Todo lo que sube

La muerte de Pansy Parkinson sacudió Hogwarts como una onda expansiva. Muchos de los que la conocían bien desde antes de la reselección estaban desolados, mientras que otros, cáusticos, se mostraban indiferentes. Algunos de los alumnos más jóvenes, sobre todo los que habían sido víctimas de sus maldiciones durante la guerra, parecían viciosamente apaciguados.

Sus padres habían enviado a alguien a recoger su cuerpo durante la noche, casi inmediatamente después de que se les notificara su muerte.

—Les preocupaba que alguien rencoroso pudiera hacerle algo horrible, —explicó Daphne. Tenía el pelo despeinado y los ojos hinchados de llorar; Hermione rara vez la había visto tan mal.

—Pero es una preocupación legítima, —dijo Millicent Bulstrode. La bruja, de aspecto hogareño, parecía la misma de siempre, aunque de vez en cuando apretaba la mandíbula como si lo único que deseara fuera golpear a alguien en la cara.

—Seguramente nadie haría algo así, —preguntó Hermione, frunciendo el ceño—. ¿A un cuerpo?

Millicent parecía perpleja ante la pregunta, mientras que Daphne prefirió seguir mirándose los pies.

Tracey Davis, el cuarto miembro de su círculo, aspiro desde el extremo del porro apretado entre los dedos e inhaló profundamente, reteniendo el humo en los pulmones durante un par de segundos antes de expulsarlo hacia el cielo. Por un momento, el humo oscureció su cara, haciéndola parecer misteriosa contra el cielo nocturno, centelleante de estrellas. Cuando el humo se disipó en la oscuridad, quedó claro que sus ojos estaban fijos en Hermione, y comentó:

—Para alguien que luchó en la guerra, Hermione, eres terriblemente pura.

—He oído que McGonagall se ofreció a celebrar un funeral, —añadió Millicent, aceptando el porro de Tracey y dándole una calada—. Pero los Parkinson lo prohibieron.

—Van a enterrarla junto a Lucien, —balbuceó Daphne. Hermione miró fijamente a su amiga, intentando decidir si estaba llorando o no.

—Muy apropiado, —comentó Tracey. Luego, después de un momento—, ¿Qué crees que harán, ahora que sus dos hijos están muertos?

—Lo más probable es que se pudran, —gruñó Millicent—. Su linaje ha terminado.

Sorprendida por la brusquedad, Hermione se quedó muda.

—¿Una calada?

Hermione miró el porro que le ofrecían y negó con la cabeza.

—No, gracias. —Los recuerdos de su noche en París se agolparon en su mente. Y corrigió—: En realidad, ¿por qué no?

Era consciente, no solo de ser la extraña entre las tres chicas que habían pertenecido al antiguo grupo de Pansy, sino también del hecho de que los tres grupos de ojos la miraban mientras daba una calada superficial. Inmediatamente empezó a toser, así que le pasó el porro a Daphne, apartando el humo que tenía delante de la cara.

—Cuidado, Granger, —se rio Millicent.

—Es Malfoy, —corrigió Daphne.

—Cierto, cierto, todavía no me lo puedo creer.

—¿Qué quieres decir? —Hermione frunció el ceño.

—Solo, tú... y Draco, —contestó Millicent.

—Por no hablar de tenerte a ti como la cuarta del círculo en vez de a Pansy, —añadió Tracey.

—Sé buena, —gruñó Daphne como advertencia.

—Lo soy, —insistió Tracey. Estaba apoyada despreocupadamente en la barandilla del balcón oculto en la base de la torre de Ravenclaw, donde Daphne había sugerido que se reunieran. Hermione estaba segura de que solo la habían invitado como gesto simbólico, pero Daphne había insistido en que fuera—. Pero no puedes fingir que no hemos formado este círculo innumerables veces a lo largo de los años con Pansy, y hablado mal de Granger. Irónico, ¿no?

—Echo de menos a Pansy, —dijo Daphne en voz baja. Miraba al suelo, mientras el humo del porro que tenía en la mano subía hacia la nada.

—Yo también, —aceptó Tracey en voz baja, arrancando el porro olvidado de los dedos de Daphne.

Millicent gruñó en señal de acuerdo.

