atrás y levanto una ceja cuando lo vuelvo ver fruncir el ceño y apretar los labios.

—Entonces deja de poner esa cara.

—¿Cuál cara? —parece confundido, así que debe ser una mueca inconsciente.

—Esa que tienes ahora mismo.

—Esta es la cara de una persona que está usando todo su autocontrol para mirarte a los ojos, Bella—todos los colores suben a mi rostro pero aun así mantengo mis ojos en sus ojos azules.

—Pues no lo hagas —sonríe y se acerca el par de pasos que había retrocedido yo para sujetar mi cabeza desde la nuca y acercarme a él para…

—¿Vas a seguir en eso o harán el desayuno? —Charlie.

—Agh —Edward gruñe y deja un beso en mi frente, suspira contra mi piel antes de separarse por completo. La última vez que nos habíamos besado había sido ayer en su oficina, pero unos ojos brillantes y burlones nos veían así que lo que quedaba por hacer era pretender normalidad.

—¿Aunque te puedas envenenar? —arruga la nariz pero se encoge de hombros.

Dos horas más tarde estamos riendo sin despegar mis ojos de Charlie en ningún momento. Ahora mismo está jugando en el parque mientras nosotros estamos recostados sobre una manta en un improvisado picnic.

—¿Y tus padres?

—Se divorciaron cuando Alice era una bebé. Yo tenía seis años.

—Pero ella está casada —recuerdo.

—Sí, se llama Carlisle. Ha estado con nosotros desde los diez años. Mamá había decidido solo tener dos hijos en el nacimiento de Alice, así que no hubo más hermanos, lo que está bien porque Alice es demasiado para la economía de cualquier familia.

—¿Y él te agrada?

Asiente manteniendo su mirada en Charlie que juega futbol con otros dos niños.

—Claro, él es la figura paterna que tuve en toda mi vida.

Juego con el pasto bajo la palma de mi mano antes de animarme a decir:

—¿Y tu padre? —Edward me mira.

—Él sigue vivo. Si es lo que estás preguntando, aunque no tenga idea de dónde está o qué hace. Hace algunos meses que no lo vemos. No es exactamente el padre del año.

—¿Lo extrañas? —niega con su cabeza después de unos segundos de pensar la respuesta.

—Extraño a Carlisle después de un tiempo —admite—, sobre todo cuando Alice es insoportable. Pero a mi padre, ¿a mi padre? No. Es imposible extrañar a alguien que nunca ha estado ahí. Sólo te acostumbras a la ausencia.

—¿Alice insoportable? —elijo tomar el tema de conversación más seguro entre todo lo anterior. Sonríe con agradecimiento.

—Lo es. Sobretodo cuando no consigue lo que quiere —su tono de voz vuelve a ser animado y sé que hemos conseguido cruzar un tema importante.

—Pero tu hermana siempre consigue lo que quiere, ¿no? —al menos me da esa impresión. Me mira unos largos segundos antes de asentir.

—Siempre —una nueva sonrisa se cruza en su rostro, parece más cálida y dulce incluso.

—Es una suerte que Jasper tenga que hacerse cargo de eso, ¿No?

—Es muy extraño pensar en ellos dos juntos. Podría jurar que la vio en su etapa de vestir con todo el guardarropa de mamá encima. Una vez salió con un babydoll de ella.

—No —rio escandalizada ante la imagen.

—Lo juro —se queda callado, se acuesta a mi lado y me mira, estamos al mismo nivel así que nuestras narices están muy cercas. Mi corazón comienza a bombear con fuerza—. Aunque tiene sentido.

—¿Tiene sentido? ¿Jasper y Alice? —asiente.

—Oscar Wilde escribió que entre un hombre y una mujer no es posible una amistad, ¿sabes?

Intento pensar en Oscar Wilde para alejar el rubor, ¿sería en el libro de Dorian Grey? ¿La importancia de llamarse Ernesto? Tengo la idea de haber escuchado esa frase antes.

—¿No? —farfullo las dos letras mientras Edward acorta la distancia.

—Lo que tiene sentido —repite casi contra mis labios, cierro los ojos en respuesta y cuando estamos por besarn…

—¡AUCH!

