9:30 del Dragón. Drakonis, tercer mes.

Ferelden. Puerto de Pináculo.

La heredera

La joven Cousland caminó a lo largo de los muelles de Pináculo. Su cabello cobrizo estaba atado en su par de características trenzas, con un pequeño y rebelde mechón platinado ondulando en el aire. Llevaba su fiel espada de acero enfundada en una vaina sujeta a su cinturón, vestida como una autentica navegante fereldeana: pantalones negros forrados con piel de foca, botas de cuero curtido, una chaqueta verde de piel de marta que se abrazaba a su figura tonificada con dos broches plateados y, debajo, una camisa de cota de malla.

Sus pasos rechinaron sobre la maderas que se estremecía por la brisa marina. Las olas martilleaban debajo de las tarimas. Estruendos armoniosos que rivalizaban con cualquier orquesta nevarrí, bajo las nubes negras que se arremolinaban alrededor del cielo fereldeano. Parecía que se avecinaba una tormenta. Los días en Pináculo siempre fueron fríos y nublosos, pero éste parecía augurar alguna especie de desdicha.

Resopló al pensarlo.

Anna no era creyente del destino. Le parecía una tontería y siempre se burlaba de quienes proclamaban que las tormentas o los días soleados predecían su futuro. Además, este viento refrescaba sus huesos y la hacía sentir renovada.

Por supuesto, una tormenta podía ser desastrosa para cualquier marinero, pero no era otra cosa que la naturaleza en curso. Nada tenía que ver el destino o una fuerza sobrenatural.

Habría preferido que hoy fuese un día soleado, ideal para navegar, pero la ventisca parecía mezclarse con su humor.

La ira no era un sentimiento propia en ella. Rara vez se enfadaba. Pero cuando lo hacía, pobre de aquel que se interpusiese en su camino.

Hoy era uno de esos días. Apenas una hora atrás volvió a discutir con sus padres sobre el mismo tema. Ella, al igual que cada mes, les pidió su permiso para permitirle hacer un viaje de un año por todo el mundo. Y, como era costumbre sus padres se negaron.

Ella no podía entender su negativa. Ya no era una niña pequeña que necesitara protección, ni tampoco una doncella indefensa. En tres meses cumpliría dieciocho años, había participado en dos torneos, tenía experiencia en altamar, y sus habilidades con la espada y el escudo superaban a la de muchos caballeros.

Además, quería aprovechar su juventud al máximo, pues cuando fuese Teyrna de Pináculo su vida de aventuras y exploración llegaría a su fin. Un destino inevitable en el que prefería no pensar.

Quería conocer las elegantes ciudades de Orlais; ir a las lejanas tierras de los Anderfels para buscar la sede de los míticos Guardas Grises; explorar la legendaria Nevarra, hogar de dragones; ir a Antiva, apodada la nación de los piratas… Todo un mundo por conocer.

Pero las constantes negativas de sus padres le impedían cumplir su sueño.

Los pescadores y marineros que la vieron pasar se apartaron de su camino. La siempre sonriente Anna Cousland tenía un enorme ceño fruncido que haría temblar hasta el más fiero leviatán. Todos en Pináculo sabían que jamás debían cruzarse con la futura Teyrna cuando estaba enojada; una regla no escrita que cualquier persona en el teyrnir conocía.

Desafortunadamente, no todos en el puerto conocían aquella regla.

Tres marineros extranjeros estaban molestando a una viuda local. Su marido murió un año atrás cuando su galera fue arrastrada por un huracán. Anna la conocía. De hecho, conocía a casi todos en Pináculo. Desde los humildes barrenderos del pueblo hasta los más ricos comerciantes. Ser sociable era parte de su naturaleza, no podía evitarlo. Y siempre se aseguraba de cuidar de todos.

—¡Ustedes! —les gritó a los extranjeros—. Dijo que la dejaran en paz. ¿Acaso no hablan la lengua común?

