Disclaimer: el mundo mágico y sus personajes no me pertenecen, tampoco gano dinero escribiendo esto, solo dolor y sufrimiento.
Advertencias: Contenido LGBTQ. Relación chico x chico. Personaje transgénero. Hurt/Comfort. Fluff and Angst. Misoginia. Homofobia. Transfobia. Porn WITH Plot.
Pareja: Draco Malfoy/Harry Potter (Drarry)
Nota de la autora: ¡Hola! Me disculpó por la demora, no tengo excusas :c
Este capítulo está muy largo, pero lo dejé tal cual porque bueno... hay mucho que contar jiji
¡Disfruten la lectura!
Capítulo 11: Embarazo
Te maldigo, Malfoy, a ti y a tu estirpe. Engendrarán solo un hijo, siempre y para siempre. El día en que uno de ellos se enamore de la misma forma en la que tú crees que nosotras nos enamoramos… Ese día dejará de ser un hombre y se volverá en lo que tú más desprecias: una mujer. Tu apellido morirá con ella, tus tierras te serán quitadas, los secretos compartidos con otros. Esa criatura seguirá siendo ella hasta que deje de ser un Malfoy y le dé la espalda a tus ideas. Te maldigo, Malfoy, a ti y a toda tu estirpe…
~anteriormente~
Draco Malfoy es maldecido y transformado en mujer. Los Malfoy, aprovechando que nunca tuvo una hija que participara en la guerra y para evitar múltiples multas, obligaron a Draco a adoptar esta nueva identidad. Ante la necesidad de un heredero varón, y con la ayuda de Astoria, Draco comenzó la búsqueda de un marido. Fue entonces cuando Harry Potter, quien padecía un tumor cerebral, apareció como solución. Ambos necesitaban algo del otro: Draco buscaba un matrimonio ventajoso que le asegurara un heredero, mientras que Harry necesitaba una esposa que le permitiera adoptar a Teddy y cuidar del niño tras su muerte. La vida matrimonial no fue color de rosa; sus personalidades chocaron repetidamente y las peleas se volvieron habituales. Entre discusiones y encuentros íntimos, lograron encontrar la armonía. Sin embargo, la inminente muerte de Harry provocó que Draco sintiera miedo ante la idea de enfrentarse a la maternidad. Con la salud del "Niño Que Vivió" deteriorándose, Draco decidió priorizar a Teddy, lo que causó nuevos conflictos entre los esposos, sin saber que una nueva vida ya estaba creciendo dentro de él.
La casa de los Greengrass no era tan majestuosa como la mansión Malfoy, pero seguía siendo lujosa y bella. Al observar el lugar, Draco no pudo evitar recordar las visitas que había hecho en calidad de prometido de Astoria. Podía haber pasado casi dos años, pero seguía siendo extraño tener que ser Lyra cuando por más de 20 años fue Draco.
—Señora Potter.
Un elfo hizo una reverencia exagerada a modo de saludo y luego le indicó que le siguiera, llevándolo al salón donde una mujer de mediana edad estaba sentada en uno de los sofás, leyendo una revista y comiendo unos bocadillos. La bruja sonrió radiante al ver a su visita y dejó su copia de Corazón de bruja a un lado.
—Lyra, querida, es un placer tenerte aquí —saludó en un tono excesivamente dulce.
—Señora Greengrass, por un momento pensé que era Daphne —saludó el rubio, usando un cumplido cliché para mantener el buen ambiente—. Lamento haber venido tan apresuradamente, espero no estar molestando.
—Tonterías, querida, siempre serás bienvenida en esta casa —canturreó la bruja—. Tú y tu marido pueden venir siempre que quieran.
Los Greengrass eran una familia que se había mantenido neutral durante la guerra, esperando a ver dónde se inclinaba la balanza antes de decidirse por un bando. No creían en las buenas intenciones ni en la pureza de la sangre, ellos ponían su fe en los contactos y las conexiones que lograban hacer.
Por ello Draco tenía permitido ser grosero, después de todo su esposo era Harry Potter.
—¿Dónde está Astoria? Supe que seguía enferma —continuó el rubio con el tono amable.
—Sí, mi pobre niña, siempre ha tenido una mala salud —murmuró la mujer, negando con la cabeza—. Estoy segura de que verte la animará y la hará replantearse sus negativas al matrimonio.
—¿Tiene un nuevo pretendiente? —Draco arrugó el ceño, la chica no había mencionado nada—. Creí que luego de romper el compromiso conmi… con mi hermano, no se había vuelto a conectar con nadie.
—Eso es correcto —la mujer chasqueó la lengua—. Entiendo que fue un duro golpe que el joven Malfoy se fuera cortando todos los lazos con Inglaterra, pero ya han pasado dos años. Astoria no seguirá siendo joven por siempre.
Draco se enterró las uñas en la palma y presionó los puños contra el jodido vestido que se había visto en la necesidad de vestir. Si bien había seguido los consejos de Potter y había cambiado su imagen a una más masculina, seguía siendo necesario mantener las apariencias cuando visitaba a la alta sociedad. Su madre no le perdonaría que se presentase ante los Greengrass vistiendo pantalones y camisa, suficiente atrevimiento era su cabello corto.
