"Sin mirar atrás"

Lady Supernova


Capítulo 4


Manhattan, Nueva York 21 de diciembre de 1921.

Después de la desafortunada discusión entre las Marlowe y él, Terry optó salir de su vivienda. Y es que, ya no estaba en condiciones de seguir soportando aquella situación. Se encontraba tan molesto que, no podía hacer nada más que alejarse de allí. Lo más sano para él y para todos era apartarse momentáneamente de ese endemoniado conflicto, mismo que amenazaba con hacerlo perder la razón.

Al encender el motor de su coche supo de inmediato hacia dónde dirigirse; el Hotel Plaza era el único lugar en el que quería estar. Albert era la persona en la que más confiaba y era el único ser sobre la faz de la tierra, que podía ayudarle a solucionar el problema que le estaba aquejando.

—El señor Andrew, estará con usted en un momento —le anunció uno de los recepcionistas.

—Perfecto... —respondió Terry, desviando su vista hacia los elegantes sillones, que adornaban el lobby—. Estaré esperando allá, muchas gracias por su ayuda.

—Estamos para servirle.

Terry se dirigió hasta la elegante sala de estar y tomó asiento en uno de los sillones que, se situaban más alejados de la recepción; se encontraba completamente exhausto y no deseaba que alguien lo reconociera y le molestara, en esos momentos, no se sentía capaz de hablar con alguien más que no fuera Albert.

Ese día había sido un día de locos: «Solo un maldito demente puede soportar esto, sin sentirse miserable», pensó al tiempo que empuñaba sus manos. Primero la discusión con Nina y después, todo el drama que provocó Susana... estaba seguro que entre esas dos mujeres lo meterían a un manicomio: problema, tras problema, le representaban... y él, definitivamente, ya no quería eso.

—Hola, Terry... ¿Cómo estás? —preguntó Albert, mientras se tallaba ligeramente los ojos.

—Oh, Dios, disculpa... ¿Te saqué de la cama? —cuestionó el actor mirando su reloj de bolsillo, viendo que apenas eran las nueve de la noche.

—No, nada de eso. En realidad, apenas estaba por acostarme e intentar dormir... como sea, no interesa... —Albert se sentó junto a él y le cuestionó nuevamente—. ¿Cómo estás? ¿Te sientes bien?

Terry tomó un respiro y después mencionó:

—No, no estoy bien... y de hecho, me siento la persona más estúpida del mundo.

—Estás siendo muy severo contigo mismo... ¿No lo crees?

—No, no lo creo.

—Bien, si me cuentas más sobre el tema, quizá pueda entenderlo.

—Susana está embarazada... —soltó de pronto, mientras Albert fruncía el ceño—. Antes de que comiences a darme un sermón, tienes que saber que entre ella y yo, nada ha cambiado.

—¿Nada?

—Absolutamente nada.

—¿Y el bebé? ¿Es obra del espíritu santo?

—Tal vez... digo, con eso de que ella era virgen... —expresó Terry con un burlón gesto, juntando sus manos, como si estuviera rezando.

Albert hubiera querido reírse, pero, sabía que eso no era lo más conveniente. Terry no necesitaba que lo secundaran en sus ironías, Terry más bien, necesitaba ayuda de otro tipo.

—¿Y quién es el papá de ese bebé?

—No tengo la mínima idea y a decir verdad no me interesa. Solo deseo divorciarme de Susana cuanto antes.

—Divorciarte... ¿Estás seguro de eso?

—Muy seguro.

—¿Qué es lo que te molesta en realidad? ¿Qué ella haya perdido su virginal condición o qué quiera adherirte la responsabilidad de un hijo que no es tuyo?

Terry lo miró perplejo, no podía creer lo que Albert le estaba preguntando... Albert ya tenía noción de la respuesta, pero quería que Terry fuera cien por ciento honesto con él.