Un pelotazo en mi espalda. Me pongo de pie y miro a Charlie riendo apuntando hacia nosotros.

—Más vale que corras porque voy a matarte.

Y yo hablo en serio así que lo persigo por todo el parque, aunque tengo que correr mucho más lento que él para que el juego dure. Se ríe a carcajadas mientras intenta correr mirando siempre hacia mí. Lo atrapo cuando creo que podría comenzar a sudar y no quiero sudar cuando tengo a Edward esperando por mí, ¿verdad? No, no quiero.

Lo atrapo en un abrazo y comienzo a llenarlo de cosquillas. Se deja caer al pasto y sigo haciéndolo reír.

—Dilo —grito sin detenerme.

—Nunca —grita a risas. Asi que lo lleno de besos en la cara mientras me río con él.

—Eli no. Hay niños cerca —se queja empujándome de verdad, ugh. Lo dejo ir.

¿Cuándo creció tanto? Parpadeo cuando siento picar mi nariz.

—¿Eso qué importa?

—No puedes llenarme de besos aquí. Ve a besar a tu noviecito

—Ugh. Qué pesado —me levanto del suelo y lo ayudo a ponerse de pie.

—Me prometió que iba a cuidarte —dice Charlie cuando vamos de regreso a donde dejamos a Edward.

—¿Quién? —me detengo y lo miro.

—Edward —sigue caminando, aprieto los ojos y labios antes de volver a hablar.

—¿Eso dijo? ¿Cuándo? —Charlie podía ser tan imprudente cuando se lo proponía.

—Cuando tuve la charla con él —dice levantando el mentón totalmente orgullo de sí mismo.

—¿Qué charla?

—La que papá tuvo con Eric sobre ti —una parte de mí está enternecida y la otra muy preocupada al respecto.

—Por favor dime que no le hablaste de Eric.

—Mencioné solo que era tu novio. Eso está bien ¿no? Para que sepa que yo siempre conozco a tus novios.

Pequeño demonio.

—Eres un grandísimo loco.

—No, no, voy a ser payaso. ¿Recuerdas?

Comienza a correr hacia donde ya lo esperan para jugar con él a la pelota. Por supuesto.

Cuando regreso con Edward, está acostado sobre su espalda con el brazo sobre los ojos. Me siento a su lado y acaricio el lunar en su cuello. Cuanta facilidad y con que simpleza podemos romper con todas las barreras impuestas.

—Voy a removerlo —comenta como si no viniera al caso.

—¿Removerlo?

—El lunar —abro la boca en protesta.

—¿Por qué?

—Siempre te le quedas viendo muy raro.

—Yo no lo veo raro —frunzo el ceño ante eso.

Me acuesto bocabajo a su lado, al nivel de su garganta. Pongo mi mano sobre el lunar y Edward retira su brazo de la cara para mirarme.

—Sí lo haces.

—Me gusta —admito— y es más fácil mirarlo que mirar tus ojos —toma mi mano que está en su cuello entre la suya entrelazando nuestros dedos.

—No puedo hacer nada con mis ojos si no te gustan.

—El problema es que me gustan mucho, también.

Besa los nudillos de mi mano que tiene entre la suya y yo sonrío.

—Así que mi hermano y tú tuvieron una charla ¿eh? —se ríe asintiendo.

—Fue totalmente agresivo, por cierto, me habló de enterrar mi cuerpo si te molestaba y esas cosas —me río porque sé que bromea—, es un buen niño.

—Lo es.

—Y sabe cocinar quesadillas —añade, le doy un golpecito en la nariz con la punta de mi dedo.

—Yo también —digo sonando infantil.

—No a los siete años —replica igualmente infantil.

—Bueno eso es obra de Tía —frunce la nariz como si algo le molestara.

—¿No tiene un nombre? —hago una mueca al comprender lo que ocurre y niego con mi cabeza.

—Se llama Tía. Y es la tía de Charlie —aclaro.

—¿Se llama Tía? —parece no haberse esperado eso, nadie en realidad.