Hermione se sentía claramente como una intrusa. Después de todo, no podía decir con convicción que lamentaba la muerte de Pansy. Era triste, en verdad, que la bruja hubiera pensado que la única forma de salir de su profunda depresión era el suicidio, pero aunque Hermione sentía la verdad de eso, tampoco sentía nada. Pansy Parkinson no había sido amiga suya.

—Debería irme.

—Quédate, —pidió Daphne suplicante.

Levantó los ojos hacia las otras dos chicas del círculo y se encontró con que ambas la observaban. Ninguna de las dos opinó si preferían que se quedara o no.

Tras un momento de incómodo retorcimiento ante el dolor abierto de las otras chicas, que no podía compartir, se calmó de nuevo y dijo:

—Creo que quizá las tres prefiráis hablar juntas de vuestros recuerdos de ella. No quiero entrometerme... y no tengo nada que añadir.

—Au contraire, Missus Malfoy, —contradijo Millicent con una sonrisa más salvaje que acogedora.

Con un altivo movimiento de su cabello rubio fresa, Tracey asintió:

—Tu indiferencia nos ayuda a moderar nuestros sentimientos. Es un buen recordatorio de que, aunque hayamos perdido a una amiga hace tres noches, no era una persona intachable. Ella no querría ser recordada como tal. Pansy tenía sus demonios y los honraremos.

Sentada, Hermione miró a las tres brujas que tenía delante. Aún no se sentía necesariamente bienvenida entre ellas, pero había cierto nivel de aceptación.

—¿Crees que podríamos haber hecho algo? —balbuceó Daphne.

—Salazar, Daph, no empecéis con esa mierda, —gimió Tracey, arrugando la nariz—. Mi rímel es perfecto. Si lo arruinas, te hechizaré.

—Me di cuenta de que bebía el año pasado, con los Carrows dirigiendo este sitio, —dijo Millicent—. Pero no creo que me diera cuenta de que era un problema real hasta hace unos meses.

—Y siempre fue tan dramática, —añadió Tracey, jugueteando con las puntas de su pelo. Incluso para los oídos de Hermione, sonaba como si la chica intentara excusarse a sí misma—. Para cuando se descontrolaba, casi era difícil darse cuenta.

—La encontré muchas veces durante las patrullas de prefectos, y había estado bebiendo, —habló Hermione, sintiéndose mareada y lista para hablar—. No parecía que quisiera que la gente lo supiera.

—Por supuesto que no, —murmuró Daphne—. Pero éramos sus amigas más íntimas... deberíamos haber estado nosotras, allí para ella.

—Lo estábamos, —recordó Tracey a su amiga con irritación—. Hacia el final no hablaba con ninguna de nosotras.

Hacia el final. Las palabras se quedaron allí, en el centro del círculo, afectándolas a todas, incluso a Hermione, que apenas había conocido a Parkinson. Daphne moqueó, Tracey se inquietó y Hermione intentó actuar como si fuera invisible; Millicent carraspeó.

—¿Vas a seguir dando caladas a esa cosa, Millie, o vas a compartirlo?, —espetó Tracey finalmente.

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Los días siguientes pasaron alarmantemente rápido. Hermione no sabía cómo se las arreglaba para compaginar las clases, el estudio de los ÉXTASIS, los deberes de prefecto y la búsqueda de Theo, que parecía haber vuelto a esconderse desde la muerte de Pansy. Cuando aparecía, en unas pocas clases o en una comida al azar, Draco y él parecían estar actuando de nuevo con bastante frialdad el uno hacia el otro, aunque ella no podía entender por qué. Solo podía deducir que la muerte de Parkinson había abierto una brecha entre ellos.

De hecho, Draco había guardado un llamativo silencio al respecto. Casi todo el tiempo que no dedicaba a las tareas escolares o a dormir, lo dedicaba a practicar Quidditch. Hermione sospechaba que la distracción probablemente le venía bien, porque aunque apenas había mencionado el suicidio de Pansy, ella sabía que debía de estar sintiendo algo.

Casi todas las noches llegaba a su suite cubierto de barro y sudor. Tras darle un beso en la frente, se dirigía a las duchas y luego a la cama. En una ocasión, ella se aventuró a preguntarle cómo le había ido el entrenamiento, pero él se limitó a restregarse la cara cansada con las manos y contestar:

—Embarrado. Ha sido una primavera lluviosa.

Esperando que eso significara que todo iba bien, y que él solo estaba siendo cauto en su optimismo, no le presionó para que le diera más detalles. Sin embargo, no dejó de inquietarse.

