(14 años antes)
9:16 del Dragón. Frondaseca, onceavo mes.
Ferelden. Castillo de Pináculo.
El laurel blanco
Despertó con un sobresalto y un grito ahogado. Gotas frías recorrieron su sien cuando recordó el sueño… No, la pesadilla que acababa de tener.
Los sollozos se escaparon de su boca, incapaz de controlar el terror que sentían su cuerpo y su alma. Esta era la quinta vez que tenía esa horrible pesadilla. Siempre era igual: despertándose en medio de la noche, gritando y sollozando.
Elissa casi podía jurar que aún podía escuchar esa voz. Esa maldita y perversa voz susurrándole, incitándola a perderse en la oscuridad verdusca que la envolvía cada vez que cerraba los ojos. Era aterrador. No sabía qué eran ni qué significaban esos sueños, pero todos los días antes de dormir le rezaba al Hacedor para que se detuvieran. Ya no podía irse a la cama sin miedo de volver a estar perdida en aquel valle oscuro, lleno de muerte y putrefacción.
Al cabo de un rato dejó de llorar, pero el tiritar de su cuerpo no se detuvo. Jaló con fuerza las sábanas de su cama para intentar protegerse. Fue entonces cuando se percató: la frialdad en la habitación era anormal. En un parpadeo, el suelo comenzó a congelarse.
¡No, no, no, no, no! ¡Hacedor, por favor no otra vez!
Intentó respirar tal como había aprendido para rechazar su magia: tomando largas inhalaciones para después dejar escapar el aire con lentitud. Necesitaba calmarse. No podía permitir que todo se saliese de control.
Sintió un dolor desgarrador dentro de ella. Elissa no sabría cómo explicarlo, pero cada vez que reprimía su magia había algo en su interior que lloraba y gimoteaba por salir. Sentía que una parte de sí misma era encarcelada en una profunda mazmorra, con grilletes y cadenas, rasgando su alma desde dentro.
Sin poder soportar el dolor, la niña extendió las manos y dejó escapar una pequeña corriente de escarcha. A veces, cuando nadie la veía, dejaba que su magia escapase y eso la hacía sentir mejor. Un poco más… libre.
Pasaron unos minutos antes de que la habitación regresara a la normalidad y Elissa pudo respirar tranquila.
A sabiendas de que no podría volver a dormir, se levantó temblorosa y se puso un par de pantuflas cálidas, sus guantes azules y un abrigo de lana blanco que le llegaba hasta los pies. Inhaló hondo y fue a la esquina del otro extremo de su habitación, donde movió algunas cajas y presionó una piedra sobresaliente del muro. La pared se abrió con un crujido y Elissa entró en el túnel, armada con una vela.
Pese a su pesadilla reciente, la oscuridad del túnel no la amedrentó. En estas paredes ella se sentía a salvo: había pasado gran parte de su vida oculta entre ellas, conocía los pasajes secretos del castillo como la palma de su mano. En un principio eran su campo de juegos, donde vivía aventuras llenas de emoción; pero ahora eran su refugio del mundo, donde podía liberar una parte de ella sin temor a ser mirada como un monstruo.
Todo lo que Elissa sabía sobre el por qué su vida cambio de forma tan repentina era que se debía a su magia. Pasó de ser una niña amada y consentida, a ser una simple sombra, el fantasma de Pináculo. La primera en alejarse fue Gerda, su adorada nana quien siempre le leía cuentos para dormir. Después fue su padre, quien se volvió cada vez más distante hasta que solo la veía como si fuera una desconocida.
Y su madre… ella fue la última en ignorarla. Pese a que aún la abrazaba y la arropaba todas las noches, sus brazos se sentían rígidos, distantes.
Los recuerdos felices se volvían lejanos, reemplazados por la soledad infinita. Atrás quedaron los días de correr por todo el castillo en busca de aventuras. Ahora se dedicaba a mantener un perfil bajo cada que podía. No se le permitía salir del castillo, ni siquiera durante las festividades importantes. Su padre fue claro hace tres años: no podía dejar que nadie lo supiera, debía mantener su magia en secreto, a toda costa.
Lo único que quería era que las cosas volvieran a ser como antes. Todas las noches rezaba al Hacedor para que le quitase su maldición, y cada mañana despertaba decepcionada. Hasta que comenzó a soñar con aquel lugar…
Se estremeció, abrazándose a su abrigo.
Elissa le había prometido a su padre que le contaría si alguna vez escuchaba voces en sus sueños, pero ahora no estaba segura de querer decirle. No sabía qué haría si se llegaba a enterar ¿Se la llevaría lejos del castillo como si fuese una bastarda? ¿La encerraría en los calabozos? ¿La ejecutaría? La niña no quería saber ninguna de las respuestas.
