Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.
Una dama de burdel
La verdad, la fiesta y la sorpresa
Angielizz (Anbeth Coro)
Agradecimientos a todos aquí por leer, por seguir, pero en especial a quienes me inspiran con sus comentarios:
Sindypaolajarabagonzalez; Ori-Cullen-Swan, Miop, Wenday14, Narraly, Vane, Dannyella, StefaCullen, Maydi94, LaudyD, Maribel 1925, OnlyRobPatti, Paycicullen, Quequeta2007, Norritha, Adriu, Gabi Huesca Mdz, Pameva, Catita1999, Miriarvi23, Belen2011yani, Rosiichita, MoniBelmudes, NarMaVeg, Isa, FranciCullen, Melissa Belaqua, Sara, nana, Nicolef19
Nota al final
Miércoles
Getting older –Billie Eilish (sí o sí reproducir)
Las puertas del elevador se abren y yo camino insegura hasta llegar a la puerta correcta, toco. Por suerte, Alice había dejado instrucciones a Irina para darme el día libre, la gerente me lo había recordado en la llamada de hace una hora cuando le pedí el domicilio, así que estaba cubierta para el resto del día. Alice y yo habíamos organizado todo un plan para el cumpleaños de Edward, bueno, ella lo había organizado yo sólo estaba siguiendo el plan al pie de la letra.
Aunque antes de ir y cumplirlo tenía algo qué hacer.
Vuelvo a tocar. ¿Me habré equivocado de edificio? Miro hacia el pasillo pero no hay nadie cerca, nadie a quien verbalizarle mis dudas. Estoy por tocar de nuevo cuando la puerta se abre y un hombre con lentes y cabello revoltoso color dorado está del otro lado, Jasper. Sus ojos no ocultan la sorpresa que le hace verme, abre la puerta por completo y mira hacia el pasillo.
—¿Te envió Edward? —niego con mi cabeza.
—Uh… no. Yo sólo pensé que tal vez podría hablar con Alice —me da una sonrisa amable aunque no le llega la amabilidad a sus ojos oscuros, se mueve hacia un lado.
—Pasa. ¿Vendrá Edward?
—Sólo soy yo —agarro mis manos inquietas para calmar mis nervios o al menos no ponerme en evidencia. Estoy aquí sólo para saludar a Alice, eso es todo, así que debo aparentar que no hay nada más en mis desinteresados actos. Cierra la puerta y me hace un gesto para que camine tras él, me lleva a una pequeña sala. El apartamento de Alice es mucho más pequeño que el de Edward, pero parece más personalizado, como si cada pieza de ahí gritara su nombre. Me quedo de píe sin saber qué más hacer.
—Está terminando de… bañarse —dice Jasper mientras sus ojos van a una fotografía en la pared. Una de Alice y él— ¿sabes que es el cumpleaños de Edward hoy? —pregunta como si buscara un tema de conversación.
—Alice me lo dijo.
—¿Y qué haces aquí, ya no estás interesada en romper con su regla? —paso saliva, ¿es una regla no celebrar su cumpleaños? ¿Todos estaban advertidos de no festejarle? ¿Por qué me ha enviado de conejillo de indías Alice? Y como si mis inseguridades se me notaran en la cara, Jasper intenta tranquilizarme—. Deberías hacerlo. Alice me habló en la fiesta de que le tenías planeada una sorpresa, es una buena idea.
—Lo planeamos juntas —asiente con una apenas perceptible mueca de diversión.
—Suena a algo que haría Alice, aunque te recomiendo quedarte con todo el crédito —el pulgar de él cae sobre la sonrisa de Alice en la fotografía.
—¿Es una foto reciente? —pregunto sin saber qué más decir.
—Es de nuestra cuarta cita.
—Se ve muy feliz.
—Alice siempre se ve muy feliz —deja caer su mano a su costado y vuelve a mirarme— ¿y tú cómo estás?
—Lo hemos arreglado —aunque esas tres palabras definitivamente abarcan mucho más, me he dado por vencida en esto de esquivar a Edward. Al contrario, estoy dispuesta a aceptar mis sentimientos por él y tomar todo aquello que él esté dispuesto a darme, poco o nada. Por una vez voy a enfocarme en el aquí y ahora de una manera positiva, disfrutando el momento, carpe diem o lo que sea.
—Lo noté, hablé temprano con Edward y estaba de buen humor a pesar de —lo que sea que fuera a decir muere en sus labios, mira hacia el final del pasillo donde supongo que deben estar las habitaciones—, le diré a Alice que estás aquí.
—Gracias.
Mientras me quedo a solas en la sala no fisgoneo, sólo deslizo lentamente mi vista sobre todo el apartamento de Alice. Venga, si pudiera haber elegido el apartamento de mis sueños juveniles sería justo éste. Tiene dos cuadros en la pared de unos perros, papel tapiz plateado con relieve en las paredes, sillones de cuero blanco, accesorios decorativos sobre los muebles, un florero con rosas artificiales en el centro de mesa.
Si el piso de Edward es acerca de la modernidad y la elegancia, esto es acerca de la moda, el buen gusto y la sensibilidad.
—¿Quieres pasar? —levanto la mirada del florero hacia Jasper, ¿a su habitación? Hace un gesto con su cabeza para que lo siga y lo hago. Vamos a su habitación.
Jasper señala la puerta antes de abrirla para mí, avanzo despacio. Alice está sentada en la cama, sin maquillaje, su cabello mojado y sin su peculiar buen humor dudaría que se tratara de la misma persona, solo su pijama rosada de seda la hace parecer ella. Me quedo parada contra el marco de la puerta sin saber qué inventarme para explicar mi presencia a las diez de la mañana. Hasta que ella palmea el colchón a su lado respiro hondo.
—¿Te envió mi hermano? —pregunta mientras me siento en la cama.
—Él no sabe que estoy aquí, conseguí tu dirección por Irina.
—¿No teníamos planeada una sorpresa para Edward? —hace intento de sonreír pero se le cae a la mitad del camino.
—Tengo el resto del día para sorprenderlo.
—¿Ustedes están bien? —asiento, y una media sonrisa vuelve a intentar aparecer.
—¿Tú y Jasper están bien? —pregunto ahora, la media sonrisa se desvanece por completo.
—Es complicado —sus ojos se desvían a sus piernas.
—¿Podrías enviar a Jasper por nieve? Eso siempre me pone de buen humor.
Vuelve a mirarme y asiente.
—¿Jasper? —habla solo un poco más elevado que antes y Jasper aparece en menos de tres segundos, así que confirmo que él escuchaba detrás de la pared.
—¿Sí?
—¿Podrías conseguirnos helado? —le pide Alice y él asiente.
—¿Fresa? —adivina y le da una sonrisa que Alice no corresponde.
Alice sólo asiente y luego Jasper me mira significativamente esperando por mi sabor.
—Fresa está bien —necesito más tiempo—, aunque si pudieras conseguirnos dulces y golosinas saladas sería muy útil.