—Ambas me molestan... —respondió el actor con aplomo—. Y no me pongas esa cara, porque la primera no me molesta por lo que tú piensas... —Terry respiró hondo y comentó—. Me molesta, porque se la pasa haciéndose la mártir, diciendo que ella es una mujer decente. Me tacha de infiel mientras ella se revuelca con ¡Dios sabe quien!... La segunda me repugna, ¿por qué demonios piensa que yo voy hacerme cargo de un hijo que no es mío?

—¿No te has detenido a pensar en que tú la orillaste a eso? Terry si todo dependiera de ti, Susana nunca hubiera vivido la experiencia de ser mamá...

—Sé que yo tengo la culpa de todo. Pero eso no es pretexto para que me tache de ser un maldito degenerado, ¡cuando ella hace lo mismo! También tiene un amante. Susana y yo, no somos diferentes.

—Bueno, en eso sí, tienes razón... pero Terry, es una vida de la que estamos hablando... un ser inocente, completamente ajeno a lo que sucede entre ustedes dos... ¿Qué vas hacer ahora? ¿Vas a dejarla así y nada más? ¿Qué va pasar con ese bebé? Susana no puede valerse por sí misma...

Antes de contestar a esa pregunta, los ojos azules de Terry, involuntariamente se posaron en el cristal de la puerta de acceso del hotel y de inmediato observaron hacia la acera, encontrándose así, con una visión que lo perseguiría por los próximos días...

Albert también miró en aquella dirección y al notar que su amigo observaba fijamente a Candy y a Kieran, amablemente le preguntó:

—¿Quieres enfrentarte a eso, Terry?

Terry respondió con una negativa, movió su cabeza una y otra vez, sin ser capaz de decir una sola palabra. No quería... definitivamente, no deseaba enfrentarse a eso, ni en ese momento, ni nunca.

—Entonces... —Albert se puso de espaldas y Terry fingió que platicaba con él.

Ajenos a la gente que se encontraba a su alrededor, Kieran se dirigió a la recepción y Candy, se encaminó hacia el lobby.

—Normalmente, ella se marcha a la habitación —susurró Albert.

—Pues esta vez no lo hará... —masculló Terry entre dientes.

—Salúdala... —pidió el rubio.

Terry negó, mas, lo hizo, sin dejar de mirar a la distraída rubia que, despreocupadamente, se sentaba en uno de los sillones, a tan solo unos metros de ellos.

—Salúdala, Terry... —pidió de nuevo Albert, pero Terry no atendió aquel llamado. En lugar de eso, se quedó observando a la chica...

Sus ojos azules, se perdieron en la visión que Candy le regalaba. Era sin duda, la mujer más bella que había visto... su corazón tembló al notar lo cambiada que la Pequeña Pecosa, lucía.

«Debe ser el matrimonio...», le decía su consciencia con crueldad.

No podía verla tan cerca, como para detallar cada uno de sus rasgos, sin embargo, no perdió oportunidad de admirarla... Candy llevaba el cabello recogido, pero sus rizos rubios brillaban bajo la luz y resplandecían tan bellamente que Terry no extrañó aquellas esponjadas coletas que ella usaba cuando lo enamoró. Para su desgracia la rubia llevaba un pesado abrigo sobre su cuerpo y no le daba oportunidad de apreciar su figura, no obstante, eso no le impedía imaginar las delicadas formas que yacían bajo su vestido.

Cuando el castaño tomó el valor suficiente para hablarle a la chica, Kieran se le adelantó...

—Bonita... —dijo mientras le ayudaba Candy a levantarse del sillón—. Vamos... no querrás quedarte dormida aquí.

—Nunca en mi vida tomé tanto vino... —mencionó ella en tono alto.

Albert la escuchó perfectamente y sonrió sin poder evitarlo, Candy, jamás había tomado más de una copa, de cualquier bebida alcohólica.

Por su parte Terry, sin perder detalle, continuó escuchando la charla del matrimonio con discreción:

—El espumante, también contiene una parte muy importante de alcohol... no importa que tan rico sea, puede llegar afectarte, así que, señora Livingston, tenga cuidado la próxima vez.

