9:30 del Dragón. Drakonis, tercer mes.
Ferelden. Torre del Lago Calenhad.
La maga
—Elissa. Elissa. ¡Elissa!
Frunció la nariz. Imágenes lejanas invadieron su mente. Recuerdos de un pasado perdido, memorias de otra vida.
—¡ELSA!
La joven maga despertó con un sobresalto.
Estaba en la gran biblioteca. Se había quedado dormida estudiando. El libro de magia curativa le había servido de almohada, pero a costo de doblar tres hermosas páginas.
—¿Dormida otra vez? ¿Qué diría el Primer Encantador?
Elsa parpadeó confundida hasta que sus ojos enfocaron al dueño de la voz. La cabellera negra le llegaba hasta los omoplatos, tenía pómulos bajos y un rostro alargado con cicatrices de la viruela que le hacían parecer más viejo de los diecinueve años que en realidad tenía. Su túnica azul revelaba su condición de aprendiz.
—Jowan. ¿Qué hora es?
—El sol se puso desde hace tres horas. Apúrate, vamos a llegar tarde.
La realización la golpeó y se llevó una mano a la cabeza.
—¡Por Andraste! Aylin nos va a matar. —Elsa se levantó de la butaca, se limpió el rastro de saliva de la boca, alisó su túnica dorada con bordados escarlatas y violetas que dibujaban el sol de la Capilla junto al sello del Círculo, recogió el libro y se dirigió al otro lado para guardarlo.
—¡Apúrate! —siseó Jowan—. O no seremos más que estatuas de piedra para la medianoche.
El estante de donde había tomado el libro estaba resguardado por un grupo de cuatro aprendices y un mago, que se suponía estaban estudiando en una de las largas mesas de caoba. En realidad, parecía más un grupo de chismes que de estudio. Los jóvenes charlaban y reían, aunque con la suficiente moderación para no alertar a los caballeros templarios.
Elsa suspiró y se resignó a pasar junto a ellos.
Los aprendices no podían tener más de dieciséis años. Era normal que, a su edad, lo que menos les interesase fuera el tedioso estudio de las artes mágicas. La propia Elsa solía escapar de él gracias a libros de fantasía. Pero, con el tiempo, ella aprendió el valor que tiene la dedicación y el esfuerzo constantes al estudio de su magia.
No culpaba a los cuatro aprendices por ser indisciplinados, después de todo hasta el Primer Encantador se relajaba de vez en cuando. Pero aquello no aplicaba para el líder del grupo: Niall.
Elsa conocía al mago desde niña, pues crecieron juntos al ser parte de la misma generación de aprendices. Sin embargo, no eran cercanos ni mucho menos. En realidad, ambos tenían una opinión negativa del otro. De niño, Niall solía gastar bromas muy pesadas a todos sus compañeros y nadie era mejor blanco que la introvertida Elsa. Ahora ambos preferían mantener sus distancias y evitarse el mayor tiempo posible. Aunque Niall seguía intentando sacarla de quicio de vez en cuando.
Lo miró con desaprobación. Se suponía que ellos, los magos oficiales, debían poner el ejemplo a los aprendices, instruirlos en el camino del Círculo. Pero Niall prefería incitarlos al ocio y la vagancia. Si tan solo Elsa tuviera la mitad de carisma que él…
—Escuché que hizo su Angustia hace un año y ¡ya tiene veintiuno! —murmuró uno de los aprendices cuando Elsa pasó junto al grupo.
—Dicen que ni siquiera puede conjurar fuego —susurró otra—. ¡Fuego!, ¿pueden creerlo?
—El fuego es lo más básico —afirmó Niall—. Pero que se puede esperar de la "reina del hielo".
Elsa puso los ojos en blanco. Por supuesto que estaban hablando de ella.
—¿Pero por qué Irving esperó tanto tiempo para su Angustia? —preguntó el aprendiz más joven—. ¿Qué acaso los templarios no se enteraron?
—No es mi lugar cuestionar al Primer Encantador —dijo Niall—. Se sabe de aprendices que hacen su Angustia incluso a los veinticinco, pero son casos muy especiales o de gente que llegó muy tarde al Círculo. En cualquier caso, atrasarse tanto para su Angustia solo demuestra qué tan buena maga es, ¿no creen?