Miro a Alice levantándole sutilmente las cejas, y ella lo entiende porque se apresura a añadir:
—Y si puedes traer tres rebanadas de pastel de la cafetería te lo agradeceríamos.
Jasper sonríe apenas sin despegar los ojos de Alice.
—¿Algo más, señoritas? —ambas negamos con la cabeza y él desaparece. Nos quedamos quietas y no es hasta que escucho la puerta del apartamento siendo cerrada que puedo mirar a Alice.
—¿Querías hablar conmigo a solas? —va al grano, sin escapatorias ni rodeos para mí, paso saliva.
—Creo que sé lo que pasa contigo.
—No lo sabes, Bella. Nadie lo sabe —hace intento de levantarse y la agarro del brazo para evitarlo.
—Yo lo sé —mi voz suena baja e insegura, Alice suspira como si hubiese escuchado demasiados sermones al respecto a lo largo de estos días y posiblemente sea así.
—No, no es así —se zafa de mi agarre y vuelve a ponerse de píe.
—Estás asqueada contigo misma, lo sé. Y ahora crees que si tallas tu piel vas a borrarlo todo, pero el agua no se lleva ninguno de tus recuerdos, ¿cierto? Y te odias porque te metiste en eso sola, cuando pudiste… tener otras opciones.
Alice se queda en silencio al lado de la cama sólo mirándome fijamente, paso saliva, vuelve a su lugar anterior en la cama conmigo. Respiro hondo intentando luchar contra el pánico que me alerta de salir corriendo antes de meterme en problemas. No puedo, ella ha sido buena conmigo, incluso a pesar de nuestro inicio, porque incluso cuando yo no era del agrado de Alice y ella no confiaba en la desconocida que se metió al apartamento de su hermano, consiguió ropa para mí y me dio una oportunidad en su cafetería. Y cuando me gané su confianza volvió a conseguir ropa sin importarle el precio, me defendió de unas extrañas en una tienda, ha sido simpática conmigo y movió sus cartas para poner celoso a Edward con la finalidad de hacerlo actuar, y según él ella habló de mí con su madre facilitándonos el camino sin prejuicios. Se lo debo y esta es mi manera de estar a mano.
—¿Cómo… —pero no termina la frase, tomo una bocanada de aire.
—Porque yo he estado ahí.
Nos miramos, quizás ella buscando algo que le demuestre que miento y yo buscando en ella algo que me alerte que va a contarlo todo.
—Tienes que prometerme que no se lo dirás a Edward.
Parpadea ante mis palabras.
—¿Por qué no puede saberlo? —tomo lentamente aire como si pudiera llenar con el oxígeno mi repuesto de seguridad y confianza.
—Por la misma razón que hubieras deseado que Jasper no se enterara de lo tuyo. Porque yo lo quiero y tú lo quieres, y no queremos que él tenga que cargar con mis problemas.
Sacudo de mi cabeza las dudas mirando hacia mis manos en la cama.
—Promételo —insisto.
Ella agarra mi mano y le da un apretón, y supongo que eso es suficiente para mí.
Porque me encuentro contándole todo. Y me refiero a todo. De cómo llegue al burdel, de las condiciones de Don, del vestuario que debía usar, de las propinas, de mi deuda con Tía, de la deuda que adquirí después con Don, de cómo debía meterme en un traje de latex una vez por semana y bailar para ellos, de todo. Del miedo, del hambre, de los hombres intentando agarrarme para sentarme en sus piernas, de cómo los esquivaba y de cómo a veces no conseguía esquivar sus manos y terminaba siendo sujetada con fuerza contra ellos, o de los besos que recibí a la fuerza hasta que nos separaban los de seguridad. De cómo cada noche regresé sin faltas al mismo lugar a pesar de todo eso y finalmente de ese último cliente que intentó llevarme a la fuerza con él hasta que apareció Edward.
Y cuando termino de hablar, Alice ha pasado de tomar con fuerza mi mano a envolverme en un abrazo con sus brazos delgados. Y por un largo rato ninguna de las dos vuelve a hablar, nos limitamos a aferrarnos a la otra mientras ella llora en mis brazos y yo no lloro, hace demasiado tiempo dejé de llorar por mí misma.
—Te entiendo, Alice. Con la diferencia que tú tienes a Jasper. Y a él no le importa nada de eso, que tú no has fingido seguir el rol de una víctima para salir de esa asquerosa vida.
—Nada de eso es tu culpa, Bella —dice sujetándome más fuerte, paso saliva para poder encontrar mi voz.
—Lo es. Todo lo que hice, lo hice sabiendo en lo que me metía. Así como tú lo hiciste al acostarte con ellos. Sin importar nuestras motivaciones, ha sido nuestra elección. Ambas elegimos… mal, pero fue nuestra voluntad. Y estas son las consecuencias, Alice —se me quiebra la voz y respiro hondo antes de continuar—. Tú tienes que cargar con todos los hombres con los que estuviste después de ese. Y yo… yo sólo estoy aquí hasta que todo me explote en la cara como siempre.
—A Edward no va a importarle —las lágrimas se deslizan lentas por mis mejillas ante la mención de su nombre, miro hacia las sábanas.
—Lo hará. Luego de muchos meses fue la primera persona a la que le dije mi verdadero nombre, e incluso entonces no sabía si seguía siendo esa Bella, pero a sus ojos lo soy. Es una mentira, pero él lo cree y yo lo creo cuando lo miro también. Y creo que he vivido lo suficiente para saber que no todas las historias terminan con un felices para siempre. Así que ¿podrías dejar que sólo se aburra de mí y me eche de su casa? —mis labios tiemblan ahora con más fuerza—. La diferencia entre tú y yo, es que Jasper conoce tu pasado, no hay mentiras en eso. Lo que yo siento por tu hermano es real, pero… ninguna relación sobrevive basadas en engaños. Si yo le hubiera contado la verdad desde el principio no estaría aquí. Y lo sabes.
—Pero estás aquí.
Asiento. Sólo porque lo he engañado.
—Soy el puente, no el resto de su vida. Está bien para mí eso. Posiblemente se dé cuenta antes que no cumplo con sus expectativas. Solo tengo que asegurarme de tener un plan B para cuando eso ocurra —intento darle una patética sonrisa para alivianar mis palabras, se limpia las lágrimas de su rostro.
—Siempre puedo crear un puesto más alto para ti en la cafetería —hace intento de bromear y nos reímos juntas llorando—, pero contigo él es diferente —insiste limpiándose la nariz, me encojo de hombros.
—Voy a vivir un día a la vez, ¿de acuerdo? Y con suerte —respiro hondo para calmar mi respiración—, con suerte él se cansará antes de mí.
—No lo hará.
—Lo hará. Eso espero, porque ninguna mentira dura para siempre y prefiero eso a que la imagen de la Bella que él conoce se desmorone.
Se queda callada, porque sabe que no hay ninguna palabra de consuelo para mí. Aprieto su mano, no estoy aquí por mí sino por ella.
—Jasper te quiere, Alice. Eres afortunada por tener a la verdad de tu lado. Estás rodeada de personas que están contigo sin importar lo que hayas hecho antes. Desearía tener eso de éste lado de la balanza.