El partido entre Ravenclaw y Slytherin era lo único de lo que Harry y Ginny parecían capaces de hablar. Ron, que finalmente se había recuperado de la derrota de Hufflepuff, parecía incapaz de elegir qué bando quería que ganase.

La mañana del partido, Hermione se despertó y se encontró sola en su suite. No era raro que Draco se levantara antes que ella, pero era la primera vez que se iba sin esperar a que ella se despertara. En otro tiempo, le habría preocupado haber hecho algo para provocar su disgusto. Ahora solo estaba preocupada por él, esperando que no se hubiera escondido en algún lugar para fumar compulsivamente y obsesionarse.

Se dirigió sola al Gran Comedor, con la esperanza de encontrarlo allí, pero fue en vano. Draco no había desayunado y ella se vio obligada a esperar que al menos hubiera comido algo antes. Al recorrer el vestíbulo por segunda vez, descubrió a Harry y Ginny acurrucados en un grupo muy unido, formado por el equipo de Quidditch de Slytherin y algunos admiradores.

Sus ojos buscaron a Ron a continuación, pero descubrió que estaba sentado junto a Daphne. Volvió a mirar. Ambos mantenían una conversación en voz baja, susurrada, que no parecía en absoluto algo en lo que ella quisiera entrometerse.

Resignándose al hecho de que sus mejores amigas estuvieran todas ocupadas, su atención fue captada por un brazo que se agitaba en la mesa de Ravenclaw. El brazo estaba unido a Lisa, que estaba sentada en uno de los largos bancos con Padma. Ambas chicas le llamaron la atención y Padma le hizo un gesto para que se sentara con ellas.

Quizá no lo hubiera hecho si Sue hubiera estado presente. Su discusión, meses atrás, nunca se había resuelto. Sin embargo, se acercó a la mesa de Ravenclaw y se sentó junto a Lisa y frente a Padma.

—Hola, Hermione, —saludó Lisa sin aliento, con cara de alivio de que hubiera venido a reunirse con ellas.

—Ha pasado un tiempo, —añadió Padma, sus ojos oscuros se desviaron hacia el dedo anular de Hermione como para confirmar la presencia de su alianza—. No te hemos visto.

—Sue dejó bastante claro que no me quería cerca... ni a Daphne tampoco.

—A veces Sue está llena de estiércol de hipogrifo, —afirmó Lisa con naturalidad.

Hermione se quedó mirando. No creía haber oído nunca a la ex-Hufflepuff decir algo tan grosero.

—Así que pensamos que tal vez querrías subir al dormitorio antes del partido de esta noche. —Lisa sugirió rápidamente. Era casi como si ella y Padma hubieran ensayado esta conversación de antemano, pensó Hermione—. Voy a peinarnos a todas otra vez, con cintas de Ravenclaw, por supuesto.

—¿Y Daphne? ¿Sue?, —preguntó frunciendo el ceño.

—¿No lo has oído?

—¿Oír qué?

—Sue se disculpó.

—Creía que habías dicho que estaba llena de estiércol de hipogrifo, —repitió Hermione sorprendida.

Lisa sonrió.

—Sí, bueno, a veces lo está.

Padma ahogó una risita, sus ojos se desviaron hacia el grupo que contenía a seis de los miembros del equipo de Quidditch de Ravenclaw.

—Todavía no han anunciado a quién han conseguido para guardián... pero en realidad no es un secreto.

—Creo que intentan mantenerlo en secreto, —coincidió Hermione.

Lisa abrió la boca para hablar, pero Padma la silenció con la mirada. ¿Desde cuándo eran tan amigas como para leerse de aquella manera?

—Sí, quizá, —respondió Padma vagamente. Luego, volviendo a centrar la conversación en los planes que se habían propuesto para la noche, continuó—: Sue y Daphne son... bueno, en realidad no son amigas, pero se llevan bastante bien.

—Además, quedó bastante claro que Blaise Zabini no estaba interesado en ninguna de las dos cuando empezó a perseguir a esa chica de séptimo año, —añadió Lisa.

Una sonrisa se dibujó lentamente en la cara de Hermione.

—Lo he echado mucho de menos ahora que no comparto habitación con vosotras.

—Por favor, di que vendrás esta noche, —imploró Lisa—. Te dejaré elegir cómo quieres que te peine y todo eso.

Si no le hubiera bastado con el tono apesadumbrado de su voz, la expresión lastimera de Lisa la habría convencido.