—Mientras esperamos que su salud mejore, haremos un trabajo ideológico con ella —concluyó la mujer con un suspiro, ignorando la incomodidad de su visita—. Espero puedas ayudarla a entender que necesita un hombre a su lado y mientras más tiempo pase, más difícil será conseguir un buen marido.
Antes de perder la calma, se excusó para ir a ver a su ex prometida. La mujer llamó a un elfo y regresó su atención a los chismes de la revista.
Mientras avanzaban por la casa, Draco se obligó a tranquilizarse. Había estado tan preocupado por sus propios problemas que había olvidado que la vida del resto no era tan fácil. Cuando llegaron al dormitorio de Astoria, su ánimo estaba deprimido y algo parecido a la culpa le oprimía el pecho.
—¡Señorita Astoria! ¡Cliff trae a la señora Potter!
—Adelante —sonó una voz desde el interior.
El elfo abrió la puerta y permitió que Draco entrara a la habitación.
Astoria, sentada al lado del ventanal, levantó la cabeza de su libro y su rostro pálido y ojeroso se iluminó al ver a Draco. Su cabello opaco estaba trenzado, dándole una imagen de fragilidad y vulnerabilidad. Con movimientos suaves dejó la novela a un lado y se levantó, tomando un chal abandonado para cubrir sus hombros.
—Trae un juego de té y galletas, Cliff —ordenó la muchacha con voz cansada.
Draco esperó a que el elfo desapareciera y cerrara la puerta del dormitorio. Había un suave olor a hierbas flotando en el aire que reconoció como pociones vitamínicas. No era una buena señal considerando el aspecto de la muchacha.
—Hola, Lyra, ¿quieres sentarte?
Astoria tomó lugar en una de las butacas que tenía en el dormitorio, señalando con su mano esquelética la que tenía enfrente.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado.
Draco tomó asiento, con los ojos fijos en la joven, y esperó rígido su respuesta. El peso en su pecho casi lo ahogaba y sus ojos habían empezado a picar. Sabía que alguna extraña hormona lo estaba poniendo sensible, pero también sabía que mientras Astoria había estado enferma, apenas se había preocupado por ella.
—Estoy bien, Lyra.
Draco supo que todavía no podían hablar libremente. El mismo elfo que lo había guiado se apareció unos segundos después con una bandeja. La criatura preparó todo e hizo una reverencia para luego desaparecer.
—¿Leche y azúcar? —preguntó Astoria mientras tomaba la tetera.
—Solo té —respondió, arrugando la nariz al imaginar el olor de la leche—. No sabía que estabas tan enferma.
La chica sonrió, sirvió el té en silencio y solo cuando dejó la taza frente a Draco, levantó la mirada.
—Ya sabes que para nuestras familias lo más importante es el matrimonio —comenzó a explicar—. Mis padres me han estado buscando marido desde que nuestro compromiso se rompió.
—Lo siento —murmuró Draco.
—No te disculpes, no fue tu culpa, Draco —dijo dulcemente la chica—. Daphne y Theo han hecho que no se haga ningún compromiso, pero ahora que viajaron a Japón, mis padres aprovecharon para concertar citas para mí.
Astoria hablaba con tranquilidad, como si el tema no tuviese que ver con ella, pero sus ojos estaban apagados y el agarre a su taza era demasiado fuerte. Draco no supo qué hacer para consolarla, así que se mantuvo quieto en su lugar.
—He estado fingiendo estar enferma para evitar las citas —continuó ella, dando un sorbo a su bebida—. Hechizos y maquillaje para verme así, en realidad estoy bien.
—¿Hechizos y maquillaje? —preguntó no muy convencido—. ¿No te han llevado a San Mungo? ¿Cómo fingiste con los sanadores?
—¿Recuerdas a Tracy Davies? Trabaja como sanadora y Daphne le escribió para que me ayudara en caso de alguna emergencia. Ella ha estado falsificando mis informes.
Draco apenas logró ponerle rostro a aquel nombre. Había sido una bruja mestiza de su generación demasiado pobre como para prestarle atención. Algo más tranquilo asintió, pero la incomodidad no se iba.
—¿No has pensado en huir? —la pregunta escapó de sus labios antes de que el rubio pudiera filtrarla—. Si no tienes dónde ir, puedes venir conmigo a Grimmauld Places. Harry no se opondrá y puede que incluso te ayude legalmente, es el niño dorado después de todo.
Astoria alzó las cejas y sonrió divertida, dejó la taza a un lado y se acomodó el chal. Draco se dio cuenta de lo grosero que había sido, pero antes de que pudiera disculparse, la bruja respondió.
—He pensado muchas veces en huir, pero me rendí antes de intentarlo —su voz estaba llena de pérdida y sus ojos miraban triste hacia la ventana—. Debo tener un matrimonio que sea de ayuda para mi familia, mis propios deseos no son importantes.
El Slytherin sintió un escalofrío y los recuerdos de su infancia inundaron su mente.
Las familias como las de ellos le daban gran importancia al apellido y al legado. Draco lo sabía muy bien y lo había experimentado con mayor fuerza cuando se había vuelto una mujer.
—Pero…
—No tengo razones para huir —interrumpió la chica—. Siempre supe que sería así y solo pido tener la posibilidad de elegir entre los candidatos… así como te elegí a ti.
Draco apretó los labios y observó a la bruja. Le recordaba un poco a su propia madre, siempre contenida y siempre insatisfecha. Soltó un suspiro y bajó la cabeza. Desde que tenía memoria había menospreciado el romanticismo de las mujeres, pero ahora podía entender por qué fantaseaban con hombres irreales escritos en las novelas rosas.
