Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.

Una dama de burdel

Limbo, paraíso e infierno

Angielizz (Anbeth Coro)

Estoy en la sala del apartamento con una mochila llena de billetes detrás del sillón y una maleta con toda mi ropa en el armario. Con una única certeza: me ha explotado mi mentira en la cara y ahora no sólo estoy en peligro yo, sino también Edward y debo irme. Tengo ser capaz de correr antes de que Don me encuentre. Debí irme hace una hora, pero en lugar de eso estoy sentada esperando que regrese Edward, porque merece escuchar la verdad de mí, merece una despedida en lugar de que solo desaparezca de su vida.

No estoy dentro de ninguna pesadilla, esto es real. El miedo que siento es real, el dolor al saber que seré yo quien tendrá que irse sin importar la reacción de él es real. Y deseo por primera vez en semanas que su amor no sea real, que no me impida irme y que me aborrezca al saberlo todo, pero estoy segura que no será así. Lo que es irónico porque había temido tanto su reacción a mi verdad y ahora estoy segura de cuál será deseo que no lo sea porque sólo lo expondré al infierno del que creí que había escapado y que ahora me ha vuelto a encontrar.

¿Cómo llegué aquí?

Ella, sábado, trece días antes, 16:10

Lana del Rey - Ride

Los tres días siguientes al descubrimiento de James fueron difíciles. no tenía ánimos que necesitaba para salir de la cama y ponerme a pintar. Diana se había llevado todas mis pinturas terminadas y sólo era cuestión de tiempo para que el plan de Edward de presentarlas en la galería de ella diera sus frutos o demostrara lo contrario, el entusiasmo y positivismo de Edward sobre mis cuadros despejaban mis dudas así que no tuve tiempo de considerar una opción B si no eran vendibles.

Sin embargo, pasaba toda mi mañana atormentada con mis pensamientos en Tía. ¿Con quién había estado dejando al cuidado a mi hermano todo este tiempo? Ella nunca formó parte de nuestras vidas. Mamá no tenía familiares cercanos, mi abuelo murió años atrás. y papá era hijo único, con ambos padres muertos. Solo éramos nosotros cuatro y una mujer que llegó al morir ellos, una extraña cualquiera que vino a arruinar nuestra ya arruinada vida.

Le doy vueltas a la comida una y otra vez con la cuchara sin tener el apetito necesario para comer. La sopa se mueve lenta con mis movimientos, Dolores preparó sopa de papa y queso, la sirvió en el plato antes de irse, insistiendo en que no desayuné. No sé si es la comida lo que no se me antoja o el hecho de que mi estómago está lleno de miedos y preguntas sin responder lo que me impide comer.

Sigo moviendo la cuchara en silencio mientras fuerzo a mi cerebro a dar con una respuesta coherente para la interrogante más importante: ¿Quién es Tía?

—¿Es día de andar en pijama? —levanto mi cabeza de golpe.

Estaba tan ensimismada que ni cuenta me di de cuando Edward abrió la puerta del apartamento o caminó hasta llegar a mi lado. Deja un beso corto en la comisura de mi boca.

—Llegaste antes.

—Tengo una sorpresa para ti —me quita la cuchara de las manos y le da una probada a mi comida, a mi fría comida, levanta una ceja y clava sus ojos en mí—. ¿Vas a comerte esto? —niego con mi cabeza despacio. Toma el plato y devuelve todo su contenido en la olla con el resto de la comida—. Ven, salgamos de aquí.

—No quiero salir hoy —respondo resistiéndome a acompañarlo. Siento mi cuerpo pesado y lo único que quiero es volver a la cama, pero Edward no lo permite, porque me lleva de la mano a nuestra habitación, y cuando me siento en la cama para repetirle que no saldré a ningun lugar, como si fuera una niña, él va al armario para volver con un cambio de ropa para mí.

—Tú eliges, vamos a ir en pijama o con ropa formal.

—No quiero ir a cenar —mi voz ya no es tan suave como antes, sino firme y ligeramente molesta.

Sonríe con dulzura antes de besar mi frente.

—No iremos a comer.

—¿Y para que debo llevar ropa formal?

—Es una sorpresa.

A regañadientes me pongo de pie y me quito la ropa, toda, incluso la ropa interior, esperando que verme desnuda lo haga cambiar de parecer. Pero Edward me ignora por completo y va por un cambio de ropa para él. Respiro hondo y me visto.

¿Quién es Tía? ¿Qué es lo que hace Charlie el resto de las horas cuando no está conmigo al teléfono?

—Son las cuatro y tengo que llamarle a Charlie a las seis —le recuerdo a Edward con un vestido y un sueter ligero puesto. Me alcanza unos zapatos bajos color beige que hay a su lado, le ruedo los ojos y me los pongo.

—¿Sabías que no tienes bolsas?

—Muy observador —me burlo—. Tu comentario llega varios meses tarde. Además ¿para qué quiero una bolsa? No me dejas pagar nunca y no es que tenga dinero para gastar en tonterías.

—Tienes un celular y una identificación.

Asiento y me acerco a él para introducir mi mano al bolsillo trasero de su pantalón.

—Tienes espacio para eso —se ríe.

—Si crees que usar tus encantos va a hacerme cambiar de planes, te equivocas.

—No quiero salir —repito cuando retrocede para poner distancia de mis malas intenciones.

—Ya lo sé, pero esto te pondrá de buen humor.

Suspiro resignada y me giro para salir, pero Edward interrumpe mi salida.

—¿No quieres peinarte antes? —volteó hacia él.

Le lanzo fuego con los ojos, haciéndolo reír.

—No sé quién te dijo que eso se le dice a una mujer, pero te dieron mal el dato.

—Vas a enojarte después si te dejo ir así.

Aprieto los labios y voy al baño, pues sí, tal vez sí me enojaría un poco. Me miro en el espejo: mi cabello es un caos. Lo que originalmente era una cola alta se ha convertido en un desastre con mechones de cabello sueltos hacia todas las direcciones. Me quito la liga y me pongo en la tarea de cepillar mi cabello cuando Edward entra con una nueva camisa de botones azul oscuro. Lo ignoro lo mejor que puedo, concentrada en mis nudos y no en lo atractivo que se ve.

—¿Y tengo que maquillarme para esta sorpresa?

—Tal vez tú quieras eso —dice cuidadosamente sabiendo que debe andarse con pincitas por ahora.

Exhalo aire ruidosamente como protesta, pero abro el cajón donde guardo mi labial, rímel, delineador y el juego de tres sombras. Y mientras intento conseguir un maquillaje decente, Edward pone su barbilla sobre mi hombro al lado de mi cara mientras tiene sus ojos atentos a cada uno de mis movimientos en el espejo, nos presto por un segundo atención y mi mal humor se desvanece, le sonrío a través del espejo.

—Estas distrayéndome —me quejo aunque con una sonrisa mientras me pongo rímel en las pestañas.

—Estás hermosa —lucho contra la sonrisa, porque se supone que estoy enojada con él.

—Cuando te pones así de tierno, solo quiero tenerte en la cama, así que no me provoques porque no tengo deseos de salir y lo único que estás haciendo es reforzando mis ganas de quedarme aquí.

Se ríe en lugar de tomarse mi amenaza en serio, aunque también se aleja usando de pretexto el cepillo disponible mientras arregla su cabello. Y estoy tan distraída solo viéndolo peinarse y luego ponerse la colonia, que el rímel termina tocando mi parpado y arruinando mi maquillaje en el ojo derecho por completo.

Lo que me faltaba.

—Soy un desastre —me quejo de nuevo mientras busco en el cajón el desmaquillante.

—Bueno, eres mi desastre.

Me cruzo de brazos, Edward levanta ambas manos en señal de paz.

—Lo entiendo, te dejo arreglarte.

Y con eso se va.

Así que me toma un rato maquillarme, arreglar mi cabello y verme aceptable para una cita a no sé dónde.

Pero más tarde, cuando Edward abre la puerta del automóvil para que baje, sé exactamente dónde estamos. Es decir, no sé dónde estamos, pero sí lo que hacemos aquí.