—Escucha Bella, tú le haces bien, y él te hace bien a ti.
Niego triste con mi cabeza, pero ella continúa insistente:
—No dormiste con ellos por dinero, e incluso si lo hubieras hecho, la prostitución no es una elección. Es el último camino que alguien toma en una situación desesperada —no lo entiende.
—No es sólo eso. Es la mentira. El hecho de que le he mentido de mi pasado consciente de lo que significaría si dijera la verdad. Lo engañé. ¿Qué diferencia hay entre yo y Daiana?
Pone los ojos en blanco.
—Por favor, no hay un punto de comparación. Esa loca y tú no tienen nada en común, Bella. Tus acciones eran para sobrevivir, las de ella fueron para satisfacerse a sí misma a costa de los sentimientos de Edward.
—No puedo decírselo, Alice —mis ojos desbordan lágrimas ahora—. No quiero perderlo así.
—En algún momento vas a necesitar hacerlo.
—Promete que no será por ti.
Vuelve a abrazarme.
—Te lo juro —suspiro aliviada.
—¿Todavía crees que debo darle esa sorpresa a Edward?
Lo que quiero saber es si ella cree que aun debo seguir con su hermano a pesar de lo que ahora sabe, pero asiente sin miradas repulsivas ni de lástima.
—Totalmente segura.
Se escucha la puerta principal, tanto Alice como yo nos quedamos quietas mientras se escuchan ladridos de perros y los pasos antes de que Jasper entre a la habitación con todo tipo de cosas entre los brazos. Alice sonríe con diversión mientras él deja sobre la cama un bote de nieve de fresa, dulces, golosinas, y tres rebanadas de pasteles diferentes en contenedores de plástico.
—¿Olvidé algo?
—Que me debes un dólar.
Lo que sea que eso signifique hace que el semblante de Jasper se transforme, en lugar de verse decaído y preocupado, una mirada de alivio y tranquilidad seguida de una sonrisa aparece. Rodea la cama para acercarse a Alice y darle un beso.
—Eso no lo olvidé —le dice aun sujetándole la cara con ambas manos y yo tengo que mirar hacia la puerta para darles un momento de privacidad.
Dos horas más tarde, estoy maquillada, con el cabello perfectamente alaciado y la ropa interior que había usado en nuestra primera cita debajo de la gabardina negra. Alice había hecho un trabajo espectacular conmigo, al parecer jugar a las muñecas conmigo la había puesto aún de mejor humor, o eso fue lo que le haría creer a Jasper.
Aseguro con fuerza el cinturón en mi cuerpo para evitar que se abra la ropa. Le pago al taxista descendiendo frente a un rascacielos. Camino pretendiendo que no estoy nerviosa y que sé lo que hago.
No tengo ni idea.
Mientras entro al elevador junto con otra decena de desconocidos no paro de preguntarme si Edward aprobará esto o no. Honestamente estoy preocupada por su reacción, lo último que quiero es arruinarle el día. Aunque según Alice no podía haber manera de arruinar un día que ya estaba arruinado, lo que fuera que eso significara.
¿Esto estaba bien para él?
Miro un piso tras otro cambiar, mientras mi estómago se encoge aún más, ¿y si estaba cometiendo un error al venir a su oficina? Quería sorprenderlo, aunque ya no estaba segura que la sorpresa fuera a ser de su agrado. Tal vez esto era un límite que no debíamos cruzar. ¿Y si alguien me reconocía por el video de internet? Lo que menos quería era llevar drama a su vida.
Demasiado tarde para retroceder. Las puertas se abren, Construcciones LL, el letrero plateado de acero es lo primero que llama mi atención, lo siguiente es la mujer rubia tras la zona de recepción, camino intentando pretender que sé a dónde me dirijo.
—Buenos días —la mujer sonríe amable dándome una mirada de arriba abajo como si pudiera calcular mi valor con un escaneo, paso saliva escondiendo mis manos temblorosas tras mi espalda—, ¿tiene cita?
—Con el señor Edward Cullen—mi voz titubea al final del apellido y carraspeo para culpar a mi garganta.
La mujer revisa en la computadora unos segundos antes de volver a mirar hacia mí.
—¿Nombre?
—E… Bella Swan.
—Lo siento, señorita Swan, no tengo su nombre en la agenda del ingeniero.
Ingeniero. Suena pomposo. Sonrío comprensiva y asiento sin dejarle ver mis nervios.
—Es una cita recién agendada, hablamos por teléfono hace una hora y me pidió venir aquí.
La mujer levanta una ceja, y yo contengo la respiración para parecer tranquila.
—Debe ser un error, él no tiene ningún pendiente extraordinario para hoy. El día de hoy, no acepta clientes externos ni reuniones, una disculpa —y continúa con la computadora como si yo no estuviera ahí.
—No soy una cliente —insisto dando un paso más cerca. La mujer suspira con evidente cansancio y fuerza una sonrisa falsa para mí.
—Hablaré con su secretaría.
Oh mierda.
—¿No le preocuparía hacerme perder una reunión importante por un error en su computadora? —pero contrario a lo que esperaba la mujer no pierde la sonrisa falsa en ningún momento.
—Nunca me equivoco —parpadea una decena de veces de manera veloz como si hubiese insultado su trabajo.
Alice me advirtió sobre el primer filtro, de esto dependía el resto de mi plan.
—¿Podría llamar a su oficina? Seguro que se molestaría de saber que no me ha dejado pasar —la mujer mira indecisa hacia el teléfono.
Suspira levantando una ceja y toma el teléfono sin poder ocultar el desagrado en su expresión.
—Señor Cullen, lamento interrumpirlo —se queda callada mientras vuelve a escanearme de arriba abajo—. Hay una mujer aquí que dice haber agendado una reunión con usted —un breve silencio donde la mujer levanta ambas cejas con sorpresa ante lo que fuera que Edward le estuviera diciendo—. No, señor, no es ella. Tampoco es la señorita Alice… por supuesto, dice apellidarse Swan —me mira ahora con enojo y una tensa sonrisa, aun con el teléfono en la mano se dirige hacia mí—, señorita como entenderá el señor Cullen necesita más información sobre usted antes de permitirle pasar a las oficinas.
Le doy una mirada al pobre anciano sentado en el sillón del área de espera, me acerco un poco más a la recepción y entonces obligo a decir las palabras mientras todos los colores suben a mis mejillas por la frase que había planeado Alice para mí:
—Digale que debajo de la gabardina sólo llevo ropa interior.
Apenas un segundo después la mujer sonríe burlona antes de colgar el teléfono.
—El señor Edward está ocupado, como dije. Este es un lugar serio, señorita…
—Bella —me mira como si yo fuera una cucaracha. Miro hacia mis manos para esquivar sus ojos juzgones.
—¿Puedo pedirle que se retire o tendré que llamar a seguridad?
¿No me había permitido entrar? Mis ánimos se estrellan contra el suelo. Por supuesto que había cruzado la línea, lo mismo le había dicho a Alice cuando insistió con esta parte del plan.
