9:30 del Dragón. Nuboso, cuarto mes.

Ferelden. Torre del Lago Calenhad.

Elsa

La luz dorada del candelabro la cegó por un segundo antes de que su vista se adaptase a la gran biblioteca. Cada estante de abedul era bañado con un brillo acogedor que hacía relucir hasta el libro más viejo y empolvado. Los muros estaban decorados con grabados antiguos del Imperio de Tevinter, recreando batallas libradas hace más de un milenio y emperadores olvidados.

En las largas mesas de abeto reforzadas con estaño, múltiples aprendices y magos leían en silencio. En una esquina, la Encantadora Arelia dictaba lecciones a tres niños, mientras estos tomaban nota con muecas de cansancio.

Al final de la biblioteca, en la parte más extensa, el Encantador Andrés practicaba junto a un aprendiz. El Encantador lanzó una bola de fuego con sus manos, y el aprendiz apenas alcanzó a crear una burbuja azul a su alrededor.

—¡Penoso! —exclamó el Encantador—. Si hubiera puesto todo mi poder en ese ataque, te habría aniquilado. No soy tu enemigo, pero necesitas fortalecer tu voluntad. Si te enfrentases con un demonio, tu voluntad vacilaría y el demonio te destruiría muy fácilmente. Ponte derecho y que sepas a confiar en ti y tu voluntad. ¡De nuevo!

Elsa subió al segundo piso. Entró por un corredor circular y llegó a la biblioteca de Encantadores, más pequeña que la del piso anterior. Caminó por otro pasillo, dejando atrás las puertas de múltiples dormitorios.

Estaba por salir del corredor cuando la puerta de la habitación de Aylin se abrió de golpe y un joven alto de cabello rizado y rubio emergió, vistiendo el uniforme templario: un jubón dorado sobre una túnica morada, con un sol amarillo bordado sobre un cuadro rojo en el pecho.

—Oh, ejem, ho-hola —saludó el templario.

—Ser Cullen —correspondió el saludo con la mandíbula contraída.

En ese momento, Aylin salió de su habitación con una sonrisa inocente.

—¡Hola Els! ¿Cómo va todo?

En su mente, Elsa se golpeó la frente y maldijo a su amiga. Había hablado con ella sobre el tema incontables veces. Y, sin embargo, Aylin no solo había hecho caso omiso de sus advertencias, sino que ahora también llevaba al templario a su cama. Lo que comenzó como sonrisas, coqueteos y cartas terminó en esto. Era cuestión de tiempo para que su secreto a voces llegase a oídos del Caballero Comandante.

Elsa miró con desaprobación a Aylin, mientras esta le regalaba una sonrisa nerviosa. La incomodidad se plantó en el pasillo hasta que el caballero templario decidió salir corriendo de allí.

—Yo… debo marcharme. —Ser Cullen forzó una sonrisa—. T-te veo después, Aylin. Joven Elsa.

Tras despedirse, el templario se alejó a zancadas por donde la rubia había llegado.

La morena se rio entre dientes.

—Creo que lo asustaste un poco, Els.

—¿Cuántas veces tendré que repetírtelo, Aylin? —Elsa la miró con dureza—. Esto solo terminará mal para ambos. Cualquiera podría haber caminado por este pasillo. ¿Y si fuera el Primer Encantador? O peor: el Caballero Comandante. ¡Tuviste suerte de que fuera yo!

—Vamos, Els, no seas tan amargada. Algo tenemos que hacer con nuestras vidas en esta maldita torre, ¿no? —Su sonrisa fue reemplazada por una expresión de seriedad—. No soy ninguna tonta. Sé qué puede pasar si Greagoir se entera de nuestra relación. El pobre e inocente Cullen no saldría muy perjudicado, más allá de hacer penitencia por el resto de su vida. Pero a mí, la víbora seductora que lo hechizó bajo su son… Seguro que se inventan algo.

—Y aun así sigues con esta locura.

—No te preocupes, Els. Tengo mis métodos.

—¿Y cuáles son esos métodos? ¿Salir en medio del pasillo con total indiscreción y en plena mañana? En serio, Aylin. Ten cuidado. Lo digo por tu propio bien.

—Ya empiezas a sonar como nuestro buen Jowie. Creo que pasar tanto tiempo con él te está empezando a afectar. Irving y Greagoir están muy ocupados ahorita, discutiendo como de costumbre. Nada de qué preocuparse —guiñó el ojo.