Los marineros se volvieron hacia la pelirroja. Sus ropas excéntricas, con adornos de punta y plumas denotaron su procedencia: Tevinter. Anna odiaba tratar con comerciantes tevinteranos. Se creían mejor que cualquier otro thedosiano, sin importar su estatus social, raza o nacionalidad. Para Tevinter, el resto del mundo estaba habitado por meros barbaros incivilizados carentes de conocimiento. Y eso sin mencionar su horrible cultura de esclavitud. Legalmente, la esclavitud estaba prohibida en Tevinter, pero su mercado negro manejaba la red más grande de esclavos en todo el mundo conocido; gracias a ella, la economía del extinto imperio se mantenía a flote.

Así que cuando un barco de Tevinter llegaba a cualquier parte de Ferelden, los guardias y caballeros eran alertados para evitar cualquier contrabando de esclavos. Como bien dice el dicho: "Más vale deberle a mil enanos que a un tevinterano". Nunca se sabe si ese amigable y sonriente extranjero es en realidad un esclavista.

—¿Y quién te crees que eres para hablarnos así? —espetó el marinero más corpulento.

Curet et me, Malthos —dijo quien parecía ser el capitán—. Salve avanna, joven fereldeana. Lamento el malentendido, pero esta mujer nos debe cinco soberanos. Solo estábamos intentando cobrar nuestra propiedad correspondiente.

—¡Ya les dije que aún no tengo el dinero! —exclamó Larta, la viuda—. Denme cinco lunas más y juro por el Hacedor que les pagaré.

Fasta vass —gruñó el tercer extranjero—. Cinco lunas es mucho. Contrato decía muy bien que pagaría cuando nosotros regresamos aquí. Paga. Ahora.

Anna miró la expresión de angustia y terror en el rostro de Larta. Era una cantidad excesiva de dinero. Probablemente más de lo que la viuda pudiese ganar en veinte años. Desde que su marido murió, tuvo que hacer frente a cuidar a cinco hijos ella sola. No era difícil deducir por qué se endeudó con una cantidad tan grande de oro. Sin embargo, Anna no la iba a dejar a su suerte.

—¿Contrato? —preguntó la Cousland arqueando una ceja—. Creía que cualquier trato comercial que involucre el préstamo de bienes o de dinero con extranjeros debe ser aprobada por el Teyrn y, por extensión, el rey.

El capitán sonrió. Una sonrisa que encendió en Anna el deseo de golpearlo.

—Por supuesto que tratamos el asunto con el Teyrn. Aunque no se encontraba presente, su honorable hija aprobó y avaló el acuerdo.

Fue el turno de Anna de sonreír.

—Así que fue la hija del Teyrn, ¿eh? ¿Y no les importaría que acudiésemos ahora con ella para corroborar tu palabra?

—No tenemos tiempo para eso —exclamó Malthos, el tevinterano más corpulento—. Debemos partir antes de que la tormenta nos lo impida.

—Entonces váyanse y dejen que esta mujer regrese a su casa. Sus hijos deben estar preocupados.

—Creo que no comprendéis la magnitud de este negocio —dijo el capitán—. En caso de que la cuota no sea cumplida, nos veremos en la necesidad de recurrir a otros métodos para saldar la deuda.

—¿Y cuáles son esos métodos? —la pelirroja frunció el ceño.

—Nada muy extravagante, en realidad. Mitescere joven fereldeana. Solo algunos asuntos burocráticos que discutir con el Arconte Imperial y los magísteres de Minrathous. Papeleo y audiencias interminables.

Anna conocía a la perfección la reputación de algunos magísteres de Tevinter. Se decía que muchos eran poderosos magos de sangre, que usaban a los esclavos del mercado negro para practicar sus artes oscuras en adoración a los Antiguos Dioses. Un popular rumor difundido por la Capilla, que pretendía ensuciar aún más la imagen de Tevinter ante los ojos de los andrastianos y demás creyentes del Hacedor, pero que bien podría ser real y, por ende, no permitiría que la pobre viuda cayera en sus garras.

—¿Y si la deuda es pagada dejarían en paz a esta mujer?

—Por supuesto. Es todo lo que queremos —sonrió el capitán—. Claro, siempre y cuando la femia cumpla con su palabra.

En este momento, Anna no contaba con una cantidad tan grande de dinero. En sus bolsillos apenas juntaba cincuenta platas, la mitad de un soberano.