—Conozco la salida —mi voz suena atropellada con mis sentimientos. No pasa nada.
Aprieto con fuerza los labios mientras doy media vuelta hacia el elevador. Presiono el botón para que el elevador regrese por mí, sintiendo la mirada del anciano del sillón sobre mi cuerpo, desagradable.
Por supuesto que él me había oído decir que venía desnuda, aunque debajo llevaba lencería. Honestamente había creado un poco más de expectativas al venir hasta acá. Es decir, en mi cabeza lograba llegar a su oficina y mostrarle lo que había debajo de la gabardina. Suspiro sintiendo mi piel picar.
El tacón de la bota repiquetea mientras espero al elevador.
¿Reconocería mi voz? Ojala no. Así podría fingir que nada de esto había pasado. ¿Por qué tarda tanto el elevador?
—Estaba por llamar a seguridad —dice la voz de la secretaria a mis espaldas, tiro hacia abajo del borde de la gabardina mientras espero que el elevador llegue al piso. Vuelvo a presionar el botón y de nuevo miro a las botas negras hasta las rodillas que me había prestado Alice porque mis zapatos de suelo no iban con el atuendo.
—Gracias, Sara, me haré cargo yo.
Y mientras miro hacia atrás a Edward, sólo puedo pensar en el plan que Alice y yo habíamos armado el viernes en su casa mientras nos arreglábamos para ir a la fiesta de aniversario.
—Y cuando aparezca, boom. Le deseas un feliz cumpleaños.
—No va a gustarle —le dije indecisa mirándola peinar mi cabello a través del espejo.
—Por supuesto que lo hará. Vas desnuda debajo, ni siquiera tendrá tiempo de procesar lo que eso significa —sonreí.
—En ropa interior —le corregí.
—Lo mismo para fines prácticos.
—No creo que tu plan sea una buena idea.
—No le gusta celebrar su cumpleaños, tu tarea es hacer que deje de pensar de esa manera —ella era solo sonrisas en el espejo mientras seguía arreglándome para el aniversario de sus padres.
—Posiblemente hay una buena razón para no celebrarlo.
—Bella —usó ese tono de reproche.
—¿Por qué tengo la sensación de estar a punto de meterme en problemas? —Alice sonrió en grande añadiéndole plumas a mi cabello.
—Creeme, este es el tipo de problemas que quieres tener —dijo poniéndome las manos en los hombros para llenarme de confianza.
Yo ya no estaba del todo segura en eso.
—Feliz cumpleaños —se ríe negando con su cabeza y sin decir nada toma mi rostro entre sus manos antes de darme un lento beso que sólo me deja deseando por más, no parece enojado, en absoluto. Tengo que agarrarme de su brazo para estabilizarme una vez que se separa.
—¿A qué debo el honor de tu visita? —suena juguetón, exhalo aliviada de descubrirlo.
—Tengo un regalo para ti.
Mira mi gabardina amarrada con un cinturón rojo a la cintura y las medias negras debajo de esta. Levanta una ceja.
—¿Quieres discutirlo en mi oficina?
Todos los colores suben a mis mejillas, soy muy consciente de la mirada del anciano esperando y de la secretaria sentada tras recepción y sé que ambos ahora saben mis motivos para esta visita. Asiento y la sonrisa de él se amplía lo que hace despejar mis dudas por lo que puedan opinar este par de extraños, me toma de la mano y comenzamos a caminar hacia su oficina.
Cuando pasamos el escritorio de la recepción Edward abre una puerta de madera que daba a una cantidad de mesas de oficina con muchos empleados, alrededor de treinta cabezas cuento y todas ellas giran hacia nosotros.
—¿Ya no parece tan buena idea? —pregunta bromista Edward acercándose a mi oído para que sólo yo pueda escucharlo. Me obligo a mantener la seguridad y seducción en mi voz.
—¿Por qué no lo sería? ¿Acaso no está esto en tu lista?
—Lo acabo de añadir.
Sonrío en grande ahora ignorando por completo a los empleados y concentrándome sólo en Edward.
—No mientas por compasión.
Abré una puerta de madera y compruebo que su oficina no tiene vidrio sino paredes, aunque supongo que Alice era consciente de esto cuando ideó su plan. ¿Extraño que la hermana de tu novio planeé una sesión de sexo para ti? No del todo cuando se trata de Alice.
—Compasión es lo último que voy a sentir por usted —dice mientras me abre la puerta sin importarle que su secretaría a unos pasos pueda oírnos. Entro y él cierra la puerta a sus espaldas poniendo el seguro—. Espero que lleves ropa debajo.
—Por supuesto —finjo escandalizarme ante su insinuación, pero él ya está desabrochando el cinturón y dejándolo caer al suelo. Intento desabotonar la gabardina pero Edward sujeta mi mano impidiéndolo.
—Creí que el cumpleañero debía abrir solo sus regalos —me río tontamente— ¿segura que vas a poder mantener silencio? —pregunta mientras comienza a besar mi cuello y sus manos a quitar los botones, echo la cabeza hacia atrás dándole mayor acceso a mi piel y sonrío al sentir su lengua deslizándose por mi garganta hasta mi escote.
—Tienes paredes.
—No de concreto de veinte centímetros, bueno… ni siquiera son de block.
¿Voy a poder guardar silencio?
Edward termina de abrir la gabardina y la deja caer al suelo.
—¿Así que tenemos una reunión? —asiento.
—Para discutir mis habilidades en todo tipo de negociaciones —sonríe.
—¿Y qué es lo que quiere discutir?
Alice sólo me dijo que mi meta era hacerlo cambiar de opinión respecto a su cumpleaños, aunque no dijo cómo, esto es total improvisación.
—Las ventajas de cumplir años —su sonrisa se amplía en lugar de esfumarse, por suerte, así que sospecho que voy por buen camino, continúo—, creo que ya demostré el primero.
—¿Y cuál sería ese? —me hace moverme hasta un sillón de cuero que tiene, se sienta él y yo paso cada pierna a uno de sus costados para quedar a horcajadas sobre él.
—Los regalos —una risa simple y divertida sale de él y yo sonrío aliviada.
—Este es un hermoso regalo —dice mirándome y recorriendo con sus manos desde las medias, el liguero, pasando sus manos por mi trasero, jalando el pequeño resorte de mi tanga y subiendo por el corsé hasta llegar a mis pechos y luego a mi cabello—, ¿qué más tiene esa lista de ventajas?
—El pastel —y mientras lo digo deslizo hacia abajo la tela traslucida que cubre mis pechos, los ojos de Edward van hacia ellos y sonríe al tiempo que su mano se encaja perfectamente con el tamaño de uno de ellos, respiro hondo intentando controlarme— y que el cumpleañero tiene derecho a una mordida.
—¿Una, dices?
—Entre menos invitados más grande la rebanada.
Mira hacia los lados en la oficina y luego juguetón vuelve a mí.
—Aquí no hay invitados.
