Anoche hice el amor con una mujer.

—No. Esperen. Así no va —tacha en el papel.

Disculpen. Lo he corregido. Ahora sí. Anoche hice el amor con Marinette Dupain-Cheng. La que ahora, considero mi mujer. Creo que suena mejor así ¿No les parece?

Antes de indagar en pensamientos deshonestos, que pudiesen ser corrompidos por la situación en la que nos encontramos, quiero aclarar una cosa. Se que el mundo se está yendo al carajo. ¿Vale? Es eso mismo lo que de alguna cualidad medio infame, me insensibiliza como persona. Porque mientras nosotros gozábamos del calor más salvaje de nuestro amor; sobre esas sabanas, estoy consciente de que muchas personas estaban muriendo ahí afuera.

No busco expiarme ni mucho menos disculparme con nadie porque, vamos. ¿Quién soy yo para cuestionar el poder divino de la lascivia? Sin embargo, si hubiese caído en la bendita "culpa" que tanto te imponen las religiones. ¿No se supone que debería haberme castrado por esto? Obviamente no lo hice. Para cuando los primeros rayos del astro rey tocaron nuestros tibios cuerpos desnudos, yo me profesé en el paraíso. ¿Cómo podría sentir remordimientos de lo que hicimos? Y encima con tanto vigor.

Los incipientes suspiros de Marinette me debilitan el semblante. Ella yace acostada sobre mis pectorales, con mucha indulgencia. Ya ha bostezado febril. Las sábanas de algodón y seda abrigan nuestro encuentro. Tengo el cuerpo completamente adormecido. Los dedos de mis pies se estiran y retuercen como las almohadillas de un gato aletargado. Ella parpadea entumecida y me concede un beso largo, amplio, dotado de muchísima satisfacción. Nunca me sentí tan presuntuoso de mi desempeño. Se me ha inflado un poco el tórax de aire. Ella ríe jocosa y no le presta atención a mis intentos malogrados de presumir el buen amante que dormía en mí. No caeré en la redundancia de preguntas obsoletas. Ahora mismo, lo único que me preocupa es su felicidad.

—¿Cómo te sientes? —murmura Félix, somnoliento.

—Muy bien…—responde, inmóvil—. Demasiado bien para ser cierto…

—¿Tienes hambre?

—Mucha —contesta risueña, escondiendo su rostro en su pecho—. Dios. Me comería una vaca entera. ¿Qué te gustaría desayunar?

—¿Qué te gustaría a ti? —cuestiona el inglés.

—¿Prepararías algo para mí? —sisea picaresca.

—No —ríe.

Marinette levanta la cabeza e infla las mejillas, como una niña enfadada. Eso me ha causado mucha gracia. Beso su frente y sin llegar a removerme mucho, confieso mi crimen.

—¿Qué le gustaría comer a Emma?

Se le ha quitado el sueño de golpe. O algo así. Ahora mismo, me observa atónita, como si hubiese visto un fantasma.

—Que.

—Óyeme —cuestiona la ojiazul, abochornada— ¿De dónde eres?

—¿Eh? Pues de una ciudad portuaria al sur de Inglaterra, llamada Hastings —responde robóticamente.

—No. Me refiero…—agrega, exhalando tibiamente contra su cuello—. De que planeta…

—¿Y eso? —ya se le torció todo.

Se levanta de la cama, haciendo abandono de las colchas. Admito que sentirla lejos por unos segundos, provoca un sentimiento de desolación que no logro describir. ¿Acaso la he ofendido? Me mira por sobre el hombro, preocupada. O más bien, confundida. ¿Qué pasa?

—¿Marinette…?

—¿Por qué? —pregunta Dupain-Cheng, liada—. Me haces el amor de una forma que nadie más lo hizo. Me dices cosas al oído en el proceso. Y de pronto te preocupa mi hija. ¿Qué pretendes?

Como que ¿Qué pretendo, mujer? Bueno, si admito que le dije cosas. Pero ¿Tan malo era? Solo le confesé que…

—Marinette —añade Félix, abrazándola por la espalda hasta rodearla con ambos brazos—. No pretendo nada. Solo que-…

—Ay, no…—niega con la cabeza, apartándose de golpe.

Joder. ¿Qué hice…?

—No. Que.

—¿Acaso estás enamorado de mí? —Marinette lo fulmina con la mirada.

Pero… ¿Qué chucha?

—¿Es eso lo que te ha molestado? —protesta Fathom, barajado— ¿Lo que te dije al último? Marinette, estaba a punto de acabar. Es normal, digo. No sé. ¿Qué pasaría si así lo fuera? —añade, malogrado— ¿Es tan horrible? ¿Te molesta?

—Félix. No entiendes nada…—Marinette comienza a vestirse.

—Marinette. Espera. No me-…

Alguien llama a la puerta. Carajo. ¿Por qué justo ahora tenían que interrumpirnos? Estoy muy confundido y justo cuando más necesito respuestas, nos cagan. Resultó ser Sabrina. Una pelirroja medio torpe que recibía más ordenes que dinero en los bolsillos. Nos informaba que el desayuno estaba listo y que Emma había manifestado tener unas cuantas pesadillas. Comprenderán como se puso Marinette ¿No? Apenas logró emitir palabra alguna, que salió disparada por la puerta.

Me quedé solo esa mañana. Pero ¿A qué precio?

¿Qué hice…?

[…]

—¿Crees que soy una persona muy intensa?

Poblado de Saint-Bourgeois. 10:30AM.

—¿A qué viene eso de pronto? —cuestiona Luka, descolocado con su pregunta.

—No…—Félix desvía la mirada, frustrado—. Nada…

—Solo hemos venido por algunas herramientas, no te sientas culpable —explica Couffaine, sin tener conocimiento del contexto—. Chloé me pidió que reparara el cobertizo y forjara unas espadas para los guardias.

—Te exigió, querrás decir —rueda los ojos.

—Es lo mínimo que puedo hacer, Félix —murmura jovial, el peliazul—. Nos está dando alojamiento prácticamente gratis. De cierta forma, debemos ayudarla a defender este lugar.

—No te ofendas, pero Chloé es muy fuerte y fácilmente sabe dar vuelta las cosas —se encoge de hombros.

—¿Puedo preguntarte algo? —se para frente a él.

—Qué cosa —se revuelve los cabellos, hastiado.

—¿Por qué te has quitado el hábito?

Que ¿Por qué me lo he quitado? Era una interrogante que no merecía respuesta cómoda. Negué con la cabeza, entreteniendo a mi compañero con algunas materias primas en el mercado. Pero Luka volvió a insistir en el tema, tras percatarse que estaba evadiéndolo. No me apetecía tocar el tema, por el simple hecho de sentirme un estúpido. Además, luego de lo sucedido anoche, llevarlo encima era un disparo certero en el pie. ¿A quién quiero engañar? Si de igual forma, hay un ser que todo lo juzga y de testigo lo tenía sobre mis hombros. No me sentía merecedor de continuar con la farsa, pues hombre casto de fe no soy. ¿Era culpa lo que me invadía? ¿O solo la irónica verdad de fingir expiar mi pecado? En cualquiera de los casos, lo más sano era no hablar de ello. Después de todo, Luka tampoco lo creería.

La renuencia errática de Marinette continuaba lacerándome esa mañana. Hay tantas cosas que no comprendo del mundo. Y sin embargo ahora mismo, solo me importaba entenderla a ella. ¿Podría ser posible que le importunara el hecho de ser primo de su ex marido? Bueno, si tal fuera el caso era normal. No la iba a aportillar por ello. Pero ¿No era más sencillo solo decírmelo y ya? De mujeres, se tan poco como de los cambios climáticos. Jamás en mi vida me enamoré antes. Y si es que llegué a profesar algún afecto similar, tampoco tenía como evidenciarlo. A Chloé la quise mucho, sin lugar a dudar. ¿Pero amarla?

«¿Acaso está enamorado de mí?»

¡Arg! ¡Esa maldita pregunta nuevamente me acomete sin piedad! ¡¿Y que, si así lo fuese?! En ese instante, me miraba tan arisca…casi como con asco. ¿Es por mi desempeño? ¿Tan mal amante soy? ¿Acaso se estaba burlando de mí? ¿Le parezco patético porque me enganché de ella, solo por pasar una noche de intimidad? Debe de ser eso. No hay otra explicación lógica. ¿Soy un intenso de mierda? Carajo. Si. ¡¿Me veo desesperado?! ¿O es por lo de Emma? ¿Le irrita que me preocupe por ella? Vamos, no sé qué habrá entendido. Pero no pretendo ser el padre de esa niña. Adrien, es su papá. Joder. ¿Entonces fue eso? ¡¿Y si…?!

—¡Hey! —berrea uno de los comerciantes de carne, con actitud ceñuda— ¡Tu! ¡El inglés! No puedes estar aquí. Mas bien, no deberías estar aquí. ¿Qué no te enteras que estamos en guerra y eres el enemigo?

¿Y este gordo mal oliente, que? Había olvidado lo antipáticos que son los franceses por estos lados. Intratables, todos. Mierda. No debí quitarme la cogulla. Pareciera que me daba una fuerza apacible que no concibo si visto de civil. En otras instancias, le hubiera rogado piedad con una voz de gatito mimado. Pero el bastardo interrumpió la detestable introspección que me estaba haciendo y eso me indignó en exceso. Déjame odiarme en paz, cerdo.

—Cierra la boca, gordinflón horrible —refutó Fathom, mosqueado—. A nadie le importa esta guerra. Mejor preocúpate de los muertos que andan comiendo gente.

—¡Oye! ¡¿Cómo te atreves a hablarme así?! —vociferó colérico el hombre, extrayendo un machete filoso— ¡Si no te largas de mi puesto llamaré a los guardias de palacio!

—¡Llama a tu abuelita si quieres, infeliz! —graznó el rubio, mostrando los dientes y subiéndose las mangas en son de contienda— ¡He peleado con criaturas más feas que tú! ¡Adelante!

—¡Wow! ¡Wow! ¡Señores! —interceptó Couffaine, malogrado—. Por favor, no hace falta ponerse violentos, jeje. Con todo respeto, monsieur este joven inglés es en realidad un monje anglicano. Para nada busca pleitos. Solo predica la palabra de Dios.

—¡¿Cómo que un monje?! —cuestiona el hombre, esta vez mas irritado que antes. Lo examina de pies a cabeza, negando— ¡No lleva hábito! ¡A mí no me engañan!

—Es que…—el ojiazul hace una pausa, liado—. Se lo ha quitado por hoy, señor… — No me lo cree nadie.

—Ah ¿Sí? —continúa el mercader—. Pues tampoco habla como un vasallo de dios, que digamos. Para mí que solo se chupa el dinero de la iglesia y estafa gente.

—¿Por qué no vienes y mejor me chupas, esta? —le amedrenta Graham de Vanily, en un gesto lascivo que espanta hasta al más cuerdo.

—Ahora sí que te jodes, hijo de puta —gruñe en respuesta, dando una estocada con el cuchillo— ¡MUERE! ¡GAAH!

¡¿Pero Félix, que demonios dices?! —Luka se ve a la chucha— ¿Y qué significa chupar "esta"? Me lo anotaré.

La riña se traslada al suelo, en donde ambos hombres enajenados se desahogan entre golpes de puños, patadas, mordiscos y jalones de cabello; cual gatos salvajes. Un tumulto de personas no tarda en amontonarse alrededor, cada quien tomando bandos sobre a quién apoyar en la pelea. Félix le parte la boca, tirándole un par de dientes. A lo que el carnicero responde con dos cortes en los antebrazos y mordiscos en las piernas. Una de las mujeres, aqueja a viva voz que son dos infectados. Por lo que los guardias del rey no se retrasan en hacer presencia y finalizan el altercado, separándolos a duras penas. Ninguno de los dos, es un zombi. Pero como la sangre que ambos emanan es contundente, han alertado incluso a los más indulgentes paganos que por ahí transitaban.