—Te dije que era una sorpresa —se anticipa a mis palabras.

Estamos en la Galería de DGR, o al menos así indica el letrero en fondo blanco y letras negras.

—Diana quiere hacer un evento en un mes más, pero pensé que querrías ver esto sin la atención de las personas invitadas y todo eso.

Y contrario a lo que ha ocurrido a lo largo de la ultima hora, soy yo quien se encuentra casi tirando del brazo de Edward para entrar.

Jalo la puerta de cristal y entramos. Es un espacio pequeño con algunos cuadros que desconozco, hay una fuente como cascada en el centro del espacio y una mujer frente a éste.

—Bienvenidos, tenemos dos artistas en exhibición este mes —nos saluda una joven detrás de un taburete tras un escritorio alto que funge como recepción, mientras lo dice estira para nosotros un par de trípticos, Edward estira su mano para tomar el que tiene mi nombre— Paraíso e infierno se encuentra en la primera puerta de su izquierda —este espacio cuenta con seis puertas, noto—. Y A lápiz y carbón está en la segunda puerta de la izquierda.

—¿Se encuentra Diana? —pregunta Edward.

—¿Tiene cita con ella? —él asiente.

—Avisaré que está aquí.

La recepcionista se levanta para ir hacia una de las puertas del fondo.

—Ven, vamos a conocer a esta artista.

La primera puerta a la que entramos es la de Paraíso e infierno. Hay una cascada que atraviesa casi la mitad de la habitación como si fuese un muro más y de cada lado refleja dos colores con las luces del fondo de la fuente. Rojo y azul, lo que deja bien claro cuál es el paraíso y cuál el infierno, mi obra anterior y la reciente.

De cada lado hay muros entre la sala y como cada cuadro tiene una separación de casi un metro y medio, da la sensación de que en realidad son más cuadros o que no es una exhibición tan pequeña. Las paredes blancas tienen diferentes frases en latin que se entrelazan con mi nombre.

Reconozco solo algunas, ad eaternam, para toda la eternidad; carpe diem, aprovecha el día; cogito ergo sum, pienso luego existo; Veni, vidi, vici, vine, viví y vencí; esse est deus, ser es Dios; Amantes, amentes…

—¿Te gusta? —pregunta Edward interrumpiendo mi lectura.

—No creí que fuera a hacerlo así de bien —admito—, considerando nuestra mala relación.

—Ella está arrepentida de lo que hizo. Sobretodo ahora que sabe que el verdadero culpable es su hijo —me explica mientras nos quedamos frente a uno de los cuadros más recientes. Unas cadenas con forma de serpiente sobre el suelo de una habitación vacía.

Al lado del cuadro la pintura tiene un título, Edward me había pedido ponerles nombres a los cuadros pero no se me ocurrió nada interesante así que lo dejé a libertad de Diana. A este lo ha titulado: Demonios.

Lo que creo que le embona a la perfección, considerando que Don siempre será el demonio más peligroso para mí.

—Lo esperan, señor Funes —dice la recepcionista llegando a nuestro lado.

—Gracias —la mujer camina de regreso a la recepción—. Iré a molestar a Diana para que venda esto rápido —dice mientras deja un beso encima de mi cabello—. Volveré pronto, escuché que la artista usa de inspiración el cuerpo desnudo de su novio.

—Puedo verlo —bromeo.

La segunda sala tiene mis dibujos a lápiz y carboncillo enmarcados. Esta sala tiene paredes negras y al igual que la primera hay una fuente, pero esta es circular y centrada.

Es muy extraño ver tu propia creación como espectador. Se siente como si fuese algo definitivo, no hay vuelta atrás una vez que está colgado en una pared. Pero saber que más personas pasarían por aquí y prestarían su tiempo a ver lo que a mí me había tomado días de trabajo conseguir era una sensación desconocida, aunque placentera.

Recorro las cuatro paredes llenas de mis dibujos antes de volver a la primera sala, los nombres de mis pinturas iban al tema de la sala. Muerte. Devastación y soledad. Infierno citadino. Amanecer. Camposanto. Necropolis. La eternidad. Pecados y milagros. Vida eterna.

Sentí a Edward incluso antes de que recargara su barbilla contra mi hombro, pasa sus brazos por mi cintura mientras nos quedábamos en silencio viendo uno de mis cuadros que pinté hace más de un año, posiblemente era de los últimos que pinté antes de la muerte de mis padres. Vida eterna.

—¿Algún día vas a volver a pintar así? —su pregunta es seria aunque su voz mantiene el tono suave y dulce. Respiro profundo sin saber qué decir al respecto. No me imagino volviendo a pintar un cuadro de un sueño alegre. Esta pintura tiene un campo de flores con un fondo del mar y un cielo de tonos purpuras y anaranjados mezclándose entre sí. Hay dos personas sentadas en medio del campo de flores, un hombre y una mujer.

—Siempre he pintado lo que sueño —confieso, sabiendo que tal vez le estoy dando demasiada información, datos que quizás no será difícil de decodificar si solo le presta un poco de atención a las pinturas que están en el otro lado del salón.

—Tal vez no me he esforzado lo suficiente para que tengas buenos sueños.

Parpadeo luchando contra mis emociones.

—Créeme. Has hecho más de lo que te imaginas. Chantajear a punta de insultos a Diana para que pusiera mis cuadros aquí es algo.

Se ríe levemente y siento como niega con su cabeza.

—No la insulté.

—Golpeaste a su ego.

—Eso sí hice, pero funcionó y tú merecías esta oportunidad.

No respondo porque no estoy segura de qué podría decir.

—¿Ese de ahí es Eric? —pregunta refiriéndose a la silueta del hombre, niego con mi cabeza.

—Era un regalo de navidad para mis papás. Ellos… murieron esa misma tarde cuando volvían a casa así que nunca pude mostrárselos.

Pongo mis manos encima de las de Edward sobre mi cintura mientras recargo mi cabeza contra su pecho sin despegar mis ojos de la pintura.

—No es necesario que vendas todos tus cuadros, Bella.

Niego.

—No quiero quedarme con ninguno.

Y es cierto, no quiero los cuadros que me recuerdan la vida feliz que tuve con mis padres, tampoco quiero los cuadros que he pintado para encerrar a mis pesadillas. Quiero ser capaz de soltar todo ese pasado de una vez por todas. Aunque no sé cómo.

—Me basta mi cuaderno de dibujo.

Uno que está con dibujos y bocetos de Edward y los espacios del apartamento y retratos de Charlie.

Edward deja un beso sobre la piel de mi cuello y luego sube a mi mentón y desliza su boca hasta llegar a mi oreja. Su lengua juguetea unos segundos con el lóbulo de mi oreja haciéndome cosquillas suaves. Clavo mis dedos en la piel de su brazo.

—Me tienes.

Ladeo mi rostro para encontrarme con sus ojos azules, me pierdo en las profundidades de su mirada y lo creo, por primera vez lo creo sin dudas de por medio. Es tan mío como yo suya.

Giro mi cuerpo aun atrapada por sus brazos para poder tenerlo de frente, paso mis manos detrás de su cuello y me estiro para alcanzar sus labios. Despacio, suave, dulce hasta que siento sus labios sonreír entre besos y el beso deja de ser lento. Se convierte en uno demandante, su mano que había estado recargada apenas en mi cintura ahora se clava en mi espalda acercándome aún más. Su otra mano se pasa por mi mejilla para atraerme desde mi nuca con sus dedos enterrándose en mi cabello.

No pienso en donde estamos ni si alguien podría entrar aquí, toda mi concentración se limita exclusivamente a Edward, a su cuerpo reclamando el mío en algo tan simple como un beso.

Un beso que tiene todo menos simpleza, uno que me hace hervir por dentro y va incendiando mi piel con sus caricias.

Edward que sí es capaz de ser sensato en lugar de embriagarse con las emociones, se aleja, pero solo para caminar hacia una esquina que está detrás de uno de los muros, su sonrisa me indica que piensa lo mismo que yo, aunque estoy segura que esto no lo han puesto así para que los visitantes se diviertan de esta manera.