Elsa apretó los puños y se negó a mirar al grupo. Normalmente las burlas de Niall y de otros magos no la afectaban en absoluto. Pero cuando cuestionaban su capacidad para controlar su magia, algo se encendía en ella. Tal vez era su orgullo herido, pero aquel sentimiento de tener una tormenta en la boca del estómago siempre aparecía.
Dejó el libro en su lugar correspondiente, dio media vuelta y se alejó con la mandíbula contraída y una mirada helada.
Por supuesto, cuando sus dieciocho pasaron sin señal de que su Angustia fuese a llegar, tuvo que hacer frente a las burlas de los otros aprendices y magos al ser una "atrasada". Tuvo que esperar dos años para finalmente hacer la prueba, pero las habladurías a sus espaldas nunca cesaron. Aunque Elsa ya estaba acostumbrada.
Desde que llegó al Círculo, se apartó del resto de sus compañeros. Eran niños abandonados a su suerte en la torre, arrebatados de sus familias y hogares. Muchos llegaban llorando y suplicando por volver a casa, otros tenían rostros lúgubres y miradas abatidas. Dentro de toda esa mina de miseria infantil, necesitaban algo para sentirse acobijados. Muchos formaron pequeños grupos de juego y excluían al resto. Elsa fue de estos últimos, pues no sabía cómo relacionarse con los otros niños, así que simplemente se relegó. La mayoría de los niños la ignoraban o la trataban con cortesía, pero estaban aquellos que, con un aire de superioridad, se burlaban y la llamaban con nombres hirientes o despectivos, como Niall.
Al haber dejado atrás ese campo de fuego se reunió con Jowan, lista para enfrentar al más fiero de los demonios.
—¿Ya? —Jowan se frotó las manos—. Se suponía que debíamos estar ahí a las ocho.
—Ya lo sé —gruñó Elsa—. ¿Por qué no me buscaste antes?
—¿Y yo que iba a saber que estarías dormida? —replicó—. Además, tenía otros… asuntos.
—Ajá. ¿Desde cuándo tienes vida social?
—Cállate.
Elsa sonrió, sabiendo que había ganado la discusión.
Los dos jóvenes recorrieron la amplia biblioteca de la Torre en completo silencio, con una comodidad familiar entre ellos. Eran amigos desde niños, aunque tardaron meses en siquiera hablarse. Jowan llegó antes que Elsa a la Torre y, al igual que ella, era un niño solitario y "raro". Tras ser emparejados en una clase de gramática en la que Elsa le ayudó a aprender a leer y escribir, los dos se volvieron inseparables.
Al ser dos años menor que ella, Jowan llevaba un año de atraso para tomar su Angustia, cosa que solo aumentaba los nervios del de por sí paranoico chico. Sin embargo, Elsa tenía fe en que su amigo pronto sería un mago oficial al igual que ella y Aylin.
Giraron hacia la izquierda, dejando atrás los últimos estantes para ser recibidos por las escaleras que llevaban al segundo piso. Tres caballeros templarios custodiaban la entrada a las escaleras de caracol, ataviados con sus imponentes armaduras de acero gris. Cuando pasaron a su lado, ambos hechiceros se estremecieron.
Si había algo a lo que Elsa jamás se acostumbraría de su vida en el Círculo, sería la mirada inquisidora de los caballeros templarios encargados de su vigilancia. Un pequeño precio a pagar por haber nacido con dotes mágicos, pensó.
Llegaron a la siguiente planta y se dirigieron hacia una de las habitaciones que se encontraba en un pasillo circular. Jowan llamó dos veces a la puerta y esperaron.
Una muchacha esbelta, de cabellera oscura, piel bronceada, rostro ovalado y ojos que parecían granitos de arena, los recibió con un ceño fruncido. Iba vestida con una túnica igual a la de Elsa y un broche plateado sujetaba su cabello, peinado por encima de su cabeza.
—Hasta que por fin se dignan en aparecer. ¡Pensé que me habían dejado colgada!
—No te enojes, Aylin —dijo Jowan moviendo ambas manos como señal de paz—. ¿Cómo podríamos perdernos esta ocasión? ¡Venga que la noche aún es joven!
Aylin puso los ojos en blanco.
—La próxima vez no seré tan permisiva. —Aún ceñuda, la morena los invitó a la habitación.