En cuestión de minutos, los dos se van detenidos y son encerrados en la comisaría del poblado. Luka es el único manifestante de fiar, sobre los hechos. Aunque se muestra demasiado consternado como para opinar sobre lo que vio. ¿En qué momento Félix había pasado de ser un sereno y pacifico mortal, a esa bestia feroz repleta de frustración? Los soldados de su majestad, examinan a los heridos con la ayuda de un boticario. Son solo humanos comunes y corrientes, menos mal. Pero eso no les salva del castigo y la multa; por el escándalo cometido.

En uno de los calabozos, Couffaine visita a su compañero de usanzas con dejo de aprensión. Tras explorar la actitud de este por varios minutos, suspira derrotado.

—¿Qué ha pasado, Félix? —pregunta, atormentado el herrero—. Tú no eres así.

—¿De qué hablas? —masculle Fathom, con la mirada reflexiva—. Claro que soy así.

—Eso no es cierto. Yo te conozco —insiste el peliazul—. Eres un hombre pacífico y muy humilde.

—Entonces no digas que me conoces, porque claramente estas equivocado —chista el británico, desviando la mirada con desazón—. Ahora déjame en paz.

Luka se suspende en el pequeño cuarto, balanceando la posibilidad de que, en efecto, se haya hecho una idea errónea de el en su cabeza. Si Félix no era aquel sujeto de apacible, dotado de un muy educado vocabulario. ¿Quién era entonces? Decide sentarse a su lado, cabizbajo.

—Si eres así…—musita Couffaine— ¿Verdad?

—Ya te respondí. Y no sabes cómo odio repetir las cosas —farfulle—. Esta es mi verdadera personalidad ¿Ok? Si vas a actuar decepcionado, lo siento por ti. No quise darte otra impresión.

—No. Yo creo…que eres ambos —sisea Luka, sopesando una sonrisa desganada—. Pero no retiraré lo dicho. Te conozco. Solo me faltaba ver esta otra faceta tuya. Eres un chico bastante locuaz.

—No te desgastes. Ya lo he escuchado mil veces antes —exhala molesto el inglés. Se alza del tablón, paseándose por la celda con atisbo agrio—. Que soy altanero, irrespetuoso, arrogante, mal hablado, etc. Que fastidio…

—¿Quién te dijo todas esas cosas tan horribles…? —cuestiona su camarada, preocupado—. No creo que seas nada de eso ¿De acuerdo? Puede que quizás sí, algo medio peleón. Y tienes un carácter irascible cuando te hacen enojar. Pero para que llegues a estos extremos…

—¿Me estás analizando acaso? —reclama Graham de Vanily, clavándole los ojos como dagas en llamas—. No te atrevas.

—Félix —agrega Luka, tras su espalda— ¿A eso te referías en el mercado? ¿Con lo de ser intenso?

—Ya vete, Luka —sentenció Fathom, sin animosidad de continuar la plática.

—¿Puedo saber que pasó entre tu y Marinette?

Carajo. ¿Cómo se ha dado cuenta? Listo. Me terminó por colmar la paciencia. Me giré a tomar un vaso de madera mal oliente que había en el suelo y lo azoté repetidas veces contra los barandales de fierro. El ruido fue canoro. Uno de los guardias entró encandilado y apaleó una espada contra los barrotes. Todo esto, para que me calmara o alejara. Lo que pasara primero. Couffaine fue arrastrado afuera de la cámara, siendo expulsado del recinto como un visita non-grata. Yo no estaba para medir consecuencias. Lamentaba eso sí, tener que pasar una noche en este lugar. No por la incomodidad de su horrible aspecto. Si no, como una forma de lograr despejar mi cabeza de aquellos pensamientos tan intrusivos y violentos. Al menos estando en prisión, saco provecho de algo de silencio psicológico.

Aunque aún vea su reflejo a mi lado, como una sombra difusa que me acompaña.

No es justo…

[…]

—¿Qué Félix hizo, que?

De vuelta al castillo de los Bourgeois. Esa tarde.

—¿Tío Félix está en problemas, mamá? —consultó Emma, con la inocencia de costumbre.

—Lo siento. Pero es lo que pasó —explica Luka, abatido—. Ahora mismo está en un calabozo y la única forma de que salga, es pagar la fianza.

—No puedo creer lo que escucho —protesta Marinette, irritada— ¿Pero ese tonto que pretende?

—¿Por qué te sorprende tanto, Dupain-Cheng? —murmura Chloé, con ambos brazos cruzados— ¿Acaso nunca viste a Félix de belicoso? —bufó—. Se ve que tú y él no se conocen tanto como pensé, eh. Creí que eran más íntimos.

—¿Perdona? —la condesa frunce el ceño— ¿Qué insinúas? Félix es un chico muy tranquilo y no le gustan los conflictos.

—Por supuesto que lo es. Solo hasta que le tocan los cojones —bufa la rubia—. Me pregunto que tanto le habrás hecho para que ande de mal genio y se desquite con el primer puerco del mercado.

—¡¿Ahora la culpa es mía?! —le reprocha.

—Siempre la culpa es de las mujeres. ¿No te enteras? —resopla—. Si no fuéramos tan caprichosas, quizás ellos no se volverían locos intentando comprendernos.

—Que comentario tan machista... —Dupain-Cheng rehúye de su mirada, nauseabunda.

—Señoritas, disculpen. Con todo respeto —agrega Couffaine, liado—. Este no es el mejor momento para hablar sobre las conductas cuestionables de Félix. Él es…mi amigo. Creo que debemos ayudarlo, después de todo lo que ha hecho por nosotros. ¿No les parece?

—Ja. A mi ese no me ha traído nada bueno —Bourgeois se encoge de hombros, con altivez— Es mejor que se quede dónde está. Dará menos problemas, créanme.

—Lady Bourgeois…—musita el herrero.

—Realmente no estoy interesada en saber que conflictos tienen tu y Félix —acota Marinette, con actitud huraña—. Pero en lo que a mí respecta, no me es ningún aporte que esté preso. No ahora que debemos avanzar.

—¿Avanzar? —protesta Chloé, frustrada— ¡Oigan! A mí nadie me ha dicho que ya se iban. ¿A dónde van? No pueden dejarme aquí botada.

—No estás botada, Chloé —gruñe la peliazul, cogiendo su abrigo—. Vives cómodamente en estas cuatro paredes, protegida de todos. Agradezco tu hospitalidad, pero nos vamos ya. Emma, ve por tus cosas —demanda—. Luka, ensilla los caballos.

—¡N-no! ¡Es-esperen! ¡Alto! —la rubia los detiene en la entrada, haciendo amago de su cuerpo contra la puerta—. No pueden irse aún. Félix me dijo que me ayudaría a encontrar a mi hermana.

—Ah ¿Sí? —rebate Marinette, con la ceja alzada—. Pues a mí no me comentó nada de eso.

—Tal vez te lo dijo mientras te vestías y no lo escuchaste —insinúa con morbosidad, la duquesa.

Luka no tarda en caer en cuenta y se rigidiza en su lugar, sutilmente ruborizado tras lo escuchado.

¿Cómo mierda se ha enterado? Óyeme, tu —objeta en respuesta, con dos venas sobresaliendo de su sien. No tarda en abalanzarse hacia la muchacha, tentada a atacarla—. No te atrevas a meterte en donde no te llaman. Me importa una mierda que seas una noble. O si tienes un pasado oscuro con Fathom. Pero te advierto que yo no soy el. Conmigo vete con cuidado ¿Me escuchaste?

—No me amedrentas, Dupain-Cheng —reniega Chloé, suspicaz—. Conozco muy bien a las de tu tipo. ¿No te da vergüenza? ¿Hacer que un duque de buena familia y honorable renombre caiga en pecado? Y encima tienes una hija.

—¿Por qué lo haría? —le endosa con vanidad, la fémina—. Tu fuiste la primera en encargarse de eso. ¿O me equivoco? No creas que no estoy al tanto de que su compromiso fue arreglado a causa de eso. Y por lo demás, la hija no me la hizo el —añade, soltando una risita sarcástica—. Pero quizás…quien sabe. Capaz y me den ganas de tener otra y lo elija para tal proeza. Je…

Mierda. Las mujeres son…—Luka da un paso hacia atrás, despavorido.

—¡Maldita! ¡¿Cómo me dices estas vulgaridades?! —chilla Chloé, completamente humillada y abochornada— ¡Guardias! ¡Guardias! ¡Detengan a esta insolente!

Seis de los escoltas que resguardaban la gran morada, no tardan en rodearlas con escudos y espadas. Emma se refugia en el regazo de su madre, atemorizada por semejante contingente. Y es que, en número, les superan. Marinette desenvaina su espadín, en un acto de total rebeldía. No teme a matarlos a todos. Ya ha peleado con esas criaturas espantosas. ¿Qué más da, tomar vidas nuevas? El pobre herrero sin saber dónde esconderse, se reúne con la muchacha; entregando su fiel devoción a ella.

—¡Por favor! ¡No hace falta que terminemos así! —reverbera Couffaine, enmarañado— ¡¿No podemos solo hablarlo y ya?!

—Aparta, herrero —articula Marinette, aniquilándolos con la mirada—. Si tengo que comerme sus cabezas, lo haré.

Esto no es lo que querría Félix…—le transmite el varón, turbado.

¿Y qué quieres que haga? —barbulle— ¿Se te ocurre algo mejor?

Hay momentos en la vida de una persona, en donde solo un punto de inflexión, puede cambiar el transcurso de toda una historia. En esta situación, no sería la divina providencia ni mucho menos la caída de un meteorito. Si no más bien, un atolondrado soldado que con el aliento casi al expirar, notificaba aterrado el devenir de lo siguiente.

—¡Humos al norte, lady Bourgeois! ¡Nos están atacando!

—¡¿Qué dices?! —Chloé brinca pasmada frente a su anuncio, corriendo hacia el ventanal para informar a viva voz— ¡Hagan sonar las alarmas y que todos los aldeanos se refugien detrás del puente! ¡De prisa! ¡Esas cosas nos atacan!

—¡No! ¡Mi señora! ¡No son zombis!

—¿Cómo no? —cuestiona la rubia, confundida— ¿Y entonces qué? ¿ingleses?

—Me temo que…son de los nuestros…

Chloé, Marinette y Luka intercambian miradas solapadas, sosteniendo la escena en un ambiente sepulcral. Ninguno de los tres logra dimensionar quien es el insospechado invasor. ¿Podrían ser los Agreste quizás?

Al mismo tiempo, la urbe cae presa de un caos colectivo. Los aldeanos huyen despavoridos frente a lo que intuyen, es una horda salvaje de cadavéricas personas en busca de carne humana. Alertados por las campanas de la parroquia mayor, siguen un estricto protocolo impulsado por los proceres del poblado. Mujeres y niños primero, hacen abandono de sus casas. Los más ancianos les siguen. Los hombres más jóvenes se reúnen en la plaza de la villa, provistos de armas rudimentarias; modificadas especialmente para matar zombis. No obstante, ninguno de ellos es avistado a lo lejos. ¿Quiénes serían tan audaces de interrumpir la calma de la ciudadela? Los pocos guardias que aún se encontraban apostados en las cárceles, liberan a los reos como es acordado estratégicamente. Da igual que penas cumplen, todos deben ir a luchar. Félix está confundido. Mas no se queda demasiado tiempo circunspecto para pensarlo dos veces y coge una daga, buscando la salida.

Su primer pensamiento de la noche al día, es Marinette y Emma. Un jovencito le llama a lo lejos, invitándole a unirse a las tropas de defensa. Premeditadamente, una lluvia de flechas en llamas azota los techos de las casas. Son personas. No bestias. Fathom yace resguardado a la par del carnicero que no presta mayores premuras en darle cobertura. En momentos de crisis, al diablo las disputas.