Mi cabeza choca contra el brazo de Edward que está recargado en la pared, estoy atrapada contra su cuerpo y sin deseos de escapar. La mano que antes estaba en mi espalda ahora se mueve con sus dedos de puntillas por mi abdomen, salta mis pechos y toma mi mejilla al tiempo que se separa.

—No haremos enojar a Diana.

Traducción: no llegaremos más lejos.

Asiento con mi pulso acelerado y mi respiración rápida todavía. Como su cuerpo sigue contra el mío puedo sentir la dureza bajo sus pantalones. Edward mira hacia su derecha.

—¿Ese cuándo lo pintaste?

Quiere distraerse y lo permito, así que le cuento que tenía como dieciséis años y quería participar en un concurso de pintura, pero como fue un año de sequía quedó a medias porque no sabía cómo hacer la lluvia. Estaba en una temporada artística en la que quería pintar solo lo que veía. Así que el escenario tiene todo para una tormenta perfecta, excepto la lluvia.

Edward y yo nos quedamos en el mismo lugar, con mi cuerpo entre él y la pared, su brazo tras mi nuca y mis manos recorriendo su camisa de manera inocente mientras conversamos de las pinturas que hice antes, él parece más interesado en saber los motivos de lo que está viendo y no sólo qué es lo que ve.

Por suerte sus preguntas se limitan a los cuadros que pinté antes de mudarme con él.

Me hace hablar de eso por casi una hora, sin mostrar interés en marcharse y atento a mis respuestas, de vez en cuando me interrumpe y para que profundice en alguna de mis respuestas. En algún momento nos ponemos a caminar por la sala porque tiene más preguntas de lo que pinté antes.

—Puse tres bolas de nieve de vainilla en un plato como inspiración y así es como conseguí la pintura del mono de nieve que se derrite en la playa—se ríe.

—Ingeniosa. ¿Pero alguna vez has visto nevar? —niego con mi cabeza.

—Neva cuando llega a cero grados, ¿no? —asiente—. No, gracias, prefiero la nieve de vainilla. Encuentro innecesario sufrir de frío de esa manera.

—Con una buena chamarra.

—O tres. Me convertiría en un muñeco de nieve y muchas capas de suéteres. Puedo imaginarme perfectamente así —sacude su cabeza.

—Siempre puedo tenerte en una cabaña con calefacción.

—¿Tienes una cabaña?

—Yo no… mamá y Carlisle sí.

—Qué presumido eres.

Se ríe nuevamente y no puedo evitar recordar la primera vez que fuimos a un museo y él estaba poniéndole su cara malhumorada a todos los cuadros, se lo digo y él solo levanta una ceja que pretende mostrar su indignación.

—Por supuesto que no.

—Que sí.

Edward está recargado contra una de las paredes me acerco a él y pasa sus manos tras mi espalda acercándome de nuevo a él.

—¿Ese día ibas a casarte y decidiste llevarme a un tour por la ciudad?

—¿Honestamente? Pensé que en un museo te obligaría a quedarte callada un rato —le doy unos golpecitos contra su pecho, aunque estoy sonriendo, porque ese tema está superado—. Quería distraerme y estaba seguro que en cualquier momento llegaría Mateo o James para obligarme a despejar mi cabeza y bueno, se supone que vivía solo. Además, no podía seguir ignorándote y debía averiguar a qué clase de psicópata había invitado a vivir conmigo.

Ruedo mis ojos.

—No quiero decir que eras un distractor, pero mantenerme ocupado y preocupado en que no incendieras el apartamento ayudaba a enfocarme en lo importante.

Abro la boca con indignación al tiempo que le doy unos golpecitos a su nariz con la punta de mi dedo.

—¿Tardaste mucho en superar todo eso del compromiso?

—Tal vez… cuando la encontré con Peter, tal vez no lo tomé tan bien —admite y levanto una ceja en espera de que siga hablando. La única vez que me habló de su compromiso yo estaba egoístamente solo pensando en mí misma e ignoré el hecho que era la primera vez que hablaba del tema, pero quiero pensar que no soy esa persona y que soy lo suficiente madura para ser capaz de escucharlo.

—¿No tan bien?

—No sé qué esperaba, pero supongo que pensé que ella se mostraría arrepentida y él solo se iría.

—No fue así —niega.

—No, no es algo que ellos harían. Llevaba dos años con Heidi, y conocía a Peter desde niños, era el padrino de la boda —añade para que entienda lo cercano que ellos eran—. Estaba por irme cuando él dijo que no se creía que no hubiese descubierto la infidelidad después de que llevaban viéndose medio año.

¿Enojo? Supongo que eso ni siquiera describe el sentimiento que aparece contra ellos. Pongo mi mano en la mejilla de Edward, sobre su barba de un par de días.

—Lo golpee, una vez, pero entrené boxeo casi toda mi adolescencia y parte de mi juventud. Así que se desmayó.

—¿Lo noqueaste?

Sonríe.

—La verdad estoy convencido que fingió estar desmayado.

—¿Y te fuiste? —niega.

—Heidi estaba histérica y amenazó con llamar a la policía, así que pasé media hora viendo a Heidi volverse loca e insultarme por su amante.

Abro varias veces la boca, pero ninguna palabra sale que consiga mostrar mi desagrado por ellos. ¿Cómo siquiera alguien podría lastimarlo así?

—Jasper llegó y se encargó de despertar a Peter con un vaso de agua fría. Así supe que no estaba noqueado. Lo sacó del apartamento de ella y entonces Heidi, en lugar de desmentirlo o disculparse, me ofreció un matrimonio con amoríos que según ella era la solución a nuestros problemas.

Pienso en esa tarde en que estábamos en la que era mi habitación y le dije que podía aceptar una relación abierta si era lo que él quería, qué absurda debí ser a sus ojos; le ofrecí sin saberlo lo que su prometida le quiso dar antes.

Con la diferencia que la posibilidad de que él aceptara me quemaba por dentro. Porque yo no quería a nadie más que a él.

—Qué despreciable mujer.

¿Cómo alguien pudo pisotear su amor de esa manera? Paso mi pulgar en el contorno de su rostro hasta pasar mis dedos en su cabello.

—No fue solo la infidelidad, ella no estaba arrepentida, estaba molesta porque le arruinara la boda. Y no fue un desliz, ella llevaba medio año en esa relación —bajo la mirada al lunar de su cuello, pero Edward sostiene mi mentón para que levante el rostro.

—Yo… —presiona mis labios con su pulgar y niega despacio.

—No te lo cuento para que me lo digas. Esme dice que todo pasa por algo, y creo que puede que tenga un poco de razón. Si no lo hubiese descubierto, entonces no te habría conocido a ti.

Sus ojos azules siguen siendo cálidos, respiro hondo.

—No necesito saberlo, pero cuando tú quieras contármelo entonces… yo voy a estar aquí para escucharlo.

—¿Incluso si no te gusta lo que vayas a oír? —asiente.

—No te ofendas, pero cada cosa nueva que hemos descubierto no me ha gustado —una sonrisa triste se abre camino en mis labios—. Estaré aquí para ti cuando estés lista.

¿Lo estaré alguna vez? Posiblemente no.

¿Pero no sería justo contarle mi pasado una vez que él ha abierto su corazón a mí para contarme el suyo?

—Cuando yo… —pero mi celular suena en ese inoportuno momento, y cuando Edward lo saca de su bolsillo, puedo leer el nombre de Charlie. Son las seis de la tarde.

—Tenemos tiempo —me recuerda.

Asiento al tiempo que respondo la llamada.

Domingo, cinco días antes, en un muy bonito residencial, 09:30.

Cuando llegué al apartamento de Edward no tuve tiempo de impresionarme por los lujos en los que vivía, ¿para que lo haría? Estaba segura que al salir de ahí no volvería a ese lugar y regresaría en cambio al pequeño apartamento que solo tenía un sofá, un refrigerador y una estufa. Y cuando volví a su apartamento con mi ropa en la mochila, tampoco me impresioné por el espacio. Impresionante ya me parecía comer tres veces al día, sin saltarme comida ni pasar hambre. Impresionante que sin pedir nada a cambio me diera ropa nueva y calzado. Me impresionaba que una persona me abriera la puerta del edificio y estuviera a cargo de mi seguridad, cuando en el edificio en el que viví los hombres en la puerta me daban terror.