—Hablé antes de pensar, disculpa —susurró, sintiendo la culpa atorándose en su garganta—. Sé que una mujer que huye no será bien vista.
—Está bien, sé que solo quieres ayudarme y agradezco tu oferta —Astoria se inclinó y apoyó su mano sobre el regazo del mago—. No le des muchas vueltas, Draco, la vida es así.
La mano de la bruja estaba fría y temblaba. Con mucho cuidado, Draco la envolvió con las propias, intentando darle calor y consuelo.
—Lo sé, lo entiendo —respondió en voz baja, observando el anillo en su dedo anular—. Me casé con San Potter, por supuesto que lo sé.
—Sí, te casaste con él, pero eso es diferente —la chica retiró su mano—. Yo nunca voy a amar al hombre con el que me casaré, no importa quién sea.
En cualquier otro momento Draco habría indagado ante aquellas extrañas palabras, pero en ese momento ni siquiera pensó que había algo mal ellas. Su miedo al embarazo, su angustia por la futura muerte de Harry y el estrés de ser una figura materna para Teddy habían bloqueado su raciocinio. Enfrentar a una Astoria tan vulnerable solo empeoraba su caótico ánimo.
—Lo siento, Astoria —susurró, sintiendo las lágrimas acumularse en sus ojos—. Si no hubiese cometido un error, no me habría convertido en mujer y ya estaríamos casados.
—Draco… No es tu culpa, no te disculpes —respondió la chica, apretándose en la butaca para sentarse a su lado—. No llores, ¿sí? De verdad no es tu culpa.
—Es mi culpa, es mi culpa haber hecho algo que no debía —una risa irónica se le escapó junto a un sollozo—. Ni siquiera sé de quién me enamoré, solo sé que no debí, que estaba mal…
Astoria envolvió al chico entre sus brazos y lo atrajo a su cuerpo, acariciando suavemente su espalda. Draco se dejó hacer, enterrando su rostro en el hombro de la chica mientras dejaba salir toda la angustia que se había acumulado en su corazón.
—Lo siento, quería que fueras feliz… Lo siento… —murmuró entre sollozos.
—Draco…
—No sé qué hacer —interrumpió, aferrándose a sus delgados brazos—. No sé cómo ayudarte. No quiero que te cases y te marchites como mi madre, pero tampoco quiero que pierdas todo por huir. No hay una buena opción, nunca hay una buena opción para una bruja.
El Slytherin nunca se había dado cuenta que desde que tuvo que tomar una nueva identidad solo había visto dos caminos. Ser como su tía Andromeda, viviendo el repudio y la vergüenza, o ser como su madre, llenándose de lujos superficiales para olvidar su corazón roto.
—¿Por qué eres tan negativo? —susurró Astoria, obligándolo a apartarse para así limpiarle el rostro con un pañuelo—. ¿Acaso eres infeliz ahora? ¿Sientes que te marchitas estando casado con Potter?
Draco la observó a través de las lágrimas, confundido y perdido.
Harry Potter siempre había sido una excepción en su vida. El primer chico que se había negado a tomar su mano, que le había ganado en todo, que le había hecho sentir tan inferior.
—Es diferente, él sabe que soy Draco —balbuceó, aunque en el fondo sentía que había algo más.
—¿Crees que si él pensara en ti como Lyra las cosas serían diferentes?
—Bueno, yo…
—Draco —silenció la bruja de forma brusca—. Tu premisa está mal, no somos infelices solo por ser brujas, lo somos porque nos vemos obligadas a ir contra nuestros deseos. Es lo mismo con tu maldición, ¿crees que se activó porque te enamoraste de un hombre? Si fuera así, desde la primera vez que tuviste un pensamiento sobre esa persona te habrías transformado, ¿no lo crees?
La expresión de Astoria era fea. La mueca, el ceño fruncido y las mejillas enrojecidas arruinaban sus dulces facciones, dándole un aire de fiereza que Draco jamás le había visto.
—¿Acaso crees que por ser mujer tengo que ser infeliz? —concluyó con amargura la bruja—. Desde un principio tu enfoque estuvo mal, Draco.
—Yo no… —pero no podía negarlo, siempre había tenido aquel prejuicio—. Es solo que siempre creí que cometí el mismo error que mi madre...
—¿El mismo error que tu madre?
Draco se enderezó y apoyó sus manos en su regazo, atrapando con fuerza la tela del vestido. Hasta ahora no se había dado cuenta que siempre había visto a las mujeres como seres infelices incapaces de tener opinión. Una idea que tenía desde niño y que se había formado por todo lo que había visto y oído en su propia casa.
—Cuando mi tía Andromeda huyó para casarse con el hijo de muggles, todo se volvió un desastre —empezó a explicar—. La familia Black se esforzó en sofocar el escándalo, pero nunca pudo recuperarse por completo.
Desde que tenía memoria había escuchado la historia y aprendido sobre la mayor vergüenza de la familia Black, eran lecciones para que supiera que debía seguir el camino correcto o el repudio y la vergüenza lo esperarían al otro lado.
