Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.

Una dama de cristal

LXVI

Rebeldía, castigo y penitencia Ella Fragmento de un recuerdo

Requirió de un esfuerzo exagerado la mera acción de levantarme de la cama, mi cabeza se sentía tan pesada y mi cuerpo roto como si hubiese una desconexión entre cada parte de mí, apenas fui capaz de arrastrar los pies al caminar. Tía dijo que era un efecto secundario de las pastillas, nada de lo que preocuparme. Los ojos se me cerraron contra mi voluntad, pero me obligué a abrirlos. Era un día importante, el abogado llegaría pronto.

Sentí una opresión en el estómago como si una mano estuviera apretando mis órganos e impidiera que pudiera respirar bien. Pero no había dolor. No había ningún pensamiento triste. Y por más que intentaba aventurarme a sentir la muerte de mis padres no podía sentir nada al respecto. Sabía lo que significaba y entendía lo ocurrido, pero la opresión que sentía por dentro, la debilidad en mis piernas y mi cabeza pesando tanto que se me iba hacia atrás, era preferible al dolor de su muerte. El agobio de sentirme sin ellos no era algo con lo que pudiera lidiar en ese momento.

Arrastré un pie frente al otro hasta abrir la puerta del cuarto. Tía estaba ahí, el sonido de la puerta me había despertado. Llevaba una pastilla en una mano y un vaso de agua en la otra.

—Toma, linda, necesitarás esto.

Ni siquiera lo cuestioné, tomé la pastilla que me ofrecía y de un trago me pasé el medicamento. Confundí a la bruja, que lleva una manzana envenenada, con una anciana amable y dulce que ofrece un sedante para el dolor.

—Necesitas darte un baño, el abogado llegará pronto.

No recuerdo lo siguiente. Cuando parpadeé estaba sentada en el espejo de la habitación de mamá, Tía estaba tras de mí cepillando mi cabello.

—¿Te sientes mejor?

Asentí, negué y luego mi cabeza se movió en círculos.

—Creo que voy a vomitar. No estoy lista para esto.

—Nunca estarás lista para esto, es mejor iniciar pronto para que termine más rápido.

Y lo único que quería era que todo eso terminara. Cerré los ojos y asentí.

Lo siguiente lo recuerdo todo como un borrón. De pronto, estaba sentada en el sillón de la sala, miré de un lado a otro sintiéndome atolondrada. Sentí la boca reseca y el pulso acelerado.

—¿Quieres otra galleta? —me ofreció Tía el plato, ¿otra galleta? Estiré mi mano hacia una de ellas y la tomé con dificultad.

—Es demasiado, Tía —seguí la voz hasta ver a Eric, pasó al lado de un hombre que no reconocí y se sentó a mi lado—. ¿Cómo te sientes?

—No muy bien —admití—. Hagamos esto después, ¿sí?

—Eric —levanté la cabeza hacia la mujer, su tono dulce había cambiado a uno duro, había una advertencia en su voz, pero cuando volvió a hablarme la dulzura recuperó el control de sus palabras—. Bella, si no hacemos esto ahora, perderás la casa.

Miré al hombre con barba larga y traje sentado en el sillón frente a mí. Era el abogado de mis padres, ni siquiera sabía que tuviesen uno, ni siquiera lo había visto en mi vida, ni siquiera cuestioné al respecto, si Tía y Eric decían que era el abogado familiar, lo creí. Si ellos decían que leeríamos el testamento que dejaron mis padres, asumí que era el único y la voluntad final de ellos.

Me distraje más en el hombre y su cabello rizado que le llegaba a los hombros y el tic nervioso que lo hacía echarlo hacia atrás a cada tanto que no pude prestar atención a sus palabras. Lo escuché hablar, al menos escuché el zumbido de su voz, pero sus palabras estaban ahogadas en mi cabeza, me terminé la galleta y el sabor se quedó conmigo más tiempo, quería una más, pero Eric no me permitía agarrar otra con sus manos en las mías. El hombre se levantó del sillón y me entregó unas hojas que apenas pude dejar torpemente en mis piernas. Leí "testamento" con dificultad, como si olvidase cómo leer las letras y lo que eso significaba, así que ni siquiera intenté hojearlo, asentí y asentí y asentí.

—En este documento firma —dijo el hombre entregándome un bolígrafo negro, brillante y precioso que no podía dejar de ver, lo moví de un lado a otro.

—¿Quién eres?

—Firma, Bella —el tono de Tía era insistente.

"Custodia".

—¿Por qué debo firmar esto?

—¿Quieres perder a tu hermano? La ley exige que firme un testigo, para corroborar que ella se quedará con Charlie —respondió toscamente el hombre, y como la cabeza me daba vueltas, no era capaz de tomar el bolígrafo—. O vendrán por él Servicios Familiares.

Tomé la pluma y firmé justo al lado de donde su dedo apuntaba, con los ojos entreabiertos porque la pesadez ganaba la batalla sobre la conciencia. Quería terminar con todo de una vez.

Me entregó una hoja más.

—Voy a vomitar —Eric apretó mi mano.

—Bella.

—Entiendes que la casa está a nombre de Charlie, ¿no? —asentí—. Mañana debes ir al banco y tramitar el seguro de vida, con eso liquidaremos la deuda de la casa.

—¿Cómo? —las palabras tenían un sabor extraño en mi boca o había un extraño sabor en mis labios que me hacía pronunciar las palabras diferentes.

—Te abriremos una cuenta y yo me quedaré con el acceso, así tramitaré el pago de la deuda —dijo Eric.

Asentí.

—Para ir al banco no debe estar en ese estado —dijo el hombre.

—¿Cuál estado? —pregunté pasando mis manos por la cara para quitarme la sensación del sueño.

—Ella lo hará bien —aseguró Tía sin responder a mi pregunta.

Miré a la mujer que llevaba pocos días en nuestra vida y que había demostrado su preocupación por nosotros. Arrebató mis manos de las de Eric y las apretó entre las suyas para llamar mi atención.