La pelirroja conjuró su sonrisa más melosa posible, acompañada por palabras endulzadas.

—Muy bien. Haremos esto. Subid a vuestro barco. Regresad a Tevinter y os olvidáis de esta mujer. Cuando regreséis, id directamente con el Teyrn. Él atenderá vuestras peticiones.

Su propuesta no fue del agrado de los marineros.

—¿Por qué escuchar a esta vishante kaffar? —espetó el tercer tevinterano—. Ets accipere femia et egredi nunc.

Et me non te facere —dijo Anna en perfecto tevene.

Los tres extranjeros se volvieron hacia Anna con ojos como platos. Por supuesto, ninguno esperaba que ella también hablase su lengua. Parte de su deber como futura Teyrna de Pináculo, era conocer cuántos idiomas le fuera posible. Una de las pocas cosas que en verdad le gustaba de sus tantos deberes y responsabilidades.

—Muy bien. Es hora de marcharse —indicó Anna. Su sonrisa se había desvanecido y ahora tenía una mano en el pomo de su espada—. Vitae benefaria, honestus tevinterum.

Larta aprovechó la confusión de los marineros para escapar de su agarre y salir corriendo.

—¡Venhedis! —gruñó Malthos, el grandulón que se abalanzó sobre Anna intentando golpearla.

La pelirroja fue más rápida y en un movimiento se apartó, poniendo el pie para que el corpulento hombre cayese al agua. El tercer tevinterano desenvainó una espada curva e intentó apuñalarla. Anna esquivó la estocada, al tiempo que sacaba su propia arma. En cuestión de segundos, desarmó al extranjero y lo mandó al mismo destino que su camarada.

El capitán, por su parte, la atacó con un mazo que chocó con la madera crujiente. Todo lo que Anna tuvo que hace fue darle un merecido puñetazo en el rostro que lo mandó de espaldas a su barco.

—La próxima vez que pisen Pináculo —le dijo al capitán humillado—, diríjanse al castillo. Ahí recibirán su paga.

—¡¿Quién diantres te crees que eres?! —espetó el capitán—. ¡¿Sabes con quién te metiste?!

—Ni idea de quién seas tú. Pero sé muy bien quién soy. En tu próxima visita pregunta por Anna Cousland, hija del Teyrn Agdar y la Teyrna Idun. Seguro que ahora no te confundes.

Siete tevinteranos más salieron del barco en ayuda de su capitán, pero Anna ni se inmutó.

—¿Así que la hija del Teyrn? —El capitán se levantó y se puso detrás de sus hombres—. Seguro vales más que cinco miseros soberanos. Atrápenla.

La pelirroja retrocedió tres pasos, adoptando una postura defensiva.

—¿Todos ustedes contra mí? Creo que hay una seria desventaja.

Con una sonrisa felina, Anna esquivó los ataques de tres espadas y pateó a uno de los hombre mandándolo al mar. El espacio que dejaban las tarimas y tablas del muelle era muy estrecho para un combate. Debía usar eso a su favor. Además, conocía muy bien cada centímetro en donde estaba parada. Sabía dónde había un hueco y dónde una madera floja.

Giró y volvió a retroceder. Uno de los marineros pisó la trampa y su pierna quedó atrapada en un hoyo que había lisiado a muchos pescadores locales. La pelirroja bloqueó una estocada con su espada y golpeó al atacante con el pomo.

Estaba tan concentrada en los oponentes que tenía al frente que no se dio cuenta cuando Malthos la sujetó por la espalda, inmovilizando sus brazos. De alguna forma logró escalar de vuelta al muelle.

—¡No escaparás!

Anna se retorció e intentó patearlo o darle un cabezazo, pero el hombre era demasiado fuerte.

De pronto, Malthos gritó de dolor, soltando a la joven.

La pelirroja miró a su salvador: su siempre confiable sabueso, un enorme mabari de pelaje blanco. El perro mantuvo su poderosa mordida en la pierna del tevinterano. Cuando un mabari mordía, era imposible hacer que soltase a su presa, a excepción por las ordenes de su amo.

El resto de marineros se mantuvo al margen. Un mabari adulto y bien alimentado era una amenaza que tener en cuenta.