Pero esto es diferente, esta es la casa en la que viviremos. Lo sé. No me quedan dudas de eso, de lo contrario Edward no habría hablado de este día durante una semana.

—Aún tienen que llevarse el escombro —señala una pila de bloques, maderas y tierra que hay frente a la casa y que afecta ligeramente, casi imperceptiblemente, mi visión.

—Es muy bonita —Edward saca del pantalón un manojo de llaves y se pone a buscar la correcta, casi con nerviosismo, casi—. ¿Y a ti no te gustan las plantas?

—No, la verdad es que no. Soy partidario de dejarle eso a los expertos en el tema de botánica.

—¿Así que planeas contratar un jardinero?

Edward me levanta una ceja acompañada de una sonrisa divertida.

—¿Así que planeas convertirme en tu jardinero? —corrijo y en respuesta solo se ríe sin contradecirme.

Se equivoca un par de veces con la llave correcta de la puerta principal, pero al tercer intento consigue que gire la perilla.

—Señorita —dice con falsa galantería, abriendo la puerta y tomando mi mano para hacerme entrar frente a él.

Si había pensado que la casa era impresionante por fuera y que me dejó sin palabras, el interior se roba mi respiración por completo.

—Y le falta una buena limpieza, por supuesto.

—¿De qué estás hablando? Esto es realmente… guau. Con razón quieres vender el apartamento —mi voz hace eco en la casa por la falta de muebles.

Edward se ríe y deja ir mi mano lo que capto como un silencioso permiso para merodear el lugar, y yo no pierdo oportunidad de hacerlo.

—Esto es como tu apartamento.

Señalo con mis brazos todo mi alrededor de la planta baja que tiene vista hacia todos los espacios, desde aquí puedo ver la cocina que es casi el doble de amplia que la del edificio, y la sala de estar que tiene una chimenea con ladrillo blanco en el medio, y el comedor que tiene grandes ventanales al fondo que muestran el jardín. También puedo ver el pasillo de la planta alta gracias al techo de la sala de doble altura. Todo aquí es luminoso.

—Un poco más grande —dice Edward con un tono que es lo opuesto a la modestia.

—Sí, un poco —sueno sarcástica a propósito.

Casi el doble.

—¿La mandaste construir o la compraste así?

—La remodelé. Tumbaron las paredes que dividían las estancias, ampliaron la cocina y añadieron la chimenea.

—¿No dijiste que no eras creativo?

Se encoge de hombros sin mostrarse arrepentido o avergonzado de su pequeño engaño.

—No sé de colores.

—Escuché que el color melón está de moda, es muy elegante —bromeo recordando que uso esas palabras en casa de mis padres.

—Qué bueno que lo mencionas, tu estudio tendrá ese color —ignoro su broma porque mi atención se queda en lo importante de esa oración.

—¿También tendré un espacio aquí?

Esto sí que roba mi respiración.

—¿Te gusta la idea?

—Me encanta la idea —regreso a él y paso mis brazos por su cuello mientras sus manos se instalan en mi cintura.

—La única que no está muy feliz con la mudanza es Dolores, ya me pidió un aumento.

Me rio.

—Vas a pagarle, ¿no?

—Por supuesto. Es una mujer muy cotizada, tuve que sobornarla un poco para que se quedara trabajando conmigo en lugar de volver a trabajar en la casa del jardín.

—¿De dónde salió eso del nombre?

—Supongo que de Dolores, le pone nombre a las casas. ¿Quieres saber como le puso al apartamento?

—Por favor, sí.

—La torre del pequeño Edward.

Aprieto mis labios con fuerza, pero aun así la risa brota, aunque pronto se convierte en una carcajada y un minuto después sigo riéndome, aunque ahora sujetándome el estómago para luchar contra la risa.

—Ya, búrlate de mí. En defensa de Dolores, ella no comparte tu mente sucia.

Su indignación solo enciende con mayor fuerza mis risas.

—Por favor, para —imploro con mis manos en mi abdomen partida en risa y dolor.

—No soy yo quien se está riendo como demente.

Cuando consigo recuperar el aliento estoy quitándome las lágrimas que las risas ocasionaron.

—Lo siento. ¿Crees que a esta casa le ponga la dura chimenea de… —pero Edward no me deja terminar la oración y antes de que me de cuenta estoy siendo cargada contra su hombro mientras nos dirije a zancadas hacia la cocina—. ¡Espera! Quiero conocer el resto de la casa.

—Ya tendrás tiempo de conocerla.

Y diciendo eso me deja de pie al lado de la isla de la cocina, aunque no por mucho tiempo porque me hace girarme en mi sitio y sin que tenga que decirlo sé exactamente lo que quiere.

—Primero la casa —digo ejerciendo fuerza con mis manos en la orilla de la barra de granito.

—Voy a presentarte la casa, esta es la cocina —va diciendo mientras sus manos se introducen bajo mi vestido y levantan la falda haciendo hacia un lado el delgado y diminuto pedazo de tela que cubre mi intimidad.

—Qué… cocina tan… vaya.

Pierdo mi capacidad de hilar oraciones coherentes mientras sus dedos se van abriendo espacio dentro de mí. En realidad, pierdo cualquier capacidad de pensar en cualquier otro tema que no sea Edward.

No sé cuánto tiempo más tarde, varias zonas de la casa después sería más correcto decir, porque ya sé lo duro que se siente el ladrillo de la chimenea contra mi espalda, y lo frías que son las baldosas del comedor; ya me presentó los ventanales resistentes que dan al patio trasero; me mostró lo firmes que son las escaleras mientras me hacía sentarme a horcajadas encima de él mientras desabrochaba mi vestido. No dejó escapar la oportunidad de mostrarme la que será la sala de juegos mientras su boca iba a mi muy húmeda entrepierna mientras yo me sostenía del marco de la puerta y de sus hombros sin llegar a entrar a la sala. Y finalmente me llevó a conocer el baño del primer piso y tal vez, terminamos semivestidos en la ducha mientras terminaba dentro de mí contra las heladas paredes.

—Me encanta la casa, deberías dedicarte a bienes raíces —bromeo acomodando de nuevo mi ropa interior que está en el suelo de la cocina. Edward está abrochándose los pantalones con su camisa de botones aun abierta.

—¿Te convencí de mudarte?

—Totalmente.

—¿Quieres conocer el segundo piso?

Un escalofrío me recorre ante la posibilidad de conocerlo del mismo modo ingenioso que el primer piso, pero acepto su mano y sin juegos comenzamos a subir los escalones.

—¿Cuántas habitaciones tiene?

—Cinco.

—¿Cinco? ¿Qué ibas a hacer con tantos cuartos tú solo?

—El gimnasio, mi despacho, la sala de visitas, mi habitación y tenía intenciones de tener mi cuarto de chiqueros.

—Ya, claro. Tú no tendrías eso.

Edward sonríe mientras abre la primera puerta.

—¿El gimnasio? —asumo mientras veo la pared con espejos—, ¿es más grande?

—No, tiene un par de metros menos que el del apartamento.

Camino hacia la siguiente recamara.

—Aquí será mi oficina —dice mientras abre la puerta para que pase, observo el espacio. Tiene un balcón y una pared con un librero—, esto va a gustarte.

Avanza hacia el librero y empuja el único libro que está ahí. Se abre una puerta oculta.

—¿Un cuarto de pánico?

—Originalmente era otra habitación, pero Carlisle sugirió tener algo así.

Entro al espacio oculto, es como una habitación, con la excepción que no tiene ventanas ni otras salidas.

—Cuando nos mudemos mandaré instalar el equipo de vigilancia aquí, la caja fuerte, una televisión, tal vez una cama, un refrigerador pequeño y todo lo necesario para no tener que salir, se supone que es a prueba de ruido.

Levanto una ceja.

—¿Es una zona peligrosa?