—Eric se irá en unos días, quiero que estés tranquila. Tomate el tiempo que necesites para ti. No necesitas volver a la escuela, ni pensar en buscar trabajo. Me haré cargo de todo yo.

Se haría cargo de todo, y yo me tranquilicé. Qué estupidez, porque esas palabras debieron provocarme miedo en lugar de paz y no fue así. Qué diferente habría sido todo si no hubiese confiado ciegamente en una desconocida.

Domingo, 01:10

Todo está bien, aquí y ahora. Respira. Inhalo y exhalo sin que eso cambie mi ánimo. Miro por la ventanilla de la avioneta a mi lado, las gotas de lluvia se deslizan en el cristal con rapidez.

Alcanzo a distinguir las luces de la ciudad. Respiro hondo sin soltar el descansabrazo. Las avionetas son más pequeñas y por lo tanto la turbulencia se siente más fuerte.

No sé si el viaje me ha parecido una tortura en comparación al último vuelo que tomé porque no me acompaña Edward, porque afuera llueve o por las púas que se incrustan fuera de control en mí augurando peligro.

No quise esperar hasta la mañana que hubiese un vuelo disponible. Y ahora creo que desearía haber esperado.

James tuvo la idea de llamar a Carlisle y él nos consiguió una avioneta. Esperamos un par de horas en el aeropuerto hasta que cargaran el combustible y hubiese disponibilidad en la pista para despegar. Y por dos horas intentamos en vano contactar a Edward. El número de él caía a buzón. Alice estaba con Rose y no sabía de él. Jasper tampoco contestó. Es sólo una lluvia, me repito. No hay truenos ni rayos, porque si mezclara mis miedos a la vez estoy segura que no terminaría bien para mí.

La avioneta se mueve con fuerza de arriba abajo y aprieto dientes y labios para no gritar.

—Estamos por aterrizar —anuncia el copiloto desde el parlante.

Yo sabía que Carlisle tenía dinero, pero no creí que tanto para conseguirnos una avioneta a último minuto. Ni siquiera quiero pensar en lo que este viaje está costando, no puedo pensar en eso. Si este vuelo es el primer paso para recuperar a mi hermano, entonces estamos en la dirección correcta.

El avión se zarandea con fuerza y el grito sale sin permiso. Aprieto los ojos, y unos segundos después siento a James tomando lugar a mi lado, pero no abro los ojos hasta que su mano se entrelaza a las mías.

—Repite conmigo: Diez dientes destruidos por ser el noveno nuevo niño —dice y yo repito sus palabras—; ocho ocasos olvidados, siete sequias seguidas; seis septiembres sembró en cinco crueles circos; cuatro cuentos contados, tres tristísimas tragedias; dos domingos difíciles es un humilde huérfano sin cena.

Me hace repetir una y otra vez, y cada que me equivoco vuelvo a iniciar. Hago un sobreesfuerzo en enfocarme en él, las palabras, hasta que consigo ignorar lo que ocurre alrededor, ni la turbulencia importa, ni que estamos tan lejos del suelo o el hecho de que afuera está lloviendo y no sé si eso vendrá acompañado de truenos. Al principio James repite antes que yo hasta que me hace repetir a memoria, sin trabarme.

—Diez dientes destruidos por ser el noveno nuevo niño; ocho ocasos olvidados, siete sequias seguidas; seis septiembres sembró en cinco crueles circos; cuatro cuentos contados, tres tristísimas tragedias; dos domingos difíciles era un humilde huérfano sin cena.

Cuando menos me doy cuenta la avioneta toca tierra con un golpeteo, aprieto la mano de James hasta que se estabiliza y continua su carreteo por la pista. Exhalo el aire contenido. Por la ventanilla a mi lado distingo las luces del aeropuerto entre la oscuridad de la noche.

Suelto la mano de James y lo miro.

—¿Quién te lo enseñó?

Su expresión se endurece por unos segundos y mantiene la vista al frente antes de responder.

—Me lo inventé. Lo repetía una y otra vez hasta quedarme dormido, tenía quince años.

El avión avanza sobre la pista de aterrizaje así que todavía queda algo de tiempo.

—¿Qué edad tenías cuando pasó?

—Ocho años, la edad suficiente para entender lo que ocurrió.

—¿Murieron? —James niega con su cabeza de manera lenta.

—Se fueron. Ella soñaba con otra vida y él no fue capaz de seguir sin ella, las drogas y el alcohol fueron su refugio. Creyeron que yo estaría mejor en casas de acogida que con él.

Y sin que lo diga entiendo que no estuvo mejor.

Estiro mi brazo y alcanzo su mano que está en su rodilla.

—Gracias por hacer esto por mí y mi hermano —le doy esta vez un leve apretón de agradecimiento antes de dejar mi mano sobre mis piernas.

Sus ojos de un tono verde muy oscuro se encuentran con los míos antes de decir con severidad:

—No debiste perder la custodia, esto es lo justo. Sólo que las leyes no son justas para todos. Tienes que entenderlo, si te equivocas, si todo esto que crees sobre Tía y Eric resulta ser sólo una mala interpretación de los hechos, podrías perderlo y esta vez no habrá vuelta atrás. Estamos jugando por todo o nada.

Trago saliva, pero cuando vuelvo a hablar las palabras y mi voz muestran lo decidida que estoy de llegar hasta las últimas consecuencias con tal de proteger a Charlie.

—Estoy segura de esto, James, lo siento en cada parte de mí. Sé que hay algo en esa casa, ahí está la respuesta.

Él

Domingo, 01:30

Bajo del taxi. Lanzo al asiento un par de billetes sin escuchar el total y cierro la puerta. Mañana me preocuparé por conseguir mi automóvil. Levanto la cabeza hacia la casa de mi padre.

James me envió a uno de los bares que frecuentaba Alice en el pasado, pero en lugar de encontrarla a ella, me encontró Jasper, quien fue enviado por James a detenerme.

