Capítulo 9: El destino roto
"No hay clavo tan fuerte que pueda detener la rueda de la fortuna"
Miguel de Cervantes
Kushina caminó entre los visitantes del parque, rodeando niños que corrían y vendedores de helados que empujaban carritos por las aceras. Su corazón, de un modo un tanto inquietante, se agitaba en su pecho a grandes revoluciones, como el caudal de un río desbordado por la lluvia.
Naruto le miraba con tranquilidad, parpadeando con lentitud. Kushina se detuvo frente a él, con la boca de repente seca e incapaz de formar palabras. El niño se veía físicamente bien, incluso menos pálido que la última vez que le había visto, sus brillantes ojos azules tan llenos de vida que casi parecía feliz de verla.
En contraste con el chico adusto y frío que había auxiliado en una noche tormentosa, este niño parecía lleno de vida, incluso un tímido intento de sonrisa lograba asomar en sus rasgos. Debería sentirse un poco más tranquila, pero lo cierto era que sus pálpitos cardíacos se hicieron casi dolorosos.
—Naruto —saludó en cuanto llegó a su lado—. Me siento muy feliz de verte.
El niño sonrió, abrazando sus bolso de nubes rojas más fuerte. Sin embargo, no dijo nada. Kushina miró alrededor, buscando el acompañante del niño. Alrededor caminaban adultos y chicos por igual, pero ninguno parecía prestar atención a ellos dos.
—¿Con quién estás aquí?
—Me buscan —dijo el niño, las comisuras de sus labios congelándose en un extraño gesto que ella no supo descifrar—. Vendrán por mí, de nuevo.
Kushina llevó una mano a su pecho, volviendo a mirar entre la multitud. Sus ojos purpureos analizaron cada rostro cercano; una anciana caminaba con dificultad por la acera de enfrente, un jovencito avanzaba por el callejón de la derecha con un perro sujeto con correa verde, incluso a la dama que arrancaba el auto cuando el semáforo pasó a ver. Sin saber por qué, las oscuras sospechas que inundaban su corazón cuando pensaba en Naruto, se hicieron mucho más pesadas.
—¿Quién viene por ti? —preguntó—. ¿Tu familia?, o… ¿ese joven con su padre eran tu familia? Debes decirme, puedo ayudarte, sea lo que sea que esté sucediendo.
—Mi familia... —murmuró el niño, como si cada palabra tuviera un regusto extraño que quisiera definir—. Me he encontrado con mi familia, sí.
—¿Y qué haces aquí solo?
El chiquillo se encogió de hombros.
—Doy un paseo.
Kushina asintió, bajando los hombros, como si hubiera soltado una gran carga. Llevaba dos meses sintiendo gran preocupación por la suerte de ese niño, pero todo parecía ir bien. Pudo, por fin, respirar tranquila. Casi río ante las absurdas fantasias que cursaron por su mente durante las últimas semanas, cada una más tenebrosa y truculenta que la anterior. ¡Por Kami!, incluso había tenido pesadillas al respecto. Eso sin contar la alucinación de aquella nube oscura en la casa de sus padres...
Un fuerte soplo de viento tumbó los farolillos de un puesto de comida al otro lado de la calle. Una joven que pasaba bajo el escaparate tuvo que tirarse a un costado, para apartarse de la trayectoria del objeto. Kushina, igualmente, se apresuró a sostenerse la falda de su vestido, pues la ventisca azotaba la tela verde en diferentes direcciones.
—¿Vives cerca? —preguntó, mirando al cielo de repente atribulado—. Te puedo acercar, va a llover.
El niño asintió, sin borrar aquel gesto confiado. Juntos caminaron hasta su coche, apostado detrás de la línea blanca una calle más abajo. Cuando llegaron a este y ella abrió la puerta, la fuerza del viento se intensificó tanto que tuvo que empujar con brusquedad para poder cerrarla.
Kushina siguió las indicaciones, moviéndose entre la multitud de personas que empezaban a buscar camino para sus hogares. Ella, sin embargo, consultó la hora en el tablero, pues temía llegar tarde a la cena de trabajo. Naruto señaló un edificio una calle más abajo y la joven mujer asintió, esperando en la línea de coches que esperaban el cambio del color del semáforo a verde.
Con su dedo tamborileó impaciente sobre el volante, sus ojos observaron pasar una bolsa plástica, llevada por el viento. Entonces Naruto habló.
—Sabía que volvería a verte —le dijo—, así como la primera vez, sabía que encontraría de nuevo el camino.
Kushina le miró, con evidente extrañeza.
