Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.
Una dama de burdel
EL OJO DEL HURACÁN
Angielizz (Anbeth Coro)
Muchas gracias por la espera, una sorpresa al final
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Ella
Sábado, 09:00
Cuando un huracán aparece hay un momento de calma luego del caos, ocurre cuando estás justo en el centro de él. No hay lluvia, ni viento, sólo silencio y paz. Una engañosa tranquilidad que puede hacer creer a los ingenuos que el huracán ha terminado. Pero no es así.
Está por empeorar.
Yo no me di cuenta del ojo del huracán en el que me encontraba, solo creí que todo estaba mejorando y que lentamente la tranquilidad volvía a mi vida. Tan ingenua.
Apenas desperté, rompiendo con la costumbre de nuestros sábados por la mañana, Edward me pidió que me vistiera para recibir a una visita. Era Diana, busqué en la sala hasta dar con Edward en espera de una explicación. ¿Para ella me había pedido vestirme? Estaba a punto de avisar que iría a dormir cuando Diana habló.
—¿Cuántas pinturas tienes listas?
No es una visita, sino una compradora. Pero yo no quería que Diana comprara nada, se sentiría como limosna lanzada al suelo. En lugar de responder me cruzo de brazos, pero Edward no parece estar de mi lado esta vez.
—Casi treinta cuadros —responde él. ¿De verdad tenía tantos? Bueno, la mayoría de ellos los pinté en mi juventud. Y la otra decena de cuadros los terminé estos días en lo que intentaba desechar mis pesadillas.
—Tu madre dice que Bella es buena —me sorprende que no se haya atragantado al decir que soy buena en algo, de hecho, su comentario parece honesto, pero mi experiencia con ella evita que pueda bajar la guardia.
—Diana tiene una galería —traduce Edward esta vez. ¿Ella era la ayuda que estaba esperando? Él me levanta ambas cejas y tengo que tragarme el orgullo para comportarme de modo maduro.
—Está acá —me doy la vuelta y camino a mi estudio apretando el paso.
—Carlisle y Esme dicen que es talentosa —dice Diana a Edward.
—Lo es —confirma Edward mientras abro la puerta a mi estudio. ¿De todas las personas que podrían facilitar mi camino artístico tenía que ser ella? Y por el modo en que Edward evita sostener mi mirada, supongo que la respuesta es sí.
Diana entra con su pose de crítica de arte, barbilla levantada, ojos felinos y sus labios apretados en una inexpresiva mueca de profesional. Le entrecierro los ojos a Edward en cuanto los suyos se fijan en mí, a cambio me ladea su cabeza y sonríe dulce, "ya veras" dice en silencio con sus labios y esta vez le ruedo los ojos antes de posarlos en la mujer que sigue paseándose por la habitación con su ropa blanca y perfecta.
Se detiene en la esquina donde tengo el cuaderno de dibujo abierto sobre la mesa. Pasa las paginas sin levantar el libro del mueble, hojeando con lentitud y sin expresión en su rostro. Nada que demuestre que es de su agrado o su disgusto.
Cuando termina con el cuaderno sigue al resto de pinturas, tomándole apenas un minuto o quizás menos a cada uno. En una fracción de tiempo decide que no vale la pena invertir y estoy segura que saldrá de aquí con su ego elevado mientras pisotea mi obra con sus comentarios mezquinos.
—¿Cuánto llevas pintando? —dice cruzándose un brazo frente a sí y sujetando el codo de su otro brazo.
—Desde niña —mi voz suena más cortante de lo que habría querido, pero estoy lista para recibir un insulto de su parte y replicar esta vez, puede que en el pasillo y el elevador me encontrara desarmada, pero este es mi lugar y ella no puede venir hasta acá a atacarme por entretenimiento.
—¿Y cuánto vale? —pregunta sin despegar su vista de uno de los cuadros del suelo, el que tiene las cadenas de serpiente.
Miro a Edward en espera de una respuesta.
—Por eso estás aquí, Diana —¿de verdad? ¿Había elegido a la persona que me despreciaba para ponerle un precio a mi trabajo?
Estoy por rechazar su ayuda, cuando ella vuelve a hablar.
—Tiene suficiente material para llenar una de las salas de la galería con las pinturas. Y si los dibujos los añade entonces podríamos hacer un montaje en otra sala, descartando por supuesto los bocetos y dibujos a Edward —no dejé que eso me avergonzara, así que mantuve mi pose de brazos cruzados—. Aunque noto el cambio, por supuesto.
—¿El cambio? —pregunta por cortesía Edward mientras yo sigo en silencio.
—Su obra anterior es deprimente y lúgubre, interesante, trasmite eso. Y la reciente es colorida y entusiasta, inocente incluso. Explotaría más tus traumas para sacarle provecho a las siguientes pinturas.
Diana lo entendió todo al revés. Mi obra reciente era la que ella catalogó como lúgubre y la inocente era la que perteneció a la anterior a la muerte de mis padres.
—Pero me gusta, el paraíso y el infierno. Podría dividir la sala con esa temática. No es común que artistas jóvenes tengan esa facetas a temprana edad. Podría resultar interesante incluso.
Cuando Edward y yo no respondemos se gira a nosotros.
—¿Cuál es la obra reciente?
Debe ser capaz de leer nuestra respuesta en el silencio de nuestros rostros, porque termina asintiendo para sí.
—¿Quieres que tengan un precio? ¿O prefieres que sean entregadas al mejor postor?
—¿Te refieres a subastar mi obra? —y en mi tono de voz se nota la indignación.
—Es una opción, se inicia con un precio base y los visitantes van aumentando el precio, si al cabo de tres días no hay una nueva oferta entonces se elige al comprador.
—¿Y qué pasa si no recibe ninguna oferta?
—Haríamos un evento al final del mes —pasa de mirarme a mí a Edward—. Tu madre es partidaria de esta opción —y luego vuelve sus ojos a mí—. No hay nada que eleve más el valor de una pintura que reunir a simios narcisistas y con chequera.
¿Ella llamando a los de su clase simios narcisistas y con chequera?
—Los cuadros más valiosos han adquirido sus estratosféricos precios por subastas —continúa Diana ante mi mutismo.
—¿Qué te parece? En el peor de los casos, si la galería de Diana no es muy concurrida podríamos ir a… —Diana interrumpe a Edward.
—Jamás me he quedado con un cuadro sin vender —protesta con indignación ante el comentario de él—. Dije que voy a venderlos, es lo que haré y no creo que encuentres un mejor lugar que el mío.