Le conté de lo ocurrido en la llamada con Bella y el encuentro con Peter, le hablé entonces de esa mañana años atrás cuando Peter apareció en mi departamento universitario, nervioso, incómodo, dando vueltas en la sala hasta que dijo que había conectado con Alice en las vacaciones de verano, que estaba enamorado de ella. No lo dejé seguir. Mi hermana era una niña y Peter tenía veintidós años. Lo amenacé y le advertí que si la veía cerca de ella o siquiera tontear con mi hermana, se lo contaría todo a su padre y a los míos. Se rio, dijo que yo no tenía sentido del humor y aseguró que era una broma de Alice, que acababa de perder una apuesta contra ella por mis celos de hermano mayor. No volví a pensar en eso de nuevo. Hasta hoy.

—Creo que yo tuve que ver con todo lo que anduvo mal en Alice después.

—¿Y eso qué cambiaría, Edward? Peter espera que tú vayas y se lo cuentes, del mismo modo que esperaba que Alice fuese a entregarte los videos. Los conoce bien. Lo peor es que estabas a un pelo de hacerlo. Si James no me envía el mensaje a tiempo... ¿Y si no se lo cuentas tú qué? Nadie lo hará. Si Peter se lo dijera a Alice, ¿de qué serviría? Ella no va a creérselo, y si lo hiciera, es demasiado tarde para pedir disculpas. Tú sabes que Peter la ha jodido de más formas que sólo romperle el corazón por huir esa vez.

—No debí intervenir.

—Sí, sí que debiste. Era una niña. Fue solo un romance juvenil. Ella no necesita saber esto.

—Podría evitar que ella intente vengarse de él. Quiere la empresa de mi padre para tener el modo de conseguirlo.

—Alice no hará eso, ella está buscando excusas para estar cerca de Aro, es todo. Necesita conocer a tu padre, Edward. Fue un alcohólico, pero también fue un buen padre —le levanto una ceja y en respuesta mueve la cabeza de un lado a otro—. Por favor, todo mundo quería tener a tu padre en la preparatoria.

—Darme dinero y consentirme con viajes no era…

—Es mucho más de lo que algunos padres dan. Mi viejo estaba ocupado trabajando para mantener a seis hijos como para tomarse tiempo en conocernos. Pudo ser peor, podrías ser un hijo de puta como Peter y excusar tus mierdas con el padre que nunca lo quiso.

—¿Y si tiene razón en lo que dijo? Tal vez yo me interpuse entre él y Alice, y lo hice también con Heidi.

—Edward, no eres un mal tipo. Eres un buen hermano. Y honestamente esto me libera. Ahora sé que si hubiese hablado contigo sobre lo que sentía por Alice me habrías amenazado con alejarme de ella.

—Es un pésimo consuelo.

—Sí, pero es bueno saberlo para mí…

Bebimos hasta acabar con el primer tarro de cerveza.

—¿Qué va a pasar cuando la veas?

—Es Alice, ella no es la exnovia que ignoras, hará mi vida un infierno, pero es mejor a nada. Así que si estar encerrado no funciona me iré a buscar a alguna damisela en peligro —intenta bromear sobre mi historia con Bella.

—No funciona así.

—Sé que no.

—Le dije que estabas fuera de la ciudad.

—¿Lo creyó?

Por supuesto que lo creyó. Puede que ella me hubiese ocultado por más de diez años su pasado con Peter, pero ella cree en lo que le digo y ahora debo llevarme este secreto conmigo.

Subo los escalones, apenas voy a alcanzar la puerta cuando se abre mostrando a mi enfurecida hermana.

—¿Dónde estabas?

Parpadeo.

—¿Hablaste con Peter?

—¿Por qué hablaría con ese idiota? He intentado llamarte toda la noche. ¿Dónde está tu celular?

—Se rompió —digo sacándolo del bolsillo de mi pantalón y mostrándole la pantalla.

—Estás borracho —mueve su cabeza de lado a lado con desaprobación—. Necesitas darte una ducha, ahora mismo.

—¿Para qué?

—Para bajarte el alcohol. No te dejarán subir en este estado.

—¿Subir a dónde?

—Al avión.

—¿Avión?

—La avioneta de papá no regresará a tiempo asi que te conseguí el primer vuelo de la mañana, sale a las cinco y debemos estar en el aeropuerto en dos horas.

—¿De qué estás hablando?

—James y ella se fueron en la avioneta de papá.

—¿Qué?

—James no consiguió disuadirla.

—¿No? ¿Entonces cómo es que Carlisle autorizó eso?

Alice suspira.

—James no se esmeró lo suficiente, él cree que ella lo resolvió —y entre más me explica, más confuso es para mí comprenderlo.

—¿Resolver qué?

—Bella piensa que su abuela…

—No es su abuela.

—Que la mujer tiene secuestrado a su exnovio. Necesitas darte una ducha antes y…

—Me iré en la avioneta de Aro.

—No será posible.

—¿Por qué?

Alice sacude sus hombros un par de veces.

—La vendió.

—¿Cuándo?

—Fue lo primero que vendimos, él necesita el dinero.

—Tú necesitas el dinero para reactivar la empresa —paso a su lado para entrar a la casa. Alice me sigue y jala mi brazo para detenerme cuando estoy por llegar al primer escalón.

—Para su tratamiento, Edward. Tiene todas sus tarjetas saturadas, hace tiempo el cáncer superó el tope de su seguro médico. No tiene acceso libre al dinero de la empresa.

¿Qué?

—¿Para eso quería mi dinero?

Alice suspira.

—Eso no importa. Mamá se está haciendo cargo de esas cuentas por ahora.

—Ella no debería hacerse cargo de…

—Pero lo hará. Porque tiene el dinero y puede hacerlo —abro la boca para protestar y Alice alza la voz— y porque quiere. Y papá está de acuerdo con ella. No sé si está bien que ella ayude a Aro después de todo lo que le hizo, pero es lo que hará.

