Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.
Una dama de burdel
Amistad, amor y copas
Angielizz (Anbeth Coro)
Muchas gracias por la espera, una notita al final
Agradecimientos especiales a:
ORP; Miranda24; Noriitha; NarMaVeg, Wenday14, Sandy56, Liduvina, Lore562, DiannitaRobles, Catita1999, Adriu, Rosiichita, Cinti77, Geminis1206; JadeHSos; Nydiac10; Miop
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Ella
Miércoles, una pesadilla.
Corre, corre, corre.
Envío órdenes a mi cuerpo, pero apenas consigo moverme algunos pasos arrastrando los pies contra el pavimento.
Corre, corre, corre.
Pero no consigo correr, al contrario, mi cuerpo se paraliza. Escucho el rechinido de unas llantas y luego una puerta ser azotada. La calle oscura a mi alrededor me impide ver de quién se trata, solo siento unos brazos sujetarme del abdomen y cargarme por la espalda para llevarme a su automóvil.
Pataleo, me retuerzo y grito. Pero no hay nadie que venga en mi auxilio y no consigo soltarme de mi atacante. La cajuela se abre, miro hacia la calle, no hay ningún vehículo en el camino. Mi captor me lanza al maletero, caigo bocabajo y me giro sobre mí misma para intentar salir y entonces lo miro.
Unos ojos azules que me miran con rabia desde arriba.
—Eres una mentirosa.
Despierto con el pulso frenético y la respiración acelerada. Miro hacia mis lados, pero Edward no está en la cama. Me pongo de pie, el reloj marca las tres de la mañana. Salgo de la habitación para ir a su encuentro. No es difícil dar con él. Está sentado en el sillón de la sala con una compensa fría sobre la frente.
—¿Estás enfermo?
—Uh no, es sólo migraña.
—¿Padeces migraña?
—No, pero mamá sí y ella usaba esto.
—¿Ya tomaste medicinas? —asiente, tomo lugar a su lado, pasó mis piernas sobre las suyas y me quedo de lado mirándolo. Masajeo su cuero cabelludo desde su frente hasta su nuca, acercando mi rostro a su hombro—. Gracias por lo de esta tarde. Que me acompañaras fue importante y que aguantaras todo ese interrogatorio de Ángela fue muy amable de tu parte —sonríe, aunque mantiene sus ojos cerrados.
—Ella se veía preocupada por ti —dice simplemente— y preocupada por el hombre mayor a ti que te ha tenido en una caverna e incomunicada.
—Siento eso. Su vena de abogada siempre salta a interpretar la situación.
—Por suerte te saliste de esa carrera al primer semestre —se burla de mí.
—Habría sido útil —intento que esa frase pase por broma, pero suena triste. Aclaro mi garganta para luchar contra mis traicioneras emociones—. Sé un truco para ayudarte con tu dolor de cabeza —sin dejarlo decir nada me pongo de pie y voy por un par de cubitos de hielo al congelador. Cuando regreso a la sala en lugar de tomar asiento a su lado, me pongo a horcajadas sobre él. Edward sonríe.
—Esto es muy útil también. Aunque no sé cómo...
—Shh —lo interrumpo mientras pongo un cubo de hielo a cada lado de su frente y masajeo con mis dedos para dar círculos en sus sienes—. Debería funcionar en un momento.
—¿Congelar mis neuronas es tu técnica?
—Relájate, ¿quieres?
Las manos de Edward quedan libres al quitarse la compensa fría de la frente y ahora las tengo imitando mis caricias, en mis muslos y trasero.
—Edward —me quejo, aunque tengo una sonrisa mal disimulada.
—Shh. Relájate —repite mis palabras.
—¿Qué tienes en tu cabeza que no te deja dormir? —le pregunto sin hacer caso a lo anterior, ni detener mi masaje en su frente.
—Creo que todo —se ríe con sequedad.
—¿Quieres hablar de eso?
—Ignorando lo obvio, tengo que ganar una licitación de un proyecto y he estado lejos de la oficina estos días; James está avanzando con la demanda a Peter; no he podido contactar a mi padre y tengo el tiempo encima porque necesito vender la casa de la playa.
Ignorando lo obvio: mis problemas por el testamento.
—¿Necesitas venderla? Creí que era una buena inversión.
—Lo es, pero era de mi padre y él necesita dinero.
—Pero ya no es suya. ¿Por eso estuvo aquí hace unos días? ¿quiere que vendas su casa?
—No. Pero venderla conseguiría el dinero que quiere.
—No se lo debes. Esa casa era de tu madre y ella te la entregó a ti, no le pertenece. Tú has invertido dinero en ella para arreglarla, es tuya.
Sin embargo, mis palabras no parecen surtir efecto porque su expresión no cambia.
—¿Te pidió mucho dinero?
—Sí.
—¿Y tú quieres ayudarlo? ¿O él te está presionando con algo más?
Edward no responde esta vez y lo conozco lo suficiente para saber que la segunda pregunta tiene una respuesta afirmativa.
—Es tu padre, Edward, él no haría nada que pudiera afectarte.
¿No?
Sus ojos me esquivan.
¿Sí?
Sigo pasando mis dedos por el cabello de Edward.
—¿Tiene algo que ver la discusión que tuvieron aquí? —no responde— ¿Fue por mí?
—No —se apresura a decir, y sé que yo tengo algo que ver en eso—. Ya te lo dije, necesita el dinero para invertir.
—¿Tanto para que quieras vender tu casa? —no responde de nuevo—. Quiero entenderlo y así podré ayudarte con lo que sea que esté atormentándote.
Toma la mano en su cabello y deja un beso en mis nudillos.
—Tenerte aquí es suficiente ayuda para mí.
Suspiro porque comprendo que no conseguiré ninguna respuesta de su parte si continúo la conversación por ahí.
—¿Cómo va la demanda a Peter?
Una sonrisa orgullosa sustituye a la dulce.
—Ya estamos en eso. Lo único que lamento es no poder verle la cara cuando descubra lo que estamos haciendo.
—Tú y él eran amigos, ¿seguro que no espera esto?
—Lo que tenemos contra él requiere de años, no espera que James haya estado tras él todo este tiempo.
—¿Y Alice está de acuerdo con esto?
—Alice lo sabrá cuando sea el momento correcto.
Me guardo mi opinión para mí misma, pero sé que Alice no aprobará nada de esto. Lo único que ella quiere es dejar todo atrás y continuar con su vida. Pero Edward no permitirá que Peter se salga con la suya tan fácil.
—Si en algún momento tienes que elegir entre recuperar a mi hermano o hacer que ellos terminen en la cárcel con el riesgo de perder la demanda, mi elección siempre será Charlie, sin importar que sea justo o no. No vas a actuar a mis espaldas con eso, ¿cierto?
Edward no responde esta vez, pero esto no es algo en lo que yo vaya a ceder.
—Eric y ella se merecen el infierno, pero no a costas de Charlie. Si el camino más corto es llegar a un acuerdo con Tía, elijo eso. No me importa la herencia, ni el dinero, ni la casa. Sólo quiero la custodia. No tenemos años para planear un golpe como el que tienes contra Peter. Mi hermano está viviendo con una extraña que fue removida por mis padres como su tutora. Así que quiero que me lo prometas. No vas a actuar a mis espaldas sobre esto.
—Ellos merecen ir a prisión —debate.
—Merecen muchas cosas peores, pero quiero a mi hermano de vuelta. Y si existe la oportunidad de tener a Charlie antes, quiero que me prometas que vas a tomar esa opción.
Sujeto sus mejillas obligándolo a mirarme.
—Lo haré.
Suspiro con alivio.
—Pero no es lo justo —añade sin mostrarse conforme con mi terquedad.
—Lo sé.
Por supuesto que lo sé, pero ni siquiera diez años en la cárcel va a devolverme la paz que esos ocho meses en el burdel me robaron. ¿Acaso algo llegará a hacerlo? No lo creo. Sus manos me recorren desde mis piernas, pasando sobre mis costados a mi espalda hasta alcanzar mi cuello, acercándome con un poco de presión en mi nuca.
—Cuando menos te des cuenta ya tendrás de regreso a Charlie.
Me aferro a esas palabras que me dan esperanza.
—¿Tú lo crees?
—Por supuesto —deja un beso en mis labios—. Ven, vamos a la cama.
Caminamos a nuestra habitación, de un brinco me acomodo bajo las sabanas.
—Alexa apaga todas las luces —ordena Edward una vez que se acuesta a mi lado, se apaga la luz de la habitación y la del pasillo así que supongo que el resto de focos también lo hacen.
—Holgazán.
—¿Cómo me llamaste? —a su tono serio lo contradice su sonrisa, y antes de que me dé cuenta me encuentro siendo atacada por cosquillas. Se sube encima de mí atrapando mis piernas con su cuerpo y sujetando mis muñecas con una mano mientras la otra sigue en su tarea de hacerme reír.
—¡Holgazán! —logro gritar entre risas sin retractarme.
Pasa sus manos por debajo de mi blusa, pero en lugar de continuar torturándome con cosquillas sus dedos se mueven lento sobre mi piel. Las risas se cortan de golpe mientras miró sus ojos que delatan su deseo.