—Por supuesto… es sólo que Carlisle mencionó un par de opciones más, es bueno que Bella sepa que tendremos otra opción.
—¿Otra opción? —dice la mujer cruzándose de brazos.
Edward se encoge de hombros como hace cuando finge inocencia y comprendo entonces lo que hace. Si con Tía le funcionó ser amable, con Diana funciona atacar a su orgullo.
—Ridiculo. No hay mejor galería que la mía, en un mes tendré vendido esto.
—¿Segura? —Edward mantiene sus ojos incrédulos en ella. La mujer levanta el mentón.
—Si no se vende algo será solo porque ella no es buena.
—Ella es buena… aunque si no lo crees podríamos buscar una segunda opinión y…
—No. Mandaré por tus cuadros la siguiente semana, cuando terminé de vender mi actual exposición. Termina ese cuadro del laberinto, es aterrador —lo dice como un halago al pasar a mi lado y dirigirse a la salida, Edward la sigue en silencio y yo lo hago con pasos lentos para crear distancia entre nosotras.
—Gracias por la visita, Diana.
—Tenía qué venir… No he sido muy agradable con Bella, pero esto lima todas nuestras asperezas —me mira—. Seremos socias, así que superemos todas estas rabietas infantiles que provoqué pensando que estaba haciéndole un favor a Edward.
Eso no parece una disculpa, pero para tratarse de ella supongo que lo es. Mira ahora a Edward.
—Hablé con Esme y concuerda conmigo en que no somos responsables de las idioteces de nuestros hijos. Así que no me disculparé en nombre de Peter por lo que te hizo, pero admito que no debí comportarme de ese modo con tu novia. Lo del cartel del excremento de perro estuvo fuera de lugar, por completo. Lo de seguridad echándola, fue porque pensé que era una cazafortunas aprovechada. Si hubiese pensado que mi hijo salía con Heidi, no habría extendido la invitación de la fiesta a ninguno de los dos.
—¿Cartel de excremento? —pregunta Edward, pero Diana solo niega con su cabeza.
—Una estupidez. Vendrán esta semana por los cuadros para la exposición —añade cambiando de tema y antes de que Edward pueda preguntar más al respecto ella sale del apartamento.
—¿Qué cartel?
—Olvídalo, si consigue vender todo en un mes estará perdonada por completo.
Domingo, 15:23
Solo días después de decidir mudarnos, los padres de Edward nos invitaron a una tarde en su casa, parecía que iban en serio con eso de ser una familia unida o quizás querían mostrar su apoyo de algún modo a Edward tras dar a conocer la noticia de Ernesto. Aunque el papá de Edward seguía en el hospital, sin recibir visitas y Edward seguía evadiendo romper con esa restricción de su padre para acompañarlo. Sé que yo no habría podido hacerme a un lado en un momento tan grave como ese, pero decidí que no tenía ningún derecho a opinar al respecto.
Si él quería distraerse llevándome a cenar o trayéndome a casa de sus padres, yo no iba a evitarlo. Creo que yo más que nadie podía entender que a veces no es tan sencillo aceptar la realidad y es más simple evadirla.
Esme y Carlisle leen un libro diferente cada uno, están sentados en la sala cuando llegamos. Carlisle tiene frente a sí un libro de Julio Verne, mientras Esme lee con lentes un recetario de comida francesa.
—¿Tiene buena trama, mamá? —saluda Edward para llamar la atención de ambos.
—Tiene un buen sabor al menos —dice Esme dejando el libro a un lado y quitándose los lentes para venir a nosotros.
Me da un beso en cada mejilla antes de disculparse conmigo por robarse unos minutos a su hijo. Ya que no nos habíamos visto desde la cena en el apartamento, no es difícil entender de qué quiere hablar Esme con su hijo mayor.
—¿Cómo has estado? —pregunta con formalidad Carlisle mientras yo tomo asiento en uno de los sillones blancos.
—Bien… Edward también, creo que sigue asimilando la noticia.
—Será un proceso duro, especialmente para él.
—¿Ernesto está bien? —Carlisle asiente.
—No quiere visitas por el momento, pero sus enfermeros dicen que todo va como debería.
—Es testarudo.
—Lo heredo a mis dos hijos —sonrío porque lo he notado en ambos—. Aunque creo que ser un cabeza dura y orgulloso es una mala mezcla.
—No pensé que fueran amigos —y en cuanto me escucho decir esas palabras en voz alta, sacudo mi cabeza avergonzada—, lo siento yo…
—No te preocupes. No lo somos. Pero Ernesto es el padre de Edward y fue el esposo de Esme, y si queremos que Alice pueda perdonarlo entonces tenemos que hacer nuestro aporte.
—Eso es muy amable de su parte.
—Es un acto de amor a mis hijos y a Esme —se encoje de hombros.
—Convivir con el pasado de alguien más no debe ser… fácil.
Carlisle asiente mirando hacia la ventana con cortinas largas y azules.
—No tiene que ser fácil, tiene que ser posible —vuelve a mirarme a mí y sonríe—. Y es posible. Lo que yo siempre le digo a mis muchachos es que… —su voz se mezcla a la de Alice.
—Todo está al alcance de tener voluntad. Papi está llenándote el cerebro de cursilerías, Bella —dice Alice poniendo sus manos sobre los hombros de Carlisle, se agacha hasta que el mentón de ella queda sobre la cabeza de él—. Lo que no entiende este hombre es que yo no necesito volver a ningún pasado. Y que él es el único padre que necesito en mi vida.
—No dije que fuera fácil —dice Carlisle mirándome a mí—, pero será posible.
—No, no lo será —lo contradice ella—, ¿por qué querría eso? Voy a estar para mi hermano y sólo para él. Ernesto no merece mi compañía. Así que dejen de poner a todos en mi contra. Si no quiero hacerlo, no lo haré.
—Eres terca y orgullosa —dice Jasper entrando y tomando lugar en el sillón conmigo. Carlisle me da una sonrisa cómplice al notar que su yerno ha empleado las mismas palabras que él utilizó antes.
—Lo soy, ¿cuál es tu punto? —corrobora Alice.
Le deja un beso a su padre antes de caminar al tercer sillón donde está su bolsa y otra de una boutique, toma la segunda bolsa y estira su brazo hacía mí. Levanto mis cejas tomando con sorpresa su detalle.
—No pude resistirme.
Una tímida sonrisa surca en mi rostro mientras tomo y abro la bolsa.
—Alice, no era necesario.