No muy a lo lejos, tropas a caballo se abalanzan briosas contra los campesinos y la batalla da pie a una campal masacre. Graham de Vanily divisa a un cabecilla en particular, que lleva una armadura tórnasela color dorada. Porta el estandarte de los Bourgeois. Ya ha visto casos como estos. ¿Es una emboscada del tipo golpe de estado o qué? ¿Chloé está atacando a su propia provincia? No. Es algo más…

¿Qué demonios pasa?

Menguada la resistencia, que en su mayoría son solo iletrados pueblerinos; su insospechado líder desciende del corcel. Clava vehementemente la bandera contra el lodo y se quita el yelmo, desplazando una rubia cabellera que al son del viento, se remueve gallarda. Félix es el único que la ha reconocido entre tanta anarquía. Es Zoé, sin más ni menos. Acompañada de al menos diez galantes caballeros que la escoltan hasta las puertas del castillo.

Por supuesto que no está sola. Es custodiada de cerca por la sombra de otro caballero de cota negra, que no revela su identidad. La muchacha se anuncia con el atrevimiento de una diosa solar.

—¡Ciudadanos de Saint Bourgeois! ¡He venido en son de paz para traer gloria a esta provincia! ¡Depongan las armas! ¡No soy su enemiga! ¡Vengan conmigo! ¡Los rescataré!

¿Pero que carajos? Fathom parpadea absorto frente a su intromisión. ¿Por qué Zoé atacaría a su propia hermana? Algo aquí no le han contado de la historia. Se encamina sigiloso hacia el frente norte, simulando ser un incauto viajero que evita el contacto visual para no ser descubierto. Analiza primero la situación, cavilando si es buena idea intervenir o no. Chloé brota del interior de su morada, seguida de sus invitados un poco más atrás. Y un circunstancial puñado de leales soldados, que no son más de diez. Los consternados lugareños, se miran entre si escudriñando respuestas. No comprenden.

—¡Zoé! ¡¿Qué crees que haces?! —chilla la duquesa, apocada— ¡¿Por qué atacas a tu propia familia?! ¡¿Estás demente?!

—¡Se acabó, Chloé! —determina sin dobleces, su hermana— ¡Te advertí que si no liberabas al pueblo lo haría yo a la fuerza! ¡No hiciste caso a mis demandas y ahora me tocó actuar!

—¡¿Liberar?! —refuta Chloé— ¡Pero si yo no tengo a nadie preso aquí!

Algunos aldeanos, sueltan las armas y dan cuatro pasos hacia atrás. Parece ser, que su versión de los hechos no se ha visto reflejado en el descontento de otros. ¿Acaso Chloé me había mentido? ¿Qué es esto? ¿Es una especie de tirana o algo así?

—¡Las quejas son demasiadas! ¡No puedes seguir elevando los impuestos de esta manera! ¡Y los muertos no vivientes se acercan por el sur! —advierte por última vez— ¡Debes abandonar este sitio ahora mismo! ¡O lo tomaré! ¡Tienes 10 minutos para salir con las manos en alto y rendirte! O perecerás.

—¿Se ha vuelto loca? —farfulle Bourgois, con altivez—. Yo jamás me inclino frente a traidoras desviadas, tsk.

—¿Tirana? —cuestiona Marinette, liquidándola con la mirada— ¿Así que eso eres? Ya veo. Con razón querías que Félix te ayudara a buscar a tu hermana. Querías tenerla presa para así acallarla ¿No es así? Maldita mocosa.

—¡No es lo que parece! ¡Mi hermana delira desde que la excomulgaron! —se defiende la ojiazul, entorpecida— ¡Tiene al diablo metido dentro! ¡Guardias! ¡Captúrenla!

Pero los vigías se limitan a mirarse entre sí, abatidos. ¿Cómo van a apresarla? Les rebasa en números. Y tampoco son tan imbéciles como para seguir jurándole honores a una malcriada que tiene a su pueblo en contra. Instintivamente, deponen las armas. Estas, caen al suelo.

—¡¿Qué creen que hacen traidores?! —grita enfurruñada la duquesa— ¡Los voy a colgar de los pies!

No si antes te cuelgan a ti, tonta —dijo uno por ahí.

—¡¿Qué?! ¡Esto es ridículo! —chilla, zapateando el suelo como una cría— ¡Totalmente ridículo!

—Ya escuchaste a tu hermana —sentencia Marinette, apuntando el filo de su espada al cuello de esta—. Entrégate o serás comida de zombi.

—Tsk…todos ustedes son unos tontos —berrea Chloé, levantando sin más, las manos—. Incultos, ignorantes. Ya verán cuando la pobretona de Zoé los haga comer harina cruda y habichuelas todo el año. Se van a arrepentir.

—Camina, odiosa —insta Dupain-Cheng, empujándola por la espalda.

¿Será este el mejor momento para entremeterse? Noto como Chloé sale con manos elevadas en son de paz y sus escoltas, se unen a las filas de Zoé. Marinette le sigue. Me abro paso entre el tumulto de gente para tomar palco del asunto. Pero uno de sus hidalgos me retiene y de un certero puñetazo en la nuca, me tira al suelo. Me cogen entre dos y me arrastran por el polvo hacia sus pies. Dios, cuanta hostilidad.

—¡Mi señora! ¡Hemos capturado a un insurrecto! —revela uno de los hombres—. Se estaba acercando como un malhechor a usted.

—Ah, joder —protesta Félix, adolorido—. Insurrectos mis pezones. Solo quería hablar con ella.

—Y que mal se expresa —se queja el soldado.

—Que delicada saliste, amiga —se mofa el inglés.

—¡Un momento! —Zoé hace una pausa, examinando de cerca la compleja fisonomía del "extraño". No tarda en caer en cuenta, de quien es en realidad— ¿Félix? ¿Eres tú? ¿Félix Fathom?

—Lo que va quedando de él, como puedes ver —sisea Graham de Vanily, magullado—. Hola. Ha pasado un tiempo, Zoé.

—¡Libérenlo! —ordena la fémina, con la potestad de su cargo— ¡Es un viejo amigo mío!

—¿Amigo? —repara un militar—. Creí que había dicho que no tenía amigos.

—Bueno, ahora tengo uno —decreta Lee, iracunda— ¿Algún problema con eso?

—N-no, mi señora. Ninguno realmente…—niega atolondrado el varón, soltándolo de las muñecas—. Todo suyo…

—Duque…que alegría ver un rostro familiar aquí —expresa jocosa la ojiazul, brindándole un cálido abrazo que, a varios, desconcierta—. Vaya, cuanto has crecido. El tiempo no es indulgente con nosotros. ¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Es una larga historia —manifiesta de regreso, bosquejando una mueca jovial en respuesta—. Pero con gusto te la cuento. Siempre y cuando, perdones a mis amigos. No teníamos idea de que tú y Chloé se llevaran mal. Ella me contó algo…muy distinto.

—¡Jajaja! Félix —carcajea divertida, la muchacha. Lo levanta del suelo— ¿No fui yo acaso la primera en advertirte de cómo era mi hermana? Santo dios. Los años transcurren lánguidos, pero sigues siendo el mismo chiquillo confianzudo de siempre.

—Créeme —carraspea Fathom, divisando a Marinette a lo lejos—. Ya no soy el mismo que conociste antes.

—Si…—Zoé le sigue con la mirada, picaresca—. Ya lo veo —le da una palmada violenta en la espalda— ¡Vamos a celebrar mi victoria con un banquete! —apunta hacia sus filas—. De camino acá hemos capturados unos jabalíes y un par de ciervos. ¿Aun te gusta el guiso porteño? Con papas y un poco de manzana.

—Sigue siendo uno de mis favoritos —admite azorado.

—¡Vamos a disfrutar entonces! —alza con jolgorio la chica, siseando en su oído— Y de paso me presentas a esa hermosa chica que veo ha capturado tu atención, jeje.

Zoé no ha cambiado en lo más mínimo. Desconozco las inclemencias por las cuales ha tenido que atravesar reticentes caminos. Pero agradezco al universo que tales proezas no la hayan hecho ser una mujer cruel o distinta a lo que alguna vez fue. Sigue siendo la chica gallarda, arrebatada, rupturista, con cual entablé un vínculo de antaño. A diferencia de esos años, solo estaba reprimiéndose. Fui el único que, de alguna forma impetuosa, la llegó a captar en propiedad. Por eso no me sorprendió cuando abandonó el convento. Vamos, ella no es para esas cosas. Seguramente sus padres la habían enclaustrado como una forma de reprimir su esencia más empírica. No la culpo. Mis papás hicieron lo mismo cuando me comprometieron a la fuerza con Chloé. Yo creo que, en el fondo, temían que fuese un hijo de puta de esos que gozan del placer mundano y el goce de la libertad sin adeudos. Estoy consciente de que repito a diario, que lo mío con ella fue un error. Una cosa de una noche. Sin embargo, ya me cansé de aparentar que no lo disfruté a rabiar. Tal vez si me hubieran dejado escribir mi propio destino, sería un solterón empedernido. De esos que viajan por el mundo sin ataduras y probando toda clase de pecaminosas suculencias del hombre.

Para mi sorpresa, resultó ser que no hubiera funcionado. Pues, no soy aquel. Ahora mismo, me declaro fiel servidor de una sola perenne religión. Los ojos de esta mujer. Que ilícitamente rehúye de mi mirada como si fuese la peste encarnada.

—¡No dejen de bailar! ¡Jajaja! —Zoé alza su copa— ¡Salud!

Hay toda clase de festividades en el ambiente. No solo en el mini palacio. Los pobladores también han montado su propia celebración en posteridad a una paz prolongada; semi prometida. Me atrevo a declarar, que Zoé no era tan distinta a su hermana sobre este asunto. Se que no son la misma persona, pero siguen siendo gente noble. Entes que nacieron para gobernar y ser lideres. Guías de luz frente a las sombras. Si en esta época coexistían unos menos crueles que otros, ella era la diferencia. No obstante, entre reglones la hija menor de los Bourgeois aspiraba casi a lo semejante. Poder y supremacía frente a otros más desdichados. Aunque sus políticas públicas fueran más condescendientes. Podía tolerar a Zoé, dentro de lo que me cabía a mis credos. Lo que no consigo es volver a vestir ese jodido hábito. ¿Qué mierda me pasa? Me he arrojado al abismo de lo fútil y por alguna razón inexplicable, no siento culpa por eso. Solo deseo, que Marinette…

—¡Fathom! —exclama Zoé, derrapándose sobre su asiento—. Aun no me presentas a la chica. ¿Quién es? ¿Tu nueva novia?

—No…—musita acongojado—. En realidad, es la esposa de mi primo. Bueno, su ex esposa, creo…

—Joder —bufa Lee, sorprendida—. Así que ahora te dedicas a robar esposas ajenas. Tienes que darme esa receta.

—Por favor, no bromees con eso —sisea Fathom, malogrado—. No ha sido nada de fácil. Supieras por todo lo que hemos pasado para llegar aquí…

—La malcriada de mi hermana me ha contado algo —revela la rubia, bebiendo un extenso sorbo de vino—. No me mires así. Está encerrada en su cuarto. No es un calabozo, pero tampoco podía ser tan maldita como ella quisiera. Es solo que le he dado una visita esta tarde —completa—. "Marinette Dupain-Cheng". Una condesa francesa ¿Eh? Tiene una hija. Ya fue despojada por alguien más. No es la clase de mujer que lady Amelie querría para ti, pero ¿Quiénes somos nosotros para juzgar eso? Mírame a mí. Una excomulgada.

—En eso ultimo somos dos.

—No me voy a molestar en preguntarte por qué te excomulgaron a ti. Razones de sobra habrá y la verdad no me importa —carcajea de manera infantil—. Ya no sigas atado a viejas creencias arcaicas, Félix. Somos lo que somos. Siempre fuiste esto. ¿Por qué pareciera que ahora te avergüenzas?