—Mejor para nosotros —y su lengua va a mi pezón descubierto mientras su mano libre aprieta mi trasero acercándome a él, respiro hondo mientras me muerdo los labios para no gemir, cielos, qué difícil tarea—, algunas fiestas tienen globos, por supuesto.
—Y otras no —dice liberando mi pezón y recorriendo mi piel hasta llegar a mi cuello y de ahí saltar a mis labios.
—Definitivamente esta no —sonríe.
—¿Qué mas tiene tu lista?
—El cumpleañero es el más importante y quien recibe toda la atención —y mientras lo voy diciendo voy desabotonando su camisa con lentitud, paso mis manos por su piel desnuda mientras voy dejando un camino de besos, paso mis piernas del colchón al suelo y comprendiendo mis intenciones Edward va desabrochando su cinturón. Levanta sus caderas del sillón y yo jalo los pantalones hacia abajo con todo y ropa interior dejando descubierto su miembro. Mis ojos van a él—, a excepción claro que no te guste ser el centro de atención.
—De pronto me siento todo un narcisista.
—Entonces va a gustarte esto —y justo después lo introduzco lentamente en mi boca, por la posición es imposible verlo a la cara pero puedo sentir sus apremiantes caricias en mi mejilla y cabello motivándome a seguir, a ir más lentos, lo rodeo y lo succiono, mi mano se mueve agil en él y su mano en mi cabello se enreda en él como si me diera masajes apremaindo mi buena labor, sin ser brusco conmigo ni obligarme a ir más abajo, sencillamente como una caricia, una caricia simple que me enciende.
—Me gustas —me dice mientras yo sigo haciendo lo mío, una de mis manos va a sus testículos masajeandolo y apretándolo delicadamente, mientras la otra se mueve en sincronía con mis labios—, mierda, me gustas mucho —sus palabras son un mayor motivante, no creo que nunca me haya dicho que le gusto, por supuesto que lo sé, pero no estoy segura que lo haya expresado directamente— sube —me pongo de pie y bajo mi tanga hasta el suelo.
Vuelvo a mi posición anterior excepto que ahora no siento la dureza de su pene bajo su ropa sino al total descubierto con el calor de su piel.
—¿Qué más tiene tu lista de ventajas?
—La idea de tener un día especial al año es hacerte feliz —sus ojos azules se clavan en los míos, y me animo a decir lo siguiente esperando que no pueda leer más allá de esas palabras, que no pueda ser capaz de escuchar en ellas cuánto lo amo—, y yo quiero hacerte muy feliz, especialmente hoy.
—Ya lo haces —dice dándome una sonrisa sincera, bajo lentamente sintiéndolo entrar en mí, aprieto los dientes mientras cierro los ojos.
—Si necesitas morderme hazlo, pero no puedes hacer ruido —asiento comprendiendo totalmente su instrucción.
No sé cuánto tiempo más tarde seguíamos riendo en el sofá de su oficina.
—Debería contratarte, podría tenerte todo el día para mí.
—Mmm. Tengo experiencia sirviendo café.
—Deja que yo me aseguré de descubrir tu experiencia, ¿te parece?
—¿Por qué me enteré por tu hermana de tu cumpleaños?
—No acostumbro celebrarlo.
—¿Y la tradición con tus amigos?
—Será el siguiente fin de semana. Pero no celebro el día de mi cumpleaños.
—¿Podría saber la razón?
Niega con la cabeza.
—Otro día —dice en su lugar—, hoy sólo quiero disfrutar tu compañía.
—¿Podemos ir a restaurantes para aprovechar la promoción del cumpleañero no paga? —sacudió su cabeza.
—¿Eso es real? —asentí.
—Sólo los niños ricos despilfarran dinero en sus propios cumpleaños.
Se ríe contra mi cuello antes de volver a besarme ahí, me estremezco cerrando los ojos y echando mi cabeza hacia atrás para darle mayor acceso a mi piel.
—¿Así que Swan?
—¿Mmmh?
—Tu apellido.
—No tan bonito como el tuyo —mordí juguetona su mejilla cuando se me quedó viendo con sus intensos ojos azules.
—No sabía tu apellido —confiesa.
—¿De verdad? Alice me lo preguntó en la entrevista de trabajo.
—No le pregunté a Alice.
—¿Por qué no?
—¿Decirle que invité a alguien a vivir sin saber su apellido no te basta como una mala idea?
Decido cambiar de tema, a uno que se aleje de las mil cosas que no conoce de mí.
—Me gusta tu oficina.
—Cuando ha estado aquí Alice dice que le falta color.
—Tal vez una pintura ahí —apunté a la pared que tenía colgado sólo unos cuadros con títulos— por suerte conoces a alguien con mucho talento para hacer uno.
—Tienes razón, hablaré con Adrián sobre eso —le entrecierro los ojos haciéndolo reír—. No puedo creer que te hayas atrevido a decirle eso a mi secretaria —me ruborizo.
—¿Qué más podía hacer?
—Decirle tu nombre.
—Pero sí lo hice.
—No sabía que ese era tu apellido —vuelve a excusarse.
—Además no estaba segura que fueras a dejarme pasar si sabías que había venido presentable —deja un beso sobre mi hombro.
—Porque sólo acepto visitas de mujeres con gabardina y en ropa interior, por supuesto —dice sarcástico.
—¿Pero acaso no funcionó? —se me queda viendo antes de poner su pulgar en la comisura de mis labios.
—Lo añadiré a mi lista.
—¿A cuál de todas? —sonríe sin responder, me siento sobre sus piernas y sujeto sus mejillas con mis manos— ¿esto es un rubor? —se ríe, pero puedo ver su piel enrojeciendo bajo mis manos— ¿A cuál de todas?
—La lista de cosas que me gustan de ti.
—¿Te gusta que venga en ropa interior a tu oficina? —estoy un poco confundida con eso. Niega con su cabeza y hace favor de aclarar:
—Me gusta la sonrisa que pones cuando te has salido con la tuya —sonrío y pone su pulgar sobre la comisura de mis labios.
—¿Y qué más tiene esta lista?
—Me gusta cuando dices mi nombre mientras duermes —me ruborizo y niego con mi cabeza.
—Yo nunca hablo dormida.
—Tú siempre, siempre, hablas dormida.
—¿Y existe una lista de cosas que no te gustan de mí? —pregunto juguetona, pero en lugar de negarlo, no dice nada, mi sonrisa desaparece, por supuesto que existe esa lista. ¿Por qué existe esa lista? Me obligo a parpadear. Me intento levantar de sus piernas pero sus manos en mi cintura lo impiden.
—Bella.
Niego con mi cabeza sin estar segura que pueda decir nada. Eric también tenía esa lista. Posiblemente todos los hombres tienen esa lista y la usan cuando necesitan terminar para siempre una relación. Por eso tiene la lista. Por supuesto. Me ha estado buscando defectos a lo largo de estos últimos días, o quizás lo ha hecho desde el principio, posiblemente para convencerse que esto que tenemos no es correcto. Se oprime mi corazón pensando en eso. Genial. Mientras yo no he podido dar marcha atrás a mis sentimientos él me ha encontrado todos los defectos.
