Es la primera vez que escribo algo enfocado en este personaje, pero va, le entro sin frío.
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– ¡Espera, detente! – le dijo al chico rubio.
El ejercicio para sus dos alumnos ese día consistía en probar su fuerza tratando de derribar un trozo de hielo del tamaño de una casa. Ambos muchachos lo estaban haciendo muy bien, pero en algún momento Hyoga aumentó el ritmo; sin duda, lograría cumplir con el objetivo de la actividad, pero era tanto su frenesí que no se daba cuenta que un enorme trozo de hielo estaba a punto de caer en su testa.
Camus notó que su joven aprendiz estaba tan empecinado en lograr el objetivo, que no notaba que estaba poniéndose en peligro a sí mismo.
– ¡Ya, ya, suficiente! – insistió acercándose al chico. Incluso Isaac se había detenido para observar preocupado aquello.
Era natural. Ellos dos tenían unos años viviendo juntos, eran amigos y prácticamente ya tenían un vínculo como de hermanos.
Y en esa relación, pensaba Camus, Isaac jugaba el rol de hermano mayor, pues a pesar de ser apenas unos días menor que Hyoga, él mostraba más madurez que su amigo.
Hyoga, por su parte, se comportaba como un aprendiz un poco más visceral, que rápidamente se dejaba llevar por sus emociones. Camus lo entendía, era uno de los pocos (y al menos el único que él conocía) que había tenido el privilegio de tener una niñez temprana más o menos normal y, sobre todo, que había convivido con su madre y tenía recuerdos bastante lúcidos de ella.
De hecho, esa había sido la razón por la que el Santuario había cuestionado que Camus lo aceptara como alumno.
En su momento, el Patriarca le había encomendado a un niño que había cumplido de forma sobresaliente su formación básica en el Santuario y demostraba gran potencial para convertirse en Caballero; sin embargo, cuando llevaba casi un año con ese pupilo, un anónimo japonés estaba poniendo a disposición de la Orden a un grupo de niños para aspirantes a Caballeros, Hyoga entre ellos, y Camus manifestó su interés por también llevárselo como alumno.
En ese momento había argumentado que, al ser oriundo de las mismas tierras en las que él entrenó, bien podría tener potencial; pero el Patriarca opinaba que Isaac era la elección ideal. Al final, se decidió que podría entrenar a ambos.
– Pero maestro – le replicaba Hyoga, que por aquella época entraba en la caprichosa pubertad – estuve a punto de…
– De que te cayera eso en tu cabezota – interrumpió Isaac señalando arriba del rubio.
Camus sólo se cruzó de brazos. No quería mostrar ningún gesto de preocupación, ni siquiera de enojo; siempre trataba de ser estoico con los muchachos.
– Otra vez te dejaste llevar y te pusiste en peligro – dijo el de Acuario – Por hoy hemos terminado el entrenamiento, pónganse sus abrigos y vuelvan a casa.
Hyoga frunció un poco el entrecejo, Camus ya conocía muy bien esa expresión de frustración, pero no nada al respecto – Sí, maestro – se limitó, fue hacia donde descansaba su abrigo y comenzó a tomar camino hacia la pequeña cabaña que habitaban los tres.
– De nuevo lo estaba haciendo ¿verdad? – atrajo Isaac su atención.
– Tiene que enfocarse en lo realmente importante para ser un verdadero Caballero.
– ¿Maestro…?
– Anda, ve con él y no se quiten el abrigo hasta que lleguen, no quiero que vuelvan a enfermarse. Eso nos retrasa muchísimo.
Su pupilo asintió y fue corriendo para alcanzar a su compañero. Camus los siguió con la mirada, Isaac alcanzó a Hyoga y seguro ya estaban comentando sobre las enseñanzas del día.
Dibujó una media sonrisa. Eran un buen par y de cierta manera le recordaban un poco a él y su gran amigo Milo en sus años de entrenamiento.
Incluso en ese contraste de personalidades, en el que Camus era el frío y sensato, y Milo el apasionado y arrebatado. Siempre fueron así, excepto en un tema en específico en el que los papeles cambiaron e incluso él (Camus) se sintió como el visceral, tal y como Hyoga se mostraba.
Sí, el Santo de Acuario estaba preocupado de que su joven alumno se dejara llevar por sus sentimientos hacia una mujer (aunque fuera su madre). Y es que alguna vez Camus estuvo en esa posición.
