"Sin mirar atrás"
Lady Supernova
Capítulo 5
Manhattan, Nueva York, 22 de diciembre de 1921.
La mirada de Susana se mostró triste nuevamente.
«Nada ha cambiado. Él no quiere al bebé», se dijo mientras sentía la furiosa mirada de su esposo. Terry no movía ni un solo músculo de su rostro, se mantenía frío e imperturbable, dejando que sus bellos ojos demostraran lo que realmente sentía.
—Regresé, porque tenemos que hablar —mencionó con simpleza.
Susana miró el reloj que tenía en su buró y al ver la hora que este marcaba, intentó reclamar:
—Es la una de la madrugada, Terry... ¿Crees que es buena idea hablar ahora?
Terry se encogió de hombros y le respondió:
—No me importa la hora que sea. Tú no mereces consideraciones «Sussie» —enfatizó con ironía.
Susana supo entonces que Terruce difícilmente cambiaría de parecer. El hombre había vuelto a su casa, pero seguía en pie de guerra. Estaba dispuesto a seguir luchando y ella, ya no tenía el ánimo suficiente para continuar con esa batalla, estaba física y psicológicamente desgastada. No deseaba continuar discutiendo, pero, no le queda más que atender la propuesta de se marido.
—¿De qué quieres hablar? —preguntó con timidez.
—No lo sé, linda... quizá de las flores en primavera... ¿Ese es un buen tema para ti? —preguntó Terry con sarcasmo—. ¡Por favor, Susana! Tú... ¿De qué piensas que quiero hablar? Quiero saber quién es el padre de tu hijo, vas a decírmelo ahora. Cuando lo sepa, lo buscaremos y arreglaremos esto, o más bien, trataremos de arreglarlo.
Susana bajó la mirada y se negó a contestar...
—¿Qué sucede? —interrogó el castaño con enfado.
—No puedo decírtelo...
—¿Por qué no?
—Porque él... quizá ya no querrá verme
—Dime su nombre y después de que lo visite, ¡ese hijo de perra, volverá a verte! Tenlo por seguro.
—No, no puedo.
Terry se llevó las manos a la cabeza y luego resopló con furia.
—¿Y entonces? ¿Qué demonios es lo qué vas hacer? ¿Esperas a que yo me haga cargo de ese niño?
—No, Terry.
—Pues, entonces, no te comprendo. Te juro que no llego a entenderte... —expresó Terry, caminando de un lado a otro de la habitación—. ¿Qué pensabas hacer cuando yo me enterara de que estás esperando un hijo?
El castaño la miró sin poder evitar esconder su curiosidad y ella con pena, le respondió:
—Esperaba que entendieras... Terry yo, esperaba que me ayudaras.
El joven actor desvió su mirada.
«¿Tan estúpido soy?», se preguntó a sí mismo, al tiempo que su yo interno le respondía con un rotundo «Sí». Terry respiró hondo y luego lanzó una última propuesta, la única que él podría llevar a cabo.
—Te ayudaré, si me dices quién es el padre de tu hijo. Si tú cooperas con eso... yo haré todo lo posible para ayudarte a ti y al bebé — Terry se alejó de Susana y luego se acercó a la puerta del cuarto, con la intención de salir, no sin antes hacerle ver—. Encontraremos una solución. Pero necesito saber quién es tu amante, ¿sabes? El hecho de que no quieras decirlo, me resulta algo raro y preocupante.
Susana lo miró, nerviosa. Pero no le dijo nada. El nombre del padre de su hijo, solo le competía a ella y la identidad de aquel muchacho no sería revelada hasta que ella se asegurara de que ese joven le respondería.
—Solo dame tiempo, Terry... te lo pido, por favor. Dame una oportunidad.
—El tiempo es todo tuyo Susana, tú eres quien va engordar, a ti es a la que se te va notar el embarazo... —Terry la miró a los ojos y advirtió—. Solo te digo una cosa... ¡Yo no me voy a callar! No voy adquirir una responsabilidad que no es mía. Ni tampoco dejaré que mi nombre sea arrastrado por los suelos.
Susana asintió y luego lo miró marcharse. Nunca, en todo el tiempo que llevaba de conocerlo vio ese tipo de determinación en el rostro del joven Grandchester.
La ex actriz sabía que Terry no la perdonaría tan fácil. Estaba segura de eso y también podía darse cuenta de que ella, estaba verdaderamente sola dentro de ese problema.
Una hermosa sonrisa, se dibujó en el rostro de Candy, cuando vio que Albert ingresaba al restaurante del hotel, para acompañarla a desayunar.
Kieran tendría reuniones importantes y Albert se había ofrecido nuevamente a ser su compañero de compras, ese era el último día que pasarían en Manhattan y habría que aprovecharlo al máximo.
—Buenos días, Pequeña... —saludó, acercándose a Candy para posar un beso sobre su mejilla—. ¿Cómo amaneciste? —indagó con curiosidad, ya que la noche anterior, se había quedado un poco preocupado.
—Amanecí muy bien, señor Andrew... —le dijo ella con una sonrisa.
—¿Qué tal la cena de ayer? ¿Cómo está Adolph? —preguntó Albert, mientras sus ojos azules estudiaban el menú.
—La cena estuvo deliciosa y el primo Adolph está muy bien, él es muy agradable. Adoré conocerlo.
—Ya lo creo... —Albert miró a la rubia y luego le confesó—. Conocí a Adolph hace años, cuando estuve en Londres.
—Adolph... ¿Vivía con Kieran? —preguntó con sorpresa.
—Así fue, cariño. En la época en la que sus padres murieron, Adolph pasaba largas temporadas ahí, en casa de los Livingston.
—Es una linda persona.