—Me gusta tu risa —declara mientras su mano conquista el espacio debajo de mi ropa interior, levanto mis caderas para darle mayor acceso a mí. Pero no entra en mí, se queda alrededor enloqueciéndome con sus caricias lentas y suaves.
—No me gusta eso.
Sonríe.
—¿No?
—No —digo sonando como una niña a la que le han prohibido hacer lo que quiere.
—No me parece así.
—No voy a suplicar por ti —le aviso frunciendo el ceño cuando su mano se retira.
—¿No?
—Por supuesto que no —la luz que se filtra por la ventana permite que vea sus expresiones y ahora distingo la que pone cuando se encuentra frente a un reto.
—¿Así que ir lento no es lo tuyo?
Trago saliva, pero sostengo mi respuesta.
—No —aunque una sonrisa me delata.
Cuando creo que me he salido con la mía, Edward me demuestra lo equivocada que estoy. Puede que llamarlo holgazán lo hiciera buscar venganza con cosquillas, pero decirle que no me gustaban sus caricias lentas y que no iba a rogar por él no era algo que Edward pudiera dejar pasar.
Así que después de quitarse la ropa, bajarme las pantaletas y mis pantalones de dormir sin preámbulos va por mí.
Edward en la cama tiene dos versiones de sí mismo.
Está el hombre que tiene una lista de fantasías sexuales y dispuesto a cumplir las mías, al aire libre, contra el cristal, en el elevador, el hombre que se queda con todo el control y que me toma de todas las maneras habidas y por haber. El sexo que nos lleva a buscar nuestros límites físicos.
Y luego está el otro: el hombre que expande su paciencia en la cama. El que me hace lenta y dulcemente el amor. A veces es uno, y a veces es otro y en algunas ocasiones es una mezcla de ambos. Aunque con los días he aprendido a distinguir a uno de otro. No usa los movimientos lentos para torturarme ni hacerme suplicar por él. Solo se toma su tiempo, y vaya que tiene tiempo. Sus manos se incrustan en mi piel, no como garras sino como anclas, como si se sujetara de mí.
Cuando me hace el amor lento su frente está pegada a la mía mientras sus manos van deslizándose con dulzura por mi cuerpo.
El sexo rudo me hace estallar en emociones por todo el cuerpo, no sé ni siquiera de donde viene el placer, sólo sé que viene como avalancha.
El sexo suave concentra el placer en puntos muy específicos. Sé exactamente donde se encuentra cada parte de su cuerpo en el mío. Su mano en mi trasero apretándome contra él, la otra tras mi nuca dejándome fija contra el colchón. Su miembro entrando despacio y profundo y luego saliendo con la misma lentitud, para volver a mí.
—Edward —gimo contra sus labios mientras mis manos se aferran a su espalda y mis piernas buscan aferrarse a él, ayudándome a levantar las caderas para que sus embestidas lleguen más lejos.
—¿Así que no te gusta esto?
Pero no hay manera de obligar a mis labios a formular una respuesta coherente, así que mi cuerpo se encarga de responder por mí. Aprieto los dientes y ojos sintiendo mi orgasmo a punto de llegar, pero cuando sale no vuelve a entrar. Abro los ojos y encuentro su mirada en la mía.
—¿No te gusta eso? —vuelve a preguntar.
—Sí. Me gusta —no rehúyo a su mirada al responder, me ahogo en sus ojos azules que se oscurecen de placer.
—No dijiste eso.
Sonrío.
—Cambié de parecer.
—Cambiaste de parecer —dice con tono burlón repitiendo mis palabras mientras toma mi mano y la lleva a mi entrepierna. Me hace doblar mi índice para sentir la humedad de mi interior—. Muéstrame.
No titubeo ni evito su mirada mientras comienzo a mover en mí justo como él hacía antes. Con mi otra mano comienzo a masajear mis pechos sin despegar la mirada de Edward.
Introduce un dedo junto al mío, no detengo mis caricias ni él lo hace.
—Quiero que te sientas, Bella. Quiero que sientas cuando te haga terminar.
—Yo…
—Shh.
Me mira desde arriba con detenimiento mientras el placer se incrementa, pero más que sentirme me enfoco en sentirlo, su mano en la mía mientras nos encontramos estimulándome, saco mi mano y tomo su muñeca para hacerlo moverse lento y duro en mí.
—Por favor, Edward.
—Pensé que no rogabas.
Sonrío, pero lo ignoro mientras empujo su mano a mí. Con su mano libre libera su muñeca que tengo aprisionada y me hace volver a lo anterior, siento mi cuerpo más cerrado que antes, y por suerte los movimientos de Edward siguen siendo como los necesito que sean. Arqueo mi espalda y un segundo después vibro y aprieto y gimo, gimo bastante y no paro de hacerlo porque después de ese orgasmo, Edward se deja de juegos, se deshace de nuestras manos y las sustituye por su miembro.
Su cuerpo sobre el mío permite que pueda sujetar sus mejillas con mis manos, sosteniéndonos mutuamente la mirada.
—Te amo.
Lo digo yo o lo dice él o lo decimos al mismo tiempo. No lo sé.
Su boca se mueve hacia mi cuello pasando su lengua encima de mi piel.
—Por favor. Hazme tuya.
—Ya eres mía.
Aun así, hace lo que le pido, succiona mi piel por casi un minuto haciéndome temblar de deseo. Cuando termina deja un beso sobre ese espacio que pronto tendrá un chupete rojo y notorio. Uno que podré ver cada que quiera o cada que él no esté cerca. Uno que me hará repetir en mi memoria lo ocurrido esta noche.
—Tu turno.
Pero en lugar de marcar su piel y declararlo mío, dejo un sinfín de besos repartidos por todo su cuello, tomándome mi tiempo en lamer, besar y tocar con mi boca, pero sin succionar. No es mío. Nunca lo será. Yo en cambio estaré eternamente endeudada, agradecida y enamorada de él, lo sé, incluso cuando esto se termine jamás podré sacarlo de mi piel y mi cabeza.
Sus embestidas aumentan de fuerza, aunque no de velocidad y yo me aferro a su espalda moviendo mis caderas al ritmo de las suyas, aferrándome a él y formando parte de él hasta que alcanzo un orgasmo y poco después lo siento dentro de mí palpitar. Mutuamente nos apretamos y aferramos al otro.
Cuando se deja caer a mi lado me lleva consigo, descanso la mitad de mi cuerpo sobre él y mi cabeza sobre su pecho, así que tengo acceso a su cuello limpio y sin marcas. Ya bastante malo será el daño emocional que dejaré en mi lugar para añadir algo físico a él.
Y con ese pensamiento en mente cierro los ojos para caer en un sueño donde Edward puede ser feliz conmigo.
Mismo día, por la mañana
Me parece que pasa un segundo cuando vuelvo a abrir los ojos, pero los rayos del sol y la cama vacía me demuestran que amaneció. Edward no está, aunque el ruido de la cocina no pertenece a él sino a Dolores. Desayunamos juntas y apenas termino mi comida voy al estudio a pintar.
Un par de horas más tarde, con la espalda tensa y los brazos acalambrados puedo encontrarle forma a simple vista a mi pintura. En el fondo pueden verse el edificio en el que viví por tantos meses, pero de las ventanas y la puerta hay fuego. Sin embargo, lo que rodea al edificio es luminoso, el cielo tiene tonos claros e inocentes, los arboles afuera son verdes y frondosos, hojas cayendo en un extraño contraste entre el caos del incendio y la tranquilidad de la naturaleza.
Interrumpo mi trabajo para enviarle un mensaje a Edward:
No lo hablamos anoche, ¿pero estás de acuerdo en que venga Ángela aquí?
Su respuesta llega casi de inmediato.
¿Estás pidiéndome permiso, mi opinión o es un aviso?
Releo su respuesta un par de veces sin saber cómo responder.
¿Las tres?
Esta vez su respuesta llega en forma de llamada.
—¿Hola? —mi voz suena más insegura que alegre así que añado—, ¿ya me extrañas?
—Siempre —espero que continúe—. ¿Las tres?
Compartimos cama y piso, he llegado a considerar su habitación como nuestra habitación, pero en realidad yo evitaba invadir su espacio. Mi ropa sucia jamás estaba en el suelo, mis zapatos siempre estaban guardados, el baño nunca tenía mis cremas y productos femeninos a la vista. Tengo la manía de dejar mis cuadernos al alcance, así que había algunas hojas y lápices escondidos entre los cajones y los cojines del sillón, pero nada a la vista y dudaba que Edward hubiese encontrado algo de eso o lo habría mencionado al menos como broma.
Así que, el resto del apartamento estaba tan intacto como cuando me mudé aquí. Excepto por el cuarto de visitas, que implícitamente era exclusivamente mío. Ahí podía dejar mis pinturas y cuadernos, aunque el material estaba en su lugar bien cerrado y guardado al terminar.
Sé que la lista de reglas que me dictó la noche en que me mudé fue eliminada por él hace tiempo, y sé que incluso si me encontrara borracha en su apartamento con música a alto volumen no me echaría de aquí, pero este lugar sigue siendo de él. Eso significa que no puedo mover los cuadros de sus paredes y poner alguno de los míos; que no tengo opinión sobre lo pálido de los colores de las paredes unido al azul; no puedo mover los sillones de lugar aunque estoy segura que se verían mejor si estuvieran más cerca de las ventanas. Jamás sugería cambiar de muebles o la decoración y sé que no debo invitar a personas extrañas a la casa de alguien más sin comentarlo antes.
