Resumen del arco anterior.
Elsa abandonó la Torre del Círculo después de haber ayudado a su amigo Jowan a escapar. Después de que Jowan se reveló como un mago de sangre, Elsa fue forzada a abandonar el único hogar que le quedaba. Ahora, reclutada por los Guardas Grises, marcha rumbo a Ostagar.
Anna, herida y traicionada, escapó de Pináculo, su hogar, en medio de la noche después de que su familia fuera traicionada por los Howe, su prometido Hans entre ellos. Con un ferviente ardor de venganza y una sombra que amenaza con nublar su corazón, viaja a Ostagar para buscar a su padre y llevar justicia a los traidores.
—X—
9:30 del Dragón. Nuboso, cuarto mes.
Ferelden. Fortaleza de Ostagar.
Elsa
Gimoteó adolorida, deseando que este viaje llegara a su fin. Sus caderas y espalda punzaban, los dedos le ardían y tenía el paladar tan seco como carne en salazón. Duncan había insistido en mantener a trote a los caballos desde que dejaron atrás el pueblo de Lothering. Además, no se había bañado desde hace dos días, cuando dejó la Torre. Elsa siempre procuraba su higiene personal, y el aroma que ahora desprendía su cuerpo era horrible.
Lo peor era que no había podido dormir desde que abandonó la Torre. La imagen de Jowan con la manos llenas se sangre la carcomía en sus sueños.
Apretó ambos puños en las riendas del palafrén.
El Camino Imperial se extendía ante sus ojos, antiguo y orgulloso. Tallado en piedra blanca por miles de esclavos tevinteranos, se decía que fue encantado por la poderosa magia de los magísteres del Imperio de Tevinter, mucho antes incluso de que se comenzara a fechar el Calendario de la Capilla. En los libros y códices se hablaba de una maravilla arquitectónica, la representación de todo el poderío que ostentó el Imperio durante su auge. Se extendía desde la capital de Tevinter hacia el sur, atravesando Nevarra, las Llanuras Silenciosa y Orlais hasta llegar a Ferelden.
No obstante, a Elsa no le pareció tan magnifico como recordaba. En su mente este gigantesco puente irradiaba una luz cegadora bajo el sol. Pero ahora, la espléndida piedra blanca se había decolorado en un tono opaco que se asemejaba a un hueso roído. Pese a ello, mantenía cierta aura de majestuosidad de un pasado lejano.
—Ya casi llegamos. —Duncan aminoró la marcha de su caballo para ponerse a su lado.
Ya era hora.
Elsa tuvo problemas para disminuir la velocidad de su montura, y asintió sin decir una sola palabra.
—Cuando lleguemos, me gustaría que conocieras a los otros dos reclutas —dijo Duncan—. El Hacedor sabe que desearía fueran más. No tuve tiempo para seguir con mis viajes. Esperaba ir a algunos castillos del norte, el Bosque de Brecilia e incluso a Orzammar… pero tuve que decidirme por la Torre.
—¿Y el resto de Guardas Grises?
—No somos muchos. Pero los pocos que hay aquí en Ferelden están todos reunidos en Ostagar —Duncan miró a la lejanía—. Una vieja fortaleza en ruinas es todo lo que se interpone entre los engendros tenebrosos y el mundo. Sin importar qué, debemos detener esta Ruina aquí y ahora, antes de que verdaderamente empiece. Si se propaga hacia el norte… Ferelden caerá.
—Pero hay más Guardas Grises en Thedas, ¿no? Ellos podrían ayudarnos.
—Hemos enviado mensajeros a Orlais… —respondió Duncan con ojos oscuros y la mirada en blanco—. Pero me temo que la tensión política con Ferelden no ha permitido que nuestros camaradas actúen en consecuencia. La Orden no interviene en asuntos políticos, pero debe ceñirse a la legislación de cada reino. E incluso si ya están en marcha, no creo que logren llegar a tiempo.
Una sensación de vacío cayó en Elsa cuando se dio cuenta de la verdadera amenaza a la que se enfrentaba Ferelden. Y lo peor era que estaban solos. De pronto su mal olor, su hastío, su amargura e incluso el recuerdo de Jowan le parecieron diminutos en comparación.
Continuaron su viaje en un silencio sepulcral, armonizado solo por los cascos de los palafrenes.
A lo lejos, vio lo que parecía ser un torreón puntiagudo, sobresaliendo de un edificio robusto y antiguo, opacado por la neblina proveniente de las montañas. Por fin habían llegado.