—A diferencia de ti, tuve que fingir por un tiempo ser un monje anglicano —explica Félix, rellenando su copa de vino hasta colmarlo—. Supongo que la vida me dio una segunda oportunidad.

—Ay, por favor. No me vengas con el cuento de que simulaste ser un hombre de bien —plasma Zoé, restándole importancia—. Félix, no necesitas vestir como un religioso para serlo. Esas son estupideces de viejos obsoletos.

—¿Qué insinúas? —cuestiona embrollado.

—¡No insinuó nada, tontito! —reverbera, animada—. Solo digo que todos tenemos un tipo de fe en nuestros corazones. No hace falta vestir esa mierda, para probarle al mundo que eres una persona superior. O que eres bueno de adentro. Siempre me pareciste un chico increíblemente sensible. Deja esas ataduras para pendejos perdidos. Tú has recorrido el buen camino siendo como eres. ¿De acuerdo? No seas nadie más que tu —le guiñe el ojo—. Iré a bailar. ¡Será mejor que invites a la chica o te la robo yo! ¡Jaja!

¿Qué ha querido decir con eso? Vale. Se que dije que Zoé no había cambiado. Pero ahora que la veo más mayor y mucho más libre de ser quien es, comienzo a dudar de mi propia voluntad. ¿No se supone que yo era un pequeño "monstruito" según Colt? ¿Por qué carajos entonces me esforcé tanto en demostrar lo contrario? Ese día que naufragué en una inhóspita isla de Cantabria, me lograron convencer que lo que fui alguna vez en Inglaterra, ya no era. ¿Y si siempre fui? ¿Y si realmente dos personalidades habitaban dentro de mi corazón sin darme cuenta? Por muchos años me consideré un hombre espiritual, creyendo que no lo era. Pensé que estaba perdido. Que deambulaba por el abismo de la delgada cuerda floja entre el bien y el mal. ¿Y si soy ambos? ¿Es eso lo que me quiso transmitir? ¿Qué tal si solo…lo intento una vez más? ¿Podría lograr que Marinette comprendiera mis sentimientos sin mal pensar nada? ¿Ella estaría dispuesta también a abrirse a mi como una flor de loto en primavera? ¿Puedo tentarme a ser directo con ella una vez más?

Me levanto del asiento. Contemplar a una ocurrente Zoé tejer danzas con desconocidos en el salón, me estimula a intentarlo también. Si ella puede ¿Por qué yo no? Marinette está sentada aun en la mesa. La percibo, letárgica como si estuviera fatigada de un día arduo de trabajo. No me importa. He leído cada suspiro endeble que escapa de aquellos exquisitos labios. No está cansada. Solo aburrida. Yo voy a entretenerla. Y sin miedo al rechazo, la invito a bailar conmigo.

—¿Bailamos?

Le ofrecí mi mano. Luka es quien nos observa socarrón desde una esquina. Él ha descubierto todo el cortejo de principio a fin. Sonríe satisfecho. Marinette me ha aceptado y la impulso hacia el salón. Nos acoplamos como dos piezas perfectas de rompecabezas y bailoteamos al ritmo de la melodía. Intercambiamos un par de chistes malos. Ella me comenta algunas aprensiones sobre cosas triviales. Yo le sigo el juego y acoto disparates de humor negro. Ríe hasta que las mejillas le arden y dos hoyuelos le sucumben en los pómulos. No he dejado en el olvido la maravillosa noche que pasamos juntos. Pero si las preguntas que tanto daño me hicieron. Ya no voy a cuestionarme nada. Sea lo que me haya dicho, es cosa del pasado. Y pretendo ser su certeza del mañana.

El reloj marcaba las 3:50AM de la madrugada y extasiados de tanto alcohol, comida y baile nos despedimos en la penumbra de los escalones, como dos amantes indiscretos. Personas que simulaban ser dos extraños, pero totalmente desnudos en alma y corazón. Mis intenciones eran dejarla en su cuarto y retirarme al mío, sin mayores preámbulos. Sin embargo, en cuanto di dos pasos afuera del lugar, me atajó de la muñeca. Me vi forzado a voltear a verla y su mirada se clavó en la mía como una estaca fulminante de pasión. Otra vez, ese talante acaramelado que me embelesaba hasta las entrañas. La manera en la que esta mujer me mira, es sublime. No dice nada. No emite palabra alguna. Pero dios, que no hace falta. Me toma de las manos, transmitiendo toda la lujuria que una mujer seducida por mis encantos, puede otorgarme. Y yo ¿Cómo puedo rechazarla? Si es un juego o no. ¿A quién mierda le importa ya?

Es otra noche en vela que pasaré. Nos fundimos dentro de su cuarto, en un beso ahogado que me roba el aliento. Es más ansioso que el anterior. Me despoja de la camisa y me tira a la cama.

"Yo soy su esclavo. Ella mi musa más absoluta. Mujer hermosa de cabellos azabache, cejas de arco y ojos que queman. Dame tu amor. Hazme tuyo ahora y por siempre, hasta que la muerte nos separe"

[…]

—¡Me rehúso a seguir esperando!

De regreso a Le Mans. Mansión de los Agreste. Anochecer.

—¡¿Se dan cuenta?! ¡Han pasado semanas y no he tenido ni una noticia de mi hija! —crítica Adrien, arrojando la silla hacia un costado del salón—. Lo siento, pero esto es culpa de ustedes dos. Sobre todo, tuya, mamá. No tenías por qué ser tan cruel con Marinette. Si tan solo hubieran aprendido a llevarse bien, ella no se la hubiera llevado.

—¿Llevado? —chista Emilie, con semblante abombado—. Abre los ojos, niño. Marinette secuestró a mi nieta.

—¿Lo ves? Ahí vas de nuevo con lo mismo —gruñe el médico, malogrado— ¿Cuándo será el día en que te des cuenta de que Marinette es la madre de Emma y, por tanto, tiene todo el derecho y poder sobre ella por cuanto le sea permitido?

—Llámala como gustes —rezonga la fémina—. Una persona que se lleva a una menor de edad por la fuerza, para mi es una delincuente.

—Emma no se fue obligada, cariño —comenta Gabriel, sentado en un rincón del sermón—. Ya no nos engañemos entre nosotros.

—¿Y tú de qué lado estas? —le endosa su cónyuge—. Eres un traidor.

—Claro…porque siempre he estado del tuyo —rebate el señor Agreste, hastiado con el mismo redundante discurso de frustración por parte de su esposa. Esta vez, la encara sin reservas—. Emilie, debes comprender que la situación ya cambió. Y discúlpame si sueno rudo contigo, pero ya no apoyaré esta barbarie de seguir usando a Emma para encontrar una cura. ¿Si quiera dimensionas lo que estábamos dispuestos a hacerle? Además, la sangre de la chica es buena, pero…no es tan pura como pensé.

—Tu provocaste esto. ¿Y ahora te quieres dar por vencido? —farfulle, alucinada—. Me casé con un debilucho.

—Un momento —cuestiona Adrien, sorprendido con semejante revelación— ¿Como es eso de que no es pura?

—Pues no lo es, para mi pesar —se encoge de hombros, frustrado—. Y aunque le moleste a mi amada esposa, posiblemente yo sea el responsable de eso. No vengo de una cuna muy noble que digamos.

—¿Eso que tiene que ver? Si fuera así, ninguno de nosotros entonces podrá aportar algo —indica el menor de los Agreste, recibiendo a cambio un mutismo que le ha helado el pescuezo—. Por todos los cielos. ¿Entonces ya está? ¿No hay más que hacer? ¿Se acabó? Tantos años para nada…

—Me sorprende que no estes molesto tras saber la verdad sobre el origen de este virus —debate su madre, con voz agria— ¿No vas a decirnos nada?

—¿Qué les voy a decir? —exhala el joven doctor, cogiéndose la sien—. Lo hecho, hecho está. La muerte de ninguno de nosotros sirve de nada. Si estoy algo decepcionado por lo que hicieron. Pero no soy yo quien los va a juzgar en la hora final. Y tú, mamá. Tu mejor que nadie lo sabe.

—Pues yo tampoco me voy a quedar de brazos cruzados —chasquea los dedos—. Nathalie, hazla pasar.

Adrien da un paso hacia atrás, confundido por los nuevos planes que tuercen el rumbo de la conversación. Desde el interior del vestíbulo, se alza una sombra conocida para los integrantes. Se trata de Lila Rossi. La boticaria del poblado. Se presenta con una sonrisa dócil y sumisa, como quien no le ha hecho daño ni a una mosca.

—Creí que nunca me llamarían, señores Agreste —asiente jocosa, la chica—. Un placer poder serles de ayuda nuevamente.

—¿Qué hace ella aquí? —niega el rubio, inoportuno—. No. Lila no.

—Gracias, Adrien —ironiza la morena—. A mí también me da mucho gusto verte.

—¿Qué está pasando? —insiste.

—Dado que no hay un solo ser vivo en este espantoso lugar que pueda ayudarnos a rastrear a mi nieta, contraté los servicios de Lila para ello —sentencia Emilie, templada—. Es la chica ideal para este trabajo. Tiene contactos por todo el reino y, además, es muy hábil con ciertas preparaciones.

—Saldré al canto del gallo, madame —Rossi acepta satisfecha, sus demandas—. Ya tengo todo listo.

—Esto tiene que ser una broma —acusa Adrien, cada vez más intranquilo—. Lila no es una buena persona. Ella sería capaz de lastimar a Marinette con tal de hacerles caso.

—¿De qué me acusas, Adrien? —cuestiona, simulando inocencia.

—¿Acaso niegas que intentaste envenenarla la noche de nuestra boda?

—Yo jamás haría algo como eso —se defiende la boticaria, frunciendo el ceño con avidez—. Soy inocente. A mí que me registren.

—Si, claro —rebate el chico—. Siempre sentiste celos de que no te haya elegido a ti para casarme.

—Con todo respeto, joven Agreste. Tampoco es que seas el mesías encarnado —ríe sarcástica—. Eso ya fue superado. Lo de Marinette fue algo fortuito nada más. Posiblemente algo que comió y le cayó mal. Que no se te olvide que fui yo quien le salvó la vida.

—Obvio. ¿Quién más iba a hacerlo? Quien crea el veneno, sabe cómo curarlo —proclama el ojiverde, desengañado—. Tan tonto no soy.

—Suficiente de estupideces —Emilie Agreste ha arruinado la escena criminal, erradicando toda sospecha de asesinato con tal solo un gesto facial—. Lila ya sabe qué hacer. Será mejor que todos esperemos a tener respuestas suyas.

—Exijo ir —demanda el menor de los Agreste—. No confío en esta mujer. Nino vendrá conmigo también. Sabe reconocer cuando una comida sabe a muerte.

—Deberías dejar de leer tantas fabulas fantásticas, Adrien —sisea Lila, con sutil especulación de amenaza y una sonrisa maquiavélica en los labios—. Si quisiera matarte, el veneno sería lo último que usaría en ti. Buenas noches.

Los progenitores no parecen mostrarse amedrentados con un simple chantaje infantil. Subestimar a personas de estratos inferiores, los ha posicionado en lo alto de la soberbia. Pero para Adrien, es solo cuestión de tiempo. Conoce lo que un corazón dolido puede llegar a provocar. Sobre todo, si se trata de una chica como Lila. Quien ha hecho incontables atrocidades, para ayudar a la investigación de su padre. Entre tantas, secuestrar personas honradas; que terminaron como conejillos de indias. Aunque hayan sido indigentes que nadie extrañaría, eso no la expía de sus pecados.