Dijo Candy con voz algo melancólica, porque sin querer, recordó a Nina, la prima de Adolph, esa muchacha no le había gustado nada.
—Y supongo que también conociste a Nina.
Candy asintió y Albert, supo que no le había ido nada bien. Él conoció a Nina cuando era muy pequeña, sin embargo aquella imagen había permanecido en su memoria; la chiquilla lo humilló porque pensaba que él era un miembro mas de la servidumbre. Su grosera conducta no tenía límites, aquél día, Nina le odió porque deseaba salirse con la suya... ella quería maltratar al perro que Kieran recién había rescatado, Albert no lo permitió y entonces fue víctima de una de sus rabietas. Las primeras impresiones jamás se olvidan, pero eso y lo de las acusaciones hechas en contra de Nina, Albert se lo guardaría, pues no deseaba asustar a Candy con algo que ni siquiera podía comprobar.
—¿La conociste también? —cuestionó Candy con interés.
—Hace mucho. La conocí cuando Kieran y yo estudiábamos en Inglaterra, ella era solo una niña.
—Quizás está mal que lo diga, pero creo que es una mujer muy desagradable.
—No puedo contradecirte. Ella y Elisa Leagan, seguramente fueron separadas al nacer... —admitió Albert, sonriendo—. ¿Te hizo algo? — interrogó con temor.
—Nada, no te preocupes.
Albert sintió un enorme alivio, toda la noche estuvo pensando en lo que pasaría si aquella muchacha se daba cuenta de que Candy y Terry fueron novios. Sabía que eso era muy poco probable que sucediera, pero si Nina lo hubiera descubierto, las cosas se habrían puesto muy difíciles para la bondadosa Candy.
—No hablemos más de eso. Mejor ordenemos, ¿te parece? Muero de hambre —dijo Candy, fingiendo tranquilidad.
Y así lo hicieron. Ordenaron un suculento desayuno y siguieron platicando, planeando la cena de Nochebuena en Lakewood y la fiesta de Navidad en el Hogar de Pony.
Ya entrando en confianza, Candy le reveló que la noche anterior Adolph le había ofrecido un delicioso vino espumante, mismo con el cual, ella se emocionó e ingirió tanto que, terminó sintiéndose un poco perdida. Albert no pudo evitar reírse, mientras ella discretamente le propinaba un golpe por debajo de la mesa.
—Lo siento... pero es que no puedo ignorarlo... ¿Cuántas copas te tomaste Candy?
—Muy pocas en realidad.
—Suena lógico que te emborracharas, porque realmente, tú no tomas más de una... —rio Albert, mientras ella se sonrojaba.
Candy observó a Albert riendo con diversión y luego de pensarlo mucho, terminó por confesarle algo más:
—No pude hablar con Kieran sobre esto...—confesó ella con honestidad—. Pero... ayer cuando llegamos al hotel... bueno, yo... yo vi a Terry.
—¿A Terry? —preguntó Albert.
—Sí, a Terry... él estaba ahí, afuera, sentado en uno de los sillones del lobby, parecía hablar con alguien... —Candy lo miró con timidez y después admitió—. Quizás sólo estaba alucinando.
Albert río con ganas y ella frunció el ceño.
—Bueno, Pequeña, quiero pedirte que no te preocupes. Esa alucinación, en realidad no lo era, Terry y yo, si estuvimos en el lobby, ayer...
Ella se sonrojó y luego bajó la mirada.
—Entonces... eras tú quien estaba con él.
—Sí.
—Debí ser un horroroso espectáculo.
—No lo creo.
—Terruce se reía de mí...
Albert negó y tomando su mano, la reconfortó.
—Terry te sonrió amigablemente, Candy. Yo estaba frente a él, así que deja de inventar cosas —le dijo animándola—. Incluso quería saludarte, pero después de pensarlo, creyó que era algo inconveniente.
—¿Cómo que inconveniente? —interrogó ella con inocencia.
—Pequeña... —le dijo Albert, mirándola al tiempo que ella fruncía el ceño—. No creo que eso necesite mayor explicación, simplemente no era un buen momento para ninguno de los dos — Albert le sonrió y luego, amablemente le propuso—. En la tarde estaré comiendo con él... ¿Por qué no nos acompañas y lo saludas?
—¿Saludarlo?
—Pues, sí. Digo, hace mucho que no lo ves.
—¿Tú crees que es buena idea?
—Claro... ¿Por qué no lo sería? Ambos fueron muy buenos amigos en el pasado, ¿qué de malo hay en saludarse?
—Nada... supongo...
—Entonces, ¿quieres acompañarnos?
La rubia no pudo evitar que un escandaloso sonrojo cubriera sus mejillas y pero sin más dudas, le respondió:
—Sí, sí quiero.
—De acuerdo. Ya aclarado el asunto... ¿Te gustaría comenzar con las compras? —preguntó Albert, revisando su reloj de bolsillo e ignorando el rubor de la chica—. Son las diez de la mañana, estamos a tiempo.
Candy mostró una enorme sonrisa y después afirmó.
—Bien, señora Livingston. Vámonos entonces.
Albert llamó a un mesero, pidió la cuenta y en menos de cinco minutos, ambos rubios estaban sobre la avenida, decididos a comprar muchos regalos para obsequiar a todos, en el Hogar de Pony.
—Realmente, no conozco a nadie que pueda ayudarnos con eso. Pero si me dejas hacer un par de llamadas, quizá podamos solucionarlo —le dijo Adolph intentando ayudar.
—Te lo agradecería... —respondió Kieran, concentrándose de nuevo en tomar su desayuno.
—Haré lo que pueda, no me gustaría dejar a mi prima sin regalo.