—No —sonríe al ver mi confusión—, no voy a usarlo como un cuarto de pánico —aclara.

—¿No? Porque caja fuerte, equipo de vigilancia y todo lo necesario para un apocalipsis suena a cuarto de pánico.

—Lo usaremos cuando haya tormentas.

Y en ese momento lo amo tres o cuatro o cien veces más que hace solo un minuto.

—Te amo —declaro volviendo a abrazarlo y llenarlo de besos colgada a él.

—¿Entonces te gusta?

—Mucho. Aunque algo me dice que vas a esconderte aquí cuando sea un fastidio para ti.

—Atrapado —dice siguiéndome la broma—, ¿ya quieres ver nuestra habitación?

Mis emociones revolotean en mi interior. Nuestra habitación.

Me ofrece su mano y la tomo sin dudarlo.

Tiene un balcón. Es lo primero que noto porque está justo frente a la puerta, hay un pasillo frente a mí que tiene tres puertas: el balcón, el vestidor y la recamara. Camino hacia el frente y cruzo el balcón que tiene vista al jardín trasero. Edward pone cada mano al lado de mí atrapándome contra el barandal.

—¿Te gusta?

—Es increíble. Por favor dime que a tu edad tendré el dinero para una casa como esta.

—Tendrás mucho más que eso —asegura.

El resto de la habitación es increíble, el vestidor es el doble de grande y el baño tiene -como Edward ya me había anticipado semanas atrás- un jacuzzi. El lugar donde estará la cama queda frente a ventanales de piso a techo con vista al jardín.

—¿Qué te parece?

—Que no tendremos que pelear por el espacio de nuestra ropa, ¿pondrás cortinas? Porque yo no me despierto a las seis de la mañana.

—Pequeña holgazana —dice cariñosamente apretando mi nariz.

La siguiente habitación es la que será de Charlie, así es como lo declara Edward, es más pequeña que la nuestra y en lugar de un vestidor tiene un closet, pero tiene su propio baño y estoy segura que es más grande que la habitación que tiene actualmente, así que sé que le gustará. Y entonces quedaba solo una habitación por ver, la última: mi estudio.

—Eres libre de hacer modificaciones —es todo lo que él dice mientras extiende su mano hacia mí, pero no para que la tome, sino para darme el juego de llaves que cuelga de ella.

No respondo, en su lugar, tomo las llaves, que son tres iguales y supongo que se trata de las copias de la chapa de esta puerta. Giro la llave, pero no muevo la puerta. Levanto mi vista a Edward.

—Va a gustarte —asegura con una sonrisa y un brillo en sus ojos azules, veo la calma y calidez tras su mirada y entonces empujo la puerta para que se abra.

Se me llenan los ojos de lágrimas apenas encuentro el primer cuadro colgado a la pared.

—¿Cómo… —pero se corta mi voz por la emoción y no puedo continuar con la pregunta, todas las palabras se atascaban dentro de mí.

—Angela —es su explicación—. Se los pedí de vuelta y ella habló con sus padres para que los enviarán, se quedaron con un par que le gustan a Charlie y que tienen en su sala por elección de él.

Edward se acomoda tras de mí, ladeo mi rostro lo suficiente para que descanse su cabeza al lado de la mía, me abraza desde atrás y siento como si lentamente volviera a unirme o más bien, como si su tacto evitara que me desmoronara de nuevo.

—Si vas a aferrarte a un pasado, que sea a éste —dice contra mi piel.

Mamá no dibujaba paisajes, ella hacía retratos realistas.

Mi nuevo estudio tiene en las paredes colgadas las pinturas de mamá. Y luego de un año, me doy cuenta, ya había olvidado la mayoría de sus cuadros. Ella no pintaba por dinero, sino por pasión. Así que la mayoría de sus cuadros eran para sí misma, lo que explica que pintara a su familia. Hay una pintura de Charlie con un robot entre sus pequeñas manos cuando tenía tres años, y hay uno de mí siendo adolescente pintando en medio del jardín. Hay una pintura que hizo de la cocina, otra de la sala, una más del jardín. En una pared reconozco un par de papá sonriendo con sus labios y sus ojos verdes, recuerdo ese día, lo hizo posar frente a ella casi seis horas en el sillón teniéndolo quieto con la televisión y con pizza.

Mamá no era religiosa, y ella jamás nos habló de lo que seguía después de la muerte. Ella decía que la vida era solo esto y que lo único que quedaba de nosotros era lo que hacíamos mientras vivíamos, los recuerdos e impresiones que dejábamos en las otras personas era lo que nos sobrevivía, pero ella decía que los artistas tenían una ventaja sobre el resto, la llamaba: la finita eternidad. Los escritores sobreviven en sus libros, los cineastas en sus películas, los pintores en sus obras. Una parte de nosotros es entregada en esas creaciones para que tengan vida: con los sueños, las pesadillas, los pensamientos y a veces la vida misma. Ella retrataba la vida que tuvo. Estos cuadros que ella hizo a lo largo de los años capturaron un fragmento de ella y ahora está de vuelta conmigo. Me quito las lágrimas con el dorso de la mano.

Hay dos caballetes de madera en el centro de la habitación y una pared tiene lienzos de distintos tamaños ya armados en los marcos de madera listos para ser usados. Un mueble con repisas tiene botes de pintura y materiales, cuadernos, pinceles, espátulas.

Y noto que puedo imaginarme perfectamente viviendo aquí, a su lado. Pintando por las mañanas, y pasando las tardes en el jardín con Edward. Puedo vernos cocinando juntos, y riéndonos de tonterías y teniendo una vida aquí.

Una vida que no podrá iniciar hasta que no sea honesta con él.

—Edward, yo… —pero antes de que pueda decir nada, su boca cubre la mía silenciándome y por segunda vez esa tarde me hace el amor.

Viernes, ese día.

Edward y Angela hablaron de seis meses, han pasado tres semanas y no puedo durar un día más. Los meses que Charlie estuvo con Tía me convencí que esa era la mejor opción para él, que estaba seguro y que ella lo cuidaría por el cariño que le tenía a mi padre. Me repetí una y otra vez que mis padres no habrían dejado la custodia de Charlie a una desconocida sin motivos que apoyaran esa decisión. Esas palabras ya no me dan paz.

Charlie nunca debió quedar al cuidado de ella y Tía jamás podrá ser su mejor opción. No es lo que mis padres hubieran querido y no tengo ninguna garantía que él se encuentra a salvo. ¿Por qué ella nunca formó parte de nuestra vida? No lo sé. Nunca lo sabré.

Lo que es un hecho es que una persona no puede ser buena y al mismo tiempo despiadada para arrebatarme todo lo que por derecho me pertenecía: mi herencia, la casa, y lo más importante, a mi hermano.

Así que no, no puedo esperar seis meses. Cada día que esperamos pongo en riesgo a Charlie. No he vuelto a tener noticias nuevas por parte de James, y si las hay él no ha vuelto al apartamento con sus descubrimientos.

Miro la pintura. Es el pedido de Alice. Le llamé hace unos minutos para avisarle que tenía lista su pintura, pero ni siquiera me dejó hablar cuando anunció que estaba a tres minutos de mí.

Estos días me he dedicado a pintar los pedidos de Jasper y Alice, aunque el día de ayer Edward quiso que fueramos a comprar pintura para la casa porque quiere mudarse pronto, ya sea que necesite mudarse pronto para vender el apartamento, o realmente solo quiera mudarse conmigo, no parece que vaya a esperar mucho más tiempo. Y yo tampoco quiero.

Así que compramos la pintura, la dejamos en la casa con la intención de pintar durante el fin de semana. Edward quería que contrataramos pintores para que lo hicieran por nosotros, pero yo quería hacerlo por mi cuenta. Me he mudado las suficientes veces a lo largo de este año para querer hacerlo por primera vez como corresponde: sin la tristeza, sin miedo sin tener idea de lo que depara para mí el porvenir. Quiero aferrarme a la emoción, y la alegría y la esperanza de la vida que podríamos tener. Que estoy segura que podemos tener.