Kieran la encaminó hacia los elevadores y Terry los siguió con la mirada. Verlos juntos, hizo que su corazón se rompiera en mil pedazos. Terry estudió a Livingston minuciosamente y no le gustó en lo más mínimo... «¡Diez años mayor que ella»,recordó al mirar con envidia al distinguido y guapo inglés. El joven Grandchester, odió darse cuenta de lo cerca que ese hombre podía tener a la mujer a la que todavía amaba.

Mientras esperaban a que el elevador descendiera, Kieran revisaba algunos recados que le habían entregado y Candy, por su parte, se distrajo mirando hacía el lobby.

Al percatarse de la presencia del actor, la rubia se talló los ojos con energía y trató de enfocar su vista...

«¿Terry?»

Murmuró para sí. Mirando fijamente al castaño, quien al leer su nombre en los labios de ella, no pudo evitar sonreír. Él le guiñó un ojo, mientras Candy, torpemente le correspondía devolviéndole una sonrisa.

La rubia caminó unos cuántos pasos, tratando de ver al actor más de cerca, sin embargo, ella misma se detuvo al sentir la fuerte mano de su marido, sobre su brazo... con una de sus lindas sonrisas, Kieran finalmente la invitó a subir al elevador y entonces Candy, renunció sin poder evitarlo, a la visión que la figura de Terry Grandchester le estaba obsequiando.


Su corazón, aún latía desbocado y sus manos temblaban ligeramente.

¿Como podía explicarlo?

Le pareció haber visto a Terry sentado en el sillón del lobby, mirándola y sonriéndole... eso le había sacudido el mundo entero... ¿Qué le pasaba? ¿Acaso estaba tan borracha que se imaginaba esas cosas?

—¿Qué sucede Candy? —cuestionó Kieran cuando por fin entraron a la suite—. ¿Te sientes mal?

Ella negó con energía, aunque fue incapaz de admitir:

—No me siento mal, pero creo que me estoy volviendo loca...

Kieran le sonrió con diversión.

—Yo más bien creo que estás un poquito borracha —mencionó sosteniéndola.

Los ojos de la rubia se agrandaron y con preocupación preguntó:

—¿Es por eso que imagino cosas?

Kieran frunció el ceño y luego la cuestionó:

—¿Cómo que imaginas cosas?

—Creí ver algo, allá abajo...

—¿Un fantasma? —preguntó Kieran, recordando lo miedosa que era Candy y lo inocentemente fantasiosa que resultaba a veces.

—¿Un fantasma? —cuestionó ella con una sonrisa—. Hmmm, no, eso no... más bien era algo muy bello... —añadió recordando el rostro de Terry, con aquél aire tan masculino y tan admirable que siempre la volvió loca.

—¿Bello? ¿De qué estamos hablando señora Livingston? — interrogó Kieran alzando una ceja.

—De nada, querido, de nada... —respondió Candy activando, por fin, su mecanismo de defensa, desechando aquella «alucinación» y sobreponiéndose a los recuerdos, porque ni siquiera en esa condición, se atrevería a manchar el presente que vivía al lado de su esposo.

—Candy, creo que será mejor que te acuestes... —Ella asintió, y luego él la miró a los ojos—. ¿Te ayudo? —ofreció señalando el vestido de la muchacha.

Candy afirmó y Kieran, deslizando sus dedos por los botones del vestido de su esposa comenzó a desvestirla, lo hizo con lentitud, deleitándose con cada botón que sacaba.

—Te noto muy seria... ¿O es sólo el alcohol el que te está afectando de más? —cuestionó Kieran.

—Sí, debe ser el vino... —contestó Candy con serenidad.

—Sé que Nina te molestó... yo, la escuché, Candy.