La mujer que rompió su compromiso y se casó con alguien que no debía no solo había arruinado su vida, había manchado la reputación de toda su familia. Sus abuelos, los padres de su tía Andromeda, junto al patriarca de los Black lograron suprimir el escándalo entregando a la segunda hija junto a unos cuantos terrenos y negocios al prometido original de Andromeda, Rodolphus Lestrange.
Bellatrix estaba comprometida originalmente con Lucius Malfoy, pero la huida de su hermana mayor la obligó a tomar su lugar como novia. Los Black habían hecho todo lo posible para apaciguar a los Lestrange y cuando tuvieron que enfrentar a los Malfoy, volvieron a entregar buena parte de sus activos. Narcissa aún estaba en Hogwarts en ese momento, se comprometió con Lucius para salvar la cara de la familia y apenas se graduó, contrajo matrimonio.
Al padre de Draco no le importaba con qué hermana se desposaba. Los años siguientes incluso agradeció que en vez de Bellatrix y su infertilidad, había llevado a su cama a una mujer que le dio un heredero. Draco sabía que sus padres no se amaban, pero también sabía que ambos respetaban enormemente su matrimonio y habían cumplido con sus deberes de esposos y padres.
Siempre creyó que en eso consistía el amor real, en una unión basada en beneficios e intereses. Solo ahora se daba cuenta que el mundo estaba lleno de posibilidades y para ello había necesitado convertirse en alguien con menos opciones de las originales.
—Pero mi madre seguía teniendo sus propios deseos —siguió contando—. Ella no pudo ocultar que su corazón le pertenecía a otro hombre y mi padre no dudó en arreglar el problema.
—¿Tu padre le hizo algo a ese hombre? —preguntó Astoria con cautela.
—No, no era necesario —Draco suspiró, recordando las conversaciones que había escuchado a escondidas cuando era pequeño—. Mi madre también sabía que su amor era imposible, un pobre mestizo que ni siquiera la miraba. Mi padre solo le recordó su deber como señora Malfoy y todo se escondió bajo la alfombra.
—¿Narcissa estaba enamorada de alguien que no la quería? —la incredulidad era palpable en la voz de la bruja—. ¿Cómo lo supo Lucius si nunca pasó nada?
Draco se relamió los labios secos. Era el mayor secreto en su familia, uno que se suponía que él no sabía y que por mucho tiempo guardó en lo más recóndito de su mente. Al final, todos los niños desean tener una familia feliz y Draco no era una excepción.
—Aunque era un hombre con condiciones diferentes a las de mi madre, ella lo trató como un igual. Apoyándose en su rápido ascenso en los mortífagos, incluso logró hacerlo mi padrino.
—Un momento —Astoria levantó la mano, su expresión era complicada—. ¿Estás diciendo que Narcissa Malfoy estaba enamorada de Severus Snape? ¿De nuestro profesor de pociones? ¿Del mago que ayudó a vencer a Quién Tú Sabes? ¡Por Merlín! ¡Ni siquiera puedo imaginarlo!
Draco asintió de forma distraída.
—Por lo mismo mi padre no hizo nada, nadie pensaría que su esposa tenía sentimientos por un mago que consideraban inferior. Solo mi tía Bella y el mismo Snape se dieron cuenta, pero pretendieron que nada ocurría.
Astoria se desplomó en el sofá, observando el techo mientras soltaba un suspiro exagerado.
—Increíble —dijo para sí la bruja—. No puedo imaginarlo, pero eso explica muchas cosas.
Draco suspiró, sin querer agregar nada más. Astoria extendió sus manos para tomar las del chico y presionó suavemente el agarre. El rubio la miró y ella le dedicó una pequeña sonrisa.
—Te prometo que no será igual para mí —susurró Astoria—. Si no encuentro a alguien que sea la mitad de bueno que tú, entonces no me casaré.
Algo quemó dentro del pecho del Slytherin y solo pudo responder presionando las manos de la joven. A veces sentía que Astoria exageraba con sus comentarios, pero luego pensaba en las expectativas que él mismo había tenido con el compromiso entre ellos y podía ver la verdad en las palabras de la chica.
El amor entre ellos habría surgido por la convivencia, un amor dulce y estable. Tan inocente en comparación a los matrimonios de sus padres, pero jamás pudiendo llegar a la pasión que se leía en las grandes historias de amor.
—No debes preocuparte por mí, Draco —Astoria susurró, todavía sonriendo—. Déjame lidiar con mis cosas a mi ritmo, si tengo problemas acudiré a ti.
—Está bien —sabía que no podía decir más.
La joven le dejó un beso en la mejilla y luego volvió a sentarse en el sofá frente a él. Seguía viéndose enferma, pero sus ojos parecían más determinados y vivos que antes. Draco se sintió algo más aliviado y de forma inconsciente tocó su vientre. Solo cuando sintió la ligera hinchazón recordó el motivo de su visita.
Por un momento había olvidado el problema que tenía.
—Ahora hablemos de ti —dijo la chica tomando un tono más serio—. ¿Tuviste algún problema con Teddy? ¿O las cosas con Potter siguen tensas?
Draco quiso decir que solo venía a verla, pero sería una clara mentira. Soltó un nuevo suspiro, cerró los ojos y contó hasta diez. Cuando se sintió preparado, levantó la mirada, todavía con la mano sobre su estómago.
—¿Cómo puedo averiguar si estoy embarazado?