Kieran levantó la mirada y con seriedad le habló:
—Hablando de primas... —mencionó mirando a Adolph—. Ayer no tuve tiempo de agradecerte... gracias Adolph, te portaste a la altura de la situación, infinitas gracias por haber protegido a Candy.
—¿De qué hablas?
—De lo que sucedió con tu primita Nina.
—¿Candy te lo dijo? —preguntó el rubio con sorpresa.
—No, primo. Candy no es una ninguna chismosa —expresó el inglés con calma—. Yo lo escuché todo y luego tuve un encontronazo con tu prima, ¿Nina no te lo dijo?
Adolph negó. Se sentía tremendamente avergonzado, Nina lo estaba dejando en ridículo otra vez, y eso no podía tolerarlo.
—Nina es una persona muy inestable, te ruego la perdones.
—No te preocupes, ya todo ha quedado aclarado, solo quería agradecer el gesto que tuviste hacia Candy.
—De nada...
—Significa mucho para mí, que tú la estimes en tan poco tiempo.
—¿Quién no puede estimar a esa mujer? Es un estuche de monerías, primo...
—Y muy hermosa... ¿No te lo parece?
—Ciertamente... —carraspeó Adolph, un tanto incómodo, hermosa no era la única palabra que le dedicaba a la joven esposa de su pariente. La chica le parecía más que hermosa.
Ambos primos se miraron con complicidad y después, siguieron platicando cosas triviales, asuntos de negocios, «temas por demás aburridos», pensó Nina mientras escuchaba detrás de la puerta que daba hacia el corredor.
La rubia y caprichosa joven se mantuvo escondida escuchando todo lo que su primo y Kieran platicaban, los persiguió a cada paso, sin que ellos se dieran cuenta. Escuchó sobre un regalo que Adolph iba a conseguir, pero por más que lo intentó, no logró descifrar lo que ambos hombres buscaban. Para su fortuna, Adolph se retiró a su estudio, mientras que Kieran, permanecía despreocupadamente sentado, sobre el sillón de la estancia, fue entonces cuando ella decidió salir.
—Quería pedirte disculpas, por mi comportamiento de ayer.
Dijo con voz entrecortada, mostrándose lo más sincera posible, porque con Livingston no podía jugar.
—Disculpa aceptada... —mencionó Kieran.
—No era mi intención burlarme de Candy.
Kieran asintió, pero no volteó a mirarla, se limitó a seguir con el documento que revisaba.
—¿En dónde pasarán las fiestas? ¿Aquí con nosotros? —interrogó con curiosidad, pues Adolph nunca tenia la decencia de informarla.
Kieran negó y sin muchas ganas le respondió:
—Nochebuena y Navidad las pasaremos en Illinois, lugar de donde Candy es originaria, los Andrew tienen una hermosa propiedad ahí. En Año Nuevo regresaremos, Adolph nos invitó a una recepción en el Waldorf Astoria.
Kieran sintió una leve punzada en la cabeza y se llevó su mano a la frente. Al observarlo, Nina servicialmente, intentó ayudarle...
—Te duele la cabeza... —preguntó dirigiéndose a la mesa y sirviendo un vaso con agua—. Le diré a la nana Lidia que te busque un medicamento.
—No... nada de eso. Yo estoy bien, solo estoy algo cansado...
Nina le extendió un vaso con agua y Kieran lo tomó.
—Te noto algo apático y preocupado... —dijo ella, mirándolo fijamente.
—Estoy resfriándome... —aceptó mientras tosía.
Nina se acercó mucho más y posó su mano sobre la frente del inglés, quien con un respingo, se removió en su asiento.
—Tienes razón, estás caliente... —dijo ella con una sonrisa traviesa, paseando sus manos por el rostro de Kieran.
—Tal vez tengo algo de fiebre, pero creo que no estoy más caliente que tú... —repuso al tiempo que impedía que Nina se sentara sobre su regazo.
—Kieran, ya no soy una niña...
—Físicamente no lo eres, pero tu mente lo sigue siendo ... — declaró Kieran sin reparos—. Eres la misma de siempre, altanera, caprichosa y sigues sin respetar lo ajeno—. Nina lo miró con odio, al tiempo que intentaba abofetearlo—. No seas tonta, Nina... —advirtió esquivando el golpe—. Deja de hacer estupideces.
—Y tú... ya deja de hacerte del rogar... —le dijo mirando la boca del joven—. Siempre me deseaste, pero temías verte como un pervertido... —Nina le sonrió y con descaro posó su mano sobre la zona más sensible del cuerpo de Kieran—. Soy una mujer ahora Kieran y puedo ser tuya si así lo quieres, aún me deseas, lo sé...
—Fantasiosa hasta el final... —respondió Kieran, alejándola bruscamente de él.
Nina hubiera querido responder, no obstante, los pasos de Adolph se escucharon a lo largo del corredor y entonces tuvo que desistir de cualquier intento, se alejó de Kieran y rápidamente tomó asiento en la banca de la ventana, que daba una vista al jardín.
—Tengo buenas noticias... —anunció el rubio—. Cerca del Plaza podrás encontrar lo que buscas. No es exactamente lo que pediste, pero suena interesante... —Adolph dejó de fingir que no veía a Nina y entonces por fin la saludó—. Buenos días Prima... ¿Cómo amaneciste.
—Muy bien... —dijo mirando a Kieran y guiñándole un ojo.
Kieran ignoró a Nina y se levantó de su asiento.
—No es Bloodhound... ni tampoco un Mastiff Inglés... cielos ¿Entonces que es? —cuestionó Kieran con una sonrisa.
Adolph lo miró enigmáticamente y dijo:
—Es una combinación de tres razas... Bulldog, Mastiff y Bloodhound...
—Jamás escuché algo parecido.