—Ángela sólo quiere asegurarse que no esté viviendo bajo un puente —explico.
—Bella.
Suspiro reconociendo su tono.
—Este sigue siendo tu piso y no está bien que meta personas sin avisarte.
—Es que eres tan social que un día de estos harás una fiesta con universitarios, por supuesto.
—No me gusta tu sarcasmo —su risa hace que aleje el celular de mi oreja—. Y no me gusta cuando te burlas de mí.
—Un aviso está bien para mí.
Sonrío.
—Entonces estás avisado, Ángela llegará a las cinco. ¿Pedimos pizza?
—Me parece buena idea —asunto resuelto.
—Le diré a Dolores que prepare algo ligero.
—Nos vemos más tarde, preciosa.
Recargo mi mejilla contra el celular ante el tono dulce de su voz.
—¿Cuándo son tus próximas vacaciones? —ahora una risa más suave que antes le sigue a mi pregunta.
—No creo que a Jasper le agrade tu influencia sobre mí.
—Lo que importa es que a ti te agrade.
—Bueno… me agrada bastante.
—Si llegas un poco antes podría mostrarte lo que te pierdes por trabajar.
—Pequeña manipuladora, mientras no termines de pintar y llenar galerías de arte, alguien tiene que pagar las cuentas.
—Voy a recordártelo en unos años —paso saliva al terminar la oración. ¿Años? No estaré aquí en unos años y al notar mi error me apresuro a añadir—, no te interrumpo más o Jasper va a despedirte.
Y con esa apresurada despedida cuelgo la llamada. Aprieto con fuerza a la bola de púas que amenaza con crecer dentro de mí. Voy a disfrutar mi vida con Edward, sin importar lo limitada que esté esta vida. Vuelvo a tomar el pincel y continúo pintando para despejar mi cabeza.
El único modo en que mi relación con Edward sea a largo plazo sería si renunciara a Charlie, y eso es algo que no voy a hacer. Si tengo que poner en riesgo mi relación como resultado de sincerarme y conseguir de nuevo la custodia de mi hermano, es lo que haré. Sólo que no todavía…
Tengo una pequeña lista de pendientes que debo hacer antes de contarle la verdad a Edward. El primero: tener solvencia económica, y para eso necesito tener pinturas qué ofrecer a la venta. Así que pinto ignorando el dolor de mi espalda y brazo. Porque con cada pincelada estoy más cerca de tener un cuadro terminado.
Ayer, después de aquel emotivo encuentro con Ángela, nos hizo subir a su apartamento. Ella tenía una nueva compañera de piso, lo supe por los cambios en el lugar, los cojines rosados, las tazas de café en la encimera, los libros sobre la mesa. A Ángela no le gustan ni las cosas rosadas, ni el café ni dejar libros por doquier.
—Se llama Donna —me dijo Ángela al adivinar mis pensamientos—, acaba de mudarse, pero no creo que dure mucho, es un poco acaparadora de espacio. Si quisieras tú podrías volver.
Por un segundo aquella idea resultó atractiva, lo mejor de estudiar leyes fue vivir juntas, pero eso fue en otro tiempo y a veces se sentía como otra vida.
—Tendrás que aprender a compartir tu espacio —dije en su lugar poniendo una sonrisa, dando a entender que no podía mudarme—. A Edward le ha costado y al final se adaptó bastante bien.
Ángela le echó una mirada a Edward.
—¿Están viviendo juntos? ¿desde cuándo?
Supe que una pregunta llevaría a otra y entonces me encontraría en una red de mentiras de la que no podría salir.
—El suficiente para asegurarte que Edward no estaría de acuerdo en ser sustituido.
Una verdad que evitaba una mentira.
Ángela giró sus ojos y nos ofreció algo de beber.
—¿Vino?
—Agua está bien.
—¿Y estás viviendo aquí, en la ciudad? —asentí, tomé la mano de Edward y lo jalé hacia uno de los sillones.
—Sí —¿cuánto llevaba viviendo con Edward?
—Pensé que estabas estudiando. Charlie dice que tienes una beca.
—¿Hablas con Charlie? —no pude mitigar la sorpresa en mi voz. Charlie no me hablaba de Ángela, aunque para ser sincera, ¿por qué lo haría? Lo que Charlie quería era contarme de su vida, de su día en la escuela, de sus amigos, de sus dibujos, de sus clases, de él, de todo lo que yo me estaba perdiendo. ¿Por qué me hablaría de más?
—No mucho, tu tía es un poquito controladora con él —había un reproche tras sus palabras, mordí mi lengua para no corregirla y decirle que esa mujer no tenía ninguna relación conmigo—. Aunque mamá lo cuida a veces y ella es la que pregunta por ti. Charlie le contó que estuviste ahí para su cumpleaños, pero sé que no habías vuelto desde que te fuiste. Charlie es sólo un niño, BeliBeli. Él te necesita.
Se me clavaron cuchillas en la garganta, miré hacia mis rodillas para evadir los ojos acusatorios de Ángela. Cuando volvió a hablar su voz era más suave que antes.
—No te juzgo, perder a tus padres debió ser brutal, pero no entiendo qué haces aquí, pensé que estabas terminando tus estudios en odontología, aquí no hay eso.
No, aquí no había eso. Si hubiera esa opción aquí me habría mudado de regreso a vivir con Ángela cuando elegí mi segunda carrera, buscamos en universidades alrededor y no encontramos nada parecido.
—No tengo la custodia de Charlie —respondí.
—Lo sé —levanté la mirada a ella, Ángela estaba en el sillón individual frente a nosotros con sus brazos cruzados mirando a Edward— ¿fue por él que dejaste la custodia de Charlie?
¿Qué historia sabía Ángela? La que Tía le había contado a sus padres, por supuesto.
—Claro que no —la indignación afloraba en mi voz al tiempo que me enderezaba en mi sitio.
—No entiendo qué haces aquí, ¿Cuánto llevas viviendo aquí?
—Casi diez meses.
—¿Y qué estabas estudiando? ¿Dónde? Porque terminé de estudiar en diciembre y antes de eso no te vi en la universidad.
—No estoy estudiando.
—¿Qué edad tienes? —le preguntó directamente a Edward. Él se convertió en el nuevo culpable de mis decisiones a sus ojos.
—Edward no tiene nada que ver en esto.
Pero Ángela estaba metida en ese rol de abogada, cruzada de brazos y con una ceja levantada mientras movía sus labios de un lado a otro sin creer en lo que le decía.
—¿No? Le diste la custodia a esa mujer para seguir tu vida, Bella, por todos los cielos. ¿En qué estabas pensando? ¿Quién es Tía? Nunca en mi vida la vi y sé que tú tampoco y mis padres no tenían idea de quien era. ¿Por qué no le diste la custodia a mis padres? Sabes que Charlie los quiere como si fueran sus tíos. Ese pobre niño perdió a sus padres y te perdió a ti. ¿Y tú estás haciendo qué exactamente mientras tanto?
¿Quién era Tía?
Esa era la misma interrogante que no me dejaba tranquila.
¿Qué tanto Tía había lavado el cerebro de los padres de Ángela para que tuvieran esa idea sobre mí, la misma idea que ahora también compartía ella? ¿A cuántas personas más les lavó el cerebro? ¿
Si Ángela, la persona que fue mi amiga desde que éramos niñas y que por lo tanto mejor me conocía, había creído esas mentiras, ¿Quién iba a creerme a mí?
Me cubrí el rostro con ambas manos, pero eso no detuvo a las lágrimas ni al llanto que siguió después. Me encontré de nuevo llorando sin consuelo entre los brazos de Edward mientras me apretaba contra su cuerpo.
No tenía voz para enfrentar a Ángela y desmentirla, mientras yo estaba pausando mi siguiente movimiento, esa mujer ya había tomado la ventaja para poner en mi contra a las personas que me conocían. Por suerte Edward no era del tipo que se queda callado por mucho tiempo.
—Bella acaba de descubrir que tuvo la custodia de Charlie. Esa mujer la engañó para firmar un documento para ceder la custodia sin que ella supiera de lo que se trataba.
—Señorita, Bella, me retiro antes. El señor Edward está aquí.
Dejo el pincel en el vaso de agua y me levanto emocionada.
—Gracias, Dolores, nos vemos mañana —la voz de Edward suena en el pasillo. Me apresuro al baño, me quito la camiseta vieja con la que pinté, tomo la blusa que tenía puesta antes que está sobre el lavamanos y me suelto el cabello. Cuando termino de mejorar mi aspecto, salgo de regreso al estudio, encuentro a Edward de pie frunciéndole el ceño a la pintura en la que estuve todo el día trabajando.
—No te gusta.
—No. No me gusta —admite.
—Siempre puedes pedir un cuadro que sea de tu agrado.
Sus ojos van a mí, él sabe lo que significa ese edificio para mí, no estuvo ahí más que una vez hace demasiado tiempo, pero sabe lo suficiente para entender lo que representa.
—¿Por qué no pintas la vida que te gustaría tener en lugar de las pesadillas que te atormentan?
Porque no sé cuál es esa vida.
No.