Aunque no todo era malo. A veces se escapaba e iba a la biblioteca: ahí se sentía cómoda, ya que muy pocas personas la concurrían y a ella le encantaba sumergirse en los libros de aventuras, incluso soñaba con que algún día sería una gran aventurera, recordada por heroicas hazañas. Tal vez, incluso, una Guarda Gris como los héroes de antaño, cabalgando hacia la ola de oscuridad y, por una vez, su magia sería un don bien recibido, no una maldición que debía ocultar de todos.
Pero esta noche no se dirigía a la biblioteca.
Giró hacia la izquierda en una curva de dos sentidos, y llegó hasta un pequeño agujero por el cual tuvo que arrastrarse para poder entrar. Por fin, se topó con la pared que daba por finalizado el túnel. Presionó la piedra correcta y la pared se movió, dejando un espacio muy angosto para pasar. Elissa lo atravesó sin dificultad.
La luz de la luna que se filtraba a través de las ventanas le permitió apagar su vela. Se levantó, limpiando la suciedad que cubrió su abrigo. A su derecha había una pared cubierta por dibujos y garabatos infantiles. A la izquierda baúles llenos de juguetes y repisas con peluches esponjosos decoraban la habitación. Y al fondo, justo en el centro, una cama pequeña envuelta en sabanas verdes.
Elissa sabía que no debía estar aquí, era peligroso para ambas, pero el miedo de regresar a su alcoba e intentar dormir sola fue más grande.
Tras las primeras pesadillas que tuvo, siempre corría a los brazos de su madre, quien la abrazaba y le permitía dormir con ella. Sin embargo, sus abrazos siempre se sentían fríos, como si no quisiera estar con ella y eso la aterraba más que cualquier pesadilla.
En ocasiones se sentaba sola en su cama, intentando pensar en algo agradable, pero otras, como ahora, iba al cuarto de su hermana menor y se metía bajo las sábanas junto a ella.
Dejó su abrigo en una silla de madera, y subió a la cama con un salto. Los leves ronquidos de Anna dibujaron una sonrisa en el rostro de Elissa, apartando las cobijas para poder arroparse.
Su relación era muy estrecha, a pesar de los intentos que Elissa hizo en los primeros años de vida de Anna para alejarla.
La pequeña de cabellos cobrizos parecía eludir con eficacia todas las trabas de su hermana, sentándose todos los días a su lado en el comedor, o siguiéndola hasta la biblioteca para que le contara historias de grandes guerreros y fieros dragones. Sus padres parecían recelosos ante la terquedad de la menor por acercarse a su hermana, pero nunca les prohibieron estar juntas.
Por ahora, pensó con tristeza. Quién sabe si en el futuro sus padres le prohibirían acercarse a Anna. O, peor aún, que cuando su hermana se enterase de su magia, se alejaría de ella, como todos los demás.
—Bahba —un murmullo inentendible salió de la boca babeante de Anna—. Choc…colate…
Elissa se rio entre dientes, parecía que su hermanita estaba soñando con el dulce manjar que ambas amaban. En ocasiones se infiltraban en las cocinas del castillo para robar pequeños trozos de chocolate. Esos momentos, en que se sentaban a escondidas a comer chocolate, con las manos manchadas y los vestidos remangados, eran muy atesorados en su corazón.
De repente, Elissa sintió un golpe en su cabeza. Volteó y vio el brazo izquierdo de su hermana completamente estirado, tratando de ganar espacio entre las almohadas. Se movió un poco para dejar que la menor se acomodara, pero, sin darse cuenta, llegó al borde y cayó al piso con un golpe sordo.
Elissa gimió de dolor, sobándose la cabeza y el codo derecho. Se reincorporó, pero una almohada la volvió a derribar.
—¡Vete monstro! —gritó Anna, lanzando otro golpe.
—¡Soy yo! —exclamó Elissa, intentado esquivar los golpes de la almohada.
—¿Eli? —preguntó somnolienta—. ¿Qué haceps?
La mayor de la hermanas se meció con timidez.
—¿Puedo dormir contigo?
La cara adormilada y pecosa de la pelirroja se iluminó y chilló un asentimiento con fervor. Ambas se acomodaron en la cama, Anna se abrazó al cuerpo de su hermana mientras ésta intentaba conciliar el sueño incomoda. Pero aquí, en los brazos de su hermana, se sentía segura y por fin pudo cerrar los parpados. Quizás, solo quizás, Anna la protegería de sus pesadillas.
—X—
(13 años antes)
9:17 del Dragón. Agosto, octavo mes.