—Oh, yo también sentía deseos de saber de ti. Te fuiste sin despedirte del edificio, estaba preocupada. Temía que ese hombre te hiciera daño.
De hecho, había pensado cosas terribles de aquél sujeto y su hijo adolescente. Pensándolo bien, no se limitaría a dejar al niño en su casa, hablaría con su padre y se disculparía por su comportamiento aquella mañana.
—¿Qué edificio?
La mujer miró el rostro ceñudo del niño.
—Mi apartamento, ¿recuerdas?
Naruto asintió, luego se detuvo y empezó a negar.
—Recuerdo el edificio —respondió—, pero no fue la última vez que nos fuimos.
Un escalofrío subió por los brazos de ella, arremolinándose en el hueco de su estómago.
—Ah, ¿no? —dijo, pasando la lengua por sus labios. Luego preguntó, con evidente tensión en sus manos—, ¿entonces cuándo fue esa última vez?
Naruto borró su gesto dulce, sus gestos perdieron calidez, ensombreciéndose ante la falta de cierta chispa que acompañaba a los infantes de su edad. Otro escalofrío recorrió su cuerpo, en esta ocasión encerrándose en el fondo de su lengua.
—Una noche, en la carretera. Sé que lograste verme.
Kushina se negó a mirar al niño. Pasó saliva con fuerza, apretando sus uñas en el volante. Debía ser una broma... esperaba que fuera una broma... Kushina necesitaba que el niño rompiera en risas y dijera que era una bendita broma. Ella creyó ver una figura muy similar al niño en la carretera hacía un mes, ¡se había accidentado por esquivar su figura! Pero había sido una alucinación, no era real, no... porque esa figura que creyó ver, tenía ojos rojos que brillaban en la cenicienta noche.
Pero el niño no río, ni dijo que fuera una broma. Solo miraba al frente, tan tranquilo como siempre.
—No sé de qué hablas.
El niño ensanchó su gesto en una sonrisa, su mirada perdiendo brillo, como el agua convertida en hielo. Entonces, antes de ella poder reaccionar, la pequeña mano de Naruto se cerró sobre la suya y entonces fue cuando Kushina sintió un nudo de emociones extrañas que le produjeron vértigo.
Un nuevo escalofrío serpenteó por su brazo, alcanzando su garganta con dolorosos tentáculos de hielo y… miedo. Miedo inexplicable, pero innegable. Miedo electrizante recorriendo sus venas, retorciendo su estómago, paralizando sus piernas. Miedo que le produjo nauseas y desesperación en el pecho. Miedo que le impidió mover sus manos, de repente convertidas en garras de terror agarradas a la esponja del volante.
Kushina fue incapaz de quitar su mirada del chico, aun cuando el semáforo pasó a verde y los coches atrás del suyo hicieron sonar su bocina con insistencia. Había algo que, aunque no podía definir con exactitud, le impedía quitar su atención del pequeño, de su rostro dulce, de la bonita tonalidad de sus ojos, del ensortijado cabello que cubría su cabeza. Era bello, pero su presencia no era cálida.
—Esa noche tomamos caminos diferentes —afirmó el chico—, pero hoy te encontré de nuevo, como debe ser. No me apartaré de ti.
Kushina no pudo hablar.
—Si estoy contigo no tendré problema, ¿entiendes? Si no me quieres dejar ir, no me podrán llevar —la sonrisa se borró, su ceño se frunció—. Y no me quieres entregar de nuevo, ¿verdad?
Los coches y motocicletas detrás suyo se movieron a su alrededor, pasando por su costado. Ella no prestó atención a sus pitidos ni a los pedidos exclamativos de que se moviera al otro lado de la línea blanca, ni siquiera siguió la recomendación de poner las intermitentes. La pesada sensación de miedo se había hecho más consistente después de la extraña pregunta del pequeño.
¿Entregarlo de nuevo?, ella nunca había hecho tal cosa. ¿La culpaba, acaso, por lo sucedido en la recepción del apartamento?
—Apenas te conozco, niño —respondió, aplacando el rugir de sus entrañas—. No haría nada para dañarte…
—Dime que me protegerás.
Kushina pasó saliva, sintiendo que la sensación de vértigo crecía. Abrió la boca, pero las palabras huyeron de ella cuando quiso pronunciarlas, como si ellas mismas decidieran no formarse, no emitirse, no dejarse escuchar. Un nuevo escalofrío se deslizó por sus brazos, enredándose en su pecho, en sus pulmones, apretando el aire que entraba a su cuerpo.