—Tonterías. ¿Te gusta? —termino de jalar la prenda y la extiendo frente a mí con ambas manos.
Miro el vestido floreado y reconozco que no solo me gusta a mí, sino que le gustará a su hermano.
—Ya casi es primavera, así que necesitamos cambiar tu outfit. Tenemos que ir de compras —su tono de voz suena tan emocionado que estoy segura que está a una línea de ponerse a dar saltos. Jasper se ríe.
Niego con mi cabeza.
—Gracias por el vestido —digo guardándolo de nuevo en la bolsa—, pero apenas he vendido unos cuantos cuadros, necesito ahorrar el dinero.
—Necesitas inspiración, cuando voy de compras siempre me pongo de mejor humor.
—¡Ja! —se burla Edward entrando a la sala y sentándose a mi otro lado en el sillón.
—¿No me crees? —la indignación en la voz de Alice es evidente.
—Te he visto ir de compras por horas y regresar de mal humor, básicamente desde siempre. Así que ese, hermanita, no es un método para evadir ir al psiquiatra.
—¿Psiquiatra? —Alice suena claramente indignada, aunque sigue sonriente.
—Directo al pabellón psiquiátrico, diría yo —habla James apareciendo con una botella de vino y dos copas desde la cocina. Alice pierde la sonrisa mientras mira al recién llegado. James le da una copa y sirve un poco de vino en ambas. Deja la botella en la mesa de centro antes de volver a Alice y chocar su copa con la de ella.
—¿Ahora ya somos amigos? —pregunta Alice pasándolo de largo y sentándose en el descansa brazos al lado de Jasper.
—Así es —responde Carlisle cruzándose de brazos mientras observa a su hija menor—. No quiero ninguna clase de dramas hoy. ¿Entendido?
—Yo no hago dramas, papá —dice Alice imitando la postura de Carlisle. Miro a Edward ante la tensión de la sala.
—¿Puedo disentir? —pregunta Edward con una sonrisa y un segundo después Alice toma uno de los cojines del sofá y se lo lanza a la cabeza, por poco me da a mí.
—Alice —la regaña Esme entrando y caminando directo al lado de su esposo.
—Él empezó —lo señala con su dedo índice, pero Edward le saca la lengua como si fuera un niño en lugar de un hombre adulto.
—Somos una familia y quiero que solucionen sus problemas, ¿de acuerdo? —Esme mantiene sus ojos azules en su hija. Alice levanta el mentón.
—Yo no tengo ningún problema con él —lo apunta—. Fue James quien decidió que ya no quería ser mi amigo.
—Dije que ya no podíamos serlo, no que no quisiera.
Alice se pone de pie y toma mi mano sin aviso, dejándole la copa de vino a Edward.
—No hay diferencia —le dice a James al tiempo que me lleva con ella hacia la biblioteca.
Me dejo guiar por ella como títere, porque parece necesitar un poco de espacio. Al entrar a la biblioteca me encuentro con dos paredes de piso a techo llenas de libros. Y otras dos paredes repletas de pinturas.
—¿Qué te parecen?
—Vaya, tienen una colección.
—¡Bah! La mayoría las pintó Diana, no cuenta.
—¿Diana? —pregunto impresionada mirando los cuadros. Y mi impresión se convierte en enojo, porque en realidad es muy buena.
—Sí… La madre del idiota innombrable hijo de perra con rabia.
—La vecina —le recuerdo con gracia.
—Ah sí, la vecina… —suspira mientras camina a un silloncito en medio de la instancia. La acompaño.
—Pero es buena.
—Sí, es muy buena. Pero a veces necesitas dinero para crear la oportunidad.
—Y yo pensaba que todo lo malo que me pasó era mala suerte —al darme cuenta que mis pensamientos salen sin filtro y con el tono acido de mi boca miro hacia mis zapatos—. Lo siento, estoy en mi límite estos días. Ángela sigue sin tener noticias de Eric.
—Vaya, hablando de malditos hijos de perra. ¿Ya están trabajando en la demanda?
Paso saliva y niego.
—Bella, Bella. ¿Cuándo vas a decirle?
Paso mis ojos por las pinturas en las paredes.
—Cuando sea capaz de valerme por mi cuenta.
—¿Para qué necesitarías… —no termina la oración, porque deduce mis intenciones—. Estás siendo injusta con Edward.
—Lo sé.
—Bella, mi hermano te quiere.
—Lo sé —repito, aunque mi voz esta vez suena triste.
—Lo que hiciste fue para cuidar a Charlie, no pierdas de vista eso —dice al tiempo que me da unos golpecitos en la frente haciendo que levante la vista del suelo.
—Y por eso necesito ganar dinero por mi cuenta, no es justo que Edward esté cubriendo todos mis gastos, ahora ni siquiera tengo un empleo.
—Créeme, eso no le importa.
—Por supuesto que sí —contradigo. Ella mueve su cabeza de un lado a otro.
—¿Quién crees que pagaba tu salario? —levanta una ceja con su característica expresión cuando se sale con la suya, entrecierro mis ojos—. No me mires así, no iba a pagar el salario de nadie por capricho de Edward, lo siento.
—¿Él… él pagaba mi salario?
—Así es. Que trabajes o no es lo mismo para él. Quiere ayudarte y tú no estás dejándote ayudar. Venga, Bella. No pongas esa cara —se ríe—. Lidié con cinco mujeres la semana pasada, cinco locas cuñadas y jamás he estado más agradecida de tener solo un hermano. Así que no te pongas más complicada que ellas juntas.
Trago saliva y mi orgullo.
—¿Cinco?
—Cinco. La familia de Jasper no conoce de métodos anticonceptivos.
—Cuidado con eso —bromeo, pero su expresión cambia radicalmente a una de preocupación.
—Es obvio, ¿no? Él algún día… pero mientras no lo mencione entonces no hay nada de qué preocuparme, ¿cierto?
—No quise decir eso, Alice —me apresuró a añadir al notar su repentino cambio de humor.
—Tiene más de diez sobrinos. ¿Sabes cuántas veces me desearon un embarazo en una tarde? Por favor, si alguna vez te sugiero algo similar córtame la cabeza —sonrío levemente.
—Sólo diré que entre no tener familia y tener una familia así de grande… —y dejo la frase en el aire.
—Soy insensible contigo.
—Tonterías. ¿De verdad pagaba él? —regreso al tema anterior porque se siente más seguro que seguir por este.
Alice se cubre la cara con ambas manos.
—Hoy es mi día para meter la pena, ¿no?