Elsa suspiró y se dio por vencida. No importaba los argumentos que usase o lo persuasiva que pudiese ser, la terquedad de Aylin siempre la superaba, sin mencionar su despreocupada actitud y esa mala tendencia a minimizar los problemas.

—Por cierto —dijo Aylin—, ¿sabías que hay un Guarda Gris en la Torre?

—No intentes cambiar el tema.

—¿En serio no te interesa conocer a un Guarda Gris en persona? ¿La legendaria y misteriosa orden salvadora del mundo?

—No. ¿De qué nos sirven los héroes olvidados? —resopló. No era fanática de los Guardas Grises. Aquel fanatismo causó una tragedia casi irremediable.

—Oh vamos Elsa, seguro que aún tienes curiosidad, aunque sea una pizquita. No me digas que no te gustaría ser una: ver los intensos atardeceres, el mar, bosques, pantanos, desiertos, tener aventuras por todo Thedas, conocer gente de todos los lugares. ¡Vivir la vida!

—No. Aparte, ¿qué tienen de malo la Torre? Tenemos todo lo que necesitamos para vivir, podemos aprender magia de todo tipo, ayudar a la sociedad. Y sin poner en peligro a nadie —enfatizó.

Aylin puso los ojos en blanco.

—Elsa, sé que te gusta vivir aquí. Pero no todos queremos vivir para siempre enjaulados y rodeados de templarios que solo esperan el momento para clavarte la espada.

—No parecías molesta por eso cuando "ser caballero" estaba en tu habitación.

La piel de Aylin se encendió, haciéndola parecer una remolacha tostada.

—Cállate.

Ambas rieron al unísono.

—¿Quién lo iba a decir? La recatada Elsa, Reina del Hielo, haciendo una broma de doble sentido. Parece que el mundo se está volviendo loco.

Elsa resopló ante su comentario.

—Sabes que odio ese apodo.

—Dale un poco de crédito a Niall, tuvo el suficiente cerebro para pensar en él. Al menos va con tu estilo.

—Hablo en serio sobre Cullen. Sabes que las relaciones son peligrosas. Y no lo digo solo por el Caballero Comandante. Si no controlas tus emociones…

Els, ya estás grandecita como para creerte todo lo que dice la Capilla, ¿no crees? ¿Qué mal puede hacer vivir como una persona normal?

Elsa la miró con ojos de hielo.

—No diré más. Ya no eres una niña y claramente sabes lo que haces. Solo espero que tú y tu templario no terminen siendo castigados. Debo irme ya. El Primer Encantador me mandó llamar y no quiero dejarlo esperando.

El rostro de Aylin se contrajo en arrepentimiento, pero fue reemplazado rápidamente por su típica sonrisa de despedida.

—Entonces no te entretengo más. Te veo luego. Y… y te prometo que tendré más cuidado.

Elsa se marchó antes de que Aylin entrase a su habitación.

La incertidumbre la invadió al pensar en las palabras de su amiga. Todo lo que Elsa quería era que su pequeña familia de tres se quedase en la seguridad del Círculo, sin meterse en problemas. Por supuesto, había muchas restricciones, pero era el precio que debían pagar por haber nacido con magia. Pensó que tanto Aylin como Jowan lo entendían, pero ya no estaba tan segura. Decidió que era mejor no pensar en ello; su ansiedad solo aumentaría y eso no era bueno para nadie.

Cuando por fin llegó a la oficina de Irving, justo frente a las escaleras que conducían a la tercera planta, notó que la puerta estaba entreabierta. Así que podía escuchar la acalorada discusión que venía de adentro.

—…muchos ya se han ido a Ostagar: Wynne, Uldred y casi todos los Encantadores Superiores —gruñó la voz del Caballero Comandante—. Ya hemos comprometido a bastantes de los nuestros en este esfuerzo bélico. ¡No podemos comprometer a más!

—¿De los nuestros? —cuestionó la voz del Primer Encantador—. ¿Desde cuando tienes tanta afinidad con los magos, Greagoir? ¿O es que temes que escapen de la supervisión de la Capilla, para que puedan usar los dones que les dio el Hacedor?

—¡¿Cómo osas sugerir eso?!

En ese momento, Elsa tropezó y golpeó la puerta que se abrió con un crujido, revelando a tres hombres en el interior. El Caballero Comandante y el Primer Encantador no eran desconocidos para Elsa, a diferencia del tercer hombre.