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Desde muy corta edad, Camus había sido llevado a Grecia para cumplir con su destino como parte de la Orden de la Diosa Athena; fue, según le dijeron, parte de una generación de Santos que tuvieron la fortuna de ser reconocidos por su cosmos y más bien tenían que enfocarse en fortalecer sus habilidades y prepararse para desempeñar plenamente su función como Caballero Dorado.
Vivió algunos años en el Santuario bajo la tutela del Patriarca y tuvo la oportunidad de convivir un poco con algunos de sus compañeros. En esos años, Milo se había convertido en un gran amigo, a pesar de ser tan distinto a él.
Ambos no habían conocido a su familia y tenían las mismas instrucciones y formación, sólo era, quizás, una cuestión de personalidades o naturaleza que fueran distintos. A veces tenían que pasar temporadas fuera, entrenando por separado y lejos para desarrollar sus propias habilidades, pero siempre que regresaban a casa pasaban algún tiempo compartiendo sobre sus enseñanzas y anécdotas.
En esas charlas era cuando más afloraban sus personalidades, Milo siempre hablaba mucho, sí, de sus nuevas técnicas y progresos, pero también de la gente que conocía y todas las cosas que le pasaban; Camus, en contraste, sólo le contaba de los increíbles paisajes helados, del frío de la región y la paz que se respiraba en aquellas tierras.
Sin embargo, hubo una ocasión en la que sí había de qué hablar y Camus pensaba que justamente alguien como Milo podría ayudarle a tener más claridad sobre el asunto.
En su papel de Santo de Athena, Camus se había enseñado a ser muy frío y hasta indiferente con temas personales o relacionados con las emociones; pero todo estaba cambiando, y se sentía joven, inexperto, tonto.
– Algo tienes – había adivinado casi inmediatamente el de Escorpión en cuanto fue a visitarlo, sabiendo que él ya había regresado después de unos meses.
Camus siempre trataba de ser discreto, pero no podía engañar a quien lo conocía desde casi toda la vida. Además, era increíble lo perceptivo y sensible que era Milo, le estaba facilitando ir al punto.
Fiel a su carácter, con pocas palabras confesó a su amigo lo que pasaba – Estuve con alguien.
– ¡¿En serio?! – fue la reacción de Milo con cierta risa. Desde muy jovencito, su amigo no se reservaba sus comentarios al señalar el atractivo de una mujer, ya fuera alguna aldeana de Rodorio o cualquier miembro del Templo de Athena, desde las sirvientes hasta las Amazonas. Aunque Camus solía advertirle que fuera más discreto con sus comentarios, especialmente cuando se refería a sus compañeras de armas, de alguna manera agradecía que él pudiera decirle algo.
– ¿Y…? – insistió ante su silencio, Camus sabía que no lo dejaría en paz ni se iría del Templo de Acuario hasta que le contara los detalles.
Camus respiró profundo y sólo dijo – Sucedió, pero no sé qué es lo que deba pasar ahora.
Probablemente su amigo esperaba alguna historia más emocionante como las de él, así que Camus dijo cuál era el meollo del asunto.
– Bueno… quisiera proponérmele.
– ¿Cómo? ¿Algo formal como tu mujer?
Él sólo asintió y, por primera vez, notó a su amigo serio – No, no, no, mala idea, mala idea.
Camus se sintió un poco intrigado, pensó que Milo sería más abierto sobre el tema. En respuesta alzó la ceja llamándolo a que explicara la razón de su reacción.
– Mira, no tengo problema con salir con una chica, incluso que haya besos de por medio o algo más si quiere y acepta que no puede haber algo más – se acercó y se puso aún más serio – Pero eso de tener una relación formal son palabras mayores.
– No me malinterpretes – continuó el de Escorpión – En ninguna parte dice que, como Caballeros, no podamos tener compañía, pero nuestra prioridad es y será, siempre, nuestro deber con Athena.
– Bueno, como dices, no está prohibido y si ella lo entendiera…
– No, creo que si estuviera con una chica, ella se llevaría la peor parte. Imagínate, ella no puede vivir en el Santuario y tendría que, de menos, vivir en Rodorio, pasando temporadas sólo esperando ¿Qué pasa si muero en una batalla y se queda sola? ¿Y qué pasaría si un enemigo sabe de ella y la lastima o utiliza como un punto débil? ¿Crees que es justo?