—¡Fiu! —silbó Jowan—. Así que estos son los bonitos aposentos de los magos. Mira que me entra la envidia.
Elsa tuvo que darle la razón. Era sorprendente la diferencia entre los aposentos de los aprendices y de los magos. Los aprendices dormían juntos en grandes habitaciones, y el único espacio privado que tenían eran los dos baños al final de cada cuarto. Mientras que esta recámara tenía dos camas, dos armarios, dos estantes con espejos en cada lado y su propio baño. Sin duda, Elsa no extrañaba ser una aprendiz.
Aylin les indicó que se sentaran en unos banquitos, alrededor de una mesa redonda que tenía una botella de vino junto a tres copas de cristal.
—¿Vino? ¿De verdad? —preguntó Jowan señalando la botella—. ¿Cómo rayos hacen para conseguir estas cosas?
—Aunque te dijera no sabrías qué hacer para guardar el secreto —dijo Aylin con una sonrisa burlona.
—No sabes mentir, Jowan —añadió Elsa—. Hasta yo miento mejor que tú.
—Qué graciosas —resopló Jowan—. Bueno, ya que estamos es momento de brindar por nuestra pequeña y querida Aylin.
—¿Un brindis tan pronto? —Aylin negó con la cabeza—. Ustedes dos no saben nada de celebraciones. Aunque, considerando que debían estar aquí hace dos horas…
—Estoy segura de que te las ingeniaste para no aburrirte —sonrió Elsa mientras sacaba una cajita del bolsillo de su túnica—. Ojalá hubiese podido conseguir uno encantado, pero estoy segura de que te gustará.
La morena cogió el regalo con un brillo infantil en los ojos y envolvió a su amiga en un abrazo.
—Gracias, Els, eres la mejor.
Elsa sonrió satisfecha. No fue fácil negociar con la Encantadora Sonoria para que le intercambiase ese anillo dorado con el emblema de Kirkwall grabado, pero al final valió la pena. Aylin solía hablar mucho de cuanto extrañaba su ciudad natal, pese a los pocos años que vivió allí, así que Elsa se esforzaba para que su amiga no la olvidase.
—No es justo —protestó Jowan—. Si me hubieran dicho que era un concurso de regalos me habría robado el bastón de Irving. Pero supongo que tendrá que bastar con esto.
El regalo de Jowan era un collar sencillo con una cadena plateada, pero el colgante era una piedra rúnica de fuego. El fuego era el elemento de Aylin, si bien dominaba otras escuelas de magia como la espiritual, el fuego era lo que mejor se le daba. Combinaba bien con su personalidad explosiva e impredecible.
—Es perfecto, Jowie. Combina de maravilla con el anillo. ¿Qué haría la pobre Aylin Amell sin ustedes dos? No tendré más remedio que perdonarlos por casi dejarme plantada.
—Yo estaba haciendo algo importante —se defendió Jowan—. Elsa, por otro lado, estaba durmiendo en la biblioteca. Otra vez.
—Estaba estudiando —gruñó Elsa.
—Sí, estudiando en el Velo, ¿no? —replicó el aprendiz.
—Oye, dormir para ir conscientemente al Velo es la forma más avanzada de estudio que pueda existir —dijo Aylin—. Seguro que Els ya lo maneja a la perfección. Es la maestra del sueño.
Las mejillas de Elsa se calentaron.
—Cállense.
Aylin y Jowan rieron a carcajadas.
—Hablando en serio —Jowan respiró y se controló del ataque de risa—, no puedes desvelarte estudiando todos los días Elsa.
—No me desvelo todos los días —replicó ella—. Solo cuando es necesario.
—Que para ti es diario —sonrió Aylin.
Elsa puso los ojos en blanco, pero decidió no seguir una discusión que sabía iba a perder. Ellos nunca podrían entender lo mucho que significaba para ella aprender todo lo posible del dominio de la magia. Y, si para ello debía llevarse libros a escondidas a su habitación para estudiar toda la noche, que así fuera. No iba a permitir que un desliz ocasionara un desastre. Todo tenía que ser perfecto. Ella debía ser perfecta.
—Por cierto ¿ya tienes tu bastón? —le preguntó Jowan a Aylin.
—¡Síp! —asintió ella con emoción—. Irving me lo dio esta mañana. Véanlo ustedes mismos.