—¿Por qué?

—Lo hablaremos después, necesitas darte un baño y estar presentable —Alice me extiende su celular—. Bella ya aterrizó.

Tomo el teléfono y me giro para subir a mi habitación, a mitad de las escaleras le llamo y tarda un tono en responder.

—¿Llegó?

—Llegué.

—Estás enojado.

—No tienes ni idea.

Ella no responde.

—Bella.

—Necesitaba estar aquí.

—¿A las dos de la mañana?

—A la hora que fuese. James está haciendo el trámite para rentar un automóvil. Tenemos hasta las seis de la tarde para encontrar información suficiente en la casa.

—¿Qué esperas encontrar?

—Respuestas. A Eric. No lo sé.

—Ve a mi casa, espera ahí hasta que yo llegue.

—No puedo, Edward. No puedo hacer eso. James sabe cuándo lanzarse de un puente dijiste, y está aquí. Se está jugando por el todo conmigo.

Abro la puerta de mi habitación, aprieto el tabique de mi nariz intentando relajarme, pero es imposible.

—Prometiste que volverías aquí después de tu evento y…

—Sé lo que dije. Pero esto era algo que debía hacer. Tía pasa una hora fuera todos los días, va a su casa y se queda ahí mientras mi hermano está solo conmigo al teléfono. Una hora completa sin falta. Ella envió a Charlie de viaje por un retiro religioso, pero ella ni siquiera va a la iglesia. Dijiste que yo era el cabo suelto de Eric, pero Eric es el cabo suelto de Tía.

Y a pesar del alcohol en mi sistema encuentro la lógica tras sus palabras.

—Estás yendo a la boca del lobo, Bella. Tú sigues siendo el cabo suelto. Quédate en mi casa. Te juro que no volveremos si no es con Charlie. Sólo no vayas a casa de ella.

—No puedo esperar, Edward. Si vamos ahora nadie nos verá, no llamaremos la atención y sí que lo haremos en el día. No puedo esperar.

—¿Y si no encuentras nada?

—Entonces será una visita rápida.

—Si no hay nada vas a perder a Charlie, alguien podría llamar a la policía. Estás arriesgándolo todo por una corazonada. Pásame a James.

—No.

—Bella.

—No.

—Estaré ahí a las siete de la mañana.

—Cuando estemos en la casa te enviaré la ubicación.

La línea se queda en silencio.

—¿Bella?

—¿Sí?

—Cuidado.

—Sólo son cinco horas.

—Necesitas un segundo para meterte en problemas.

No me contradice. Respiro hondo, sostengo unos segundos y exhalo como si eso pudiese oxigenar a mi cabeza lo suficiente para convencerla con las palabras correctas. Pero sé que nada de lo que diga podrá hacerla cambiar de parecer. Lo he sabido todo este tiempo, ella haría lo que fuese por su hermano, incluso ponerse en esta situación.

—Promete que no te pondrás en peligro.

—Será rápido —vuelve a minimizar la locura que está por llevar a cabo.

—Bella.

—Ya estoy aquí, Edward. Lo siento.

Y antes de que pueda decir algo más, me cuelga.

Busco en los mensajes de Alice hasta dar con el contacto de Jasper. Desbloqueo su número. Envío un mensaje.

Soy Edward.

Llamo y espero, una y otra vez llamo hasta que a la cuarta llamada responde.

—¿Edward?

—Necesito un favor.

ELLA

03:30

Bostezo contra el cristal del coche. Intento llamar al teléfono de Alice y nuevamente me envía a buzón. Sé que no puede responder y que no va a hacerlo, eso no evita que insista como si mágicamente pudiera comunicarme con él. Así que voy a nuestros mensajes hasta dar con un audio de unos días antes de terminar bajo el techo de Aro.

—No tienes idea de lo mucho que quisiera estar contigo… o que tú estuvieras aquí —su voz se vuelve más lenta y grave al hablar y me encuentro suspirando sabiendo lo que dirá—. No voy a decir que me he vuelto adicto a ti, porque eso… bueno, eso no funciona. Pero si tengo que escoger a voluntad me quedaría contigo.

—Eso es sumamente considerado de tu parte.

—Lo digo en serio, Bella. Son las… mierda, son doce de la noche y ya llevamos ¿una centena de audios? ¿no sería más fácil hablar contigo en una llamada?

—Pero mañana voy a extrañar tu voz y siempre tienes mucho trabajo.

—Eres encantadora, ridículamente encantadora. Quisiera poder estar ahí contigo y abrazarte cuando despiertas de una pesadilla.

No tengo pesadillas.

—Sé que sí. No necesitas hablarme de ellas para saber que las tienes… así que, si yo pudiera, entraría a los lugares oscuros que te envía tu cabeza para sacarte de ahí.

Yo también quisiera que fuese capaz de hacer eso, pienso mientras miro la ventana con gotas de lluvia.

Pasan de las tres y media de la madrugada. El tiempo que nos ha tomado llegar aquí fue más del que esperaba. James rentó dos vehículos. Uno para nosotros y otro para Edward. Entre el papeleo para rentar ambos coches y lo que me tomó conducir uno de ellos a vuelta de ruedas hacia el estacionamiento del aeropuerto, perdimos demasiado tiempo.

Dejamos la llave escondida bajo el asiento del conductor, con las puertas sin seguro. Luego James le envió a Edward una fotografía del automóvil que rentamos para él.

—Estamos ganando tiempo.

A mí me pareció lo opuesto.

Cierro los ojos porque me pesan de cansancio y a la vez sé que mis nervios harían imposible que durmiera. Lo que daría por tener un atisbo del futuro, uno real y no los cientos que se generan por su cuenta sin darme calma. Me sobresalta el sonido de la puerta al abrirse. Es sólo James. Su cabello está mojado al igual que su camisa.

—¿Y bien?

Pasa los siguientes minutos explicándome a detalle cómo entraremos en la casa.