—¿Qué tiene esa lista? —no quiero escuchar la respuesta. Por supuesto que no quiero. Pero existe y más vale saber lo que hay en ella.
—¿Toda la lista? —asiento. Así sabré cuánto le falta para dar con todos mis defectos y cansarse de mí.
—¿Es una larga lista? —no responde, por supuesto que es larga. Respiro hondo. ¿Quiero escucharlo decirme todo eso cuando estamos tan bien? Sí. Necesito saberlo.
—Dime un par.
—No estás lista para esa lista —es todo lo que dice.
Estoy por debatir, pero tocan a la puerta, me levanto con prisas y abrocho el cinturón a mi alrededor poniéndome las botas de Alice. Edward espera a que yo acomode mi cabello y él termina de abrochar su camisa antes de abrir.
—¿Interrumpo algo? —James. Edward se mueve un paso hacia el frente cuando James intenta entrar—, los dueños del hotel Paraíso están aquí. Tienen unas dudas con el diseño que se les envío. Necesitamos tu ayuda para aclarar las preguntas.
—Estoy ocupado.
—Son clientes de Jasper.
Edward mira hacia mí, no tiene que decirlo, Jasper no está en la oficina porque está cuidando de Alice. Asiento con lentitud.
—Yo ya me iba —anuncio.
—Bella.
—Estaré en el edificio.
No dejo que diga nada, me muevo ágil entre ambos hombres y salgo por la puerta esquivando la mano de Edward cuando intenta sujetarme. Cuando salgo de la oficina los empleados miran hacia mí.
Sigo caminando al mismo paso con la cara en alto, podría desfilar en ropa interior y sus miradas no tendrían ni un solo efecto en mí. Tengo experiencia en esto ¿recuerdas? La vergüenza la he dejado atrás hace mucho tiempo. Así que mi salida ahí es triunfal, por lo menos a la vista.
—Muchas gracias por su ayuda —le digo a la secretaría de la entrada al acercarme hacia el elevador. Presiono el botón y espero. Ha sido todo perfecto y luego ha sido un verdadero desastre. Hay una lista de cosas que no le gustan de mí. No son una o dos cosas, es algo que requiere una lista.
Parpadeo luchando contra las lágrimas y entro al elevador.
Cuando llego a mi edificio mi malhumor debe reflejarse porque el portero no intenta bromear conmigo ni desearme un bonito día, se limita a saludar y escabullirse detrás de recepción, lo que agradezco porque no estoy de humor.
Piso 32.
Lo primero que hago al llegar es ir al refrigerador y sacar el bote de nieve de vainilla y una cuchara. Podría usarlo en el cuerpo de alguien, si ese alguien no tuviera una lista de horribles cosas sobre mí.
Así que paso la siguiente hora comiendo nieve y viendo Bridget Jones, porque era la favorita de mamá para cuando se sentía miserable. Y entonces lloro como una niña. Pero ya no tiene nada que ver con Edward y su estúpida lista.
Tiene que ver con mamá.
Porque si mamá estuviera aquí ella estaría abrazándome mientras ambas comíamos nieve viendo Bridget Jones sintiéndonos miserables. Luego mamá me diría que los hombres son una bola de idiotas que solo saben sacar arrugas y que me pusiera a pintar un bonito paisaje.
A mamá no le gustaba Eric, tal vez ella intuía que Eric era un verdadero imbécil rompe corazones, tal vez Eric era igual al donador de esperma que dejó embarazada a mamá en una fiesta y por eso él no le gustaba nada a ella. Pero a mamá le habría gustado Edward. Le habría gustado mucho.
Y yo no puedo hablarle y decirle que estoy sintiéndome miserable porque existe una lista de cosas feas sobre mí. ¿Por qué tenías que morirte?
Abrazo al bote de nieve medio vacío mientras llevo otra cucharada de nieve a mi boca. Pero puedo imaginar exactamente lo que ella haría, me abrazaría y cepillaría con sus dedos mi cabello mientras dejaba besos en toda mi cara diciendo que yo era lo más hermoso de su vida y que estaba sacándome arrugas por una tontería.
Y tal vez haríamos lo mismo que hicimos la última vez que lloré por el tarado de Eric. Nos comenzaríamos a lanzar nieve a la cara hasta que tuviéramos todo el rostro pegajoso, y tal vez, como entonces, papá llegaría del trabajo y lamería la nieve directo del rostro de mamá.
Y yo me reiría viendo a mamá gritando exagerada por ayuda cuando en realidad se veía que estaba feliz siendo lamida por papá. Porque papá la amaba así toda llena de nieve y ella lo amaba, aunque él tuviera tan pocos modales como para lamerle el rostro.
Y estoy segura que papá tenía una lista de cosas que amaba y odiaba de mamá. Y seguramente mamá tenía una lista más larga de cosas que no toleraba de papá. Y cuando me queda la última cucharada de nieve lo único que se me ocurre es estamparla contra mi nariz. Pero no se siente como entonces, porque estoy sola en la habitación y ellos no están haciendo tonterías para hacerme reír.
Así que lloro con más fuerza agarrada a un bote de nieve vacío sintiéndome tan miserable como al principio.
Él
Tengo la mala costumbre de estar despierto antes de que salga el sol durante cada cumpleaños, como una especie de maldición. La maldición de ser consciente de mi existencia y lo que eso significa. Papá me enseñó tres lecciones durante mi infancia y juventud que de alguna manera me moldearon.
—Verás, Leo. Cuando tu mamá y yo eramos muy jóvenes tú naciste —dijo entonces papá hincándose frente a la banca mientras amarraba las agujetas de mis zapatos, estábamos sentados en el parque. Papá no había asistido a mi fiesta de onceavo cumpleaños. La mejor fiesta que había tenido hasta entonces. Mamá contrató payasos, Carlisle hizo del jardín un patio de brincolines y había dulces, golosinas y pasteles a reventar. Todos mis amigos de la escuela habían asistido y pude presumirles mi habitación porque en la casa nueva tenía mi propio cuarto.
Pero papá no había llegado.
—Y como llegaste antes de tiempo, nos tuvimos que casar.
—¿A la fuerza? —pregunté entendiendo un poco de lo que intentaba decirme.
—Sí, a la fuerza —dijo mirándome a la cara sin siquiera esforzarse en hacer uso de eufemismos o hablar considerando los sentimientos de un niño de once años. Y recuerdo que su voz fue tan dura que mis ojos se llenaron de lágrimas—, no llores Edward. Los hombres no lloran. Eso te hace parecer débil.
—¿Por eso no quieres a mamá, por mi culpa?
—Yo la quería mucho antes. Pero las personas cambian, los hijos hacen eso.
—Carlisle la quiere, papá. Tal vez tú también podrías —se levantó enojado y comenzó a caminar sin esperarme. Agarré mi mochila y me apresuré a alcanzarlo— ¡Papá!