—Es una raza de este continente, de Sudamérica, para ser más precisos, viene directamente desde Brasil. El Fila Brasileiro, es un perro de trabajo, pero también un excelente guardián. Es una raza nueva, no hay muchos como él, pero el actual dueño es un ignorante.
Kieran se encontró con los ojos de su primo y luego con una sonrisa preguntó:
—¿Qué mafioso te recomendó esta raza?
—Mejor no preguntes... no querrás saberlo. Tú querías un tipo de perro guardián, ¿no? Pero si no te interesa...
—Claro que me interesa. Tal vez me guste.
—Esta es la dirección, será mejor que vayas hoy mismo, porque mi amigo dice que el dueño quiere deshacerse del cachorro a como dé lugar.
Nina rodó los ojos con enfado.
«¿Tanto problema por un maldito perro?», internamente se burló de Candy, Kieran nunca dejaría de ser el mismo «Ridículo amante de las mascotas» se dijo en pensamientos, imaginando el patético cuadro. Nina jamás aceptaría un regalo de ese tipo.
—Sobre lo otro, también tengo la dirección, pero te la daré en mi despacho... —dijo Adolph susurrando, cuidándose de que Nina no lo escuchara.
Kieran afirmó y en cuestión de segundos ambos hombres desaparecieron, dejando a Nina bastante intranquila.
Albert le dijo que lo vería a la hora de la comida y él, no tuvo obstáculos para aceptar la invitación.
Con puntualidad, Terry llegó al restaurante del hotel y tomó asiento en la mesa que su amigo tenía reservada. Mientras menos tiempo pasara atormentándose con sus problemas, más fácil le sería afrontarlos, pensó el rebelde muchacho y por ello se sintió a gusto con la idea de distraerse junto a Albert. No sabía cómo iba hacer cuando su amigo regresara a Chicago, pero sí sabía que no se iba a dejar caer: no más cigarros, ni tampoco alcohol, se lo prometió a sí mismo y haría lo necesario para cumplirlo.
Al menos algo ya había tomado su lugar dentro de la guerra de conflictos, la señora Marlowe sorpresivamente había recapacitado y antes de que él saliera de casa, ella lo detuvo para hablarle:
...
—Lo siento. Te he juzgado horriblemente, perdóname Terruce.
—Las cosas se deben ver muy distintas desde afuera... —Terry asintió—. Así que no se preocupe, señora... todo está bien.
—¿Quieres decir que te reconciliaste con mi hija?
—No... pero al menos, estoy dispuesto a que esto llegue a un arreglo.
—Entiendo.
—Mire, yo voy ayudar a su hija, pero usted tiene que hacerla reaccionar. Necesitamos saber de quién es ese bebé... —mencionó Terry—. Debemos saberlo, antes de que las cosas se pongan difíciles. Lo que menos deseo, es que se arme un escándalo, usted lo sabe, ese hombre sabía que ella era virgen y que nuestro matrimonio jamás se consumó, si él quiere puede hablar y tratar de hundirnos... nosotros no lo conocemos, no sabemos de lo que puede ser capaz.
—Por supuesto que lo entiendo, y yo trataré que esto se solucione. Ayudaré en todo lo que pueda, para que Sussie piense coherentemente.
...
Después de aquello Terry salió de la casa, subió a su auto y desapareció, dejando a Susana al cargo de Olga.
Habían pasado quince minutos desde que llegó al Hotel Plaza y con toda sinceridad, se encontraba algo desesperado, pues, Albert jamás lo hacía esperar. Sus ojos azul zafiro, se posaron sobre la entrada del restaurante, esperando a verlo entrar. No obstante no sucedió nada, tuvieron que pasar un par de minutos más, para que eso finalmente aconteciera.
Cuando Albert por fin entró al restaurante, Terry ya no sabía si permanecer sentado o mejor buscar la salida más cercana. Nada, ni nadie lo preparó para lo que venía a continuación...
Su mejor amigo entraba al lugar con una hermosa mujer colgada de su brazo. Ella sonreía, mientras el joven rubio le daba algunas indicaciones, a un chico que los acompañaba. Terry, sintió que su corazón palpitaba muy rápido y sin control, porque, definitivamente, no estaba listo para encontrarse frente a frente con Candice White.
La rubia caminó junto a Albert, pasaron una, dos, tres mesas y ella no paraba de sonreír, Terry pensó entonces, que Candy no tenía idea de lo que iba a pasar cuando se detuvieran, la chica se mostraba contenta, despreocupada y tan jovial como él la mantenía en sus recuerdos.
La noche anterior no tuvo oportunidad de admirarla, tan abiertamente... Terry tragó en seco, al ser consciente de la hermosa figura que poseía la muchacha, delgada, como la recordaba, pero con curvas muy femeninas... Unas que por cierto, él no le conocía.
—Buenas tardes, Terry. Lamentamos llegar tarde...
Un par de ojos azul zafiro y otros verde esmeralda, se miraron con asombro.
—Buenas tardes, Albert —respondió Terry, levantándose de su silla, en señal de respeto a la dama que con innegable alegría le miraba—. Buenas tardes, señora Livingston... —saludó, mostrándose educado, pero también tan frío y seco, como jamás se condujo hacia Candy.
—Buenas tardes... señor Grandchester... —respondió ella, entendiendo perfectamente el trato que Terry deseaba.
Albert rodó los ojos e internamente le dio un coscorrón a su amigo. La chica, por su parte, le dedicó una miraba de decepción al tiempo que le apretaba el brazo con fuerza.
—Toma asiento, Pequeña... —le dijo Albert, mirándola a los ojos, para tranquilizarla.
—Sí... lo haré después de ir al tocador... —Candy le sonrió lastimosamente y él lo entendió—. ¿Puedes ordenar por mí?