—¿Estás de acuerdo con el plan? —pregunta James rompiendo con el silencio—. ¿Segura que podrás hacerlo?

Asiento. Trago saliva para asegurarme que las palabras podrán salir con el tono que necesito que lo hagan.

—Estoy muy segura.

—No va a dejar de llover —me avisa.

—Los truenos son mi problema, no la lluvia.

—Que llueva así es bueno —por supuesto que lo es, la lluvia nos cubrirá entre la oscuridad y el ruido que genera contra el suelo puede jugar a nuestro favor también. Al menos debería ayudarnos a pasar desapercibidos para los vecinos. Espero.

—¿Seguro que podremos abrir la puerta principal?

Levanta una ceja.

—No vamos a hacerlo, lo haré yo.

Vuelvo la vista al exterior. Sólo un par tiene los pórticos iluminados y el resto se mantiene a oscuras. Es como si todo el escenario facilitara lo que vamos a hacer, pero eso no me tranquiliza. Entre más sencillo es, más peligroso me parece.

—Es la casa de la esquina. Caminaremos desde aquí para no llamar la atención.

No pude haber elegido peor atuendo para cometer un atraco, el vestido azul y mis zapatos con tacón son los menos apropiados. James no se queda atrás, lleva una camisa roja y un pantalón de mezclilla. Lo que nos ayudará a pasar desapercibidos es que los faros están de un lado de la calle y apenas alumbran, que llueve lo suficiente para no ser vistos, y que sea una noche sin luna ayuda.

—Hagámoslo ahora antes de que deje de llover.

Acomodo mi celular en la correa que llevo a la pierna. Abro la puerta y sin pensar mucho en mis acciones salgo. Jadeo al sentir la lluvia fría en mi piel, pero eso no me detiene. No aceleramos el paso, caminamos a un ritmo tranquilo para no llamar la atención. El único ruido posible es el de la lluvia. A media manzana tengo el cabello mojado. A una casa de llegar a la esquina las luces de los faros de un automóvil doblando en la esquina nos detiene. James actúa antes que yo, me retiene entre un automóvil y su cuerpo. Deja ambos brazos a los lados de mis hombros y se acerca tanto que cualquiera que nos viera podría pensar que sólo está devolviéndome de una cita o que se trata de una pareja.

Mi atención se queda en los ojos de James que siguen el curso del automóvil, sus pupilas van de izquierda a derecha de manera lenta. Hasta que retrocede puedo recuperar un poco de alivio. Continuamos.

Cruzamos la calle y nos detenemos hasta llegar a la esquina. Es una casa de dos pisos, sin pórtico ni bardas. No distingo del todo el jardín del frente por la falta de luz, pero hay un camino con macetas hasta la entrada. Miro de un lado a otro por si acaso alguien estuviese en las ventanas de las casas aledañas, no es así. Siento que nos lleva una eternidad dar la veintena de pasos que nos separa de la puerta principal.

—Tu zapato.

Me quito el derecho y se lo entrego. Dirijo mi vista a la calle, atenta a cualquier figura apareciendo de la oscuridad, al sonido de vehículos, intentando captar alguna voz, pero solo la lluvia se escucha. Respiro hondo por la nariz queriendo tranquilizarme y también ignorar lo helada que se siente mi piel mojada.

James saca un llavero de su bolsillo, quita una llave larga de la argolla y la sujeta contra la perilla de la puerta y con mi zapato en su otra mano golpea con fuerza, le toma un par de intentos hasta que consigue golpear y hacer un movimiento de manos para que la puerta se abra.

En lugar de entregarme mi zapato se agacha para soltar las agujetas de sus tenis. Lo imito quitándome el segundo zapato. Todo sea para no hacer ruido. Me tiemblan las manos y no sé si es de frío o miedo.

Enciende la linterna de su celular antes de entrar. Una vez dentro, James toma lo primero que está al alcance para usarlo como contrapeso para evitar que la puerta se abra con el viento.

La casa está a oscuras. Hay un olor nauseabundo como si llevase demasiado tiempo cerrada y todos los olores estuviesen mezclados. Presiono en la pantalla de mi teléfono sobre la linterna. La casa está llena de objetos. Artículos tirados y amontonados por doquier. Revistas, cajas, basura. Justo como uno de esos documentales de acumuladores compulsivos. Mi boca se entreabre de impresión. No es lo que pensé que sería.

La casa de mis padres la mantiene limpia, con un jardín seco y las paredes de un tono distinto, pero limpia. Esto es… tan sucio que me arrepiento de ir descalza. Trago saliva. ¿Por qué esto está así?

James alumbra hacia las paredes a lado de la puerta.

—No hay alarma.

Es algo más que juega a nuestro favor, aunque no sé cuánto juega a favor de Tía.

Alumbro hacia donde camino, había imaginado que tendríamos que revisar cajones para encontrar información suficiente contra Tía, pero esto es un mar de objetos, será encontrar la aguja en el pajar y no tenemos ese tiempo.

James me indica que no haga ruido y que lo siga. Alumbro alrededor en espera de encontrar algo que pueda usar para protegerme, un bate, una escoba, algo. La sala tiene dos sillones con periódicos en el asiento. Hay latas de comida, y botellas de cristal alrededor. Me queda claro que Tía no viene aquí a limpiar. James toma al pasar un jarrón pequeño. Avanzamos hacia el comedor.

Consigo ahogar el grito al ver la criatura moverse sobre la mesa. Alumbro al tiempo que el gato atigrado se estira en su sitio. Maúlla con molestia antes de salir corriendo hacia la oscuridad.

James sigue avanzando. Hay un pequeño espacio libre entre la pared y las sillas que seguimos, el resto tiene objetos de todo tipo: ropa, electrodomésticos que no sirven, más periódicos.