—No puedo ir a tu cumpleaños porque me recuerdan que perdí a tu madre, eso me hace estar triste —mintió aquella vez, aunque entonces lo entendí todo mal. Mi cumpleaños hacia sentirse triste a mi padre, y lo último que quiere un niño es entristecer a su progenitor.
—Ya no tendré fiestas de cumpleaños. ¿Si hago eso te hará feliz? —se agachó al suelo para amarrar las agujetas de mi otro zapato y le dio unas palmaditas a mi rodilla, y me acobardé en el momento en que esas palabras salieron—. A mamá le gusta hacerme fiestas, la pone contenta.
—Pero ella tiene a tu hermana. Le podrá hacer fiestas a ella.
La lección que más me marcó y que me enseñó mi padre es que el amor era condicionado, que si lo quería entonces debía aceptar las solicitudes y exigencias que había de por medio para tener un amor correspondido.
—No tendré más fiestas, papá, ¿eso te haría feliz? —y sonrío dándome un beso en la frente y pasando su brazo por mis hombros para acercarme a él.
—Eres un gran chico, Edward.
Papá no se ponía triste por mi cumpleaños. Se ponía feliz por ver a mamá triste. Así que su jugada consistió en hacerme rechazar a mamá y sus intenciones de hacer fiestas, porque él sabía que con la llegada de Carlisle a nuestra vida todo había cambiado. Ella ahora no compraba velas grandes como mayor lujo o solo un par de globos de helio para que fueran toda la decoración. No. Ahora mamá podía contratar payasos y llenar un patio con brincolines si así lo quería.
—¿Y qué haré en mi cumpleaños si no tengo fiesta?
—Puedes hacer algo otro día, podríamos tú y yo salir cada sábado siguiente a donde tú quieras para festejarte, pero no por tu cumpleaños, sino porque eres un gran chico.
Lo único que yo lograba entender entonces era que mi fecha de nacimiento entristecía a mi padre. Así que para el doceavo cumpleaños me negué a cualquier tipo de fiesta como había prometido, mamá no lo entendía y Carlisle asumió que era sólo yo llegando a la pubertad, así que me dejaron no tener fiesta y tampoco pastel. En su lugar me llevaron a cenar como si fuera un pequeño adulto a un restaurante dentro de un barco. ¿Qué digo? Carlisle realmente tenía su fondo de ahorro inagotable.
Y cuando papá pasó por mí el siguiente sábado, lo primero que alcancé a escuchar que le dijo a mamá en la puerta es que hacia un terrible trabajo conmigo por no saber celebrarme, y ella que nunca fue de dejarse pisotear por él le presumió mi cena. Error.
Porque entonces no conforme con no dejarme tener fiestas añadió mientras estábamos sentados sobre la rueda de la fortuna en la feria:
—¿Por qué celebrar tu cumpleaños, Edward? ¿No entiendes lo que para mí significa?
Segunda lección de papá: la felicidad de la otra persona debe ser antepuesta a la propia.
El treceavo cumpleaños me negué a fiestas, cenas, pasteles, globos o cualquier salida. Quería estar en casa y ya. Mamá y Carlisle se dieron una mirada.
—¿Tu papá te dijo algo?
—No —era nuestro secreto, era su secreto para no meterse en problemas legales más bien. Porque puedo apostar que si mamá hubiera tenido una confirmación a sus sospechas habría metido a los abogados de Carlisle para que él no pudiera verme sin supervisión.
Pero el treceavo cumpleaños trajo entonces mi primer gran regalo: una cuatrimoto.
—Y puedo dar vueltas por todo el jardín, y Carlisle dice que también se comprara una y que en mi próximo cumpleaños tal vez pueda comprarme una motocicleta con dos llantas porque seré más alto.
—Realmente no lo entiendes, Edward. Recibir obsequios, abrazos, todas esas cosas es celebrar ese día. Tal vez lo mejor sería que hagas lo que quieres, incluso las fiestas, es evidente que no estás listo para entenderlo.
—Sí lo estoy, papá.
—Entonces, ¿acaso no sabes lo que debes hacer? Los regalos también son una manera de celebrar.
Tercera lección: dar sin recibir nada a cambio.
Por supuesto que para el catorceavo cumpleaños mamá estaba devastada, lo que más le gustaba a ella era celebrar nuestros cumpleaños, Alice había tenido Ponis durante su fiesta anterior, incluso ella se había celebrado en su propio cumpleaños por lo grande con una fuente de chocolate incluida y a Carlisle le había hecho una fiesta con sus comidas favoritas aunque sin más invitados que nosotros, Tanya, Tía Rebeca y el difunto hermano de Carlisle.
No celebré el cumpleaños catorce, ni el quince, ni el dieciséis y cuando para el diecisiete comprendí por mi cuenta lo que había pasado orgullosamente pensaba que era demasiado tarde para retractarme. No sólo había evitado fiestas y regalos para ese punto sino tambien canciones de cumpleaños, abrazos, regalos, pasteles, cenas, y todo lo que pudiera darle satisfacción a mi padre de verle arruinada mi fiesta a mamá.
Pero no fui capaz de reclamarle a papá por haber jugado con la inocencia de sólo un niño para atacar a mi madre de manera indirecta. Tampoco me atreví a contarle a mamá mis motivos reales.
Asumí una realidad detrás de la canallada de papá a ella: mi nacimiento les había arruinado la vida a ambos. Había convertido su romance inocente y juvenil en una relación de ataque unilateral, eso representaba mi cumpleaños.
Hasta ahora.
Entro al departamento con las dos hojas en las manos. Lo único que me tranquiliza es el sonido de la televisión desde el cuarto de juegos. Bella está aquí justo como había prometido. Me dirijo hacia allá dando pasos largos para llegar antes.
Me siento a su lado y tomo su mano, ella lo permite sin poner resistencia. Sus ojos están rojos al igual que su nariz… su nariz con una bola de nieve encima. No pregunto al respecto.
—Lo siento.
Niega con su cabeza, huyendo su mirada de mí. La he hecho llorar, qué idiota.
—No estoy así por ti —aclara cuando voy a volver a disculparme.
¿No?
—Estoy enojada con tus estúpidas listas, pero no estoy así por ti.
—¿Quieres hablar de ello? —tanteo un poco el terreno, me acerco un poco más a ella pasando mis pulgares por su rostro quitando el rastro de sus lágrimas— te has comido toda la nieve —señalo con mi mentón el bote de nieve vacío en el suelo. Aparece una sonrisa deprimente en su cara—, venga que no toda —pongo mi boca encima de su nariz y quito el rastro de la nieve. Me mira con sus ojos brillantes— ¿qué?
Sacude su cabeza.
—¿Si no ha sido mi culpa que te tiene así?
Ella mira mi lunar debajo del cuello y nuevas lágrimas se deslizan traicioneras en sus mejillas, vuelvo a limpiarlas. Me acerco y beso su frente aunque no me separo de ella.
—¿Cuánto tiempo toma olvidar a alguien? —no respondo, paso mi mano detrás de su cuello y acaricio su cabello enredando mis dedos en él.
—No lo sé.