Camus no imaginaba que, a pesar de que aún eran muy jóvenes y que parecía que ya tuviera cierta experiencia con el sexo femenino, Milo ya hubiera reflexionado sobre las implicaciones de tener una pareja formal. Sin duda, en ese renglón, su amigo lo estaba sorprendiendo al mostrar un poco de madurez.
– Imagínate si fuera aún más serio el asunto, ¿qué pasaría si hubiera hijos de por medio? – siguió hablando – Ahí ya arruinas más de una vida.
El de Acuario pasó la mano por la frente, un gesto que no pasó desapercibido por su amigo – ¿Qué pasa? – pensó por un momento y le soltó – No me digas que todo esto es porque la embarazaste.
– ¡Claro que no! – respondió indignado y tratando de controlar el bochorno que subía por su rostro.
Milo respiró aliviado y Camus lamentó quitarle esa sensación tan rápido – Pero… bueno, ella ya tiene un hijo.
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Para cuando alcanzó a los chicos en la cabaña, no pudo evitar poner los ojos en blanco. Hyoga estaba afuera dando vueltas de un lado a otro… y sin su abrigo.
– Entra, hace frío. No quiero que te enfermes y te retrases en tu entrenamiento – le indicó Camus.
– Estoy bien, estoy muy acostumbrado al clima de aquí ¿Recuerda? Es mi tierra.
Lo sabía. Ese no era el meollo del asunto – ¿Qué sucede, Hyoga?
– ¿Por qué me detuvo cuando estaba a punto de romper ese témpano?
– Ibas a lastimarte.
– No me importa, iba a lograrlo y sabe que necesito cumplir con ese tipo de cosas para ser un Caballero.
– No estás pensando en las razones correctas.
– ¡No lo entiende! ¡Usted no lo entiende! – le refutó – Necesito ser un Caballero para volver a verla. Ella está allá y necesito llegar hasta ella.
Vaya que lo entendía, pero no podía ceder – No es correcto.
– ¡Basta! Ya me cansé de sólo obedecer, sólo es mi maestro, no es mi padre.
Hyoga se alejó de ahí, con ese ceño fruncido que evidenciaba su frustración. Camus lo dejó. Él entendía perfectamente lo que sentía al querer volver a verla y, sí, también estaba más que consciente de cuál era su rol como sólo un maestro.
No necesitaba que el muchacho se lo recordara, él ya lo tenía claro desde hacía mucho tiempo.
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En cuanto le había soltado esa frase, la curiosidad y preocupación de su amigo aumentó y pidió que le contara de qué se trataba todo el asunto.
Camus se sintió un poco incómodo, hablar tanto de él y sus cosas no era una actividad en la que fuera bueno; además implicaba abordar asuntos de una dama. Sin embargo, era necesario que Milo conociera los hechos para poder darle un consejo y también, debía reconocer, necesitaba desahogarse.
Fue durante su más reciente viaje a Siberia y, como ya era casi una costumbre, prácticamente vivía como un ermitaño. Recién llegó y en uno de sus entrenamientos, se había lastimado el tobillo y se vio en la necesidad de romper su aislamiento e ir a un pequeño hospital en un pueblo cercano.
Su herida no era grave, quizá apenas un esguince y, dado que llevaba toda su vida preparándose como Caballero, le había pasado decenas de veces; pero cuando era niño alguna vez el viejo Maestro Shion le había aconsejado que, si se lesionaba en tiempos de paz, aprovechara para recuperarse con calma, pues no siempre podría gozar de ese privilegio. Así que había decidido tomar el consejo e ir a tratarse como cualquier persona.
Ya que parecía muy joven y vivía solo, le pidieron que se quedara unos días ahí. Camus estaba muy apenado por ello, estaría ocupando una cama en el lugar, siendo que se trataba de un hospital muy pequeño y humilde. Había pensado que estaría bien si pasaba sólo una noche ahí y luego buscaría un pretexto y se marcharía de nuevo a su aislamiento, a su soledad.
Así fue, pero esa única noche fue suficiente para que le cambiara la vida.
En esas horas en el hospital recibieron a una joven al borde de la desesperación, llevaba consigo a su pequeño hijo, quien estaba muy enfermo, algo muy común en esa época del año, en la que las ya de por sí frías tierras, no daban tregua con tormentas heladas.
Camus la había escuchado muy alterada pedirle a los doctores que hicieran algo por su pequeño; el de Acuario pensó que ella no ayudaba mucho en ese estado y se compadeció, así que se esforzó por ponerse de pie y tratar de apartarla un poco. ¿Error o acierto?