La rubia se encogió de hombros. Aquello le importaba un bledo. Esa detestable mujer podía decir lo que quisiera... le dolió mucho que fuera tan irrespetuosa, sobre todo cuando ella misma le dio confianza y la animó a platicarle sobre su vida, no iba a negar que fue un golpe muy bajo, pero aún así, no dejaría que le siguiera lastimando. Pensaba ignorarla por completo.

—La puse en su lugar —agregó Livingston.

—No debiste, Kieran...

—Es una idiota. No dejaré que vuelva acercarse a ti... ¿Entiendes? No quiero que temas, ni tampoco quiero que te preocupes por causa de ella, Candy.

La mirada profunda y sensual de Kieran comenzó a estudiar el rostro juvenil de Candy. La chica adoraba que él la viera así, siempre le gustó sentir aquellos ojos azules análizandola, pues, cuando él la miraba así, mágicamente desechaba todas sus inseguridades.

Cada vez que Kieran la veía de esa forma, Candy se perdía en el mundo que él sostenía para ella, el mundo en el que Terry y el dolor por haberlo perdido no existían, ese mundo en el que ella era muy feliz.

—Kieran... ¿Me vas hacer el amor? —preguntó la rubia, mirándolo con aquella verde mirada que lo enloquecía.

—Señora Livingston... estamos hablando seriamente... —le respondió Kieran, fingiendo enojo.

—Es que... cuando me miras así... —dijo ella, señalando los azules ojos de Kieran—. Entonces me besas, me llevas a la cama y luego me haces el amor —declaró con una tímida sonrisa.

Él la miró a los ojos y sin poder evitarlo le sonrió. Candy lo conocía. Ahora estaba seguro de que lo hacía... tenían tres meses de casados, pero solamente un mes había pasado, desde la primera vez que se entregaron al placer. Le resultaba maravilloso que Candy lo conociera a tal extremo en tan poco tiempo... y sí, ella tenía toda la razón, eso era exactamente lo que sucedía cuando él la miraba de esa forma, la seducía, la tentaba y ella caía rendida en sus brazos.

Candy rió escandalosamente.

—¿Lo hacemos? —cuestionó, jugando con su corbata.

—Esposa mía, será mejor que dejemos el placer para otra ocasión... —Kieran la llevó hasta la cama y la colocó sobre ele colchón.

—¿Te sientes mal? —preguntó ella, pero él negó.

—No, mi amor, no me siento mal... sin embargo, deseo que dejemos esto para después, ya tendremos oportunidad de hacerlo mañana.

—Pero ¿por qué? A mí me gusta... —dijo ella sin tapujos—. A mí me gusta mucho... Kieran... —mencionó queriendo deshacerse del camisón que Kieran ya le había colocado—. Me gustas mucho.

—¿Y tú que crees? ¿Qué a mí no me gustas?—Kieran la besó suavemente en los labios—. ¿Crees que no me gusta tenerte? —El sonrió y volvió a recostar a Candy sobre la cama—. Te estás muriendo de sueño, Candy... mañana y los días que vienen, podremos hacer el amor cuantas veces quieras.

—Está bien... pero quédate conmigo Kieran, no te vayas...

—¿Adónde se supone que voy a irme? —Él se acomodó junto a ella y la rodeó con su brazo.

—No te vayas... —pidió ella con insistencia—. Nunca lo hagas.

Kieran sintió que su corazón latía extrañamente. Candy siempre le decía lo mismo: «No te vayas», «No me dejes»... su apego finalmente se había salido de control, no obstante, él no podía evitarlo. Candy se había metido hasta el fondo de su corazón. Se había enamorado perdidamente de ella y era imposible no corresponder a los deseos de esa dulce muchacha.

—Claro que me voy a quedar contigo, Bonita... —respondió Kieran, sacudiendo los pensamientos negativos que llegaron a su mente.

—Te quiero... —le dijo ella, cerrando los ojos—. Te quiero mucho, Kieran... —mencionó aferrándose a él.

—Y yo te amo, Candy... yo te amo y te amaré por siempre.