Ferelden. Castillo de Pináculo.
El laurel rojo
Anna resopló y un mechón rojo se sacudió. No estaba segura de cuánto tiempo había pasado, pero la espera parecía eterna.
La pintura de Haelia Cousland la miraba sin emoción, montada en un hermoso corcel bayo, con una brillante espada roja que resplandecía bajo el incandescente sol. Cuando estaba aburrida, Anna solía pasar el tiempo viendo aquella pintura, imaginando ser Haelia Cousland, lista para acabar con la plaga de licántropos que azotó Pináculo durante la Edad Oscura.
¡Qué fantástico sería tener aventuras como las de Haelia Cousland! O incluso como las de su tía Alfatanna, quien tenía una infinidad de historias acerca de sus tantos viajes en el Mar del Despertar. Oh, cuánto deseaba estar en un barcos navegando las infinitas aguas del mundo, descubriendo nuevas tierras junto a su primo Fergus y la tía Alftanna.
En cambio, estaba aquí, recostada contra el suelo de piedra, muriendo de aburrimiento.
Pataleó contra el muro, esperando que se abriese y revelase un pasadizo secreto que la llevaría a su gran aventura. Pero sus pequeñas piernas solo rebotaban en la frialdad de la piedra.
Había pasado una semana desde el Día de Todas las Almas, por lo que debía esperar dos meses para la próxima celebración: Satinalia. Después del festival de Estivalia, Satinalia era la segunda celebración favorita de Anna, exceptuando su cumpleaños claro. Durante Satinalia, todo era maravilloso: los fuegos de colores en el cielo, la música, los bailes, las máscaras y el nombramiento del tonto de la ciudad como gobernante por un día. ¡Era un día único!
Trató de calcular cuánto tendría que esperar para Satinalia, pero las cuentas y los números eran aún más aburridos que ver la piedra gris del castillo.
Anna suspiró por decima vez. Su padre le había prometido que la llevaría al pueblo para ayudarlo con sus deberes, pero la audiencia en el Gran Salón parecía no tener fin. Ella adoraba ir al pueblo, mirar a los mercaderes ofrecer todo tipo de baratijas, ver a toda esa gente exuberante que la saludaban con sonrisas y dulces. Pero, en especial, ansiaba perder su mirada en la belleza del mar, sentir la brisa y oler aquel inconfundible aroma a sal.
Harta del aburrimiento, la pequeña Anna se levantó con pesadez y decidió buscar a su hermana mayor. Elissa seguramente sabría qué hacer para divertirse, mientras Anna esperaba a que papá terminase la aburrida audiencia.
La pecosa buscó en la habitación de su hermana, en la biblioteca, en las cocinas e incluso en los establos, pero Elissa no estaba por ninguna parte. Cuando estaba a punto de darse por vencida, decidió buscar en los jardines de su madre.
Ahí, sentada en un rincón con una hermosa flor blanca entre las manos, Elissa entonaba la canción que madre siempre le cantaba a Anna antes de dormir. Cada hermana tenía su propia interpretación de la letra. Para Anna, la canción trataba de un trágica historia de amor entre un mortal y una diosa, mientras que para Elissa retrataba a un esclavo preguntándole a Andraste por qué no tiene libertad.
Hermosa dama del Sol… Si les dais a otros…
Hermosa dama del Sol…
¿No deberíais darme también a mí?
Oh, hermosa dama del Sol… Si le dais a otros…
Bella dama del Sol…
Al darse cuenta de que Elissa aún no había notado su presencia, una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de la pequeña Anna y se acercó con cautela, como un gato cazando un ratón. Cuando estuvo a una distancia aceptable, se abalanzó sobre su presa.
—¡BUUUU!
El grito de Elissa fue como el graznido de un pato bebé y el loto se le deslizó de entre las manos cuando todo su cuerpo saltó. Anna nunca había escuchado a su hermana gritar así, pero fue muy gracioso.
—¡Anna! —Elissa gruñó—. ¡Eso no fue gracioso!
La menor, percibiendo la ira de su hermana, intentó apagar su risa y disculparse, pero al final solo logró que Elissa suspirara.
—Perdón, pero no pude resistirme, Elibsa —se disculpó Anna cuando las risas cesaron.
—Me las vas a pagar —murmuró Elissa, pero una sonrisa tentativa quiso adornar sus labios.
—Te daré un chocolate entero que escondí —prometió la pelirroja.
El rostro de la rubia se cubrió de escepticismo.
—¿Tu? ¿Guardar chocolate? Es más probable que un mabari aprenda a hablar.
—Cállate. —Anna le golpeó el hombro.