—Bueno…
Llevada por una irrefrenable sensación de incomodidad, ella hizo amago de retirar su mano, aquella que Naruto agarraba, pero la mano del niño se aferró con más fuerza a la suya, como lo haría un necesitado cuando la corriente intenta arrastrarlo. Entonces la expresión urgente del niño se transformó, dejando caer su gesto serio y amenazante.
El chiquillo repasó una y otra vez el nudo que formaban sus dedos con los de ella, su mirada llenándose de luz y asombro. Kushina miró también, sin entender la súbita expresión de fascinación que de repente se habían reflejado en sus rasgos infantiles.
—Puedo verlo —dijo el niño, pasando una caricia temblorosa sobre el dedo meñique de Kushina—. Antes no estaba, ahora… puedo verlo.
La mujer elevó una ceja, sin comprender a qué se refería. Eran sus manos de siempre, no había usado cremas hidratantes diferente a la de sus años de universidad. Sus uñas cortas y en media luna, con un diseño tradicional que había pedido en el último manicure que pagó. Nada extraño ni fuera de lugar.
—No te entiendo.
Kushina quitó su mano con delicadeza, posándola sobre el volante. Naruto siguió la dirección de su movimiento, sin importarle ser indiscreto.
—Ha funcionado —susurró el niño, volviendo a sonreír de aquella manera tan extraña. Sus ojos se llenaron de júbilo—. Ha funcionado. Solo es cuestión de tiempo. Lo encontrarás. O él te encontrará… solo debo esperar.
Afuera llovió y sopló con rudeza. Las nubes oscuras habían cubierto el cielo. Los furiosos soplos de viento elevando estruendosos chillidos a las ramas de los árboles. Kushina miró al cielo, preocupada, y puso en marcha el vehículo.
—Llévame hasta mi padre, mamá.
Kushina se giró hacia el niño, con un sobresalto. En ese momento, en cuestión de un parpadeo, el viento azotó con fuerza, como el aliento de una deidad enojada. Sin tener tiempo de procesar las palabras del chiquillo, las nubes se arremolinaron con furia y los árboles crujieron con dolor alrededor de la carretera; el rugido de la naturaleza alzándose en todo su esplendor.
Los transeúntes corrieron, buscando refugio. Los motociclista se subieron a los andenes, buscando un techo bajo el qué protegerse. Y ella, con la sorpresa pintando sus rasgos, contempló cómo trozos de hielo caían del cielo, rompiendo cristales e hiriendo peatonales. La calle se convirtió en el escenario del caos; personas corriendo, jóvenes en cicla atravesándose en la calle, negocios cerrando de improviso, los semáforos parpadeando.
El granizo golpeó el parabrisas con fuerza, su corazón saltando de terror en su pecho -el poder de la adrenalina enviando temblores indescriptibles a sus extremidades- mientras ella buscaba un estacionamiento cubierto bajo el cual cobijarse del peligro que ahora representaba aquella noche antes apacible y agradable.
En todo momento, Naruto permaneció sentado en la silla, mirando con seriedad el horizonte. Su mano, sin embargo, se aferró a la joven mujer, como si su tranquilidad dependiera de la presencia de ella.
Fugaku Uchiha cuadró los hombros, liberando parte del cansancio que tensaba sus hombros. Se encontraba sentado en la misma posición desde hacía horas, vigilando el respirar pausado de su marchita esposa en la cama. Además de cansado, sin embargo, se sentía molesto; tenía motivos, por supuesto, pero ello no hacía más llevadero el peso no solo sobre su espalda, sino en su consciencia.
En la cama, el pecho de Mikoto subía y bajaba con evidente esfuerzo. Cada semana se veía peor, los pómulos cada vez más hundidos, los labios agrietados y las uñas quebradizas. Cada mañana, de igual forma, al mover la posición de su cuerpo inerte sobre el colchón, un nudo de cabello negro reposaba con languidez sobre la almohada. Moría lentamente, se daba cuenta, la llama de la vida se apagaba en ella y no había mucho que él pudiera hacer.
La puerta de la habitación se abrió y por ella ingresó una jovencita de mirada baja, portando con cuidado una jarra con un líquido claro que despedía aroma de hierbas que él no conocía. Fugaku la vio caminar hasta el cajoncito de noche, depositar la jarra en la superficie y salir de la habitación después de un gesto de respeto en su dirección.