Aylin estiró la mano y cogió el bastón de madera apoyado en su cama. El arma irradiaba poder mágico. La punta parecía la rama de un viejo roble, y el cuerpo tenía un color similar al sauce. Los bastones eran el arma predilecta de todo mago: los Tranquilos los fundían con trozos de metal para hacerlos más resistentes, y con lirio para proporcionar un conducto para el poder del hechicero.
—Estoy orgullosa de ti, Aylin. —Los labios de Elsa se curvaron y su pecho se hinchó de orgullo—. Nadie merecía pasar su Angustia más que tú. Felicidades.
—Cuidado Elsa —advirtió Jowan—. No la sobre adules o se le subirá a la cabeza. ¡Ey!
Aylin golpeó al aprendiz con el bastón y la rubia no pudo evitar el ataque de risa, al que pronto se unieron los dos castaños. Elsa no solía reír a menudo, pero sus dos amigos siempre se las arreglaban para sacarle carcajadas que avergonzarían a los mejores bufones y bardos de Orlais.
—¿Y qué tal fue tu Angustia? ¿Es tan aterradora como dicen? —le preguntó Jowan a Aylin una vez que las risas se apagaron.
—Fue… angustiante.
El aprendiz puso los ojos en blanco.
—Esto es serio Aylin.
—Y esta es mi cara de seriedad.
Elsa no pudo evitar reír por la expresión de póquer en el rostro de su amiga.
Jowan, por el contrario, frunció el ceño.
—¡Hablo en serio! Esto no es gracioso. Ustedes dos ya han completado la prueba, pero yo sigo esperando la noche en que un templario venga por mí.
—Está bien Jowie, no te alteres. —Aylin le dedicó una sonrisa inocente—. No estaba siendo sarcástica. "Angustiante" es la mejor palabra para describir cómo se siente el rito.
—¿Por eso no quieren decirnos de qué va? Sé que está prohibido, pero si pudieran darme una pista, por pequeña que sea…
—Sabes muy bien que no podemos decir nada —señaló Elsa—. No insistas Jowan.
—Vamos, no les cuesta nada. Estarían ayudando a un amigo necesitado. ¿Es que los magos no se ayudan entre sí?
—Odio decirlo, pero esta vez estoy de acuerdo con Els. La Angustia es un secreto por una razón, Jowie. Por mucho que deteste a los templarios y sus estúpidas reglas, esta es una que no puedo romper.
Elsa miró a Aylin con aprobación. Hace un par de años, la morena no habría dudado en contarle a todos la verdad sobre la Angustia. Elsa estaba orgullosa de lo mucho que su amiga había madurado.
Por otra parte, le mandó a Jowan una mirada de simpatía. Quería decirle todo. Advertirle sobre lo peligrosa que era la prueba, darle consejos para que la afrontase lo mejor posible. Pero por mucho que quisiera, no podía hacerlo.
—Solo puedo decirte esto, así que pon atención —dijo Elsa—: debes mantener tu concentración y voluntad al máximo. Solo así lograrás pasar tu Angustia con éxito.
—Qué enigmática —bufó Jowan—. Eso es lo que todos los Encantadores dicen. La voluntad esto, la concentración aquello. ¿Qué se supone que haré en mi prueba con eso?
—La voluntad es la mayor arma de cualquier hechicero —le recordó la rubia—. Solo tienes que aplicar todo lo que has aprendido y estarás bien. Yo también estaba muy nerviosa y no sabía si podría superar mi Angustia, pero al final todo salió bien.
—Pero ustedes dos son mucho más poderosas de lo que yo jamás seré…
—Oh no. Aquí vamos de nuevo. —Aylin rodó los ojos.
—Me estoy acercando a los veinte y sigo aquí colgado. Mi maná ni siquiera es lo bastante fuerte para hacer hechizos tan poderosos como los de ustedes —se lamentó mientras caminaba en círculos—. Hay rumores de que me van a ejecutar…
—No digas tonterías —exclamó la morena—. Estás más paranoico de lo normal.
Elsa asintió, de acuerdo con su amiga.
—Yo hice mi Angustia a los veinte, Jowan. No tienes de qué preocuparte.
—¿Y? Desde pequeña demostraste un poder mucho mayor del que jamás tendré —replicó el aprendiz—. Además, llevo más tiempo aquí que ustedes dos. Sé muy bien qué les pasa a quienes no son llamados a su Angustia. O mueres o te convierten en un Tranquilo, no hay medias tintas. Irving no quiere que haga la prueba, estoy seguro.