Él no era el mejor con el trato a las personas y menos a las mujeres, así que como pudo la tomó y la apartó un poco diciéndole que dejara a los doctores hacer lo suyo, que confiara en lo que ellos sabían hacer.
La chica cedió un poco e inesperadamente se había sujetado de él en lo que esperaban noticias. Unos minutos más tarde, los doctores regresaron y le informaron que el pequeño había llegado con fiebre, pero ya estaba cediendo y en un momento podría pasar para estar con él.
Fue hasta ese momento que ella lo miró y se dio cuenta de que no era un empleado o algo así, sino que era un paciente más cuyo tobillo estaba vendado. Ella limpió las lágrimas que había derramado en todo ese tiempo y se disculpó por su comportamiento.
Esa sería la primera y única vez que le pasaría algo así, porque Camus encontró a esa joven como la más bella del mundo.
La joven estaba muy apenada y le preguntó si estaba bien de su tobillo. Él sólo le dijo que no se preocupara, estaba bien y acostumbrado a lesionarse. No hablaron más porque ella fue llamada para estar con su pequeño, que ya había sido acomodado en una habitación.
El hospital era pequeño y resultó la misma en la que él estaba. No tenía problema, su plan era irse al día siguiente y cumplió, pero ya no se fue solo.
Era una mujer muy amable y, pese a estar enfocada en su pequeño hijo, se dio tiempo de preguntarle cómo estaba él. Lejos de sentirse importunado, Camus estaba avergonzado de que una chica tan linda le hiciera la plática. Y hubiera quedado sólo como un encuentro casual entre extraños, pero ella vio la oportunidad de desahogarse de muchas cosas que traía cargando consigo.
Resultó ser un par de años mayor que él y le contó que era de esas mismas tierras, pero hacía un tiempo había ido a Japón a estudiar y reconoció que se dejó deslumbrar por el ritmo de la ciudad, conociendo a un hombre que la hizo caer en tentaciones que ella no había conocido antes. Luego de eso, le había perdido la pista al tipo y decidió mejor volver a Siberia para enfrentar a su familia y darles las noticias; sin embargo, sólo había recibido el rechazo de los suyos.
Había estado sobreviviendo sola con su pequeño todo ese tiempo, pero pensaba regresar a Japón para buscar al padre de su hijo y poner así un poco de orden a su vida. Sin embargo, Camus creía que un hombre que no la buscó más después de lo que sucedió entre ellos, es que no tenía el más mínimo interés y no valía la pena.
Y es que le parecía inconcebible que un hombre pudiera sólo utilizarla por un rato y botarla, si él, siendo tan frío, quedó prendado de ella en unas horas. Y no sólo de ella, pues cuando la joven le mostró a su hijo, él quedó maravillado de la ternura que desprendía.
El pequeño tenía poco más de dos años y ya tenía su pequeña mata de cabello rubio, como el de su madre. Y Camus también quedó encantado con el amor, la devoción e instinto protector que le despertaba en su joven madre.
Él, que no sabía cómo comportarse con ellos, sólo le había dicho que seguro el pequeño estaría bien muy pronto, que parecía muy sano y fuerte, e incluso que era un afortunado que estaba protegido por la estrella de Acuario, su signo.
Después de esa noche, él le ofreció hospedaje, pues consideraba que no era prudente que partiera así a Japón, y exponer de nuevo a su hijo cuando él había estado muy enfermo. Ella accedió y a cambio le ofreció ayudarle mientras él se recuperaba por completo de su tobillo. Pareció un trato justo.
– ¿Y entonces? – preguntó Milo muy curioso cuando Camus terminó de contarle todo aquello.
El de Acuario se puso de pie y comenzó a ir y venir por el lugar, pensando cómo contarle a su amigo que esas semanas al lado de ella, no ayudaron en nada a sentirse más claro respecto a lo que empezaba a sentir; todo lo contrario, poco a poco esa joven y su hijo le descongelaron el corazón y se instalaron ahí.
En realidad, pasaron de ser una compañía y apoyo mutuo, a ser amigos y compartir el tiempo con el pequeño, quien ya empezaba a tomarle cariño a Camus y demandar su atención. La tensión entre ellos fue escalando más y llegaron los primeros besos sin mucha claridad con lo que estaba pasando entre ellos.