Cuando la puerta regresó a su lugar, Fugaku chasqueó la lengua con fastidio. Cuando la madre de Mikoto llegó a su vivienda, poco después de aquella terrible tarde en la que su hijo Itachi casi corre con la misma suerte de su madre, Fugaku llegó a pensar que la mujer portaría buenas noticias y, quizá y siendo positivo, soluciones.
Pero no, aquella mujer de aspecto rígido y gestos severos se limitaba a caminar por toda la casa, cargando libros y pergaminos junto a dos jovencitas con las que había llegado. No le había explicado gran cosa, a juzgar sus expresiones contrariadas cuando le miraba, le consideraba indigno de su atención, como si su intelecto no fuera suficiente para entender qué sucedía a su alrededor.
Aquel hombre respiró profundo y pasó una mano por su rostro. Azui le había provisto cuidados y atenciones a su hija Mikoto, pero más allá de eso, se limitaba a encerrarse en la biblioteca, lugar en el que Fugaku había perdido el derecho de entrar. Planeaba algo, pero Fugaku no sabía exactamente qué, mucho menos conocía los detalles.
Miró de nuevo a su esposa, la tesitura de su piel avejentada, sus labios temblando con las pequeñas exhalaciones que escapaban entre respiraciones. No pudo evitar pasar saliva, volviendo a sí el recuerdo de aquella noche tormentosa en la que todo había salido mal.
Desde que amaneciera, sin embargo, había sentido las señales preventivas. Su esposa se había comportado de manera extraña desde que el sol se alzara entre las montañas, se mostraba inquieta, preocupada y nerviosa. No le había dicho mucho, aunque al caer la tarde se le acercó en la sala de estar y tomó asiento junto a él, mirándose las manos.
—Regreso tarde —le había dicho—. Agradecería que me esperaras despierto.
Fugaku había elevado las cejas, entre curioso y preocupado.
—¿Sucede algo?
Mikoto había suspirado, mirando nerviosamente entre sus manos y la pared. Demoró tanto en hablar, que Fugaku no pudo contener el doloroso retorcijón en su estómago.
—Debes saber que… —pasó la lengua por los labios, antes de apretarlos con decisión—. Hubo una razón por la que me casé contigo.
Fugaku era un sujeto pretencioso, debía admitirlo. Era prepotente y, de cierta manera, arrogante. Esas palabras le produjeron gran malestar.
—No te entiendo.
La mujer le había mirado al rostro, sus labios formando una tierna sonrisa cargada de cariño. Su corazón se había saltado dos latidos, un mal presentimiento embadurnando sus emociones.
—Te he amado estos años —le dijo—. Pero… no fue la única razón por la que desafié a mi familia y me casé contigo…
Recordó a Mikoto corriendo fuera de la casa, su bolsa oscilando en su hombro con furia. Aquella noche despejada, con la gran luna en el cielo iluminando el patio, había sido testigo de la tragedia. Poco después de la media noche, cuando a juicio suyo ya había transcurrido suficiente tiempo, fue a buscarla y la encontró caída sobre las lozas del templo, el aire vicioso y cargado le atenazaba las costillas con lamidas de miedo que le hacían lento el caminar.
Antes de ver el cuerpo de su esposa caído sobre las velas, había llegado a sus oídos el llanto de un niño. Sin saber cómo, había caminado con más rapidez, casi corriendo sobre el deslizante camino de piedra, hasta llegar a los arcos tori que le mostraron el aterrador panorama.
Había encontrado a Mikoto en el piso, frente a extrañas figuras trazadas en el suelo. En el centro de las velas caídas, como si ignorara dónde se encontraba, se hallaba una figura encorvada. Un chiquillo pálido, de rostro inocente y aterrados ojos azules, le había devuelto la mirada desde el centro de la figura antes de convertirse en polvo frente a sus ojos.
La puerta de la habitación se abrió de nuevo, sacándolo de forma abrupta de sus recuerdos. Un chico de cabello negro deslustrado, como el suyo, se detuvo en el umbral de la puerta y le hizo señas para salir. En ese momento ingresó de nuevo la jovencita de momentos antes, cargaba ahora un grueso de toallas blancas y limpias.
Fugaku salió al pasillo y caminó junto a su hijo Itachi por el pasillo.
—La abuela va para Hikiri —informó el jovencito en un susurro—. No me ha explicado a detalle, pero me ha pedido que le informe lo que sabemos de la joven Uzumaki. Le he dado la información que tenía madre, lo que sabemos de su vida, de su trabajo y de su vivienda. Creo que va a buscarla.