Confesó Kieran abrazándola, mirándola dormir y deseando poder tenerla por siempre entre sus brazos, para hacerla suya y sentirla a su lado, sin tener que preocuparse por la duda que aún rondaba en su cabeza, esa incertidumbre que lo embargaba y por la cual quería estar en Nueva York, cerca de su querido primo Adolph.


—No puedo perdonarte... —le dijo Nina a su primo Adolph, mientras se echaba a llorar.

—¿Y qué querías que hiciera? —cuestionó Adolph—. ¿Querías que te dejara insultarla? ¡No me jodas, Nina!

—Ella no está a nuestro nivel, lo sabes. No sé por qué Kieran no lo ve... no entiendo cómo fue que aprobaron ese matrimonio... ¿Qué le pasa a tu parentela? Siempre se meten en todo, pero ¿no fueron capaces de ver con quién se vincula uno de sus miembros más importantes?

—¿Qué dices? ¡Por Dios, Nina! Esa mujer es más rica que todos nosotros, Kieran está muy bien ubicado con ella. Eso le conviene a toda la familia.

—¿Estás seguro de que es el dinero lo que tú quieres? —preguntó Nina—. Porque yo veo otra cosa...

Adolph ladeó la cabeza y luego miró a su prima, fingiendo ser víctima de una tremenda confusión.

—¿Qué es lo que ves, querida?

—Te vi a ti, deseando acorralar a esa fulana contra una pared... te vi queriendo levantarle el vestido para enterrarte en ella, mientras tu primo no te veía.

Adolph riop con diversión y después se carcajeó una y otra vez, mientras Nina lo veía con coraje.

—Definitivamente, las rubias preciosas son lo mío... pero, caray, que mala vista tienes, cariño... Candy no salió de tu escuela —Adolph siguió riendo—. Abrirle las piernas a esa hermosura, es una misión imposible. Créeme cuando te lo digo, además, a mí no me gusta trabajar.

—En otro tiempo no te hubieras detenido... Adolph, yo te vi seducir a cientos de mucamas.

Adolph, la miró divertido...

—¿Qué estas tratando de decir? O mejor aún, ¿qué tratas de pedir? ¡Deja tus estupideces Nina! ¡Lárgate de mi vista! Ocúpate de Terruce Grandchester y deja en paz a mi familia... ¡No te atrevas a ofender a Kieran o a su esposa! ¿Entiendes? ¡Ya no eres la misma chiquilla problemática a la que yo le temía! —Adolph la miró retadoramente—. No volverás a intentar destruirme, no lo harás, porque soy capaz de acabar contigo.

Advirtió Adolph, mientras Nina retrocedía y se marchaba corriendo...

—Ya no me sirves de nada... ¡Absolutamente de nada! —exclamó el muchacho, dispuesto a echar a Nina de su vida.


Susana no había parado de llorar. Tanto Terry, como Olga, se habían puesto en su contra y eso era más de lo que ella podía soportar. Nunca en toda su vida se enfrentó a una cosa como esa, y es que la joven actriz estaba tan acostumbrada a salirse con la suya, que le parecía imposible que todo le estuviera saliendo mal.

Con pesar, recordó las últimas palabras que su madre le dirigió, antes marcharse:

...

—No tengo nada que decirte... no... yo no puedo creer que me hayas hecho esto... —le dijo Olga, llorando y haciéndola sentir miserable.

—Mamá... por favor...

—¿Mamá? ¡Mamá, nada! —Olga se cubrió la cara con vergüenza—. Santo Dios, eres una tonta, tú misma le diste el arma perfecta a Terruce. Él se va deshacer de ti y lo hará con justa razón.

—Mamá... ¿Cómo puedes decir eso?

—Susana. Ya no hay vuelta de hoja. Has cometido un error y tendrás que enmendarlo... ¿Quién es el padre de esa criatura? —preguntó con determinación.

—Alguien que no conoces.

—¡Esa no es una respuesta muchacha insolente!