Pero lo que había sido un completo punto de inflexión había sucedido unos días atrás, cuando ninguno de los dos pudo reprimir lo que estaba sintiendo y deseando, y habían compartido toda la noche juntos.
Ella se había mostrado sumamente culpable, porque nuevamente había cedido a sus instintos; pero él creía que no había nada de malo en la situación, él la quería y estaba dispuesto a darle el lugar que ese otro hombre jamás le dio, de protegerla y también a su pequeño.
Sin embargo, no sabía cómo plantearlo y eso ya había sido demasiado para su limitado entendimiento de las mujeres y la manera en cómo relacionarse con las personas en general.
Milo pareció entender que él no diría más, sonrió y se acercó a Camus para darle una palmada en el hombro – Ya veo, son realmente importantes.
– Milo… ¿Qué debo hacer?
Su amigo respiró profundo – Tú siempre has sido el más sensato, por favor piensa en tu deber como Caballero y cómo eso puede incidir en sus vidas.
Milo decidió darle espacio para pensar y acordaron consultar los hechos con la almohada.
– Así que descansa, amigo – comentó el de Escorpión y comenzó a tomar camino a la salida – Por cierto, no me has dicho cómo se llama la afortunada y su hijo.
Camus se puso rojo, realmente se le dificultaban esos temas – Natassia… Natassia y el pequeño Hyoga.
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Empezaba a oscurecer. Mientras Camus sólo estaba sentado en la mesa de la pequeña cabaña; callado, sólo pensando y, no quiso decirlo, pero ya estaba preocupado por Hyoga.
Era difícil no hacerlo, desde que volvió a su vida (por una cosa de casualidad o destino) supo que era una señal de que debía cumplir con su palabra de protegerlo; además, reconocía, no importaba que ya fuera todo un jovencito y probablemente no importaría que lograra verlo convertido en un hombre, él seguiría viendo a ese pequeño niño que, enfermo, era capaz de llevar a su madre al borde de la histeria.
– Maestro – atrajo Isaac su atención – Me tomé la libertad de preparar la cena – le anunció, pues en esta ocasión le correspondía a Hyoga hacerlo.
– Gracias, esperaremos un poco a que regrese para cenar los tres.
– Sí, maestro – pareció dudar pero preguntó – ¿Él está bien?
– Descuida, sólo necesita pensar unas cosas – el chico peliverde asintió.
– Isaac, tú eres su gran amigo; por favor, siempre que te sea posible, ayúdalo.
– ¿Maestro?
– Los hombres como Hyoga… y como yo, he de admitir, somos tercos en ciertos temas. Esa es nuestra debilidad, y siempre las palabras de un amigo son invaluables.
– Maestro, ¿usted está bien?
Camus, muy fiel a su estilo y personalidad, no respondió.
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Fue una noche larga, en la que su cabeza le sugirió cientos de escenarios, todos precedidos por un "y si…". El amanecer lo encontró divagando en una de esas posibilidades y, casi milagrosamente, su buen amigo Milo se levantó muy temprano para ir a visitarlo y saber qué había decidido.
Camus entendía que no era por ser chismoso, sino que realmente sentía una auténtica preocupación.
– Bueno, he pensado mucho… – respiró profundo – Pienso renunciar a la Orden de Athena para tener una vida con ellos.
– ¡Estás loco! – casi gritó el de Escorpión.
– Creo que es lo mejor. Pensé en lo que me dijiste y no sería justo para ellos si termino involucrándolos y les suceda algo.
– ¿Te importan tanto? – le cuestionó y antes sólo un movimiento afirmativo como respuesta – Pero ¿al extremo de dejarlo todo por ellos?
Se quedaron callados y Milo pareció pensar con calma cómo explicarle los puntos negativos que seguía viendo – Realmente deben ser muy especiales; pero ¿y tú, Camus? ¿dónde quedas?
– La reencarnación de Athena está entre nosotros y eso sólo significa que una Guerra Santa se aproxima, es una responsabilidad muy grande – continuó hablando su amigo – Además, sabes que en los últimos años el Patriarca se ha vuelto muy extraño, voluble, y no sabemos cómo tome esta decisión.