Draco no estaba seguro de cómo había vuelto a casa ni podía recordar las últimas palabras de Astoria. Su mente se había apagado y era incapaz de retener cualquier idea que se le cruzara. Era lo mejor, no quería pensar en el horrible futuro que le esperaba.
Distraído y abrumado, abrió la puerta de Grimmauld Places y caminó por el hall hacia las escaleras. Fue entonces cuando notó el sonido amortiguado de una alegre conversación y el ruido de los cubiertos de plata chocando contra la fina porcelana.
Había olvidado que Harry había invitado a algunos Weasley y a sus hijos. Pensó en escabullirse sigilosamente y así no cruzarse con la familia pelirroja, pero el recuerdo de un Teddy ansioso, preguntando si volvería a tiempo para comer, lo obligó a ir a la cocina.
Si bien la charla no se detuvo, todos giraron para mirarlo apenas cruzó la puerta. Alrededor de la mesa llena de comida estaban Harry, Teddy, los mejores amigos del héroe con su bebé y el matrimonio de Bill y Fleur Weasley junto a sus dos hijas.
—¿La ama desea que Kreacher prepare comida especial? —cuestionó el elfo en cuanto lo vio.
—¿Qué? —preguntó aturdido, mirando al elfo que se le había aparecido enfrente—. No, está bien, sírveme lo mismo que a todos.
Se sentó luego de saludar con un cabeceo a los presentes, evitando cruzar miradas con Harry. Eligió a propósito el puesto al lado de Teddy, de manera que el niño quedase en medio de ellos dos. No se sentía capaz de aguantar un interrogatorio por su demora y no quería enfrentar al estúpido cuatro ojos, al menos no todavía.
—Nos preguntábamos cuándo llegarías, Lyra —saludó Bill Weasley con una sonrisa—. Teddy empezaba a estar de mal humor por tu ausencia.
—Lamento el retraso, tuve un inconveniente —se excusó Draco.
—Yo no estaba de mal humor —se quejó el niño casi al mismo tiempo—. No me importa si Lyra no está.
El hombre pelirrojo soltó una carcajada ante la negativa del niño, logrando que el crío hiciera un puchero.
—No seas malo —regañó Fleur Weasley, entregándole una cría de tres años a su marido—. Haz que tu hija se coma las zanahorias.
La pequeña arrugó la nariz y observó a su padre con ojos brillantes, moviendo coquetamente sus pestañas.
—Papi, no quello tanoria —dijo la pequeña con una voz encantadora.
—¡Dominique lo está haciendo otra vez! —acusó otra niña, de casi seis años—. ¡Mamá! ¡Dominique está usando sus poderes!
—¡No e'sheto!
—¡Sí es!
—Victoire, no grites en la mesa y no te preocupes por tu hermana —regañó el mago—. Bebé Domi, ¿no comerás por papá? Vamos, di "ah".
La niña más grande se cruzó de brazos y observó molesta a su hermana. Teddy se rió por lo bajo y le hizo un par de muecas burlescas a Victoire cuando pensó que nadie le prestaba atención. La niña enrojeció de la ira y le enseñó la lengua.
—Discúlpate con Teddy, Victoire —dijo Fleur con un tono serio apenas la vio—. No debes ponerles cara a los demás, es de mala educación.
—¡Pero Teddy lo hizo primero!
—No importa quién lo hizo primero. Cometiste un error, discúlpate.
La pequeña frunció el ceño y miró enojada a Teddy. El niño sonreía con inocencia, incluso dijo que no importaba, ganándose un cumplido por parte de Fleur por ser tan comprensivo. Draco suspiró para sus adentro al ver la clara manipulación del niño, parecía que todos eran ciegos a la actuación del mocoso. Claro, todos menos él y la pequeña Victoire.
Al mismo tiempo que los niños discutían, transcurría una conversación entre el trío dorado. Aunque era más bien un monólogo de Granger-Weasley acompañado por los "Uhm" de Harry. Weasel estaba más ocupado atendiendo a su bebé, engatusándola para que comiera papilla mientras trataba de dar bocados a su propio plato.
—Entiendo que quieras pasar más tiempo con tu familia, pero no es sano saltarte el desayuno, ¿has tenido más mareos? Me preocupa que tengas problemas con la azúcar.
—Hermione, no seas exagerada —se burló el pelirrojo de su marido.
—No exagero, ¿sabes que dormir mal puede afectar la salud? —dijo en un tono sabihondo—. Si se le suma una mala alimentación, Harry podría tener más problemas que solo un mareo.
—¿Mareo? —interrumpió Draco.
Giró levemente para observar al auror, pero Harry miraba obstinadamente su propio plato, sin afirmar o negar nada. El resto del trío dorado no pareció notar el problema y continuaron hablando, explicando el inconveniente que el auror había tenido en el Ministerio mientras trabajaba.
—Los hábitos son importantes, no deberías tomar siempre los turnos nocturnos —se quejó Granger-Weasley, regañando al auror como si fuera un crío—. Dormir poco y comer mal afectará tu salud, Harry, tienes que seguir una rutina.
La conversación siguió sobre los cuidados y los estilos de vida, pero Draco dejó de escuchar. Sus ojos estaban fijos en el cuatro ojos, el cual se veía bastante culpable de haber sido descubierto.