No logra pegar un ojo esa noche. La ansiedad lo invade hasta arrebatarle el sueño. La presencia de Rossi en los pasillos de la morada, le ha obligado a permitir que su escudero duerma sentado en la entrada de su recamara. Para su mal pesar, no logrará calmar esa angustia, hasta al menos comprobar que sus intenciones no son con fines morbosos.

—¿No deseas que vaya por un vaso de leche con miel? —consulta Lahiffe, afligido—. Te ves pálido, amigo.

—Podría haberle echado algo a la vajilla —comenta alarmado, el rubio—. Será mejor que no salgas esta noche. Si te urge ir al baño, tengo una bacinica bajo la cama.

—Adrien —Nino se levanta en medio de la penumbra, arrimándose a el—. Gracias. Pero no compartiré mis orines contigo. Además, no te ofendas. Pero estás un tanto obsesionado con el tema. Deberías relajarte. Mañana nos espera un largo viaje.

—No finjas que no estuviste ahí. Tú lo viste, Nino —expone Adrien, nervudo—. Lila fue la última en darle de beber a Marinette esa noche. Cuando comenzó a vomitar esa cosa…oscura, sentí que moriría con ella.

—Pero no murió. Ni tu tampoco. Y estamos aquí en tu casa, a salvo —le apacigua en respuesta, meditabundo—. Los señores Agreste jamás dejarían que la chica te haga algo. Tienes un bonus a favor y es que Lila está loca por ti.

—"Loca" —repite el Agreste, en una sonrisa torcida—. Es justamente eso lo que me inquieta. Su sanidad mental.

—Por lo mismo la acompañaremos. Para asegurarnos que traiga a Emma a salvo y nada malo pase ¿De acuerdo? —Nino le arropa, para regresarlo a las colchas—. Ahora, a dormir. Ya no te mortifiques. Cuando te agitas me pones nervioso, joder.

—No recuerdo cuando fue la última vez que dormimos bien, tú y yo —manifiesta el doctor, con la mirada contra el techo—. Desde que esas cosas aparecieron,

—Oye…lo de tus viejos…—el joven escudero hace una pausa, desviando la mirada—. Es un poco macabro ¿No crees? Ha decir verdad, lo hubiera esperado de todos. Menos de ellos. ¿No te incomoda?

—¿Te digo la verdad? —lo mira a través de las sombras—. Estoy aterrado. Ya quiero largarme de aquí para no volver.

—¿Incluso si son tus padres?

Adrien se remueve bajo las sábanas, girándose hacia un costado para regalarle la espalda y dar por finalizado el tema.
Con una confesión amortiguada contra la almohada, murmura.

Ya no sé, ni quienes son…

Un joven gallo de plumas azules, eleva vuelo en un salto brioso hasta posarse sobre el tejado del cobertizo. Los primeros cacareos dan la bienvenida a una nueva mañana. El sol, da su saludo habitual por el horizonte, iluminando el rostro de tres muchachos que montan corceles de armadura y estribos sueltos. Son despedidos por el albor de una ama de llaves abnegada y algunos sirvientes. Los señores de la casona, ni se han molestado en resurgir a su partida. Para Adrien, es mejor así. Odia las destronadas andanzas. Y tampoco sabe muy bien como mirarlos ya.

A galope flemático, retoman rumbo hacia las montañas boscosas, perdiéndose finalmente en el frondoso bosque que brota desde lo más apartado. Lila sabe por dónde empezar. Lleva consigo un mapa de todo el territorio libre y también está al tanto de pasos y rutas que debe esquivar, por si se topa con ingleses o zombis. Durante el trayecto, se detienen a beber agua y descansar las piernas. Toman alturas para contemplar valles y caminos comprometidos. Sin mucha premura, avanzan en dirección oeste. Sus informantes le han declarado haber visto pasar a un monje y una niña un par de semanas atrás. Las huellas se han desvanecido producto de las lluvias torrenciales. Sin embargo, Rossi es muy avispada y se jacta de haber transitado esos parajes en busca de plantas y raíces. Adrien y Nino la siguen casi a ciegas, esperando que su instinto más remoto los guie sin malas novedades.

Al cabo de una semana a trote, llegan finalmente al ducado de Flandes. Lila consigue apreciar las costas a escasos metros de ellos. Algunos barcos han atracado a puerto. Pero no logra distinguir a quien pertenece tales banderas. Nunca vio nada igual. Hace una pausa, deteniendo el viaje de manera abrupta. Los invita a tumbarse de vientre y declara.

—No podemos pasar por el bajo. Hay zombis por la ladera izquierda. Y soldados que no reconozco por la derecha.

—¿Estuviste en el ejercito? —pregunta Nino, acostado a su lado.

—No. ¿Por? —Lila arquea una ceja.

—Es que, joder. Eres muy buena en lo que haces —halaga el varón—. Gracias a ti no tuvimos que enfrentarnos a nada más que el inclemente frio del invierno.

—Gracias, supongo —le resta importancia, reanudando su vigía con ayuda de un pequeño telescopio—. Cuando estas cosas aparecieron, papá me enseñó todo lo que sé para evitar conflictos innecesarios.

—Ya veo. Debió haber sido muy inteligente entonces ¿Él era militar? —pregunta el moreno.

—Era proxeneta —confiesa la muchacha.

—¿Eso que es? —Nino no entiende.

—Traficante de prostitutas —aclara Adrien, sutilmente incomodo por su comentario—. Un adeudo bastante poco honorable. Ni le des tanta importancia. De seguro hacía todo esto para evadir a los guardias del rey o no pagar impuestos.

—¿Qué? —Lahiffe se paraliza.

—Se ganaba la vida de alguna u otra forma ¿Sí? —refuta Lila, mosqueada—. Era trabajo.

—Deshonesto —reprocha el Agreste.

—Pero trabajo al fin —protesta, con el semblante agrio—. No todos nacimos en cunas de oro como tú, Adrien. Se ve que nunca has tenido que luchar para alimentar a tu familia.

—No me hables como si supieras lo que es tener una familia —rezonga tedioso, el rubio.

—¿Tú me vas a dar clases de lo que es eso? —se mofa la muchacha, presuntuosa—. Si tu mujer no te soportaba y por eso te dejó.

Oye.

—¡Hey, hey! ¡Muchachos! —Nino pone paños fríos, tratando de apaciguar la áspera disputa—. Por favor, llevémonos bien ¿Quieren? Tenemos una misión y es encontrar a la pequeña Emma.

—Que quede en claro que yo no vine porque me agrade Lila —Adrien se levanta del suelo, fulminándola con la mirada—. Estoy aquí por mi hija.

—Yo tampoco vine por ti, niño rico —aclara la boticaria—. Al igual que tú, estoy por Emma.

—Lo sé. Viniste porque mis papás te deben de haber pagado muchísimo dinero.

—Es trabajo —sisea de forma provocativa— ¿Dirás que es deshonesto encontrar a tu hija entonces?

Gnh…

Cuanta tensión en el ambiente, señores. Nino ya no sabe ya donde meter la cabeza. Ojalá ser un avestruz, en lo posible. De un momento a otro, son alertados por el retumbar de unas campanas en la lejanía. Rossi nota que una llamarada de humo se alza por el norte. Una horda de zombis ataca una pequeña granja de pobladores, que se enfrascan en una pelea sin retorno. Chasquea la lengua frustrada. Ya no podrán cruzar por ahí. Eleva el torso y monta su caballo, volteando los chicotes hacia el sur.

—Tomaremos la ruta del rio de allá —apunta con el dedo—. Pasaremos por esa zona. Nadie nos va a alcanzar.

—¿Piensas cruzar un rio congelado? —protesta Adrien, denegando su demanda—. No. Ni locos. Podríamos caernos y quedar atrapados. Opino que tomemos la ladera oeste —copiando su gesto, se empotra en su garañón—. Sígueme, Nino.

—¡Es-Espera! ¡Amigo! —Lahiffe se excluye atormentado por sus órdenes. No lo ve viable, ya que tal dirección acaba en aquella granja asediada— ¿No sería mejor hacerle caso a Lila? Ella tiene razón. Nadie nos va a seguir a un rio congelado. Sería suicidio.

—Por lo mismo, no pretendo morir aún.

—S-si, pero…

—¿Estás conmigo o con ella? —arguye el médico, en tono amargo.

—Vamos, compadre. No me pongas en una situación tan complicada ¿Quieres? —el pobre escudero se jala de las greñas—. Nadie ha tomado un bando. Es solo que no quiero morir ¿Ok? Entiéndeme…

—Es por eso que los hombres viven menos que las mujeres —Rossi se encoge de hombros, desaprovechada—. Tu orgullo es lo único que va a terminar por matarte, Agreste.

Adrien mira a su camarada. Y luego a Lila. Y luego a su amigo. Y regresa a la muchacha. Termina exhalando bastante injuriado, sin más debates por reñir. Finalmente, asiente. Ha aceptado la descabellada lógica de Rossi y ratifica; contrariado.

—Vale. Te sigo…

[…]

—Carajo, me duele demasiado el estómago —se aqueja Nino, con ambas manos en el vientre— ¿No podríamos aprovechar de descansar aquí? Me cuesta caminar y se me tuerce la espalda.

—Es tu intestino grueso —declara Adrien, haciendo uso de sus bastos conocimientos médicos—. No has defecado en días.

—¿Sí? —increíble.

—Son los riñones —contradice Lila, serena.

—¿Y tú como sabes? —cuestiona Agreste, pasmado.

—Dijo que le molesta la columna y ayer comió nieve cuando le advertí que no lo hiciera —asegura la muchacha, recogiendo un par de raíces del suelo—. Si estaba muy helada y poco limpia, tiene enfriamiento del tracto urinario. Lo mejor será que te prepare un té de estas —le enseña—. Son muy buenas para calmar la hinchazón y relajan las paredes de la vejiga. Busquen leños y agua de pozo para hervir. Nos vemos aquí en dos horas.

—¿Y tú a dónde vas? —parpadea el rubio, impresionado por su declaración. No había cavilado tal información. Y de alguna manera, acepta que podría tener un diagnóstico acertado— ¡Hey!

—A averiguar sobre el paradero de Emma —sisea Lila, separándose de ambos de forma pesarosa.

—Oye…—murmura Nino, abochornado— ¿Serías tan amable de dejar de pelear con ella? Solo está intentando ayudar.

—No confío —masculle el conde.

—Ya sé —el sirviente rueda los ojos—. Pero en serio. Ya debes dejar esta hostilidad o no vamos a lograr nada.

—Mhm…—Adrien desvía la mirada—. Será mejor que busquemos esos leños. Tu ve por el agua.

Poblado de Saint-Bourgeois. 16:10PM.

—No se preocupe, señorita —confiesa una ingenua anciana, del mercado—. Nuestra señora se ha encargado de limpiar las calles da la peste y también ha traído agua fresca de las vertientes. Las montañas de esta provincia están resguardadas de esas alimañas. Así que podrá descansar a gusto. ¿Viene de muy lejos?

—Gracias. Es usted muy amable —acepta Lila, recibiendo los productos dentro de una bolsa de cuero—. No de mucho. A un par de semanas de aquí. Ah. Disculpe. Ha mencionado a una señora. ¿Los Duques siguen con vida?

—Me temo que no del todo —manifiesta la octogenaria—. La familia Bourgeois fue víctima de esas cosas unos años atrás. Pero sus hijas se encargaron de continuar su legado con honor. Aunque hace un par de días, nuestra joven Duquesa fue destronada de su puesto. Por nada más y nada menos que por su hermana —agrega, suspicaz— ¿Puede creerlo? Incluso los nobles tienen sus propias disputas.

Ya veo. Así que André murió. Un segundo. ¿Cómo que destronada? ¿Chloé ya no manda aquí? —Rossi empequeñece los ojos, bajando considerablemente el tono de voz para no ser del todo oída—. Disculpe si sueno entrometida, pero me llama la atención lo que me cuenta. He venido a esta región escapando de esas criaturas. Y me preocupa la situación política de este lugar. ¿Es realmente seguro quedarse aquí?