—Lo sé. Que estupidez, ¿no? Al parecer no fueron muy creativos con su nombre. O sí. Porque nunca tuvo hijos así que sólo fue la tía de alguien.

—¿Lo dices en serio? —asiento, tampoco me gusta su nombre y sus diferentes connotaciones, porque lo único que no ha sido para mí es ser un familiar.

Pasa una de sus manos en mi cabello enredándolo en él y acercándome a su cara.

—¿Por qué estás llena de mala suerte? —pregunta a centímetros de mí y yo sólo me encojo de hombros. Me gustaría saberlo también.

—No tanta, tengo a Charlie y a —pero me detengo justo a tiempo, pasó saliva intentando pensar en una manera decente de terminar esa frase sin quedar en ridículo— y Charlie es un buen niño que amenaza adultos y cocina quesadillas.

—Y a mí —termina la frase Edward, sus ojos azules fijos en los míos.

—¿Sí? —mi voz es apenas un murmullo entre el sonido del parque.

—Totalmente —siento su aliento sobre mis labios, me inclino para terminar con los milímetros de distancia, pero ahora tengo un peso de veinte kilos en mi espalda. Charlie. De nuevo interrumpiendo.

—Quiero ir al museo —declara. Edward suspira con resignación y se sienta sobre el pasto.

—¿A cuál?

—Tú dime, amigo —¿amigo?—, podemos ir a un museo de dinosaurios, de carros clásicos o de obras contemporáneas —le permite elegir entre esas muy pocas opciones.

—¿Obras contemporáneas? —Edward repite sin estar seguro que Charlie sepa de lo que habla, aunque lo hace.

—Así es —confirma mi hermanito.

—¿De dónde lo has sacado? —Edward me pregunta mirando al niño sobre mi espalda, Charlie me abraza por el cuello ahora acostado por completo encima de mí.

—De Bella, duh.

—Duh —repite Edward imitándole.

Edward no quería ir a ver carros ni obras contemporáneas, así que nos trajo al museo de antropología e historia. Lo que estaba bien para todos, porque había mucho que ver.

—Oye Bella ¿un payaso puede trabajar en un museo? —pregunta mirando una réplica del tiranousaurio rex.

—Claro que sí —dice Edward, dándome un apretón en mi mano.

—Pues cuando sea grande, voy a tener mi propio museo y habrá payasos. Porque este lugar es aburridísimo.

—Medicina, un museo, ser payaso. Realmente piensa en grande.

—Lo sé —dice sonando poco modesto—. Y le cobraré a Bella por colgar sus cuadros en mis paredes, ganaré mucho dinero.

—Comenzaba a preocuparme sobre mi posición en ese futuro —añadí mientras caminábamos siguiendo a Charlie, al parecer hacia la salida. Era muy difícil complacer a un niño como él, pero lo valía. Cada segundo.

—Tal vez tú vas a pagar por esos estudios de medicina —dijo Edward totalmente entretenido en la conversación.

—Empiezo a pensarlo.

El lunes me desperté con Charlie acostado sobre mi pecho, estaba despierto.

—No quiero irme, Beli.

—Yo tampoco quiero que te vayas —dije sintiendo mis ojos picar.

—¿Y si hablas con Tía?

—Tú sabes que ella no va a querer. Además, tienes que volver a clases, portarte bien y…

—Pero no quiero irme.

—Oye, todavía no te vas a ir. Tenemos hasta medio día. ¿Qué quieres hacer hoy?

—¿Cuándo vas a volver? Te extraño mucho. Tú puedes dormir en mi cama. Tía vendió la tuya para comprarse esa máquina de coser pero…

Esa bruja.

—Iré tan pronto como pueda. Te lo prometo.

—¿Y vamos a llamarnos diario? —sus ojos brillan esperanzadores, asiento luchando contra las ganas de llorar.

—Todos los días.

—¿Te vas a comprar un celular?

—Sí, un día de estos.

—¿Lo prometes? —me juré que esa semana haría horas extras todos los días hasta que pudiera pagar el más barato celular con cámara.

—Lo prometo.

—Quiero terminar de pintar el cuadro de Edward. Para que lo tengas en tu cuarto y te acuerdes de mí.