Sé cuál es esa vida. Mi último sueño me mostró esa vida. Una donde Edward se ríe mientras estamos sentados viendo el atardecer tras el mar. Sólo eso. Es así de simple la vida que quisiera.
—Volviste antes, ¿Jasper te despidió? —cambio de tema de manera repentina.
—Jasper no puede despedirme, no es mi jefe.
Consigo mi cometido, que deje de hablar de las cosas oscuras que pinto y se enfoque en salvar su orgullo.
—¿No lo es? —mi voz consigue el tono de impresión que requiero.
—No. Ambos estamos al frente de la empresa.
—Pero uno tiene que ir un paso por delante, ¿no?
—¿Y piensas que ese sería Jasper? —pica el anzuelo.
—Bueno…
—Si Jasper lo fuera yo no estaría aquí, ¿o sí?
Mi sonrisa burlona me delata en mi juego.
—Estoy sacándote canas.
—¿Canas? —suena indignado—. ¿De verdad?
—Tienes treinta y tres años, ¿cuánto tiempo crees que pase antes de que empiecen a salir?
—¿Sabes qué? He tenido suficiente de ti —y seguido de eso camina hasta mí, se agacha y un segundo después me carga al hombro, suelto una risa cuando su mano le da una palmada a mi trasero.
—Cárgame ahora que puedes.
—Voy a demostrarte lo mucho que puedo hacer contigo.
Y yo sonrío feliz porque es todo lo que espero.
Unas horas, mucho sexo después…
Son las cinco de la tarde, en punto y justo entonces escucho los toques en la puerta. Acomodo una última vez mi blusa y mi cabello, le doy un vistazo a Edward que va a la cocina para fingir que estábamos haciendo algo diferente a tener sexo antes de ser interrumpidos por los golpes. Edward levanta su pulgar hacia arriba y sé que me veo presentable.
Había olvidado lo disciplinada y puntual que era Ángela. Pensé que las cinco de la tarde podrían ser minutos más tarde, pero llegó justo a tiempo. Lo que no olvidé es lo expresiva que es.
—Realmente vives aquí —dice sin ocultar su impresión por el edificio. Me hago a un lado para dejarla entrar—. Oh por… —exclama entrando al apartamento dejando a libertad a sus ojos escanear cada rincón del lugar.
—¿Tuviste dificultad en llegar aquí? —pregunto intentando que se enfoque en otra cosa que no sean los caros muebles y el lujoso apartamento de Edward.
—No, ninguna.
—¿Vino? —ofrece Edward desde el otro lado de la isla de la cocina. Ángela mira hacia él y asiente.
—Vino estaría muy bien —añade Ángela mientras sus ojos van y vienen sin disimulo por todo el apartamento, que sí, Edward tenía dinero, ¿pero no podía fingir unos segundos que no estaba asombrada por el lugar en el que estuve escondida los últimos meses?
—Yo sólo agua —digo para atraer la atención de Edward y que ignore a mi curiosa amiga que ahora está tocando el sillón de piel blanco para asegurarse que sea de calidad. El día anterior no tuvimos del todo un buen inicio, pero quería que Ángela y Edward se agradaran. No estaba segura que ella fuera del agrado de él luego del vómito verbal de Ángela en mi contra, pero tampoco estaba segura que él fuera del agrado de ella.
Ángela nunca estuvo convencida de mis elecciones en hombres, no creo que exista algún exnovio mío que fuese de su agrado, de hecho cada noviazgo sólo incrementó su repudio por ellos. A tal grado que Eric y ella apenas se toleraban por más de un par de minutos.
Y no quiero eso de nuevo.
—No, no quieres agua. También vino para ella, vamos a celebrar. ¿Ya te contó Bella que una copa de vino está muy bien para ella, pero dos son mortales? —y abre Ángela sus ojos haciéndome reír por su exageración.
—Lo descubrí por mi cuenta —dice Edward mientras va al comedor donde tiene un mueble lleno de botellas de vino.
—¿Se emborrachó sola?
Edward se ríe desde la otra habitación, ruedo mis ojos.
—Y con todo el alcohol que encontró a su paso —bromea Edward volviendo con una botella de vino. Camino a la cocina y abro la puerta donde guarda los vasos y copas. Saco tres.
—Dime que no le vomitaste encima —pide Ángela al tiempo que toma asiento frente a la barra.
Abro la boca indignada.
—Para, por favor. No he estado borracha más de diez veces en mi vida —pero Ángela se cruza de brazos— y la que vomita eres tú —añado para defenderme.
—¿Lo hizo? —le pregunta a él ignorando mi alegato.
—No, se quedó dormida a mitad del camino —le cuenta Edward haciéndome enrojecer, al parecer jamás lo haré olvidar la vez que me emborraché.
—¿Y cómo conseguiste despertarla? Una vez tuve que dejarla en la silla del comedor porque ahí se quedó dormida.
—Tiene un sueño pesado, es cierto. Tuve que cargarla del auto a su habitación —levanto una ceja y miro a Edward.
—Estás mintiendo, caminé dormida hasta acá.
—No, tú no podrías —dice Ángela con tono burlón—. Yo intenté eso muchas veces.
—¿Muchas veces? ¿No habían sido solo diez? —me pregunta Edward tocándome las costillas con la punta de su dedo.
—Diez veces, son muchas —y entonces capto lo importante de su comentario—. ¿No caminé hasta aquí?
Niega con su cabeza. ¿Realmente me trajo en brazos? Me cubro el rostro con las dos manos sintiéndome avergonzada con mis propias acciones.
—¿Y no cantó? —levanto el rostro, ¿lo hice?
Edward me mira con una expresión de diversión total, se lo está pasando relindo viendo a Ángela soltar todo eso de mí.
—No, no lo hizo —aunque por su tono sospecho que desearía que lo hubiese hecho.
—Oye eso fue una vez —intento salir en mi defensa.
Ángela ladea su rostro y niega.
—Dos… tal vez tres veces —alego, Ángela levanta una ceja, ruedo los ojos—, bien, más de tres veces —admito.
—Pero canta muy bonito, incluso borracha —dice ella a mi favor.
—¿Eso ocurre en la segunda copa? —pregunta Edward interesado en la respuesta.
—Ustedes dos paren de hablar de mí.
—En la quinta —responde Ángela ignorando mi protesta. Se nos queda viendo un momento hasta que finalmente dice: —. Lo que me parece extraordinario de que ella salga contigo no es tu edad, eh. Así que dime, ¿cómo la convenciste de aceptar salir?
—¿Convencerla? —levanta una ceja Edward mirándola de ella a mí claramente ofendido por poner en duda sus técnicas de conquista.
—Bella le tiene fobia a los ojos azules.
—No es verdad —me apresuro a decir, pero mis mejillas subiendo de temperatura me contradicen.
—¿Por lo de los extraterrestres? —la voz de Edward suena como si estuviera aguantándose la risa.
—Ya no es así. Eso era cuando yo tenía diez años.
—¿Y qué dices de todas esas películas que dejabas de ver cuando salía un actor de ojos azules?
¿Se puede estar más avergonzada?
No lo creo.
—Eso fue en la secundaria —me justifico antes de tomar mi copa de vino y darle un largo trago hasta terminar con su contenido. Cuando dejo la copa sobre la barra me doy cuenta que tengo la mirada de los dos sobre mí—, por favor, no voy a sobrevivir a esta reunión sobria.
—¿Entonces no salías con hombres de ojos azules? —quiere asegurarse Edward, o regocijarse en ese hecho.
—No es un color común —digo en lugar de ser honesta, pero Ángela no lo deja pasar.
—Por favor, ¿Qué hay del que te invitó al partido de béisbol cuando estábamos en la universidad?
—Me invitó a un partido de béisbol. No fue solo porque tuviera ojos azules —me cruzo de brazos.
—Te apuesto a que tenía muchas camisetas de equipos deportivos —bromea Edward, y entiendo su referencia. Resultó que Edward tenía muchas de esas camisas cuando era joven y las donó para ser usadas como ropa vieja con la que puedo pintar.
—De acuerdo, no me gustaban los ojos azules, me parece un color frío —admito, levanta ambas cejas con indignación, una un poco más arriba de la otra—. Pero los tuyos no lo son.
—¿Y qué hay de los extraterrestres? —pregunta burlón, jamás conseguiré que se olvide de esto.
—Tal vez no me importan los extraterrestres si están bien escondidos en tu cabeza.
—¿Ósea que aún lo piensas? —ruedo los ojos.
—Por supuesto. Lo cierto es que solo salgo contigo porque quiero saber cómo salvar a la humanidad de una guerra intergaláctica —espero que pueda detectar el sarcasmo en mi voz.
—Cielos, ustedes son un encanto. Pero si empiezan a follar frente a mí, me voy —habla Ángela recordándonos que no estamos solos, mis mejillas se sienten calientes y voy a responderle cuando el celular de Edward interrumpe.
—Un minuto —dice como disculpa Edward caminando hacia la habitación.
—¿Qué te parece? —le pregunto a Ángela.
—¿El apartamento? ¿O tu novio? Porque estoy que alucino con este lugar, y creo que Edward es el primer novio que me agrada para ti —sonrío.
—¿En serio?
Asiente.
—Lo dices porque te ofreció vino, ¿cierto?
—Por supuesto —bromea levantando su copa—. Brindemos por tu nueva y renovada elección de hombres.