—¡Olaf, suelta! —indicó Anna y el sabueso liberó la pierna del extranjero, quien se derrumbó sobre la madera, retorciéndose de dolor.

El mabari se puso junto a su ama sin dejar de gruñir y mostrar los caninos llenos de sangre.

—Es su oportunidad para largarse en una pieza —les dijo Anna—. A menos que quieran terminar como su amigo.

Por las miradas furiosas de los tevinteranos, la pelirroja dedujo que no iban a desistir tan fácilmente. Podía aguantar algunos minutos más, pero no quería que Olaf saliese herido. Debía terminar el combate ahora.

Para su suerte, el resto de marineros y pescadores locales que habían presenciado toda la escena se armaron de valor y, con guadañas y cañas en mano, se apresuraron en apoyarla.

—¡Lárguense antes de que los acabemos malditos tevinters! —gritó un pescador.

—¡Nadie los quiere en Ferelden!

—¡Regresen a su país maldito!

—¡Fuera!

Anna sonrió para sí misma. No esperaba que la gente viniese en su ayuda. Normalmente era ella quien los salvaba de algún lío.

El capitán tevinterano ordenó a sus hombres guardar las armas y volver al barco. Los marineros que cayeron al mar ya habían escalado de vuelta. Malthos, herido y mutilado, regresó con ayuda de sus camaradas.

—Esto no se quedará así, joven fereldeana —gruñó el capitán—. Ne Dracona bendicat ti.

—Tenéis razón. Esto no quedará así —dijo una voz que Anna conocía demasiado bien.

Los labios de la pelirroja se curvaron en una enorme sonrisa cuando su prometido hizo acto de presencia, acompañado por una docena de caballeros de Amaranthine; en sus escudos resplandecía con orgullo el oso pardo en cuarteado de oro y blanco de la familia Howe.

Este día estaba lleno de sorpresas. Y decían que la tormenta era un mal augurio, pensó Anna con ironía.

—¡Hans! ¿Qué estás haciendo aquí?

El pelirrojo la miró con una leve sonrisa.

—Se suponía que debía ser una sorpresa, pero no me quedó de otra. Así que… ¡sorpresa!

Anna quiso saltar y abrazarlo con toda su fuerza. Habían pasado dos meses desde la última vez que se vieron. Por supuesto, se contuvo dada la multitud que se formó a su alrededor.

El capitán tevinterano se aclaró la garganta, dispuesto a intentar salir del precipicio en el que él mismo se metió.

—Mirad. Todo esto ha sido un malentendido. Todo lo que mis hombres y yo queríamos era saldar una deuda pendiente. Nada más, nada menos. Lamento haberos ofendido.

La Cousland rodó los ojos. Ahora que estaba acorralado pedía clemencia.

—Ciertamente ofender a mi hermosa prometida es, por sí mismo, un crimen —dijo Hans—. Pero me temo que los vuestros son mucho más graves. En nombre de mi padre, el Arl Rendon Howe de Amaranthine, os arresto bajo la ley de Ferelden.

—¡No tienes derecho a arrestarnos! —exclamó uno de los extranjeros.

—¿Bajo qué cargos? —cuestionó el capitán con una expresión ilegible.

—Salí de Amaranthine en busca de un grupo de esclavistas que secuestraron cinco personas, niños incluidos —reveló Hans—. Los testigos apuntan a que sois vosotros. Arrestadlos.

Los caballeros no perdieron tiempo y, con espadas en mano, abordaron el navío tevintero. La mayoría de los extranjeros se rindió, pero algunos se resistieron y tuvieron que ser reducidos por la fuerza.

—No encontraréis nada en mi navis —dijo el capitán entre dientes—. No tenéis prueba alguna en nuestra contra.

—Eso lo decidirá mi padre —respondió Hans—. Mi trabajo es llevaros de vuelta a Amaranthine para ser juzgados.

Anna levantó una ceja. No tenía sentido arriesgarse a llevarlos todo el camino hasta el Alcázar de la Vigilia. El castillo de Pináculo estaba prácticamente ahí y se suponía que el Arl era vasallo del Teyrn. Lo más lógico sería que el juicio se hiciese en Pináculo.