Cuando Kreacher llegó con el plato de comida, el Slytherin intentó concentrarse en comer. Luego discutiría con el estúpido Gryffindor. Comenzó a cortar el bistec y el olor de la carne y especias subió a su nariz. No estaba seguro qué tipo de preparación era, pero sí notó que era un corte grasoso muy condimentado. Las náuseas lo sacudieron y apenas tuvo tiempo de levantarse y correr hacia el baño, ignorando las preguntas preocupadas que le siguieron desde la cocina.
El espejo reflejaba el rostro demacrado del rubio. Con un chasquido de la lengua, Draco apartó la mirada, abrió el grifo y se enjuagó la boca. Como solo había tomado un ligero desayuno y ni siquiera había dado un bocado a la carne del almuerzo, fue muy poco lo que vomitó, pero el esfuerzo había dejado huellas. Quiso secarse las manos, pero las náuseas volvieron, obligándolo a regresar al inodoro y escupir la saliva acumulada mientras las arcadas sacudían su cuerpo.
—¿Draco?
Harry había entrado en algún momento y se había acercado, apoyando su cálida mano sobre la espalda del Slytherin. Draco quiso apartarlo con un movimiento brusco, pero una nueva arcada lo obligó a hundirse en el retrete y olvidarse de sus intentos de alejarlo.
—¿Comiste algo que te hizo mal? —preguntó preocupado el auror.
—Cállate —murmuró el rubio.
Lentamente se enderezó y caminó hacia el lavatorio para volver a enjuagarse la boca. Harry apartó la mano y lo observó en silencio. Era como volver a sexto año, donde Draco había perdido los estribos en un baño de Hogwarts y casi había maldecido al cuatro ojos para, en su lugar, recibir un hechizo que casi lo mató. Sacudió la cabeza para quitarse esos pensamientos y dio media vuelta para enfrentar al auror.
—¿Por qué no me dijiste que te mareaste en el trabajo? —acusó.
Harry desvió la mirada, su rostro estaba lleno de culpa e incomodidad. Abrió la boca, pero no dijo nada, parecía tener problemas para encontrar las palabras adecuadas para empezar a disculparse. Draco frunció el ceño y apretó los bordes del lavabo detrás suyo, tratando de controlar su mal carácter.
—¿Y tú por qué no me dijiste que te sentías mal? —dijo al fin el auror.
—No desvies el tema, Potter —la voz de Draco sonó casi como un chillido—. ¿Estás esperando a tener un accidente? ¿Que alguien me llame desde San Mungo? ¡Se supone que deberías contarme sobre estas cosas!
—¡No quiero pensar en que me voy a morir! —gritó Harry de vuelta, perdiendo el control.
El silencio llenó el baño y por varios segundos solo pudieron escuchar el lejano murmullo de la comida.
—Haz lo que quieras, Potter.
Draco sentía que se estaba ahogando, tenía demasiadas preocupaciones y sentimientos. No sabía cómo lidiar con el estúpido Gryffindor en ese estado y no quería tener una nueva pelea con él. Quiso escapar saliendo del baño, pero al pasar al lado del auror, su muñeca fue fuertemente agarrada, obligándolo a detenerse.
—Draco… —llamó Harry en un tono conciliador.
—¡No! —el chico se soltó con un movimiento brusco—. Sé que tienes miedo, pero yo también. ¿Sabes lo aterrado que estoy de pensar en que me quedaré solo con Teddy? ¿¡Cómo lo voy a cuidar!? ¡No sé cómo se supone debería ser una familia! ¡No puedes ser irresponsable solo porque no quieras asumir que estás enfermo! ¡No puedes abandonarme antes de tiempo!
—Yo… Draco…
El Slytherin volvió a tratar de salir, pero Harry lo envolvió en un fuerte abrazo desde atrás para impedirle el escape. Draco gimió molesto e intentó liberarse, consiguiendo únicamente que el agarre del auror se volviera más fuerte.
—¡Suéltame, Potter! ¡No quiero hablar contigo! —gritó todavía intentando liberarse, dando golpes al azar—. ¡Ni siquiera has pensado en mí! ¡En Teddy! ¿¡Qué haré si te pasa algo!? ¡Ya me hice a la idea de que te quedan solo tres años! ¡No acortes el plazo siendo imprudente!
Draco dejó de moverse cuando sintió que sus fuerzas se perdían y, en su lugar, comenzó a llorar. Las lágrimas le nublaban la vista y el aire parecía no llegar a sus pulmones, pronto se encontró hiperventilando.
Harry disminuyó la fuerza del agarre y lo obligó a dar media vuelta, tomó su rostro con ambas manos y trató inútilmente de limpiar las lágrimas. Había cierta ternura en los gestos que hizo que el corazón de Draco doliera, lo que llevó a hacer su llanto más fuerte.
—¡Eres un imbécil, Potter! —se quejó con algo de dificultad—. ¡Me vas a dejar solo por no cuidar de ti mismo!
El auror volvió a abrazarlo, paseando sus manos por su espalda mientras susurraba disculpas. Draco quiso empujarlo, pero su cuerpo reaccionó antes de que pudiera terminar el pensamiento. Se hundió en el pecho de Harry y aferró la parte trasera de su camisa con ambas manos.
—No llores, por favor —susurró el auror—. Fui estúpido, lo siento, prometo que no volveré a hacerlo ni te esconderé nada.
—No puedes dejarme solo, no ahora —respondió el rubio en medio de un sollozo—. No puedes hacerme esto, Harry, no puedes.