—De acuerdo. Antes de cenar, como la última vez, ¿no?, —aceptó Hermione esbozando una sonrisa.

Al instante, la expresión desconsolada de su amiga se transformó en su alegría habitual. Fue tan brusco que Hermione casi sintió como si le hubiera dado un latigazo.

—Exacto, —canturreó Lisa.

El correo llegó en ese momento, distrayéndolos a todos. Tanto Padma como Lisa recibieron cartas de casa con las que quedarse absortas, mientras que una lechuza desconocida se posó con un suave golpe en la mesa frente a Hermione. Un pequeño paquete envuelto en papel marrón estaba atado a su pata.

El corazón le dio un vuelco y desenredó con entusiasmo el cordel de la pata del pájaro. La factura que llevaba le confirmó que dentro estaba exactamente lo que había pedido hacía solo dos días, después de que un ataque de conciencia se apoderara de ella. Había llegado justo a tiempo. Una sonrisa iluminó su rostro, guardó el paquete en su mochila y eligió una magdalena para desayunar.

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Aunque Draco estaba presente corporalmente en Alquimia aquella mañana, cuando Hermione llegó a clase, parecía distraído. Ella dejó sus cosas en la otra mitad de la mesa en la que él estaba, sacudiéndolo de la expresión distante de su rostro. Antes de que ella siquiera hubiera tomado asiento a su lado, él ya se estaba disculpando por haberse ido antes de que ella se despertara esa mañana.

—No pasa nada, —le tranquilizó, esperando darle ánimos con una sonrisa confiada—. Solo espero que no hayas estado despierto toda la noche preocupándote por el partido.

Su silencio le dijo todo lo que necesitaba saber.

Cuando empezó la clase y Draco empezó a tomar apuntes meticulosamente, como de costumbre, una mirada al asiento vacío de Theo hizo que empezara a preguntarse si acaso debía preocuparse también por el bienestar de otro mago.

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—Eres la siguiente, Hermione.

Padma se levantó de su posición sentada frente a Lisa en la cama y se examinó en un espejo alto que había conjurado antes.

—Eres brillante, Lisa.

Mientras Hermione se sentaba en la zona designada, tuvo que darle la razón a Padma: Las habilidades de Lisa con el pelo no tenían parangón. Miró a las otras tres chicas y tuvo que admitir que la joven bruja se había superado esta vez. Los mechones castaño claro de Daphne se habían trenzado en una doble cola de pez con brillantes cintas de color bronce y azul oscuro entrelazadas. El cabello negro y liso de Sue había sido encantado para que cooperara, y luego se había trenzado expertamente en dos trenzas francesas hechas cerca de su cabeza, hasta que culminaron en una cola de caballo en la parte posterior. Como iba a participar en el juego, había optado por no llevar cintas, pero había accedido a que Lisa las utilizara para crear su sujetapelo, que se había encantado para mantenerlo unido mientras volaba. Padma se había hecho una trenza en cascada más sencilla, y sus cintas estaban sujetas por todas partes para que, cuando se moviera, el bronce brillara en su pelo.

—¿Qué tipo de peinado te gustaría? —preguntó Lisa.

Sin saber mucho de peinados, Hermione se encogió de hombros y se sentó en la cama frente a Lisa, mirando hacia la habitación.

—Lo que te apetezca, supongo.

—Tendrás que hacer algo espectacular, —le dijo Sue. Estaba rebuscando en su baúl sus rodilleras y protectores de brazos, junto con su túnica de Quidditch—. Ganemos o perdamos, queremos que la mandíbula de su mago se caiga cuando la vea.

La tensión en la habitación pasó de mínima a máxima en un abrir y cerrar de ojos, y estaba teñida de una sensación de curiosidad muy palpable. Aunque Sue se había disculpado con Hermione por su arrebato nada más llegar, se había sentido muy oficial, y posiblemente un poco como si Padma la hubiera obligado a hacerlo. Era la primera vez que alguna de ellas mencionaba a Draco y ninguna había pronunciado su nombre.

—Supongo que Draco se alegrará de verme de cualquier manera, —se limitó a contestar Hermione, con calma, y para rebajar un poco la tensión.

Daphne sonrió. Todavía tenía un aspecto algo desmejorado por la reciente pérdida de una de sus amigas más antiguas, pero se las arregló para encontrar la energía para decir:

—¿Puedo decir otra vez que me encantáis los dos juntos? Sois adorables.