El hombre mayor asintió, frunciendo el entrecejo. Le gustaría saber qué pretendía Azui, es decir, él mismo junto a Itachi había intentado mantener un ojo sobre la muchacha después de encontrar a Mikoto inconsciente en el templo; no sabía exactamente si la chica corría algún peligro o no, pero había intentado estar pendiente de ella, sabía que la criatura la buscaría.
Fugaku se detuvo, incapaz de caminar más lejos. Desde que la criatura se presentara en la habitación de la indispuesta Mikoto, se sentía incapaz de alejarse más allá del pasillo. Aunque sabía que no podía hacer nada para protegerla, le traía tranquilidad saber que físicamente podía estar presente ante cualquier eventualidad.
Una figura caminó por el pasillo, aproximándose a los dos hombres. Fugaku la miró sin pestañear, reprimiendo la aversión que le generaba su presencia.
—Una persona vendrá a buscarte —informó la mujer, sin siquiera saludar. Sus ojos oscuros fijos en Itachi—. Te evaluará y, si es posible, tratará de ayudarte.
Itachi frunció el entrecejo, confuso.
—¿Ayudarme en qué?
—Evaluará qué tanto heredaste de tu madre —dijo, apretando los labios—. A pesar de ser varón, puedes recibir cierta formación que resulte de utilidad.
Itachi Uchiha arrugó el gesto, intercambiando una mirada ceñuda con su padre. Ambos hombres contuvieron las palabras que quisieron salir de sus labios. Tras los días que había transcurrido desde que la mujer arribara en su casa, había resultado evidente que no gozaba de agrado hacia ninguno de los dos. Nunca había guardado estima alguna hacia Fugaku y no le había caído en agrado que Mikoto hubiera tenido un hijo varón.
Fugaku guardó silencio durante todo el intercambio, evaluando los gestos secos de Azui, con su mente lejos de aquél lugar y momento. Después de que Azui se alejara por el pasillo, su hijo Itachi se volvió en su dirección y quiso decir algo, pero se contuvo, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué debemos hacer, padre? —cuestionó el joven, acercándose a él—. No me gusta vivir en la ignorancia.
Fugaku ladeó la cabeza, apretando los labios.
—Síguele el juego —aconsejó—, si dice que hables con estas personas, hazlo. Muéstrate obediente, gana su confianza, escucha y calla. Te diré qué haremos después.
Su hijo frunció las cejas pero asintió. Fugaku Uchiha lo observó hasta que su figura desgarbada se perdió en el recodo más próximo. Solo cuando se supo solo en las habitaciones de esa ala, se permitió respirar hondo y pasar una mano por su rostro; el gesto impertérrito que frecuentemente se dibujaba en su rostro, se deshizo como la cera de una vela puesta bajo el calor de las llamas.
Acto seguido dio media vuelta, pasó frente a la habitación en la que se encontraba su esposa y se aproximó a una puerta de madera pocos metros más allá. Sin pensarlo, sacó una llave del bolsillo de su pantalón y cerró la puerta con seguro, quedando encerrado dentro de la pequeña estancia.
En el centro de la habitación esperaba un rígido escritorio de madera oscura, rodeado por altas cajoneras atestadas de libros y viejos documentos. No había espacio alguno que permitiera el ingreso de luz natural o el fisgoneo de intrusos o curiosos. El hombre caminó sobre la empolvada alfombra, luego se sentó en la silla del escritorio.
Sus grandes manos buscaron entre los cajones, sacando un grueso de documentos de diferente índole, textura u origen. Ahí, en aquel gran folio, pasó cada recorte de periódico, cada acta de nacimiento en el que había podido recabar, cada hoja de papel con propias y ajenas anotaciones y conjeturas. Dos tipos de letras se podían visualizar en las hojas, una pequeña y apretada, otra más alargada, curvilínea y descuidada.
—Te lo explicaré todo —le había dicho Mikoto, entregándole el libro—. Por qué me casé con un Uchiha.
Fugaku dedicaba gran parte del día a pensar en ello. Mikoto no había regresado de esa larga noche, no había tenido posibilidad alguna de explicar sobre sus intrigantes afirmaciones. Solo tenía a mano un viejo folio, arrugado y sucio, con miles de preguntas danzando con nerviosismo en su mente.
Minato Namikaze notó el extraño comportamiento de la naturaleza antes que la ciudad de Konoha padeciera aquella inusual lluvia de ceniza. Percibió la alteración del delicado equilibrio entre lluvia y agua dos meses antes, cuando en la ciudad no llovió por tres semanas enteras, antes de que las compañías que proveían el servicio de agua y energía emitieran las primeras alertas.