—No te dejaré solo, lo prometo. Desde ahora tendré más cuidado y me negaré a ir a cualquier misión riesgosa, solo me quedaré en la oficina —prometió—. Haré lo quieras, no tienes que llorar, Draco.
—Debes quedarte conmigo, ayudarme con Teddy —jadeó Draco, apretándose aún más al Gryffindor—. Tengo miedo, tengo mucho miedo…
El Gryffindor lo cargó hacia el dormitorio, susurrando disculpas y promesas contra su oído. Draco, demasiado agotado como para resistirse, solo lo abrazó, intentando dejar de llorar. Llegaron al cuarto y el auror lo obligó a soltarse y lo sentó sobre la cama. Apenas estuvo libre, se movió para ir a buscar algo en la mesita de noche.
—Harry, estoy embarazado —dijo Draco en un hilo de voz, observando su espalda.
El auror se dio vuelta con una caja de pañuelos desechables en la mano. Su ceño estaba fruncido en una clara confusión.
—¿Embarazado? —cuestionó con su cara de bobo.
El rubio asintió, extendió el brazo y tomó la mano libre de Harry para llevarla a su propio vientre. Apenas se podía notar la hinchazón, pero el gesto en sí decía mucho.
—Debo tener unos tres meses —continuó—. Tendré… No, tendremos un bebé en medio año, Harry.
El auror pareció demorarse en procesar las palabras, pero en cuanto lo hizo una gran sonrisa apareció en su cara. Sin embargo, el gesto se borró cuando notó el rostro angustiado de Draco. El Slytherin pudo ver el tren de pensamiento del auror. A medida que comprendía lo que implicaba aquel embarazo, su sonrisa fue desapareciendo y su expresión se oscureció.
—Y yo tengo menos de tres años…
Draco se mordió el labio inferior y nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas. No era capaz de pensar un futuro sin el estúpido cuatro ojos, no podía concebir esa extraña familia que habían construído sin el auror en la estampa.
—Draco… —llamó suavemente Harry—. ¿Quieres tener el bebé?
El rubio negó de inmediato y de forma inconsciente envolvió su abdomen con sus brazos. Había estado pensando en ello desde que había sospechado que podría tener un hijo. Si bien Harry todavía tenía tres años, nadie le aseguraba que no muriese antes. Era demasiado aterrador pensar en quedarse solo con Teddy, pero era más aterrador agregar a otro niño a sus responsabilidades.
—Draco… —Harry se revolvió el cabello como si estuviera frustrado—. Draco, ¿de verdad no quieres?
—No lo sé… —murmuró.
—¿Recuerdas que me dijiste que me ayudarías a cumplir las cosas que quiero hacer antes de morir?
Draco asintió, abrazándose a sí mismo con más fuerza. Su mente estaba en blanco, no estaba seguro si Harry le diría que se deshiciera de esa cosa o le obligaría a tenerlo. Ambas opciones se sentían mal y no quería escuchar la propuesta del auror. Pero aunque no quería, no podía moverse.
Solo podía seguir llorando.
—Sé que es egoísta y que seguramente me odiarás, pero si no sabes…
—Harry… —susurró en medio de un sollozo, queriendo detenerlo.
El Gryffindor apoyó sus manos en sus hombros, presionando con suavidad. Draco levantó la cabeza e hizo contacto visual con el auror. Había demasiados sentimientos detrás de esa mirada y el instinto le dijo que debía huir antes de que Harry soltara una palabra más.
—Me gustas, Draco. No sé cuándo ni por qué, pero en algún momento me enamoré de ti.
Draco lo miró congelado, incluso sus lágrimas se habían detenido. Su cuerpo se llenó de un sudor frío y su estómago revoloteó lleno de incomodidad. Desde hace meses que intuía que el niño de oro albergaba sentimientos románticos hacia él, pero escucharlo de su boca lo había hecho real.
¿Por qué se sentía tan aterradora esa declaración?
Harry hizo una mueca ante la reacción y se apartó con una expresión dolida. Jugueteó con sus dedos y se mordisqueó los labios, claramente nervioso.
El dormitorio se sentía claustrofóbico con aquel silencio.
—Sé que soy egoísta y no te obligaré a corresponderme —dijo el auror con la voz ronca.
—Lo siento… —murmuró Draco, sin saber qué otra cosa decir.
—No importa.
Harry se arrodilló frente a él y apoyó su cabeza en el regazo del rubio. Los muslos de Draco se sintieron cálidos y de forma inconsciente llevó una mano a acariciar los rebeldes cabellos negros. El auror lo agarró de la muñeca y la llevó a sus labios para dejar pequeños besos sobre los delgados y blancos dedos.
—Quédate conmigo, Draco. No necesito que me correspondas, solo quédate conmigo.
—Yo…
—Siempre quise tener una familia, ¿sabes? Me gustaría que tuvieras el bebé, me gustaría tener un hijo contigo… Escucharlo decirme "papá", enseñarle a volar en escoba y acompañarlo a comprar su primera varita. Quiero tener una gran familia contigo, Draco. Contigo, con Teddy y con el bebé —el auror suspiró y levantó apenas la cabeza para mirarlo—. Pero sería cruel pedirlo, ¿verdad? Así que solo te pediré que te quedes conmigo, que seamos una familia con Teddy y que me ayudes a construir los mejores recuerdos para él.