Al llegar a la cocina noto que es el espacio más limpio de la casa, ignorando la suciedad pegada a los azulejos de la pared y el mal estado de la estufa. Está tan limpio como esta casa puede estar. James abre un cajón y otro, despacio, evitando hacer ruido. Lo alumbro mientras él hace su búsqueda. Miro detrás de mí a la oscuridad. Y luego de nuevo a la cocina, la estantería de madera a mi lado está vacía, como si fuese una decoración más que un mueble para guardar objetos. Y no puedo evitar preguntarme a qué se debe que este sea el único lugar que se encuentra limpio.

—Ni siquiera lo dudes —dice James, y tardo un momento en comprender lo que me entrega, otro par de segundos en reaccionar y estirar mi brazo para aceptar el cuchillo.

La piel se me eriza y un estremecimiento me recorre antes de encontrarme con los ojos de él.

—Edward va a matarme si te ocurre algo.

Él toma otro cuchillo, más largo que el mío y deja el jarrón sobre la barra. Se acerca al refrigerador y lo abre. La luz dentro de éste ilumina la cocina por un momento, pero no es lo que hay en la cocina lo que me sorprende sino lo que se encuentra dentro del refrigerador.

Hay comida. La suficiente para una semana.

Siento mis latidos acelerarse y el aire atorarse en mi garganta.

—¿Por qué?

¿Por qué habría comida en una casa en este estado cuando Tía solo viene unos minutos al día? Lo que inició solo unas horas antes como una hipótesis sobre el paradero de Eric va tomando forma.

James sostiene el cuchillo de tal modo que el filo queda hacia su antebrazo. Sus dedos se aprietan al mango antes de que sus ojos vayan a mí.

—Tal vez no estamos solos.

Me quita el cuchillo de la mano, que tenía el filo hacia el frente y lo acomoda como el suyo. Sujeta mi muñeca y me muestra cómo moverla para atacar, un ejercicio rápido que sé que requiere de entrenamiento y destreza y de lo que yo carezco.

—Nada de atacar, corre —parece llegar a la misma conclusión que yo.

Lo sigo de nuevo, el hecho de saber que hay alguien más aquí hace temblar mis rodillas. James apaga la linterna de su celular al llegar frente a las escaleras, lo imito. La luz que entra por la ventana al fondo del pasillo apenas es suficiente. ¿Quién podría vivir en este estado?

Subo un escalón tras otro, de puntillas. El maullido me pone en alerta y hace que James se detenga. Esperamos, pero al maullido solo le sigue el silencio. James levanta el brazo con el cuchillo a la altura de su rostro cubriéndose con él y abre la puerta. Un relámpago de luz tras la ventana ilumina el baño y el pasillo y tardo en comprender lo que ese rayo significa hasta que escucho el ensordecedor sonido del trueno.

Mi mano cubre mi boca apenas para evitar el grito, aprieto mis labios y choco mis dientes. No ahora, por favor.

James no se detiene, va a la siguiente puerta. Una habitación. Hay una cama destendida y objetos por doquier, el mismo caos de la planta baja le sigue al segundo piso. Camino a unos pasos tras él. Abre la siguiente puerta.

Avanzo aunque James se queda quieto en su sitio. La luz de la ventana del pasillo vuelve a iluminar antes de que lo haga el trueno. Debajo de los truenos puedo oír los gritos de mis padres, los gritos que me han perseguido entre pesadillas. Respiro hondo, la boca me duele del esfuerzo de apretar mis dientes. Sólo es el miedo a unos recuerdos que ni siquiera son reales, no es nada más.

La segunda habitación muestra más de lo mismo, un sillón de única pieza y alrededor de éste hay más de todo.

Hay un olor rancio como si hubiesen vertido cerveza y orines por doquier, el olor de una casa que fue abandonada y dejada a la suerte de maleantes, pero no puede ser el caso porque ella viene aquí.

Sólo queda una puerta.

Lo primero que alcanzo a distinguir cuando James abre la puerta es el gato sobre el borde de la cama, maúlla al vernos y protesta maullando más alto. Y entonces mis ojos deparan en el cuerpo sobre la cama. James entra a prisas.

Siento una arcada como reacción, no sé si por el olor, la imagen ante mí, la impresión o corroborar que Tía es más peligrosa de lo que alguna vez sospeché.

Sin acercarme, sin alumbrarle, reconozco de quién se trata el cuerpo atado a la cama. Cubro mi boca y escucho un largo pitido en mis oídos. James le está tomando el pulso y yo espero congelada desde mi lugar. Atado a la cama se encuentra el cuerpo de un hombre que reconozco en una fracción de segundo. Me sostengo del marco de la puerta mientras espero alguna indicación por parte de James. Asiente para mí.

—Está vivo —confirma.

Tanto como puede estarlo, pienso dando un paso frente al otro. Vuelvo a encender la linterna. Ha perdido su peso, incluso a esta escasa luz puedo distinguir su pálidez enfermiza, las ojeras que hunden sus ojos y la delgadez casi macabra de sus mejillas.

Me tiemblan las rodillas. James le abre un párpado y otro y mueve la luz de su celular frente a sus ojos.

La imagen que me había dado tiempo de crear sobre Eric en estas horas era que lo encontraríamos contra su voluntad, pero que seguiría siendo él, como la última vez que lo vi. Quizás encadenado en un sótano como en los documentales que llegué a ver sobre casos de secuestro.

Pero a Eric lo ata a la cama unas cuerdas, que no son cadenas y que podría haber roto con un poco de fuerza. Una fuerza que no tiene en su cuerpo.

—Eric —le hablo moviendo su pecho. Lo sacudo del hombro—. Eric.

Sus ojos se abren apenas, entrecerrados y vuelven a cerrarse.

—Eric —insisto una vez más, inclinándome y consiguiendo que sus ojos se enfoquen en mí, apenas.

—Ve-te.

Su voz es apenas audible, mueve apenas la cabeza de un lado a otro, con debilidad.

James ya está cortando las sogas atadas a sus tobillos y muñecas, aunque queda liberado su cuerpo mantiene la misma postura incómoda.