—Claro que sí... no te preocupes.
Candy asintió y con seriedad miró al hombre, que se mantenía mirándola.
—Con su permiso, señor Grandchester.
La rubia se alejó rápidamente, caminando con firmeza hasta la zona donde se encontraban los sanitarios. Al verla desaparecer, Albert no dudó en hablar:
—Lo lamento... debí avisarte antes.
—¿Por qué demonios la trajiste?
—Porque está a mi cargo y ella no tuvo problemas en venir a saludarte... pensé en darte una sorpresa, pero disculpa, no lo volveré hacer. Si no puedes perdonar mi falta... —expresó Albert, lastimosamente—. Entonces, te invito a que nos veamos mas tarde, porque no quisiera que Candy...
—¿Ella sabía que iba a verme? —cuestionó Terry, interrumpiendo.
—Sí... pero...
—¿Ella quería verme? —interrumpió nuevamente.
Albert asintió, entonces Terry le sonrió y luego miró con añoranza el asiento vacío, el cual ocuparía la joven rubia.
—Ella volverá, amigo... —le dijo Albert tratando de animarlo—. Pero, por favor, esta vez no lo arruines.
— ¿Está seguro de que esto es lo que desea, señor Kieran? —le preguntó la voz de su asistente.
—Sí Raymond, estoy muy seguro...
—¿Y qué sucederá con sus propiedades en Inglaterra?
—Que todo se quede como está... no sé cuánto tiempo vayamos a quedarnos aquí, pero no deseo que se descuiden aquellas casas.
—Perfecto, señor...
Raymond Buckland lo miró tratando de comprender aquél cambio, en realidad no era muy necesario que su jefe y la señora, se quedaran a residir en Nueva York, sin embargo, en ese tema él no se inmiscuiría, pues no era de su incumbencia.
—¿Alguna otra duda? — interrogó Kieran.
—Respecto al otro presente... señor... ¿Está seguro de que es legal? Es un perro que trajeron de Sudamérica. Además no se parece en nada, a la mascota que tuvo anteriormente la señora...
Kieran río traviesamente, en realidad no estaba seguro de la legalidad de poseer una especie así, sin embargo, ya todo estaba dicho. El criador solo tenía un perro y Kieran ya lo había comprado.
—No es un coatí, tienes razón, con todo y eso, sé que a Candy le gustará. Respecto a su legalidad, no sé que tan legal sea, los cachorros nacieron a bordo de un barco. El dueño pudo ingresarlos al país, seguramente no habrá problema... pero aun así quiero que te encargues de conseguirle una placa lo más pronto posible.
—¿Ya lo compró?
Kieran asintió...
—No pude negarme, Raymond. Cuando lo conozcas, me darás la razón.
Kieran recordó al pequeño Fila Brasileiro que sostuvo entre sus manos y sonrió con dicha, hacia mucho tiempo que no tenía perros. No desde que su querido Napoleón murió. Había olvidado lo que se sentía tener ese tipo de compañía y en verdad se encontraba emocionado por saber que volvería a tener un cachorro.
—Es tan parecido a Napoleón... ¿Sabes? Siento que Napoleón volvió... —expresó Kieran mostrándose maravillado—. El cachorro me miró de una extraña manera y sentí una conexión con él de inmediato, además, fue prácticamente una adopción porque el dueño sólo quería deshacerse de él.
Raymond no mostró su inconformidad, ya sabía que Kieran se dejaba conquistar por cualquier mascota, pero sí le preocupaba porque, pensando en su nueva adquisición, estaba seguro de que un perro tan grande les traería muchos problemas.
—¿Dónde está ese cachorro, ahora? —cuestionó Raymond.
—En la noche partirá rumbo a Lakewood, George Johnson, el asistente de Albert, se lo llevará...
—La señora Candy se volverá loca...
Kieran moría por ver la cara de felicidad de Candy, él sabía que aquel cachorro le llevaría mucha alegría.
—Apenas lo conozca, no querrá soltarlo, así que espero que lo de la placa esté resuelto cuanto antes.
—No se preocupe, yo registraré al perro a la brevedad... —Raymond sonrió y luego, atreviéndose un poco más, preguntó—. ¿Cómo ha estado? Noto que está algo resfriado... Y perdone mi atrevimiento, pero lo noto un poco ausente... ¿Pasa algo malo con los inversionistas?
—Es solo un catarro, no te preocupes, yo estoy de maravilla. Y respecto a los inversionistas, bueno, de esos no debes preocuparte.
—Me alegro mucho señor, pero ya sabe, que si usted tiene alguna otra inquietud.
—No pasa nada Raymond, todos los negocios están resueltos — dijo Kieran, tratando de mantener la calma—. No te preocupes que si sucede algo, yo sabré como contactarte.
—De acuerdo. Confío en su buen juicio, señor.
—Gracias por eso Raymond. Ya tengo que marcharme... volveremos a Nueva York, antes de Año Nuevo.
—La casa estará lista a su regreso.
—Gracias, Raymond. No sabría que hacer sin ti...
La comida transcurrió sin muchas sorpresas.
Albert era quien hablaba, mientras que Candy y Terry se dedicaban a escuchar. De vez en cuando ambos rebeldes permitían que sus miradas se encontraran, pero de inmediato renunciaban a ese atrevimiento y rompían el contacto establecido, para seguir ignorándose.
Después del trato tan frío que Terry le dio, Candy no hizo nada para agradarle y el actor, por su parte, aunque quiso mostrarse diferente ante ella, no logró cambiar el ambiente que desde un inicio generó. Ambos chicos dejaron que el orgullo los venciera por un largo rato.