—Caballeros, por favor —dijo el desconocido con una voz profunda y solemne—. Irving, ha venido alguien a verte.

Elsa se sonrojó al verse descubierta.

—L-lamento no haber tocado antes. Eh… ¿Me ha habéis mandado llamar, Primer Encantador?

—Ah, pero si es nuestra talentosa maga. —El rostro anciano de Irving se iluminó. Iba vestido con su túnica verde que reflejaba su rango de Primer Encantador—. Pasa, hija.

Elsa asintió, y caminó hasta llegar detrás del escritorio.

—Bueno, Irving —dijo Greagoir con una mueca que lo hizo parecer más viejo de lo que en realidad era, a pesar de su barba canosa—. Es obvio que estás ocupado. Ya hablaremos de esto más tarde.

El Caballero Comandante se retiró sin darle una segunda mirada a Elsa o al tercer hombre. Su pesada armadura de placas tintineaba mientras se movía al son de la túnica morada que descendía desde su cintura.

—Por supuesto —asintió Irving sin prestar mayor atención a ser Greagoir—. Bueno, pues… ¿por dónde iba? Ah sí. Él es Duncan, comandante de los Guardas Grises aquí en Ferelden.

Elsa se llevó los brazos al pecho en forma de equis y se inclinó. Una reverencia fereldeana típica.

—Encantada de conoceros, ser Duncan. Soy Elsa.

Por primera vez desde que entró a la oficina, la maga miró con detenimiento a Duncan. Su cabellera negra descendía en una espesa barba que cubría algunas cicatrices de batalla, atenuadas por sus ojos dorados que se movían como los de un felino. Pero lo más destacable era su hermosa armadura plateada, con el peto recubierto de zafiros que dibujaban un grifo alado.

—Espero que hayas oído hablar de la guerra que se gesta en el sur —dijo Irving—. Duncan está reclutando magos para que se unan al ejército del Rey en Ostagar.

Elsa alzó las cejas con curiosidad. Rara vez llegaban rumores a la Torre sobre lo que sucedía en el resto de Ferelden, y los pocos que ella conocía eran por boca de Jowan o Aylin.

—¿Estamos en guerra?

Duncan dio un paso al frente.

—La amenaza de los engendros tenebrosos crece en el sur. Necesitamos toda la ayuda posible.

—¿Engendros tenebrosos? —Frunció las cejas—. Creí que fueron derrotados hace cuatro siglos.

—No os falta razón —dijo Duncan—. La cuarta Ruina fue detenida en la Era de la Exaltada. Tras eso, los engendros tenebrosos no volvieron a ser vistos en la superficie. La creencia popular es que fueron exterminados, dado sus grandes bajas. Pero la realidad es que habitan en los Caminos de la Profundidades. Y recién hace unos meses hubo avistamientos de criaturas infectadas por la Corrupción en la Espesura de Korcari.

—Duncan —intervino Irving—, estás agobiando a la pobre chica hablándole de Ruinas y engendros tenebrosos.

—Vivimos tiempos difíciles, amigo mío.

—Lo sé, pero no deberíamos ensombrecer los momentos de frivolidad, especialmente en los tiempos difíciles —sonrió y enfocó los ojos en Elsa—. Te hice llamar por una razón muy importante. He hablado con Greagoir y él está de acuerdo.

La maga se mordió el labio, preguntándose qué podría ser. Mentiría si dijera que no estaba nerviosa.

—El próximo mes comenzarás a enseñar magia elemental a nuestros aprendices más jóvenes. Estoy seguro de que serás una excelente maestra.

Elsa abrió y cerró los labios, confusión y asombro impresos en su rostro.

—P-pero… apenas llevo un año como maga.

—Y en mi opinión estás más que capacitada para comenzar a enseñar conocimiento teórico a nuestros niños. Sé que esto es algo muy repentino y que nunca habías estado en una situación así, pero confío en que lo harás de maravilla. Le he pedido al Encantador Lorens que te asista durante todo el mes con tutorías sobre la enseñanza de las artes arcanas. Sé que ya sabes de sobra sobre ellas, pero es muy diferentes enseñarlas, en especial a los niños.

Por un segundo, la mente de Elsa quedó en blanco hasta que procesó las palabras del hechicero.

—Gracias Primer Encantador. Haré mi mejor esfuerzo. —Elsa inclinó la cabeza y se mordió el labio, reprimiendo la sonrisa emergente. Un calor orgulloso se alojó en su pecho.