—Yo no necesito ningún cuadro para acordarme de ti.

—Ya, pero yo quiero. Mira

Se levantó y regresó con el celular que había guardado en su maleta.

—Vamos a tomarnos muchas fotos.

—Claro que sí.

Así que esa mañana pasó veloz, nos tomamos muchas fotos en la habitación con muecas y filtros ridículos. Lo que me dio oportunidad de revisar por ultima vez su galería de fotos para cerciorarme que no hubiera más fotos comprometedoras. Eliminé algunos videos que había hecho del apartamento y que no había enviado a Tía, ella no necesitaba tener una idea tan específica de las dimensiones del lugar. El último mensaje con ella había sido hace un rato cuando le pidió ella que no olvidara nada aquí y que imprimiera el pase de abordar.

Edward pareció recordar que tenía que ponerse al día con algo del trabajo, o quizás solo estaba dándonos un rato para nosotros exclusivamente, lo que fuera lo agradecí. Ya bastante difícil era pretender que estaba bien como para añadir sus ojos sobre mí a la ecuación.

Estuvimos pintando por dos horas completas, Edward apareció en algun momento a dejar hotcakes y fruta y se marchó, repitiendo que tenía una reunión cuando Charlie intentó persuadirlo de quedarse a jugar con nosotros.

—¿Crees que le agrado? —me preguntó en algun momento mi hermano mientras pintaba unas líneas.

—¿A quien no?

—¿Cuándo me vaya le preguntaras si puedo vivir contigo? —oh, mi niño. Me acerqué a él y besé sus mejillas.

—Si fuera por mí estarías aquí y lo sabes. Es lo único que deseo.

—Pero a lo mejor Edward…

—Es Tía, ¿sí? Recuerda que es ella quien quiere que sigas viviendo en casa de nuestros papás.

—Pero sólo hasta que crezca.

—Sólo hasta que crezcas.

—No me gusta la casa sin ti.

—Lo sé.

—Ella no es como mamá —sus ojos se llenan de lágrimas y los mios automáticamente también, empiezo sentir mi nariz picando y mis labios tiemblan, pero me repito que debo ser fuerte.

—Nunca lo será, nadie. Y eso está bien, Charlie, tuvimos a los mejores papás del mundo, ¿no? —asiente—. Entonces no hay manera que alguien sea como ellos.

—Pero los extraño mucho —es mi turno de asentir.

—Solo hasta que crezcas, y entonces vamos a estar juntos, ¿sí?

—¿Y no puedes visitarme?

—Tendrás que convencer a Tía de eso.

—Lo haré. Para que tú y Ed vayan pronto.

—No puedes hablarle de Edward —le recuerdo, y él asiente.

—¿Es nuestro secreto? —asiento.

—Y los secretos no pueden repetirse, ¿verdad? —niega con su cabeza ahora—, entonces tienes que ayudarme a que ella no sepa de él. Por ahora.

—Hecho.

Edward me ayudaba a bajar la maleta de Charlie, mientras yo mantenía mi vista y concentración en mi hermano y su parloteo sobre sus planes de ser payaso, doctor, abrir un museo y vender helados para todos.

—Con sabores diferentes —dice mientras comía su propio helado de chocolate que habíamos pasado a comprar antes de llegar al aeropuerto.

—Las tiendas de helados siempre tienen sabores diferentes —le recuerdo.

—Lo sé, duh. Pero ¿sabores de risa? No. Yo voy a crear el sabor de la risa y del vomito.

—Oh, eres asqueroso.

—Bueno, del vomito no, eso nadie lo va a comprar. ¿Qué sabor te gusta a ti? —le pregunta a Edward que caminaba unos pasos detrás de nosotros, dándonos esos centímetros de privacidad.

—Coco y lavanda.

—La lavanda tampoco es un sabor, a excepción que quieras sabor de detergente en tu lengua —me rio y miro a Edward sacándole la lengua.

—Lo quiero, creeme —dijo mirándome con profundidad.