La fortaleza de Ostagar fue construida en los tiempos del Imperio, junto al Camino Imperial, para marcar las fronteras con las tribus salvajes chasind. Hacia el sur, la Espesura se extendía como un matorral de hiedras por todo el continente. Ostagar marcaba el fin de la civilización y el comienzo de tierras misteriosas e inexploradas. Era casi irónico que este bastión fuese la última línea de defensa contra la Ruina.
Cruzaron un puente y pasaron por debajo de un gran arco de piedra blanquecina, custodiado por cuatro guardias que se apartaron al ver a Duncan, antes de llegar al corazón de las ruinas. La vista era muy pobre: algunos torreones más pequeños se habían derrumbado y eran consumidos por la vegetación amarillenta, y los pilares restantes daban la impresión de que caerían ante la menor provocación.
Su estómago se encogió. Si esto era lo único que frenaba a los engendros tenebrosos, puede que Ferelden ya estuviera condenado.
Sin embargo, Elsa haría lo necesario para ayudar. Tal vez no era una maga digna, pero era una poderosa. No por nada se destacó entre su generación, incluso a pesar de su Angustia tardía. Con eso en mente, inhaló con resolución. Haría todo lo posible por detener a los engendros tenebrosos, y mantener a salvo a Aylin… Era todo lo que importaba. No dejaría que la Ruina llegase a la Torre.
Sus pensamiento fueron interrumpidos por el tintineo metálico de un grupo de pisadas. Miró a su alrededor hasta que, enfrente, aparecieron tres hombres ataviados con armaduras de placas: dos tenían un color plateado y sus yelmos parecían rostros de estatuas; pero el que iba en medio vestía una armadura dorada que brillaba bajo los rayos de sol, no llevaba yelmo, era un hombre joven y apuesto, su cabellera caía en sus hombros como una cascada de oro pulido; y era alto, mucho más alto que sus acompañantes.
—¡Hola, Duncan! —exclamó el hombre dorado.
—Rey Cailan. No me esperaba…
—¿Una bienvenida real? —terminó el Rey con una sonrisa radiante—. ¡Empezaba a pensar que te ibas a perder la diversión!
—Eso nunca, su Majestad. —Duncan desmontó con elegancia y estrechó la mano del Rey—. Pero no hacía falta que el propio Rey viniera en persona.
Elsa intentó, en vano, desmontar con la misma elegancia y facilidad del Guarda Gris. Cuando por fin logró poner los pies en el suelo, irguió la espalda para salvar la poca dignidad que le quedaba.
—¡Finalmente voy a tener al poderoso Duncan a mi lado en la batalla! —declaró el Rey Cailan—. ¡Glorioso! Los demás Guardas dicen que has ido en busca de un nuevo recluta. ¿Es ella?
La maga se encogió ante su mirada, inquisidora e indiscreta.
Duncan dio un paso al frente.
—Permitidme que os la presente, su Majestad.
—No hace falta ser tan formal, Duncan. A fin de cuentas, verteremos nuestra sangre juntos. —Guiñó un ojo sin apartar el otro de la maga—. ¡Hola, amiga! ¿Puedo saber tu nombre?
—Soy Elsa, su Majestad.
Se mordió los cachetes. Al menos su rostro seguía siendo inexpresivo como siempre, o eso esperaba.
—¡Es un placer conocerte! —exclamó Cailan.
Elsa dejó escapar un suspiro que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
—Los Guardas Grises están desesperados por engrosar sus filas y yo me alegro de poder ayudarlos —continuó el Rey—. Si es verdad que vienes del Círculo, confío en que tengas algunos hechizos para ayudarnos en la inminente batalla.
—Haré lo que pueda, su Majestad.
—¡Excelente! Tenemos muy pocos magos aquí. Una más siempre es bienvenida. Permíteme que sea el primero en darte la bienvenida a Ostagar. Los Guardas se beneficiarán de tu presencia, estoy seguro de que supondrás una gran diferencia para la Orden y para todos nosotros.
El cumplido la descolocó.
—O-os lo agradezco, su Majestad.
—Siento tener que irme ya, pero he de volverme a la tienda. —Cailan suspiró y miró al horizonte—. Loghain me espera impaciente para aburrirme con sus estrategias.