—¿Cómo es compartir dormitorio con él? —preguntó Lisa en voz baja. Hermione podía sentir la incertidumbre de la chica emanando desde detrás de ella, incluso mientras sus hábiles manos se ocupaban de tirarle del pelo de un lado a otro.

Pensando que podría ir directamente a lo que todas las chicas se estaban preguntando, respondió:

—Bueno, no se trata tanto de compartir dormitorio como de acostumbrarse a estar casados el uno con el otro.

—¿Por qué te casaste con él? —preguntó Sue sin rodeos, dejando un montón de su equipo de vuelo sobre la cama para ordenarlo.

—Sue, —advirtió Padma, haciendo pensar a Hermione que su anterior apreciación había sido correcta y que Padma había hablado largo y tendido con Sue antes de invitarla.

—No pasa nada, —les aseguró Hermione—, estoy segura de que todo ha parecido muy repentino. La verdad es que Draco y yo nos hemos estado viendo en secreto durante la mayor parte de este año. Estábamos estudiando juntos los enlaces alquímicos en el primer trimestre y optamos por probar una de nuestras teorías. Fue un poco inesperado, y terminamos atándonos el uno al otro.

Esto hizo que Padma se quedara mirando.

—Guau.

—¿Pero no escuchaste a McGonagall a principios de año?, —insistió Sue. De las cuatro ex compañeras de Hermione, ella era la única que estudiaba Alquimia—. Nos advirtió que no experimentáramos por nuestra cuenta.

Hermione se encogió de hombros sin pudor.

—Supongo que fue mi Gryffindor interior ejerciendo su imprudencia.

—O tu Ravenclaw interior decidió que no podía esperar a descubrir algo nuevo, —replicó Padma, que ahora parecía algo divertida—. Así que tú y... él... os unisteis. ¿Y luego qué?

Lisa continuó seccionando mechones de pelo, escuchando en silencio, mientras Hermione, sentada frente a ella, resumía los acontecimientos de los últimos meses, incluida su boda con Draco.

—¿Estás diciendo que tú y él estáis casados desde diciembre? —Lisa jadeó cuando Hermione reveló ese dato.

—Sí. Aunque no estábamos preparados para hacerlo público hasta ahora. —Se rio.

—¿Qué ha cambiado? —quiso saber Daphne. Estaba tumbada boca abajo en la cama y se retorcía distraídamente el extremo de la trenza mientras escuchaba.

Hermione pudo sentir como sus mejillas se calentaban ante la pregunta. No importaba que hubieran tenido sexo la mayoría de las noches desde su consumación, todavía se calentaba cuando pensaba en la forma en que Draco se sentía dentro de ella.

—Oooh, —canturreó Daphne con complicidad.

Recuperándose rápidamente, Hermione protestó:

—Sabíamos que lo que sentíamos el uno por el otro no iba a desaparecer. Optamos por no divorciarnos.

—Así que todavía tienes la... la... —Por una vez, Padma se quedó sin palabras. Se señaló la parte interior del antebrazo.

—¿La Marca Tenebrosa?

—Sí, eso.

—Sí, todavía lo tengo, —dijo bruscamente—. A decir verdad, es la única parte de este calvario que aún me inquieta.

Padma negó con la cabeza, impresionada.

—Eres una persona increíble, Hermione. Me alegro de ser tu amiga.

—Yo también, —se apresuró a decir Daphne.

—Y yo, —añadió Sue—, a pesar de nuestros desacuerdos pasados.

—Estoy de acuerdo, —dijo Lisa. Sus manos se detuvieron—. Y tu peinado está terminado.

Sintiéndose muy plena rodeada de sus amigas, aunque aquellas relaciones no fueran perfectas, Hermione se acercó al espejo para contemplar la obra de Lisa. Sus rizos seguían siendo bulliciosamente salvajes, cayendo por su espalda, pero Lisa se las había arreglado para hacer una trenza corona con la mitad superior de su cabello y una plétora de cintas, que contenían parte del volumen. Se sentía encantadora y, por primera vez en mucho tiempo, también muy ella misma.

—Deberíamos bajar a cenar, —decidió Lisa, como si no acabara de hacer milagros con los dedos—. No queremos llegar tarde.

—¿Y tu peinado? —preguntó Sue.