La fila para la revisión de la maleta era terriblemente veloz. No me quedaba mucho tiempo y Charlie no paraba de repetir todas las cosas que le gustaron de este fin de semana. Desde las pinturas que Edward le había obsequiado, el rato que duró en mcdonalds, nuestra mañana en el parque, y así seguía parloteando.

—Me ha encantado tenerte aquí —le dije mientras la encargada me devolvía el boleto de Charlie sellado. Edward se estaba presentando con otra aeromoza que sería la encargada de acompañar y supervisar a Charlie en todo el vuelo.

—Portate muy bien —dije mientras Charlie pasaba sus manitas detrás de mi espalda.

—Yo siempre me porto así —dio un paso atrás limpiándose las lágrimas de las mejillas. No iba a llorar, no iba a llorar, no iba a llorar. Sus lágrimas seguían desbordandose, las quito con mis pulgares.

—No siempre.

—Que sí, BeliBeli. Siempre —sentía las lágrimas acumulándose en mis ojos pero tenía toda mi voluntad en mantenerlas quietas.

Los altavoces anunciaban que su vuelo estaba por abordar en unos minutos. La mujer a cargo de Charlie en el vuelo nos esperaba paciente a un metro de distancia. Me hinqué mirando un poco hacia arriba.

—Te tengo un pequeño regalo.

—¿Otra sorpresa? —asentí.

Le entregué una hoja doblada. La extendió frente a su rostro, y sonrío. Lo había dibujado la noche anterior mientras él dormía.

—Esta es la casa y somos tu y yo —dice él y lo único que puedo hacer es asentir incapaz de volver a hablar, el nudo en mi garganta es doloroso—, voy a estar esperándote —promete.

—Lo siento, el vuelo está por partir —se acerca la mujer que había estado esperando paciente por Charlie. Me pongo de pie, mordiendo con fuerza mi lengua para contener las lágrimas. Le doy un beso en el tope de la cabeza mientras Charlie se despide con un puño de Edward.

—Llamame Beli —hace una seña con su mano de celular y la imité, porque si hablaba, aunque fuera un poco, iba a derrumbarme y lo sabía. Lo único de lo que soy capaz es de lanzarle un beso al aire mientras lo veía caminar de la mano de esa extraña, justo antes de que cruce las puertas él seguía saludando hacia mí y cuando las puertas se cierran ya no había nadie por quien fingir.

Edward pasa sus brazos alrededor de mi espalda dejándome llorar contra su pecho, si alguien nos miró raro o no, no pareció importarle. Me sostuvo contra sí.

—Lo verás pronto —asegura Edward, pero yo y mi llanto sabemos que eso no sera así.


Muchas gracias por seguir, comentar, compartir y leer esta historia. Especialmente a: Noriitha, Geminis1206, Ori-cullen-swan, Cinti77, Erika, Nana, Analy, Alicia, Lola, EsmeCullenHale, Narraly, AleCas, Maze2531, OnlyRobPatti, ViridianaContiCruz, Wenday14, Yoliki, Adriu, Ann, Moni, María (Bienvenida)

Un adelanto para enloquecer:

Estoy tan concentrada en él que no sé que estamos en su habitación hasta que me deja caer en la cama. Río en la caída y él se apresura a venir tras de mí, vuelve a atrapar mis labios, mis manos recorren su espalda dura y desnuda; y su mano desciende por mi cuerpo.

Lo quiero, a todo él.

Aunque por supuesto, esta soy yo de veintidós años pensando y actuando, él me lleva diez años así que esos años debieron darle alguna clase de fuerza de voluntad y paciencia porque sus planes son lo opuesto a mi aquí y ahora.

Su mirada me recorre, haciendo que el calor inunde mis mejillas y envíe descargas a mi interior.

—¿Qué le ha pasado a tu ropa interior de arcoíris? —bromea pasando su pulgar alrededor de los contornos de mis pechos, rozando apenas el encaje esmeralda de mi ropa interior, me estremezco y eso que apenas me ha puesto un dedo encima.

Editado: Publicaré al terminar de escribir el próximo. ojalá puedan dejar comentarios Porque todavía no lo termino y son inspiración, y la necesito para el capitulo que posiblemente se ha estado esperando en este larguisimo fin de semana con Charlie en casa.