—Vuestro tío Eamon, lord Guerrin, os envía saludos —le informó Duncan—, y os recuerda que las fuerzas de Risco Rojo podrían estar aquí en menos de una semana.
—¡Ja! —Se burló el Rey—. Lo que Eamon quiere es llevarse parte de la gloria. Ya hemos ganado tres batallas contra esos monstruos y la de mañana no va a ser diferente. Ni siquiera puedo asegurar que sea una verdadera Ruina. Hay muchos engendros tenebrosos en el campo de batalla, pero no hemos visto rastro del Archidemonio.
Duncan arqueó las cejas.
—¿Decepcionado, su Majestad?
—¡Yo esperaba una guerra como la de los cuentos! ¡Un rey cabalgando contra un dios oscuro, con su ejército cuestas, vertiendo sangre junto a los Guardas Grises! —suspiró—. Pero supongo que tendrá que bastar con esto… He de irme antes de que Loghain envíe un grupo de rescate a buscarme. ¡Adiós, Guardas Grises!
Elsa y Duncan se llevaron ambas manos al pecho y se inclinaron en una reverencia. Cailan se alejó por donde vino junto a sus caballeros.
—Lo que el Rey dijo es cierto —dijo el Guarda Comandante—. Han ganado varias batallas a los engendros aquí.
—Pero no compartís su confianza —se dio cuenta Elsa.
Duncan comenzó a caminar adentrándose en las ruinas y le indicó que lo siguiera, ambos palafrenes guiados por él.
—Al margen de las victorias, la horda de los engendros tenebrosos crece cada día que pasa. Y también hemos perdido muchos hombres. A estas alturas ya deben de superarnos en número. Al menos tres a uno… —sacudió la cabeza—. No debería abrumarte con temas logísticos. En cualquier caso, debemos proceder con el ritual de Iniciación sin más demora.
Elsa arqueó una ceja.
—No sabía que había un ritual.
—Para convertirse en Guardas Grises, todos los reclutas deben someterse a un ritual secreto que llamamos la Iniciación.
Qué original pensó con los ojos en blanco. Seguro que Aylin tendría una broma sarcástica sobre eso.
—Es breve, pero requiere de ciertos preparativos. No tardaremos en empezar —Duncan se detuvo frente a un largo puente de piedra blanca que conectaba con el otro lado de la fortaleza—. Por el momento puedes pasear por el campamento, sólo te pido que no lo abandones. Busca a un Guarda llamado Kristoff y dile que es hora de reunir al resto de reclutas. Es alto y rubio, lo reconocerás al verlo. Si me necesitas puedes encontrarme en la tienda de los Guardas Grises.
Duncan se alejó por el puente con las riendas de ambos palafrenes en cada mano.
Elsa respiró hondo y exhaló. A su izquierda, las figuras sombrías de árboles y coníferas se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Se estremeció al imaginar todas las criaturas que habitaban esos bosques y pantanos. Prefería regresar a la comodidad de la Torre, protegida tras sus gruesos muros de piedra y metal, aprendiendo a mejorar sus habilidades mágicas y enseñando a otros lo mismo.
Se preguntó que estaría haciendo Aylin en estos momentos. ¿Estaría enojada con ella por no haberse despedido? ¿La extrañaría? Tan solo esperaba que no la odiara.
La brisa le acaricio los vellos de la nuca y, sin pensar, se llevó ambos brazos al pecho. No tenía frío por el viento, de eso estaba segura, pero la incertidumbre que sintió era suficiente para dejarla helada como un glaciar. La túnica dorada del Círculo no fue suficiente para darle el calor que buscaba. Esa túnica, antaño un consuelo cálido, había perdido cualquier rastro de confort, ahora era solo una prenda que le recordaba su fracaso.
Aquí empezaba su nueva vida. Ya no había vuelta atrás. Y el único consuelo que Elsa encontró fue el saber que ahora lucharía y moriría por una causa mayor. Al menos podría seguir protegiendo a la gente, aunque ya no de la forma que siempre deseó.
Apretó la mandíbula y se forzó a seguir adelante.
—X—
Anna
—Estamos cerca —anunció ser Kai cuando la borrosa imagen de una torre se divisó tras las montañas protegidas por densas capas de nubes.
—Creí que nunca llegaríamos —se quejó Anna.
El alivio y el regocijo que sintió fue reemplazado al instante por una sensación de vacío en el estómago, como si tuviese un huracán destrozándola desde el interior. En todo el camino desde que dejaron atrás Lothering, el pensamiento de qué les diría a su padre y a Fergus martilleaba su cabeza a cada minuto. ¿Cómo dar una noticia de tal magnitud?