No podría estar más de acuerdo con ella, choco mi copa a la de Ángela y estoy por darle un trago cuando regresa Edward.
—Lo siento, tengo que salir. Pero son libres de pedir comida a domicilio y terminar con mis botellas de vino.
—Te tomaremos la palabra —le advierto.
Edward se acerca a mí para dejar un casto beso sobre mi frente.
—No me esperes, puede que llegue tarde. Solo no olvides cerrar con seguro —mira esta vez a Ángela—. Si una segunda copa se convierte en una segunda botella puedes quedarte en el sillón del estudio.
—¿Y si se convierte en una tercera botella?
Edward me da una mirada a mí.
—Está bromeando… o tal vez no.
—No saltes en mis muebles, ¿sí?
Ángela y yo nos reímos, da una tercera despedida y se va. Llevamos nuestra pequeña fiesta a la sala de la televisión. Ángela pide pizzas y yo tomo del refrigerador quesos y carnes frías para batanear, además del vino.
—Es guapísimo, obviamente te desapareciste un año completo —Ángela señala a nuestro alrededor, la sala del apartamento—. Vives en un palacio moderno, dime que tiene un hermano soltero.
—Solo tiene una hermana —finjo una voz de pena para ella.
Suspira con falso ademán de decepción.
—¿Y cómo se conocieron?
—Uh… ya sabes, la calle, fue una casualidad —no quiero mentirle, pero sé que Ángela tiene el talento para sacarme las palabras. No hay resentimiento entre nosotras, pero no quiero contárselo a ella. No antes que a Edward.
—Brindo por esas casualidades. ¿Los hombres como él que calle usan para pasear? —bromea y yo me río, pero eso no evita que le lance con uno de los cojines del sillón. Me lanza de regreso el cojín—. Lo que no entiendo es porque si llevas tanto tiempo viviendo aquí no me fuiste a buscar —se cruza de brazos—. ¿Fue por no estar en el funeral de Terry y Charles? Yo no lo supe hasta que volví del intercambio, te juro que si mis padres me hubiesen contado lo que ocurrió habría regresado para estar contigo.
Toma mis manos entre las suyas.
—No tienes idea de lo molesta que estuve al descubrir que me ocultaron la muerte de ellos. Debió ser mi decisión volver por ti, no de ellos. Si lo hubiese sabido, te habría acompañado en todo el proceso, tienes que creerme.
—Yo se los pedí. Sabía lo importante que era ese intercambio para ti, si estabas aquí o allá mis padres seguían muertos. Yo no pensé que fuese a ser una diferencia tenerte aquí —se me llenan los ojos de lágrimas—, pero lo fue. Por supuesto que lo fue. No tienes idea de las veces que quise llamarte —aprieto sus manos que tengo aun entre las mías—. No te llamé porque pensaba que estaba haciéndote un favor, que en unos meses volverías y entonces podrías ser mi persona de apoyo, pero luego no lo hice porque estaba tan enojada contigo.
Me tiemblan los labios.
—¿Enojada conmigo?
Me tallo los ojos para luchar contra el llanto, no sé cómo decírselo.
—¿Por qué? —su voz demuestra el dolor que mis palabras le producen.
—Me mudé con Eric cuando llegué aquí. Viví ahí unas semanas y en la última pelea que tuvimos él me dijo que estaba saliendo contigo.
—¿Qué? —se ríe y niega con su cabeza—. ¿Cómo se le ocurrió? De toda la mierda que podía inventarse él… —pero se calla al ver que no me burlo ni río con ella— ¿lo creíste? —suena ofendida.
—Yo… bueno él… él sonó convincente… yo no creí que tuviera una razón para mentirme.
—No la tenía, ¿por qué mierda te dijo eso? Maldito cobarde.
—Para echarme… y para que no te buscara.
Y entonces le cuento lo que descubrí hace sólo unos días, la herencia, el segundo testamento, la custodia de Charlie y el dinero de la herencia que me hicieron entregar para pagar una falsa deuda.
—Bella, mierda, Bella. ¿Es que no prestabas atención en las clases? —pues no, terriblemente no lo hacía—. Las deudas no se heredan.
¿Cinco minutos le tomó a ella descubrir el engaño?
—¿Ya tienes una demanda en su contra?
—Necesito ser solvente para mantener a Charlie.
—Tonterías, les metemos una demanda que se queden sin un peso y con ese dinero sobrevives, además cuentas con la pensión de Charlie y con tu guapísimo y rico novio.
¿Decirle que no sé si seguiré contando con él después de que le cuente lo que hacía? No, no puedo decirle eso porque hará preguntas.
—Cuentas conmigo, y con mis padres. Y tienes muchos cuadros para vender, véndelos todos. Ahí tendrás un colchón para los siguientes meses. Usa tu cabeza, Bella.
—James quiere que encontremos primero a Eric, ¿sabes dónde vive?
Niega con su cabeza.
—Cuando yo regresé de Europa, él ya se había ido. A estudiar al extranjero o se mudó a Canadá, nadie tenía muy claro a dónde se fue. Pensé que te fuiste con él, y cuando pasaron las semanas y no había señales tuyas, lo contacté porque tú número me enviaba a buzón. Y entonces dijo que terminaron, pero no me dijo más, ni porqué, ni que vivieron juntos, ni nada. Mamá sólo sabía detalles por Charlie, estabas estudiando con una beca. Su tía le dijo que fue demasiado para ti y te fuiste para despejarte.
Y lo creyeron, todo mundo se creyó esa mentira.
—¿Por qué no has metido la denuncia?
—No tengo evidencia de lo que hice estos meses.
—¿Y qué estuviste haciendo?
—Demasiadas cosas tristes por un día, háblame de ti, ¿qué has hecho todo este año?
Y por suerte Ángela lo deja pasar y se pone a contarme su vida.
Platicamos por horas, desempolvamos todos los temas que podemos y entre risas y copas de vino se hace noche.
—Estoy muy borracha —dice Ángela tocándose la frente.
—Quédate aquí… la oficina de Edward cuenta con un sofá.
—No, no. Tengo que volver a mi apartamento. Le pediré a Benjamín que pase por mí.
—¿Benjamín?
Una sonrisa amplia aparece.
—Es algo reciente, aunque papá y mamá ya saben de él.
—¿Y qué tal te fue?
—Papá se puso muy celoso al principio, ya sabes que nunca llevaba a nadie a casa. Mamá está muy feliz, él le gusta mucho.
Sonrío y le doy un trago pequeño a mi copa.
—¿A mis papás les habría gustado Edward? Bueno, sé que tenemos diez años de diferencia, pero…
—Por supuesto que sí, les habría gustado mucho. Se ve que te quiere.
—¿Sí?
Ángela no me mentiría.
—Sí —asegura tomando mi mano y dándole un apretón—. Te ves feliz.
—Lo estoy —confirmo.
—Bueno, me alegra, porque no volverás a desaparecerte, ¿entendido?
Un rato más tarde su celular vibra, es Benjamin avisándole que está esperando por ella frente al edificio. Me pongo de pie y la acompaño a la puerta. Paso mis brazos por su cuello mientras me aprieta contra sí desde mi cintura.
—Buscaré a Eric por mi cuenta, déjame a ese idiota a mí. Si tú lo buscas lo pondrás en alerta. Y mientras tanto vende tus cuadros, dibuja y mierda, responde el maldito teléfono.
—Te enviare un mensaje cuando llegues a casa.
Se ríe y niega con su cabeza.
—Deja que yo te lo envíe mejor. ¿Cómo sabrás que llegué?
—Demasiado alcohol —me disculpo mientras abro la puerta para que pueda salir.
No tengo idea de cómo conseguí llegar a la cama, pero cuando despierto, por la luz de la ventana, asumo que todavía es de madrugada y que estoy en la habitación. Estoy tan cansada que apenas entreabro los ojos un momento antes de volver a cerrarlos para seguir durmiendo. Edward está hincado del lado de mi cama viéndome dormir. A los pocos segundos siento su mano deslizarse en mi rostro para descubrir mi rostro bajo la maraña de cabello.
Abro un ojo, pero la oscuridad lo cubre con la ventana a sus espaldas, solo soy capaz de distinguir su silueta.
—¿Cómo te fue?
Encuentra mi mano bajo la almohada y la lleva a su boca dejando un casto beso sobre mi piel.
—Fue un día difícil —admite.
Desenredo mis dedos entre su mano para acariciar su mejilla, recorriendo el principio de su barba.
—¿Quieres hablar de eso?
—No, sigue durmiendo.
Pero hay un tono extraño en su voz.
—¿Es tu papá?
—Sí, es un hombre muy difícil cuando se lo propone.
—No mereces eso. Tu eres demasiado bueno para ser hijo de él.
—A veces no me siento demasiado bueno —admite.
—Oh Edward, ¿de qué hablas? Tú eres increíble —me siento en mi lugar, aunque Edward sigue hincado al lado de la cama, así que mi cabeza queda por encima de la suya, paso mis brazos por su cuello apretándolo contra mí, recargo mi mejilla sobre su cabello—. Tu padre está siendo necio y mezquino, ya entrara en razón. Él te quiere.
—No estoy seguro de eso.