—Es la única respuesta que puedo darte... ¡No conoces al papá de mi hijo! Y si no puedes aceptar esto, entonces vete, mamá.

—¿Estás segura? —cuestionó Olga con enojo—. ¿Quieres que me vaya y te deje?

—Si no vas a entenderme... será mejor que te vayas.

...

Después de aquellos reclamos, Olga decidió marcharse del departamento. Furiosa y completamente decepcionada, la señora Marlowe caminó por la calle, mientras un fuerte viento se desataba. Estaba muy triste por su hija y por la vida que yacía formándose dentro de ella, ese bebé era inocente y nadie se estaba preocupando por él.

Habían pasado algunas horas, desde que el mundo de Susana se desvaneció. Todos la habían dejado y ella permanecía acostada, acariciando su vientre.

—Ellos no te quieren, bebé... no te quieren, pero yo sí... —Susana no dejaba de tocar su pequeño vientre y de repetirle a su bebé lo mucho que ella lo amaba—. Yo te amo, te amo demasiado.

En el padre de su hijo aún no deseaba pensar. No sabía cómo le haría, pero no planeaba decirle absolutamente nada... el hombre, jamás se enteraría de que ella tendría un bebé. Preferiría pedirle ayuda a Terry, le rogaría si era preciso... haría todo, para salir adelante y conservar su matrimonio.


Después de ver a Candy, Terry quería correr y desaparecer.

Jamás aceptaría el hecho de que aquella muchacha, fuera la esposa de alguien más. Le dolía en el alma darse cuenta de que, esa desagradable situación, era todo lo que el destino podía ofrecerle.

Al observar que la figura se Candy se perdía en aquél elevador, automáticamente, Terry salió del Hotel Plaza y Albert, sin pensarlo lo siguió...

—¿Quieres compañía? —preguntó, a lo que Terry respondió con una afirmación—. Bien... ¿A dónde vamos? —cuestionó de nuevo.

—Solo sígueme...

Terry no tenía muchos ánimos de hablar y Albert lo entendió, así que sin cuestionarlo, caminó junto a él. Una y dos cuadras pasaron, antes de que el rubio patriarca de los Andrew, se diera cuenta de que se dirigían a una cafetería.

—Por un momento pensé que me llevarías a un bar clandestino... — dijo Albert mostrándose gratamente sorprendido, al echar un vistazo a la cafetería en la que se habían detenido.

—Ya ves que no...

—Me alegro por ello.

Terry asintió y después lo invitó a ingresar al lugar. Pronto, ambos se sentaron en una de las mesas que yacían desocupadas.

El joven camarero, no tardó en acercarse y tomar su orden. Minutos después, cuando los dejaron a solas, Terry, por fin se atrevió hablar:

—Ha pasado mucho tiempo, desde la última vez que vi a Candy. Realmente estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano, para no tomar una botella de whisky y perderme...

—Tu esfuerzo será recompensado... —Albert le animó—. El sacrificio, a la larga, trae cosas buenas.

Terry sonrió con ironía.

—Perdona que te contradiga, pero, yo no lo creo... ya me sacrifiqué muchas veces... ¿Y qué crees? Aún no obtengo nada.

—Tienes que ser paciente. La paciencia es la clave para obtener éxito dentro de los infortunios.

Albert miró a Terry y no pudo evitar sentir pena por él. Se notaba a kilómetros, que su amigo sufría por saber que Candy estaba haciendo una vida muy lejos de él.

—Lo que sea, ya no hay nada más que pueda hacer —expresó Terry, desanimado—. Yo fui un imbécil, no debí de comprometerme con Susana y mucho menos casarme con ella. Yo y solo yo, tengo la culpa de lo que está sucediendo.

—Te pegas muy duro, Terry...