—Un poco.
—No significa nada, somos socios, él también tiene que pagar los gastos alguna vez.
—¿Y les paga a tus otros empleados? —aprieta sus labios en una línea y mira hacia las pinturas. Vaya. Alice vuelve a mirarme y debe ser capaz de leer lo que pienso porque se cruza de brazos.
—¿Eres consciente que esa blusa que traes puesta vale lo de tres días de trabajo? —miro hacia mi blusa. Lo cierto es que no tenía idea de eso.
Y justo entonces alguien toca a la puerta, Alice camina hacia ahí para quitar el seguro y permitir que entre la persona que interrumpe. El rostro de Edward se asoma.
Alice me mira con intensidad, pero me cruzo de brazos poniéndome de pie, dispuesta a enfrentar a Edward con el mentón en alto.
—¿Estuviste pagando mi salario? —lo increpo.
Edward pasa de mirarme a mí a su hermana, regresa su mirada a mí.
—Lo siento —se disculpa Alice. Edward le lanza una de sus miradas frías a ella antes de moverse para dejarla salir, él termina de entrar a la biblioteca y cierra la puerta a sus espaldas.
—Te pagué lo justo por el trabajo que hacías en la cafetería.
—Y esta blusa vale lo de tres días —apunto a mi prenda.
—Soy consciente del valor de tu ropa, Bella. Mis tarjetas lo pagaron —no parece arrepentido por pagar ni ocultarme ese hecho, frunzo el ceño—. No voy a pedir perdón por algo que hice bien. Así que puedes sentarte a esperar eso de mi parte, pero no va a pasar —ahora quien se cruza de brazos es él.
Aprieto los labios en una tensa línea.
—Voy a devolverte todo lo que pagaste y pagaré por esta ropa cuando tenga el dinero.
—Bien —se encoge de hombros restándole importancia.
—¿Bien?
—Sí, bien. Pero no acepto que abones a tu deuda. Cuando tengas el dinero para pagarlo entonces me lo pagas. Quién sabe, tal vez podría comprarme una motocicleta —entrecierro mis ojos ante su mala broma. ¿Quiere hacerme enojar? ¿Aquí? ¿En casa de sus padres? Va a conseguirlo.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.
—¿Vas a aceptar el dinero? —pregunto con incredulidad sin quererme fiar de sus palabras.
—Así es. Respeto tu sentido del honor, retorcido y poco práctico, así que aceptaré que pagues todo el dinero que he gastado en ti. Pero…
—Por supuesto que hay un pero.
—Pero primero tienes que vender tus cuadros y hacerte de una lista de clientes. Sólo para asegurarme que podrás pagar las siguientes deudas que adquieras conmigo.
—Tu eres muy arrogante. Yo no voy a endeudarme contigo después de desendeudarme contigo.
Sonríe antes de romper la distancia entre nosotros y darme un beso en la frente.
—¿Hemos resuelto esta discusión?
—Sí… ¿Sí? Supongo que sí —lo apunto con mi dedo índice tan amenazadora como me es posible—. Pero si vuelves a pagar cosas por mí o para mí sin mi consentimiento yo voy a… —me interrumpe.
—Lo que decida hacer con mi dinero no voy a consultarlo contigo, Bella. Del mismo modo en que no voy a oponerme a que me pagues lo que tu consideras que es una deuda pendiente con tu dinero. ¿Estamos de acuerdo en eso?
No completamente, pero lo conozco lo suficiente para saber que es la mejor oferta que le escucharé decir, así que asiento.
—No puedo creer que hayas pagado mi salario.
—Alice es difícil cuando se lo propone.
—No me dejaste terminar. No puedo creer que hayas pagado mi salario, y me hayas pagado tan poco —se ríe esta vez. Muerdo mis labios entre sí para no acompañarlo en su risa. Señalo hacia los libreros— ¿Tú también lees? —pregunto dando por terminado el tema anterior.
No lo he visto con un libro en todo este tiempo que hemos vivido juntos.
—Antes lo hacía, llevo mucho sin tocar un libro —admite—. No tengo casi tiempo libre, y cuando tengo, quiero vivir mi vida. Alice sí lee, ella era un ratoncillo con un libro a todas partes. De hecho, la cafetería se le ocurrió porque ella iba mucho a leer a esos lugares.
—¿Estos libros son de ella?
—No, son de Carlisle y Laura.
Camino hacia los libros pasando mis dedos encima de los lomos mientras voy leyendo los títulos y los autores.
—¿Su primera esposa?
—Sí.
Edward me había hablado de ella. Carlisle enviudó siendo joven y diez años más tarde conoció a Esme, con quien rehízo su vida. Y en mi opinión Carlisle y Esme se veían felices. Muy felices, aunque supuse que si guardas algo tan preciado como los libros de otra persona entonces debió ser así de grande su amor por su primera mujer.
Mantengo mi vista en los libros cuando vuelvo a hablar.
—¿Crees que él la haya amado tanto como a tu madre?
—No son mis palabras, y no sé si son las de Carlisle o las sacó de un libro, pero él decía que una vida era demasiado tiempo para amar solo una vez.
Sonrío, y como no digo nada, Edward continúa hablando:
—Pero debió hacerlo, esta casa la construyó cuando él comenzó a juntar su fortuna. Era la casa que Laura soñaba, pero él la construyó años después de la muerte de ella. Cuando conocí la casa de niño me pareció impresionante, pero al entrar estaba casi vacía. Pensaba que Carlisle se quedó sin dinero por comprar esta casa y no le alcanzó para amueblarla.
Pongo mi mano encima de un libro grueso y Edward atrapa mis dedos ahí antes de entrelazar nuestros dedos. Miro hacia él.
—Sin robarle las palabras a nadie más. Creo que puedes amar varias veces y cada una de ellas de un modo diferente, ¿tú no?
—¿Honestamente? No sé cómo podré amar a nadie más después de ti.
Aunque me alegra de modo agridulce que él sí pueda hacerlo. Si la infidelidad de su prometida no convirtió en acero a su corazón y pudo enamorarse de mí, podrá hacerlo de nuevo cuando descubra mis mentiras.
—A veces creo que piensas demasiado en tu despedida —dice sosteniéndome la mirada, frunciendo el ceño y sin sonrisas, evaluando mi expresión. Paso saliva y obligo a mis labios a estirar una sonrisa por él.
—Qué tonterías —aunque mis ojos se desvían de regreso a los libros—. Este lo leí cuando iba en la preparatoria —digo para cambiar de tema.