—Oye, tu empezaste. —Esta vez, Elissa no pudo reprimir su sonrisa.
Anna puso los ojos en blanco, pero decidió que era mejor ir al grano.
—¿Quieres jugar?
—Creí que irías con padre al pueblo. —La sonrisa de Elissa desapareció.
La manera en que lo dijo hizo que Anna hiciera una mueca. Sabía que a su hermana le gustaba salir del castillo, pero sus padres rara vez le daban permiso y mucho menos la llevaban al pueblo. Anna no sabía por qué, pero siempre intentaba animar a Elissa para que no se sintiese sola.
—Sigue en su aburrida audencia.
—"Audiencia" —corrigió la mayor—. Aun así, no deberías estar aquí.
—Tampoco tu.
—Como sea. —Elissa resopló—. La audiencia no debe tardar en acabar y papá te estará esperando. Sabes que no le gusta esperar.
—Pero ya esperé mucho tiempo —replicó Anna—. Quiero hacer algo divertido. ¡Hay que construir un muñeco!
La cara de Elissa cambió y su piel de porcelana se puso pálida como un fantasma.
—Te dije que no podíamos hacer eso otra vez.
—¿Por qué no? ¡Tu nieve es asombrosa y jugar con Olaf es muy divertido! No quiero esperar hasta invierno para jugar otra vez con él. Por favor, ¿sí?
—Anna…
La pelirroja no podía entender la renuencia de su hermana por ocultar su magia. ¡Era increíble! Si Anna tuviese magia no se aburriría nunca. Pero desde que descubrió por accidente los poderes de Elissa hace dos meses, ésta no hacía más que intentar convencer a Anna de que se olvidara del tema. Por supuesto, sin éxito alguno. Aunque sí logró que la menor guardase el secreto.
—Vamos Eli, ¿por favorsín? —Anna hizo un puchero, inclinó la mirada y juntó ambas manos. Sabía muy bien que su hermana no le negaba nada cuando usaba esa mirada—. Nadie va a saber. Solo un poquitito de nieve no hace daño. ¡Anda di que sí!
Elissa miró el piso, buscó entre sus manos, suplicó al cielo, pero al final no pudo evitar mirar a Anna. Finalmente, la mayor suspiró en derrota.
—Está bien… ¡Pero solo un poco!
—¡Sí! ¡Jugemos a los Guadas Grises con Olaf!
—Guardas Grises —corrigió Elissa—. ¡Pero esta vez yo seré el Archidemonio!
—¡Y yo seré un golem!
Anna saltó de alegría y abrazó a su hermana. Estaba dispuesta a demostrarle que su magia era genial y no hacía daño a nadie.
—X—
El Teyrn
El portón del Gran Salón se abrió de golpe, cortando la audiencia. Dos soldados llegaron corriendo agitados, con rostros pálidos.
—¡Mi señor, rápido, venid! —exclamó uno de ellos.
—¿Qué está pasando? —exigió Agdar, levantándose del trono del Teyrn.
—Ha habido un… —la voz del soldado titubeó—: un incidente.
—Es mejor que venga, mi señor —dijo el otro soldado.
Agdar sabía que sus hombres no interrumpirían una audiencia por asuntos banales, así que dio por finalizada la sesión e indicó a sus caballeros que escoltasen a los invitados. Sin más demora, siguió al par de soldados que cada vez parecían más aterrados.
El corazón de Agdar se contrajo y su estómago se encogió, dejándolo sin aire. Apretó los puños y sus dientes chirrearon. Con cada paso, sus miedos se acrecentaban al distinguir a dónde se dirigían: los jardines de su esposa.
Al llegar, lo primero que notó fue el frío antinatural, la nieve y las plantas congeladas. En el centro del jardín, una docena de guardias y caballeros habían formado un círculo.
Los temores y sospechas de Agdar se hicieron realidad cuando sus hombres se apartaron, dejando al descubierto a quienes cubrían con tanto recelo.
Elissa sostenía a su hermana inconsciente.
—Elissa ¿qué sucedió?
—¡F-fue un accidente! E-estábamos jugando… y… y, yo —la infantil voz de Elissa se quebró y rompió en llanto.
Al mirar el cuerpo inmóvil de la pequeña Anna, el ritmo cardiaco de Agdar se detuvo por un instante y sus dientes estuvieron a punto de resquebrajarse entre sí. Se acercó con pasos lentos, pausados, automáticos. Extendió la mano esperando que la niña despertara en cualquier momento, pero cuando le tocó la frente helada, el miedo lo invadió.
No. No de nuevo, un escalofrío le acarició la espalda.