–¿Qué tal si te tilda de traidor? ¡Imagínate que el nombre de Camus de Acuario quede siempre asociado a la traición a Athena y al Santuario! – hizo una pausa buscando más argumentos, vaya que le gustaba mucho hablar, a diferencia de él – ¿Recuerdas cuando el Maestro descubrió la traición de Aioros mientras nosotros estábamos de viaje entrenando? Cuentan que Shura fue quien lo detuvo, y ellos eran grandes amigos; yo no soportaría una situación así y enfrentarte.
Camus se quedó callado. Su amigo tenía un punto, pero por primera vez le estaba pasando algo especial. Él jamás pensó sentirse así, toda su vida se había esforzado por tener control total de sus emociones, o "ser frío en más de un sentido" (como solía decirle Milo), pero haber conocido esa mujer le estaba haciendo replantearse tantas cosas de su propia vida y destino como Caballero.
– Mira – se acercó Milo y le dio una palmada en el hombro – Tú siempre eres más frío, piensa así, con la cabeza fría. Yo no sé mucho de estas cosas, pero creo que es una decisión muy importante y debes hablarlo primero con ella ¿no crees?
– Creo que tienes razón – respondió – ¿Podría primero pedirle que probemos una especie de relación?
– Sí – lo estrechó y lo sacudió un poco, recuperando su tono más juguetón – Por qué no mejor que vengan y se instalen un tiempo en Rodorio, que conozcan un poco de este mundo, incluso estoy dispuesto a ser el "tío cool" para ese niño.
Ese era el clásico Milo, pero más allá de sus comentarios relajados, le estaba dando un consejo de corazón.
Al final Camus decidió volver a Siberia para, como bien decía su amigo, hablar con ella sobre lo que pensaba hacer.
Milo tenía razón, no era una decisión menor, pero había algo más. La verdad era que después de lo que sucedió con Natassia prácticamente había salido huyendo de la situación, pues no entendía qué debía pasar.
Ella era una mujer que lo tenía encantado desde la primera vez que la vio, y Camus entendía que ella estaba en una posición en la que no necesitaba un noviecillo, sino un hombre que realmente la acompañara y apoyara.
Él se sabía muy joven, pero quería ser ese hombre y necesitaba hacérselo saber.
Ese mismo día emprendió su viaje de regreso. Durante el camino estuvo pensando qué diría pues la situación entre ellos se había quedado un poco en incertidumbre.
Hablarle del contexto del Santuario no era lo complicado; de hecho, casi desde el principio le explicó que él no era un extraño ermitaño, sino que tenía una posición respetable en la Orden de la Diosa Athena. En realidad, lo más difícil era hablarle de sus sentimientos, decirle que quería estar con ella y decidir juntos qué es lo mejor.
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No hubo oportunidad de que Isaac preguntara más, pues de pronto ambos escucharon los inconfundibles pasos que se aproximaban afuera. Hyoga había regresado.
Camus respiró aliviado – Bien, vamos a cenar – sólo dijo y los tres se dispusieron a cenar en silencio.
Isaac, que era sumamente disciplinado, fue el primero en terminar, lavar sus trastos e ir directo a dormir. Hyoga, por su parte, se había quedado un buen rato viendo sus alimentos.
Y cuando ya por fin estaba terminando, por fin habló – Siento mucho lo que dije antes – comentó sin mirarlo.
– Olvídalo – trató de amortiguar Camus la situación, pero le costó mucho trabajo cuando vio que la razón por la que su alumno no lo miraba era porque lloraba.
– La verdad es que usted es más que mi maestro y es lo más cercano que he tenido a un padre – el de Acuario se inclinó un poco hacia él – No quise decirle eso. Es sólo que cuando pienso en mi mamá, no puedo controlarme; no puedo pensar con la cabeza fría cuando se trata de ella.
El rubio se limpió sus lágrimas y continuó – Quiero ser más fuerte para estar con ella y que vea que soy el hombre fuerte que ella merecía para protegerla.
Silencio.
– Escucha, Hyoga – le respondió con calidez – Sé que algún día entenderás que ella ya no está y que no debes atormentarte por lo que fue o no.
El muchacho no respondió. Camus lo sabía, era joven y terco. Lo entendía perfectamente.
– Anda – le dijo – Yo recogeré todo, ve a descansar… y arrópate bien.
El muchacho por fin lo miró – De acuerdo – se puso de pie y comenzó a caminar hacia su cama – ¿Sabe? Me hubiera gustado que conociera a mi madre… Aunque creo que, donde esté, está tranquila de saber que alguien como usted está cuidándome. Buenas noches.