—Bella, para mí no… —por suerte alguien toca a la puerta interrumpiendo lo que vaya a decir, me apresuro hacia allá para dejar entrar a quien toca.
—Aquí están, la comida ya está lista —dice Esme antes de tomarme la mano con dulzura—. Preparé comida para un ejército.
Seguimos a Esme hasta llegar al comedor, ahí ya se encuentran todos reunidos incluidas la tía de Edward, Rebeca, y su prima, Tanya.
—¿Así que pintas? —me pregunta en algún momento de la comida Rebeca—. ¿También dibujas? Siempre he querido una caricatura mía con oleo. ¿Podrías hacer algo así?
—Es muy buena con las caricaturas, de hecho tiene una muy divertida de Alice —le cuenta Edward.
—¿De mí? —pregunta Alice interesada, me ruborizo.
—Fue un pedido de Edward —me excuso.
Uno de los primeros, cuando él no creía que fuese buena dibujando.
—Tengo que verla —dice Alice emocionada por tener una caricatura. Paso saliva. No estoy segura que vaya a gustarle.
—Tienes que ir por ella antes de que se la venda a Jasper —le advierte Edward.
—Yo pagaría por ella gustoso —bromea Jasper mirando a Alice.
—¿Lo harías? —le pregunta Alice levantándole una ceja.
—Por supuesto, es una caricatura tuya.
Alice me mira y me guiña un ojo.
—Tienes un cliente nuevo.
—Eres una tramposa —se queja Jasper, pero cuando me mira a mí sonríe amistoso—,por supuesto que pagaré por ella. La mandaré enmarcar y la pondré en la sala.
—Es un dibujo en cuaderno —rompo con su ilusión.
—Pero podrías hacerla en un marco de este tamaño —extiende sus manos a sus lados pasando sus brazos frente a Alice y James, quien empuja el brazo de Jasper para quitarlo de su rostro—, ¿no?
—Seguro.
—Eso va a costarte tu salario, Jasper —le advierte Edward.
—No creo que te guste esa caricatura en especial para algo tan grande. Podría hacer una nueva —propongo, recordando que la caricatura de la que hablamos es de Alice en el sofá de Edward con botellas de alcohol en el suelo y ella saltando en el sillón como si hubiese tenido una fiesta antes.
Jasper pregunta el motivo y Edward le cuenta de lo que va la caricatura. Miro con incomodidad a Alice en espera de su reacción, la culpa aparece en seguida en mí porque ahora entiendo más de esa anécdota que en su momento me pareció graciosa. La dibujé después de que Edward me contó que Alice invitaba a desconocidos a su apartamento cuando él no estaba en la ciudad. James niega con su cabeza sin hacer comentarios, y Alice del otro lado pierde su sonrisa siendo un reflejo de mi propia incomodidad.
—Qué caricatura tan curiosa —dice Rebeca sin entender nada del contexto tras ese dibujo. Entre los padres de Edward le cuentan a su tía que cuando estuvieron en el apartamento tuvieron oportunidad de entrar a mi estudio y confirman los comentarios de mis habilidades en la pintura y el dibujo. Le sigue un pequeño e incómodo silencio antes de que Jasper vuelva a hablar.
—Bueno, ya que voy a pagar por ella quiero aparecer en el dibujo. Pero quiero tener los pies sobre esa mesa de vidrio que tiene Edward en la sala, le desquicia que suba los zapatos a los muebles.
—No, no es así —lo contradigo saliendo en defensa de Edward—, jamás se ha quejado conmigo.
—Bueno, Bella, eso es porque tú tienes ciertos privilegios que yo no —me contradice ahora Jasper—. Pero te aseguro que cada vez que tú pones los pies en su sillón, una parte de Edward muere.
Edward se ríe negando con su cabeza ante la broma de Jasper, ante lo que creo que es una duda, pero Alice asintiendo corrobora las palabras de su novio.
—¿En serio? —le pregunto a Edward.
—Bueno… no es que una parte muera, ni nada así, pero no tolero a Jasper subiendo sus sucios zapatos en mi escritorio.
—Una vez me hizo enviar a lavar su sillón por poner mis zapatos encima —lo contradice su hermana.
—Alice, tenías mierda de perro en tus zapatillas, no es lo mismo —le recuerda Edward.
—Lo que dice Jasper es que… —pero el alegato de Alice se interrumpe cuando Tanya arrastra la silla de manera ruidosa hacia atrás y se pone de pie.
—¿Podrías, por favor, dejarme tranquila? —y entonces sus ojos recorren la mesa mostrándose avergonzada—. Lo siento —dice atropelladamente antes de salir del comedor a pasos veloces.
—¿Ella está bien? —pregunta Esme a Rebeca.
—Sí —asegura—… supongo —añade confundida Rebeca mirando hacia la mesa con una evidente incomodidad.
—Con permiso —James se pone de pie y sale por donde lo hizo Tanya.
La puerta se cierra a las espaldas de él y el silencio se mantiene unos segundos sin que nadie parezca encontrar las palabras para quitar la tensión en el aire.
—¿Les conté que vamos a mudarnos? —suelta Edward y todos dejan de mirar hacia la puerta de salida para centrar sus miradas en nosotros. Paso saliva. Vaya. ¿No lo hablamos apenas hace dos días?
No es que esperara que cambiara de opinión, pero creí que iba a querer tomarse un tiempo antes de informar a su familia, por lo menos esperaba que me dejaría a mí prepararme para las posibles reacciones de ellos. Pero apenas lo dice mis preocupaciones al respecto desaparece con la velocidad en la que llegan.
Soy consciente que cuando comencé a vivir con Edward ninguno de ellos estaba de acuerdo. Era una desconocida que se metió en su apartamento cuando acababa de romper su compromiso, por supuesto que no apoyaban la idea. Pero no soy más esa extraña y su familia debe ser la más aliviada que esa boda no se haya llevado a cabo. Aun así, no sabía qué esperar.
Mudarnos a su casa no era una decisión apresurada e impulsiva, sino un plan que habíamos aceptado ambos, que queríamos los dos.
Mientras Esme nos decía lo feliz que le hacía la noticia, Alice estaba rodeando la mesa para ponerse tras nosotros y apretarnos por los hombros al mismo tiempo en un extraño abrazo.
—Va a encantarte la casa —me dice Alice luego de felicitarnos por semejante paso.
—Si Edward no terminó de tirar las paredes que la sostienen, claro —dice Jasper con un tono burlón. Lo miro en espera de una explicación más amplia, pero Edward interrumpe a Jasper antes de que pueda decirme nada.