—Si yo no acepto mis errores... ¿Quién más lo va hacer? Vamos, Albert... ¡Nadie más puede hacerlo! Solo yo puedo —dijo Terry con tristeza—. Yo reconozco que me equivoqué, no tenía la obligación de casarme con Susana. Debí ayudarla con sus gastos... Pero ¿casarme con ella? ¿En qué maldito momento se me ocurrió eso? Albert, yo pude haber elegido quedarme junto a Candy y no lo hice. En vez de eso, la dejé partir... y además le pedí que fuera feliz... ¿Por qué hice todo eso?

—¿Porqué Susana estuvo a punto de suicidarse? —preguntó el rubio con pena.

—Tal vez... sinceramente, no sé por qué demonios fui tan débil.

El joven camarero se acercó con dos tazas de humeante café y las ordenes que ambos habían hecho.

—Perdona que insista con el tema... pero... ¿Qué piensas hacer con Susana? —cuestionó Albert.

—Nada... —mencionó Terry, dándole un sorbo a su café—. ¿Qué puedo hacer por ella, Albert?

—Ayudarla. Tienes que investigar quién es el papá del bebé.

El castaño negó.

—No me interesa saber quién es su amante.

—Pues debería interesarte, porque ese hombre sabe muchas cosas tuyas, como por ejemplo: sabe que no consumaste tu matrimonio... ¿Qué tal si habla? No querrás verte envuelto en escándalos, ¿o sí?

—Por supuesto que no.

—Sé que harás lo correcto, pues, para bien o para mal, Susana es tu esposa... —Albert quiso hacerlo entender—. Soy consciente de que ahora mismo tienes muchas cosas que reclamarle, pero no dejes que el odio te ciegue. Ayúdala y trata de resolver esto, de manera pacífica.

Terry asintió... y luego sonrió sinceramente.

—Lo resolveré. Gracias por tu apoyo, Albert... si no fuera por ti... —Terry, suspiro y pensó en la noche anterior, en esa ocasión no tuvo ningún tipo de entendimiento—. Si no estuvieras a mi lado, yo hubiera corrido a los brazos de Nina —aceptó con vergüenza.

—Y estarías metido en otro problema —afirmó Albert.

—Nina es como una bomba de tiempo.

—Es terrible.

Terry ladeó la cabeza y luego cuestionó:

—Una vez me dijiste que conocías a Nina, pero, nunca aclaraste los detalles —dijo el actor—. ¿Cómo fue que la conociste?

Albert se aclaró la garganta y con sumo cuidado respondió:

—Kieran Livingston y yo, hemos sido amigos desde hace muchos años; él tiene a un primo hermano llamado Adolph Wagner...y Adolph a su vez, tiene una prima hermana llamada Nina...

Terry rodó los ojos.

—A ver si entendí... ¿Nina es prima del primo de Livingston?

—Exactamente, la conocí cuando era una niña. Tal vez un poco después de la primera vez que vi a Candy...

—¿Así de pequeña?

—Era pequeña, pero tenía el alma de adulto amargado.

—La sigue teniendo... —admitió Terry al recordar lo prepotente que la hermosa rubia, se comportaba.

Albert, aclaró su garganta y después le dio un sorbo a su café. No estaba muy seguro de lo que iba hacer, pero tampoco podía dejar que Terry se confiara.

—Terry... mira... yo sé que realmente no conozco a Nina, pero quiero pedirte una cosa —Terry lo miró confundido, mas, no lo interrumpió—. Quiero que te cuides, Nina no es lo que aparenta.

—¿Qué quieres decir con eso? —interrogó Terry con algo de desesperación—. Ella... ¿Hizo algo malo?

—Santo cielo... ¡Me siento como un maldito chismoso! —respondió Albert.

—Pues ya hablaste y ahora más te vale que me lo digas todo.

—Nina tiene raíces alemanas, por ambas partes de su familia, lo sabes perfectamente... —Albert miró hacia los dos lados de la mesa y al estar seguro de que nadie lo escuchaba, declaró—. Hace algunos años, cuando aún vivían en Berlín, una mucama de los Weinzierl murió en condiciones algo extrañas.

—¿Nina le hizo algo?