—Por tanto —continuó Irving—, a partir de hoy te nombro Encantadora Menor. Tu filacteria ya ha sido aprobada en Denerim para el ascenso, así que te entrego tu nueva túnica y tu bastón. Llévalos con orgullo, porque te los has ganado.

—Os lo agradezco, Primer Encantador. —La joven maga cogió lo que le fue entregado. La túnica escarlata estaba doblada de manera perfecta y el bastón de abeto era casi tan alto como ella.

—Disculpen mi ignorancia. —El Guarda Gris frunció el entrecejo—. Pero ¿qué son estas filacterias exactamente?

—Cuando los aprendices llegan a la Torre se les saca un poco de sangre —explicó Irving—. Esa sangre se conserva en pequeños frascos y se guardan en una cámara especial. Algunas se quedan aquí y otras son enviadas a la Capilla.

—Sirven para rastrear a cada hechicero registrado en el Círculo —añadió Elsa.

Duncan se burló:

—Entonces es la forma de la Capilla para dar caza a lo magos que se escapan de su supervisión.

—Tenemos que hacerlo —suspiró Irving—. La magia es una gran responsabilidad que depende de un dominio completo, cualquier pequeño error podría causar un desastre irreparable. Conozco bien tu opinión respecto a la orden templaria, Duncan, pero me temo que en esta vida hay males necesarios.

Los tres se quedaron en silencio hasta que el Guarda Gris tosió para aclararse la garganta.

—Será mejor que me retire a mis aposentos, fue un viaje cansado y deseo meditar. Ya tendremos tiempo para ponernos al día, Primer Encantador.

—Por supuesto —asintió Irving—. ¿Serías tan amable de acompañar a Duncan a su habitación, querida? Está justo al lado de la biblioteca para Encantadores.

—Será un placer. Por aquí, ser Duncan.

—No soy un caballero ni un noble —enfatizó mientas la seguía—. Llámame simplemente, Duncan.

Recorrieron los pasillos en completo silencio. Cuando dejaron atrás la biblioteca de Encantadores, Duncan le indicó que ya habían llegado. Pese a que la maga quería saber más sobre la situación del sur, se mordió el labio y se abstuvo de preguntar. No sería cortés avasallar con preguntas tontas a un Guarda Gris.

—Os agradezco el haberme acompañado, Encantadora Elsa.

No pudo evitar sentir orgullo al escuchar su nuevo rango en el Círculo, aunque sus mejillas enrojecieron.

—No hay de qué. Fue un honor haber conocido a un Guarda Gris.

En otro tiempo, en otra vida, con otro nombre, habría estado extasiada por conocer a uno de los legendarios héroes que combatían la Ruina.

—Antes de que me retire —dijo el Guarda—, me gustaría haceros una pregunta. ¿Creéis que es pertinente que el Círculo se mantenga al margen de lo que ocurre en el resto de Thedas?

Elsa frunció las cejas. ¿Por qué le interesaba su opinión sobre un asunto así de delicado? Seguro había gente más calificada en la Torre para dar tal opinión. Precavida como siempre, dio su respuesta.

—La Jerarquía del Círculo y la Capilla son las que deciden la posición de los magos respecto a lo que pasa en el exterior. Una Ruina no puede ser ignorada, pero se debe actuar con precaución y cuidar que no se rompa ninguna regla.

La expresión de Duncan era indescifrable y su silencio hizo que Elsa se cuestionase si hubiese sido mejor haberse quedado callada.

—Cuando el Rey Cailan hizo el llamamiento —dijo el Guarda—, el Círculo de Ferelden envió solo siete magos a Ostagar. La crisis que está enfrentando Ferelden nos exige a todos y todas un mayor compromiso con el mundo.

Pero los magos solo causarían más problemas, ¿no? Era más seguro para todos así, razonó Elsa. Tantos magos fuera del Círculo, en un ejército, solo podría terminar en problemas.

Al parecer, Duncan le había leído la mente.

—No debéis subestimar la ayuda que vuestros dones pueden ofrecerle al mundo. Los magos podéis curar. Podéis hacer llover fuego y hielo sobre el enemigo. Y muchas cosas más. Vuestra ayuda sería invaluable en el campo de batalla. Y entre más, mejor. A veces me pregunto si las reglas de la Capilla son necesarias…

—Solo así podemos cuidar a las personas sin magia y cuidarnos a nosotros mismos —replicó la maga.

—¿Y vuestra libertad lo vale? ¿Es que vosotros no sois creaciones del Hacedor también?