—El Primer Encantador no va a dejar que te maten, Jowan —declaró Elsa—. Conoces a Irving, él no es así.
—Tal vez no, pero la Tranquilidad es igual de mala… o hasta peor —expresó sin mirarlas—. ¿Han visto a Owain? Es el Tranquilo que administra el almacén. Es tan… frío. No, ni eso. Es como si no hubiera nada en él. Casi es como si estuviera muerto. Camina, habla, come, pero ni su voz ni sus ojos tienen vida. —Dio media vuelta y las miró con pánico.
—Qué dramático —resopló Aylin—. Creo que estás viendo más de lo que hay. Sí, la Tranquilidad es horrible, ¡pero a ti no te va a pasar nada!
Jowan cerró los ojos, contrajo los hombros y suspiró.
—Bah, no importa. De cualquier forma, sabía que ninguna me diría nada. Supongo que no tengo más remedio que esperar.
—Anímate, mi buen Jowie. Cuando pases tu prueba los tres seremos magos. Por mientras, todavía queda bastante vino y aún falta una hora para el toque de queda.
Elsa volvió a mirar con simpatía a Jowan. Ella estuvo en su lugar no hace mucho, sin saber qué noche los templarios vendrían por ella. Lo peor no era pensar en ser ejecutado, sino en la Tranquilidad. Nadie quería ser convertido en Tranquilo y ese miedo siempre imperaba en la Torre. Que te quitaran tus emociones, sentimientos, pensamientos, sueños… todo. No había peor destino para un mago. Y su constante ansiedad no hacía mucho por ayudarla a relajarse, pero al final todo salió bien. Estaba segura de que Jowan sería un mago oficial muy pronto.
La conversación prosiguió con cierta incomodidad en el ambiente. Estaba claro que la preocupación de Jowan seguía presente, por lo que Elsa y Aylin intentaron animarlo. Y el vino ciertamente ayudó a que se relajase.
Antes de que Elsa y Jowan se retiraran de la habitación de su amiga, la pelinegra alzó su copa, a forma de despedida.
—Brindo por los tres, ¡que nuestra amistad nunca termine!
Elsa levantó su propia copa llena de la sustancia rojiza; apenas era su segunda ronda, pues no le gustaba embriagarse: la hacía sentir desubicada y sin control de sus acciones.
Jowan se sirvió más vino con la mano temblorosa, era su séptima copa y la preocupación había abandonado su rostro hace tiempo.
Las tres copas chocaron con un tintineo.
—Que sea tan duradera como una barra de argentita —expresó Elsa con sinceridad.
Jowan y Aylin la miraron incomodos, hasta que ambos soltaron una carcajada.
—Por Andraste, juro que haces las analogías más extrañas, Els —dijo la morena para después guiñar un ojo–. La tía Aylin tendrá que enseñaros un par de trucos.
—Pe…pero si ereps la más joven de los treps —protestó Jowan con palabras arrastradas.
Aylin le dio un golpecillo en el pecho.
—Y también la más ingeniosa, así que calla y pon atención.
Elsa sonrió y el calor acogedor del hogar se asentó en su pecho. Eran una familia por derecho propio. Sus lazos se forjaron desde el momento en que se conocieron de niños y se fortalecieron conforme crecieron. Elsa era la responsable y estoica hermana mayor, Jowan era el inquieto paranoico y Aylin la impulsiva bromista. De una forma extraña y familiar se complementaban entre sí.
Desde que Elsa fue trasladada a los aposentos de los magos en el segundo piso, los tres se distanciaron. Era difícil encontrar tiempo libre para estar reunidos, entre las clases, el estudio y las prácticas. Por suerte, ahora que Aylin superó su Angustia, solo era cuestión de tiempo para que los tres estuviesen reunidos de nuevo, ahora un escalón más arriba en el Círculo.
Era todo lo que Elsa podía pedir. Su pequeño lugar feliz.
Nota de autor
Bueno, la historia comienza a agarrar forma. Espero que les haya gustado. Si es posible, me gustaría leer sus opiniones, críticas o concejos. Tampoco duden en corregir errores ortográficos, de redacción, etc.
Nos leemos la siguiente semana.