Que podríamos tener, si solo le contara la verdad de una vez.

Escucho la puerta de la entrada principal, me pongo de pie y camino hacia allá.

—Tu pedido y el de Jasper están listos —declaro mientras camino por el pasillo, cuando llego a la sala la miro. Es la hermana de Edward, pero al mismo tiempo parece una persona totalmente diferente.

—¿Estás en pijama?

En pijama, con tenis deportivos, cabello desarreglado y unos gigantes lentes oscuros: Alice o alguien parecida a Alice.

—Está de moda —dice con un tono que no alcanza a ser bromista o sarcástico, suena inexpresivo—. ¿Puedo verlas?

Asiento y no dice nada, pasa a mi lado llevando solo un sobre manila en una mano y sus llaves en un felpudo y rosado llavero en la otra. La sigo en silencio a unos pasos, sin saber qué decir.

Alice se mueve a libertad en el departamento de Edward. El collage y la caricatura están uno al lado del otro. Alice ignora su pedido y va al de Jasper.

—Se parece a él.

—Edward sugirió la ropa —digo en mi defensa ante la camiseta con la leyenda "Rockstar retirado". Alice pone su mano encima de la caricatura, me parece que nos quedamos en silencio por casi un minuto mientras ella observa a detalle el resultado—. ¿Te gustó? —asiente sin mirar hacia mí—. Puedo hacer cambios si quieres.

—Nos vemos felices, ¿no? —y entonces reconozco el tono roto de su voz.

—¿Alice?

—Solo… dame un minuto. Soy un desastre, llevo tres días sin salir de mi cama, así que si estoy aquí no es por mí.

—¿Estás bien? —doy un paso hacia ella y luego otro y cuando estoy por tocarla del hombro, ella reacciona y se aleja para mantener la distancia, niega despacio.

—Si tú me abrazas yo temo no poder parar de llorar nunca, solo… no.

—¿Está bien Jasper? —asiente y luego se encoge de hombros.

—No lo he visto hace tres días… él… él rompió conmigo.

No puedo decir que conozco a Jasper, pero podía apostarme todo a que él la quería. Las pocas veces que he visto Jasper, Alice ha estado a su lado y él siempre tiene ojos para ella. Una persona no puede mirarte de esa manera y luego romper. ¿No?

—¿Tuvieron una pelea? A veces la gente dice cosas que no siente en medio de… —interrumpo mis palabras cuando ella niega con frenesí.

—No. No fue una pelea, no estábamos enojados, ni siquiera creo que lo estemos ahora. Solo… —se limpia con brusquedad las lágrimas de sus mejillas—. Lo hablamos y él decidió que no era suficiente. Dijo que quería todo o nada.

—No estás aquí por los cuadros.

Niega despacio.

—No habría salido de mi cama si no fuera importante —y mientras lo dice estira su brazo donde lleva el sobre amarillo. Me quedo quieta sin atreverme a tomarlo—. No entiendo qué quiere ese idiota ahora, pero lo descubrió.

Con marcador negro puede leerse con claridad: Nena, nuestro mundo es un caos, pero el sufrimiento es opcional.

—Peter —aclara. ¿Peter le entregó eso? ¿Para mí? Comprendo en seguida el motivo.

—Edward y James tienen una demanda en su contra, han estado trabajando en eso… James descubrió unos fraudes y desvíos de dinero —digo sin despegar mi vista del sobre ni atreverme a tomarlo—. Si hablas con ellos y les pides que se detengan, lo harán.

Nos quedamos en un sepulcral silencio por casi un minuto hasta que sonríe, no dulce ni simpática.

—¿Por qué querría eso? —y parece encontrar divertidas mis palabras.

Me encojo de hombros sin saber qué decir.

—Peter me jodió la vida entera, se metió en la relación de mi hermano, arruinó la fiesta de mis padres y me insultó frente a todas esas personas. ¿Por qué iba a detener a James? Estoy segura que lleva años armando este caso.

Asiento con lentitud sintiendo mi pulso acelerarse ante su frialdad, sin la diversión y alegría que usualmente acompaña a Alice..

—Sólo estoy aquí para ponerte en aviso. Peter lo sabe y estoy segura que intentará usar esto contra mi hermano.

—Te está amenazando, Alice.

—Que lo intente. Si ese idiota cree que puede volver a lastimarme va a chocar contra la maldita pared.

—Estás enojada, no lo estás pensando bien. Sé lo que es que un demente te persiga, no quieres que él haga eso. Él no piensa que Edward esté detrás, cree que eres tú.

Sonríe.

—Y seré yo, por una vez en la vida voy a ir tras él.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Porque pasé medio año yendo a terapia a escondidas de mis padres para que no descubrieran el aborto que tuve que hacerme a los dieciséis. Porque los niños me hacen sentir culpable, porque no quiero formar una familia, por eso, porque Jasper quiere todo el maldito paquete que jamás voy a darle. Porque Peter me arruinó. Y ahora voy a arruinarle la maldita carrera y empresa y vida y todo… —pasa su mano por debajo de los lentes para limpiarse las lágrimas y luego baja la voz cuando vuelve a hablar—, pero no quiero lastimarte a ti, Bella… así que, por estoy aquí. Porque tienes una oportunidad para sincerarte, Edward merece escucharlo de ti.

—Alice, no te lo pido por mí, sino por ti. Tienes que soltar ese pasado.

—Ya lo intenté, ya intenté todo. ¿Y de qué me sirvió eso? De nada. Porque el primer hombre de mi vida me usó como un juguete desechable y el último está enamorado de una vida que ni siquiera hemos tenido.

Sacude el sobre para que lo tome y me obligo a sujetarlo con ambas manos, pero no me atrevo a abrirlo y ver su contenido.

—Edward vive en el presente, Bella. No es como Jasper que planea cada segundo de su futuro, y no es como James que vive atrapado en su pasado. Él está en el presente, y nada de lo que puedas decirle va a cambiar lo que siente por ti.

—No me verá igual —mi voz es baja.

—Eso no lo vas a saber hasta que se lo digas.

—Jasper te quiere —sonríe a medias y finalmente suspira.

—Lo sé, en serio lo sé. Sólo que no más de lo que quiere a la versión que tiene de mí en su cabeza, y no soy esa persona hoy, no sé si seré esa persona algún día.

—¿Vengarte de Peter lo hará?

—Él cree que yo estoy detrás de todo. Y si descubre que es Edward, entonces irá sobre su empresa y sobre ti, y sobre todo lo que mi hermano quiere. Y justo ahora tengo un padre biológico, moribundo y dispuesto a hacer las paces conmigo y obsequiarme su maldita fortuna para compensar los años de ausencia.

—Si esto se hace público voy a perder a Charlie.

Alice niega.

—Necesitas tiempo, y dinero. Sólo mueve tu trasero y haz lo que debiste hacer apenas sospechaste de esa mujer. No voy a detenerme por ti, Bella. Puede que no lo entiendas, puede que no esté bien, pero tengo qué hacerlo. Voy a darte el tiempo suficiente para que consigas a Charlie, pero si no empiezas hoy mismo a mover tus piezas para recuperarlo, yo no voy a detenerme por ti.

—Estás herida, Alice. Pero Peter es…

—¿Peligroso? No. Solo es un idiota con dinero y tal vez yo también lo sea después de todo. ¿Sabes? Eso fue lo que me gustó de él. Que éramos muy parecidos. Nunca sé lo que hará Jasper, pero sé exactamente lo que hará Peter. Sé que no va a detenerse, y yo no voy a permitir que se acerque a mi familia de nuevo. Si James descubrió cosas turbias, Peter está al tanto. Conseguí cuatro cafeterías en tres años, ¿qué puede hacer contra mí? ¿Hacer que quiebre? Que lo haga, que lo intente.

—Edward no va a permitir que te pongas en riesgo.

—No soy una chiquilla a la que cuidar. Y si intenta detenerme voy a recordarle que es su culpa que esto haya iniciado para empezar.

Se gira para volver a quedar de frente a los dos cuadros terminados, la caricatura y el collage.

—Envíalas a mi apartamento y pásame una cuenta para pagarte por ellas.