—¡Por supuesto que sí! Zoé es quien ahora nos cuida a todos —revela la longeva mujer, en una sonrisa jovial—. No quiero parecer una mal agradecida. Pero lady Chloé no era de los trigos muy limpios que digamos. Nos cobraba demasiados impuestos. Demandaba además servirle con mucha mano dura y con esta guerra acuestas, sumado a esas cosas…la cosecha de este año no ha estado muy buena. Nos costó sobrevivir.

¿Quién demonios es esa tal Zoé? Para dar un golpe como ese, sí que debe de tener cojones —carraspea la morena, fingiendo demencia—. Bueno, pero supongo que ahora todo está en calma ¿No? El clima no apremia.

—Por supuesto que sí. Esperamos que este invierno sea bueno para todos. Los silos están llenos de grano y los animales bajo resguardo de lady Zoé —decreta finalmente—. Además, ella ha acogido a muchos forasteros. De hecho, hasta aloja a un par en su castillo. Una joven noble con su hija y un monje anglicano —ríe— Por cierto, son tres francos.

¿Forasteros en su castillo? Vaya. Eso si tengo que verlo— ¿Eh? Ah, sí. Disculpe —le paga—. Consulta. Es que me gustaría una audiencia con ella para dialogar ciertos temas con mi ganado. ¿Dónde puedo ubicarla?

—Gracias —recibe el dinero, apuntando hacia la colina—. Pasando el monasterio, hay un campo de remolacha. En frente, se encuentra el cabildo del pueblo. La puede encontrar ahí por las mañanas hasta el mediodía. Recibe las demandas de todos.

—Muy amable —asiente la boticaria, observando como a lo lejos se alza lo que considera, su destino final— Al fin te encontré, Marinette Dupain-Cheng.

Fortaleza de los Bourgeois. 21:10PM. Salón.

—Déjenme ver si estoy entendiendo —recapitula Zoé, pálida con análogo relato— ¿Entonces estas cosas son creación de los Agreste?

—En palabras más simples, si —sentencia Félix, sentado frente a ella—. Sinceramente, no sé qué más argumentos darte porque desconozco el trasfondo de todo. Pero fue mi propia tía Emilie quien me lo confesó.

—¿Y es por eso que huyeron de Le Mans? —Lee disputa el cuento, indicando ahora a Marinette con preocupación— ¿Tu sabías de esto?

—No. Me enteré el mismo día que Félix lo hizo —declara Dupain-Cheng, a un costado del inglés—. Casi con la misma sorpresa que él. En realidad, escapamos por la seguridad de mi hija, Emma. Escuché a Adrien hablar con la criada sobre…bueno…—aprieta los labios.

—No hace falta que lo repitas. Fathom ya lo ha dicho casi todo —exhala frustrada, la rubia—. Lo malo de esto, es que no sé cómo puedo serles de ayuda. Quiero decir, tengo tropas dispuestas para cualquier batalla. La comida está asegurada durante el invierno. Y mis barcos en puerto, listos para zarpar y dejar Francia de ser posible. Pero pensar en huir…—arruga el entrecejo—. No es viable para mí. No abandonaré a mi pueblo. Supongo que ustedes ya lo deben de saber.

—Estamos muy conscientes —sentencia Félix, tomando la mano de Marinette entre tanto—. Créeme, que no pretendemos hacerte pasar por algo tan bochornoso. Hemos hablado nosotros dos. Y llegamos a la conclusión que deseamos quedarnos. Un tiempo. Al menos hasta que la nieve se derrita y ver que más a donde más ir.

—¿Y a dónde irán? Por favor, no sean tontos —reprocha la Duquesa, paseándose por la sala cual león enjaulado—. Ustedes no se van a mover de mis tierras sin que yo lo permita. La malcriada de mi hermana está en su cuarto, encerrada. Y los ingleses casi se han retirado de Francia. Perdónenme —se toma la cabeza—. No quiero sonar una desalmada, pero lo que hicieron los Agreste de alguna manera nos salvó la vida. Antes de que me calcinen con la mirada, déjenme decirles que nos hicieron un favor. El engreído de Enrique V se cagó en los pantalones cuando vio a sus propios soldados, comerse entre ellos. Bueno, Félix mejor que nadie sabe que el rey profesa la religión anglicana. Básicamente es el líder de su iglesia —ríe, gallarda—. Y como ministro de fe, vio en esto un acto del demonio encarnado. No me imagino que cara habrá puesto cuando Colt mató a su hijo.

—Zoé…—Graham de Vanily se minimiza en su asiento, avergonzado.

—Ya sé. Discúlpame. No es personal —se encoge de hombros, rellenando su copa de vino—. Pero lo siento. Es militarmente la mejor estrategia que he visto en siglos. Los libros de historia no hablarán de esto ¿Saben? Será censurado, como es habitual. Es mejor echarle la culpa a la hambruna y la peste, que a admitir que las personas enloquecieron. En la guerra, todo acto es justificado.

En la guerra y en el amor, todo está permitido…—cita el rubio, cabizbajo.

Silencio sepulcral en el ambiente. Zoé carraspea, rompiendo la incómoda vacilación de su compañero y alcanza a interpelar a Marinette, quien permanece de piedra a su lado.

—¿Algo que decir al respecto?

—¿Disculpa? —despabila la peliazul, embrollada— ¿Qué quieres que diga?

—No lo sé. Tu dime —bufa serena— ¿Ya te disté cuenta de la clase de hombre que es Félix?

—No estoy…comprendiendo…—Marinette suelta la mano del inglés, instintivamente— ¿En qué sentido?

—¿Eres madre, Marinette? —pregunta la duquesa, divertida.

—Lo soy —indica confundida, la condesa— ¿Acaso no viste a Emma?

—Es que a veces no lo pareces —añade, rellenando su copa que casi permanece seca—. No te ofendas, pero es cosa de verte para notar que estás enamorada como una quinceañera.

—¿Qué? —Marinette enrojece desde los pies a las orejas— ¿Co-Como que enamorada…? —Félix imita su gesto, rehuyendo de su mirada.

—¡Jajaja! Ustedes dos, son encantadores —chista Zoé, modificando su semblante a uno totalmente errático de un momento a otro—. Pero el amor no nos va a salvar de esta. Así que ahora me van a prestar atención y escucharán atentamente lo que haremos a partir de ahora —Marinette y Félix tragan saliva, asintiendo con obediencia en respuesta—. Félix. ¿Dónde está tu primo Adrien? Tengo entendido que es un experto doctor.

—En Le Mans, supongo —contesta, desganado el ojiverde.

—Vas a ir por el —solicita Zoé, bebiendo un sorbo de su trago—. Y lo traerás frente a mí. Lo quiero ver cuanto antes. Te daré caballos y tropas para que cuiden tu viaje.

—Es-espera…—Graham de Vanily se levanta de su asiento, pasmado— ¿Acaso no oíste nada de lo que te dije? Mis tíos, están dementes. No es tan simple. Ellos me quieren muerto. Y Adrien está cooperando con ellos. No me-…

—Por eso, te estoy dando resguardo —suspira la heredera de los Bourgeois, desplomándose sobre el sofá con piernas cruzadas. Su camarada no emite sonido alguno. Permanece ensimismado en vaya a saber uno— ¿Qué mierda pasa? Por favor, enfrentaste soldados, zombis, hambruna, soledad, cosas peores. ¿Tus tíos te amedrentan? ¿A que le tienes tanto miedo?

A nada…—balbucea.

—No me mientas a mí. No seas sínico —rezonga Zoé, estrujando el entrecejo—. Ah. Ya entiendo. Así que te preocupa lo que diga Adrien sobre esto ¿No?

—¿Qué dices? —Félix levanta la mirada, anonadado.

—Vaya. Félix Fathom. El gran Duque de Hastings. Le tiene miedo a lo que su primo hermano diga —ríe sarcástica—. Cuando se entere de que te acuestas con su ex mujer.

—¡Oye! —el muchacho se alza del sofá, completamente enajenado— ¡Eso no-…!

—Félix —le ataja Marinette, negando con la cabeza—. No…

Marinette…

—Lo va a tomar —acepta Dupain-Cheng, tomando la palabra del rubio en respuesta—. Irá por Adrien y lo traerá a ti. Tienes mi palabra.

Pero…

—¡Ya está! —Lee brinda como si nada hubiese pasado— ¡Salud entonces! Y que la suerte te acompañe. Partes mañana. Duerme y come bien esta noche, ordenaré que te preparen un baño caliente.

Mierda. ¿En qué momento Zoé se transformó en mi verdugo? Yo no estaba admitiendo nada frente a ella o a Marinette. Sin embargo, mis propias emociones revelaban tanto sobre mi semblante, que hasta un ciego hubiese sabido que me atormentaba. ¿Tan débil me he puesto? Quizás por eso, estaba tan reticente a asumir mis sentimientos amorosos. Tal vez, odiaba la idea de que más personas estuvieran conscientes de lo que impulsaba a mi corazón. ¿Ahora cómo podía negarme?

Esa noche, Marinette y yo concretamos una reunión clandestina en los establos. Era el único lugar que considerábamos, indiscreto para llevar a cabo una conversación a pecho abierto. Aunque mis ojos revelaran con lucides lo que realmente me acongojaba. Ella me buscó en el crepúsculo de la oscuridad, depositando un ósculo casto en los labios. No estoy huyendo de ella. Lo hago de mí mismo. ¿O es quizás lo empírico de la culpa lo que me atormenta? Nos besamos por un par de minutos prolongados. Mis dedos quemaban su cintura, tentado a depositar más que solo mi lengua en su cavidad bucal. No obstante, ella se aparta, soslayando la pasión que emana de sus mejillas. Con el calor de varias noches, haciendo el amor sin control; me dice.

—No he venido a eso —musita Marinette, sonrojada—. Necesito que me digas que estás pensando ahora mismo o no podré dormir.

—No me siento listo para esto —confiesa Félix, febril.

—¿Esto? —suspira la condesa, resignada a su destino—. Félix…escucha. Se que al principio actué de una manera poco razonable y de alguna forma, me hago cargo de lo que eso conllevó al final. No estoy diciendo —él quiere acotar algo. Ella le acalla los labios, con los dedos—. Déjame. Lo que intento explicar, es que…al igual que tú, me asusté también. Cuando confesaste estar preocupado por Emma, lo que apabulló realmente fue el hecho de que no dimensionaras, que estoy muriendo. Lentamente, pero lo hago. Tú has visto como esa cicatriz se expande por mi cuerpo. No me enorgullece ni mucho menos me hace sentir valiente. Pero…—traga saliva, agregando—. Esta es mi realidad. Voy a morir dentro de poco.

—Tú no te vas a morir, Marinette —reniega Fathom, con la mirada acuosa—. Ya deja de repetir eso. ¿Quieres?

—Eres libre de profesar cuanto gustes. Y lo entiendo. No te voy a atormentar nunca más. Porque más que mal…—sonríe, con un tierno rubor tiñendo sus mejillas—. Si. Te enamoraste de mí. Y a decir verdad…yo…también lo hice. Aunque…de alguna forma, te mentí…

—¿Cómo que me mentiste? —parpadea atónito, el inglés.

—Lo hice —susurra, desanimada. Se separa de él, dando dos pasos hacia atrás para confesar, derrotada—. Félix. Tú no te acuerdas. Eras un niño y yo también lo era. Pero digamos que mi memoria maquina cosas que la tuya puede no logre comprender —adiciona, con el corazón palpitante— ¿Recuerdas la promesa que nos hicimos bajo el abedul, esa mañana?

—¿Qué…abedul…?