—Harry, yo…
El Gryffindor se enderezó, todavía arrodillado, y tomó el rostro de Draco. Sus ojos estaban llenos de calidez, de ese amor profundo que el rubio intentó no ver.
Harry rompió la distancia entre ellos y lo besó.
A diferencia de sus caricias, su boca se movió ansiosa, robándole el aliento a Draco. Con la cabeza mareada el joven se recostó sobre la cama y abrazó al auror, que se había acomodado encima.
—De verdad me gustas, Draco —susurró Harry, deslizándose hacia abajo—. Me gustas tú, independiente de tu cuerpo, me gusta el niño malcriado con trucos bajo la manga y sonrisa arrogante.
Draco negó con la cabeza, intentando silenciarlo, pero el auror continuó hablando.
—Si quieres deshacerte del bebé, está bien, estaré contigo —Harry besó suavemente el vientre ligeramente hinchado sobre el vestido—. Si quieres tenerlo, también está bien, haré todo lo posible por protegerlo. Pero por hoy, déjame creer que lo tendrás —continuó en el mismo tono cálido—. Déjame imaginar nuestro futuro juntos, déjame olvidar que me queda poco tiempo.
Los hombros de Draco se agitaron y apenas pudo aguantar el sollozo. El sonido salió ahogado y rápido se cubrió el rostro con las manos. Harry siguió dando besos, susurrando promesas de un futuro hipotético que nunca ocurriría.
Fue entonces cuando Draco notó el movimiento, una presión que venía de su interior y trataba de tocar las zonas donde Harry acariciaba y besaba. Era un movimiento demasiado leve que nunca había percibido, pero fue suficiente para saber que se trataba del feto creciendo en su interior. El bebé debía saber que Harry era su padre y que estaban hablando de él.
—Lo tendré… —murmuró.
En su interior sabía que no podría deshacerse del bebé, no después de sentirlo moverse y mostrar vida. Harry levantó la cabeza para mirarlo y dedicó una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora. Draco cerró los ojos, incapaz de aguantar ver aquellos ojos tan llenos de amor y temor. Algo de culpa de agolpó en su pecho. Si bien ya consideraba al Gryffindor parte de su familia, dudaba ser capaz de corresponder esos sentimientos románticos. Sabía que le tenía cariño, que le agradaba la mayor parte del tiempo y que deseaba su cuerpo. Era la situación que siempre había pensado que ocurriría cuando se casara, pero tenía claro que el auror deseaba más.
Podría haberlo intentado, podría haber entregado su corazón si las cosas fueran diferentes. ¿Pero cómo podía amar a alguien que tenía el tiempo contado? Su instinto de supervivencia le impedía siquiera fantasear con ello.
—Te prometo que estarás bien, Draco —susurró Harry, acomodándose a su lado para abrazarlo—. Te prometo que cuidaré de ti, de Teddy y de este bebé durante estos tres años y te prometo que dejaré todo arreglado para que puedan vivir sin preocupaciones cuando me vaya.
Draco lo miró por entre las pestañas, el hombre se veía triste, pero determinado. Los ojos verdes estaban llenos del miedo innato a la muerte, pero también de la seguridad de que haría todo lo que pudiera para proteger a los demás. Draco recordó vagamente todas las veces que le había visto esa mirada. Era aterrador notar que habían sido varias, Harry Potter siempre tenía que enfrentar la muerte.
—Te creo —volvió a murmurar.
Harry sonrió con ternura, le peinó el cabello y le llenó el rostro de besos, envolviéndolo en un fuerte abrazo. Draco solo pudo aferrarse a sus brazos mientras intentaba tranquilizar su caótica mente.
—Lamento ser tan egoísta y arrastrarte a mi lado —susurró Harry, dando un pequeño beso a su sien—. Y lamento que, aún sabiendo lo cruel que soy, no quiero ni puedo soltarte.
Draco negó con la cabeza, sin querer leer el amor que había detrás de aquellas disculpas. Sentía la mano del auror sobre su vientre, dando pequeñas caricias y provocando movimientos en el feto. También sentía los labios sonrientes de Harry presionados contra su rostro. Levantó un poco la cabeza y cerró los ojos cuando sintió su frente presionarse con la del auror, sus narices se frotaron lentamente y un suspiro escapó de sus labios.
Poco a poco el cansancio lo venció y comenzó a adormecerse, decidió no luchar contra el sueño y pronto se quedó dormido en los brazos del Gryffindor.
Harry esperó unos minutos antes de soltarlo, le colocó un pijama cómodo y lo arropó con cuidado. Parado a un lado de la cama, lo observó dormir, sus ojos brillaban llenos de cariño, pero una ligera capa de tristeza los cubría. Se inclinó y depositó un suave beso sobre la frente del rubio.
—Perdóname, Draco, me gustas tanto que no quiero alejarme.
En silencio fue hacia la puerta, echando un último vistazo a la persona que dormía tranquilamente sobre la cama.
—A veces creo que soy una mala persona, justo ahora deseo que ese bebé sea idéntico a mí para que así nunca me olvides —Harry sonrió con incomodidad y negó para sí mismo—. Nunca he podido ser bueno contigo, Draco, espero puedas perdonar mi egoísmo… Descansa.
Salió de la habitación y cerró detrás de sí. Se tomó un momento para controlar sus emociones y volvió a la cocina con una excusa para sus invitados.