Hyoga…
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Cuando por fin llegó a casa estaba nervioso y, por una mala o buena fortuna, en cuanto cruzó la puerta el pequeño demandó primero su atención y, sin ocultar su emoción por volver a verlo, hizo gala de su dominada habilidad para pararse solo y pedir con un movimiento de sus brazos que él lo cargara.
Camus jamás conoció el cariño paternal, pero estaba loco por ese niño y sentía que él le correspondía. Fue hacia él y lo saludó afectuosamente cargándolo.
Natassia se acercó algo tímida – Estuvo un poco inquieto estos días… ¿Y cómo te fue? ¿Pudiste resolver tu asunto?
En realidad, no le había dicho a qué iba al Santuario. Aún con el pequeño Hyoga en brazos le dijo – En realidad tuve que irme a pensar unas cosas ¿sabes?
– Ya veo… Yo también he estado pensando, Camus – parecía un poco nerviosa – Lo que pasó antes de que te marcharas… Yo, yo no debí…
– No, por favor no lo digas – se acercó un poco a ella – Fue algo muy especial y… – tomó todo el valor que pudo – yo te quiero y quiero estar contigo formalmente.
– Pero Camus…
– Sé que tú también lo sentiste.
– ¿Y lo que me has contado de tu responsabilidad como Santo de Athena?
– Eso… Podemos ver cómo nos acoplaremos y darme tiempo para ti, para ustedes – corrigió.
– No – soltó ella y esa sola palabra lo hirió – Yo no quiero interferir con eso, es una responsabilidad muy grande la que ya estás cargando; eres tan jóven para comprometerte con otra responsabilidad como es la paternidad – dijo justo en el momento en el que el pequeño se acomodaba en el pecho de Camus, rendido por el sueño.
– Escúchame, dame una oportunidad…
– Camus, en el fondo lo sabes – parecía que en cualquier momento rompería a llorar.
El de Acuario estaba casi seguro que Natassia estaba tratando de disfrazar la situación, pues aquella única noche que estuvo con ella realmente sintió que se pertenecían, que podrían ser felices juntos.
– Por favor… Yo estoy dispuesto a dejar la Orden de Athena si me lo pides, dejaría todo, no me importa – se aproximó aún más a ella – Y tienes mi palabra de que te protegeré a ti y a Hyoga, sobre cualquier cosa.
Ella lo miró a los ojos y ahora sí las lágrimas ya no pudieron esconderse – Jamás permitiría que hicieras una locura así – estiró sus manos para acariciar suavemente su mejilla – Y menos cuando tú estás destinado a luchar para proteger este mundo, a tantas personas, y no sólo a nosotros. ¿Lo entiendes?
La verdad era que no lo entendía completamente.
– En tan poco tiempo he llegado a sentir algo muy especial por ti, eres un gran hombre, pero no puedo ser egoísta y sé que tú deber es más grande que yo, siempre tiene que ser así.
Sólo se quedó congelado y ella aprovechó para tomar en sus brazos al pequeño Hyoga, quien ya estaba completamente dormido – Creo que lo mejor es que me vaya.
– Espera… – reaccionó al fin – Al menos espera un tiempo, por Hyoga… Yo me marcharé, me iré al Santuario de nuevo y no te molestaré ¿sí?
Él le había externado muchas veces que le preocupaba mucho que ellos estuvieran expuestos a las inclemencias del clima de la región y no quería que Hyoga se volviera a enfermar por aquel clima.
Ella asintió y aún llorando se dirigió a arropar a su pequeño. Esa imagen la guardó durante años en su memoria, pues fue la última vez que la vio.
Él cumplió con su palabra de marcharse inmediatamente y guardó en alguna parte de su corazón la esperanza de que le permitiera volver a estar cerca, de seguir viendo a su hijo y, quien sabe, que le diera la oportunidad de demostrarle su amor a pesar de las circunstancias y sus responsabilidades como Caballero.
Ese juramento a sí mismo lo selló con un obsequio que le legó a Natassia. Un collar que simbolizaba a la Cruz del Norte o de la constelación del Cisne, siempre le atrajo esa historia de que aquella armadura seguía atrapada en los hielos eternos de la misma región en la que había entrenado y que era tan especial para él.
Cuando volvió al Santuario, le contó a Milo lo que había sucedido y, afortunadamente, su amigo tuvo la sensatez y tino de sólo escuchar cómo se habían roto sus planes e ilusiones (las únicas que tuvo por una mujer) y tampoco lo juzgó cuando no pudo evitar llorar por ella, porque entendía y no lo que ella le había dicho.