—Estoy segura de que mi padre también querrá saber sobre este asunto —señaló la Cousland—. Ningún esclavista pisa Pináculo y sale impune.

—Ejem, cariño. —Hans se acercó para susurrarle—. Preferiría si esto queda entre nosotros. Mi padre me encomendó esta misión personalmente y los criminales deben ser procesados en Amaranthine.

Anna conocía muy bien la relación que tenía Hans con lord Rendon Howe. El Arl de Amaranthine siempre ponía a prueba a su hijo menor, y no le gustaba ni siquiera el fallo más mínimo. Además, no sería la primera vez que el Arl hacía cumplir la ley por su propia mano. Y, considerando que el padre de Anna y el de Hans eran viejos amigos, tenía sentido dejar este asunto en manos del Arl, quien de seguro tenía algo especial preparado para los esclavistas.

Por supuesto, considerando todo el alboroto, era muy probable que lord Cousland se enterase tarde o temprano. Bueno, eso ya sería un problema entre el Teyrn y el Arl, decidió Anna.

—Sabes que tendré que decirle a mi padre —le dijo la pelirroja—. Pero no creo que le importe que te lleves a estas alimañas al Alcázar.

Tras eso, Anna procedió a ahuyentar a la multitud, no sin antes agradecerles por haberla auxiliado.

Sacó un pañuelo de su chaqueta y se hincó para limpiar a su sabueso.

—Lo hiciste bien, Olaf —felicitó ella—. Eres el mejor mabari que cualquier fereldeano podría desear.

El perro meneó su diminuta cola mientras se movía de un lado a otro. Anna lo había dejado en la seguridad del castillo, pero siempre encontraba la forma de escabullirse para encontrarla.

De tal palo, tal astilla, pensó.

Los mabari eran una raza de perros fereldeanos entrados para la guerra. Sus tamaños rivalizaban con el de cualquier lobo, y sus hocicos chato poseía poderosas mandíbulas capaces de reducir a un alce adulto. Sus musculosas patas traseras les permitían correr grandes distancias, pese a ser un poco más cortas que las delanteras. Y sus corpulentos cuerpos los hacían una aterradora amenaza para cualquiera que atacase a sus amos.

Olaf fue un regalo de sus padres por su decimocuarto cumpleaños, y desde entonces ambos se volvieron inseparables. El perro dormía junto a ella todas las noches y la acompañaba a todos lados; durante la hora de la comida. se ponía bajo el comedor mientras ella le arrojaba trozos de carne, pese a los regaños de sus padre. Ambos forjaron un vínculo irrompible desde el momento en que se conocieron, algo que todo fereldeano conocía como "impregnación", una unión vitalicia entre amo y sabueso.

Olaf se tiró y comenzó a rodar. Anna se rio y le acarició la barriga.

—¿Y para mí no hay amor? —cuestionó Hans.

—No te pongas celoso. —La Cousland se levantó, con una sonrisa tonta en los labios—. No me dijiste que ibas a venir.

Hans se encogió de hombros

—No habría sido una sorpresa, ¿verdad?

La pelirroja puso los ojos en blanco y le dio un golpe en el pecho.

—¡Auch! —se quejó el Howe—. ¿Esta es la bienvenida de un héroe?

—¡Pero qué modales los míos! —exclamó Anna, seguido por una sonrisa maliciosa—. Sin dudas mereces el banquete de un héroe. Estoy segura de que nos queda algo de calamar en salazón en el castillo.

Hans hizo una mueca de disgusto mientras se llevaba una mano al corazón.

—Qué crueldad la de vos, mi señora. Si no es de vuestro disgusto, vuestra compañía me es suficiente recompensa.

—Lo siento, pero ya estoy comprometida.

—Ah, rompéis mi pobre corazón. Dichoso aquel, bendecido por Andraste, que ha ganado vuestro cariñoso afecto.

Anna negó con la cabeza, sin que su amplia sonrisa se esfumara.

—Ya déjate de payasadas y salúdame como es debido.

Sin perder tiempo, Hans dio un paso adelante y la envolvió en un cálido abrazo. Anna se fundió en sus brazos y lo apretó con fuerza. Se separaron, mirándose a los ojos. Verde agua y verde esmeralda se encontraron con un cariño mutuo que avergonzaría hasta el más fiero guerrero.