—No es necesario, tú has…

—Solo envíame tu cuenta —camina hacia la puerta pasándome por un lado sin tocarme, se detiene—. Lo siguiente que debes hacer después de abrir el sobre, es llamar a Edward. Si haces cualquier otra cosa personalmente iré a patear tu trasero —pero su voz no es amenazadora sino contradictoriamente amable en comparación con sus palabras.

Y mientras lo dice abro el sobre para encontrarme una serie de fotografías impresas de lo que parecen imágenes sacadas de videos de seguridad. Reconozco el lugar apenas pongo mis ojos encima. Son fotos del burdel y yo soy la persona que aparece en el medio. Levanto mi cabeza de un tirón.

—No tengo idea de cómo lo hizo —dice Alice moviendo su cabeza de un lado a otro.

Al final del sobre hay un disco duro.

—Tengo que irme, Bella. Una reunión familiar me espera con Aro.

—Sé que quieres vengarte, pero…

—Sólo… no lo digas, ¿sí? Mi vida habría sido muy diferente si Peter no hubiera puesto sus ojos en mí. Es en todo en lo que puedo pensar, en la vida que no tuve por culpa de él.

—Puedes tener esa vida con Jasper, si la quieres puedes tenerla.

—Pero no la quiero, quiero nuestra vida como era. Quería mudarme con él, quería mi vida con él, pero él quería todo lo otro: la casa, los perros, los niños. No se dio cuenta que su mujer perfecta no quiere una familia, que ya tengo mascotas y que me gusta vivir en edificios.

Intento hacerla recapacitar por última vez.

—Si tú hablas con él, y…

—No. Su respuesta fue no —responde tajante mientras niega con su cabeza, baja sus lentes dejando ver sus pupilas bañadas en rojo y sus parpados ligeramente hinchados—. Yo guardé tu secreto, Bella, espero que tú puedas hacer lo mismo con el mío.

Paso saliva y asiento.

—Edward no necesita más preocupaciones ahora. Suficiente tendrá con saber que Peter lo sabe y con la enfermedad de su padre.

Y con esas últimas palabras, Alice camina hasta salir del apartamento.

No pierdo tiempo y me dirijo hacia la oficina, enciendo la computadora y conecto el disco duro, cuando abro la carpeta descubro que dentro de la memoria hay muchas carpetas divididas por meses. Elijo enero, que es la más reciente. Dentro del mes se divide en días, presiono el primero. Dentro se divide por zonas, y sin abrirlos sé de lo que va esto. Los videos de seguridad. Tiene los videos del bar. Tiene cada uno de ellos, desde la zona de mesas a los camerinos. De los privados al área de baños. Del escenario al pasillo que da a la puerta de emergencia. Lo tiene todo.

Peter descubrió todo.

¿Don lo sabe también? ¿Don sabe dónde me oculto?

La bola de púas se expande a toda velocidad, me invade por dentro sin dejar espacios vacíos. Texteo con dedos temblorosos un mensaje breve.

Necesito verte… hay un incendio.

Quito la memoria, el sobre y las fotografías. Voy a contarle todo a Edward, pero no necesita una imagen con mala calidad de ese pasado. Pongo el disco duro en la barra y con un mazo de carne lo golpeo hasta que parece inservible. Luego me dedico a romper en pedacitos las imágenes y el portafolio. Tiro todo al bote de basura de la cocina. Mi lealtad está con él, pero también con Alice.

El siguiente paso: dinero.

Tengo dinero, no el suficiente para pagar mi deuda a Don, no la deuda que Don va a querer multiplicando los intereses y multas por retraso que acordamos. Tengo dinero para un par de meses, tengo dinero para un buen abogado, tengo dinero para vivir sin lujos pero con comodidad, sin pasar hambre. Pero no tengo el dinero para comprar mi pase de libertad, no tengo lo suficiente para poder escapar de las garras de Don.

Tengo mi maleta en el armario con toda mi ropa, pero no porque piense en huir, sino porque tenía un plan, íbamos a mudarnos pronto e iniciar nuestra vida en una nueva casa, un nuevo inicio para ambos. Abro el armario y saco la mochila donde guardo el dinero, la sujeto y dejo atrás del sillón, porque sé que voy a necesitarla para entregársela a Edward. Puede que yo no tenga todo el dinero, pero tal vez él podría ayudarme en esto. ¿Y si el dinero no funciona? ¿Y si Don quiere más? ¿Y si solo puedo pagar la deuda con mi vida o mi cuerpo? Me estremezco. ¿Y si su reacción no es ayudarme? Inhalo y exhalo para luchar contra las púas en mi interior.

Lo espero en la sala. Porque sé que no tengo tiempo qué perder, no por Charlie como cree Alice, sino por Don, cada segundo esperando cuenta para escapar del peligro. Don no podrá subir al edificio con las personas de seguridad, pero yo no estaré segura hasta que esa deuda sea liquidadada, Edward no estará a salvo tampoco.

Cada segundo me parece eterno y mi cabeza comienza a llenarse de escenarios terribles, Don apareciendo, Don encontrando a Edward, Edward en un accidente automovilístico provocado, alguien siguiendo a Edward sin que él sepa lo que ocurre.

Pretender normalidad no me va, porque me levanto de un salto apenas se abre la puerta, para mi tranquilidad es solo Edward quien se asoma. Parece desconcertado por mi inquietante saludo, o quizás soy terrible en ocultar que algo anda mal, terriblemente mal.

—¿Qué tal estuvo tu día? —pregunta, levantando una ceja sin perder esa mirada analítica para estudiar la situación frente a sí, me esfuerzo en calmarme, aunque no estoy haciéndolo bien, así que me siento y aprieto mis piernas con mis manos para empujar hacia el piso y que no tiemblen de nervios.

—¿El tuyo? —pregunto en cambio mientras él cierra la puerta principal.

—Bien.

—Bien —repito sin saber como iniciar—. ¿Tienes un minuto?

Se sienta a mi lado, pero me muevo hacia la orilla del sillón, porque sé que va a necesitar distancia cuando le suelte toda esta demoledora verdad. ¿Cómo puedo empezar? Y como tardo en hacerlo, él habla:

—Estaba pensando en hacer la mudanza la siguiente semana, ¿qué dices? Podemos ir moviendo tus cuadros y nuestra ropa.

—¿La mudanza? —pregunto desconcertada.

—Creo que podríamos pintar en un día nuestra habitación y mi estudio, tal vez nos da tiempo de arreglar la cocina. Tendremos tiempo para pintar el resto de la casa y no necesitamos todos los muebles. Podemos adecuar la cocina, un par de bancos y la cama.

—Oh… suena… bien.

—La casa no está amueblada, pero podemos ir comprando los muebles con tiempo. Me llevaré la sala del cuarto de juegos y los electrodomésticos, claro. También los muebles del cuarto y de la oficina, lo del cuarto de lavado y el gimnasio. Es decir, sé que tengo muebles, pero aún hay cosas por decidir y me gustaría escuchar tu opinión. ¿No sería divertido ir a buscar en mueblerías?

Está matándome por dentro.

—Estaba pensando en colgar un cuadro tuyo encima de la chimenea —continua ante mi silencio—. No vemos televisión y bueno, hay un cuarto para eso.

—Suena bien, muy bonito todo, claro...

—¿Este fin de semana está bien para ti?

—Yo… yo…

—Y podemos ir a viveros, para arreglar el jardín.

—Edward… Edward yo… yo… no puedo… no puedo. Lo siento. Perdóname, por favor, pero no puedo. Creí que… que… no puedo.

—Claro que puedes —niego sintiendo mis ojos quemar mientras contengo las lágrimas. No puedo derrumbarme cuando apenas voy a empezar.

—Promete que me dejaras hablar primero. Necesito contártelo todo y… por más difícil que parezca, necesitas escucharlo por mí.

Por un largo minuto solo nos miramos el uno al otro. Él sabe como yo que esta es la conversación que puede determinar nuestro futuro, sabe que le he estado mintiendo y sabe que mi renuencia a contárselo ha sido por mi miedo a perderlo. Lo sabe y yo también lo sé.