Las represas de agua y el nivel de los ríos menguaron tanto que los políticos de turno se acaloraban en debates nacionales acerca de las medidas que debían adoptar para contrarrestar la sorpresiva sequía que a esas alturas ya provocaba incendios forestales en los bosques que rodeaban a la ciudad. Ese último mes, para más decir, las sirenas de bomberos, defensa civil y patrullas de policía interrumpían el normal bullicio de la urbe, atendiendo las emergencias que se presentaban por motivo de la inesperada oleada de calor.
Desde su oficina en el centro de Konoha, a solo cuatro cuadras de una de las estaciones de bomberos, Minato escuchaba el vaivén del equipo especializado desde que ingresaba en la mañana hasta que salía en la tarde. Aunque al principio de toda aquella locura el atronador rugido de las sirenas le urgía a mirar por la ventana, ya se había convertido en costumbre y apenas reparaba en ellas.
Esa mañana, sin embargo, aparte de las inclementes llamaradas solares que llenaba sus ropas de sudor, que no les permitía dormir y que ya empezaba a generar problemas en los transmisores de energía e interferencia en la señal de celular, los ciudadanos de Konoha se levantaron para contemplar, entre aferrados y fascinados, una lluvia de ceniza caer sobre las casas, las carreteras, los autos estacionados, los animales y los arroyos.
—Se ha declarado estado de emergencia —decían los reporteros cuando los ciudadanos encendieron la televisión en el canal de noticias—. La ceniza cae sobre los cuerpos de agua, el secretario de servicios públicos ha informado de la inevitable suspensión del servicio del acueducto. No hay una hora estimada para la reconexión del servicio, la ceniza se intensifica y contamina los ríos…
Tres días habían transcurrido desde que los volcanes de la cadena montañosa despertaran de improviso, enviando al cielo nubarrones oscuros de azufre y vapor de agua. Llegada la noche, la actividad volcánica había disminuido, aunque el aeropuerto continuaba con sus servicios suspendidos.
No obstante, ese último mes no había sido agitado únicamente por la locura medioambiental; su perfecta y controlada vida personal se había visto alterada desde los acontecimientos de aquella noche en la que intentaba regresar a la capital, después de casi una década sin visitar la gastada casa familiar.
Sin un motivo real ni tangible, de repente sus proyectos y planes empezaban a tomar caminos no previstos. El contrato que perseguía con insistencia en los últimos tres meses se escurría entre sus dedos cuando creía tenerlo por completo. Los materiales que la constructora necesitaba escaseaban de improviso. Se sentía extraño, como si su usual mente despierta se apagara por momentos, su concentración huía, su buen animo decaía.
Por instantes se sorprendía mirando al techo con fijeza, como si no tuviera preocupaciones y responsabilidades por atender. Había perdido el interés, el sentimiento de urgencia y gran parte de su motivación. De cierta manera lo entendía, era esperable también; las dificultades familiares a las que hacía frente en los últimos tres años eran suficiente para lesionar de alguna manera el ímpetu de cualquier persona, incluso si el sujeto en cuestión era el siempre tranquilo Minato.
Con un suspiro, Minato comprobó la hora en el reloj de muñeca, antes de regresar la mirada a la ventana. Al parecer, el inusual comportamiento de la naturaleza no se limitaba a la capital y sus alrededores; se encontraba a muchas millas de distancia, observando caer granizo sobre una ciudad llana, sin cadenas de montañas en la cercanía. Al igual que él, diferentes viajeros contemplaban el inaudito hecho desde los cristales del pequeño aeropuerto.
La reducida urbe cubierta por extrañas nubes oscuras que por momentos y desde puntos de referencia específicos se asemejaban al verde tormentoso. Un fuerte e intenso soplo de viento azotaba en diferentes direcciones, doblando los árboles en ángulos imposibles que quebraban ramas, causando estropicio al caer sobre autos estacionados, techos de viviendas y en los caminos.
Lo peor, sin embargo, eran las piedras de hielo que caían en vendaval, como furiosas balas que atravesaban cristales, golpeaban a quienes se aventuraban por las calles y que hacían intransitable no solo las pistas del aeropuerto, sino las carreteras de una ciudad poco familiarizada con la caída de granizo.
Minato suspiró por segunda vez, se dio la vuelta y caminó hasta el conjunto de sillas en las que había dejado sus maletas. Bendito día el que había elegido para supervisar las mejoras en su casa familiar. Llevaba dos semanas por fuera de Konoha, atendiendo responsabilidades rebuscadas en diferentes puntos del país; tenía trabajo acumulándose en la oficina, el número de llamadas que entraban a su móvil eran el fiel reflejo de todo cuanto estaba descuidando en aquel proyecto empresarial que con tanta pasión y energía había logrado erigir, defender y fidelizar en la última década.