Sabía que no lo recodaría —suspira, esperanzada. Se gira a verlo, sujetando su mentón con dulzura—. Eras tan chiquito…y yo tan torpe. Pero se grabó en mi con tanto agobio, que nunca llegué a comprender que significaba. Cuando me casé con Adrien, anhelaba tener un pedacito de ti, en un matrimonio arreglado que, si bien gocé con mucho amor, nunca fue suficiente para mí. Y es que yo…ya estaba ligada a ti, desde mucho antes que tú de mí. Porque sin darme cuenta, te amaba…

—Dios mío, Marinette. ¿Qué me estás contando? —cuestiona Fathom, totalmente hipnotizado por su relato. Acuna sus mejillas con dolo, clavándole fijamente una mirada solapada de ansiedad— ¿Cómo que…me amabas desde antes?

—Félix, necesitas saberlo ahora. Te lo cuento, porque ya no quiero que sientas más remordimientos por esto que sentimos —confiesa la joven madre, con orbes endebles en sufrimiento— Esa tarde de verano, tu apareciste en mi vida…como un haz de luz, en medio de las sombras de la soledad.

Racconto—

—¡Vamos al abedul! —propone Adrien, contento— ¡El ultimo que llega es ardilla!

Se presentó como Félix Fathom. Único hijo de un mercader llamado Colt y la hermana gemela de lady Amelie. Por ahí escuché que sería el nuevo socio comercial de papá y que buscaban hacer fortuna juntos. Pero a mí eso no me preocupaba. Adrien era muy altivo para expresar sus emociones. Y yo por esos años, tan retraída, tímida y poco agraciada; que dudaba alguien pudiera entender mis miedos. En algún le escuché decir.

—Las ardillas me dan miedo —sentencia Félix, sin preámbulos— ¿Leemos algo?

—Yo si…—Marinette, se obnubila— A mí también me dan miedo las ardillas…

Todo cobró sentido para mí. Y es que yo ya sabía lo que Adrien hacía con los animalitos del bosque. No era un mal chico. Lograba hacer verle al mundo que lo que hacía, estaba justificado. Rayaba en la ternura. Los adultos decían de el: "Es un muchacho muy inteligente y listo. Sabe lo que hace" Pero gozaba de un placer oculto de abrirlos y estudiarlos, que a mí me daba pánico experimentar. Su curiosidad escarbaba en mis aprensiones más profundas. Lo cual, no llegué a rebatir porque una mujer en esa época no tenía voz ni voto que objetar. Sin embargo, su primo hermano…no se asemejaba a tales proezas. Félix también era muy perspicaz e imprudente. Pero sus incursiones me resultaban por lejos más atrayentes que disecar ardillas. Sus intereses pujaban a lo etéreo, algo que con los años entendí se podría llamar espiritualidad. Bosquejaba símbolos idílicos de la forma que podían tomar las nubes, miraba el cielo nocturno con aprensión y se cuestionaba cosas que salían de lo mundano. Todo esto, sin la necesidad de quitarle la vida a nada ni a nadie. Fue eso lo que dio paso a los primeros latidos de mi corazón. Nunca nadie había llamado tanto mi atención como ese chico. De un cuerpo escupido, se ve presa y victima cualquiera. ¿De un apellido prominente? Cualquier chica de la corte. ¿Pero de una mente? Ni cerrando los ojos te escapas.

Fathom saboreaba una exquisita inteligencia emocional que, a mis ojos, era absurdo escapar. Sabía que solo sería un verano, para conocerlo. Pero para mí fue suficiente. Había tocado el alma más sublime de todas y no caí en cuenta, hasta que acaricié el día de marcharse. Pasamos tantas jornadas y noches jugando bajo ese abedul, que llegué a perderme en el espacio tiempo de su partida. Nunca imaginé que algún día, conseguiría el momento de darle un adiós.

Papá me había construido una casita sobre esas ramas. A mí me encantaba tanto escalar árboles, como un monito selvático. Pero nunca conseguí que Adrien me acompañara en mis aventuras. A diferencia de mí, él estaba más arraigado a la tierra que al espacio que nos rodeaba. Hasta que tu apareciste esa tarde. Vestías jardinera y pantaloncillos cortos, con tu habitual peinado de nodriza. Portabas un libro entre tus brazos y me miraste desde abajo, embelesado con la hermosura de un dios griego. El hijo de adonis, pensé. Me dijiste, con la voz de un niño, pero la sabiduría de un anciano.

—Las ramas de ese árbol no son propicias para una construcción de madera. Solo los robles permiten tal edificación. La estructura se ve poco segura. Tu peso hará que se desmorone. Baja, por favor.

No entendí ni una sola puta palabra de lo que me advertiste. Pero como me encantó la manera de decirlo. Era tu forma de prevenir peligro, preocupándote por mi bienestar. Fuiste el primer hombre luego de mi padre, en demostrar que te alarmaba mi vida. Y me bajé. No porque me fuese a caer, ya que mil veces más lo hice y solían regañarme por eso. Me gustaste. Y quise, bajo ese abedul, inmortalizar el momento.

—¿Me hubieras bajado si no te hacía caso? —preguntó Marinette.

—Por supuesto —declaró Félix, tranquilo—. Aunque eso hubiera sido más bien un rescate, más que otra cosa.

—¿Me hubieras rescatado entonces? —añadió la chica.

—Solo si tu vida peligrara —determinó el varón.

—Me dio miedo caerme —confesó Dupain-Cheng—. No vi el riesgo hasta que me lo dijiste. Gracias.

—No pasa nada —niega Fathom, templado—. La próxima vez que te sientas en apuros, avísame. Te ayudaré.

—¿Lo prometes?

—¿Prometer? —ríe—. Lo juro. Palabra de caballero —asiente.

Fue más que una promesa. Un compromiso. Algo que nadie hubiera hecho por mí, hasta que apareciste tu y me juraste con gallardía y galante valentía, tu aprecio hacia mi persona. Ni si quiera éramos amigos. Ni si quiera nos conocíamos tanto. Pero fuiste tan noble y honorable, como mi padre hubiera sido. Me flechaste. Y ese convenio de infantes, marcó mi vida para siempre. Juré a mi corazón que, si no aparecía nadie más que diera su vida por mí, sin nada a cambio; se ganaría mi alma. Tiempo después, crecí. Tuve un par de prometidos. Muchos hombres vinieron a mí, en busca de mi aprobación. Pero con el pasar de los días y mi madura presencia comprendí que solo buscaban posición o el dinero de mis padres. Ya sé. Se qué te parece algo infantil y poco agraciado. Algo insignificante que no vale la pena mencionar. Pero me aferré a eso y perdona si te ofendo. Es que no hay nada más valeroso en este mundo, que dar tu vida desinteresadamente, por amor al prójimo…

Por el amor a mi…

Fin del Racconto—

—Lo recuerdo…—sentencia Félix, con la mirada despejada y el semblante pulcro—. Lo remembro, somo si hubiese pasado ayer. E incluso me atrevería a decir, que olvidas algo más que pasó entre ambos, días antes de esa escena bajo el abedul.

—¿Eh? —pestañea Marinette, anonadada— ¿Algo más? ¿El que…?

—La noche que fuiste hacia mi recamara porque tuviste una pesadilla —evoca el varón, abriendo una mueca grácil en el proceso—. Ah…esa vez. No lo recuerdas. Pero yo sí. Estabas preocupada porque no entendías que eran esas marcas en tu antebrazo.

—¿Mi antebrazo…?

—Si. Me preguntaste: "¿Te pasa igual? Tengo unas líneas en los brazos" —carcajea jocoso, el rubio—. Y yo te dije: "Son arterias. Es por donde corre la sangre". Y te reíste tan fuerte, que mamá se despertó y cada quien corrió a su alcoba.

Es verdad. Ahora lo recuerdo. ¿Acaso…? —Marinette traga saliva, avergonzada—. Félix. Sin mentirme. ¿Yo también te gustaba?

—Muchísimo. Mas bien, llamabas mi atención —aclara animado, el ojiverde—. Creí que eras varón. Pero ¿Sabes? Incluso si pensaba eso, no me importó. Nunca me fijé en eso. No sé por qué mis padres me cuestionaban tanto mi sexualidad.

—¿Te gustan los hombres? —debate Marinette, pillada.

—No lo sé —se encoge de hombros, alegre—. Pero ¿Qué importa eso? Creo que, en el fondo, me gustan las personas. ¿Qué tiene de malo eso? ¿Te incomoda?

—No, no. Para nada —se rasca la mejilla, enrojecida—. De hecho…me parece sumamente fascinante tu manera transgresora de ver la vida. Para la época, digo.

—Marinette. Si hubieras sido hombre o mujer, me daría lo mismo —musita en respuesta, rodeándola cálidamente entre sus brazos—. Te amo por lo que eres. Y ahora mismo, agradezco que me hayas despejado la mente con tu confesión. Sin darnos cuenta, nos gustábamos desde mucho antes. ¿Cómo fui tan ciego? En el fondo, solo la lie con cosas que no debí hacer. Quizás, si hubiera sido más valiente, Emma sería…

—No. Espera. No digas eso —la ojiazul lo calla de golpe—. Emma es hija de Adrien. No vamos a discutir eso. Pero…si gustas tener algo nuestro…—desvía la mirada.

—Yo quiero todo contigo —sentencia Félix, con llamas en los ojos—. Mírame, cuando te digo esto. Si los tiempos apremian y el universo nos da nuestro lugar, quiero que seas mi mujer.

—¿Tu mujer? Félix, yo —la chica descubre su manga, revelando la marca que la carcome por dentro—. No sé si-…

—Ya deja eso —le quita la mano de encima, mostrándole a viva voz, la marca en su brazo— ¿En qué quedamos?

—Quedamos en que…es una arteria —ríe, desganada.

Del amor y otras arterias…—cita Fathom, besando sus labios con calidez—. De eso me encargo yo ¿De acuerdo? Tal y como te juré bajo el abedul. Si necesitas mi ayuda, te rescataré. Cuentas conmigo.

—Félix…—Marinette rompe en llanto, apabullando sus lágrimas en un abrazo sincero en medio del granero—. Por eso te escribí la carta. Sabía que vendrías a mí de alguna u otra forma. Por favor, no me dejes…

—No lo haré. No te voy a abandonar jamás. Ni a ti ni a Emma, que sé que no es mi hija, pero la cuidaré como si lo fuera —revela el rubio, esta vez fulminando a la noche misma—. Y ahora más que nunca, sé lo que debo hacer.

—¿Irás por Adrien entonces?

—Si —asiente— Pero no tengo miedo de nada ni nadie —adiciona—. Haré las cosas bien y te juro, arreglaré esto. Buscaré una solución. Lo juro.

—Félix…

—¿Sí?

—No te vayas sin hacerme el amor esta noche —implora Marinette, acongojada.

—Ven aquí.

Un presuntuoso céfiro noctívago nos envuelve en las caballerizas, estimulando nuestro encuentro para dar el siguiente paso. La ímpetu de nuestros sentimientos, confabularon en nuestra contra. Y no nos dio chances de regresar al baluarte de los Bourgeois. Jamás me jacté de presumir que necesitábamos una cama para poder amarnos. Incluso si, la cita se llevaba a cabo en campo abierto. La vergüenza no era el problema. El lugar era fastuoso para ambos, si tan solo podía disfrutar de sus atributos un poco más, antes de partir.

Los primeros albores de la mañana nos reciben con calidez. Nuestros cuerpos desnudos, se ciñen sobre la cama improvisada que hemos erigido encima de un pajal. Me urge la inclemencia de tener que separarme de su lado. Cuando estoy con Marinette, siento que mi alma se adormece y mi corazón es acunado entre sus firmes pechos. Si tan solo pudiera detener el tiempo, los mismos dioses sabrían perdonar mis faltas.

Ella me regala un piquito sincero y me regresa la ropa. Ojalá haber dormido un poco. Pero digamos que no voy a quejarme tampoco. Hora de ir por mi bolso.

Cabildo de la villa. A esa misma hora.