Fue hasta que salieron del restaurante, cuando Terry buscó reivindicarse. Albert tuvo que dirigirse a la recepción y entonces, se presentó la oportunidad perfecta para poder acercarse a la Pecosa.
—¿Gustas sentarte? —cuestionó Terry señalando los sillones del lobby.
—No gracias, en realidad, yo ya tengo que irme, hay varias cosas que debo hacer antes de marcharme a Chicago... —explicó Candy con educación, mostrándose tranquila—. Me dio mucho gusto saludarlo, señor Grandchester.
Terry sonrió nervioso, y al verla con intensiones de marcharse, se apresuró para detenerla.
—Hace rato, cuando te vi, sinceramente no sabía cómo dirigirme a ti... Candy, no he actuado de esa forma para molestarte —Terry la miró directo a los ojos y agregó—. En ese momento, creí que lo más conveniente era hablarte de usted.
—En realidad hablarme de usted, es lo más sensato que pudiste hacer... —dijo ella desviando la mirada para posarla sobre la figura de Albert, quién no dejaba de hablar con las recepcionistas.
—No lo creo —respondió el muchacho—. No es para nada sensato, porque tú y yo somos amigos... —sorpresivamente, Terry tomó la mano de la rubia y luego quiso confirmar—. Porque aún somos amigos, ¿verdad, Candy?
Ella lo miró, sintiendo cómo aquellas palabras se clavaban dentro de su corazón... «amigos», sí eso es lo que eran... ¿Acaso alguna vez fueron algo más? Estaba segura de qué nunca dejaron de serlo, siempre fueron amigos, sólo amigos... viéndolo fríamente, nunca hubo una declaración formal, que demostrara lo contrario.
Candy estaba enamorada, definitivamente lo amó, pero... ¿Y él? Con toda la tristeza del mundo, ella tuvo que aceptar, que Terry nunca le dijo nada. No existió alguna confesión que demostrara que la amaba tanto como ella a él.
—Sí, claro que lo somos... —expresó saliendo de su letargo, sintiendo la cálida mano de Terry, tocando suavemente la suya. Sonrió involuntariamente, mas, en sus adentros, ella se formuló un par de importantes preguntas: «¿Los amigos se sienten así al tocarse? ¿Qué sientes tú al tocarme... Terry?»
—¿Quieres sentarte para esperar a Albert? —preguntó Terry, esperando encontrar una respuesta afirmativa.
Candy ya no encontró otra excusa para rechazarle y sonriendo, decidió aceptar aquella propuesta. Con sutileza, rompieron el contacto que los unía y luego caminaron juntos hasta el lobby.
— Y... ¿cómo está Susana? —cuestionó Candy, titubeando, no estaba muy segura de comenzar una plática con aquella pregunta, sin embargo, fue la única que se le ocurrió.
Terry respiró hondo y luego respondió con toda la normalidad que le fue posible.
—Ella está bien.
—El día de la fiesta, Robert Hathaway y su esposa, mencionaron que se había sentido mal. Espero que no haya sido nada de cuidado.
—Oh no... no te preocupes... —dijo Terry aparentando calma, deseando poder desviar esa conversación—. Susana está perfectamente bien...
—Me alegro mucho.
— Y, ¿tu esposo? —cuestionó Terry con dificultad—. ¿Dónde está él ahora?
—Ha tenido reuniones desde muy temprano... —respondió ella con una sonrisa—. Seguramente no tarda en llegar.
Un incómodo silencio se interpuso en su charla y es que ambos se preguntaron: «¿Por qué hablamos sobre nuestras parejas? ¿Nuestros matrimonios son el único tema de conversación?» Terry negó y Candy frunció el ceño. Ninguno de los dos deseaba hablar de eso. No en su primera plática, después de tantos años.
—¿Cómo está Eleanor? —preguntó Candy con curiosidad, intentando salvar el momento.
—Eleanor... ella está muy bien. Visito su casa por lo menos una vez a la semana —dijo él con una enorme sonrisa—. Ha dejado a un lado los escenarios, porque está muy interesada en escribir, quizás estrene su primera obra el próximo año.
—¡Su propia obra! ¡Me alegro tanto! —Candy lo miró con admiración y expresó—. También me alegra saber que tú sigues viéndola.
—Es mi madre, después de todo... —Terry dirigió su mirada hacía los ojos de Candy y declaró—. Tú me hiciste verlo de esa manera, Candy... gracias a ti, ella y yo somos la familia que siempre debimos ser.
Y aquella fue la última declaración del castaño, pues la plática concluyó exactamente ahí. Y no era por que no tuvieran más que decirse, de hecho, ambos rebeldes tenían miles de cosas que platicar, sin embargo, la presencia de Kieran echó aquella charla por los suelos.
Los ojos de Candy miraron a su esposo, desde que este ingresó al hotel, Kieran también se encontró con la mirada de ella y sin pensarlo, se acercó hasta ellos...
«¿Quien es ese?», se preguntó el señor Livingston, analizando al atractivo castaño que se encontraba al lado de su sonriente y preciosa esposa.
—Hola... —le dijo Candy levantándose del sillón.
—Hola, Bonita... —respondió Kieran, plantándole un beso en los labios, enterando al hombre que lo miraba, que esa chica, era suya...
—Quiero presentarte a un gran amigo... —le dijo Candy, mirando a Terry—. Kieran, él es Terruce Grandchester... Terruce, él es mi esposo, el señor Kieran Livingston.
Ambos castaños sonrieron forzadamente...
—Oh... el famoso Terruce... —expresó Kieran sorprendido—. Buenas tardes, me da mucho gusto conocerte, al fin —saludó Kieran —. He escuchado mucho sobre ti... —mencionó mientras Candy pintaba de rojo sus mejillas.