La mente del Teyrn trabajó más rápido que nunca. Intentó suprimir la ola de emociones negativas que se cernía sobre su él y se concentró en hallar una solución.
—Lord Cousland, ¿qué hacemos? —Un caballero lo miró con pánico.
—El Círculo —logró decir Agdar—. Debemos llevarla con el Circulo de Hechiceros.
—Mi señor —intervino ser Kai—. El lago Calenhad está a cuatro días a caballo sin descanso. No llegaríais a tiempo.
Agdar maldijo, mientras el miedo se apoderaba de sus sentidos. El llanto de su hija mayor no ayudaba, ni tampoco las miradas preocupadas y acusadores de sus hombres. Él sabía muy bien que debió actuar antes de que algo así pasara, fue un idiota al creer que los poderes de Elissa eventualmente desaparecerían.
Maldito sea. El conocía mejor que nadie en Pináculo los peligros de la magia, y aun así decidió mantener a su hija en el castillo, en lugar de enviarla al Circulo. Pero nunca tuvo el valor ni la determinación suficientes para hacerlo.
Fracasé.
De pronto, como si su mente se hubiese iluminado, encontró la respuesta. La salvación de su pequeña hija llegaría en la forma de aquel que trajo todas las desgracias a su familia, aquel que le robó la calidez de su cuerpo y la paz de sus sueños.
—Sé a dónde tenemos que ir —dijo, tragándose su rencor y orgullo.
—¿Mi señor? —ser Kai le dirigió una mirada interrogativa. Sus ojos delataron lo que en realidad sentía al comprender con quién acudiría el Teyrn—. ¿Estáis seguro?
—No tenemos otra opción, ser. —Agdar dio media vuelta y se enfocó en uno de sus caballeros—. Alistad los caballos, partiremos de inmediato.
—X—
9:17 del Dragón. Efimeria, doceavo mes.
Ferelden. Castillo de Pináculo.
La Teyrna
La luna y las estrellas fueron testigos de la determinación de Idun Cousland. Salió de Mar del Despertar horas atrás y no pensaba detenerse hasta llegar a su hogar.
Apretó con fuerza las riendas de su yegua, los nervios carcomiéndole la entrañas. Los hombres que Alftanna le dio como escolta la seguían metros atrás, pero ninguno lograba darle alcance.
La carta que recibió de su esposo fue muy vaga, pero lo suficientemente reveladora como para que ella regresase de inmediato a Ferelden.
Había zarpado dos meses atrás junto a su hermana, rumbo a las Ciudades Libres. Alftanna sabía el secreto de Elissa, y le sugirió a Idun que encontrasen un mago fuera de la jurisdicción de la Capilla para enseñarle a la niña a controlar sus poderes. Un apostata.
En un principio, Idun se negó. No sería bueno tener a un apostata en Pináculo: toda su familia podría llegar a tener serios problemas con la Capilla. Pero no veía otra solución que no fuese enviar a Elissa con el Círculo.
Así, las hermanas Eremon partieron hacia Kirkwall, donde según los rumores el número de apostatas había aumentado los últimos diez años. No sería difícil encontrar uno que estuviese dispuesto a ir con ellas, siempre y cuando demostrase ser confiable. Si todo salía bien, su familia volvería a ser como antes. Ya no estaría presente ese miedo latente hacia una pobre niña inocente, temerosa de su propia naturaleza.
Idun sabía que tanto ella como su esposo fueron mezquinos con Elissa los últimos años. Era difícil, conociendo los peligros de la magia y el Velo. Cada noche rezaba al Hacedor para que su hija no fuese poseída por un demonio mientras dormía. Y hasta ahora sus rezos habían sido escuchados.
Hubo un altercado en el castillo. Regresa cuanto antes.
La Teyrna no quería pensar qué clase de altercado pudo suceder para que su esposo le pidiera volver. Agdar no usaba términos a la ligera.
Por fin el castillo se alzó en el horizonte y con él los miedos de Idun.
Al parecer, Agdar fue notificado de su llegada, pues la recibió justo en la entrada, con Anna dormida en sus brazos.
—Andraste misericordiosa. Están bien… —susurró para sí misma—. Creí que les había pasado algo… ¿Dónde está Elissa?
Agdar no respondió y, en su lugar, le indicó a Gerda que se llevase a Anna adentro.
—¿Qué ocurre, Agdar? —cuestión Idun mientras su incertidumbre se acrecentaba—. ¿Qué pasó? ¡Respóndeme!
—Lo siento, Idun.
Las palabras de su esposo le helaron la sangre.
—¿Dónde está Elissa? ¡¿Dónde está mi hija?!
—Está muerta.