—Otra mañana. Otro día para vivir —bosteza Zoé, empotrándose contra su silla—. Fuah, que mal me ha sentado ese café. Creo que tengo gases.

—Lady Zoé, aquí le traigo sus primeros preceptos de hoy —manifiesta el joven secretario, entregándole entre sus dedos una larga lista en papel corrugado—. Recuerde su reunión con el capitán de navíos. Es imperioso que retomemos las vías de comercio hacia el reino de Navarra.

—Esos moros…—gruñe asqueada la rubia, chasqueando la lengua en respuesta—. Ya me tienen cansada con sus exigencias. Esa religión que profesan, no es de los trigos muy limpios. ¿Has visto como nos echan la culpa a nosotros por esas cosas no vivas? Si tan solo les hubiéramos entregado Chinon como pedían, otro gallo cantaría.

—Pero…están en lo correcto ¿No? —cuestiona el varón, preocupado—. Quiero decir, ahora que sabemos que fueron los Agreste quienes-…

Shhh. Guarda silencio —espeta la ojiazul, fulminándolo con la mirada—. Ni una palabra de esto a nadie hasta que se solucione. ¿Te queda claro? Los aldeanos no deben enterarse de la verdad. ¿Sabes lo que pasaría? El caos que ya vivimos, sería imposible de frenar. Tendríamos una guerra civil en las puertas.

—Descuide. Me he asegurado de que no salga de estas cuatro paredes —carraspea el hombre, ordenando que las compuertas se abran—. Los primeros lugareños llegaron.

—Bien, hazlos pasar y acabemos con esto cuanto antes. Necesito ir a revisar las murallas del norte —resopla, de manera abnegada.

[…]

—¿Qué estamos haciendo aquí? —objeta Adrien, barajado— ¿No se supone que deberíamos estar buscando a mi hija?

—Es lo que hice el día de ayer, Adrien —explica Lila, apostada en una extensa fila a las afueras de la casona—. Y mis averiguaciones me llevaron justo hasta aquí.

—¿Acaso Emma está ahí dentro? —divisa las puertas del lugar.

—No. Pero la regente del lugar sabe dónde está —revela Rossi, girándose hacia el escudero— ¿Cómo sigues de los riñones? ¿Ya no duelen?

—No sé qué me has dado, pero me sentó de maravillas —agradece Lahiffe, en una sonrisa simpática—. Ya no tengo ni una sola molestia. Realmente eres una boticaria ejemplar, jeje. Nunca me sentí tan seguro al lado de alguien.

—Oye —protesta el Agreste, frustrado—. Que mal agradecido eres. ¿Acaso se te olvida las incontables veces que te ayudé yo?

—¡No te ofendas, amigo! —carcajea Nino de un sopetón— ¡Solo estoy diciendo la verdad!

—No…solo estás coqueteándole —sisea el ojiverde, molesto.

¡Siguiente!

—Nos toca —advierte la muchacha—. No digan nada y dejen que yo hable. Se cómo manejar esto.

Tsk…viene dando órdenes desde que salimos de Le Mans ¿Qué más da? —piensa el médico, malogrado.

Los tres viajeros son invitados a ingresar al establecimiento, bajo estrictos cuidados de reglas precavidas. En primera instancia, son examinados por un par de guardias, tanteando entre sus ropas que no lleven armas ni escondan objetos corto punzantes que puedan perjudicar a su líder. Lo siguiente, es una declaración de intenciones a viva voz frente a la chica que los aguarda sobre su gran silla de mármol. Ya una vez cerciorados de su inocencia, avanzan a través de la aterciopelada alfombra para brindar el saludo correspondiente y breve presentación.

—Saludos, gallarda y noble Duquesa —reverencia Lila, flectando las rodillas como es habitual en la época en la que se encuentran. Sus compañeros, imitan el gesto—. Mi nombre es Lila Rossi. Y venimos de tierras muy lejanas requiriendo de su favor y sabiduría. Estos son mis acompañantes.

Qué curioso…—piensa Zoé, avistando de forma contemplativa al rubio de la derecha— Ese chico…se parece muchísimo a Félix. Aunque claramente, no es el —se acomoda en su puesto, murmurando—. Sean bienvenidos, viajeros. Si buscan protección, han venido al lugar correcto. En tiempos de hambruna y guerras, la villa será muy segura para ustedes. ¿En qué puedo servirles? Han declarado que vienen requiriendo información.

—En efecto, mi señora —revela Rossi, simulando una inocencia casi infantil—. Soy boticaria y mi amigo es médico. Pretendemos quedarnos en el poblado, para ayudar a los enfermos, heridos y caballeros de la corte. Por lo que, solicitamos humildemente un breve pero detallado informe sobre los casos de la zona —hace un paneo raudo de la escena— ¿Hay infectados?

—Hacia el norte y parte del sur, me temo —expone Zoé, concentrada en su inusual relato—. Pero aquí en la urbe, ninguno que se me haya instruido. ¿De dónde vienen?

—De la provincia de Le Mans.

Es justo a donde mandé a Félix —Lee hace una pausa, dubitativa—. Interesante. Puesto que esta mañana he comandado a algunos de mis hombres más fieles a una expedición a esa región. ¿No se supone que estaba bajo el cuidado de los Agreste?

Adrien aprieta los labios. Ha reconocido a la muchacha, en una furtiva mirada por el rabillo del ojo. Analiza la posibilidad de intervenir.

—Así es —decreta la fémina—. Aún sigue bajo su protectorado. Pero sucedieron un par de cosas en el camino que nos han imposibilitado regresar. Tuvimos que partir con premura.

—Ya veo. ¿Qué sucede con la familia Agreste? —interpela la duquesa, frunciendo el ceño— ¿Por qué huyeron de ellos? ¿Acaso los consideran peligrosos?

—N-no, mi lady. Ellos-…

—No son peligrosos —interrumpe Adrien, alzando la vista con desplante señorial—. Y no estamos huyendo.

—¡Oye! —berrea uno de los guardias, ofuscado— ¡No se te ha dado la palabra para hablar! ¡¿Quién te crees?!

—¡Me llamo Adrien! —revela el doctor— ¡Y soy el hijo de los Agreste! ¡Estoy aquí porque busco a mi hija Emma!

Nino con cara de: "Te dijeron que no hablaras, sonso". Se palmea la cara. Zoé se alza bruscamente de su asiento, ordenando que cierren las puertas y despachen a todos de inmediato. Con voz hosca y de pocos amigos, demanda que sus escoltas tomen las armas en modo defensivo casi de forma instantánea. Los foráneos, se amontonan en retroceso temeroso, previendo lo peor.

Joder, Adrien —balbucea Lila, agobiada— ¡Te dije que no dijeras nada!

—Adrien Agreste —veredicta Zoé—. Quedas arrestado bajo las órdenes de su majestad, el rey. Yo, como su fiel servidora te sentencio a permanecer en los calabozos.

—¿Arrestado? —rezonga el varón, abrumado con tal descargo— ¿Y bajo que cargos? ¿Qué se supone que hice?

—Atentar contra la humanidad, niño —masculle entre dientes, furibunda— ¡Guardias! ¡Escolten a los prisioneros al castillo!

—¡¿Qué?! ¡Oigan! ¡No! —protesta Adrien, forcejeando en el proceso— ¡Yo solo estoy buscando a mi hija! ¡¿Dónde la tienen?! ¡¿En dónde está Marinette?! ¡Mi primo Félix-…!

—Tu primo Félix no va a ayudarte —determina Lee, caminando hasta el para cogerle del mentón y clavarle una mirada certera en los ojos—. Y será mejor que cooperes. O te juro como hay un Dios, que no volverás a ver a tu hija con vida.

[…]

—¿Llevas ropa seca para el viaje? Por favor evita los caminos conocidos —consulta Marinette, acomodando una manta sobre el fil de su caballo. No puede simular fingir no preocuparse en demasía. Las rutas son peligrosas y conociendo la calaña de su familia, posiblemente no regrese con vida. Se gira hacia Couffaine—. Luka, prométeme que estarán bien. Lo vas a cuidar ¿verdad?

—Es chistoso que lo digas —bufa el herrero, ya montado sobre su jamelgo—. Félix es quien me ha salvado a mí en incontables veces. Pero daría mi vida por él, dalo por hecho.

—Voy a estar bien —decreta Félix, regalándole un ósculo sincero en la frente—. En serio. Se cuidarme solo.

—Déjame en paz ¿Quieres? —rebate Dupain-Cheng, abochornada—. Nunca antes me había preocupado así por alguien que no fuera Emma.

—No te estoy calificando, mujer —ríe con inmodestia, el inglés—. Eres muy noble y agradezco que te inquietes por mí. De una manera soberbia, me estimula muchísimo…

—Tus cochinadas para otro momento, Fathom —farfulle la condesa, con el rostro febril cual tomate— Hay gente presente…

—¡Jajaja! Volveré antes de lo que crees —expresa Graham de Vanily, espoloneando el animal con el tacón de sus botas— ¿Nos vamos?

—Esperen…—advierte Luka, divisando a lo lejos el movimiento errante de un tumulto de personas—. Se acerca un contingente.

—¿Qué?

Logré divisar a escasos metros de nosotros, la presencia ilustre de Zoé cabalgando sobre su yegua. En efecto, un puñado de sus soldados le acompañaban en formación estratégicamente militar. Como cuando traes cautivos de guerra. ¿Por qué? ¿No se supone que estaría trabajando? Un escalofrió humano me recorrió la espalda, incinerándose en una corazonada familiar. Algo había pasado. Me quedé bastante ensimismado conjeturando coartadas absurdas. Hasta que, por fin, mis ojos dieron con la razón de tal cenáculo.

Esa caballera dorada como el sol…la reconocería a kilómetros. ¿Adrien…? Me paralicé de los pies a la cabeza. Inconscientemente, Marinette enganchó las manos a los estribos de mi caballo para que este, no se apresurara a dar un paso en falso. Estaba tan expectante como yo. Y posiblemente las mismas interrogantes, le asaltaban en esos momentos. Zoé se arrimó hacia a nosotros, descendiendo del garañón como si regresara de una batalla perdida. Nos echó un vistazo endeble a ambos y suspiró lánguida.

—¿Ya sabes lo que dicen los moros? "Si Mahoma no va a la montaña" —agregó, especulando por sobre el hombro—. Se cancela el viaje. Ya tengo lo que quería.

—Zoé…—tanteó Félix, obnubilado— ¿Por qué mi primo viene encadenado?

No me quiso responder. Y recalco que no pretendía hacerlo, porque casi me liquida con los ojos. Le había incomodado mi consulta. De un tranco salté hacia el suelo y junto con Luka, permanecimos inamovibles en nuestros lugares. No venía solo. Una dama de semblante reservado le acompañaba. Seguido de su escudero, que a claras luces no se manifestaba contento. ¿Pero que mierda? ¿Cómo es que llegó hasta aquí?

Segundos antes de que dos fortachones guardias lo escoltaran hacia el interior del fortín, mi propio primo hermano me lacera con la mirada. No solo a mí. A Marinette también. Sentí como si hubiese leído mi alma, sin llegar a conceptuar lo que ahora tenía con su ex mujer. ¿Se habrá dado cuenta? Trago saliva, pálido como el mármol. Me armo de valor, dirigiéndole la palabra mientras pasa a un costado de mí.

—Primo —pregunta Félix, pasmado— ¿Qué estás haciendo?

Se detiene a portas de la entrada. No me mira. Pero escucho claro como el agua, lo que me consulta. Sentenciando así, nuestro reencuentro más amargo.

—No lo sé, Félix. ¿Qué estás haciendo tú?

—…

Morí. Esa mañana, sucumbí como los árboles agonizan en el otoño. De pie. Y sin forraje que me salvaguardara del inclemente frio del desamor. Es una muy buena pregunta.

¿Qué mierda he hecho…?