—Te escucho.

Respiro profundo, mantengo el aire y lo suelto. Solo entonces se lo voy contando, con voz baja, en algunos momentos tartamudeo, me detengo, respiro hondo y continuo, me arde la mirada y me quema la garganta, pero me obligo a continuar. Necesito decírselo. Necesita escucharlo de mí.

Y cada palabra que voy soltando siento como voy cayendo a un nuevo abismo, en mi cabeza intento sujetarme de algo, alguna certeza, el amor de Edward, sus palabras dulces de noches anteriores, pero no puedo. Me estoy cayendo. La verdad no me parece liberadora, siento grilletes apretando mi piel.

Continúo hablando. Le hablo de todo lo que se merece escuchar. Le cuento del miedo, el dolor, las noches enteras en que quería morirme y todos esos días en que dormía para no sentir. No quiero que empatice con esa versión de mí, no merece sentirse culpable por mí. Me ha dado todo y lo único que yo le di a cambio fueron mentiras.

Usé su ayuda a mi conveniencia.

Y cuando más cerca del final de la historia estoy más grande me parece el abismo entre nosotros.

Si voy a decirle todo, no puedo quedarme con nada. Ni siquiera con la enfermedad de Charlie, la deuda que me hice con Don para pagar los medicamentos, los gastos que no se cubrían con mis propinas. Necesito que lo crea, que me crea a mí, aunque lo veo todo perdido, esperaba que cuando fuera capaz de contarle esto tendría a mí favor la confianza de lo que vendría después, no es así. No se lo cuento porque esté lista, lo hago porque alguien más lo descubrió todo.

Quisiera desaparecer ante sus ojos, volverme invisible mientras muy despacio voy contándole de esa noche, de Don amenazándome para conseguir el dinero, de cómo me dejó sin alternativas, de cómo me empujó al límite hasta que las propinas que recibía eran insuficientes, de esa última sentencia de su parte. Y no sé cómo consigo hacer que mi voz no me falle mientras le digo que sí, que lo pensé, que había escuchado lo suficiente de mis compañeras para saber lo que podría ocurrirme si no pagaba a tiempo.

Y que luego sin dudármelo fui y me desnudé por primera y última vez, solo una vez, gané lo suficiente para pagar lo de esa semana. Y que sólo dos días después apareció él. Salí a las cuatro de la mañana de trabajar, me dirigía a mi apartamento cuando apareció ese cliente borracho que había estado molestándome en el bar. El resto lo sabe, lo que no sabe es lo decidida que estaba a no volver a ese burdel.

—Mientras metía mi ropa a la mochila para irme contigo estaba decidida a no regresar ahí. Eras un desconocido y yo era una completa extraña para ti, ¿qué razón podrías tener para ayudarme y llevarme a vivir contigo? —no puedo parar de mirar mis manos a pesar de sentir sobre mí el peso de su mirada—. Habría aceptado lo que fuera que me propusieras con tal de dejar ese lugar, lo que sea que me alejara de Don. Pero tú eras solo amable conmigo, y nunca insinuaste nada ni me miraste inapropiadamente. Y demasiado pronto confié en ti, no lo notas, pero lo hice. Los hombres que me rodeaban siempre querían… algo —digo con un notorio eufemismo—. No fui honesta contigo. Ni con lo que hice antes, ni con mis motivaciones para venir aquí, ni con el tipo de persona que yo soy. Pero no pensé que fuera a surgir nada entre nosotros. Pensé que iba a salir de aquí en uno o dos meses. Si hubiera pensado que iba a enamorarme de ti yo... yo ni siquiera habría venido aquí en primer lugar. Mis sentimientos por ti son reales, mi deseo a estar contigo es real, todos los planes que tienes son un sueño para mí —me quito las lágrimas de mis mejillas con la manga de mi blusa—, pero los sueños no son reales. La Bella que crees conocer en realidad no es… no es real.

No me animo a verlo, aprieto los ojos y lucho contra el deseo de sujetarme de su cuello para no seguir cayendo. Y entonces sólo queda el silencio.

¿Qué podría decirme? Nada.

El silencio me corta la piel por dentro y soy una cobarde que solo sabe agachar la mirada en lugar de enfrentarlo.

—No te culpes por nada de esto, hiciste todo lo que podías hacer por mí. No quería mentirte, pero sabía que cuando te lo dijera yo iba a volver a esa vida. Eres tan bueno, demasiado bueno —se escurren las lágrimas por mis mejillas. Y cuando habla deseo el silencio, porque su voz suena enojada, cargada de odio. Aprieto los dientes.

—Tú no vas a volver a esa vida.

—No quise decirlo así, claro que no… yo… —niego con mi cabeza, no sé qué decir. ¿No me escuchó hablar acaso? ¿Cree que volvería a eso?

—Mírame —niego con mi cabeza, agarra con sus dedos mi barbilla y me obliga a levantar el rostro, pero tengo los ojos cerrados porque sé lo que me espera de este lado— Bella.

—No quiero ver tus ojos mirarme así.

—¿Así cómo? —el enojo se filtra en su voz.

—Como lo haces en mis sueños. No quiero ver que me mires con odio por mentirte. Déjame eso, por favor, déjame creer que tú no me mirarías así.

—No voy a mirarte así —su voz vuelve a ser dulce y tranquila, su pulgar limpia las lágrimas de mis mejillas.

—No quiero que me veas con asco. No te sientas mal —un sollozo, el primero, sale de mi boca y sacudo mi cabeza para controlarme—. Me voy a ir por voluntad.

—Bella.

—No es seguro que yo siga aquí. Si Peter tiene esos videos, es porque Don sabe de mí.

El contrato que firmé con Don era muy claro: Una vida o mi cuerpo, es lo que le debería si no era capaz de pagar. Y escapar me ha enviado directo a estas opciones. Huir contra mi voluntad ahora es mi única oportunidad para sobrevivir.

—¿Qué videos? —ira es lo único que detecto en su voz. Maldición. Aprieto más fuerte los ojos. No se suponía que le hablara de esto.

—Llegó un disco duro con los videos de seguridad del bar —casi cierto, solo no le digo quien los trajo—. Venía el nombre de él. Creo que quiere chantajearte para que detengas la demanda, pero no puedes hacerlo, porque nada asegura que no los usara igualmente. Y eso no importa.

—Bella —sacudo mi cabeza en negación.

—Escuchame, si él tiene esos videos es porque encontró a Don. Tú también estás en peligro, Edward, si descubre donde estoy vendrá por ti también —y no es algo que vaya a permitir—. No voy a permitir que mis errores te alcancen a ti… —pero mi alegato se detiene cuando pone su mano sobre mi boca presionando para silenciar mi voz.

—Lo sabía.

Niego con mi cabeza, posiblemente lo sospechó, pero no, no lo sabía. Sacudo con fuerza mi cabeza para que me deje hablar.

—No lo hagas más difícil, no te pondré en peligro por mí.

—Bella… —escucho una exhalación larga de su parte antes de que vuelva a hablar— lo he sabido todo desde hace más de un mes.

Y entonces sí, levanto la mirada y me encuentro con sus ojos azules.


A que esto no se lo esperaba nadie.

No olvides dejar tu comentario para una actualización más rápida

El siguiente capítulo está listo, y aquí un adelanto especial:

Miro alrededor. Esto no es un apartamento.

—¿Las dos mujeres que vivían antes aquí eran… —el hombre interrumpe la pregunta de Samuel.

—Era una. Es un estudio.

No, tampoco pasa como un estudio, esto es aún más pequeño.

Camino a la puerta que se ve del otro lado y al abrirla me encuentro con un baño. No puede ser aquí, no hay nada que nos diga que este lugar le perteneció a ella porque…

Bella.

Con pluma en la pared frente al lavamanos, el lugar donde debería haber un espejo tiene en su lugar su nombre encima de otro: Becky. O tal vez Bella está debajo del segundo nombre. Ya sea que dos nombres sean para una persona o se trate de dos personas que compartieron este lugar, esto sigue siendo demasiado pequeño.