—Iremos la siguiente semana, no me arruines la sorpresa —se queja Edward.
—¿Qué sorpresa? —la curiosidad es notoria en el tono de mi voz.
Edward me sonríe mientras mueve su cabeza lentamente de un lado a otro.
—Es sorpresa —repite sin ceder.
—Bueno, Esme, algo me dice que vas a perder la apuesta —dice Rebeca. Esme se ríe sin contradecir a su hermana.
—¿Apostaron? —pregunta Edward centrando la atención en ese lado de la mesa.
—Sobre cual de las dos sería abuela primero —responde Esme riendo. Elijo ese incorrecto momento para beber agua así que me atraganto un poco y Edward pasa a darme unos golpecitos en la espalda.
—Es una apuesta injusta, porque Esme tiene dos hijos, claro —añade Rebeca mientras yo intento aclararme la garganta después de semejante ahogo.
—Es bastante justa, considerando que yo no voy a tener hijos —declara con firmeza Alice levantándole una ceja a su tía y madre. Jasper a su lado imita su expresión de levantar una ceja, pero no a Rebeca o a Esme, sino a Alice.
—Bueno, por ahora, espero que Tanya se adelante a mis hijos para ganar —dice Esme con un ligero cambio de tono.
—No, mamá, no por ahora, nunca.
—Yo pensaba igual que tú cuando era joven —dice Rebeca al parecer ignorando la seriedad de Alice—. Cuando Tanya nació yo tenía veintisiete años, ¿no los cumples pronto?
—Rebeca —Esme que parecía muy consciente del cambio de humor de su hija intentaba detener la pelea, pero por el modo en que Alice le entrecerró los ojos a su tía, supe que llegó demasiado tarde.
—¿Les conté que puse una chimenea en la sala de la casa? —dice Edward luchando por cambiar de tema, aunque eso me arruine un poco la sorpresa. ¿Una chimenea? La ciudad en la que crecí las casas no tenían porque no hacía frío para requerirlas, pero siempre quise una porque…
—¿Por qué la necesidad de tener hijos? Es ridículo. ¿Cuál es el punto de esforzarte en la vida que quieres para terminar cambiando pañales y desvelarte por lloriqueos infantiles?
—Los hombres podemos cambiar pañales y desvelarnos, Alice —interviene Jasper acariciando su brazo para llamar su atención—, además no todos los niños son un fastidio y definitivamente creo que todo está en la crianza, ¿sabes?
Los ojos molestos de Alice van suavizándose hasta abrirse por completo, no porque Jasper le esté mostrando otra perspectiva, sino de comprensión.
—Tú quieres tener hijos.
—Creo que la mayoría de las personas quiere eso.
—Y creo que olvidas que existe una minoría que no quiere eso.
—Y la cocina es más grande que la del apartamento —lo vuelve a intentar Edward mientras todos nos quedamos en silencio ante el rumbo tenso de la conversación.
—A tu madre le gustará eso —añade Carlisle esforzándose por jalar ese tema de conversación al principal.
—Me encantaría conocer las modificaciones que le hiciste —comenta Esme.
—Creo que solo eres muy joven, algún día cambiarás de parecer —pero Alice ya está negando con su cabeza.
—No, Jasper, no es algo que vaya a cambiar. No esto. Pero ser tío se te da muy bien, seguro que Edward o Tanya tendrán un hijo pronto y se los robamos el fin de semana, una vez… al mes —Jasper frunce el ceño—, dos veces al mes, ¿sí? —Alice intenta verse motivada, pero la expresión de él se sostiene.
—¿No tardaron ya mucho Tanya y James? —pregunta Rebeca dando un empujón a cambiar de tema. Jasper mira a la tía de Alice y luego a su novia, quita su semblante serio antes de acercar su rostro al de Alice para dejarle un beso en la frente.
—Iré a buscar a Tanya, posiblemente James está muerto y ocupa ayuda con su cadáver.
—Jasper —Alice intenta detenerlo cuando él mueve la silla hacia atrás, pero Jasper esquiva con agilidad su mano y consigue escabullirse. Cuando Jasper sale del comedor y la puerta se cierra a sus espaldas, ella mira a su hermano—. ¿Todavía tiene ese plan de su vida perfecta?
Edward estira su brazo sobre la mesa hacia Alice, ella mira de mí a la mano de Edward antes de tomarla.
—Tú estás en su plan, Alice —le asegura Edward.
—No. Porque si me quiere a mí no va a tener todo lo otro.
—No, no lo tendrá —admite él y los ojos de ella se llenan de lágrimas.
—Linda —Alice se levanta antes de que su madre pueda pasar sus brazos alrededor de ella.
—No. Yo… voy a… buscar a James para asegurarme que… que siga vivo. Con permiso.
Y entonces el comedor se queda con casi la mitad de los que había al principio.
—Bueno, eso salió muy bien. Nada de dramas, Rebeca —Carlisle se pone de pie limpiándose las manos con la servilleta de tela para dejarla caer sobre su plato sin acabar—. Bella, espero que puedas disculpar todo este pequeño e inapropiado juego infantil de mi esposa y cuñada.
—Carlisle —Esme se ve compungida por la molestia de su esposo y el dolor que esa apuesta ha creado en Alice.
—No se preocupe, muchas gracias por recibirnos.
—Esta es tu casa, Bella. Edward, espero que puedas mostrarle a Bella el arreglo que hicimos en el jardín.
Y diciendo eso sale, un minuto después se levanta Esme y la sigue Rebeca.
—Bueno… supongo que eso nos deja como los menos dramáticos del grupo —dice Edward acariciando mi pierna bajo la mesa.
—Al menos todos parecieron estar de acuerdo con nuestra mudanza —respondo salvando lo mejor de esta comida.
—¿Y por qué no lo estarían?
Me encojo de hombros sin saber qué responder.
—¿Una chimenea? ¿Lo decías en serio?
—Sí… intenta imaginarte una chimenea espantosa, ¿puedes?
—¿Para sorprenderme? —asiente. Giro mi cuerpo hacia Edward dándome por vencida con terminar el resto de mi comida—. Tú siempre me sorprendes.
—Es extraño, ¿no crees?
—¿Qué exactamente?