—Oh, —recordó Lisa. Cogió su varita, conjuró un hechizo y su melena corta se convirtió por arte de magia en un bonito recogido con cintas—. Bueno, pues ya está.

Las otras cuatro chicas la miraron un momento, incrédulas. Hermione rompió el silencio con:

—¿Has podido hacer eso todo el tiempo?

—Oh... sí.

—¿Por qué has estado haciendo todos los nuestros a mano entonces? —exclamó Sue, con los ojos muy abiertos.

—Me gusta trabajar con el pelo. Además, está bien poder tener algunas habilidades que no requieran magia, ¿sabes? —Lisa se encogió de hombros.

Padma ya sonreía ampliamente.

—Eres increíble, Lisa Turpin.

—Bajemos, —repitió sonriendo.

Fueron las cinco, una al lado de la otra. Sue se unió a su equipo de Quidditch cuando llegaron al Gran Comedor. Hermione notó que Draco estaba sentado con los demás, y que sus nuevos compañeros incluso lo incluían cautelosamente en su conversación. Complacida al verlo, Hermione optó por dejarlo solo, mientras ella y las otras tres chicas Ravenclaw restantes se sentaban juntas, especulando sobre qué libro elegirían para dejar en los Estantes al final del año, como era tradición.

Pronto terminó la cena y los equipos de Slytherin y Ravenclaw se levantaron para dirigirse a los vestuarios. Los aplausos estallaron cuando se marcharon. Hermione metió la mano en el bolsillo de la túnica, recordando el paquetito que había recibido en el desayuno y no queriendo que Draco se alejara demasiado antes de poder dárselo.

—Ahora vuelvo, —les dijo a sus amigas, levantándose de la mesa para seguir al equipo de Ravenclaw.

Los miembros de la túnica azul ya estaban a mitad del pasillo cuando ella consiguió separarse de la multitud.

—¡Draco, espera! —llamó ella, corriendo tras él.

Girándose lentamente, se apartó del resto del equipo cuando vio a Hermione corriendo hacia él.

Una vez que lo alcanzó, se detuvo ante él y se apoyó en las puntas de los pies para besarle. Cuando se separaron, lo miró de arriba abajo antes de murmurar:

—Los colores de Ravenclaw te sientan muy bien.

Esbozó una sonrisa torcida.

—¿Seguro que no me perseguiste por el pasillo solo para verme?

Ella le dio un manotazo en el brazo y respondió:

—Claro que no. Tengo algo para ti.

Metió la mano en el bolsillo de la túnica, sacó el paquetito envuelto en papel marrón y se lo puso en las manos.

—¿Qué es?

Puso los ojos en blanco y se burló:

—¿Y el Sombrero Seleccionador te puso en Ravenclaw? Tienes que abrirlo.

Riéndose un poco al oír su descaro, arrancó la capa exterior de papel e inmediatamente se quedó quieto. Parpadeando dos veces, como si no pudiera registrar qué era lo que tenía en las manos, sacó un par de guantes del envoltorio.

—¿Me has comprado unos guantes de Quidditch?

—Espero que estén bien. Recordé lo que me dijiste de que los guantes de los guardianes tienen que ser más gruesos que los de los buscadores, y pensé... como acabas de entrar al equipo... tal vez no tenías unos que fueran, ya sabes, del tipo correcto.

Los ojos de Draco se clavaron en su cara, sorprendiéndola cuando descubrió un tumulto de emociones en ellos. Arrastrándola a sus brazos, ella esperaba un beso ardiente y se sorprendió cuando él simplemente la abrazó, apoyando su mejilla en la parte superior de su cabeza. Un momento después, murmuraba entre sus rizos:

—¿Es posible que seas la bruja perfecta?

—¡Malfoy!, —llamó una voz desde el fondo del pasillo. El capitán de Ravenclaw, Damien Shafiq, estaba allí expectante, con la escoba en la mano y la otra en la cadera.

Draco miró al capitán de su equipo y luego a Hermione:

—Tengo que irme.

Ella asintió.

—Buena suerte.

Tirando suavemente de ella hacia delante, la besó rápidamente, luego la soltó y comenzó a deslizar los guantes nuevos en sus manos.

—Ahora tendré suerte.

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Durante gran parte de la primera hora de partido, el marcador estuvo muy igualado. Hermione nunca había estado tan indecisa sobre quién quería que ganara. Cada vez que Ginny marcaba un gol, tenía que reprimir una ovación (al fin y al cabo, llevaba los colores de Ravenclaw), mientras rezaba para que el ego de Draco no se resintiera demasiado.