—Buenas tardes —respondió el joven actor tomando la mano que Kieran le extendía—. El gusto es mío, señor Livingston. Espero que hayan sido cosas buenas... —mencionó con seriedad, mirando de reojo a la rubia, quien para su beneplácito, estaba colorada... «Le has hablado de mí, Pecosa... ¿Será que aún te intereso?», se preguntó Terry sintiendo la mirada de Candy sobre él.
Ambas miradas azules se encontraron y se miraron retadoramente, era inevitable que ambos hombres se sintieran desubicados y molestos, pues hasta cierto punto, la situación era bastante incómoda. No importaba cuánto se hubieran preparado para ese encuentro, los dos amaban a la misma mujer y definitivamente, no podían ser amigos... nunca podrían serlo. Candy era como el aire que respiraban y eso no podía ser ignorado.
—Llámame Kieran y háblame de tú, por favor... —expresó el hombre con una sonrisa—. Los amigos de Candy, son amigos míos también.
—Gracias por la confianza —le dijo Terry, intentando tragarse el dolor que sentía al ver a Kieran adueñándose de la cintura de la chica, en claro signo de posesión—. Bueno... yo ya iba de salida —mencionó, aparentando tranquilidad—. Si me pueden despedir de Albert, se los agradeceré.
—Yo se lo diré, Terry... —Candy le sonrió con calidez y luego extendió su mano—. Me dio mucho gusto saludarte.
—El gusto fue mío... —expresó Terry, tomando la mano de la rubia, sintiendo como si alguien tomara su corazón y lo estrujara—. También fue un gusto conocerte, Kieran... —dijo al tiempo que abandonaba la mano de Candy y se la ofrecía a Kieran.
—Espero que tengamos otra oportunidad de saludarnos... —mencionó Livingston.
—Eso espero también... —Terry sonrió y luego se preparó para marcharse.
—Dejaré que se despidan a gusto —susurró Kieran a Candy intentando permanecer calmado—. Voy a la recepción... —mencionó para ambos chicos—. Hasta luego, Terruce.
—Hasta pronto...
Candy sonrió mientras se encontraba con la mirada azul zafiro, del muchacho que fuera su gran amor de la adolescencia y luego le dijo:
—Salúdame a Eleanor y... a tu esposa también... —expresó con voz temblorosa, pues al percatarse de la mirada que el rebelde le dedicaba, comenzó a sentirse terriblemente nerviosa—. Les deseo unas felices fiestas a todos ustedes.
Candy se sonrojó sin poder evitarlo... y Terry sintió que su corazón se encogía por el dolor que estaba sintiendo. Escuchar a la hermosa rubia, sólo le hizo sentirse mucho más nostálgico... de inmediato pensó, en el cuadro que le regalaría una cena al lado de ella, rodeados de los hijos que ellos probablemente ya tendrían: niñas y niños, corriendo a su alrededor... pequeños suyos y de ella, Tarzanes Pecosas y Arrogantes Rebeldes, haciendo una mezcla perfecta.
—Gracias por tus buenos deseos... —Terry le sonrió y sinceramente expresó—. Yo también les deseó lo mejor a ustedes.
—Gracias, Terry.
—Ya debo irme...
—Cuídate mucho.
—Tú también, Candy.
Terry hubiera querido abrazarla, enredarla fuertemente entre sus brazos y no soltarla nunca más, pero eso era imposible y solo se limitó a imaginarlo...
—Nos vemos... —le dijo Candy.
—Hasta pronto... Pequeña Pecosa... —expresó sonriendo, al tiempo que tomaba la mano de la rubia entre la suya, para acercarla sutilmente hasta sus labios y dejar un ardiente beso sobre su dorso, lo hizo sin preocuparse por Kieran o por cualquier otro curioso que estuviera al pendiente de ellos.
Candy lo miró con asombro y sin decirle nada, lo dejó marcharse. Terry por su parte, se apresuró para salir de aquél hotel y dejar atrás a la rubia, quien casi de inmediato se dirigió a la recepción... claro, no sin antes, echarle un último vistazo a la figura de Terry, la cual tristemente, se había perdido entre la multitud.
Dejar a Candy al lado de Kieran, era lo más difícil que Terry había vivido en mucho tiempo. Salir del Hotel Plaza, mientras miraba hacía atrás y veía a la mujer que amaba, reuniéndose con su esposo, le había roto el corazón en mil pedazos. No deseaba llegar a su casa, pero ¿a qué otro lugar podía ir? Nina y su apartamento en la Avenida Lexington, estaban absolutamente prohibidos, por supuesto, eso a menos de que deseara adquirir más problemas.
—Hola, Terry... —le saludó la voz de Susana, desde la estancia.
El castaño asintió, pero no respondió, se fue directamente a uno de los sillones y se desplomó sobre el. A pesar de su cansancio y enfado, no pudo ignorar un par de maletas que yacían a unos cuantos metros. Susana, al ver que Terry miraba su equipaje, se apresuró para aclarar:
—Mi madre, quiere que pase algunos días en casa. Espero que no te moleste... —mencionó la muchacha, con timidez.
—Claro que no me molesta. No te preocupes.
—Me iré mañana, al mediodia.
—Me parece perfecto.
Ella lo miró detenidamente y entonces supo que Terry estaba triste; quizá no compaginaron como pareja, pero la realidad era que Susana lo conocía a la perfección, ella absolutamente capaz de interpretar su mirada, incluso, podía interpretar su expresión corporal.
—¿Dónde vas a pasar las fiestas? —preguntó la rubia muchacha.
—Aquí...
—¿Solo? —interrogó sin poder evitarlo.
—Sí, lo haré solo.