—Ayudame a bajar sus brazos —me indica James, bajando el brazo de Eric de manera lenta hasta dejarla a su costado. Eric se queja apenas cuando repito el movimiento en su brazo izquierdo.

—Ve-te —repite sin abrir los ojos y su voz tan baja como un murmullo.

—Está deshidratado. Iré por agua para él —avisa James.

—Llama a la policía.

—Necesitamos salir de aquí y llamar. No podemos estar relacionados a esto.

Ilumino la habitación. La ventana fue sellada desde adentro, el olor a amoniaco es penetrante, la cama apesta a orines, por lo menos. ¿Cómo Tía se atrevió a tenerlo en este estado? Me queda claro que esto es una tortura en toda su expresión.

Miro la hora en la pantalla de mi celular, son casi las cuatro de la mañana. Dejo el celular con la linterna hacia arriba sobre la cama. Al lado de su cabeza.

—Eric —vuelvo a tocar su brazo.

¿Cómo pudo hacer todo esto por su cuenta? No imagino cómo pudo engañarlo para hacerlo entrar a la casa, mucho menos lo que lo hizo subir las escaleras. Siento mi piel erizarse al tiempo que la bola de púas va perforando con brusquedad.

El gato vuelve a maullar. Miro a él, sus ojos siguen atentos al mismo punto. Lo alumbro. Maulla. Reconozco su piel atigrada, es el mismo que estaba en la cocina.

—¿Cómo entraste aquí?

La puerta de esta habitación estaba cerrada.

Mi pulso se acelera al triple en un segundo. Y antes de que pueda pensar en escapar escucho las puertas del closet tras de mí abrirse.

No me da tiempo de correr. Unos brazos me aprisionan ejerciendo presión contra mi pecho y atrapando mis brazos. Grito tan alto como soy capaz. Forcejeo, sin resultados. Intento empujar, impulsarme con mis piernas contra él.

—Sabía que ibas a venir por él.

Me suelta, pero sólo para empujarme con fuerza, escucho el sonido del cuchillo al caer al tiempo que mi espalda golpea contra la pared. Apenas tengo tiempo de reaccionar cuando ya tengo sus manos a cada lado de mi cuello.

La luz de mi celular alumbrando desde la cama a mi lado me permite verle el rostro con la claridad suficiente para reconocerle.

Como si fuese parte de un sueño casi olvidado. El abogado de mis padres. No. El supuesto abogado. Sus manos se cierran en mi garganta.

—Le dije que tarde o temprano nos darías problemas.

No dejo que el pánico me venza. Me esfuerzo en recordar las lecciones con Edward sobre defensa personal. Le doy un rodillazo directo a sus genitales consiguiendo que me libere apenas, lo suficiente para pasar mi brazo sobre los suyos, giro y con la misma velocidad envío mi codo hacia su rostro. Grita. Le doy un puntapié intentando pasar. Pero entonces descubro que es lo suficientemente robusto y el espacio libre estrecho para que él sea una barrera. Estoy acorralada entre la cama, el closet, la pared y él.

—Esa me la vas a pag…

No llega a terminar su amenaza cuando es jalado hacia atrás. James lo aleja de mí y consigue tirarlo al suelo.

El hombre patea desde el suelo dandome en la pantorrilla y James se agacha para jalar de su camisa y alejarlo de mí, pero entonces es agarrado del brazo.

Mientras ellos forcejean me obligo a ignorar el dolor en mi pierna. Salto a la cama, sin pisar a Eric hasta acomodarme del otro lado en el suelo. James se quita sin dificultad al hombre, le patea sin cuidado el hombro para liberarse.

Agarra las cuerdas a los pies de la cama y la pasa alrededor del cuello de él, antes de a la fuerza obligarlo a quedar bocabajo. Aprieta sus brazos ante las quejas del hombre y los insultos. Tomo mi celular de la cama para alumbrarle y descubro que lo tiene con las muñecas atadas a la espalda, una cuerda que sube hasta su cuello y otra que está alrededor de éste.

—Si te mueves vas a afixiarte —le advierte James poniendose de pie—. Vamos a hacer esto rápido, ¿quién eres?

—Cuando me suelte voy a matarte, luego a esa zorra y después voy a…

James jala la cuerda que une sus muñecas a su cuello y el hombre suelta resuella luego de unos segundos a falta de aire.

—Para eso vas a necesitar soltarte. Quiero tu nombre —James suelta la cuerda.

—Teodoro… Tudor.

Y que comparta el apellido de papá lo vuelve peor.

—¿Eras su hermano?

—Primos. Soy hijo de ella.

—Tía no tiene hijos —replico.

—¡¿Me estás llamando mentiroso?!

Sí, pero puede que no. Ella nunca dijo que no tuviera hijos, yo lo asumí, ella se presentó como el unico familiar con vida de papá, y ahora resulta que había más de un familiar dispuesto a jodernos a Charlie y a mí.

—Era madre soltera —dice James.

—Sí.

¿Cómo pudo hablar tan mal de mi madre por haberme criado mis primeros años sin ayuda de un hombre cuando ella hizo lo mismo? Y tan mal. Porque la apariencia descuidada del hombre, el estado de la casa, y las acciones de ambos son reprobables por completo.

—¿Tú ayudaste a Tía Tudor a hacer esto? —pregunta James.

—Yo sólo leí unas hojas.

—Y luego te aseguraste de cuidar a Eric, ¿no?

—El idiota volvió por más. Quería más dinero porque se acabó su mitad, nos amenazó con ir a la policia y contarles todo. No sabía cómo encontrarla a ella, pero sabía donde encontrarnos a nosotros.

—¿Y cómo lo trajeron aquí?

No responde y James vuelve a jalar la cuerda.

—Basta.

—Habla.