Pasión que ya no existía, lo admitía. Quizá era un buen momento para vender sus acciones, como había sugerido su abogado cuando Minato expresó su desinterés por el rumbo que tomaba la constructora. Hacía mucho que había dejado de ser el cerebro tras las decisiones que se tomaban en junta, no porque sus otros dos socios confabularan de alguna manera en su contra, sino por una decisión meramente personal y, debía aceptarlo, lejos de la luz racional; por primera en vez en años, trataba de tomar decisiones con lo que le decía el corazón, no solo con la guía de la razón.
Después de una década dedicado de lleno a la constructora, a los negocios y a la atención de sus clientes, una emoción nueva y decididamente absurda había irrumpido en su vida, desbaratando todo cuanto pensaba sobre sí mismo. Aún no se atrevía a darle un nombre; no estaba familiarizado, de ninguna manera, con el peso en su estómago que no le dejaba respirar con tranquilidad, esa insensibilidad que no le permitía degustar una buena comida, ni mucho menos con la lluvia de pensamientos intrusivos que acudían a su consciencia como dardos venenosos que borraban la emoción a cualquier actividad emprendida.
Sentía la necesidad asfixiante de alejarse de la urbe, de las multitudes, de los edificios y el ajetreo de una vida atropellada que obligaba a tomar decisiones presurosas. Su espíritu le pedía, por primera vez en años, un poco de paz y tranquilidad; dejar de pensar a mil revoluciones, detenerse en la carrera, mirar los alrededores y repensar el camino que transitaba.
Quizá, por ello, regresaba a sus raíces, a la pasibilidad de la vida rural, al soplo fresco de la naturaleza, a las risas infantiles que se escondían tras las paredes de shoji de una vivienda tradicional mohosa y abandonada por muchos años. No sabía qué sucedería con su carrera, con la constructora ni con sus vínculos interpersonales en Konoha, pero estaba seguro de que, al menos de momento, debía poner cierta distancia para aclarar sus pensamientos.
Tomó en sus manos un frasco de soda aclimatada, dispuesto a saciar su sed. Sus ojos azules, sin embargo, se centraron en su mano izquierda sin pensarlo. Manos de dedos largos, cuidadas e irrefutablemente no acostumbradas a la dureza de la vida que observaba cuando acudía a pueblos como aquél en el que había crecido. Pero no eran sus manos carentes de rudeza lo que le había hecho olvidarse de la sed que sentía, sino la deslustrada y casi imperceptible marca que rodeaba su dedo anular; como si el sol no hubiera tocado ese misero trozo de piel en mucho tiempo, lo cuál era, por supuesto, cierto.
Antes de sumergirse de nueva cuenta en líneas de reflexión enrevesadas y de cierta profundidad, la presencia de una persona desconocida le hizo levantar la cabeza. La sala de espera estaba llena, al igual que las sillas dispuestas en el rellano. Los altavoces resonaban sobre su cabeza, informando de vuelos que se cancelaban, de otros que se postergaban y de las líneas de atención para los afectados.
La persona que le observaba desde toda su altura era una mujer pálida, vestida con un yukata y un chal tejido en los hombros. Delgadas líneas de expresión rodeaban sus ojos oscuros y serios, sus labios apretados en una fina línea de contrariedad que le desconcertó un poco. Sin decir una palabra, la desconocida tomó asiento a su lado, con la espalda tan recta que era imposible de ocultar su molestia.
—Dos volcanes han despertado en el norte del país, una decena de pueblos en estado de emergencia. Aquí, en un pueblo lejano de las altitudes necesarias, cae granizo. Y en las costas, el océano se levanta sobre las playas, amenazando con llevarse por delante cuanto se le cruce.
Minato la miró, entre curioso y confundido por la intrusión. Tomó de su soda y bajó el envase plástico, mirando en dirección a las ventanas que permitían admirar el espectáculo de la inusual tormenta de hielo que caía sobre la ciudad. Ya no había tantos curiosos como al principio, la mayoría había regresado a sus puestos, resguardándose del frío del ambiente en gruesos abrigos de lana.
—¿Cómo explicarán la alarmante variación del clima?
Minato se encogió de hombros, reprimiendo el impulso de deslizarse en la banca y dejar caer su cabeza en el espaldar; proyectaría una imagen desaliñada impropia; a pesar de la transformación que le daba a su vida, en sus planes no estaba el verse exteriormente distinto. Quería conservar su imagen intachable, pulcro y tranquilo.