Pero no fue la última vez que lloró así. Supo que, no mucho tiempo después, ella se fue de aquella pequeña cabaña y en una nota le explicó que lo hacía pues no soportaba que todo lo que le rodeaba le hiciera pensar en él, que en cada rincón encontrara recuerdos de la breve temporada juntos, que su olor y esencia estuvieran aún ahí, e incluso soportar pasar cada noche descansando en aquella cama en la que se habían entregado una sola vez.
Trató de seguirla a la distancia, de estar pendiente, pues estaba muy preocupado de que le había vuelto a la cabeza la idea de ir a Japón a buscar al padre de Hyoga.
Esa maldita idea la llevó a la peor de las desgracias. La perdió, la perdió para siempre y él no pudo ayudarla porque en ese momento estaba lejos y ocupado con sus obligaciones como Santo.
Cuando ella murió, él pensó que también moriría, pero nuevamente el apoyo de su gran amigo Milo fue lo que lo mantuvo cuerdo, pues el de Escorpión le dio los mismos consejos que, años después, quería sembrar en Hyoga.
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Cuando terminó de ordenar, fue al rincón donde estaban las dos pequeñas camas que había colocado para sus pupilos. Su mirada se centró en el jovencito rubio que ya estaba completamente dormido.
Por alguna razón, la vida se lo había devuelto. Quizá porque ese era el destino o porque tenía el deber de cumplir su palabra de protegerlo; como fuera, necesitaba hacerle entender que no debía atormentarse, que fuera fuerte y no se quedara atascado pensando en el hubiera.
Pasó su mano por la melena rubia del chico y éste se movió un poco sin despertar, aunque apartando un poco sus cobijas y dejando ver el collar que su madre le había entregado poco antes de morir.
Camus suspiró. Natassia es y sería la única mujer que amaría en su vida y, al igual que Hyoga, pensaba todo el tiempo en ella y se sentía igual de tentado de ir a buscarla, pero no debía. Tenía que ser fuerte.
Incluso, desde que regresó a Siberia a vivir a ese mismo lugar, también sentía lo mismo que ella le había dicho en su nota que le pasaba, encontrando en esa cabaña los recuerdos, aromas y sensaciones de su breve momento juntos, y de alguna manera entendió que ella no logró soportarlo.
Sin despegar la vista de Hyoga, lo arropó de nuevo. Siempre le preocupó que volviera a enfermarse como cuando era pequeño.
El de Acuario sabía que entre sus responsabilidades para con él estaba el enseñarle a superar su dolor, a no vivir con culpas, ni en el pasado; así tuviera que apartarlo aún más de la posibilidad de ir a verla, aun cuando eso fuera también difícil para él, y, desde luego, lo haría si incluso se le iba la vida en ello.
Lo haría, lo convertiría en un hombre más fuerte para que, de diferentes maneras, no siguiera sufriendo por esa mujer, por Natassia, que ella no fuera su debilidad.
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Hola de nuevo. ¿Cómo van? Pues esto fue D de debilidad, aunque bien pudo ser C de controversial, pues aterricé con una pareja medio extraña y de alguna manera, creo, es controversial. ¿Qué opinan? ¿De plano ahora sí dejé volar demasiado la imaginación?
Y es que en mis andares fanfickers por Saint Seiya siempre se me ha dificultado emparejar a algunos muchachos, y encontré esta opción por ahí, aprovechando algunos huecos en la historia.
Lo curioso de esta letra es que no sólo pude experimentar con un personaje que, como dije, no había tocado, y de paso sembrarle un amor perdido (perdón por lo de perdido), sino que pude tocar un poco la naturaleza de las amistades entre Camus y Milo y Hyoga e Isaac, las cuales son de las amistades que me parecen más interesantes y bonitas, y obviamente la relación entre Camus y Hyoga, que creo que para los seguidores que no han leído el manga está un poco viciada.
Bueno, si llegaron hasta acá, se los agradezco mucho. Y si les llamó la atención esta onda de pareja experimental y random para uno de nuestros Dorados, es posible que la siguiente letra sea de su interés.
Nos leemos pronto.
Nota extra: Esta entrega llega hasta ustedes en el marco de la celebración por mis primeros 16 años como fanficker, muchas gracias por ser parte de esta historia.