—Cuando tenía celular llamaba todos los días a mamá —dice contra mi cuello—, tenía un buzón de voz personalizado con su voz. Saturaba su buzón de voz y luego tenía que borrar todos mis mensajes sin leer para poder seguir llamando. Fue lo más horrible que perdí cuando tuve que vender el celular.
Lo añado a mi… a la mierda con mis listas.
—¿Estás así por tu mamá?
—Es de repente… de pronto me doy cuenta de la falta que me hace en cosas pequeñas.
—¿Cómo cuáles? —sus ojos van a mí y de nuevo a sus manos.
—Como que no tengo con quien quejarme de ti.
—Cada vez será más fácil.
—Yo no lo creo. Siento que cada vez sólo me hará más falta.
—Tal vez cada vez tengas que quejarte menos de mí —esta vez consigo que sonría un poco—. Son para ti —le entrego las dos hojas dobladas a la mitad esperando que eso funcione para arreglar mis estupideces.
—¿Un regalo en tu cumpleaños?
—No es un regalo en mi cumpleaños.
—Nada de celebraciones hoy.
No respondo y en su lugar le entrego lo que he traído para ella. Bella pasa sus ojos encima de las hojas y lee apenas el título, me mira preocupada.
—Acabo de escribirlas para ti. En realidad, son listas mentales, no suelen estar escritas.
—Dijiste que no estaba lista para ellas —me las devuelve con sus manos temblorosas.
—No lo estaba yo.
—No lo entiendo —la veo dar un par de bocanadas de aire y sacudir su cabeza, sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas.
—Lo entenderás cuando las leas —la tranquilizo, niega con su cabeza y ni siquiera mira las hojas insistiendo en devolvérmelas.
—Si quieres romper conmigo no necesito que me muestres todos mis defectos, Edward —sus inseguridades apareciendo como siempre, ¿aunque puedo culparla?
—No digas tonterías. Si sigues haciendo preguntas, me harás cambiar de opinión —advierto, se talla los ojos antes de leer.
Sé lo que dice cada lista, las he memorizado:
Lista de cosas que me gustan de Bella:
1 Que está de buen humor incluso cuando madruga.
2 Los dos lunares en su nuca.
3 Que es divertida
4 Que puede hablar por una hora entera sin problemas
5 Lo sencillo que es hacerla feliz sólo bajando la ventanilla del automovil.
6 Lo fácil que sería pasar mi día a su lado sin ninguna distracción.
7 Cómo infla las mejillas antes de lanzarse en picada a un nuevo tema de conversación.
8 Cuando está celosa
9 Cuando está borracha y no se anda con rodeos sobre lo que piensa
10 Que ambos nos guste la pizza con champiñones con pepperoni
11 Que diga mi nombre dormida
12 Lo bien que besa
13 El modo en que me mira cuando quiere que sea dulce y le haga el amor
14 El modo en que me mira cuando quiere que sea rudo en la cama
15 Lo bien que se siente cuando regreso a casa y la veo esperando por mí
16 Que se excite viendo películas con bajo presupuesto y quiera tener sexo
17 La sonrisa que pone cuando se ha salido con la suya
Listas de cosas que no me gustan de Bella:
1 Que me haga reír cuando no estoy de buen humor
2 Que mire el lunar de mi cuello todo el tiempo
3 Que vea demasiados documentales y los memorice porque cree que eso la hará parecer interesante
4 Que ponga su cara sin expresiones para ocultar lo que siente
5 Que llore
6 Lo bien que se le ve la blusa de red negra y lo que le hace a mi autocontrol
7 Que pueda hacerme sentir su dolor
8 Que podría morir envenenado con los experimentos en la cocina
9 Que todas las mañanas reviso la app del clima para asegurarme que no habrá otra tormenta eléctrica.
10 Que no confía en mí para hablarme de su hermano.
11 Que siempre piensa en el peor escenario posible
12 Ella piensa que es un problema para mí
13 Que crea que la quiero fuera de mi vida
14 Lo fácil que es romper su corazón
15 Lo vulnerable que me siento al pensar en perderla
Levanta sus grandes y brillantes ojos marrones hacia mí y una sonrisa nerviosa bailotea en sus labios. Se queda quieta sólo intentando leer mis expresiones, pongo mi mano sujetando su mejilla y mientras recargo mi frente contra la suya sin dejar de observarla me animo:
—Te amo —ahí está. Lo he dicho.
Lo que me costó perseguir cada cosa que le gusta a Edward de Bella a lo largo de todos los capítulos. ¿Qué te ha parecido?
¿Lo añades a tus capítulos favoritos también?
¿Te ha sacado alguna risa o lágrima este capítulo?
Sobre cuándo le dirá todo a Edward:
Yo sé que todos aquí queremos que ella se sincere respecto a su pasado con él, yo también, pero eso no va a pasar pronto y espero que este capítulo haya podido mostrar que va más allá de la prostitución, sino de su deseo de mantener la ilusión de cómo él la percibe que es también el modo en que ella quisiera verse. Y si estás leyendo también Una mujer sin corazón podrás entender que la única persona que puede ponerse en sus zapatos es Alice a pesar de lo muy diferente que puedan ser.
Sobre el próximo capítulo:
—Está lleno. ¿Por qué tienes tanta ropa?
—No está lleno —pasé al lado de ella y abro un par de cajones vacíos—, y tengo demasiada ropa que ya no uso.
Voy vaciando el cajón de ropa de cosas que usaría si alguna vez volviera a tener el cuerpo delgaducho de universitario. ¿Por qué usaba este tipo de ropa, para empezar?
—Yo también era fan del futbol americano —bromea Bella mientras lanzo al suelo tres camisas deportivas.
—¿De verdad? —la miro y ella niega con su cabeza sin dejar de sonreír, se está burlando de mí. La ignoro y sigo sacando la ropa de ese cajón—, esto se va a donación.
—O a un club de fans de deportes.
—O a donación —le doy la espalda y sigo buscando entre la ropa colgada más prendas que puedan ser donadas.
—Estuve en uno de esos lugares, y créeme, nadie es fan de los deportes ahí.
Parpadeo sin girarme a verla, eso ya lo había dicho ella antes, la mañana en que despertó en mi cama e hizo intento de volver a escabullirse lo mencionó, aunque en ese momento mi mayor preocupación no era profundizar en su pasado sino hacerla entender que la quería a mi lado.
—Eso crees tú —intento que mi voz suene tan casual como la de ella, con Bella tomarla con la guardia baja es lo más sencillo para obtener información.
—No, de hecho había una pila de ropa deportiva que a nadie le interesaba tomar. Creo que es de lo primero de lo que se deshace la gente cuando supera el fanatismo por el futbol.
Ella ha estado en uno de esos lugares para personas sin techo. ¿Por qué?
Miro hacia ella pero ahora está en el suelo revisando la ropa que he ido apilando ahí. Me obligo a hablar de nuevo.
Y una pista de a dónde irán a celebrar su cumpleaños:
Boliche (guiño, guiño para quienes leen Una mujer sin corazón)