—¡Bien! Le dijo que nos diera días para sacar todo el dinero de la cuenta. Esperó. Ella envió al niño lejos, por si todo salía mal —los días que Charlie pasó conmigo—, y mientras tanto acondicioné el lugar. Los calmantes, las drogas. Él necesitaba tanto el dinero que cuando llegó aquí apenas dudó, subió las escaleras por su cuenta. Le dije que tenía que sacar las mochilas con los billetes por su cuenta, que estaban en la habitación. Esconder un cuerpo es más complicado que quemarle las neuronas a un hijo de puta. Ibamos a soltarlo a la calle en una semana.

—¿Por qué? —pregunta James.

Miro el cuerpo de Eric.

—¿Por qué?

—Porque conseguí fentanilo. Una dosis es suficiente, pero ella quería asegurarse y pidió que le administráramos por dos semanas.

—Así que iban a enviarlo de vuelta a la calle, como un adicto —resume James.

Siento una arcada y cubro mi boca.

—Sin errores esta vez. Pero que llegaran aquí primero —se ríe con amargura y luego con un deje de burla—. Todos habríamos tenido un final feliz si hubiesen elegido ir primero a la otra casa.

Las púas me laceran con velocidad y mi ritmo cardiaco aumenta.

—¿De qué hablas? —exijo.

—Que estoy ganando tiempo para ella. Ella sabe que están aquí. El gato me despertó y los escuché hablar en la cocina, entonces le avisé.

—Las llaves del auto, James. Dame las llaves.

No tengo que pedirlo dos veces para que James estire las llaves hacia mí.

—No puedo dejarlo con Eric —me dice—. Llama a Edward, aterrizó su vuelo.

Tomo las llaves y corro, corro tan deprisa como golpea mi corazón dentro de mí. Brinco un escalón y otro a prisas, sabiendo que voy a la boca del lobo, pero que no importa porque mi hermano ya está dentro de él. Jalo la puerta y salgo a la fría noche que está más iluminada que cuando llegué, no me ando con cuidados esta vez, corro sobre la calle ignorando el dolor en mis pies al pisar piedras.

Quito el seguro del carro con el control a unos pasos de llegar y entro a prisas, me toma dos intentos meter la llave en el sitio. No sé conducir, pero no me importa. Sé lo suficiente. Pongo en marcha el automovil, automatico para mi suerte.

No me permito un segundo de lamentaciones ni pensar a futuro, me concentro en lo que estoy haciendo, acelero tanto como puedo, volanteo descuidadamente, freno de golpe y soy impulsada contra el volante cuando llego a un semáforo en rojo. Tomo mi celular y busco el contacto de Edward, me envía directo al buzón. Pruebo mi poca suerte y llamo al de Alice, porque desde ese contestó la última vez que le llamé.

—Estoy a tres minutos de casa de ella.

—Ve a la de mis padres. Ve a la de mis padres —le grito poniendo el altavoz al tiempo que acelero otra vez.

—¿Dónde estás?

—Voy hacia mi casa. Charlie está en peligro.

—¿Dónde está James?

—Se quedó con Eric.

—¿Quién va contigo?

—Voy sola. Estoy conduciendo hacia alla.

—Tú no sabes conducir.

—Sólo dime cómo hacer que funcionen los parabrisas.

Me indica cómo encenderlos y frenando con torpeza consigo ponerlos a funcionar.

—Llama a la policia, Edward. Envialos ahí. Envia una ambulancia. Envia lo que sea. Necesito que llames a los padres de Paulina.

—No tengo mi celular.

—¡Maldita sea! —grito mientras mis labios tiemblan sintiendo los miedos y la frustración. El único número que me sé de memoria es el de la persona que no va a poder responder, mi hermano.

—Jasper ya está llamando a la policia.

—Estoy a dos minutos, solo dos minutos.

Golpeo el volante, conduzco por el medio de dos carriles pero que sea de madrugada facilita no toparme con otros automovilistas, aunque desearía que algúna patrulla de policias me siguiera.

—Bella, solo espera.

—No voy a esperar.

—Estoy a diez minutos de distancia. No entres a la casa.

—Tiene a mi hermano, ella sabe que entramos a su casa, lo sabe. No pensé que fuese a haber otra persona ahí, creí que solo estaría Eric. ¡Pero qué hice! Jamás debí ir a esa casa.

—Solo conduce, necesitas enfocarte y conducir.

La adrenalina me corre por las venas y me concentro en eso más que en el futuro desolador que podría encontrarme. Necesito enfocarme. Cuando consigo divisar la calle de la casa de mis padres mis manos están temblando sobre el volante.

—Llegué.

—Estoy a unos minutos.

—No puedo.

Le cuelgo.

Freno con torpeza y quito la llave, sin molestarme a estacionar correctamente. Dejo el vehículo en mitad de la calle y corro hacia la casa de mis padres.

Giro la perilla y abre. Porque ella está esperándome. Y aún así doy un paso hacia adelante. Intento encender la luz de la casa, pero no se alumbra el pasillo.

—Bella. Bella —canturrea su voz—. ¿Qué haces aquí, Bella? —alarga las vocales dándole un tono amargamente melodioso.

Ignoro las púas incrustándose en mi interior y entro.

Qué mala la mujer que escribe estos capítulos de infarto. Agradezco mucho a las personas que me dan su apoyo dejándome comentarios, realmente son un estimulante para continuar. Ha sido un par de meses pesados entre querer entrar a una maestría, hacer un protocolo de tesis, estudiar un chingo, bajones emocionales, mi vida yéndose al garete, mi nene se enfermó una semana completa y me tuvo noche y día persiguiéndolo, y también ha sido unos meses muy bonitos editando el libro de Una mujer sin corazón que saldrá en físico este verano con editorial Crossbooks, en España. Tentativamente en agosto llegue a México.

El siguiente capítulo lo estrenaré en mi página web cuando lo tenga listo. Si entras y te añades como miembro (esto es gratuito) se te avisa a tu correo directamente cuando se actualice. Además puedes encontrar ahí contenido especial de Una madre sin esposo y un relato de un mundo alternativo entre Edward y Bella muy bonito.

Y pues nada, no olvides dejar un comentario que eso también es gratis.