Lo peor era que la culpa por no haber podido salvar a su madre, a Ofelia y al pequeño Oren comenzó a rasgar su piel y a carcomerle las entrañas. Su padre la había dejado a cargo del Teyrn, era su responsabilidad cuidar de todos en el castillo y había fallado miserablemente. No merecía portar su apellido. Pero le había hecho una promesa a su madre, y debía cumplirla.
Así que respiró hondo y se obligó a seguir caminando.
A sus espaldas, ser Kai mantenía un paso uniforme, siempre atento a los peligros.
Gerda se había quedado atrás con Olaf, en el pintoresco pueblo de Lothering. De alguna forma, Anna logró convencerla para que se quedase allí, refugiada en la capilla del pueblo y le ordenó a Olaf que cuidara de ella. Anna se sentía más segura dejándolos a ambos lejos de la batalla. Pero el vacío de incertidumbre la estaba haciendo arrepentirse por su decisión.
No es que ella lo admitiera, pero estaba agradecida con la presencia de su nana y del caballero, la mantenía y le daban fuerzas para seguir adelante. Era reconfortante tener gente a su lado, que velaba por ella incluso cuando ella era hosca y grosera.
Y Olaf era su compañero fiel que siempre le animaba el día incluso en las situaciones más pesimistas. Pocas veces se habían separado, y Anna ya comenzaba a echar de menos su presencia reconfortante y alentadora.
Con cada paso, la fortaleza se iba revelando tras el velo de nubes que descendían desde el sur, y con ella el remolino en su interior se acrecentaba. Aun así, sus piernas la llevaban hacia delante. Cruzaron un puente y llegaron hasta la entrada de esa vieja estructura. Sin embargo, cuatro guardias les cortaron el paso antes de que pudiesen llegar más lejos.
—¡Alto ahí! ¿Quién va?
La pelirroja frunció el ceño y se adelantó a contestar:
—Soy Anna Cousland, hija del Teyrn Agdar. Apártense. Debo ir con mi padre.
Los soldados la miraron escépticos.
—¿La hija del Teyrn? ¿Y cómo podemos saber que vuestras palabras son ciertas? Por lo que sé, lord Cousland dejó a su hija en Pináculo, a salvo. No hay razón para que esté aquí.
Anna apretó los puños, pero intentó mantener la calma. Vio que en los escudos de los soldados estaba pintado el blasón de la familia real: dos perros rojos coronados enfrentándose en un cuarteado de oro y blanco.
—Avisad a mi padre entonces. O a mi primo Fergus. Sois hombres del rey, así que deben saber en dónde están.
—Mira jovencita, no estamos para hacer de niñeras —dijo otro de los soldados—. Así que…
—Oye, Oslo —intervino el tercero—. Mejor haz lo que dice y ve a buscar a lord Fergus. Samantha me dijo que estaba en el campamento inferior, entrenando con sus hombres.
—¿Y por qué debo hacer yo de recadero? —gruñó el tal Oslo—. Le tocaba a Ivar esta vez.
—Pero perdiste la apuesta, ¿no te acuerdas? Así que yo no voy —le dijo el cuarto soldado con una sonrisa burlona—. Anda, vete ya. Que si resulta ser quien dice, puede que hasta te armen caballero hoy mismo.
Oslo miró con un gran ceño a sus compañeros y salió de allí echando humo. Los soldados comenzaron a burlarse del hombre, pero a Anna no podía importarle menos.
Mientras esperaba, intentó armarse de valor para enfrentar a su primo, pero el miedo y la expectativa no la abandonaron pese a todos sus esfuerzos.
La espera se estaba volviendo eterna cuando, por fin, el soldado regresó junto a un hombre vestido con una cota de malla roja y un escudo decorado con un barco plateado surcando el mar azul bajo un cielo carmesí.
—¿Anna? ¿Qué estás haciendo aquí? —La voz de Fergus parecía lejana, irreal.
La joven Cousland miró aquel rostro que temía enfrentar sin llegar a verlo realmente. Era como si un velo fantasmal cubriera sus ojos y la llevara de vuelta a la habitación de Ofelia y Oren. El mundo daba vueltas a su alrededor y un pozo sin fondo quería engullirla bajo todo el peso de su propia culpa.