—¿Cómo no lo haría? Todos a tu alrededor te quieren —me separo de él y tomo su rostro con mis manos para recargar mi frente contra la suya—. Odio verte así, no es justo que él te trate de esta manera. ¿Qué puedo hacer para hacerte sentir mejor?
Se separa de mí para ponerse de píe y deshacerse del pantalón de mezclilla y su camisa de botones. En bóxer y con camiseta de resaque se introduce bajo las sabanas, llevándome con él.
—Sólo abrázame.
Lo hago, paso mis brazos por encima de su cuerpo enterrando mi rostro en su pecho al tiempo que él me aprieta contra sí.
—Dime algo —pide una distracción, me rebano mi adormilado cerebro en dar con una buena respuesta.
—Estaba teniendo un buen sueño, ¿sabes?
—Siento haberlo interrumpido. Últimamente tienes pesadillas.
—¿Lo notas?
—No siempre, a veces sólo lo noto hasta que despiertas de golpe.
Asiento para mí.
—¿De qué era tu sueño? —pregunta acariciando mi mejilla.
—Estábamos en tu casa en la playa y había arena en la habitación.
—¿Sí?
—Y estabas acostado conmigo hablándome de comida —cierro los ojos mientras respiro hondo, dejando que el sueño vaya ganando sobre mi capacidad de estar despierta.
Se ríe quedamente, aunque me parece que lo hace más que nada por cortesía.
—Suena a mí.
—Uhm sí, y se sentía como tú también —intento cambiar de táctica pasando mis dedos por la piel desnuda de sus brazos.
—Oye… —detiene mis dedos traviesos.
—¿Sí?
—Eres maravillosa —sonrío, aunque no abro los ojos.
—Si me quedo dormida, puedes hacer cosas sucias conmigo. Sin mi consentimiento o con él.
Nunca he tenido sexo dormida y jamás me he quedado dormida teniendo sexo, pero estoy casi segura que es algo que hoy podría ocurrir.
—Abre los ojos —lo hago, no solo porque me lo pide, sino porque su voz sigue sonando tan atormentada como cuando regresó de encontrarse con su padre—. Quiero tu consentimiento, y quiero que estés despierta también.
—Eso sí será un reto para mí.
—Concédeme eso, Bella.
Lo hago, por supuesto. Si él me pidiera no dormir en una semana, lo haría por él.
—¿Alguna vez…—se pone encima de mí, dejo mis rodillas a cada lado de su cuerpo mientras sus brazos sostienen la mayor parte de su peso. Presiona suavemente mis labios con su pulgar.
—¿Sí? —lo animo a continuar.
—¿Te he dicho lo agradecido que estoy por encontrarte?
Me obligo a parpadear con rapidez, esquivo sus ojos azules mirando hacia el lunar de su cuello.
—¿Podrías prometerme que intentaras recordar eso? —me encuentro con sus ojos en la oscuridad.
—¿Qué exactamente?
—Cuando… cuando yo… —pero cobardemente vuelvo a mirar hacia su cuello—, cuando te hable de mi pasado… ¿podrías quedarte con esa idea?
—¿Crees que me arrepiento de algo contigo? —hay indignación en su voz.
—Lo harás —niega.
—Te lo prometo.
Paso mis brazos alrededor de su cuello sintiendo que ahora soy yo quien necesita solo un abrazo de su parte. Voy a disfrutarlo, me repito, lo que sea que nos quede juntos, me aferraré a él por ahora y luego estaré lista para dejarlo ir. ¿Aunque eso vaya a destruirme? Sí, incluso así.
Viernes, diez días después
Rose decidió que Emmet no sería capaz de un retrato posando, en su lugar me envió ayer una serie de fotografías de los dos para poder hacer el cuadro. Había una ventaja y una desventaja: la ventaja es que podía avanzar de manera más rápida sin la necesidad de tenerlos posando para mí, así podría pintar apenas despertaba y tanto como retuviera energía y creatividad en mis dedos. La desventaja era que Rose quería que fuera una sorpresa para ambos, así que no sabría su opinión hasta que estuviera listo el retrato. Y ya que ella era mi primera cliente y la opinión de Edward no era objetiva recurrí a Alice una semana más tarde.
Su boca abierta debía ser una buena señal de lo bien que iba el cuadro.
—¿Tú crees que le guste? —todavía me hacía falta añadir el fondo y hacer un poco de énfasis con las sombras para un toque más realista.
—Le encantará —dice convencida dando unos pasos hacia el cuadro reclinado en el caballete.
—Aún no seca —le advierto antes de que ponga su mano encima de la pintura. Alice baja el brazo y camina en la habitación para ver el resto de cuadros terminados.
Levanta uno de los lienzos con la pintura de una rosa blanca hermosa que va mostrando cómo se marchita de derecha a izquierda, con un edificio viejo en el fondo. Alice mira hacia mí y levanta una ceja.
—¿Cuándo vas a decírselo?
Bajo la mirada a mis manos mientras niego.
—Bella.
—Lo haré… tengo qué hacerlo.
—¿Y qué estás esperando?
—Necesito vender mis cuadros, tener dinero.
—¿Y para qué quieres dinero?
—Todos necesitamos dinero para sobrevivir. Y yo no voy a poner en riesgo la seguridad de Charlie. Lo que es irónico porque no sé si está en riesgo ahora mismo con esa mujer, pero tampoco puedo asegurar que no peligrara estando conmigo. Necesito dinero. Necesito pintar. Vender todo esto.
Alice mira alrededor y va hacia mis cuadros viejos, los que pinte hace más de un año. Un paisaje de la playa en una tarde de verano llama su atención.
—Quiero este.
—Alice…
—Y quiero ese —apunta hacia uno con juego de sombras y luces provocadas por una botella de cristal—, y ese de allá —señala otro donde se ve la silueta de una mujer mirando su propio reflejo dentro del mar—. Compraré esos tres. Y también ese —señala el de la rosa y el edificio.
—No puedo vendértelos a ti.
—¿No? No veo a nadie más aquí, ¿o sí? Voy a comprar esos cuatro, los colgaré en mis cafeterías y conseguiré clientes para ti —se cruza de brazos y eleva el mentón mostrándose retadora ante mis replicas. Suspiro.
—Ni siquiera sé cuánto valen.
—Dame una cantidad.
—No lo sé… ¿quinientos por los cuatro?
Levanta una ceja y hace un mohín con sus labios para después poner una línea recta con ellos de disgusto.
—Así jamás vas a ganar dinero. ¿Por qué Diana no te da un valor objetivo?
—¿Diana?
—La madre del idiota hijo de perra con sarna.
—¿La madre de Peter?, ¿la vecina de Edward?
—La vecina de mi hermano era una etiqueta más justa para ella.
Niego con mi cabeza.
—Diana sería la última persona que pondría a darle un valor a mis cosas.
—Ella es profesional, si mamá se lo pide podría ser muy útil.
—No quiero venderle mis cuadros.
—No, no vas a vendérselos. Va a ponerlos en venta para ti —levanto una ceja sin entender—. ¿No te dijo Edward? Ella es artista.
Aprieto los labios, la última persona con la quisiera tener algo en común es Diana. La desagradable mujer que sintió repudio por mí apenas me vio llegar al edificio. Por eso es que Edward no me lo dijo, comprendo.
—No.
Alice suspira.
—Eres testaruda en las cosas incorrectas, Bella.
Deja los cuadros y sale de la habitación, cuando regresa trae consigo su bolso bajo el brazo y en sus manos su cartera. Saca varios billetes y me los tiende.
—Esto es por el de la rosa.
—Alice, no puedo aceptar todo eso.
—Que sí, terca. Sí puedes. Vas a aceptarlo, y vas a jurarme que no aceptaras menos por lo que sabes hacer. Te pagaré los otros mañana. Y quiero un pedido especial.
Así es como Alice se convierte en mi segunda cliente. Su pedido es de lo más interesante.
Estamos sentadas frente a la barra con varias hojas encima y diferentes dibujos que Alice me ha indicado que quiere.
—¿Crees poder? —pregunta con emoción.
—Sería como un collage.
—No tengo idea, pero digamos que sí —sonrío—. Tengo una idea de lo que quiero que contenga, pero eres libre de añadir tu creatividad en eso.
—De acuerdo.
Miro el boceto que he dibujado para ella con todos los detalles que fue describiéndome para su collage, quiere un regalo para Jasper y ha decidido obsequiarle todo aquello que representa algo importante para ambos. No profundizó mucho al respecto, tengo bolos, comida mexicana, comida frita, tacos, una rosa azul, unos zapatos rosados para boliche, y otra serie de objetos y escenas mezcladas que para mí no significan nada, pero que asumo tiene algún sentido para ellos.
—Tienes que ser un poco más de mente abierta, Bella. Edward estará de tu lado.
—¿Y si no?
Me da un apretón en la mano.
—Yo estaré de tu lado incluso si mi hermano es un cabeza dura con el tema. Tengo un apartamento con dos habitaciones y todo. Posiblemente Jasper se cuele a mi apartamento en algún momento sin pedir permiso —sonríe con calidez y sé que no sería un problema—, pero aun así, puedes contar conmigo.
—Gracias, Alice.
Se me llenan los ojos de lágrimas, pero consigo mantenerlas dentro y luego me deshago de ellas. Voy a ser feliz, me he prometido ser feliz, aunque el recordatorio de lo que está en juego siempre está picándome las costillas.