—Mi padre enfermo, Eric desaparecido, Carlisle enojado por primera vez en años, mi tía y mamá provocaron un caos con su imprudente comentario. Estoy seguro que Alice y Jasper están discutiendo sobre ese tema que todos conocíamos desde el principio de ellos, y si no es así uno está enterrando el cadáver o desenterrando el cuerpo de James que estoy seguro que Tanya degolló por hacerla enojar. Y aquí estamos —dice atrapando mi nariz de manera cariñosa con sus dedos.
—Cuando lo dices así me siento una horrible persona, ¿debería ir con Alice? —niega.
—James es el único que sabe lidiar con ella.
—Todo está desmoronándose a nuestro alrededor y tú y yo estamos planeando mudarnos. ¿No es un poco absurdo?
Niega con su cabeza.
—Déjalo que se desmorone —dice poniéndose de pie y moviendo mi silla conmigo encima hacia atrás— igual estaremos tú y yo aquí.
Y cada vez lo creo más.
—¿Quieres que te muestre la biblioteca?
—Acabamos de estar en la biblioteca —respondo levantándome y mirándolo, sus ojos azules se vuelven juguetones, y mis mejillas se sienten calientes al comprender—. Está en mi lista.
—Ven, ahí nadie irá a pelear ahora mismo.
Me digo que la razón por la que cedo de manera tan voluntaria es por Edward, porque necesita un respiro de mi drama y su propio drama familiar, porque él lo dijo el mundo se estaba desmoronando ante nosotros y tal vez quería aferrarme a creer que nada podía dañarnos, tal vez no quería pensar en absoluto y sólo concentrarme en él; o tal vez solo era imposible resistirme a Edward mientras me llevaba de la mano a prisas hacia la biblioteca para cumplir una fantasía más.
Miércoles, 20:00
A mitad de la semana, la vida se las ingenió para demostrarnos que no estábamos excentos de ser golpeados por el caos que estaba desatándose a nuestro alrededor, una pequeña señal de lo cerca que estábamos de salir del ojo del huracán.
Estamos en la sala del apartamento, Ángela, Edward, James y yo.
—No tengo idea de dónde mierda está ese idiota —el enojo en la voz de ella es notorio.
Ángela no tuvo suerte en dar con Eric, ni en su casa ni con los amigos que le conocía de la universidad.
—¿Sus padres que dijeron?
—No dijeron nada. Lo están encubriendo. Borró sus redes sociales y a saber dónde se encuentra. Yo pienso que creyó que descubriste todo y escapó del país o se mudó de estado para no ser encontrado, o qué sé yo. Seguro que vive con miedo de ir a prisión.
Mis manos se vuelven puños, aunque me esfuerzo en sonreír.
—Gracias por intentarlo —mi voz se quiebra al final.
—Oye, encontraremos otro modo —dice Ángela al tiempo que pasa sus brazos a mi alrededor, le devuelvo el abrazo débilmente. Cuando me suelta me siento más enojada que triste.
—¿Cuál? Él era el único testigo que teníamos. Mi hermano está viviendo con una extraña que no dudó en echarme a la calle, robarme mi herencia y aparte extorsionarme para seguir en contacto con él. ¿Qué tipo de persona hace algo así?
El peso de Edward tomando lugar a mi lado lo siento antes de sentir su boca cerca de mi oído mientras acerca mi cuerpo al suyo.
—Encontraremos otro modo —me asegura repitiendo las palabras de Ángela, pero yo no lo creo así.
—¿Cuánto tiempo es otro modo? —las lágrimas de impotencia ceden apenas termino de hablar, me las quito con brusquedad del rostro antes de clavar mis ojos en James, quien ha estado en silencio en la sala y de pie.
—Tienes dos opciones aquí. Conseguimos testigos para desacreditar las habilidades de Tía en cuidar de tu hermano, dejas de pagar ese dinero que le envías, grabamos las llamadas de Charlie hablándote de alguna negligencia o maltrato de ella, mientras conseguimos testigos que puedan hablar a tu favor.
—¿Y la segunda opción?
—Nos arriesgamos a que tu hermano solo signifique dinero para ella y le ofrecemos una cantidad ridícula e imposible de rechazar. Llegas a un acuerdo con la mujer y recuperas al niño.
—¿Es un riesgo?
—Estaríamos apostándonos todo o nada.
Todo o nada.
¿Cómo voy a encontrar testigos que hablen a mi favor? Incluso Ángela creyó en las mentiras de Tía.
—¿Y si no encontramos testigos que la desacrediten?
Edward aprieta mi rodilla dándome apoyo, pero eso no logra trasmitir su calma.
—Entonces nos lo apostamos todo y llevamos al juzgado a personas dispuestas a declarar a tu favor —hay seguridad y profesionalismo en la voz de James—. La familia de Edward lo haría, apuesto a que en la cafetería podríamos conseguir testimonios válidos y nos encargaremos de dejar una imagen perfecta para que ningún juez dude de tus capacidades para tener la custodia.
¿Imagen perfecta? Estoy muy lejos de eso.
—Tú elijes cómo procedemos —concluye James.
¿La legalidad o caer en los mismos juegos sucios de ella?
—¿Cuánto tiempo tomaría eso? —pregunta Edward.
—Al menos un par de meses, podría alargarse hasta medio año.
—¿Y la otra opción? —pregunto yo.
—No más de un par de semanas. Si ella acepta el dinero lo hará de inmediato, podría alargarse añadiéndole condiciones al acuerdo. Si no lo acepta, entonces su respuesta estará en su reacción inmediata.
—¿Si no acepta el dinero podríamos recurrir a la otra opción?
Niega con su cabeza.
—No de inmediato. En ese caso tendríamos que esperar y cruzar dedos en que no está armando un caso en tu contra. Como dije, es todo o nada.
Miro a Ángela y luego a Edward.
—¿Qué debería hacer?
—Tienes dos opciones, pero no creo que tomar el camino corto sea una buena idea —responde Edward.
—Mereces justicia, Bella. Ella no debe tener un peso tuyo extra, mucho menos cuando todos sabemos que Charlie debería estar contigo —me dice Ángela—. Medio año no es nada. Estabas dispuesta a esperar hasta que cumpliera catorce. Hay una gran diferencia entre seis años y seis meses.
James sigue atento a mi respuesta, asiento para él.
—Pedir su custodia.
—Bien, contrataré a un par de personas para que recolecten testimonios en tu ciudad natal, así que una lista de amigos, vecinos o personas cercanas sería de mucha utilidad. También añade lugares, lugares que ella frecuenta, los lugares a los que llevaría a Charlie, direcciones que recuerdes y alguna costumbre de Tía.
—Va a la iglesia todas las tardes —le digo. Me sonríe con una mezcla de gracia y desacuerdo.