—Lo somos —admitió Elsa—. Pero la responsabilidad que Él nos otorgó nos exige más que aquellos sin magia. Por eso sacrificaría más que solo mi libertad con tal de mantener a salvo a personas inocentes. ¿No es eso lo que los Guardas Grises hacen?

Duncan la miró con una media sonrisa.

—Supongo que es una forma de ver las cosas. Pero, en mi vaga opinión, la magia puede ser utilizada para ayudar a otros, no sólo para lastimar. Y el mal que se gesta al sur amerita que uséis ese don. No existe mal mayor que el de los engendros tenebrosos.

Elsa se mordió el labio. Era fácil para alguien sin magia afirmar eso. Después de todo Duncan no era un mago, nunca sabría cómo se siente. La ansiedad, el miedo, la culpa…

—No tienes que responder. —Duncan suavizó la mirada—. Al final, solo soy un extraño muy ajeno a la magia y el Círculo. En cualquier caso, me gustaría retirarme a mis aposentos. Lamento haberos molestado con mi curiosidad.

—No hay problema —mintió cortésmente—. Que descanse, Guarda Comandante.

Elsa emprendió el camino a su habitación.

Recuerdos lejanos vinieron a su mente, memorias que creyó muertas.

Una niña llena de esperanzas y sueños, que adoraba escuchar los relatos sobre los valerosos Guardas Grises. Aquella legendaria orden de guerreros dedicados a combatir contra los engendros tenebrosos. Historias que parecían sacadas de una leyenda. Hombres y mujeres de todas la razas, barbaros y reyes, magos y guerreros, todos unidos bajo un mismo estandarte para acabar con las hordas de oscuridad, dispuestos a sacrificar todo por el bien mayor.

Pero aquellos recuerdos no eran más que polvo y ecos. De nada le servían las viejas historias de héroes olvidados. Necesitaba seguir esforzándose en el control de su voluntad y su magia. Era su única meta, lo que siempre debió hacer, su destino. Que otros se encarguen de la incursión de engendros tenebrosos, pensó.

Sin embargo, un sabor amargo acarició su lengua. Un viejo sentimiento de nostalgia y anhelo pinchando tentativamente la boca de su estómago.

Sacudió la cabeza y alejó esos pensamientos negativos. ¡Debería estar contenta! Acababa de ser ascendida a Encantadora Menor, pronto comenzaría a dar clases de magia elemental. Entonces… ¿por qué se sentía así?

—¡Elsa!

Una voz a sus espaldas la hizo saltar.

—Me alegro de haberte alcanzado. ¿Ya has terminado de hablar con Irving?

—¡Jowan! Por el Hacedor, me asustaste.

El rostro del castaño reflejaba pavor y nerviosismo.

—Necesito hablar contigo. ¿Recuerdas de qué hablamos hace unas semanas con Aylin? —Miró de un lado a otro. —Deberíamos ir a otro sitio. Hablando aquí no me siento seguro.

—¿Qué ocurre? Empiezas a preocuparme.

—Tengo un… problema. Te lo explicaré. Ven conmigo, por favor.

Quiso insistir en el tema, pero él ya se estaba moviendo, así que no tuvo más remedio que seguirlo.

Jowan la llevó hasta la capilla de la Torre, situada en ese mismo piso, pero en el extremo contrario. La luz del día se filtraba a través de los pequeños ventanales circulares, generando pequeños halos luminiscentes. Al fondo, posaba la estatua de Andraste levantando una espada hacia el cielo. A cada lado, seis butacas largas se extendían, y dos pilares en el centro representaban la Ciudad Dorada con grabados y pinturas.

—¿En la capilla? —preguntó Elsa—. Creí que odiabas este lugar.

Una nueva voz salió del extremo izquierdo, detrás de un altar:

—Desde aquí podemos ver la puerta. Si viene alguien, cambiaremos de tema.

Era una mujer, un poco más joven que Elsa. Llevaba el cabello pardo sujeto por encima de la cabeza, y vestía una túnica color crema con un rebozo rosado en los hombros, el ojo dorado y luminiscente de la Capilla estaba bordado en su pecho.

Jowan se carraspeó la garganta, con las mejillas sonrosadas.

—¿Recuerdas que te dije que tenía asuntos importantes? B-bueno, conocí a una chica hace unos meses. Se trata de Lily.