—¿Podrás hacer el cuadro? Quiero que sea grande como un cartel de película, rectangular, y nuestros nombres arriba como si fuéramos los actores. Y en letras que parezcan de comics una frase estúpida como nuestra propia película.
—¿Cuál título iría bien?
Lo analiza dándose golpecitos en la nariz.
—¿Las ventajas de perder apuestas suena muy mal?
—¿Algo más corto?
—O talvez algo como… ¿Don Perfecto y Señorita Imperfecciones? ¿Eso suena tan ridículo como creo?... ¿La apuesta?
—Me gusta eso último.
—Eso entonces.
—¿Alice?
—¿Sí?
—¿Cómo sabes que no se enojará conmigo?
Me sonríe con complicidad.
—No lo imagino molestándose por algo que te mantuvo con vida. No contigo. Quizás con todos los que pudieron propiciar a eso. No eres la villana, Bella.
No soy la villana, pero tampoco me siento como la heroína de mi historia. Y debe ser capaz de leer mis pensamientos o yo soy demasiado expresiva porque sacude su cabeza y se levanta del banco frente a la cocina.
—Olvídalo, tengo que sacarte de aquí. Es viernes, ¿y sabes para que son los viernes?
Niego con mi cabeza, porque sé que decirle películas y videojuegos será la respuesta incorrecta. Es así como me lleva de la mano a mi habitación, elije ropa para mí, luego me hace sentarme en la orilla de la cama y comienza a maquillarme.
—Saldremos de fiesta. Sólo tú y yo —anuncia lo que ya estaba asumiendo.
Edward llega del trabajo casi a las ocho de la noche, el día anterior se quedó conmigo en el apartamento porque al parecer tanto vino consiguió dejarme una resaca insoportable y él no quería dejarme sola en el baño. Porque sí, ayer vomité todo el alcohol que se quedó conmigo. De su parte conseguí un regaño leve: La resaca da por deshidratación Bella, si fueras responsable no te irías a dormir sin beber agua. Pero además de eso, no hizo ningun comentario y se limitó a sostener mi cabello aunque protesté para evitarlo.
Ahora sí, jamás iba a olvidar esa mala borrachera a mitad de semana.
Así que Edward llega tarde por mi culpa y para cuando entra a la habitación nos encuentra arregladas, maquilladas y en zapatillas.
—No conduzcas si tomas —le dice a Alice en lugar de protestar o intentar colarse con nosotras.
—Uy eres un aguafiestas, tenía tantas ganas de emborracharme y conducir con los ojos cerrados. Hablando de aguafiestas, tengo que cancelar con Jasper.
Y diciendo eso Alice sale de la habitación.
Miro a Edward con una pequeña sonrisa.
—¿Seguro que está bien si salgo con tu hermana?
—¿Por qué no lo estaría? —pregunta sentándose en la cama y quitándose los zapatos, aunque con sus ojos en mí en espera de mi respuesta.
—Porque teníamos planes tú y yo.
—Lo dejamos para mañana. Tengo todavía trabajo así que para cuando regreses es posible que yo siga atrapado en revisiones.
—¿Crees que me emborrache a la fuerza?
Edward sonríe antes de tomar mi rostro y dejar un beso rápido contra mis labios.
—Creo que no será a la fuerza.
Le saco la lengua y me cruzo de brazos.
—Llámame si Alice se queda dormida para ir por ustedes.
—¿Y si nos dormimos las dos? —pone los ojos en blanco.
Pero lo cierto es que tres horas más tarde seguimos despiertas, y solo un poco, ligeramente menos sobrias que hace tres horas. No estamos ebrias, no tanto, no vergonzosamente demasiado al menos.
—Larry es el hombre más gentil y guapo que podrás encontrar en este lugar —me dice Alice antes de darle un trago a su bebida mientras estamos sentadas en los bancos frente a la barra.
—Gracias. Alice es mi cliente más comprometida —dice el bartender.
—Lo era, Larry, ya no. Estoy rehabilitada. Olvida lo anterior, solo es guapo, no tan gentil como dije —el bartender se retira con una risa, Alice aprieta mi rodilla para llamar mi atención—. Rose y yo jugábamos un juego en la universidad. Por cada hombre calvo que entre, shot. Y cada mujer que no lleve bra doble shot.
—Bien, pero cada vez que entre alguien con gorra entonces tres shots.
—¿Quién entraría con gorra? —me encojo de hombros.
Y una hora después nos estamos riendo como locas.
—Ay no, no podré conducir así. Llamare a Luc…as. ¿Sí? Porque Edward se pondrá pesado y me llamará irresponsable.
—Tú llama a quien quieras, solo dile que venga a pagar la cuenta.
Alice se ríe mientras busca en su bolsa por tercera vez, esta tarde me pagó todo lo que tenía por uno de mis cuadros. Y lo poco que yo traje ya nos lo acabamos en alcohol en el otro club al que me llevó.
—Lo llamo —dice Alice sacando su celular, espera unos segundos con su dedo índice levantado y sonríe—. Hola… ¿adivina quien soy?... Sí, ella. Estoy aquí… con Bella, tomando un poco de agua en el bar. Sí, solo agua… agua costosa con sabor a tequila. ¿Vienes por nosotras? Pero llega en taxi, traje mi camioneta.
—El dinero —le recuerdo.
—Y trae tu tarjeta, tienes que pagar esto —agarra el ticket—. Guau. Sí tienes que pagar mucho… porque me amas. ¿No? Exacto, entonces mueve tu trasero y ven aquí.
Recargo mi mejilla contra la barra mientras escucho a Alice hablando con Jasper y… eso es todo para mí.
La siguiente vez que abro los ojos estoy siendo sacada de un vehículo a la fuerza.
—Pésimo equipo —la voz de Edward evita que entre en pánico—. Gracias por ir por ellas, Jasper, y por traer a Bella.
—Y por la cuenta —digo yo, abriendo los ojos.
—Sí, por la cuenta. Bella tenemos que repetir esto. Mañana mismo —dice Alice con tono gracioso. Jasper tras el volante sacude su cabeza.
—Mañana —confirmo nuestra cita, levantando una imaginaria copa.
—Qué peligroso par —dice Jasper.
No escucho la respuesta de Alice, porque Edward se despide de ellos y me hace acompaña hacia el interior del edificio, o más bien soy amablemente empujada y sujetada de la cintura por Edward para entrar, hasta que se cierran las puertas del elevador vuelvo a hablar.
—¿Quién diría que los calvos son mayoría hoy en día?
—¿Qué?
—Había muchos calvos en el bar.
—¿Un juego de Alice? —pasa sus dedos sobre mi frente para acomodar mi cabello.
—Ella sabe divertirse. Me duelen mucho mis pies por bailar.
—Me alegra que te hayas divertido.
—Me hubiera gustado que estuvieras ahí, también te habrías divertido.
—¿Querías que estuviera ahí?
Asiento colgándome de su cuello con mis brazos y dejándole besos en el rostro.
—Eres tan hermoso —se ríe, pero no me separa.
Mis manos van a los botones de su camisa, impide que siga desnudándolo en medio del elevador sujetando mis manos.
—Ven, estás muy borracha.
—Oh vamos, ¿eso qué importa?
—Me importa. Vamos —voy a protestar, pero las puertas del elevador se abren en nuestro piso.
—El ultimo en llegar es un huevo podrido —digo antes de salir corriendo hacia nuestro apartamento. Edward se ríe a mis espaldas, pero cuando llego a la puerta y miro hacia él me doy cuenta que camina a pasos lentos por el pasillo. Entrecierro mis ojos—. Aburrido.
—Una copa más y habrías llegado cantando —me rio, pero no lo contradigo.
—Ya cantamos, Alice me llevó a un bar que tiene karaoke.
—No estoy seguro que Alice conozca ningún bar con karaoke.
Ruedo mis ojos mientras lo veo introducir la llave en la puerta.
—Bien, lo convertimos en un karaoke.
Se ríe de nuevo.
—¿Qué hacías antes de que yo llegara? —le pregunto notando que trae la misma ropa que vestía en la tarde en lugar de su ropa para dormir.
—Trabajo. Tengo mucho trabajo.
—Te acompañaré a trabajar. Necesito tomar mucha agua o terminaré con una cruda mañana o vomitando o lo que sea, no será agradable.
—Bueno, ya aprendiste la lección. ¿No prefieres ir a dormir después?
—No tengo sueño. Ya dormí en el automovil… o en el bar. No sé dónde —miro hacia el techo mientras intento ordenar mis ideas—. No tengo sueño —Edward parece muy divertido con todo esto. Camina hacia la cocina y sirve dos vasos de agua, lo sigo, me ofrece uno y me lo bebo hasta vaciar el contenido.
—Eres muy divertida cuando estás borracha.
—¿Sí? Gracias… ¿Tú eres divertido cuando estás borracho?
—Alice diría que no.
—¿Y tú qué dirías?
—Jugar videojuegos ebrio es muy divertido —arrugo la nariz mientras tomo el otro vaso de agua. Cuando termino de beber miro a Edward con seriedad. Él vuelve a servir otro vaso de agua y me lo pasa, a regañadientes me lo bebo.
—Entonces eres un aburrido. Porque eso no es divertido.
—Bueno, en una semana te han emborrachado dos veces. En comparación debo ser como una momia.