—Oye, yo también te extrañé y todo eso… —comenzó Hans—, pero en serio me estás estrujando.

—No seas tan llorón. —Anna sonrió con más fuerza.

—Cualquier oso envidiaría eso brazos tuyos —dijo él con una risita.

La Cousland lo golpeó en el hombro después de soltarlo.

—Olaf, ven a saludar —indicó Anna.

El mabari se acercó receloso, olió a Hans y gruñó antes de regresar junto a su ama.

—Sigo sin agradarle, ¿eh?

Anna se encogió de hombros.

—Algo habrás hecho para que te odie.

—Como sea —resopló Hans—. Nunca entendí por qué le pusiste ese nombre. Es un mabari de 70 kilogramos y le pones un nombre que no aterroriza ni a un gato.

Ella no podía decirlo con certeza. Cuando vio por primera vez el pelaje níveo del cachorro, pensó de inmediato en ese nombre y supo que era perfecto para él. Una sensación de anhelo la invadía cuando lo pronunciaba. Era extraño, pero a ella le gustaba el sentimiento: llenaba su pecho de calidez.

—Él adora su nombre —defendió Anna, antes de cambiar de tema—. Entonces, ¿solo viniste a arrestar a esas alimañas? ¿O también a insular a mi perro?

—Solo un tonto se atrevería a tal descaro —rio entre dientes—. Pese a que mi misión era capturar a esos esclavistas, esperaba ver a mi adorable prometida.

Las mejillas de la Cousland se tiñeron al son de su cabello. Ambos se pusieron en marcha, dejando atrás los muelles. Hans debía regresar a Amaranthine junto a sus caballeros para llevar a la justicia a los esclavistas. Aun así, Anna intentaría aprovechar el poco tiempo que pudiese estar con él.

—Gracias por ayudarme… Pero yo sola podía con esos tipos.

—Ajá. —Hans la miró escéptico—. ¿Dónde diablos están los guardias de todos modos? Este lugar siempre está repleto.

Anna arrugó la nariz.

—¿No te enteraste? El rey ha mandado llamar a todos los señores del reino, se rumorea que habrá guerra. Casi todos los guardias, caballeros y soldados están en el castillo o partieron a Denerim.

—Ah… mi padre nunca me dice nada —dijo con una mueca—. Ya se me hacía raro que en Amaranthine hubiera tanto alboroto. Me imagino que pronto estará aquí con sus tropas.

Los Howe eran vasallos de los Cousland, al igual que todos los señores, nobles y terratenientes del teyrnir de Pináculo. A Anna se le hizo raro que lord Howe no le informara a Hans y, en su lugar, lo mandase a Pináculo tras un grupo de esclavistas. Hace mucho que dejó de preguntar por la relación de su prometido y su futuro yerno. Pero eso no impedía que se preocupase.

Anna decidió desviar el tema.

—No sé contra quién lucharemos, ¿crees que sea contra los orlesianos?

—Quién sabe —Se encogió de hombros—. A lo mejor nuestro rey bonachón hizo enfadar a la Emperatriz Celene. O quizá se peleó con el Rey de Nevarra. Nunca se sabe con Cailan el Imprudente.

La Cousland se rio entre dientes.

—No deberías hablar así del rey.

—Un inútil, eso es lo que es —dijo Hans con un bufido—. Desde que el Rey Maric desapareció en el mar hace cinco años, Cailan no ha hecho más que dar pena ajena en la corte.

La pecosa fingió una expresión ofendida.

—Ya te vas. ¿Y solo vas a hablar de Cailan?

—Mmh. Tal vez. Es mi rey después de todo, ¿no?

—¿Y yo que soy?

Hans la miró con una sonrisa que le derritió las rodillas.

—El amor de mi vida.

Anna sintió que su pecho estallaba de alegría. No importaba cuántas veces se lo dijera, su corazón siempre se desbordaba. Con el rostro empapado de alegría, atrajo a su prometido para unir sus labios.

Quizás una vida de responsabilidades y cero aventuras no era un futuro tan terrible después de todo. No si Hans estaba en ella.