—¿Una Iniciada? ¿En serio? —Las cejas de Elsa se alzaron y suspiró en silencio. Casi se lleva una mano al rostro para frotarse la sien, preguntándose por qué sus dos amigos siempre tenían que meter las narices en hoyas llenas de problemas.

—Sí, lo sé —murmuró Jowan—, ya entiendes que queramos mantenerlo en secreto. Han destinado a Lily a la Capilla. No se le permite tener… relaciones. Si alguien nos descubre… los dos tendremos un gran problema.

—Sabes que no le diré a nadie. Tu secreto está a salvo conmigo. Pero… me imagino que no me trajiste hasta aquí solo pare presentarme a tu amante, ¿verdad?

El pelinegro suspiró y le indicó que se sentaran en las butacas.

—Te dije que no creía que me darían mi Angustia. Ya sé por qué. Van a… —Su voz se quebró—, convertirme en un tranquilo. Me arrebatarán todo lo que es mío: mis sueños, esperanzas, temores… mi amor por Lily. Todo fuera. ¡No es justo!

—Ya hablamos de esto. Estoy segura de que el Primer Encantador no lo permitiría.

El pelinegro negó con la cabeza.

—Corre un rumor acerca de mí. La gente cree que soy un mago de sangre. ¡¿Puedes creerlo?! —exclamó airado—. Creen que si me convierto en mago del Círculo pondré en peligro a todos…

—¿Mago de sangre? —repitió Elsa y su estómago se revolvió—. Son sólo rumores, ¿no?

Ella ya conocía la respuesta, pero eso no le impidió preguntar. En primer lugar, ¿por qué alguien pensaría que Jowan, de entre todas las personas, podría ser un maleficarium? Además, ¿de dónde aprendería él ese conocimiento? No tenía ningún sentido.

—¡Claro que sí! De seguro alguien me vio hacer cosas a escondidas… pero estaba viendo a Lily, debieron mal interpretarlo.

—He visto el documento en el escritorio de Greagoir —añadió Lily—. En él se autorizaba el rito con Jowan, e iba firmado por Irving.

Elsa abrió y cerró la boca, las palabras murieron antes de articularlas. No podía ser verdad, Greagoir era capaz de cualquier cosa para mantener a salvo a la Torre, pero ella conocía a Irving y sabía que nunca actuaría en contra de un hechicero sin pruebas.

—Tal vez pueda hablar con el Primer Encantador —sugirió la platinada—. Esto tiene que ser un malentendido. Podría…

—¡No! —exclamó el aprendiz—. Irving ya ha tomado su decisión y se negará a creerme. Incluso si les digo la verdad, nos castigarán a ambos.

El pie izquierdo de Elsa se movía de arriba a abajo, al ritmo de su inquieto corazón.

—Tengo que escapar —murmuró Jowan—. Tengo que destruir mi filacteria. Sin ella, no podrán rastrearme. Pero… necesito tu ayuda. Te necesitamos Elsa. Lily y yo no podemos hacer esto solos.

Lily la miró suplicante.

—Prométenos que nos ayudarás y te diremos qué planeamos hacer.

No sabía qué hacer, qué decir. Esta era una decisión demasiado difícil para ella. ¿Cómo podía siquiera pensar en dejar a su suerte a Jowan o ir en contra del Círculo? Se mordió el labio, y su estómago deseó expulsar el desayuno. El vértigo la invadió y, de no ser porque estaba sentada, habría caído de espaldas.

—Por favor, Elsa —suplicó Jowan—, eres mi mejor amiga. Los amigos se apoyan en las buenas y en las malas, ¿no? En verdad te necesito ahora.

Elsa no pudo soportar mirar sus ojos castaños. Un martilleo violento le machaba la cabeza y su labio comenzó a sangrar. Quería correr y ocultarse debajo de su almohada, olvidarse de todo. Se preguntó qué pasaría si lo hacía. Seguramente Jowan intentaría robar la filacteria por su cuenta. O peor aún, le diría a Aylin quien sin chistar lo ayudaría y entonces ambos estarían en peligro.

Elsa sollozó internamente. Jowan y Aylin eran su familia, la única que tenía en el mundo. Era su obligación protegerlos, a toda costa.

Apretó ambos puños con resolución y tomó su decisión.

—Tienen mi palabra, Lily, Jowan. Los ayudaré a escapar.

Tal vez estaba cometiendo uno de los errores más estúpidos de su vida, pero no importaba. Su deber siempre sería primero con su familia. No importaba nada más en el mundo.