—Cambio climático, dicen.
Había sonado desinteresado, indudablemente, incluso grosero de cierta manera. Por tercera ocasión en la última hora, Minato inspiró hondo y dejó salir el aire en forma de suspiro. Empezaba a sentirse cansado. La mujer volvió a hablar, aunque cambió de tema.
—¿Va de escalada al interior del país?
—En realidad me dirijo a la costa.
La desconocida miró hacia los ventanales. Afuera parecía disminuir la fuerza del viento, también la intensidad de las nubes. Había llegado a la pequeña urbe hacia las siete de la noche del día anterior, desde entonces se encontraba atrapado dentro de las instalaciones del aeropuerto, aburrido y con dolor de cabeza. La señal de telefonía presentaba fallas desde hacía horas e incluso estuvieron a oscuras algunos minutos durante la madrugada.
—No son buenos tiempos para ir de vacaciones —comentó la mujer.
—No voy de vacaciones...
Antes de poder responder, la voz de una mujer resonó por lo altavoces.
—Pasajeros con arribo en Hikiri, por favor desplazarse a la sala numero cinco.
Minato se levantó, al igual que la desconocida y algunos individuos más que esperaban junto a él. Tomó su maleta y caminó hacia el lugar indicado, ignorando el dolor sordo de su espalda y el mal humor que embriagaba su pecho. Al llegar a la sala 5, un trabajador del aeropuerto les comunicó que el tránsito de vehículos se había reanudado, que si así lo deseaban ya podían dirigirse a sus destinos.
Estaba por unirse a la fila de salida, cuando el timbre de su móvil lo sacó de sus pensamientos.
—Estaba pensando si tendría que regresarme solo al pueblo —replicó un joven al otro lado de la línea.
—¿Aún estás en Hikiri?
El joven bufó.
—Ni que hubiera manera de salir con este clima de locos —repuso la voz juvenil—. Hubiera querido irme, sí. Como dije en la última llamada, han sucedido... cosas con las reformas de la casa.
Minato asintió, frunciendo el entrecejo.
—Dame la dirección, tomaré un taxi.
—No, yo puedo pasar a recogerlo —se apresuró a decir el chico.
Minato miró hacia el exterior; ya no venteaba y en las calles empezaba avistarse un tímido movimiento de autos y motocicletas, pero ello no quitaba que hubiera aún carreteras resbaladizas por el granizo y ramas de árboles quebradas caídas en los caminos, condiciones que podían causar accidentes hasta al más experimentado de los conductores.
—No, me iré de una vez.
—Pero…
—No quiero estar un minuto más en este lugar.
Después de colgar y guardar el móvil, Minato buscó la salida más próxima, jugueteando distraídamente con el manojo de llaves; estas tintinearon mientras se alejaba, el dije de su llavero oscilando con cada paso dado. La mujer desconocida lo observó desde su lugar en la fila, frunciendo el ceño ante el mar de sentimientos que acudió a ella cuando lo vio en la sala de espera; una mezcla de prevención y de miedo con una pisca de anticipación.
Antes del sujeto salir al exterior, el objeto que Minato apretaba en su mano fue visible para ella. La desconocida no pudo evitar profundizar el fruncimiento de sus cejas, perdiéndose en la trenza de hebras rojas y negras que terminaban en un dije rojo con la curiosa forma de un ojo en espiral.
¡Hola!
Disculpen la tardanza, he estado bastante ocupada en mi trabajo. He regresado al mundo de la investigación y ha sido pesado, había olvidado lo absorbente que podía llegar a ser. Es cuestión de acoplarme y organizar mi agenda. También he tenido ciertos inconvenientes con la computadora personal, ojalá pueda solucionarlo pronto.
Quisiera decirles que en la academia acaban de salir a vacaciones, así que tendré un poco más de tiempo libre al no tener que preparar clases, material, ni tener que asistir de forma presencial. Espero sacar mucho provecho a estas semanas.
Deseo que les haya gustado este capítulo, estoy amando este fic.
¿Notan el porqué del título de este capítulo?, es una pista.
Muchisímas gracias para aquellos que han agregado esta historia a favoritos, me ha hecho mucho ilusión. Gracias también a Suzakuskill y a Inis-chan por los comentarios que han dejado en el fic, es un empujón importante para seguir escribiendo. Siempre es bien recibido los pareceres de quienes leen.
¡Nos leemos pronto!