—Lamento lo ocurrido... sé que no me soportas ahora mismo, pero si deseas ir a la casa de mi mamá para cenar, serás bienvenido.
Terry evitó soltar una carcajada. La casa de Olga Marlowe, era el último lugar en donde quisiera estar, sin embargo, respondió con cortesía:
—Gracias Susana... lo tendré en cuenta.
Ella lo miró con timidez, toda la seguridad que había ganado anteriormente, la perdió de tajo cuando Terry descubrió que estaba embarazada. Nada quedaba de la muchacha rebelde y contestona, que le reclamaba a Terry por sus amoríos con Nina Weinzierl, con todo y eso, algo dentro de ella, la obligaba a tratar de sanar el alma del joven Grandchester, por lo que, no dudo en cuestionar:
—La viste... ¿verdad? —preguntó Susana, mientras bajaba su mirada y jugaba con sus dedos.
—No estás en posición de reclamarme nada... pero... auun así, te digo que lo mío con Nina ya se terminó.
Susana sonrió sin ganas y con determinación declaró:
—Esa relación no iba a ningún lado, me alegro que hayas recapacitado —dijo ella con sinceridad—. Pero no me refería a esa mujer.
—¿Ah, no? Entonces... ¿Me vas a inventar otra amante? —interrogó Terry en tono burlón.
—No, Terruce. Para tu mala fortuna, ella jamás se prestaría para eso... —El actor la miró con extrañeza, tratando de entender sus palabras—. Candy si es una mujer con principios.
—¿Candy? —preguntó Terry, intentando ocultar su nerviosismo.
—Sí... Candy... —repitió Susana, sonriendo—. ¿Cómo sé que la viste? —interrogó, encogiéndose de hombros—. Lo sé, porque te conozco, Terry. Tu mirada es triste, es la misma mirada que tienes cada vez que ustedes se ven y no puedes hacer nada para quedarte a su lado.
Un incómodo silencio se instaló entre ellos. Susana odió a Candy por mucho tiempo, porque pensaba que era la principal causante de su infelicidad, mas, al darse cuenta de que Terry se interesaba en una y otra mujer, dejó de preocuparse por ella. Dejó de maldecirla en el momento en el que apareció Nina, mujerzuela con la que Terry, no tuvo la puntada de ser discreto.
—¿Te enamoraste del padre de tu hijo? —cuestionó Terry, de pronto.
Susana lo miró con ojos muy abiertos y luego con un movimiento de cabeza afirmó... sí... Definitivamente se había enamorado del padre de su hijo, pero, ella no era capaz de aceptarlo en voz alta.
—¿Y él se enamoró de ti? —preguntó nuevamente el actor.
—No... no lo sé... —respondió Susana, sonrojándose.
—No mientas Susana, las mujeres siempre lo saben. Ustedes siempre se dan cuenta, cuando un hombre las ama... ¿tú sentías que él estaba enamorado?
La rubia titubeó, pero el recuerdo de unos ojos azules mirándola y unos labios sensuales besándola, la obligaron a contestar:
—Sí... —Fue su simple respuesta, y la verdad estaba siendo injusta, porque ese muchacho, se desvivía por ella.
—¿Y crees justo que ese hombre viva en la ignorancia? —interrogó Terry con insolencia.
—Por supuesto que no, por eso es que te pedí tiempo...
—Sí, pero Susana, hay un punto muy importante que quiero que contemples. Ese hombre sabía que eras virgen y que fue el primero en tu vida... ¿No crees que use eso para tratar de hacernos daño? Digo, yo no lo conozco, así que permíteme dudar...
—No —dijo la muchacha, con voz firme—. Él nunca haría algo para perjudicarme.
—De acuerdo, no es mi intención molestarte... solo espero que resuelvas esto, lo más pronto posible —Terry se levantó del sillón y luego se dirigió hasta la silla de ruedas de Susana—. ¿Ya cenaste? —preguntó con curiosidad.
—Todavía no. Estaba esperando que pudiéramos hacerlo juntos...
—Yo tengo mucha hambre, así que acepto tu invitación —le dijo con una sonrisa, esa sonrisa que ella tanto admiraba—. ¿Sabes? —cuestionó, guiando la silla de ruedas de Susana hasta el comedor—. Yo también lamento que todo haya sucedido de esta forma. Realmente, no me suena lógico que llegáramos a estas instancias.
—Sé a lo que te refieres, sin embargo, ya no podemos hacer nada, lo único que nos queda, es tratar de arreglarlo...
—Lo arreglarás Susana, estoy seguro. En tus manos tienes tu propio destino.
—¿Y qué hay de ti?
—Ya encontraré el camino...
—No hay un solo día que no pase, sin lamentar haber sido tan egoísta... —Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas y continuó—. Sé que no lo parece, pero Terry, me he arrepentido hasta el cansancio, de no haberte obligado a salir del hospital aquella noche... yo sabía por qué razón te quedabas conmigo, lo sabía perfectamente y aun así no fui capaz de insistir para que salieras y no la dejaras marcharse.
—No hablemos de eso, no quiero hacerlo. Por favor Susana, cenemos y olvidemos esa plática.
—Pero...
—Por favor, te pido que respetes mi dolor. Este día, ha sido especialmente difícil para mí.
—Lo lamento... —le dijo ella mirándolo a los ojos.
—Olvidémoslo.
Expresó el joven Grandchester, desviando la mirada, dirigiéndose a la cocina, para servir la cena, dejando a Susana, con un gran vacío en el corazón... ¿Qué podía hacer ella para ayudarle? ¿En realidad era demasiado tarde para cambiar el destino de Terry?
Quizá sí... o quizá no...
Aquellas preguntas sí tenían una respuesta, no obstante, Susana tardaría algún tiempo en descifrarlas.