—Lo siento Fergus. No pude protegerlos. No pude proteger a nadie.
¿Su voz estaba rota?
Llovía, pero las gotas que sus labios probaron estaban impregnadas de una amargura salada. El abismo la envolvió entre sus brazos inquisidores y Anna se quebró.
—X—
Elsa
Caminó a lo largo de las ruinas de Ostagar, mirando en todas direcciones. "Busca a Alistair", dijo el Comandante, "es alto y rubio".
La maga resopló ¿Cuántos hombres altos y rubios debía de haber aquí? Las ruinas estaban repletas de soldados que iban y venían, algunos se amontonaban frente a una sacerdotisa que recitaba plegarias al Hacedor, otros engrasaban sus armaduras y los más excéntricos practicaban con sus espadas.
Una tienda violeta a su derecha captó su atención, era custodiada por dos templarios y, de su interior, se podía percibir un aura mágica. El campamento del Círculo de Hechiceros.
Por unos segundos, se quedó ahí paralizada, cientos de pensamientos corriéndole por la cabeza.
—¿Elsa? ¿Qué haces aquí?
Una voz familiar la sacó de su trance y, con vergüenza, no pudo hacer más que mirar a Wynne, su antigua mentora.
La veterana hechicera vestía su túnica escarlata, evidenciando su estatus dentro del Círculo. Su rostro siempre afable adornado por leves arrugas mostraba sus años de experiencia, y su cabello antes castaño ahora estaba teñido en su totalidad por el blanco de las canas.
—Encantadora Superiora —Elsa agachó la cabeza en reconocimiento, y en parte para no mirarla a los ojos—. Soy la nueva recluta de los Guardas Grises
—¿Tu? ¿Una Guarda Gris? —Wynne la miró con extrañeza—. Jamás me lo hubiera imaginado. Esa vocación parece más propia de Aylin o hasta de Jowan —rio entre dientes—. Creí que querías ser una Encantadora Superiora. ¿Qué te llevó a entrar a los Guardas Grises, niña?
Elsa se movió incomoda. No quería explicarle a su antigua mentora los sucesos que la llevaron a ser reclutada por Duncan, ni su vergonzosa salida de la Torre del Lago Calenhad.
—La gente cambia… —Elsa se negó a mirarla a los ojos—. Yo… supongo que en cuanto supe acerca de la Ruina… No pude quedarme en la Torre sin hacer nada.
¡Mentirosa! gritó su propia mente.
No tenía caso mentirle a Wynne. Después de todo, tarde o temprano se enteraría de la verdad. Pero por más que buscaba su fuerza de voluntad para afrontar la cruda realidad frente a ella, no pudo más que huir.
Desde que era niña, Elsa tendía a huir de sus problemas personales. Cuando debía proteger a Aylin o a Jowan siempre iba de frente, sin importarle las consecuencias, atravesaría la mismísima Ciudad Negra solo para que estuvieran a salvo. Pero cuando de trataba de ella misma, apenas era capaz de sostenerse en pie. Al fin y al cabo, Elsa no era digna.
—¿De verdad? —Wynne preguntó—. Bueno, siempre tuviste un gran sentido del deber y de responsabilidad. Supongo que ser una Guarda Gris se ajusta a tu personalidad.
Ojalá, resoplóElsa.
—Agradezco vuestras palabras, Encantadora Superiora.
—Oh vamos querida, no seas tan formal conmigo —rio Wynne—. Hace mucho deje de ser tu mentora. Y ahora que ya no perteneces al Círculo, hay menos razones para que me llames por mi posición. Si me sigues hablando con tanta formalidad, harás que me sienta más viejas. Solo llámame, Wynne.
Elsa no pudo evitar arquear los labios. A pesar de todo, Wynne siempre encontraba la forma de animarla.
—Las viejas costumbres tardan en morir —dijo Elsa—, como una roca fereldeana.
—Veo que tu humor extraño sigue intacto —bromeó Wynne—. Bien. Mantenlo contigo en tu viaje. El camino que te espera no es fácil, querida. Mientras más mantengas de ti misma a través del duro destino que deberás afrontar, mejor. Recuerda siempre ser fiel a ti misma, y al deber que cargas.
—Gracias por el consejo, Enc-… Wynne —el nombre sonaba raro en sus labios—. Me disculpo, pero el Guarda Comandante me ha pedido que cumpla una tarea.