Aunque solo conocía una parte del juego, podía sentir la emoción que recorría el estadio: era embriagadora. El partido era un espectáculo emocionante entre dos equipos excepcionales... y ella sentía una oleada de orgullo cada vez que Draco bloqueaba la quaffle y todos los Ravenclaw le aclamaban.

Finalmente, casi dos horas después, el guardián de Slytherin empezó a cansarse.

Los estudiantes se agolpaban en las gradas, exclamando por una espectacular zambullida de Harry o diciendo a qué equipo habían apostado de antemano. Mientras tanto, vasos de papel con chocolate caliente se iban abriendo paso; Lisa fue a buscar cuatro para ella y sus tres amigas.

—¡Vamos, Sue!, —gritó lealmente cuando su quinta compañera de dormitorio pasó zumbando con la quaffle y marcó. Padma silbó; Hermione sopló su chocolate caliente, con los ojos clavados en Draco, que rodeaba vigilante los postes de la portería de Ravenclaw.

El chocolate ya había desaparecido cuando las gradas de Ravenclaw estallaron en gritos de júbilo; el marcador estaba ahora 220-60 a su favor.

—¡Vamos por delante! —gritó Padma exuberante, por una vez indigna—. ¡Aunque Potter atrape la snitch, igual hemos ganado! ¡Águilas a por la Copa!

—No nos van a alcanzar, —convino Lisa con una sonrisa de suficiencia—. Los tenemos.

Harry también debió de darse cuenta, pensó Hermione... porque solo trece tensos minutos y medio después, capturó la snitch dorada.

El partido había terminado. 220-210: victoria para las águilas.

Hermione no recordaba ningún momento en el que Ravenclaw hubiera sido motivo de tanta celebración universal entre el alumnado de Hogwarts. Incluso las demás Casas vitorearon su victoria. Una vez que ambos equipos hubieron aterrizado, Harry admitió su derrota con buen humor, estrechando la mano de Shafiq en el centro del campo.

—¡Ganaaaaaaaamos! —Padma estaba gritando—. ¡Ganaaaaaaaamos!

Lisa reía y abrazaba a Daphne, e incluso Hermione vitoreaba.

—¡A Malfoy vamos a coronar! —Daphne cantó fuerte—. ¡La quaffle consiguió atajar!

Las risas estallaron a su alrededor ante la nostálgica melodía, y el corazón de Hermione estalló de felicidad por Draco, a quien el equipo podía atribuir con seguridad gran parte de su victoria. Casi le entraron ganas de llorar de alegría cuando todos los jugadores de túnica azul de su equipo le palmearon la espalda. Su buscador, Evan Knight, de tercer año, incluso lo abrazó. Sin embargo, la guinda del proverbial pastel fue cuando Hermione vio a Harry acercarse a Draco en el campo y estrecharle la mano.

Qué lejos han llegado, se maravilló. Recordó a dos niños de once años que habían llamado la atención de todo el mundo antes de su Selección, por un apretón de manos negado.

Justo cuando estaba segura de que cada rincón de su ser se había llenado de una maravillosa euforia, y el equipo de Ravenclaw había vuelto a subirse a sus escobas para iniciar la vuelta de la victoria alrededor del campo, una pequeña figura se escabulló hacia el campo bajo las gradas.

—¿Quién es? —gritó Lisa por encima del ruido desde su lado, señalando.

Hermione entrecerró los ojos ante la pequeña figura rubia y creyó reconocerla. ¿Lottie Gary?

La chica de segundo año apuntó con su varita a lo alto y, antes de que nadie pudiera detenerla, lanzó un maleficio que emitió una luz roja y negra directamente hacia el último jugador de la manada, diezmando por completo la escoba que tenía debajo.

Con el corazón paralizado, Hermione se apresuró a coger su varita, pero sus dedos se sentían pesados, torpes... su cerebro estaba embotado y estúpido mientras intentaba encontrar las palabras para un encantamiento amortiguador que pudiera llegar a tiempo... mientras Draco caía por el aire como un cuchillo por el agua.

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Nota de la autora:

*se esconde inmediatamente*

iwasbotwp fue mi beta para este capítulo. Es increíble, fantástica y posiblemente sobrehumana.

No me matéis.