—Las momias son muy graciosas —contradigo haciéndolo reír.
—Qué dulce eres.
Edward sacude la cabeza agrandando sus ojos. Pongo mis manos a los lados de su cabeza para evitar que siga negando con ella.
—Me gustan mucho tus ojos.
Sonríe nuevamente, cómo amo esos labios cuando sonríen así.
—¿Ah sí?
Asiento y comienzo una repartición de besos por toda su cara, su nariz, sus mejillas, el principio de su barba que apenas está volviendo a aparecer. Beso su quijada de inicio a fin y luego desciendo por su cuello añadiendo cuánto me gusta el lunar que está ahí.
—¿Tienes idea de lo que me costó no besarte esa noche?
Eso atrae mi atención, así que detengo el recorrido por su piel y lo miro con una ceja levantada.
—¿Cuándo?
—La noche en que te emborrachaste.
—¿Cuál? —pregunto sonriente.
—La primera vez.
—Oye no la llames así —sonríe—. La noche del cumpleaños de Jasper suena mucho mejor —y entonces mis embrutecidas neuronas reaccionan a sus palabras—. ¿Querías besarme?
—Como no tienes una idea —dice sujetando mi rostro con una de sus manos. Ladeo mi cara hacia su tacto—. ¿Tú no? —ahora quien eleva una ceja es él.
Niego.
—No es algo que me permitiera pensar —admito—. Mucho menos después de que me mostraras a la muy despampanante mujer con la que saliste a cenar —hace una mueca que no logro interpretar, pero parece no estar de acuerdo conmigo.
—No lo entiendo.
Y ya que estoy borracha no analizo el filtro que necesita mi respuesta.
—Tú eres demasiado bueno para alguien como yo. No merecía siquiera una oportunidad así —una mueca de desacuerdo se instala en su rostro—. Por favor, al menos se honesto y admite que no era tu tipo.
—¿Eso qué importa?
—No importa, pero lo pensabas tanto como yo. Tú también luchaste contra lo que sentías por mí.
No me contradice esta vez, paso mis dedos entre su cabello, acerco mi cuerpo al suyo hasta que mi pecho choca contra sus pectorales.
—Tenía una lista —dice poniendo su mano en mi espalda baja, y no puedo evitar pensar que lo hace para evitar que salga corriendo.
—¿Una lista? —ladeo la cara intentando descifrar su expresión.
—De lo que quería en una mujer.
Intento mantener mi rostro tan inexpresivo como puedo, pero sé que fracasó cuando Edward afirma su agarre a mi espalda.
—Así que cuando conocí a Daiana, encontré en ella todo lo que pensé que quería. Y creo que me enfoqué tanto en la lista que tenía que ignoré todas las banderas rojas a su alrededor. Ella no me mintió más de lo que yo no quise darme cuenta.
—Por eso yo tenía dos listas —comprendo. Edward baja su mirada a mis labios.
—No eras nada de lo que había en mi lista —admite—, pero no quería una lista de cualidades generales. Así que comencé esas listas. Lo que me gustaba y no me gustaba de ti, no quería que tú encajaras en mi lista, quería crear una a partir de ti.
Y demasiado alcohol en mi sistema me hace decir:
—Es lo más dulce que alguien ha hecho por mí. Por favor, si lo olvido por la mañana repíteme eso. ¿Sí?
Niega con su cabeza.
—No diría que es algo dulce.
—¿Bromeas? Atesoro tanto esas dos hojas como no tienes idea.
—¿Las guardas todavía?
—¿Crees que iba a tirarlas?
Niego con mi cabeza dejando besos en su rostro de nuevo.
—Algún día eso va a ser lo único que me recuerde que esto fue real.
Hace una mueca, como si le hubiese propinado un puñetazo.
—Esto es real, Bella —asiento.
—Lo sé. Aunque el hecho de que sea real no lo vuelve eterno.
Jalo su cabello hacia atrás para levantar su rostro y tener acceso a sus labios.
—No es justo que estés borracha.
—No, no lo es.
—¿Pero lo quisieras? —levanto una ceja perdida en la conversación—. ¿Quisieras que esto fuera real y… —lo interrumpo antes de que termine la pregunta.
—No tienes idea de lo mucho que me gustaría congelar el tiempo y quedarme aquí. —levanto una ceja ante una extraña idea—. ¿Si se congela el tiempo pasaríamos frío?
Niega con su cabeza.
—El tiempo no va a cambiar mi opinión sobre ti —dice.
—Lo hará —le aseguro—. Aunque ahora tengo un plan: venderé mis cuadros, encontraremos a Eric y entonces voy a contártelo todo.
—¿Tiene que ser ese orden?
Asiento.
Recargo mi cabeza en su hombro mirando hacia su cuello, paso una mano entre mi cuerpo y el suyo para acariciar ese pedazo de piel.
—Nuestro pasado no importa —dice contra mi cabello apretándome contra él—. Puedes contárselo a James.
—Él te lo dirá a ti. Y prefiero que lo escuches de mí. Quiero que lo escuches de mí.
Sábado, 04:22
De día todo va bien, de noche… de noche no.
Me siento de golpe rompiendo con la pesadilla que me tenía atrapada. No importa cuánto me esfuerce en mantenerme con la cabeza fría y enfocada en las cosas buenas, mi subconsciente me recuerda una y otra vez que tengo cosas importantes posponiendo.
Siento la mano de Edward subir y bajar por mi espalda, confortándome.
—Lo siento.
—Vuelve a dormir —pide, pero no quiero volver a dormir. Quiero agotar a mi cabeza tanto que no tenga tiempo de crear pesadillas.
—Voy a pintar un rato.
Pataleo contra las cobijas hasta que consigo liberarme, cruzo el pasillo, enciendo la luz de mi antigua habitación y tomo un lienzo nuevo. Pinto unas cadenas con piel de serpiente, quiero encerrar el recuerdo de Don aquí y que no vuelva por mí. Necesito eso. Necesito asegurarme que Don jamás volverá a acercarse a mí.
Asi que pinto y pinto y pinto. Hasta que el boceto toma forma y el tatuaje que tenía Don en su cuello se ve con claridad. Despierta soy dueña de mis pensamientos, dormida mis pasados son los que se adueñan de mí. Lo único que puedo hacer al respecto es atraparlos en mis pinturas para sacarlos de mi cabeza. Me pongo de pie y regreso a la habitación, donde Edward está durmiendo en paz, sin ser consciente del mundo oscuro del que me salvó.
Hola, muchas gracias por leer y una disculpa por la demora. No tienen idea del montón de escenas que dejé fuera, que eliminé, que cambié, moví de lugar, quité, puse, rehice y volví a formular. La complejidad al escribir Una dama de burdel no es sólo estar pensando en esta historia es que debo decidir lo que va a ocurrir en las siguientes dos historias que comparten el mismo lapso temporal con esta obra. (Una mujer sin corazón II y Amada a la medida (la de Cloe), y como saben de esas apenas tengo un borrador de UMSCII y unos fragmentos de AALM, así que estoy trabajando con tres historias al mismo tiempo para poder terminar de escribir esta.
Además, creo yo, que esta historia merece un buen cierre y no uno apresurado por cumplir con un tiempo. Sé que escribo mucho y tardo el doble, pero cuando uno lo hace con amor lo tiene que hacer bien o no hacerlo. Y esta historia la hago con amor, porque creo en el mensaje que lleva en el fondo de esta.
Llevo un buen diciendo que ya casi lo tenía listo, y es que así se sentía y entonces descubría que podía abordar algo y añadir aquí y quitar allá y mover esto y cambiar el orden y poner otras fechas y terminaba sin tener nada. Tan es así que hoy estaba por subirlo y resultó que tenía casi 22 mil palabras el capítulo y yo ni enterada, porque casi la mitad la escribí entre ayer y hoy.
Lo que son buenas noticias.
¿Qué quiere decir eso? Que tuve que editar de nuevo y mover y quitar para poder subir éste capítulo. ¿La buena noticia? El siguiente ya está listo. Y está para tener uno de esos remolinos emocionales que a veces les provoco.
Y ya sin más, un adelanto para que te animes a comentar y asi poder tener la siguiente parte esta misma semana:
—No creo que Carlisle te haya contado entonces la historia por completo —le dice Edward a su madre.
—Lo hizo, también lo hizo tu padre. Es importante para todos ser una familia unida, Edward. Es lo que Carlisle quiere, es lo que yo quiero y Aro también lo quiere. Prometió disculparse con ambos.
—¿Por qué? —pregunta Edward entrecerrando sus ojos ante las palabras de Esme, ella suelta mis manos para ir a sentarse al lado de él.
—Porque es tu padre… y está enfermo.
—Lo sé, su problema es el alcoholismo.
Esme mira a Carlisle que se inclina hacia adelante antes de hablar.
—Y el cáncer. Su problema ahora es el alcohol y el cáncer, Edward.
—Si Aro se inventó una enfermedad para justificar sus motivos entonces —pero la voz de Edward se pierde mientras ve el rostro decaído de Esme.
—Él lleva algunos años con tratamientos. Va y vuelve. Pero esta vez el tratamiento no está funcionando como debería, van a pasar a las quimioterapias y tú sabes que eso será más agresivo —le explica su madre.
—¿Años?
—Tres.