—Oh por supuesto, no te entretengo más. Espero que podamos hablar en el futuro. Aún sigo interesada por conocer mejor tus motivos para convertirte en Guarda Gris —sonrió—. Pero déjame darte un último consejo. Recuerda que es sabio contemplar tus propias acciones y el camino que elegiste, pero mientras te mantengas firme, sabrás que todo estará bien.
¿Cómo podía explicarle que ella no escogió este camino? ¿Cómo decirle que más que una elección fue el único camino para salvar su vida? Sin embargo, las palabras de Wynne le trajeron cierto alivio. La pesadumbre que había estado cargando desde que dejó la Torre se sintió más ligera.
—Gracias, Wynne. Adiós.
Elsa quiso decir un "hasta pronto", pero sabía que era poco probable que volviera a ver a Wynne. Incluso si no moría en batalla contra los engendros tenebrosos, jamás podría regresar al Círculo. Sus ojos picaron y dio media vuelta.
—Adiós, querida. Que el Hacedor te guie en tu nueva vida.
Elsa casi salió de ahí, huyendo nuevamente de su pasado. No pudo evitar sentir un tirón doloroso en el pecho. Pero ya no importaba. Ahora lo único que podía hacer era seguir adelante.
Su escapada improvisada la llevó hasta lo que parecía ser un mausoleo en ruinas. Dentro había un Encantador. Elsa pensó que quizá lo había visto un par de veces en la Torre. El segundo hombre era alto y rubio, vestido con una armadura de acero gris decorada con bordados azules y un grifo en el peto.
Un Guarda Gris, sin duda.
—¿Qué pasa ahora? —gruñó el Encantador—. ¿Es que los Guardas Grises todavía quieren más del Círculo?
—Solo he venido a traer un mensaje de la reverenda madre, señor mago —respondió el rubio—. Solicita vuestra honorable presencia.
—¡Y a mí que me importa lo que quiera la reverenda madre! Estoy ocupado ayudando a los Gurdas Grises… ¡y lo hago por orden del Rey! ¡Dile que no permitiré que me avasallen de esta manera!
—Sí, entregar un mensaje es un verdadero acto de hostigamiento.
—Ni creas que con tus elocuencias lograrás persuadirme —gruñó el mago.
—Y yo que pensaba que estábamos llevándonos de maravilla. Hasta pensaba ponerle vuestro nombre a uno de mis hijos… Al más gruñón.
—¡Basta! ¡Hablaré con esa mujer si no queda más remedio! ¡Aparta, idiota! —El Encantador salió de ahí echando humo, ni siquiera se paró a darle una segunda mirada a Elsa.
—¿Sabes? —El rubio miró a la platinada—. Una de las cosas buenas que tiene la Ruina es que une a la gente. En especial los magos y los templarios. ¡Ah qué grandiosas amistades! Solo el fin del mundo causa tales asociaciones, ¿no crees? Je.
Elsa no supo qué responder y se quedó ahí de pie, con una expresión en blanco.
—Ah… ejem, lamento mis modales —se disculpó el hombre—. Soy Kristoff a tu servicio. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
Parte del peso en sus hombros desapareció. Una tarea menos. Ahora, ¿cómo hablar con este Guarda Gris? Cierto, quizás debería comenzar por presentarse.
—Soy Elsa, la nueva recluta de Duncan.
—¡Ah, cierto Duncan te mencionó! —exclamó Alistair—. Perdona por no haberte reconocido, pero recordar cosas no es lo mío, ¿sabes? O bueno, en este caso personas, je.
Un silencio incomodo hizo eco en aquellas ruinas roídas. En momentos como este, Elsa maldecía sus nulas habilidades sociales con desconocidos.
—Entonces… —Por fin, Kristoff rompió el silencio—. ¿Vienes del Círculo? Duncan dijo que era una maga poderosa. No tenemos muchos entre los Guardas Grises, así que serás de gran ayuda.
—Lo seré —afirmó Elsa—. Mi magia podría cambiar el curso de cualquier batalla.
—Vaya, ¿mucha confianza en tus habilidades? ¡Qué mejor! Los Guardas necesitamos gente capaz y de voluntad fuerte.
Cualidades que, hace una semana, Elsa habría usado para describirse a sí misma. Ahora ya no estaba tan segura. Pero al menos aún tenía su poderosa magia.
—Duncan me dijo que la Iniciación comenzaría pronto —informó la maga.