—Costumbres que la desacrediten, de preferencia.
—Deja a Charlie esa hora solo en la casa.
Frunce el ceño.
—¿Qué clase de abuela no llevaría a su nieto a la iglesia?
Me encojo de hombros.
—Mamá no era religiosa y papá no era practicante. No fue algo que nos inculcaran.
—¿No sería entonces una de esas cosas que ella intentaría cambiar en él? —pregunta confundido James.
Mis cejas se encuentran al comprender la lógica tras sus palabras.
—Él es muy bueno —dice Ángela más para sí que para nosotros.
Miro a Edward que tiene una línea en los labios y un evidente disgusto en su rostro, sus ojos van a mí y lucen preocupados.
—Por favor, ¿de verdad a nadie se le ocurrió eso antes? —James suena exasperado.
—¿Qué hace una persona todos los días por una hora? —pregunto en lugar de responder a su pregunta que espero sea retórica.
—¿Drogas? —sugiere Ángela.
—¿Charlas de alcoholicos? —propone James.
—¿Apuestas? —lo intenta Edward.
—¿Cuándo vivías con ella, la viste ir a la iglesia? —niego con mi cabeza sintiendo un nudo en mi estómago que me impide responder verbalmente—. Contrataré un investigador privado, vamos a descubrir qué estuvo haciendo todo este tiempo. Más vale que no vaya a la iglesia o algo honorable como leerle la biblia a huérfanos.
El problema no es si Tía está haciendo algo bueno con esa hora que utiliza al día para dejar solo a Charlie, el problema es si lo que hace no es bueno.
—¿Con quién ha estado viviendo él todo este tiempo?
¿A qué clase de peligros he expuesto a mi hermano?
—Oye —Edward llama mi atención acariciando con su pulgar mi mejilla, o más bien, eliminando las lágrimas de ésta—. Cuando menos te des cuenta, Charlie estará de regreso.
—Haré que mis padres le pongan un ojo encima, ya saben lo que hizo esa mujer junto con Eric. Están dispuestos a ayudarte, Bella —intenta calmarme Ángela. Pero ninguna palabra suerte efecto.
Una hora. Por una hora cada día Tía se desaparecía sin importarle dejar a Charlie solo en la casa. Una hora que yo vi como una ventaja, una hora para poder hablar con él y cuidarlo al teléfono. Una hora en la que mi hermano estaba solo y en riesgo. ¿Cómo es que esa hora que me daba alegría es en realidad lo opuesto para él? Mis egoístas deseos de tener un minuto de él, sesenta minutos de él, me llevaron a creer que esa hora solo en la casa estaba bien. Ni siquiera cuestioné los motivos de Tía para dejarlo en la casa sin el cuidado de nadie.
—¿Cómo pude ser tan estúpida?
Me cubro el rostro con las manos. Siento las manos de Ángela frotar mi espalda para darme consuelo. Edward tira de mis muñecas con delicadeza para descubrir mi rostro. Está hincado ahora frente a mí. Niega con su cabeza.
—No lo eres.
—Por supuesto que lo soy. Confié en que la misma persona que me corrió de la casa, sin importarle que no tuviera a donde ir, sería una buena persona para mi hermano. Y confié en que tendría buenas intenciones con él, aunque no me demostró eso a mí. Incluso ahora, confiaba en que él estaba seguro mientras yo estoy aquí, aunque me haya arruinado la vida por completo.
—Tu vida no está arruinada —contradice, pero en lugar de aceptar sus palabras, niego con mi cabeza en rechazo.
—Lo está —me tiemblan los labios—. Ya me encargué de arruinarla.
—Por supuesto que no. Tenemos un plan. Vas a pintar, vamos a mudarnos, para cuando podamos tener a los testigos tendrás el perfil que ningún juez dudaría para entregar la custodia de un niño.
Desearía tanto poder aferrarme a ese plan, sentir la seguridad que ese perfecto plan podría otorgarme, pero no es posible.
—Olvidas que tengo un pasado —Edward mira a mis rodillas en lugar de sostenerme la mirada, cuando levanta su rostro busca a James que está tras él.
—No nos adelantemos, Bella. Empecemos por lo primero. Descubrir la mierda que oculta esa mujer. No puedo estar en todo al mismo tiempo, un paso a la vez —James camina hacia mí y se detiene tras Edward poniéndole una mano en el hombro como apoyo—. Cuando tengamos la información suficiente de ella, entonces vamos a ir tras lo tuyo. Mientras tanto sigan buscando a Eric, podría aparecer alguien dispuesto a soltar información.
—Yo seguiré en eso. Tú pinta, Bella. Ábrete una cuenta bancaria, has facturas de los cuadros que vendas, que todo se vea legal —Ángela sabe mantener la cabeza fría incluso en la peor situación, asiento mostrándome de acuerdo.
—¿Edward?
—Es un buen plan, hagámoslo en ese orden.
—Pero tú necesitas saberlo.
—¿Saber qué? —pregunta Ángela perdida en la conversación sin contexto que estamos teniendo.
—No lo necesito, James sí y él estará saturado estos días.
Miro a James que asiente.
—¿Y si lo mío es peor a lo de ella?
Edward deja un beso en mi rodilla antes de sostener mis manos entre las suyas.
—A James se le ocurrirá algo si resulta ser así.
Paso saliva.
—¿Y qué hay de ti?
Me da una sonrisa suave y reconfortante.
—Tú y yo tenemos un plan, ¿no? —asiento—. Seguiremos con nuestro plan.
Y me aferro con fuerza a ese plan, porque es todo lo que deseo.
Perdona la demora, alguien se quedó dormida escribiendo.
¿Qué te ha parecido el capítulo?
¿Ya tenías tus sospechas sobre Tía? ¿O igual que Bella ignoraste las banderas rojas sobre esa hora? ¿Qué te pareció ese revelador momento de Alice y Jasper? Nos leemos pronto y para la espera un adelanto:
Y se lo voy contando, con voz baja, en algunos momentos tartamudeo, me detengo, respiro hondo y continuo, me arde la mirada y me quema la garganta, pero me obligo a continuar. Necesito decírselo. Necesita escucharlo de mí.
Y cada palabra que voy soltando siento como voy cayendo a un nuevo abismo, en mi cabeza intento sujetarme de algo, alguna certeza, el amor de Edward, sus palabras dulces de noches anteriores, pero no puedo. Me estoy cayendo. La verdad no me parece liberadora, siento grilletes apretando mi piel.