—Nadie supo lo que pasó, sin embargo, Nina y su padre, fueron investigados. No se comprobó nada, pero los otros empleados, hablaban de que la hija del patrón era la culpable. La familia de la mujer fallecida, culpó directamente a Nina... ella tenía catorce años en ese entonces.

Terry negó con la cabeza... no podía creerlo... Nina tenía muchas actitudes que le disgustaban, no obstante, jamás pensó que aquellos arranques de niña caprichosa, tuvieran importancia. En realidad lo único que le importaba de esa mujer era llevarla a la cama.

Cuando la conoció quedó maravillado. El hermoso físico de la rubia, así como también la inocencia con la que se conducía, llamaron su atención por completo, tontamente buscó a Candy en ella... pero bastó pasar la noche a su lado para conocerla, jamás tuvo una mujer tan complaciente a su lado, de inocente, Nina no tenía nada. Aquello lo decepcionó, mas no por eso dejó de frecuentarla, ella parecía muy madura y era justo lo que necesitaba para saciar sus instintos.

¿Y ahora se enteraba de que era una mujer peligrosa?

Terry tomó de un solo trago el café que le quedaba y luego, sin importar, encendió un cigarrillo.

—Lo lamento —dijo Albert.

—¿Lamentas haberme dejado ser el amante de una psicópata? — cuestionó Terry con molestia.

—Jamás dije que fuera una psicópata. Te he dicho que no se comprobó nada...

—Como sea... ya la he ofendido. No te sorprendas si mi cuerpo aparece junto a las bolsas de basura.

—No era mi intención asustarte.

Albert lo miró con pesadumbre y Terry al fin, le sonrió.

—No pensemos más en eso. Ni tampoco hablemos de Nina, porque como siempre he dicho: «Nombra al diablo y aparecerá» No la invoquemos por favor.

Un reloj de madera que adornaba la bohemia cafetería, marcó la hora exacta y ambos hombres supieron que ya era muy tarde, Terry pagó el consumo y luego acompañó al rubio hasta el Hotel Plaza, se despidió de él, no sin antes aceptarle una invitación a comer.

El castaño buscó su automóvil y luego subió a él. Las cosas estaban un poco más claras y a Albert le dio las gracias por ayudarlo.

Iría hasta su residencia y hablaría con Susana. Afrontaría la situación, no quedaba más camino.


Ya pasaba de la medianoche cuando el actor llegó a su casa. Mientras viajaba hasta allá, reflexionó y volvió a reflexionar, obteniendo como resultado la medida que tomaría con Susana.

Al ingresar a la vivienda le pareció que todo lucía muy tranquilo, Terry conocía muy bien aquel dicho que decía que: «Después de la tormenta llegaba la calma» y el ambiente, así se sentía... sin embargo, era consciente de que la tormenta aún tardaría en desaparecer.

—Despierta... —le pidió a su esposa.

Susana no atendió el llamado, la chica yacía dormida sobre la cama, descansando tranquilamente.

—Despiértate, Susana. Quiero hablar contigo —pidió el actor con impaciencia.

La joven abrió los ojos con lentitud y luego, con esfuerzo, observó a quien le hablaba...

—¡Terry! Regresaste... —La rubia ex actriz sonrió y con cuidado, comenzó a reincorporarse sobre la cama—. Sabía que regresarías... sabía que me ayudarías... yo... yo sabía que aceptarías a mi bebé —expresó Susana con alegría, sonriendo con dicha al tiempo que buscaba tomar la mano de un sorprendido Terruce—. Estoy dispuesta a todo, con tal de salvar nuestro matrimonio... por favor, escúchame...

El actor asintió y dijo:

—Claro que sí. Te escucharé —dijo con voz tranquila—. Lo haré muy detenidamente —advirtió fulminándola con su mirada azul—. Pero antes, antes de que eso suceda... ¡Me vas a escuchar tú! —sentenció con la voz cargada de determinación, haciendo que Susana, borrara su sonrisa por completo.