—Entre más rápido mejor, ¿verdad? —sonrió el Guarda—. Entonces será mejor buscar a Daveth y a ser Jory. Como miembro más joven de los Guardas yo os acompañaré durante la preparación del ritual.
Elsa asintió y se dispuso a seguirlo en silencio. Por desgracia para ella, su nuevo compañero parecía tener una idea opuesta.
—Así que vienes de la Torre del Círculo, en el lago Calenhad, ¿verdad? Yo soy de Risco Rojo, más o menos. Me crie en las granjas de ese pueblo, o mejor dicho me criaron los perros, je —rio entre dientes—. ¿Tu naciste en la Torre o…?
Todo lo que Elsa quería era terminar cuanto antes con esta supuesta Iniciación. No le veía sentido en relacionarse con sus nuevos compañeros. Pero sería descortés no responder.
—No. Fui llevada de niña, pero no nací ahí. Creo que nadie nace en el Círculo.
El rostro de Alistair se coloró.
—Oh y-ya veo. Disculpa mi ignorancia. Debo parecer un chiste, ¿eh? Vaya templario hubiera sido.
Elsa alzó una ceja en confusión. ¿Templario?
—Ah sí —dijo Kristoff—. Antes de ser Guarda Gris me estaba entrenando para ser templario. Como dije, crecí en Risco Rojo, así que cuando tuve edad me enlisté en la Capilla para ser templario. Era eso o entrenar para barrendero o mozo de cuadras, je —suspiró—. Ah, pero jamás hice los votos. Duncan me salvó de las garras de la reverenda madre y bueno, aquí estoy.
Tal vez ella también debería darle alguna explicación de por qué está aquí, pero no sabía qué decir. Para su suerte, Kristoff siguió hablando.
—Pero bueno, debo decir que prefiero estar aquí que en la Capilla. No creo que hubiera sido un buen templario de todos modos. Por cierto, espero que no tengas problemas con eso, por lo de ser cazador de magos y esas cosas. No es la mejor forma de conocer a un mago…
Elsa no tenía ningún problema particular por su pasado templario. Pero, de todos modos, no estaba interesada en saber más. Entre menos se relacionara con los otros Guardas, mejor.
—No te preocupes. No guardo rencor contra la orden templaria ni contra la Capilla. —Ella entendía la importancia que existiesen ambas instituciones para el control de la magia, a diferencia de muchos magos que se sentían reprimidos, como Aylin o incluso Jowan.
—Menos mal —exhaló el ex templario—. Algunos magos que he conocido aquí en Ostagar no lo tomaron tan bien, ¿sabes? Por ejemplo, el hombre con el que me encontraste discutiendo, "ser Gruñón el Mago". Duncan me pidió ser intermediario entre la Capilla y el Círculo, pero parece que los magos lo tomaron como un insulto
Elsa solo atinó a asentir con la cabeza.
—Las relaciones entre los magos y la Capilla no siempre son buenas. —Ella lo había visto de primera mano, incluso en un Círculo con muchas libertades y concesiones para los magos como lo era la Torre del Lago Calenhad. Aylin le contó acerca de cómo los magos eran brutalmente reprimidos en Kirkwall—. Pero debemos trabajar para limar las asperezas.
—Sí, bueno, qué mejor forma de limar asperezas que unirnos para luchas contra la Ruina, ¿eh? —sonrió Kristoff—. Por cierto. Tengo curiosidad. ¿Te has enfrentado antes a los engendros tenebrosos?
—No —admitió la maga—. Lo más cercano serían demonios dentro del Velo.
—Oh ya veo —Kristoff se rascó la barbilla—. No sé muy bien cómo sean los demonios, nunca he visto uno, solo sé lo que me enseñaron en la Capilla. Pero… los engendros tenebrosos son… toda una experiencia. Te cambia la forma de ver la vida, ¿sabes? La primera vez que luché con uno, no estaba preparado para lo monstruoso que fue. Y las cosas que le hacen a la gente —se estremeció—. No puedo decir que esté ansioso por verlo de nuevo. ¿Quieres un consejo? Nunca bajes la guardia, y recuerda estar preparada para ver cosas espantosas.
Elsa dudaba que los engendros tenebrosos pudiesen superar las ilusiones y pesadillas que algunos demonios dentro del Velo podían crear. Pero, de nuevo, no sabía exactamente a qué se enfrentaría en el futuro. No puede ser tan malo, ¿verdad?
